Han Qin · Sueño en el pabellón rojo: treinta nuevos capítulos

Capítulo LXXXVLa perspicaz Tanchun se hace a la vela hacia los mares del Sur; la lúcida Xichun se corta el cabello y rechaza a Xining

Continuación original de Han Qin, no un manuscrito recuperado de Cao Xueqin.

Apenas habían terminado las exequias de la Anciana Dama, y aún no se habían retirado todos los cortinajes de luto. Un eunuco de palacio había ido a la mansión a transmitir unas palabras; al día siguiente llegó el despacho del Ministerio de Funcionarios: por decreto imperial se dispensaba a Jia Zheng de completar su retiro por luto, se le reintegraba al servicio y se le ascendía a director de departamento del Ministerio de Obras. Apenas se había anunciado la buena nueva en la puerta cuando los administradores de todas las dependencias acudieron a postrarse y felicitarlo, prodigándole adulaciones. Jia Zheng vestía de luto y no podía ofrecer un banquete; se limitó a ordenar: «Que cada cual siga con sus obligaciones. No consiento que os valgáis de esta buena noticia para cobrar gratificaciones de más». Las tarjetas de felicitación llegaban una tras otra. Las de color bermellón se apilaron sobre el escritorio y taparon la hoja de papel blanco donde estaba escrito «Prudencia al hablar y cautela al obrar»; sólo dejaron al descubierto los dos caracteres de «cautela al obrar».

La dama Wang mandó preparar regalos de agradecimiento y acompañó después a Jia Zheng a visitar el palacio del príncipe de Beijing. El príncipe, ocupado en otros asuntos, no los recibió; sólo encargó a su secretario mayor que tomara el té con Jia Zheng en el salón de entrada. El secretario le ofreció el té personalmente y, tras saludarlo con una reverencia, dijo sonriendo: «Precisamente hoy Su Alteza no puede desocuparse y me ha encargado expresamente que espere aquí al señor. Acabáis de celebrar unas exequias en vuestra casa, por lo que no nos hemos atrevido a hacer ostentación alguna en el recibimiento. Os ruego disculpéis cualquier falta de atención». La dama Wang pasó a los aposentos interiores para presentar sus respetos a la princesa. Ésta acababa de salir de una enfermedad y llevaba una chaqueta de paño occidental para estar en casa, azul claro, con motivos pareados de feliz encuentro. Al ver a la dama Wang, dijo tan sólo: «Últimamente hay muchos asuntos en palacio. Nosotros, que somos parientes, con más razón debemos permanecer tranquilos, cada cual en su casa». Después de unas frases, de pronto sonrió por su cuenta y añadió: «Estos dos últimos años varias familias nos han enviado muchachas, pero, quién lo iba a decir, nuestro príncipe las ha devuelto a todas tal como vinieron. Habitaciones sobran, pero al fin y al cabo sigue faltando alguien que sepa atenderlo y comprenderlo».

Al oírla, la dama Wang rozó suavemente el borde de la taza con la tapa que tenía en la mano. Sonriendo a su vez, preguntó: «¿De veras el príncipe no se ha quedado con ninguna?».

«Con ninguna», respondió la princesa, también sonriendo. «Será que todavía no ha encontrado una que le guste». Y cambió de conversación para preguntar si se había dispuesto ya todo lo relativo a las exequias de la Anciana Dama.

La dama Wang fue respondiendo a cada pregunta. Al levantar la cabeza vio de pronto, sobre una mesita junto a la ventana, un objeto de un amarillo reluciente, de cerca de un chi de largo: era un barquito provisto de mástiles y velas, con ruedas y ejes debajo. La dama Wang lo miró y volvió a mirarlo, sin llevarse a los labios la taza que sostenía.

Al verla tan absorta, la princesa dijo sonriendo: «Es un barco mecánico hecho por occidentales. Se le da cuerda y recorre un trecho sobre el agua. A nuestro príncipe siempre le han gustado estas cosas. Encargué a un hombre de apellido Jiang que buscara por ahí y tardó más de medio año en dar con éste. Costaba muchísimo, pero acepté pagarlo. Estoy esperando al cumpleaños del príncipe para dárselo. He oído que salió de aquella familia de antes, cuando se dispersaron sus bienes. Ahora no siempre se encuentran cosas así, aunque se tenga dinero».

«Qué atenta es Su Alteza», dijo la dama Wang. Dejó el té, conversó aún un poco de cosas sin importancia y se despidió.

De vuelta en la mansión, después de pasar la segunda puerta, la dama Wang preguntó: «¿Dijo algo el príncipe?». «Sólo intercambié unas cortesías con el secretario», respondió Jia Zheng. «Al despedirnos me transmitió un encargo de Su Alteza: ahora que fuera soplan malos vientos, debemos obrar con la mayor cautela». Se quedó callado. Al cabo de un largo rato volvió a preguntar: «¿Y de qué te habló la princesa?». «De cosas de casa, nada más», respondió la dama Wang.

Al entrar en sus aposentos, la dama Wang entregó a Yuchuan una caja de pastillas de incienso, regalo del palacio, para que la guardase bien, y al mismo tiempo preguntó a la esposa de Zhou Rui: «¿Está tranquila últimamente la cuarta señorita? ¿Sigue viviendo allí aquella señorita Miaoyu, la del convento Longcui?».

«Sí, señora», respondió la esposa de Zhou Rui. «La cuarta señorita se pasa el día encerrada. Hasta la comida la recoge Caiping en la puerta para llevársela dentro. La señorita Miaoyu tampoco sale mucho».

La dama Wang asintió. «Ya lo sé. Puedes irte».

Jia Zheng había vuelto al estudio y estaba sentado leyendo las felicitaciones llegadas de todas partes cuando la concubina Zhao irrumpió entre lágrimas. «Ahora que el señor ha ascendido y que Baoyu va a casarse según lo dispuesto por la Anciana Dama, toda la casa tiene motivos de alegría. Sólo Huan no es hijo del señor. Huan también se ha hecho mayor: ¿se ha preocupado el señor una sola vez de su porvenir? Hace tiempo dijo que se había fijado en dos doncellas, una para Baoyu y otra para Huan. Han pasado años y todavía no hemos visto ni la sombra de una doncella. ¿Es que sólo en los otros aposentos pueden casarse con el oro y el jade, mientras mi hijo y yo tenemos que quedarnos detrás toda la vida?».

«¿Qué alboroto vienes a armar otra vez?», gritó Jia Zheng. «Aún no ha terminado el luto y ya estás dando voces por esas cosas. Huan no quiere estudiar y sólo se junta con gente de mala calaña. ¿Qué familia va a darle una hija decente?».

La concubina Zhao respondió llorando: «Aunque sea malo, sigue siendo hijo del señor. ¿Porque es malo no vais a buscarle esposa, y vais a dejar que empeore aún más? ¡Más valdría que mi hijo y yo muriésemos y se acabara todo!».

Jia Zheng dio una palmada en la mesa. «¡Desvergonzada! ¡Echadla! ¡Echadla!».

La concubina Zhao aún quiso seguir amenazando con matarse, pero los criados de la puerta entraron deprisa para apaciguarla. No tuvo más remedio que marcharse, enjugándose los ojos y diciendo entre sollozos: «De todas maneras, nosotros estamos de más. Ahora que se ha ido la Anciana Dama, ya no queda nadie que nos defienda». Se cubrió el rostro y salió.

Jia Zheng permaneció largo rato sentado. Cogió una tarjeta de felicitación y volvió a dejarla. De pronto dio un hondo suspiro y preguntó al criado que tenía al lado: «¿Cuántos años cumple Huan este año?».

«Contando el año de nacimiento, ya tiene quince», respondió el criado.

Jia Zheng no dijo nada. Por la noche fue a los aposentos de la dama Wang y le habló del alboroto que había armado la concubina Zhao. La dama Wang dijo: «Por mucho que grite sin razón, en eso no deja de tener alguna. Pero con el carácter de Huan, una muchacha de una familia corriente quizá no consiga sujetarlo».

Jia Zheng dijo: «Cuando vivía, la Anciana Dama me hablaba a menudo de la abuela de Miaoyu, la del convento Longcui. Eran amigas desde hacía decenas de años. Antes de casarse, a una le gustaba el té de Liu'an y a la otra el Laojunmei, Cejas del Anciano Señor. Se reunían a tomar té a cada momento y discutían sin cesar cuál de los dos era mejor. Acabaron escribiendo un poema cada una para dirimir la cuestión. El de la Anciana Dama estaba dedicado al Laojunmei». Y recitó despacio:

Las cejas longevas, húmedas de rocío, aclaran el agua;
no busques junto a la ventana fría rigor ni amargura.

Ante la copa, las canas deshacen los sabores densos;
bajo la manga, la brisa limpia disipa viejas dolencias.

No se aviene al ánimo agreste que desafía el frío de la escarcha;
sí a nutrir la suprema armonía en los nobles salones.

El adusto Liu'an se amarga en vano:
¿cuántos en este mundo querrían vivir de ese modo?

Terminado el poema, añadió: «Su vieja amiga no estaba dispuesta a darse por vencida, y le respondió con unos versos al té de Liu'an».

Tras la lluvia, el aroma del té entra en la estancia bordada;
siempre que nos vemos, nos gusta rivalizar en versos.

Tiernas hojas despliegan en la taza su verde nuevo;
junto al caldero, un humo leve ciñe el arroyo de bambúes.

Riendo digo que el dulzor espeso acaba por empalagar;
y sin prisas alabo el té amargo, que sabe cautivar.

Si mañana preguntan quién se rindió primero,
tras reírnos, cruzaremos juntas el sendero, de la mano.

Cuando terminó, nadie habló durante un rato. La dama Wang tomó un sorbo de té y dijo: «Ninguna de aquellas dos estaba dispuesta a ceder ante la otra».

Jia Zheng dijo: «La Anciana Dama decía que aquella vieja amiga había sido solitaria e inflexible toda su vida y que había muerto pronto. Muerta la abuela de Miaoyu, sus padres fallecieron también, uno tras otro. Sólo quedó Miaoyu, que se consagró a la práctica religiosa sin cortarse el cabello y vino a dar, errante, a la capital. Por aquella antigua amistad, la Anciana Dama tuvo en su día la intención de acogerla en la familia; pero después hubo tantos asuntos que al final no se hizo. Ahora que la Anciana Dama ya no está, Miaoyu tampoco tiene a nadie en esta casa en quien apoyarse. Yo cumpliré por ella aquel deseo pendiente: casar a Miaoyu con Huan como esposa legítima. Primero, así cumpliré el antiguo deseo de la Anciana Dama; segundo, evitaré que en los otros aposentos se pasen el día dando voces; y tercero, favoreceré a una huérfana sin amparo. Con alguien así que le ponga freno, quizá Huan también cambie un poco».

La dama Wang reflexionó antes de responder: «Aunque practique la religión sin haberse cortado el pelo, no deja de ser una joven de buena familia. Me temo que sea demasiado altiva y no quiera».

«Que vaya alguien a preguntárselo primero», dijo Jia Zheng. «Hay que dejar claro que será esposa legítima, no otra cosa».

Al día siguiente enviaron al convento a una criada mayor con dos clases de golosinas para el té. La vieja, que tenía aquel encargo por la mejor de las noticias, entró y encontró a Miaoyu lavándose las manos. Con el rostro lleno de sonrisas, dijo: «Enhorabuena, señorita. Nuestro señor y nuestra señora, pensando que estáis sola y sin amparo y que la Anciana Dama os tenía en tanta estima, quieren acogeros en la familia y casaros con el tercer señorito Huan. No tengáis cuidado: seréis su esposa legítima, no una concubina. Con la casa para cuidar de vos, ¿no será mucho mejor que seguir guardando este convento tan frío?».

Las gotas de agua caían una a una de las manos de Miaoyu en la jofaina de cobre. Ella no levantó la cabeza.

Al ver que no respondía, la vieja dio otro paso y añadió sonriendo: «La señorita aún no sabe que esto es un favor del señor director. El tercer señorito Huan tiene unos años menos, pero ¿no se dice por ahí que una mujer cinco años mayor vale más que una madre? Con esos años que le lleváis, os será más fácil gobernarlo».

Aún no había terminado la frase cuando Miaoyu mudó de color. Soltó una risa fría, dejó la toalla en el borde de la jofaina y, sin mirar a la vieja, se levantó, alzó la blanda cortina de tela azul y se deslizó al cuarto interior. La cortina cayó y ella no volvió a salir.

La vieja esperó allí un momento; al oír que echaban el cerrojo por dentro, se retiró abochornada. En cuanto salió del convento fue refunfuñando por el camino: «Esta señorita no sabe apreciar la suerte. Ni siquiera quiere ser la esposa legítima de un joven de tan noble casa. ¿Estará esperando a que venga a pedirla el Emperador de Jade en persona?».

Al recibir la respuesta, Jia Zheng puso mala cara y sólo dijo: «Dejémoslo». La dama Wang mandó guardar las dos clases de golosinas.

Unos días después, una noche de lluvia fría había lavado las hojas de bambú ante las ventanas del pabellón Xiaoxiang y las había dejado de un verde vivo. Daiyu se encontraba un poco mejor. Temprano mandó a Xueyan quemar madera de agar de Java en un incensario, y ella se sentó junto a la ventana a probar la cítara qin. Zijuan se apresuró a ponerle a la espalda un blando cojín de piel del costado del zorro y le dijo sonriendo: «Apenas estáis un poco mejor y ya volvéis a esto. Cuidado, no os fatiguéis».

Daiyu sonrió. «Tampoco el qin quiere fatigarme. Soy yo quien se vale de él para distraerse un poco».

Dicho esto, afinó las cuerdas. No había nadie de fuera en la habitación: Zijuan preparaba la decocción en la estancia exterior y Xueyan arreglaba ramas de flores bajo la galería. Dentro y fuera sólo estaban ellas tres, la señorita y sus dos doncellas. Daiyu empezó por la Melodía de la orquídea. Al principio sus dedos se movían muy despacio y el sonido era como una leve brisa en un valle vacío. Tras varias frases, la presencia de la orquídea se hizo más honda: aunque nadie le respondiera, tenía por sí sola una fragancia pura. Antes de terminar la pieza, alguien improvisó una cuarteta al otro lado de la ventana:

La orquídea escondida en el valle vacío no espera la primavera;
con el rocío frío y la escarcha densa conserva su propio vigor.

¿Para qué necesita que reconozcan el sentido de su aroma?
Bajo la luna y ante el viento, guarda su verdad.

Zijuan levantó la cortina para ver quién era: Miaoyu, acompañada sólo de una doncellita, con una capa lisa de color azul pálido y algunas salpicaduras de barro húmedo en los bordes de los zapatos. Daiyu se apresuró a hacerla pasar. Miaoyu se sentó a un lado de la mesa del qin y esperó a que Daiyu terminase los últimos sonidos. No habló primero de la orquídea, sino del instrumento: «Esta pieza la tocas más despojada que antes».

Daiyu sonrió. «Las cuerdas son viejas y yo me he vuelto perezosa».

«Lo despojado es precisamente lo bueno», dijo Miaoyu. Zijuan entró con el té y, al ver que las cuerdas del qin aún vibraban suavemente, no se atrevió a preguntar nada; lo dejó y salió. Daiyu dijo sonriendo: «Aquí no tengo aquella nieve de las flores del ciruelo. Tendrás que conformarte con este té». Miaoyu respondió: «Hoy no discutiremos el agua».

Daiyu tampoco añadió nada. Movió las manos y empezó Altas montañas y aguas que fluyen. Ahora surgían riscos de mil brazas; ahora caían manantiales sonoros por las quebradas. Miaoyu marcaba suavemente el compás con un dedo en la taza y canturreaba siguiendo la música. A mitad de su canto, el sentido de la pieza pasó de las altas montañas al agua que corría. Cuanto más lejos llegaba la corriente, menos parecía encontrar dónde detenerse. La mano de Miaoyu dejó de golpear la taza.

Daiyu posó los dedos en las cuerdas y sonrió. «Si se encuentra, no hace falta decirlo. Si no se encuentra, tampoco hace falta».

Al oírla, Miaoyu improvisó una cuarteta:

La cumbre no se eleva para que los otros la estimen;
el agua sólo se alarga hacia donde ha de ir.

Hoy, junto a sus cuerdas, encuentra a quien sabe apreciarla:
la solitaria paulownia nunca necesitó las notas gong y shang.

Daiyu la miró. «Eso parece que lo dices de ti misma».

Miaoyu se limitó a levantar la taza y tomar un sorbo.

Poco después, Daiyu pasó a tocar Nubes y aguas del Xiao y del Xiang. Apenas sonó el qin, el viento desordenó las sombras de los bambúes al otro lado de la ventana. La primera parte era como una confusión de bruma y agua; en la siguiente fue surgiendo la imagen de una barca solitaria y una ribera lejana. Al llegar a cierto pasaje, Miaoyu acompañó la música con estos versos:

Nubes y aguas del Xiao y del Xiang entristecen el alma;
una barca se aleja, ¿hacia qué embarcadero?

No te extrañe que en las cuerdas parezca que me ves:
en los confines del cielo, ambas seguimos sin volver.

«No debí haberme apropiado del nombre Xiaoxiang», dijo Daiyu.

«Los lugares no llevan el apellido de nadie», respondió Miaoyu. «Si has vivido allí, ya hay una capa de nubes y aguas que es tuya».

Daiyu no respondió y pasó a tocar Paseo de primavera. La pieza tenía un ritmo ligero y alegre. Apenas iba por la mitad cuando Xueyan, que cambiaba un florero en la galería, hizo que una rama de narciso se meciera suavemente dentro de él. Bajo los dedos de Daiyu apareció de pronto algo más de la primavera de otros días. Miaoyu volvió a acompañarla con una cuarteta:

Bajo las flores, el viejo libro sigue sin terminar de hojearse;
el tiempo, a escondidas, corre tras el rumor del agua.

No digas que, ida la primavera, ya no hay dónde buscarla:
alguien aún permanece en la galería, al sol del ocaso.

Al oírla, los dedos de Daiyu se demoraron apenas un instante, pero acabó de tocar la pieza.

Por último interpretó El gozo del ser divino. Era una pieza de amplio aliento: las primeras frases, puras y penetrantes, se transformaban poco a poco en un largo viento que salía de las montañas. Miaoyu la escuchaba con los ojos cerrados; al llegar a uno de los pasajes más altos, los abrió de pronto e improvisó:

Aunque se cierre la puerta del polvo, el cielo no tiene cerrojo;
la melodía pura fluye sin esperar que la oigan.

Un sonido sale de las cumbres y nadie lo gobierna;
tampoco se rindió jamás a las nubes del anochecer.

Daiyu dijo: «Tampoco todas las puertas las cierran los demás».

Miaoyu la miró. Las dos permanecieron un rato sin hablar.

Después de beber media taza de té, Miaoyu preguntó: «¿Sigue viniendo a menudo el segundo señor Bao?».

«Viene a menudo», respondió Daiyu.

Miaoyu dejó escapar un «Ah» y posó la taza. Sólo al cabo de un rato dijo: «Dentro de unos días me marcho».

«¿Adónde?», preguntó Daiyu.

«Al sur», dijo Miaoyu.

Daiyu extendió la mano para ajustar de nuevo las clavijas y empezó Añoranza del sabio. Esta vez la música nació ya grave, como si, después de marcharse un hombre de otro tiempo, aún resonaran sus pasos en la sala vacía. Miaoyu escuchaba sentada muy erguida. A mitad de la pieza dijo: «Ésta es un poco demasiado triste». Alargó la mano y posó suavemente dos dedos sobre la cuerda que vibraba.

Daiyu no dejó de tocar; permitió que la sujetara, y el último sonido cayó de debajo de sus dedos. También el incienso del incensario acabó de consumirse en aquel preciso instante.

Cuando Miaoyu se marchó, Daiyu sólo la acompañó hasta la puerta del cuarto. «Fuera está húmedo; no hace falta que salgas», dijo Miaoyu. Daiyu, apoyada en el marco, la vio cruzar el puente de bambú y sólo entonces se volvió para sentarse.

Al salir del jardín, Miaoyu se encontró con la esposa de Zhou Rui, que llevaba a dos criadas casadas hacia el patio Rojo y Alegre. Traían en los brazos cortinajes y cortes de tela, y la esposa de Zhou Rui decía por el camino: «El señor y la señora han mandado arreglar los aposentos principales. También han encontrado las tarjetas con los datos de nacimiento; sólo falta fijar el día». Miaoyu se detuvo a escuchar un par de frases y siguió andando. La doncellita le preguntó de qué se trataba, pero ella no respondió.

La fecha de la boda de Baoyu seguía sin fijarse. Así transcurrió el duodécimo mes, al final del invierno; en un abrir y cerrar de ojos había terminado también el primer mes del año nuevo, y estaban ya en el segundo. Un día Mingyan volvió de fuera y le dijo a Baoyu en secreto: «El palacio del príncipe de Nan'an ha recibido una orden imperial: debe enviar a una muchacha a casarse lejos, en la frontera marítima, para sellar la paz con los pueblos extranjeros. La princesa viuda no soporta enviar a su propia hija a tres mil li de distancia y quiere adoptar a otra para que vaya en su lugar, con el título de hija de la casa principesca». Baoyu no comprendía cómo podía ser aquello y fue al pabellón Xiaoxiang a hablar con Daiyu: «¡Es para morirse de rabia! ¡Qué absurdo! Si hay que concertar un matrimonio de paz, en el palacio tienen a su propia hija. ¿Por qué adoptar a la hija de otros para que vaya en su lugar?». Daiyu estaba apoyada junto a la ventana ordenando libros. Al oírlo, sólo dijo: «A ti sólo te parece absurdo que la adopten. Pero ¿quién está dispuesto a mandar a su propia hija a tres mil li de distancia?». Baoyu se quedó perplejo y no supo qué responder.

Quién habría pensado que, pocos días después, la princesa viuda de Nan'an acudiría en persona a la mansión. La dama Wang se apresuró a recibirla en los aposentos principales, con Li Wan, Tanchun y las demás. La princesa viuda tomó la mano de Tanchun y la observó con detenimiento. «La otra vez, en el cumpleaños de vuestra Anciana Dama, de todas las muchachas de la casa sólo te hicieron salir a ti para verme, y me quedé con tu recuerdo. Hoy vengo por un asunto que lleva muy lejos, y quiero hablarte de él primero». Le explicó de principio a fin la adopción y el matrimonio de paz, y añadió: «El viaje es largo, a través de montañas y aguas; no es como quedarse en la capital. Tendrás la condición de hija adoptiva mía, y todas las ceremonias serán las mismas que para una hija de sangre del palacio del príncipe. Si no quieres, lo dejamos hoy mismo y buscaré en otra familia».

La dama Wang iba a hablar, pero Tanchun se adelantó: «Si puedo ir yo, ruego a Su Alteza que lo disponga».

La princesa viuda la miró un momento. «¿No quieres pensarlo un poco más?».

«Ya lo he pensado», respondió Tanchun. «Sólo pido que Shishu venga conmigo. No hace falta añadir mucho más».

La princesa viuda asintió. «Buena niña. Se hará como deseas».

Mandó después al secretario mayor que la acompañaba que fuera al estudio exterior a ver a Jia Zheng y le explicase la orden imperial. Jia Zheng lo escuchó y sólo al cabo de un largo rato dijo: «Puesto que es una orden imperial y mi hija ha dado su consentimiento, ruego a Su Alteza que lo disponga».

Aquel mismo día quedó establecida su nueva condición, y se escogió el veintiséis del segundo mes para la partida. Ese año la fiesta de Qingming caía precisamente el veintiséis del segundo mes; además, el Ministerio de Ritos apremiaba, de modo que la casa sólo disponía de unos veinte días para prepararlo todo. Todos se afanaron en hacer las maletas y el ajuar de Tanchun. Ella sacó primero unos pequeños libros de cuentas que conservaba de la época en que administraba el jardín y se los entregó a Li Wan: «Aquí hay algunas rentas de terrenos aún sin liquidar; entre ellas están los bambúes de la vieja Zhu y el arrozal de la vieja Tian. También se deben salarios a dos familias de jardineros. Ahora el jardín no necesita tanta gente: pagad lo que se pueda saldar, no les hagáis ir y venir en vano».

Sacó después un manojo de llavecitas y se lo dio a Cuimo. «Que las muchachas se repartan como vean lo que quede en mis aposentos. La concubina seguirá cobrando sus taeles de cada mes como hasta ahora; no se los reduzcáis porque yo me haya ido».

Cuimo recibió las llaves. «No hace falta que la señorita siga dándome instrucciones».

Tanchun la miró, sacó también la receta que usaba habitualmente la concubina Zhao y la puso debajo de las llaves. A su lado, Shishu redujo una y otra vez el número de baúles que iban a llevarse, hasta dejar sólo cuatro; uno de ellos, sin embargo, estaba lleno de los modelos de caligrafía que la señorita solía copiar y de varias piedras de entintar. Dos criadas mayores que habían sido destinadas a acompañarlas, al oír lo peligroso que era el viaje por mar, lloraban a escondidas y no querían ir. Shishu se enteró, las hizo entrar y les dijo: «La señorita no os ha pedido que deis la vida. La que tenga miedo puede volverse, y recibirá igualmente el dinero para el camino. Pero si esperáis a embarcar para fingiros enfermas y estropearlo todo, no os quejéis cuando os descubra delante de todos». Dio unos taeles de plata a cada una y las sustituyó por dos criadas casadas dispuestas a viajar.

La víspera de la partida, Tanchun fue despidiéndose en todos los aposentos. Cuando llegó a los de la concubina Zhao, ésta estaba llorando a gritos. La agarró de la manga y redobló los alaridos: «¡Una muchacha tan buena, y la arrojan en lugar de la hija del palacio a ese pozo de fuego a tres mil li de aquí! ¡Qué desgraciada soy!». Lloró un rato y de pronto se secó las lágrimas, se acercó a ella y le dijo en voz baja: «Ahora que te han reconocido como hija del palacio, tienes diez veces más categoría que antes. Esta vez sí que has encontrado una rama alta a la que volar. Al fin y al cabo Huan es tu hermano, nacido de la misma madre. En cuanto hayas conseguido afirmarte allí, no te olvides de tenderle una mano». Tanchun se limitó a dejar un envoltorio de plata sobre el kang. «Guardadlo. De los asuntos de mi hermano Huan se ocupará padre».

La concubina Zhao la retuvo por la manga. «Cuando te vayas, ¿cuándo volverás?».

Tanchun soltó una risa fría. «Los barcos tienen fecha de regreso. Las personas, no siempre».

La concubina Zhao se quedó estupefacta. Por un instante se le cortó la voz y las lágrimas le cayeron sin ruido. Tanchun retiró suavemente la manga, se volvió y salió.

De los aposentos de la concubina Zhao, Tanchun pasó al pabellón Xiaoxiang a despedirse de Daiyu. Ésta hizo un esfuerzo por levantarse y recibirla. Permanecieron largo rato sentadas frente a frente. «Cuídate, hermana Lin», dijo Tanchun sonriendo. Daiyu respondió: «No es que no lo sepa. Marcharse de este modo es mejor que quedarse». Tanchun dijo: «Veo bien cómo están las cosas en esta casa. Cuando un árbol está a punto de caer, quienes pueden marcharse por sus propios pies deben adelantarse un paso». Daiyu permaneció callada largo rato; los ojos se le humedecieron un poco antes de responder: «Algo entiendo de lo que dices. Pero siempre me parece que tú ves más hondo que yo». Tanchun sonrió levemente. «Hay cosas que tú no necesitas ver tan claras. Yo, en cambio, las he mirado desde abajo. Si las veo claras es porque no me quedaba otro remedio». Daiyu no encontró qué responder. Tanchun se levantó. «No hay más que decir. Cuídate bien, hermana; eso importa más que nada».

El día de Qingming amaneció ligeramente nublado. Tanchun se puso primero un traje de luto con dibujos discretos en el tejido y entró en el templo familiar. Ante las tablillas de los antepasados se espesaba el humo del incienso. Empezó por las de mayor rango y se fue postrando ante cada una hasta la última; repitió tres veces la serie de reverencias. Al levantarse tenía un poco de polvo del cojín de enea para arrodillarse en la frente y ninguna lágrima en los ojos. Jia Zheng la esperaba fuera del templo. Al verla salir sólo le dijo: «Cuando llegues allí, sé prudente en todo».

Tanchun se apresuró a hincar ambas rodillas, tocó el suelo con la frente y respondió que así lo haría. Sólo entonces añadió: «Padre, los cuatro caracteres de Su Alteza son importantes».

Jia Zheng golpeó el escalón de piedra con el bastón. «Lo sé».

Tanchun se levantó y subió al coche. Camino del embarcadero, unos niños hacían volar cometas en un descampado al sur de la ciudad. Una gran mariposa roja se elevaba muy alto cuando una racha de costado le rompió el hilo y la hizo bajar, bamboleándose, hacia la ribera. Tanchun alzó apenas una rendija de la cortinilla para mirar. La cometa pasó rozando el techo del coche y se fue hacia la orilla. «¿Qué miráis, señorita?», preguntó Shishu. Tanchun dejó caer la cortinilla. «Nada».

Al llegar al embarcadero vieron la nave oficial fondeada en medio del río y otra barca, junto a la orilla, que servía para llevar a la gente a bordo. Desde el agua, un barquero gritó: «¡Los de la mansión, por aquí!». Acercó la barca con su pértiga al muelle de piedra. El séquito ceremonial del palacio no era muy numeroso; el viento envolvía las banderas. Soplaba fuerte sobre el río y las olas se perseguían unas a otras, golpeaban las piedras de la orilla y se deshacían en una capa de espuma blanca. Jia Zheng, la dama Wang, Li Wan, Baoyu, Baochai y los demás fueron a despedirla al muelle. La concubina Zhao no había ido; sólo había enviado con Cuimo una bolsita de perfume de satén labrado con una urraca posada en un ciruelo en flor. Cuimo se la entregó a Tanchun y dijo: «La concubina me tiene a mí».

Tanchun la recibió y la ató a una esquina del baúl, sin añadir ninguna recomendación.

Al ver que las dos criadas casadas que acababan de sustituir a las otras seguían indecisas en la orilla, Shishu se apresuró a decir: «La barca va a salir. Las que quieran ir, que suban; las que no, que recojan el dinero del camino y se vuelvan». Sólo entonces la siguieron. Cuando Tanchun cruzaba la pasarela, Baoyu la llamó: «¡Tercera hermana!». Tanchun no detuvo el paso. Sólo dijo: «Vuelve a casa, segundo hermano».

Baoyu quiso acercarse aún más, pero el secretario mayor del palacio ya había invitado a Tanchun a entrar en la cabina. Ella no entró: permaneció de pie en la proa. Soltaron las amarras, la barca se separó del muelle de piedra y el río produjo un rumor hondo bajo el casco. Las ropas de luto de quienes estaban en la orilla se fueron confundiendo en una sola sombra blanca.

Cuando la barca se acercó a la nave oficial, Tanchun subió a bordo y sólo entonces entró en la cabina y se sentó. Shishu, al notar el viento frío del camarote, abrió deprisa un baúl, sacó aquella capa de paño escarlata y quiso ponérsela sobre los hombros. Tanchun negó con la cabeza. «Guárdala». Pidió después a Shishu papel y pincel, y escribió en silencio una composición. Cuando terminó, la leyó una vez para sí, en voz baja:

En Qiushuang soñé con desviar el Río Celeste;
en vano tendí una sola mano para ordenar aquella turba de demonios.

Ya sabía que los aposentos interiores se destruirían primero:
¿qué hacer ante el gran edificio a punto de derrumbarse?

Hoy la corte nos ha traído noticias en el viento:
una novia sale por olas lejanas para concertar la paz.

Las flores se apiñan llorando a mi alrededor, lamentando la boda lejana;
creen que voy a la deriva, que caigo en una red.

No saben que esas puertas bermellón son como zapatos desechados:
¡antes de que se venga abajo la red del polvo, me libro por mí misma!

Antaño la consorte Ming salió por el Paso de los Gansos;
giró el caballo en la arena amarilla y dio la espalda al palacio de Han.

Hoy yo despliego las velas hacia los mares del Sur;
prefiero dejar el templo ancestral y atravesar olas sin fin.

No maldigas los vientos y las olas peligrosas de las tierras malsanas:
son mejores que tantos rostros de demonio en el palacio Zhaoyang.

Hoy aprovecho esta jugada del matrimonio de paz
para cortar las sogas de Rong y Ning, por las que se llora sangre.

No lloro por mí, porque abandone la tierra donde nací;
se me parte el corazón por los del mismo bosque, que esperan la red.

Vuelvo la vista a la tierra de China: se oscurecen las almenaras;
la mitad de cien años de campanas y trípodes ya se ha gastado.

La insistente advertencia del mandato del fénix aún resuena en mis oídos:
«Prudencia al hablar y cautela al obrar», y sin embargo se dejó pasar el tiempo.

Mis hermanas todavía duermen entre cortinas de seda:
¡mañana llegará la confiscación y la sangre correrá como un río!

Pobres huesos secos, usados para engrosar las listas;
qué pena esas bellezas esperando la ola del desastre.

Sólo nosotros despertamos sobresaltados del gran sueño;
en una balsa prestada me hago a la mar y abandono el nido de oro.

Con el largo viento, rompo las olas y alzo las velas hasta las nubes;
mar ancho, cielo abierto: ya no hay red que me prenda.

Ni mi honra ni mi deshonra las conceden los otros;
este pequeño espacio de mi corazón lo cuido yo.

¡Desde ahora no seré pájaro de jaula dorada:
que vengan vientos y olas bajo diez mil li de cielo!

Terminada la lectura, dobló dos veces la hoja y la metió en el fondo del baúl. Más tarde, al ordenar el equipaje, Shishu vio que en aquel papel blanco estaban escritos los caracteres del título: Canto de quien deja la red por los mares del Sur.

La nave se iba alejando, con las velas ya hinchadas. Tanchun volvió la mirada hacia la ribera norte. Al norte de la ciudad ascendía un fino hilo de humo azulado, como si en aquel convento hubieran encendido la primera varilla de incienso de la mañana. Lo vio, pero no preguntó quién era.

Los de la familia Jia regresaron del embarcadero. Baoyu no pronunció palabra por el camino. Apenas entró por la puerta del jardín, oyó a un criado decir que la nave oficial había doblado ya el recodo del río y que no se la veía más. Se sentó junto a una columna de la galería y, mientras las lágrimas le caían sin cesar, dijo: «Ahora que se ha ido la tercera hermana, estaremos separados por mares y cielos. La hermana Lin está enferma, la segunda hermana fue a parar a una familia como aquélla, y las hermanas se dispersan una tras otra. ¿Cómo vamos a vivir así?».

Baochai estaba de pie a su lado. Esperó a que sus sollozos se apaciguasen un poco y entonces preguntó: «Cuando la tercera señorita subió a la barca, ¿volvió la cabeza?».

Baoyu se quedó perplejo. «No».

Baochai no dijo nada más; sólo le tendió el pañuelo que llevaba en la mano. Baoyu lo tomó y volvió el rostro hacia el jardín. Aquel albaricoquero aún no había perdido todas las flores y entre sus ramas despuntaban ya unas hojas nuevas. Xiaoyan dirigía a dos doncellitas que levantaban una espaldera de rosales caída. Apenas habían atado la cuerda cuando un golpe de viento volvió a aflojarla.

Al día siguiente de la partida de Tanchun, el palacio del príncipe de Xining envió primero a su secretario mayor a la mansión Ning para comunicar que quería adoptar a la cuarta señorita y escoger un día para llevarla al palacio. Jia Zhen consintió en el acto. Sólo después llegó a la mansión Rong un despacho del palacio, y la dama Wang mandó a una criada a dar la noticia en los aposentos de Xichun. Al llegar a la puerta del patio, la vieja vio a Caiping sentada fuera, con una jofaina de agua fría a los pies.

La vieja dijo: «Avisa enseguida a la señorita: ¡ha llegado el despacho del palacio con la gran noticia!».

Caiping no respondió. Se limitó a cerrar bien la cortina de la puerta.

Resulta que Caiping ya había oído en la portería que había llegado el despacho del palacio y había vuelto a dar la noticia. La vieja se impacientó de esperar y alargó la mano para empujar la puerta: estaba atrancada por dentro. Sólo se oía «chas», «chas», un sonido tras otro, muy lento, muy firme. La vieja llamó varias veces desde fuera, pero nadie respondió.

Cuando la dama Wang acudió en persona, la puerta se abrió apenas una rendija. Había cabello negro esparcido por el suelo. Xichun estaba sentada de espaldas a la ventana; ya se había cortado más de la mitad del pelo, pero seguía con aquellas tijeritas en la mano, dando un corte tras otro, sin detenerse. Sobre el tocador estaba abierta la vieja caja de flores de adorno; dentro había dos flores hechas de gasa fruncida, con la gasa ya amarillenta. La dama Wang permaneció un rato de pie antes de decir: «Cuarta niña, si tienes algo que decir, hablémoslo con calma».

Dentro reinó el silencio. La dama Wang no tuvo más remedio que llevarse el despacho. Caiping siguió sentada ante la puerta hasta la hora de encender las lámparas, sin emitir un sonido.

Dos días después, Miaoyu llegó al patio de Xichun acompañada sólo de aquella doncellita. Caiping se levantó deprisa, pero antes de que pudiera hablar, la puerta se abrió desde dentro.

Xichun estaba en el umbral, con lo que quedaba de su pelo corto recogido por una cinta lisa. Al ver a Miaoyu no intercambió saludos; sólo se hizo a un lado para dejarla entrar. La habitación estaba mucho más vacía que antes. Apoyado contra la pared se encontraba el rollo del jardín que llevaba años pintando sin acabar, medio enrollado todavía. Los muros bajos de la zona del convento Longcui apenas estaban esbozados; bajo las flores del ciruelo se distinguía tenuemente una figura. Miaoyu detuvo allí la mirada un instante, sin decir nada. En la mesita junto a la ventana había un tablero de go con la misma partida inconclusa que habían dejado la otra vez. Se sentaron frente a frente y la reanudaron desde donde estaba. Caiping entró con el té. Miaoyu miró la taza, pero al final no la tocó. Xichun tampoco insistió.

Al cabo de algo más de diez jugadas, Xichun sacrificó de una vez todo un grupo de piedras de la esquina izquierda. Miaoyu detuvo la mano. «Ese grupo todavía puede salvarse».

«¿Para qué salvarlo?», dijo Xichun.

Miaoyu permaneció largo rato con una piedra en la mano; la puso en otro lugar y dijo: «En toda mi vida no he podido soportar siquiera la palabra suciedad. El otro día vino alguien a verme. Al entrar, lo primero que dijo fue que mi convento estaba frío y solitario; al final se puso a hablar de mi edad. Hasta a lugares como los nuestros viene gente a disponer de toda una vida. Quien pueda apartarse, que se aparte cuanto antes: sólo así se mantiene limpio».

Xichun no respondió. Miró su cabello y dijo: «Tú, señorita, todavía conservas el pelo».

«La práctica religiosa es la misma aunque se conserve el cabello», dijo Miaoyu.

«No es la misma», dijo Xichun.

No hubo una tercera frase. Las dos terminaron la media partida; Caiping, que miraba a su lado, no supo ver quién ganaba y quién perdía. Miaoyu se levantó para irse y Xichun la acompañó a la puerta. Miaoyu miró los cortos mechones que le quedaban junto a las sienes. «Te lo has cortado bien limpio».

«No me lo he cortado para hacer gala de limpieza», dijo Xichun.

La doncellita iba a recoger las piedras del tablero cuando Miaoyu se volvió. «Déjalo». Y se marchó.

Cada mañana temprano, Xiaoyan cogía un cubo de madera y regaba por el camino desde el patio Rojo y Alegre hasta el patio Hengwu. De las plantas que figuraban en el antiguo registro de flores, tres o cuatro de cada diez se habían secado ya. Al ver que el viento había quebrado un manzano de flor tardío, se agachó a apretarle un poco de tierra alrededor y lo cercó con unas cuerdas de hierba para que nadie lo pisara.

Otro día llegó Cuilü con regalos de fiesta de parte de Xiangyun. La familia Jia seguía de luto y no convenía que Xiangyun fuera en persona. Había enviado apenas unas cuantas especialidades del mar, dos piezas de seda lisa y una caja de pasteles recién hechos en casa de los Wei. Las doncellitas del patio nunca habían visto aquellas cosas del mar; rodearon a Cuilü y la llenaron de preguntas. Había una con espinas en la concha, cuyo nombre ninguna conocía. Una la señaló: «¿Esto es un pez o una fruta? ¿Por qué tiene pinchos por todas partes?». Otra la tocó con un dedo y lo retiró enseguida. «Sea lo que sea, pinchar sí que pincha». La de al lado se rio. «Pruébalo primero, pero si te pincha la boca no le eches la culpa a la hermana Cuilü». Todas se echaron a reír, y las risas llegaron hasta la habitación de Xifeng.

Xifeng acababa de tomar medio cuenco de medicina. Al oír las risas de fuera, se apoyó en el borde de la cama para incorporarse. Pinger se apresuró a sostenerla. «No os mováis, señora. Cuilü sólo ha traído unos regalos; luego la haré entrar para que os presente sus respetos».

A medio incorporarse, Xifeng lo vio todo negro y volvió a caer sobre la almohada. «¿Quién quiere que se postre ante mí? Tráeme la lista de regalos, que la mire; no vayamos a quedarnos cortos con lo que les devolvamos».

«Ya está todo preparado», dijo Pinger. Xifeng volvió a preguntar: «¿Aún te acuerdas de aquellas que vinieron conmigo en otros tiempos?». Pinger respondió: «Me acuerdo», y no dijo nada más.

En la habitación contigua, una doncellita soltó una risa cristalina. Xifeng abrió los ojos y escuchó un momento. «Diles que vayan a reírse fuera. Cuidado, no molesten a la señora».

Apenas había terminado de hablar cuando Pinger bajó deprisa las cortinas de la cama y mandó a Fenger cambiar el agua caliente. En el alféizar había dos cedazos de bambú con los posos de la medicina extendidos; todavía no los habían tirado.

Al poco, Pinger salió a ocuparse de las cosas y Xifeng quedó sola en el cuarto. A través de la ventana oyó a Cuilü despedirse y alejarse diciendo todavía por el camino: «La señorita lo ha mandado: hasta que no entregue estos regalos en las propias manos de la señora Lian, no habré cumplido el encargo». Xifeng siguió acostada, inmóvil. Tanteó la colcha hasta tocar aquel medio paño viejo que le habían cambiado, lo apretó un momento y volvió a soltarlo.

Aquella noche Xifeng tuvo fiebre y cayó en un sueño confuso. Vio entrar a la señora Qin por detrás de la cortina, tan hermosa y delicada como antes, sin una sola brizna de hierba en el vestido ni nada en las manos. Xifeng quiso incorporarse, pero la señora Qin se quedó de pie ante la cama y dijo: «El destino ha de llegar a su fin». En cuanto terminó de hablar, se volvió y se fue. Cuando Xifeng abrió los ojos, la mecha de la lámpara, fuera de las cortinas, había crecido mucho al quemarse. Pinger dormía inclinada sobre el escabel, con medio paño viejo manchado de sangre todavía apretado en la mano. Xifeng la miró un rato y no la llamó.

Al día siguiente Jia Lian entró y se quedó de pie ante la cama, mirándola. Xifeng mandó salir a Pinger y dijo: «Si tienes algo que decir, dilo».

«No tengo nada que decir», respondió Jia Lian.

Xifeng soltó una risa fría. «Si no tienes nada que decir, ¿qué haces ahí de pie?».

Jia Lian permaneció allí un rato más, se volvió y salió. Se sentó en la estancia exterior con un libro en la mano, pero no lo abrió; se limitó a darle vueltas, apretando el lomo con los dedos, mientras escuchaba lo que pasaba dentro. Xifeng cogió el cuenco de medicina que tenía junto a la cama, se lo llevó a los labios y volvió a dejarlo. Por la tarde Pinger le trajo gachas y sólo tomó una cucharada. Cuando Jia Lian entró de nuevo, tampoco preguntó nada; Xifeng no habló y sólo mandó a Caiming que llevara los viejos libros de cuentas junto a su almohada. Había pasado dos páginas cuando el pincel de tinta bermellón se le cayó de los dedos sobre la colcha y dejó un punto rojo. Pinger se apresuró a buscar un pañuelo para limpiarlo, pero Xifeng negó con la cabeza y siguió pasando las páginas. Si queréis saber qué se descubrió después en aquel libro de cuentas, escuchad el próximo capítulo.

Sobre esta versión

Los nombres siguen la tradición de lectura de Zhao Zhenjiang, José Antonio García Sánchez y Alicia Relinque, según las referencias del proyecto. La continuación se traduce de forma independiente del chino de Han Qin, con sus diálogos, poemas y asuntos sin resolver.