Han Qin · Sueño en el pabellón rojo: treinta nuevos capítulos

Capítulo LXXXIVQuienes carecen de conciencia se empeñan en obrar sin conciencia; la joven Yuanyang cumple al fin su juramento

Continuación original de Han Qin, no un manuscrito recuperado de Cao Xueqin.

Después de que el cortejo fúnebre de la Anciana Dama saliera de la casa, el féretro quedó depositado en el templo Tiejian, a la espera de que transcurrieran los cien días para acompañarlo de regreso a la tierra natal. Aún no se habían cumplido los siete períodos de siete días; los cortinajes blancos seguían ante el salón Rongxi, pero los utensilios de las ofrendas ya se iban guardando uno a uno. Sólo los aposentos de la Anciana Dama conservaban sus cortinas de luto; el fieltro blanco tendido a ambos lados del umbral se había vuelto gris amarillento de tanto pisarlo. Los faroles blancos de los aleros habían sido llevados al almacén, y las huellas de engrudo en sus armazones de bambú aún estaban frescas. Se acercaba el undécimo mes, y en las galerías de cada estancia habían puesto un brasero menos que en años anteriores. Las palabras de Su Alteza, transmitidas desde palacio en cuatro caracteres, «Prudencia al hablar y cautela al obrar», apenas llevaban unos días en la casa; Jia Zheng había mandado escribirlas con esmero y colocarlas sobre la mesa del estudio exterior. Arriba y abajo, todos se afanaban sin descanso: inventariaban los bienes de la difunta, comprobaban el número de personas de la casa y fijaban de nuevo las asignaciones mensuales.

Desde la muerte de la Anciana Dama, Yuanyang seguía viviendo en la habitación lateral. Aquella mañana se levantó temprano, fue ante el antiguo lecho para cambiar un cuenco de agua limpia y limpió después, uno por uno, el rosario, las gafas y el calentador de manos. Nunca había tenido mucha ropa, ni guardaba oro o plata en el arcón; sólo había una vieja caja de costura junto a su almohada. La mesa y los taburetes de la habitación apenas sumaban dos o tres piezas, tan bien frotadas que se podía ver en ellas el reflejo de una persona. Aquella tarde estaba doblando unas prendas viejas de seda de la Anciana Dama cuando levantó la cortina una criada mayor que había venido con la señora Xing al casarse. Con el rostro lleno de sonrisas, empezó a decir: «¿Cómo sigue ocupándose de estas cosas, señorita? Cuando vivía la anciana señora, usted gozaba de la mayor consideración. Ahora, aunque ella se haya ido, el señor mayor y la señora siguen teniendo presentes sus servicios y no quieren tratarla mal».

Yuanyang se limitó a alisar una punta del delantero de la prenda. «Si tiene algo que decirme, dígalo, madre».

La vieja se sentó en el escabel, sacudió el pañuelo de seda azul que llevaba en la mano y dijo sonriendo: «No me culpe, señorita, por venir una y otra vez a importunarla. El señor mayor dijo primero que quería una respuesta definitiva en tres días. Ahora que han pasado tantos, la señora tampoco sabe qué decirle. Usted es inteligente; ¿hace falta que se lo explique con todas las letras? Ya ha cumplido de sobra los veinte años: ¿va a pasarse la vida guardando estas habitaciones vacías? Desde luego, una familia corriente de fuera no estaría a su altura. El señor mayor, que la conoce de siempre, se empeña en distinguirla haciéndola su concubina. Aunque durante el luto no convenga disponer las cosas, de momento sólo se le pide una palabra firme; cuando hayan pasado los tres años, se trasladará allá. Si da su consentimiento, no tendrá que preocuparse ni de ropa ni de joyas. La señora también dice que la tratará de todo corazón como a una hermana».

Yuanyang puso en el arcón la ropa que había doblado, bajó la tapa y dijo: «¿Cuántos días hace apenas que se fue la anciana señora?».

La vieja dio una palmada y se echó a reír. «Precisamente porque se ha ido debe decidir cuanto antes adónde irá. Los muertos no vuelven a la vida; los vivos tienen que seguir viviendo. Además, aquel juramento lo hizo ante la anciana señora. Ahora que ella ya no está, esas palabras se las ha llevado el viento. ¿Quién va a tomarse en serio toda una vida lo que se dijo en un arrebato?».

Yuanyang cerró el candado del viejo arcón de la Anciana Dama y permaneció callada largo rato antes de decir: «Ya lo he entendido. Puede volver, madre».

Al ver que no se enfadaba, la vieja creyó con mayor motivo haber encontrado una salida y se acercó aún más, sonriendo con zalamería. «Si le resulta difícil decirlo cara a cara, la señora vendrá ella misma más tarde. También sabrá recompensar a su hermano y a su cuñada. Usted no tiene más que asentir; de todo lo demás no ha de ocuparse». Yuanyang ya no respondió. Tomó un paño viejo de algodón y fue limpiando despacio la fina capa de polvo de la tapa. Desairada, la vieja insistió todavía un poco; luego se levantó y dijo con una risa fría: «El recado ya lo he dado. No haga tampoco que la gente pierda la paciencia». Y, levantando la cortina, se marchó.

Yuanyang, que había guardado las llaves todos aquellos años, había visto más que otros los viejos comprobantes y libros de cuentas del almacén. El año en que llevaron a la casa los veinte abanicos antiguos de Shi Daizi, el segundo señor había recibido una buena paliza por aquel asunto; Pinger se lo había contado en privado. También, en varias ocasiones, habían llegado de noche gentes de otras provincias por la puerta lateral, llevando paquetes sellados de plata al estudio del señor mayor; al día siguiente aparecía sobre la mesa una tarjeta más, que salía de la casa metida en un libro de sutras plegado en acordeón. Eran cosas que los criados contaban a escondidas, y ella también las había oído unas cuantas veces. Cuando la Anciana Dama preguntaba de cuando en cuando por los asuntos de fuera, Yuanyang sólo le respondía con aquello que a la anciana le gustaba oír. Ahora que había muerto, también estas cosas quedaban guardadas en su interior.

Al anochecer, la dama Wang mandó que Xifeng llevara a Caiming a hacer inventario de los bienes que la Anciana Dama había dejado en sus habitaciones. A Xifeng no se le habían detenido las pérdidas de sangre; sostenida por Pinger, se sentó en la habitación exterior. Caiming leyó la lista: «Un par de horquillas de oro puro con el carácter de longevidad; una mano de Buda de jade blanco; dos rosarios de ámbar opaco». Mientras escuchaba, Xifeng mandó abrir un cofrecillo y examinó personalmente las tiras de papel del sello. Más adelante, Caiming se detuvo un instante. «Aquí hay también un arcón de objetos de oro y plata. En la lista lleva anotado el carácter de “empeño”». Xifeng miró hacia la habitación interior. «Deja esa partida por ahora. Sigue leyendo». Estaban comprobando un arcón de ropa vieja de seda de la Anciana Dama cuando se oyó un tropel de pasos junto a la puerta del patio. Entró la señora Xing con aquella criada mayor y dos sirvientas casadas.

Al verla llegar, Xifeng apenas se incorporó en su asiento. «¿Cómo viene la señora a estas horas?».

La señora Xing sonrió. «Vengo a preguntarle una cosa a Yuanyang. Tú sigue comprobando los objetos de la anciana señora». Y mandó enseguida que la llamaran.

Yuanyang salió de la habitación interior, todavía con su vieja chaqueta de cáñamo blanco liso y una sola horquilla de plata en el pelo. Al verla, el semblante de la señora Xing se suavizó un poco. «Yuanyang —dijo sonriendo—, no hay persona más de fiar que tú. Todos hemos visto cómo has servido a la anciana señora durante estos años. Ahora, en sus habitaciones, el señor mayor no tiene a nadie que lo comprenda y atienda de veras. Le gusta tu sensatez y quiere darte el rango de concubina. ¡Cuántas quisieran ese honor sin poder conseguirlo! Tú también deberías saber lo que te conviene».

Yuanyang permaneció un rato de pie, con las manos a los lados, antes de responder: «No me atrevo a aceptar lo que dice la señora. Mientras serví a la anciana señora, jamás abrigué otra esperanza. Para lo que me queda de vida, sólo pido encontrar un lugar tranquilo donde vivir honradamente, sin salirme de mi condición. En cuanto a eso, no tengo en absoluto tal intención. Le ruego a la señora que así se lo diga al señor mayor».

La señora Xing soltó una risa fría. «En eso estás siendo una necia. Una muchacha como tú, ahora que ha muerto la anciana señora, ¿en quién podrá apoyarse? Que el señor mayor quiera darte su cariño es una enorme fortuna para ti. Y tú, poniendo una objeción tras otra, acabas por enfriar el corazón de cualquiera».

Yuanyang dijo: «Agradezco todas las buenas intenciones de la señora. Pero la anciana señora acaba de irse, aún no se han cumplido los siete períodos de siete días y toda la casa está de luto. ¿Cómo se va a hablar de algo así en este momento? Si a la señora no le parece mal, esperemos a que acabe el luto, y entonces me permitirá responderle».

Viendo que sólo daba largas con sus palabras, la señora Xing se ensombreció y dijo con una risa fría: «No voy a seguir dando rodeos contigo. Esto lo ha decidido el señor mayor. La decisión está tomada y no hay nada que discutir. Hoy mismo tienes que darme una respuesta firme. Si aceptas, se hará primero un compromiso por escrito y, terminado el luto, te trasladarás allá. Si no aceptas, piensa bien si en esta casa te quedará en adelante un sitio donde poner el pie».

Xifeng oyó aquellas palabras desde la habitación exterior. No se le alteró el rostro, pero se sintió intranquila; sólo mantuvo un dedo apretado contra la esquina de la lista.

Al oír aquello, Yuanyang enrojeció de golpe, desde la base del cuello hasta detrás de las orejas. Permaneció un momento con la cabeza baja y, de pronto, la levantó para decirle a la señora Xing: «Permita la señora que vaya a buscar una cosa». La señora Xing creyó que iba a traer algún objeto con que dar su consentimiento y no la detuvo. Yuanyang entró en la habitación lateral, abrió la caja de costura que había junto a la almohada y, sin que la vieran, tomó algo que se guardó en la manga. Volvió a la habitación, miró de frente a la señora Xing y a todas las viejas que la llenaban y empezó a insultarlas:

«¿Os creéis que, apenas ha dado su último suspiro la anciana señora, yo, Yuanyang, me he convertido en un trozo de carne muerta sobre vuestra tabla de cortar, para que toda vuestra vil ralea me pese a su antojo? ¡Ve a decírselo a ese viejo canalla tuyo que ya tiene medio cuerpo en la tumba, y tú también, maldita puta que sólo sabes hacer de alcahueta para tu viejo! ¿Qué clase de amos sois? ¡Por unos cuantos abanicos antiguos de mala muerte arruinasteis a Shi Daizi, que hasta la vida perdió en ello! ¡Toda la casa lo sabe, y sólo vosotros hacéis como si nada hubiera pasado! De las cosas que tenéis expuestas en vuestras habitaciones, ¿cuál no se ha comprado con sangre humana? ¡Ni al acostaros teméis que los espectros vengadores vengan a reclamar vuestras vidas de perros! ¡Todavía cuelga en la puerta el luto por la anciana señora, y ya venís a hablar de esto! ¡No hay razón que permita que un hombre, nada más morir su madre, se busque ante todo una concubina, y encima exija que otra firme un compromiso para esperarlo! ¿Hay semejante regla en el mundo? Lo que dije una vez lo repito ahora: no me casaré, pase lo que pase. Lo decía cuando vivía la anciana señora y lo sigo diciendo ahora que ya no está. Ese viejo trasto me mandó decir antes por mi hermano que, aunque saltara hasta el cielo, no saldría de su mano; que sólo se daría por vencido si yo moría o me quedaba toda la vida sin casarme con un hombre. ¿Os creéis que, porque ha muerto la anciana señora, voy a ir dócilmente a ser la concubina de ese maldito bastardo de corazón negro? ¡Mead y miraos en el charco!».

Todos los presentes se quedaron espantados. La señora Xing se puso roja y luego blanca; quiso hablar, pero aquel torrente de insultos no le dejaba decir palabra. Xifeng, sentada en la habitación exterior, había oído cada palabra con toda claridad; se apoyó en el borde de la mesa y logró ponerse de pie a duras penas. Yuanyang no se detenía y siguió increpándola:

«¡Tú, que eres la esposa legítima, en vez de aconsejar al señor que siente la cabeza, vienes en su nombre a forzarnos a nosotras, las criadas! Cuando el señor hace daño a alguien fuera de aquí, fingís no haber oído nada; pero en cuanto digo que no, resulta que soy yo la que no conoce las reglas. ¿Vuestras reglas sólo sirven para aplastar a quien no tiene amparo?».

Mientras hablaba, se soltó el pelo con la mano izquierda y con la derecha sacó de la manga unas tijeras cuyo metal se había oscurecido de tanto afilarlo. Eran las mismas que había usado años atrás al prestar juramento ante la Anciana Dama; aún llevaban un trozo de hilo viejo y amarillento enrollado en las anillas. Al verlas, todos creyeron que iba a cortarse otra vez el pelo. Varias viejas extendieron las manos, sin dejar de decir: «¡Señorita, no lo haga!», pero ninguna se atrevió a acercarse. La voz de Yuanyang, en cambio, fue bajando poco a poco. Pronunció cada palabra con absoluta claridad:

«¡Yo, Yuanyang, vine a este mundo sin mancha, y hoy quiero irme de él sin mancha! ¡Vosotros, bestias con piel humana, seguid haciendo de las vuestras en este mundo! ¡Anciana señora, voy a hacerle compañía!».

Aún no había acabado de hablar cuando la muñeca se le volvió de golpe y las tijeras se hundieron en su garganta. La sangre saltó sobre una vieja túnica de seda lisa, de color malva rosado, de la Anciana Dama. La túnica que acababa de doblar seguía apoyada en el borde del kang; ahora se extendía una mancha roja oscura por el delantero.

Varias de las viejas que estaban dentro intentaron primero quitarle las tijeras y contener la sangre, pero el espanto acabó por dejarlas sin saber qué hacer con manos ni pies. La señora Xing retrocedía hacia la puerta y sólo gritaba que fueran enseguida a buscar un médico. Pinger, al oír desde fuera el tumulto, se quedó blanca de miedo y entró precipitadamente para comprimir la herida, pero no sirvió de nada. Xifeng estaba de pie en la puerta; la lista que sostenía se le cayó al suelo. Cuando llegó el médico, Yuanyang ya había expirado. Jia She, al recibir la noticia en su propio patio, estrelló violentamente contra el suelo la taza que tenía en la mano. «¡Maldita criatura que no sabe apreciar el favor que se le hace! —dijo con rabia—. ¡Hasta con su vida tiene que ultrajarme!». Los fragmentos de porcelana saltaron por el suelo y el té se derramó sobre el fieltro. Yanhong, a su lado, no se atrevió a decir nada; se agachó enseguida y fue recogiendo los trozos, uno por uno, en su pañuelo. Jia She estuvo un rato profiriendo insultos, pero luego se negó a hablar más del asunto y se limitó a dar esta orden: «No permito que se divulguen disparates fuera de aquí. Si alguien pregunta, decid sólo que Yuanyang padecía de antiguo ataques repentinos; el exceso de dolor la había consumido y no fue posible salvarla». Con el rostro lívido, la señora Xing mandó recoger y amortajar apresuradamente el cadáver y se marchó a toda prisa con aquellas viejas.

Varias criadas que antes habían compartido habitación con ella vinieron a cambiarle la ropa y sacaron del arcón aquella chaqueta de seda adamascada, de color malva rosado. Su mano derecha aún sujetaba una punta de la túnica de seda lisa que estaba en el borde del kang; tardaron mucho en conseguir abrirle los dedos. Nadie se atrevía a llorar en voz alta; sólo se les ahogaban los sollozos en la garganta. Aunque se había ordenado guardar silencio sobre lo ocurrido a Yuanyang, no fue posible ocultarlo. En menos de dos días, toda la casa lo sabía en secreto. Pero nadie se atrevía a decirlo abiertamente; incluso al hablar de ello en privado, no hacían más que sacudir la cabeza y suspirar. Aquellas palabras injuriosas de Yuanyang también llegaron a oídos de Baoyu. Después de escucharlas se quedó atónito largo rato, y luego murmuró para sí: «¿Cuánto pueden valer unos cuantos abanicos?». Sheyue alzó los ojos hacia él y tampoco pudo contener un suspiro.

Xifeng no volvió la cara hasta que todo quedó dispuesto dentro y se llevaron el cadáver. Pinger la sostuvo para regresar despacio a sus habitaciones. Durante todo el camino, Xifeng mantuvo la cabeza baja. Sólo al cruzar la puerta del patio dijo: «A Ruizhu, en la mansión del Este, al menos la velaron en el pabellón Dengxian con los ritos debidos a una nieta». Pinger no se atrevió a responder.

A los pocos días de la muerte de Yuanyang, los objetos de los aposentos de la Anciana Dama fueron entrando en el inventario: lo que podía volver al almacén se devolvía, y lo que podía repartirse entre las distintas ramas de la familia se repartía. Sólo quedaron unas cuantas prendas viejas que nadie quería tocar. Cada vez que un criado sacaba un objeto entre las manos, Caiming hacía una marca en el registro. Cuando llenaba una página, la volvía y seguía anotando.

Aquel día la dama Wang llamó a Yingwu y le dijo: «Ya se ha hecho el inventario de todo lo que había en las habitaciones de la anciana señora. No tienes por qué seguir guardando esas estancias vacías». Mandó a Yuchuan que trajera un pequeño cofrecillo y se lo entregara, y añadió: «Aquí hay unos taeles de plata y dos joyas; también está tu contrato. Llévatelo y busca por tu cuenta una familia honrada fuera de aquí con la que vivir».

Yingwu se arrodilló enseguida, recibió el cofrecillo con ambas manos y tocó el suelo con la frente, sin decir nada. La dama Wang preguntó: «¿Tienes adónde ir?». Yingwu sólo asintió levemente con la cabeza baja. La dama Wang añadió: «Mañana mandaré que te dejen salir por la puerta».

A la mañana siguiente, muy temprano, el cielo seguía nublado y bajo los aleros se había formado una fina capa de escarcha. Yingwu, vestida con una chaqueta acolchada de tela azul algo usada, llevaba un hatillo al brazo y estrechaba el cofrecillo contra el pecho al salir por la puerta lateral del oeste. El criado joven que la guardaba comprobó el contrato y abrió para dejarla pasar. La puerta se cerró tras ella.

Dejemos por ahora la mansión Rong. Últimamente, a casa de los Xue acudían acreedores tres veces al día. Sobre la mesa de la portería quedaban sujetas unas cuantas reclamaciones; de tanto estrujarlos, los bordes del papel se habían ablandado. En cuanto oían pasos, los porteros entornaban la puerta y sólo dejaban una rendija. Quienes llegaban, unos con el libro de cuentas en la manga y otros con viejos comprobantes en la mano, esperaban un rato al pie de los escalones y no tenían más remedio que marcharse cada cual por su lado. Aquel día, Xue Pan había perdido dinero en el juego y regresó desanimado. Apenas entró, oyó que Jingui y Baochan seguían peleándose en las habitaciones del fondo por un poco de dinero para afeites, entre golpes y objetos arrojados. Aquello le daba dolor de cabeza, de modo que se refugió en las habitaciones de la señora Xue. El brasero ardía con poca fuerza. La señora Xue y Baochai cosían a la luz de la lámpara. Baochai trabajaba con la cabeza baja; tenía entre las manos una chaqueta de luto de un blanco liso y sus puntadas eran finas y apretadas, hilera tras hilera.

Xue Pan se dejó caer en un asiento, cogió el té frío que había sobre la mesa y bebió un trago. Como Baochai no dejaba de coser, le dijo de mal humor: «¡Mi hermana aún tiene tiempo y ganas de ocuparse de eso! Fuera ya corre la voz: la que va a casarse con Baoyu es esa Lin, esa enfermiza; y el propio Baoyu tampoco sirve para nada. Has estado pendiente de él todos estos años en vano; en vano has llevado también el candado de oro. Quítatelo cuanto antes de la cabeza: hace mucho que no te toca nada en ese asunto».

La aguja se detuvo en la mano de Baochai. Con la cabeza baja, mantenía la punta suspendida sobre la chaqueta, a un hilo de distancia de la tela. Sólo al cabo de un buen rato volvió despacio la cabeza y dijo: «¿Qué disparates estás diciendo?».

La señora Xue, que lo había oído a su lado, golpeó el kang, furiosa, y lo reprendió: «¡Cuánto de ese maldito caldo amarillo habrás vuelto a beber para venir a soltar aquí tus porquerías! ¡Como si los asuntos de tu hermana fueran cosa para tus habladurías! ¡Sal de aquí ahora mismo!». Envalentonado por el vino, Xue Pan masculló todavía dos frases y luego salió, avergonzado.

Baochai siguió sentada. Retiró la aguja, dobló la chaqueta de luto y la dejó a un lado. «Esta tela tiene una pequeña mancha de grasa. Cambiémosla por otra». Se levantó entonces, se despidió de la señora Xue y regresó a sus habitaciones.

Pocos días después, un antiguo empleado que años atrás había viajado al sur con Xue Pan fue a buscarlo con un pequeño paquete de tortas de incienso. «En el sur, el precio del incienso sube tres veces al día —le dijo—. Un comerciante necesita plata con urgencia y está dispuesto a desprenderse de su mercancía a bajo precio. Si ahora se compra al por mayor, sólo con revenderla se ganará varias veces lo invertido». Xue Pan tomó una torta, la pellizcó con la uña, se la acercó a la nariz y la olió. Con los ojos y las cejas iluminados de alegría, la golpeó contra la mesa. «¡Esto es lo que quiero! ¡Si me hago rico con esta jugada, ya no tendré que aguantar que me sermoneen!». Enseguida quiso emprender él solo aquel negocio de sustancias aromáticas. La señora Xue preguntó: «¿También quieres llevarte la plata con que vivimos en casa?». Xue Pan respondió riendo: «¡Cuando este negocio salga bien, qué falta hará preocuparse por mantener la casa!». La señora Xue y Baochai intentaron detenerlo una y otra vez. También vino Zhang Dehui, de la casa de empeños, a aconsejarlo: «Señorito mayor, si el precio del incienso puede subir tres veces en un día, también puede bajar tres veces. Cuando viajé con usted al sur, de cada diez partidas que corría tanta prisa vender, nueve eran trampas. Es la primera vez que maneja una cantidad tan grande de mercancía; sería mejor empezar con menos». Pero ya había tomado su decisión y no escuchó a nadie. Reunió toda la plata que quedaba en la casa, mandó al contable redactar un contrato y lo comprometió todo en el negocio.

Volvamos a Jia Lian. Desde el día en que había tanteado a Xifeng con sus preguntas, indagaba en secreto sobre lo que había ocurrido con You Erjie. Primero envió a Xinger para averiguar qué había sido del médico imperial Hu. Xinger recorrió varias boticas antiguas y volvió con esta respuesta: «He preguntado en todas partes. El médico imperial Hu tuvo problemas hace ya unos años; recogió sus bártulos y huyó de la capital con su familia. Unos dicen que regresó al sur; otros, que murió de enfermedad en otra provincia. No hay noticias ciertas». Al día siguiente, Jia Lian se encontró con Shanjie en una sala de paso. Apenas le gritó «¡Detente!», ella, como si no lo hubiera oído, se volvió y se escabulló en el patio de la señora Xing. Jia Lian la siguió hasta la puerta, pero la vieja que la guardaba sólo dijo: «Shanjie no está aquí». No conseguía encontrar a las personas ni sacarles una palabra. Jia Lian escribió en secreto en una hoja de papel fino los nombres de Hu Junrong y Shanjie, así como los de aquellas sirvientas casadas que estaban al servicio de Qiutong, y dobló el papel junto con el fragmento de receta del médico imperial Hu.

Por aquellos días, Xiangyun, que estaba a punto de casarse, fue primero a despedirse de la familia Jia. Su prometido era el joven Wei Ruolan, de la familia Wei, y el día ya estaba escogido. A causa de la reciente muerte de la Anciana Dama, los Shi habían propuesto aplazarlo; pero los Wei tenían fijada desde hacía tiempo la fecha propicia y, tras varias idas y venidas, al final no habían logrado cambiarla. Como seguía de luto, Xiangyun sólo llevaba una chaquetilla de satén azul bastante nueva; no se había puesto horquillas ni adornos de colores vivos, sino que se había recogido el pelo en un moño con una horquilla de plata lisa. Daiyu, Baochai, Baoqin y Xiuyan estaban reunidas en el pabellón Xiaoxiang para despedirla. Ante los escalones había una fina capa de hojas de bambú; apenas las barrían, el viento volvía a amontonarlas bajo la cortina. No se había encendido incienso en la habitación. Sólo se calentaba una tetera en un hornillo de barro rojo. Las muchachas estaban sentadas en torno a él y llevaban largo rato hablando: el té se enfriaba, lo renovaban y volvía a enfriarse.

Xiangyun tomó a Daiyu de la mano y dijo sonriendo: «Hermana Lin, ahora que me voy, no sé cuándo volveremos a vernos. Cuídate bien y no te prives de lo que necesites». Le palpó de nuevo la mano. «¿Por qué vuelve a estar tan fría? ¿Sigues tomando la medicina?». Daiyu sonrió. «La tomo todos los días; no veo que me falte ni un cuenco». Al cabo de un rato, le dijo sonriendo a Xiangyun: «Tú eres resuelta y franca. Cuando estés allí, tómate las cosas con amplitud de ánimo. Eres más fuerte que yo». Mientras lo decía se le enrojecieron un poco los ojos, pero al fin logró contenerse y añadió: «Que las dos estemos bien».

Baoqin, a su lado, dijo sonriendo: «La hermana Yun ha venido hoy a despedirse, y lo primero que hace es preguntar por la medicina. Como sigas, Zijuan va a venir con la receta en las manos a pedirte que pongas tu firma». Todas rieron un poco y enseguida volvieron a callarse. Xiuyan sacó un par de zapatos que había hecho ella misma y se los entregó a Xiangyun. «Póntelos para el camino. Las puntadas son algo toscas, pero resistentes». Xiangyun los recibió y allí mismo los comparó con sus pies. «Justo a mi medida —dijo riendo—. Cuando los gaste, volveré a pedirte otros». Baochai también le dio una bolsa de costura de brocado liso y dijo con una sonrisa: «Cuando estés en casa ajena, no te apresures a hacerlo todo. Si trabajas de noche, no vuelvas a quedarte hasta la tercera vigilia. Por mucho brío que tengas, también debes guardar algunas fuerzas para ti». Xiangyun miró de reojo a Baochai y sonrió. «Hermana Bao, recordaré esas palabras».

Mientras hablaban, llegó Baoyu, enteramente vestido de luto, y se quedó junto a la cortina. Xiangyun se apresuró a preguntarle: «¿Por qué no entras, segundo hermano?». Baoyu respondió: «Seguid hablando. He venido a despedirte». Entró en la habitación y le hizo una reverencia con las manos juntas y toda formalidad. Xiangyun iba a reírse de él, pero, al verlo con la cabeza baja sin enderezarse, borró enseguida su sonrisa y le devolvió el saludo. «Cuídate, segundo hermano». Baoyu sólo dijo: «Cuídate tú también».

A Xifeng le habían vuelto las pérdidas de sangre y no podía levantarse de la cama. Se limitó a enviar a Pinger con un par de brazaletes antiguos de oro para el arcón nupcial de Xiangyun, junto con sus disculpas: cada vez se encontraba peor, no soportaba el bullicio y no podía salir. Xiangyun recibió enseguida los brazaletes. «Dile a tu señora que no piense más que en recuperarse. ¿Quién va a reprocharle una cosa así?».

Siguieron hablando hasta que el sol declinaba ya hacia poniente. Xiangyun, temiendo que los enviados de los Shi la estuvieran esperando, se levantó al fin para despedirse. Daiyu quiso acompañarla, pero apenas se puso de pie empezó a toser. Xiangyun se apresuró a hacerla sentar de nuevo. «No me acompañes. Cuando estés mejor, volveré a alborotarte y volveremos al pabellón Aojing a componer versos enlazados». Daiyu respondió: «Acuérdate de lo que acabas de decir». Xiangyun lo prometió, pero, una vez al otro lado de la cortina, aún no se decidía a marcharse. Se volvió y vio que Baochai estaba acercando a Daiyu la taza de medicina; Baoqin y Xiuyan permanecían bajo la ventana, y Baoyu se había quedado otra vez junto a la cortina. Entonces la dejó caer.

El día señalado, la familia Jia seguía de luto y no participó en los festejos: no fue nadie al banquete y sólo enviaron a un administrador con un modesto regalo. Más tarde les llegó un recado de los Shi: el carruaje de los Wei que había ido a recoger a la novia tampoco llevaba grandes adornos rojos; sólo habían atado una tira de seda roja oscura a las varas. Cuilü y Feicui se marcharon con el palanquín del ajuar.

Por esas mismas fechas también quedó encaminado el matrimonio de Xing Xiuyan y Xue Ke. Lo había concertado antes la Anciana Dama, pero tantos asuntos se habían entrecruzado que aún no se habían intercambiado formalmente los documentos. Sólo ahora se habían canjeado las tarjetas de nacimiento; todavía no se atrevían a fijar el día de la boda. Ambas familias tenían presente el luto de la mansión Rong, de modo que no hubo ostentación: se limitaron a invitar a la casamentera a comer. Durante la comida, la señora Xue dijo: «Este enlace lo concertó la anciana señora. Aquel día decía riendo: “Hoy he vuelto a arreglar otro asunto. ¡Cuánto dinero me darán en agradecimiento por hacer de casamentera!”». Se le enrojecieron los ojos y dejó de hablar.

El padre de Xue Ke también había sido en vida un comerciante proveedor de la corte. Al morir, sólo dejó unas cuantas habitaciones y un patio. Xue Ke conservaba aquel pequeño patrimonio y se dedicaba a negocios de poco capital, cuyas ganancias a menudo no bastaban para los gastos diarios. Xiuyan seguía viviendo en el jardín y, aunque ya hacía frío, aún llevaba poca ropa. Baochai mandaba con frecuencia a Yinger que le llevara prendas de vestir y provisiones de arroz, sin que lo supieran los demás. Siempre escogía la hora en que ya estaban encendidas las lámparas y todo quedaba en silencio; cubría el saco de arroz con una tela de envolver hatillos. Si encontraba a alguien, sólo decía que llevaba útiles de costura; dejaba las cosas y regresaba.

Aquel día Xue Ke fue a las habitaciones de la señora Xue a dar cuenta de un asunto, y Baochai le preguntó cómo iban últimamente sus negocios. Xue Ke desplazó un poco la taza de té antes de responder: «No hago más que traer para otros sustancias aromáticas y mercancías diversas, y gano algo por el transporte». Hizo una pausa y añadió: «Ya he alquilado la mitad de las habitaciones que dejó mi padre. Así puedo ir viviendo». Baochai dijo: «En vida, mi tío suministraba mercancías a la corte, y jamás quiso cobrar ni una sola moneda de más. Decía que, si se prestaba servicio, había que hacerlo con las manos limpias. Eso era verdaderamente poco común. Pero aún eres joven; además del comercio, deberías escoger unos cuantos libros serios para leer. Si más adelante consiguieras un cargo, siempre sería mejor que limitarte a este pequeño medio de vida». Xue Ke se quedó escuchando, reflexionó un poco y al fin respondió: «La hermana tiene razón. Aquí tengo uno, pero no está completo». Sacó de la manga un libro y lo puso sobre la mesa. Baochai vio que era un ejemplar incompleto de los Anales de Primavera y Otoño y mandó a Yinger buscar otro entero. Xue Ke permaneció sentado un rato más y luego se marchó. En el patio aún ardía un quemador en el que se probaba incienso: era una muestra de la nueva partida que Xue Pan había tomado a su cargo. El resto estaba repartido en dos o tres paquetitos, con los pesos y precios escritos encima; la tinta aún estaba fresca. De cerca, el quemador todavía olía dulce; al alejarse un poco se percibía un ligero olor a quemado.

Por su parte, Jia Zheng, en cumplimiento de las últimas voluntades de la Anciana Dama, encargó a la dama Wang que dispusiera el matrimonio de Baoyu. La dama Wang dijo: «En pleno luto, me temo que fuera habrá habladurías». Jia Zheng respondió: «Tal vez no sea del todo conforme a los ritos, pero la anciana señora lo dijo ante todos en su lecho de muerte: no debíamos retrasarlo por atenernos a las reglas del luto. Puesto que son las últimas voluntades de una de nuestros mayores, no queda más remedio que proceder por excepción. Primero intercambiaremos las tarjetas de nacimiento, y escogeremos una fecha dentro de estos cien días. De lo que digan los ociosos de fuera responderé yo». La dama Wang asintió. Mandó a la mujer de Zhou Rui copiar en limpio los datos de nacimiento de Baoyu en otra hoja y ordenó también preparar una de las habitaciones principales. Después preguntó: «¿Y por parte de la muchacha?». Jia Zheng dijo: «En cuanto a la muchacha, tengo mi propia idea». Y no añadió nada más.

La vieja caja de costura también acabó inscrita en el inventario. Las tijeras que contenía, una vez lavadas, fueron devueltas a su lugar; nadie quería llevárselas. Cerraron con llave la puerta del almacén y entregaron la llave a la dama Wang. No sabemos con qué familia acabará emparejándose aquella tarjeta de nacimiento; para saberlo, escuchad lo que se contará en el próximo capítulo.

Sobre esta versión

Los nombres siguen la tradición de lectura de Zhao Zhenjiang, José Antonio García Sánchez y Alicia Relinque, según las referencias del proyecto. La continuación se traduce de forma independiente del chino de Han Qin, con sus diálogos, poemas y asuntos sin resolver.