El mayor peligro es creerse invencible
No ser quien inaugura el campo
Entre los estrategas hay un dicho: prefiero ser huésped y no anfitrión, retroceder un pie antes que avanzar una pulgada. El anfitrión define el terreno del combate y asume la iniciativa de convertir una diferencia en guerra. Ser huésped significa no fabricar ese campo, aunque una vez dentro haya que responder.
Avanzar sin avanzar, levantar el brazo sin mostrar brazo, sujetar sin arma y enfrentar sin enemigo son imágenes de una defensa que no alimenta la escena. No niegan la amenaza concreta; se niegan a tallar al otro como enemigo absoluto antes de que la acción lo exija. Mientras el adversario no ocupe toda su identidad, aún quedan salidas distintas de la destrucción.
La calamidad de no tener enemigo
No hay desgracia mayor que «no tener enemigo» cuando la frase significa creerse sin igual. Entonces subestimamos al otro y estamos a punto de perder los tres tesoros: desaparece la compasión, se gasta la reserva y se corre a ser primero. La invencibilidad imaginada impide recibir información precisamente cuando más falta hace.
Cuando dos ejércitos equivalentes se enfrentan, vence quien lamenta combatir. El dolor no debilita la decisión; conserva el valor de aquello que la violencia amenaza. Quien disfruta la lucha amplía el objetivo para prolongarla. Quien la lamenta busca el límite y puede detenerse. Esta victoria no prueba pureza moral, pero deja una posibilidad de mundo después de vencer.