Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Comentario Dazhi del Daodejing
Capítulo 72 de 81

Quererse sin ponerse por encima

秦汉(Dazhi)· Han Qin

Texto chino del capítulo

Manuscritos en seda · texto chino adoptado por este comentario

民之不畏威,则大威将至矣。毋狎其所居,毋厌其所生。夫唯弗厌,是以不厌。是以圣人自知而不自见也,自爱而不自贵也,故去彼取此。

Sobre el texto y la puntuación

El texto chino sigue el Dao De Jing comentado por el autor (《道德经注·君子不器》). Se basa en los dos manuscritos en seda, A y B, con correcciones y restituciones editoriales; no es una transcripción carácter por carácter de ninguno de ellos. La numeración de los capítulos sigue el texto recibido, y la puntuación, la del comentario. Los caracteres chinos no cambian al seleccionar otro idioma de lectura.

Leer el artículo en que se basa este capítulo (en inglés o chino)

I. Dos maneras de entrar en una habitación

Hay personas que entran en una conversación sin pedir permiso para existir. Hablan con claridad, escuchan y pueden decir que no. No necesitan empequeñecer a nadie para ocupar su lugar. Otras parecen necesitar una comparación favorable en cada intercambio: saber más, haber llegado antes, tener mejores contactos, sufrir problemas más importantes.

Desde fuera, ambas actitudes pueden parecer seguridad. Sin embargo, la primera deja espacio; la segunda lo disputa continuamente. Una permite encontrarse con otra persona. La otra transforma el encuentro en un examen sobre quién merece estar arriba.

El capítulo 72 nos ayuda a distinguirlas con una pareja de expresiones: conocerse sin exhibirse, quererse sin atribuirse una superioridad. No propone rebajar la autoestima. Pregunta si podemos valorarnos sin exigir que los demás certifiquen nuestro valor mediante su subordinación.

Antes de llegar a esa distinción, el texto habla del poder y del miedo. No es un desvío. La necesidad de situarse por encima adquiere consecuencias especialmente graves cuando quien la siente puede decidir sobre el trabajo, la vivienda o la vida de otros. Una inseguridad privada puede terminar organizada como autoridad pública.

II. Cuando la amenaza deja de orientar

«民之不畏威,则大威将至矣»: cuando el pueblo ya no teme el poder intimidatorio, se acerca una amenaza mayor. «大威» admite distintas interpretaciones; la frase advierte, en cualquier caso, de un peligro que la exhibición de fuerza no resuelve.

Quien gobierna mediante amenazas puede confundir obediencia con aceptación. Mientras las órdenes se cumplen, parece que el mecanismo funciona. Pero una persona puede obedecer y, al mismo tiempo, dejar de confiar; puede guardar silencio porque hablar resulta peligroso, no porque no tenga nada que decir.

No hay un reloj universal que agote el miedo y desencadene inevitablemente una rebelión. El miedo puede durar mucho y causar un daño persistente. Lo que el capítulo permite cuestionar es la confianza del poderoso en que siempre bastará con aumentar la presión.

La escena política tiene ecos en ámbitos más cercanos. Un jefe amenaza continuamente con despedir, una familia convierte cada desacuerdo en retirada de afecto, un docente usa la humillación para mantener el orden. Tal vez consigan conductas inmediatas; también pueden destruir la disposición a colaborar de buena fe.

La alternativa exige algo más que un tono amable. Requiere condiciones en las que las personas puedan explicar dificultades, discutir decisiones y obtener protección frente al abuso. Si toda la seguridad depende del buen humor de quien manda, el miedo sigue siendo el cimiento, aunque ya no se levante la voz.

III. La vida que existe antes de nuestra orden

«毋狎其所居»: no tratar con ligereza el lugar y las condiciones en que viven los demás. «狎» puede relacionarse con un trato desdeñoso o excesivamente familiar; también hay lecturas centradas en la intromisión y la opresión. La aplicación que seguimos reúne esas advertencias en una pregunta: ¿qué estamos pasando por alto cuando decidimos por otros?

Un cambio de horario ocupa una línea en un correo. Para quien tarda dos horas en llegar al trabajo, puede desorganizar toda la semana. Una reunión añadida a última hora parece pequeña desde el despacho de quien la convoca; para otra persona significa perder el transporte, dejar sin recoger a un hijo o incumplir un cuidado necesario.

Nada de eso aparece si solo contemplamos a las personas como funciones disponibles. Vemos una agenda, un puesto, una cifra de productividad. La vida que hace posible esa disponibilidad desaparece de la decisión.

Respetarla no obliga a conceder cualquier petición ni promete resolver todos los conflictos. Obliga a escuchar las condiciones reales antes de declarar insignificante su coste. A veces habrá que cambiar la medida; otras, ofrecer recursos, compensaciones o alternativas. «Comprendo tu situación» no basta si la persona sigue pagando íntegramente nuestra comodidad.

Tampoco se trata de invadir la intimidad para administrarla mejor. La persona no tiene que entregar una confesión completa para que su tiempo merezca respeto. Reconocer su vida incluye reconocer aquello que no nos corresponde dirigir.

IV. No decidir por otros qué debería bastarles

La siguiente frase, «毋厌其所生», cuenta con lecturas ligadas a oprimir, hartar o hacer penosa la existencia. La relación de «厌» con la saciedad permite a esta lectura proponer una extensión contemporánea: no decidir desde arriba que los demás ya tienen suficiente. Es una aplicación filosófica, no el único significado demostrado de la frase.

«Con lo que cobramos aquí, nadie debería quejarse». «A tu edad yo tenía mucho menos». «Los usuarios reciben el servicio gratis; no pueden pedir más». Estas respuestas comparten una operación: quien dispone de más poder fija el umbral de satisfacción ajeno y convierte cualquier necesidad posterior en ingratitud.

Quizá el salario sea alto respecto de otro sector y, aun así, exista un problema de carga laboral. Quizá una familia haya ofrecido oportunidades valiosas y, aun así, deba escuchar una dificultad. Quizá una plataforma no cobre dinero y, aun así, tenga obligaciones respecto a la privacidad o el trato que da a sus usuarios.

«夫唯弗厌,是以不厌» enlaza el modo de tratar a las personas con la respuesta que puede suscitar. No ofrece una fórmula infalible para ser querido. Nos invita a retirar una causa de desgaste: esa costumbre de declarar cerrada una necesidad que todavía no hemos escuchado.

El límite también funciona en sentido contrario. No debemos imponer una mejora interminable a quien está satisfecho con su vida. Respetar a alguien no es decidir que debe conformarse ni decidir que nunca debe hacerlo. Es devolverle voz en esa decisión.

V. Conocerse y quererse sin exhibirse

«自知而不自见,自爱而不自贵»: conocerse sin ponerse constantemente en primer plano; quererse sin elevarse por encima de los demás. «自见» señala aquí la exhibición de uno mismo, no la prohibición de explicar públicamente quién somos o qué hemos hecho.

La diferencia aparece en gestos pequeños. Podemos conocer bien una materia y no convertir cada conversación en una prueba de esa competencia. Podemos defender nuestro trabajo sin apropiarnos del de los demás. Podemos disfrutar de un logro sin necesitar que todos los logros cercanos resulten menores.

Una observación del autor sobre colegas de Silicon Valley ilustra la combinación. Algunas personas hablan con sencillez a interlocutores de posiciones muy distintas y, cuando una petición excede lo razonable, dicen un «no» claro. La cordialidad no es sumisión; el límite no necesita desprecio.

Quererse incluye proteger el descanso, pedir una remuneración justa y explicar una contribución que está siendo borrada. El capítulo no exige desaparecer para demostrar humildad. Tampoco permite diagnosticar toda seguridad visible como inseguridad escondida. Lo decisivo es qué hace esa seguridad con la presencia del otro.

Los capítulos 7 y 22 ya separaban actuar de ocupar todo el mérito. El 66 mostraba una fuerza que sostiene desde abajo en lugar de dominar desde arriba. Y la compasión del 67 ofrecía otra medida de la fuerza: cuánto espacio podemos dejar a una vida que no es la nuestra.

VI. Elegir qué conservar

«故去彼取此»: dejar aquello y tomar esto. Dejar la exhibición y la superioridad; conservar el conocimiento y el cuidado de uno mismo. La elección no consiste en amputar todo deseo de reconocimiento. Consiste en distinguir una necesidad legítima de la exigencia de estar siempre por encima.

Entender la diferencia puede producir alivio, pero no borra automáticamente los hábitos. Tal vez descubramos que estamos interrumpiendo para recuperar protagonismo y, aun así, tengamos que hacer un esfuerzo para callar. Tal vez sepamos que un comentario nos ha herido y necesitemos tiempo antes de responder sin humillar.

Esa práctica no contradice la espontaneidad que busca el libro. Puede prepararla. A fuerza de no convertir cada desacuerdo en una amenaza a nuestra identidad, algunos desacuerdos dejan de sentirse así. No ocurre siempre ni de inmediato; requiere experiencias, apoyos y decisiones repetidas.

Además, no todo conflicto procede del orgullo. A veces alguien ha cruzado un límite real. Elegir el respeto propio exige entonces reclamar, documentar, acudir a otros o marcharse. La serenidad no es una obligación que haga ilegítima la protesta. Podemos renunciar a la superioridad sin renunciar a la protección.

VII. Una autoridad que deja respirar

En la práctica, la primera pregunta puede dirigirse hacia la posición que ocupamos: ¿qué parte de la colaboración recibida depende de que los demás teman las consecuencias de negarse? Conviene escuchar no solo las respuestas, sino las condiciones en que pueden darse. Una encuesta sin represalias vale más que una invitación a hablar bajo la mirada de quien castiga.

La segunda pregunta es más cotidiana: ¿hay una dificultad que he descartado porque yo no la padezco? Un desplazamiento, una responsabilidad familiar, una barrera de acceso, un horario. Tomarla en serio empieza por dejar de convertir nuestra propia facilidad en la medida de lo posible para todos.

Finalmente, podemos observar una escena en la que sentimos la necesidad de demostrar nuestro valor. Quizá baste con decir con claridad lo que proponemos, reconocer lo que no sabemos y permitir que otra persona complete la idea. Quizá haga falta defender una contribución. En ambos casos, no necesitamos fabricar una inferioridad ajena.

Una autoridad así no pierde necesariamente su firmeza. Cambia aquello en que se apoya: menos amenaza y representación del rango; más claridad, condiciones justas y capacidad para responder de lo que hace.

VIII. Lo que queda al cerrar este tramo

Con este capítulo terminamos el recorrido del 64 al 72, una agrupación editorial para leer juntos varios movimientos del libro, no una arquitectura antigua demostrada.

El 64 pedía atender lo pequeño y acompañar el desarrollo sin forzarlo. El 65 cuestionaba, en nuestra lectura, la astucia que convierte a los demás en objetos de manejo, sin negarles enseñanza ni conocimiento. El 66 situaba abajo a quien sostiene; el 67 reunía compasión, mesura y renuncia a adelantarse por dominio. El 68 separaba la capacidad de dirigir de la agresividad, y el 69 recordaba el coste de tratar a otro como enemigo.

El 70 nos llevó de las palabras a la práctica. El 71 abrió un lugar para lo que todavía no sabemos. El 72 añade que esa apertura no requiere despreciarnos: podemos conocernos y querernos sin vivir ocupados en nuestra elevación.

En el 73 empezará el último tramo de esta serie: la valentía de no precipitarse. Más adelante, el 81 cerrará nuestra ruta con la expresión adoptada «人之道,为而弗争»: actuar sin convertir la acción en una lucha por imponerse. La pregunta no estará reservada a figuras extraordinarias. Ya podemos ensayarla al entrar en la próxima habitación, dejando que los demás también tengan un lugar.


Lectura desarrollada en el ensayo VIII de la serie. Referencias de la investigación: I, II, III, IV, V, VI, VII y VIII.