Saber dónde termina lo que sabemos
Texto chino del capítulo
Manuscritos en seda · texto chino adoptado por este comentario
知不知,尚矣。不知不知,病矣。是以圣人之不病,以其病病也,是以不病。
Sobre el texto y la puntuación
El texto chino sigue el Dao De Jing comentado por el autor (《道德经注·君子不器》). Se basa en los dos manuscritos en seda, A y B, con correcciones y restituciones editoriales; no es una transcripción carácter por carácter de ninguno de ellos. La numeración de los capítulos sigue el texto recibido, y la puntuación, la del comentario. Los caracteres chinos no cambian al seleccionar otro idioma de lectura.
Leer el artículo en que se basa este capítulo (en inglés o chino)
I. La respuesta que llega demasiado pronto
En una conversación sobre un asunto difícil, alguien contesta antes de que termine la pregunta. Todo le parece evidente. Otra persona, que conoce bien el problema, pide precisar un detalle, distingue dos casos y deja una cuestión pendiente. Es tentador identificar la seguridad del primero con conocimiento y las reservas de la segunda con debilidad.
A veces ocurre exactamente lo contrario. Pero tampoco conviene convertir esa inversión en una nueva regla: hay especialistas que hablan con firmeza porque tienen buenas razones, y personas inseguras que no saben más por dudar. El tono puede impresionar; no sirve, por sí solo, para medir la comprensión.
El capítulo 71 nos invita a mirar otra cosa: la relación que mantenemos con los límites de nuestro conocimiento. No pregunta quién consigue parecer más inteligente, sino quién conserva la posibilidad de descubrir que se ha equivocado. Esa posibilidad puede resultar incómoda, especialmente cuando otros esperan una respuesta. También es una de las condiciones para que la respuesta mejore.
«知不知,尚矣»: reconocer lo que no sabemos tiene un valor superior. La frase no celebra quedarse sin aprender. Señala una capacidad que acompaña al aprendizaje y que ningún diploma concede para siempre.
II. Un mapa que también señala lo desconocido
Imaginemos dos mapas de la misma región. Uno muestra caminos comprobados y deja en blanco las zonas todavía no exploradas. El otro está completamente dibujado, aunque su autor haya rellenado varios espacios con suposiciones. A primera vista, el segundo parece más útil: no tiene huecos. Al intentar atravesar la región, esos huecos disimulados pueden convertirse en precipicios.
Saber que no sabemos se parece al primer mapa. No borra los caminos conocidos. Nos permite diferenciar entre una observación, una inferencia razonable y algo que aún necesita comprobarse. Quien dice «esto lo he probado; aquello depende de una condición; sobre lo demás no tengo datos» ofrece bastante más orientación que quien extiende una única certeza sobre todo el terreno.
El capítulo 33 distinguía conocer a los demás de conocerse a uno mismo. Aquí aparece una forma concreta de ese autoconocimiento: saber hasta dónde alcanza nuestra competencia. Podemos conocer muy bien un oficio y entender poco de otro; incluso dentro del propio oficio hay situaciones nuevas que cambian las condiciones de una respuesta acostumbrada.
Esta conciencia no obliga a detener toda decisión hasta disponer de información perfecta. Muchas veces hay que actuar con incertidumbre. Precisamente entonces importa nombrarla: permite elegir medidas reversibles, solicitar ayuda y preparar una revisión. El límite reconocido no es un muro ante el pensamiento. Puede ser la puerta por la que entre el siguiente descubrimiento.
III. El desconocimiento que no se ve
El texto adoptado continúa: «不知不知,病矣». Hay un problema cuando no reconocemos que no sabemos. La versión recibida suele decir «不知知»; sus interpretaciones incluyen tomar por conocimiento lo que no lo es. No hace falta suponer que esa persona esté fingiendo deliberadamente. La confianza equivocada puede ser sincera.
Esta diferencia importa. Es más fácil protegerse de una mentira que uno mismo ha decidido contar que de una conclusión cuya fragilidad ni siquiera sospecha. Si creo que mi mapa está completo, no buscaré el camino que falta. Si creo que ya he entendido la objeción, dejaré de escuchar justo antes de que aparezca su parte importante.
La investigación de Kruger y Dunning ofrece una comparación limitada y útil. En su estudio de 1999, quienes obtuvieron resultados bajos en determinadas pruebas tendieron a sobreestimar su rendimiento. No demostraron que toda persona ignorante hable con mayor seguridad ni que toda persona competente dude continuamente. Estudiaron la relación entre desempeño y evaluación del propio desempeño en tareas concretas. Estudio original.
Podemos imaginar a alguien que lleva tres meses en una profesión y cree haber encontrado la solución a casi todos sus problemas, mientras una veterana con veinte años de experiencia pregunta por las excepciones. La escena resulta reconocible, pero los años tampoco garantizan lucidez: una persona recién llegada puede detectar algo que los hábitos del equipo ocultan.
Por eso el capítulo pierde su fuerza si lo usamos para clasificar a los demás como víctimas de un sesgo. Su pregunta más fértil vuelve hacia nosotros: ¿qué necesitaría saber para advertir que esta certeza mía está mal fundada? Quizá necesite aprender más; quizá, sobre todo, dejar que alguien termine su explicación.
IV. La cercanía de Sócrates
La frase «solo sé que no sé nada» suele atribuirse a Sócrates. Es una paráfrasis célebre, no una cita literal de la formulación pertinente en Platón. En la Apología, 21d, Sócrates distingue entre no saber y creer, sin fundamento, que se sabe. Esa pequeña diferencia sostiene la ventaja que reconoce en su propia posición. Platón, Apología.
La afinidad con este capítulo merece atención. En ambos casos, una pretensión de saber puede cerrarnos el acceso a aquello que todavía necesitamos entender. Reconocer el límite no es fracasar en la búsqueda: es evitar que la búsqueda termine prematuramente.
No necesitamos convertir esa cercanía en la prueba de que dos pensadores, situados exactamente en la misma época y sin relación posible, descubrieron una ley universal. Sus textos pertenecen a contextos distintos y plantean problemas que no son idénticos. La comparación gana cuando conserva esas diferencias.
Además, la interrogación socrática no elimina el conocimiento de los artesanos ni convierte toda afirmación en sospechosa. La dificultad aparece cuando una competencia real se expande, sin examen, a otros campos. Algo parecido nos ocurre cuando el éxito en una tarea nos autoriza, a nuestros propios ojos, a opinar de todo. Haber acertado ayer es una buena noticia; no es un salvoconducto para mañana.
V. Tomarse en serio el error
«以其病病也,是以不病»: el sabio evita ese defecto porque lo reconoce como un defecto y se preocupa por él. El primer «病» de la expresión «病病» suele entenderse como considerar problemático aquello que lo es, no como una palabra que literalmente signifique «ver con claridad».
La enfermedad funciona aquí como imagen de una dificultad del conocimiento. No estamos ante una promesa de salud física, ni ante una persona que, por ser sabia, ya no pueda equivocarse. Su diferencia consiste en no conceder al error una residencia protegida bajo el nombre de certeza.
Una observación del autor sobre ingenieros de Silicon Valley ayuda a darle cuerpo. Algunos profesionales muy capaces dicen con naturalidad: «Eso no lo sé; voy a comprobarlo». Lo decisivo no es la modestia de la frase, que cualquiera puede imitar. Es lo que viene después: consultan la documentación, hacen una prueba, encuentran a quien conoce el sistema y regresan con una respuesta mejor.
Decir «no sé» puede ser una forma de responsabilidad, pero también puede convertirse en una excusa si nunca va acompañado de la investigación que nos corresponde. La virtud no está en repetir la fórmula. Está en mantener una relación honesta entre lo que afirmamos, las razones que tenemos y el trabajo que todavía falta.
Así, reconocer un error no exige despreciarnos. Permite corregir una respuesta sin tener que defender a toda costa la persona que la dio.
VI. Dejar una pregunta abierta
Podemos empezar por una certeza reciente: una explicación sobre el comportamiento de alguien, una decisión profesional, una opinión política. Antes de defenderla, preguntarnos qué parte procede de hechos observados y qué parte hemos añadido nosotros. No para disolverlo todo en dudas, sino para saber qué estamos defendiendo realmente.
También ayuda formular una pregunta más exigente: «Si esta conclusión fuera equivocada, ¿dónde sería más probable que estuviera el error?». Quizá hemos comparado situaciones diferentes, confiado en una fuente incompleta o confundido nuestro deseo con una predicción. Esa revisión no garantiza acertar, pero da al desacuerdo un lugar donde trabajar.
En una conversación, la práctica puede ser aún más sencilla: reconocer lo que sabemos con firmeza y señalar lo que necesita contraste. «Esta parte está comprobada; esta otra es mi hipótesis». Quien escucha no recibe menos ayuda por esa distinción. Recibe la posibilidad de utilizar la información sin atribuirle una solidez que no tiene.
Y cuando otra persona sabe más, podemos aprender sin convertir la escena en una pérdida de rango. Preguntar no nos vuelve pequeños. Nos permite participar en una tarea más grande que nuestra reputación. El conocimiento deja de ser una posesión que defender y se convierte, de nuevo, en una capacidad que puede crecer.
VII. Del conocimiento al trato con uno mismo
El capítulo 70 recordaba la distancia entre reconocer unas palabras y ponerlas en práctica. El 71 añade una condición para recorrerla: no confundir haber oído una idea con haberla comprendido por completo. Se puede enseñar, explicar y aprender; también hace falta participar, probar y permitir que la experiencia modifique lo aprendido.
Vuelve así el vínculo con el capítulo 33. Conocerse no es redactar una lista definitiva de nuestras virtudes y defectos. Es mantener una atención que no quede paralizada por el orgullo ni por la vergüenza. Si no necesito parecer omnisciente, puedo dedicar más energía a entender.
El capítulo 72 llevará esa misma diferencia al modo de valorarnos: conocerse sin exhibirse, quererse sin colocarse por encima de los demás. Saber decir «no sé» no debería terminar en una identidad de insuficiencia. Debería permitirnos vivir sin la obligación imposible de saberlo todo.
Tal vez la próxima vez que una respuesta nos llegue demasiado deprisa podamos detenerla un instante. No para sustituirla por un gesto de humildad, sino para hacerle una pregunta de verdad. El espacio que se abre entre la certeza y esa pregunta es pequeño. Por ahí puede empezar una comprensión mayor.
Lectura desarrollada en el ensayo VIII de la serie. Referencias de la investigación: I, II, III, IV, V, VI, VII y VIII.