Han Qin · Sueño en el pabellón rojo: treinta nuevos capítulos
Capítulo LXXXII## Jia Baoyu finge estudiar el libro de Wan Zhang; Lin Daiyu recibe en sueños el pincel de su padre
Al día siguiente, Baoyu acudió temprano al estudio exterior para dar cuenta de sus tareas. Jia Zheng le preguntó:
—¿Qué libros has estudiado estos días?
—Todavía sé de memoria el Gran saber, el Justo medio y las dos partes de las Analectas —se apresuró a contestar Baoyu—. También he repasado la primera parte del Mencio.
—¿Y la segunda?
Baoyu tardó un buen rato en responder:
—La segunda todavía no la domino tanto.
Jia Zheng soltó una risa fría.
—Hace ya años mandé a Li Gui a decirle al maestro de la escuela que dejara de cumplir por cumplir con el Libro de las odas y la prosa antigua. Lo más importante era explicar de principio a fin los Cuatro Libros y hacer que los aprendieras de memoria. ¡Y después de tantos años resulta que todavía no te los sabes!
Baoyu no se atrevió a replicar; escogió unos pasajes de la primera parte del Mencio que conocía bien y los recitó. Al oírlo responder con cierta disposición, Jia Zheng se sintió algo más tranquilo.
—En ese caso, desde mañana estudiarás aquí fuera, en el cuarto anejo. No volverás al jardín a perder el tiempo. Cuando regrese de la corte y tenga un rato libre, vendré a examinarte.
Mandó entonces a Li Gui que preparara aquel cuarto. Por poco que le agradase, Baoyu no tuvo más remedio que responder varias veces:
—Sí, padre.
Así pasó más de medio año, y ya había llegado el noveno mes. Refrescaba por las mañanas y al anochecer; en el jardín, gran parte de las plantas y los árboles se habían marchitado. Solo quedaban unas pocas flores dispersas en varias matas de crisantemos junto a la cerca.
Un día, Jia Zheng vino del estudio exterior; después de ir a presentar sus respetos a la Anciana Dama, pasó a las habitaciones principales de la dama Wang. Esta ordenó a Yuchuan que sirviera té y despidió a los demás servidores, dejando únicamente a la mujer de Zhou Rui a la espera, al otro lado de la cortina. Jia Zheng se sentó en el kang caldeado, bajo la ventana del sur. En la mesita vio un almanaque para elegir días propicios y varias hojas rojas donde estaban anotados los datos de nacimiento de los posibles contrayentes.
—¿Para qué es todo esto? —preguntó.
La dama Wang dobló una de las hojas rojas.
—Baoyu ya no es un niño. También las muchachas del jardín van haciéndose mayores, y si siguen todos juntos como hasta ahora, no faltarán las habladurías fuera de casa. Xiren me lo advirtió hace tiempo: «El hombre de bien previene lo que aún no ha sucedido». Entonces me pareció que se adelantaba demasiado, pero ahora convendría concertarle pronto un matrimonio.
Jia Zheng bajó la cabeza sin decir nada. Bebió un sorbo de té y preguntó:
—¿En quién piensas?
—Naturalmente, en Baochai, la hija de mi hermana —respondió sonriendo la dama Wang—. Es sensata y conoce las buenas maneras. Reforzaríamos nuestros lazos de parentesco y sabemos bien de qué familia viene y cómo es ella. Además, el candado de oro que lleva se lo dio un monje, que dijo que solo podría casarse, llegado el momento, con alguien que tuviese un jade. Si la traemos a casa como esposa, por una parte la Anciana Dama estará contenta y, por otra, ella sabrá mantener a raya a toda la gente de abajo.
Mientras hablaba, observaba con atención a Jia Zheng.
Jia Zheng se acarició la barba y meditó un momento antes de responder:
—La señorita Bao es excelente, desde luego. Pero Ruhai no tenía más descendencia que esa hija. Ahora que ha muerto, ha dejado a una huérfana recogida por la familia de su madre, sin un porvenir asegurado. ¿He de desentenderme de ella por completo, siendo su tío? Además, el cariño de la Anciana Dama por los dos Yu no viene de ayer.
La dama Wang pasó entre los dedos las cuentas de su rosario y suspiró.
—La señorita Lin también es buena muchacha. Pero, con esa salud suya, un día sí y otro también necesita medicinas. Tiene además un carácter difícil y todo se lo toma a pecho. Dejar en sus manos una casa tan grande, con los de arriba y los de abajo, es algo que no me daría ninguna tranquilidad.
Jia Zheng negó con la cabeza.
—En casa de Ruhai no faltaba buena educación. Y para llevar una casa, la educación es lo que cuenta. ¿Qué certeza puede haber en las palabras de un monje? La propia Anciana Dama ha dicho que al muchacho no le conviene casarse joven, según su destino.
Aún no había terminado cuando la mujer de Zhou Rui levantó la cortina y entró a añadir carbón. Jia Zheng hizo un gesto con la mano.
—No hay prisa por resolver esto. La Anciana Dama está enferma. Cuando se haya restablecido, podremos hablarlo con calma.
Al verlo así, la dama Wang recogió las hojas rojas, las guardó en un cofrecillo y pasó a hablar de otras cosas. El almanaque quedó abierto sobre la mesita del kang. Después de añadir carbón, la mujer de Zhou Rui tomó un pisapapeles y lo colocó encima. Jia Zheng bebió otro sorbo de té y preguntó por los asuntos de las fincas.
Por aquellos días, cada vez que algún comerciante se presentaba en la mansión a cobrar una deuda, en la puerta le respondían lo mismo:
—El señor no está. Vuelva otro día.
Una joven criada que regresaba de la casa de empeños sacó de la manga apenas trescientas monedas de cobre y se quejó a quienes encontró:
—¡Una chaqueta de seda forrada, en perfecto estado, y no me han dado más que trescientas monedas! Encima dicen que ha sido por consideración a esta casa.
—¿Ha sido en Hengshu? —le preguntó alguien.
—¡Dónde si no! Y eso que pertenece a la familia de la señora Xue.
Un día, la dama Wang pidió una buena raíz de ginseng para preparar una medicina de la Anciana Dama. El encargado del almacén trajo un viejo envoltorio de papel que solo contenía unas cuantas raicillas delgadas, secas y amarillentas, cada una como una astilla de leña. La dama Wang tomó una, la dobló y suspiró.
—Esto ya es madera podrida. El año pasado, por suerte, Baochai fue a su casa e hizo que su hermano encargara a alguien cambiar el ginseng por otro bueno en los comercios del ramo. Ahora que ella se ha mudado, ¿vamos a molestarla de nuevo por esto?
—Así es, señora —contestó el encargado con una sonrisa—. Y en las tiendas de fuera hay mucho ginseng hecho de trozos unidos. No basta con mirar si la raíz es gruesa o delgada.
La dama Wang bajó la cabeza y lo pensó un poco.
—Por ahora habrá que arreglarse con esto. Si pregunta la Anciana Dama, decidle que es bueno.
La escuela de la familia, sin dinero y sin nadie capaz de ocuparse de ella, tampoco podía ya seguir abierta. Una gruesa capa de polvo cubría el aula; los depósitos de los tinteros se habían secado hasta quedar blanquecinos. En el alféizar había un trozo de barra de tinta seca, olvidado allí por quién sabe quién. Un día, Baoyu pasó por delante y se quedó un rato mirando. Pensó en Qin Zhong, luego en Zhineng, y dio media vuelta para regresar al jardín.
Aquel día, después de pasar media jornada a duras penas en el estudio, Baoyu aprovechó que Jia Zheng había salido a visitar a alguien para dirigirse derecho al pabellón Xiaoxiang. Zijuan salió a recibirlo y le dijo en voz baja:
—Ha venido el segundo señorito. La señorita acaba de tomar la medicina y está recostada.
Baoyu entró. Daiyu llevaba una chaquetilla forrada de damasco de seda azul muy pálido, de abertura frontal, con discretos motivos tejidos de ramillas sueltas de bambú al estilo de la pintura a tinta; a la cintura se ceñía una falda de tapicería de seda, verde claro de polen de pino, con pliegues finos. Estaba recostada de lado contra el bastidor del brasero y parecía aún más delgada que de costumbre. Sobre la mesa había media taza de caldo de pera y un cuenco de celadón para la medicina.
Baoyu se sentó despacio en una silla de bambú, debajo de la ventana.
—¿Te encuentras algo mejor hoy? ¿Has tomado la medicina? ¿Cuánto has comido? —fue lo primero que preguntó.
—Otra vez tres preguntas de un tirón —dijo Daiyu sonriendo—. Preguntas más que el médico. Ahora que eres un hombre de estudios, podrías preguntar por cosas serias.
Baoyu le respondió con una sonrisa:
—No hay nada más serio que lo que te pregunto.
Daiyu vio una mancha de tinta en el puño de su manga y sonrió.
—¿Has pasado media jornada copiando libros?
—Copiar no he copiado —respondió él riendo—. Lo que he hecho es pasar media jornada sentado.
—¡Y de estar sentado has conseguido dejarte así la mano de tinta! Se ve que tienes mucha práctica en eso de sentarte.
Zijuan les sirvió el té apretando los labios para no reírse.
Baoyu escondió enseguida la mano dentro de la manga y señaló la mesa.
—¿Has escrito algo estos días, prima?
—¿Qué puede escribir una enferma?
Él fue a buscar entre las hojas sujetas bajo el tintero, pero Daiyu extendió deprisa la mano para retenerlas.
—No están terminadas. ¿Qué interés pueden tener?
—Precisamente lo que no está terminado es lo más interesante.
—Tú sí que sabes escoger —dijo Daiyu, riéndose.
Pero no se las dio. Al ver que él seguía con una mano escondida en la manga, añadió con una sonrisa:
—Ya que sabes escoger tan bien, escoge también por mí: esa mancha tuya, ¿es tinta del Mencio o del Gran saber?
—Ni de uno ni de otro. Me ha salpicado al moler la tinta.
—¡Con razón! Resulta que te aplicas más a moler tinta que a estudiar. Solo temo que hayas apuntado en la manga todas las palabras de los sabios y que, al volver a casa, te las lleven en el lavado. Mañana, cuando tu padre te pregunte la lección, no tendrás más que presentarle la manga.
Zijuan no pudo contener la risa. Baoyu se ruborizó y acabó por sacar la mano.
—¡Mirad todo lo que queráis!
—¡Como si tuviéramos algún interés! Pero si manchas de tinta la funda de la silla, me tocará responder a mí.
Baoyu volvió a esconder la mano a toda prisa. La propia Daiyu no pudo ya contenerse; se rio tanto que acabó tosiendo. Se tapó enseguida la boca con un pañuelo y agitó la otra mano. Cuando por fin se calmó la tos, tenía las mejillas encendidas y volvió a reclinarse contra el bastidor del brasero.
Baoyu solo había dado un sorbo al té cuando dejó la taza y suspiró.
—No sabes lo oprimido que tengo el corazón estos días. Anteayer oí hablar de Xiangling a uno de los hombres del primo Xue. Desde que él llevó a casa a su nueva esposa, ella no deja de indisponerlo contra Xiangling. A la menor contrariedad le pega y la insulta, y el primo Xue, por hacerle caso, llegó una vez a pegarle con la tranca de la puerta. Incluso le han cambiado el nombre: ya no puede llamarse Xiangling, ahora tiene que llamarse Qiuling o no sé qué. Aunque está con la prima Baochai, ha caído enferma. ¡Una persona tan limpia, tan buena, y está tan delgada que apenas parece ella! Luego pienso en nuestra segunda prima, que se casó con uno de los Sun y padece lo mismo. Ninguna tiene a quién acudir, y yo paso aquí los días sin poder salvar a una sola.
De la rabia se le había puesto la cara blanca.
Daiyu lo escuchó hasta el final, pero, en lugar de seguirle la conversación, dijo con una risa fría:
—¿Porque tú te pases aquí el día angustiado van a insultarla una vez menos en casa de los Xue? ¿Porque enfermes de rabia van a dejar los Sun que vuelva nuestra segunda prima?
—¿Es que no queda más remedio que mirar sin hacer nada? —replicó Baoyu, impaciente.
Daiyu bajó la cabeza y guardó silencio antes de responder:
—Que puedas salvarlas o no, no depende de ti. Si tienes un medio, hazlo. Si no lo tienes y no haces más que atormentarte hasta caer enfermo, ¿quieres que tenga además otro enfermo a quien cuidar?
Baoyu no contestó. Extendió la mano y tomó la media taza de caldo de pera, que ya estaba fría.
—Esto se ha enfriado —le dijo a Zijuan—. Ve a cambiarlo por otro caliente.
Zijuan asintió y se lo llevó. Baoyu vio entonces un volumen sobre la mesa, lo tomó y descubrió que era el Zhuangzi.
—Así que tú también lees esto —dijo sonriendo.
—Como no puedo dormir con la enfermedad, he cogido lo primero que tenía a mano —respondió Daiyu.
Baoyu pasó dos páginas.
—Yo también lo leí hace tiempo —dijo con una sonrisa.
Daiyu sonrió a su vez.
—Ya sé que lo leíste. Hasta le añadiste un pasaje en el que hablabas de quemar las flores, dispersar el almizcle y reducir a cenizas mi entendimiento.
—Eso lo escribí sin pensar, después de beber —repuso Baoyu, ruborizándose.
—Pues para haberlo escrito sin pensar, bien que te acuerdas —dijo Daiyu con una risa fría.
Baoyu dejó de hablar y siguió hojeando el libro. Unas páginas más adelante encontró varias líneas de caracteres diminutos y regulares: era la letra de Daiyu. Pasó otra página y encontró más.
—Aquí también has escrito tú.
Daiyu alargó la mano para quitárselo, pero él se apartó de lado y dijo riendo:
—Hace un momento no has querido enseñarme aquellas hojas. Esto, por lo menos, sí que puedo leerlo.
Daiyu dejó de intentar quitárselo.
—El Hombre Verdadero de Nanhua siempre habla a lo grande. Sigue y sigue hasta donde ya no hay límites, y eso tiene su gusto. Los demás escriben para que les crean; él escribe sin importarle que le crean o no.
Baoyu escuchaba mientras leía las letras pequeñas. Se detuvo en un pasaje y ya no volvió la página. Daiyu ladeó la cabeza para echar un vistazo y lo dejó estar.
—¿Me prestarías este libro unos días? —preguntó Baoyu.
—Llévatelo —respondió ella, y añadió sonriendo—: Devuélvemelo cuando lo hayas leído. Y no vayas a añadirle otro pasaje.
Al día siguiente, en el estudio, Baoyu había extendido temprano sobre la mesa un ejemplar del Mencio, abierto por el libro de Wan Zhang. El volumen del Zhuangzi quedaba debajo, con apenas un filo azul de la cubierta a la vista. El cuarto anejo daba a la umbría y, aunque era de día, ardía en una esquina de la mesa una lámpara de aceite vegetal. Jia Zheng entró y lo encontró inclinado sobre el libro, recitando.
—¿Te sabes ya lo que te mandé repasar ayer?
Baoyu se puso en pie a toda prisa y leyó mirando el texto:
—«Wan Zhang preguntó: “Shun fue a los campos y clamó entre lágrimas al vasto cielo. ¿Por qué clamaba y lloraba?”»
Luego respondió siguiendo el comentario antiguo:
—Este pasaje cuenta cómo Shun, al no haber logrado el favor de sus padres, clamó entre lágrimas al cielo. Mencio dice que era «queja y anhelo».
Al oírlo leer con bastante soltura, Jia Zheng permaneció un momento de pie, acariciándose la barba.
—Los libros de los sabios hay que comprenderlos en los deberes y relaciones de la vida diaria. No basta con saberlos de memoria. Para mañana repasa la segunda mitad de «Wan Zhang».
Dicho esto, salió con las manos a la espalda.
Li Gui lo acompañó a la salida. Baoyu permaneció un momento de pie y, cuando vio que no había nadie junto a la puerta, cerró con cuidado el Mencio, lo apartó y sacó de debajo el volumen de los Capítulos interiores del Zhuangzi. Lo abrió por el pasaje que dice «En el mar del Norte hay un pez cuyo nombre es Kun», sujetó con un dedo la esquina de la página y siguió leyendo.
Entretanto, aunque arriba discutían el matrimonio de Baoyu sin llegar a una decisión, los rumores habían bajado ya hasta la servidumbre. Algunas mujeres mayores del jardín, aprovechando que no tenían ningún encargo, se habían reunido a descansar al abrigo del viento, junto al muro encalado del pabellón Qinfang. Una pelaba castañas de agua; otra cosía una suela. Mientras trabajaban, iban comentando las cosas de esta casa y de la otra. Las cáscaras se amontonaban a sus pies. La que cosía se frotó dos veces la aguja contra el cabello de la sien; el hilo de cáñamo le dejaba rayas blancas en los dedos de tanto apretarlo. De una cosa en otra, acabaron hablando del matrimonio de Baoyu. La que pelaba las castañas apartó con la mano las cáscaras que tenía junto a los pies y dijo sonriendo:
—El otro día estuvieron arreglando las habitaciones principales. Me parece que lo del segundo señorito está cerca.
La de la suela le dio la vuelta a su labor y añadió:
—¡Ya lo creo! Cuando fuimos a recoger la paga mensual, también oí que preguntaban por las fechas de nacimiento.
—¡Buda Amitabha! —dijo otra—. Pues yo he oído que el señor tiene a otra en la cabeza. Dice que le da lástima porque no tiene padre ni madre. Pero quién sea, eso no me atrevo a decirlo a tontas y a locas.
Una añadía algo, otra ponía otra cosa, y entre todas llegaron a sacar tres o cuatro versiones distintas.
—Para mí, será la señorita Lin —dijo una—. Hace dos años, en el pabellón Xiaoxiang, la propia señora Xue dijo que quería concertar su matrimonio con el segundo señorito. Lo dijo delante de toda una habitación llena de gente.
—¡Qué sabrás tú! La señora Xue estaba bromeando. Yo he oído que los Xue van a mudarse aquí para celebrar la boda.
—Todo son disparates —intervino otra—. No hay nada acordado con ninguna de las dos familias. Solo se lo dicen para tener al segundo señorito sujeto a los libros.
—¿A los libros? Pues, si queréis saber lo que pienso, el único que estudia de verdad en esta casa es el joven Lan, el de la aldea Daoxiang. Aún no ha amanecido y ya se lo oye recitar.
—Eso es cierto. La cuarta señorita sí que está bien: se pasa el día pintando su cuadro del jardín. Lleva más de un año, y dicen que apenas ha llegado a la mitad.
La Muchacha Boba se acercó riendo con una pluma de faisán que había recogido del suelo. Se apretujó entre las mujeres, escuchó unas cuantas frases y empezó a dar palmas.
—¡El segundo señorito Bao se va a casar! ¡Se casa con la señorita Lin y con la señorita Bao! ¡Con las dos a la vez!
Una de las mujeres la empujó hacia fuera y la riñó entre risas:
—Anda, vete. ¿No tuviste bastante el año pasado con aquella cosa que encontraste detrás de las rocas? ¡Por tu culpa acabaron registrando el jardín entero! Con quién se case el segundo señorito no te toca decidirlo a ti.
Las mujeres se rieron todavía más. Ella se fue con su pluma, gritando por el camino:
—¡No, no! ¡Solo con una!
Pero, cuando le preguntaban con cuál, no sabía decirlo.
Aquel día, Daiyu estaba junto a la ventana hojeando un libro. Le llegaban confusamente las voces de las mujeres de fuera, sin que pudiera entender sus palabras. En una mesita había un soporte en forma de montaña con dos o tres pinceles, y bajo el pisapapeles asomaban varias hojas de versos a medio escribir. Xueyan volvió de buscar agua caliente; al entrar, traía una expresión algo extraña. Daiyu la llamó.
—¿Qué has oído? Dímelo sin rodeos.
Xueyan bajó la cabeza.
—Hay unas mujeres cotilleando ahí fuera. Dicen que la señora quiere concertar el matrimonio del segundo señorito. Lo cuentan como si fuera verdad.
Daiyu tenía un pincel en la mano, dispuesta a escribir unos caracteres. Al oír aquello, la punta se detuvo sobre el papel y una gota de tinta se extendió en una mancha. Dejó el pincel en el soporte.
—Son cosas sin fundamento. ¿Para qué las escuchas?
Zijuan, que lo había visto, se limitó a separar un gajo de mandarina y ofrecérselo. Daiyu negó con la cabeza y dijo que no le apetecía.
Aquella noche, Daiyu tosió más que de costumbre, con accesos cada vez más seguidos. Xueyan y Zijuan se levantaron alarmadas, echándose algo de ropa encima; una le llevó agua tibia y la otra le frotó la espalda. Daiyu bebió media taza de agua y la tos se le calmó un poco.
—Id a dormir —les dijo—. No hace falta que os quedéis las dos.
Zijuan extendió un pequeño colchón delante del lecho y respondió sonriendo:
—Yo no tengo sueño. Que duerma primero Xueyan y venga a relevarme después de la tercera vigilia.
Xueyan, que estaba recogiendo los paquetes de medicinas, se apresuró a decir:
—Tú velas la primera mitad de la noche y yo la segunda. Así mañana no nos dormiremos las dos a la vez.
Daiyu se limitó a agitar la mano al oírlas. Aquella noche, Xueyan preparó la decocción en la habitación exterior y las dos se turnaron junto a ella hasta la mañana. Al día siguiente, Daiyu tenía las mejillas todavía más rojas y la voz más baja. La dama Wang envió a una joven criada a preguntar:
—La señora desea saber cómo ha pasado la noche la señorita Lin. ¿Qué tal la tos?
Zijuan respondió sin salir de detrás de la cortina:
—La señorita solo ha cogido un poco de frío. Ya ha tomado la medicina. Sobre todo, que no inquieten a la Anciana Dama.
Pasó otra noche y Daiyu seguía sin dormir tranquila. Al ver que el pequeño incensario de bronce de la mesa se había enfriado, Xueyan tomó un poco de polvo de ruda y lo añadió.
—Con un poco de incienso quizá la señorita duerma mejor.
El humo subió al principio en una línea recta y, solo al llegar a la lámpara, se dispersó en una bruma tenue.
Medio recostada en la almohada, Daiyu miraba aquel hilo de humo azulado cuando, en su sopor, le vino a la memoria una escena de otros años. Junto al puente de la esclusa Qinfang, bajo los melocotoneros en flor, ella y Baoyu habían leído un mismo ejemplar de la Historia del encuentro con la inmortal, con las cabezas muy juntas. Yingying, la muchacha del libro, también quemaba incienso bajo la luna. Daiyu suspiró para sus adentros:
«Ella, al fin y al cabo, tenía a Hongniang».
Siguió mirando cómo se desvanecía el humo; la mano aflojó el pañuelo y, sin saber en qué momento, cerró los ojos.
En aquella niebla le pareció llegar a un lugar. No era el pabellón Xiaoxiang, ni tampoco la mansión, sino algo muy semejante a su antigua casa de Yangzhou, la de su infancia. En el patio crecían unas cuantas cañas de bambú verde, y bajo la galería había una mesa de estudio. Detrás, sentado muy erguido, se encontraba un hombre vestido con una túnica larga de seda de Huzhou, algo usada, de color madera de agar y cuello cruzado, ceñida con una ancha faja de seda azul. Tenía el rostro delgado y fino y llevaba un gorro Dongpo de gasa negra. No había una sola cana en sus sienes: era su padre, Lin Ruhai, tal como ella lo había visto de niña.
Era un suceso de aquel año. El maestro le estaba enseñando a componer poemas para melodías y le había dado la titulada «Labios teñidos de rojo», con el tema «A una muchacha que recoge lotos». Daiyu había terminado una composición y se había dirigido derecho al estudio de su padre, llevando la hoja entre las manos.
Daiyu se acercó enseguida, lo llamó «padre» y le entregó el papel. Lin Ruhai lo tomó y leyó a la luz de la ventana:
Un leve rosa, recién maquillada;
la blusa de seda de loto cede suave al viento.
Ya empieza el fresco de la tarde:
nos citamos a jugar junto al estanque de lotos.
Una barca ligera, un golpe de remo;
su sombra, con las flores de loto, se entremezcla.
Tarde ya, vuelvo la cabeza:
lotos de tonos intensos y tenues;
solo traigo de vuelta una tristeza ociosa.
Cuando acabó, preguntó:
—¿La has compuesto tú sola?
—Sí. Solo hay un sitio en el que no estoy segura.
Señaló aquel verso y añadió:
—Aquí podría poner «con», pero también serviría «siguiendo». No consigo decidirme. Padre, escoge tú uno por mí.
Lin Ruhai miró la hoja un momento. No dijo que ninguna de las dos palabras estuviera bien ni mal: se limitó a empujar el papel de vuelta hacia ella y a dar suavemente media vuelta al tintero de piedra Duan que había en la mesa, de modo que el depósito de tinta quedara orientado hacia ella. Luego tomó un pincel pequeño del soporte en forma de montaña, lo dejó junto al papel, retiró la mano y dijo sonriendo:
—El poema es tuyo. Tú decides.
—¿Y si no elijo bien? —preguntó Daiyu, inquieta.
Lin Ruhai la miró y le acarició suavemente la cabeza, sin decir nada.
De pronto, una gota enorme se desprendió de una hoja de banano, al otro lado de la ventana, y cayó ante los escalones, pero no se oyó ningún ruido. Daiyu miró el papel, el tintero y el pincel, y luego levantó los ojos hacia su padre. Él seguía sonriendo; únicamente acercó un poco más el pincel. Daiyu quedó inmóvil. Al cabo de un buen rato extendió despacio la mano para tomarlo. Apenas le rozaron los dedos el mango, la lámpara de la mesa se oscureció de golpe.
—¡Padre! —llamó ella, apresurada.
Al oír una voz en el lecho, Xueyan entró a toda prisa.
—¡Despierte, señorita! ¿Tiene una pesadilla?
Daiyu abrió los ojos. El incienso se había consumido y la luz de la luna había avanzado hasta la esquina de la ventana. Su propia mano seguía extendida fuera de la colcha, con la palma vacía. Permaneció un largo rato aturdida; después, sin darse cuenta, empezaron a rodarle las lágrimas, pero no se le escapó ni un sollozo. Xueyan le arropó bien los bordes de la colcha y solo entonces vio la mancha mojada junto a la almohada. Iba a cambiar el paño que la cubría, pero Daiyu lo retuvo con la mano.
—Pronto amanecerá. Déjalo.
Daiyu se quedó tendida sin moverse. En su interior volvió una y otra vez sobre aquel papel, aquel tintero y aquel pincel del sueño. La ventana fue blanqueando poco a poco.
Por su parte, Xifeng estaba aquel día en su habitación atendiendo los asuntos de la casa. Varias mujeres encargadas de su administración, de pie ante ella, le rendían cuentas. Sobre la mesita del kang había un ábaco, y en el brasero del suelo ardían unas llamitas menudas. Como los gastos de las medicinas de la Anciana Dama habían aumentado mucho y aún no habían llegado las rentas de varias fincas, Xifeng hizo leer a Caiming, partida por partida, lo gastado por cada dependencia. Una mujer encargada de la cocina informó de que el arroz y la harina habían subido de precio aquel mes, lo que suponía más de veinte taeles adicionales. Xifeng soltó una risa fría.
—El arroz está más caro. ¿Acaso la leña también crece comiendo arroz? El mes pasado anotaste veintiocho taeles de leña; este mes, cuarenta y seis. Dime en qué barriga se han quemado esos dieciocho taeles.
La mujer se ruborizó y respondió precipitadamente, con una sonrisa:
—La señora sabe verlo todo. Es que para las decocciones de la Anciana Dama hay que mantener el fuego encendido día y noche.
—¡No digas lo primero que se te ocurre! —la reprendió Xifeng—. El carbón de las medicinas va en las cuentas de la botica, y tú quieres cobrarlo por los dos lados. Caiming, rodea esa partida. Que venga mañana su marido a aclararla.
Caiming apenas había trazado el círculo con el pincel cuando Xifeng apoyó de pronto una mano en el borde del kang y se dobló ligeramente por la cintura. Pinger, al verla palidecer, se acercó deprisa.
—¿Qué le pasa, señora?
Xifeng negó con la cabeza y volvió a preguntar con voz severa:
—¿Hay algo más?
Apenas había pronunciado aquellas palabras cuando sus dedos se cerraron de golpe sobre la colchoneta y formaron varios pliegues. Pinger bajó los ojos hacia el borde de la falda y le cambió el semblante. Al cabo de un momento, Xifeng dijo en voz muy baja:
—Ayúdame a entrar.
Viendo que la cosa iba mal, Pinger despidió enseguida a todas las mujeres y ayudó a Xifeng a pasar a la habitación interior y acostarse. Al mismo tiempo, mandó llamar al médico y fue a buscar paños viejos para ponérselos debajo. Xifeng permaneció tendida, respirando con dificultad varias veces y con los ojos cerrados. Al oír que alguien cuchicheaba fuera, los abrió.
—Que no llegue esto a oídos de la Anciana Dama. Decid que he cogido frío.
El médico no tardó en llegar. Separado de ella por la cortina del lecho, le tomó el pulso, reflexionó un momento y dijo:
—Son síntomas de lo que se llama «derrumbe de la montaña de sangre». Esto no se ha formado en un día ni en dos. Necesita reposo; sobre todo, nada de preocupaciones ni disgustos.
Se retiró a escribir la receta, meneando la cabeza.
Cuando Pinger regresó de acompañar al médico, encontró a Xifeng ya incorporada a fuerza de apoyarse.
—Acuéstese, señora —se apresuró a decirle.
—¿Dónde está el libro de cuentas de antes? Como la de la cocina me ha visto acostarme, mañana será capaz de convertir los dieciocho taeles en treinta y ocho.
Caiming no tuvo más remedio que llevarle el libro. Xifeng, recostada contra un almohadón, se apretaba el bajo vientre con una mano mientras pasaba las hojas con la otra. Al ver que las cantidades de las sedas no cuadraban, mandó copiar aparte los nombres de quienes las habían recibido. Después añadió:
—Pagad primero las medicinas de las habitaciones de la Anciana Dama y de los enfermos del jardín. La paga mensual se retrasará tres días. Quien se atreva a aprovechar esos tres días para retener una sola moneda de más, que venga luego a verme con las cuentas.
Habló un buen rato, con la voz cada vez más baja, pero seguía sin querer cerrar el libro. Pinger no pudo soportarlo más; se acercó y se lo quitó.
—¡Qué cuentas va a mirar ahora, señora! El médico acaba de decir que lo peor son las preocupaciones. Hágalo por nosotras y descanse un poco, se lo ruego. Las cuentas no van a salir corriendo. Mañana se las leeré yo, una por una.
Xifeng no tenía fuerzas para recuperarlo.
—Anota bien dónde están las esquinas dobladas, no vayan a cambiarme las hojas —se limitó a decir.
Luego añadió en voz muy baja:
—El arca de objetos de oro y plata de la Anciana Dama se empeñó el año pasado y todavía no la hemos rescatado. Recuérdamelo tú. Que no se pierda entre unas cosas y otras.
Pinger asintió. No se acostaron hasta la tercera vigilia.
Al día siguiente, cuando la dama Wang supo que Xifeng estaba enferma, mandó a Yuchuan llevarle un paquete de ingredientes medicinales. A su regreso, la dama Wang estaba sentada en el kang, escogiendo algunas joyas antiguas. Al ver que Yuchuan tenía las dos manos rojas de frío, le preguntó:
—¿Por qué no te has puesto el manguito?
—He salido con tanta prisa que se me ha olvidado —respondió ella sonriendo, mientras le ofrecía el té.
La dama Wang señaló las joyas.
—Guarda estas piezas. Mañana entrégaselas sin que nadie lo vea a la mujer de Zhou Rui y dile que las lleve a empeñar, para ayudar con los gastos de las medicinas de la Anciana Dama. Que ella no se entere.
Yuchuan asintió.
Al recibir el té, la dama Wang vio en el cofrecillo un brazalete antiguo. Lo tomó.
—Llévatelo tú y póntelo. Antes formaba pareja con otro. Ahora, así suelto, tampoco sirve de nada.
Yuchuan lo miró, pero no extendió la mano; únicamente respondió con una sonrisa:
—Guárdelo, señora. Ahora que en la botica reclaman el pago, las cosas antiguas también se pueden cambiar por dinero.
La mano de la dama Wang quedó inmóvil.
—Es una cosa para muchachas. ¿Cuánto puede valer?
Yuchuan se limitó a bajar la cabeza y añadir agua al té.
—Tengo las manos toscas. Si me lo pongo para trabajar, acabaré golpeándolo y lo romperé.
La dama Wang volvió a dejar el brazalete en el cofrecillo, cerró la tapa y preguntó:
—¿Qué dicen en casa de Xifeng?
—La señorita Pinger dice que el médico le ha mandado reposo, pero la señora sigue mirando cuentas.
La dama Wang suspiró y solo le ordenó que bajara la cortina.
Cuando Yuchuan fue a bajar la cortina, la tapa del cofrecillo había quedado mal cerrada y dejaba ver un brazalete en su interior. Lo vio al volverse, se acercó y la cerró suavemente. Y dejemos esto aquí.
Volvamos a Siqi, que, después de ser expulsada del jardín Daguanyuan el año anterior, había vuelto a casa de sus padres. Su abuela materna había formado parte de la servidumbre que la primera señora trajo al casarse, pero también había venido a menos. Los padres, viendo que su hija ya tenía edad y temiendo que se divulgaran los antiguos sucesos con el consiguiente escándalo, lo hablaron varias veces. El padre dijo:
—Si se queda en casa, tarde o temprano dará que hablar. Busquémosle marido cuanto antes, nos la quitamos de encima y asunto concluido.
Encargaron a una casamentera que buscara un partido y concertaron el matrimonio con un viudo que comerciaba en pieles, de más de cuarenta años y con dos hijos de su primer matrimonio. La madre cerró la puerta con llave, se la dio a la cuñada de Siqi y le dijo:
—Vigílamela bien. Cuando llegue el día, subirá al palanquín aunque haya que atarla. Si vuelve a armar alguna de las suyas, no sé dónde voy a meter esta cara vieja.
El candado de latón de la puerta era uno antiguo, el mismo con que años atrás habían cerrado el arca del arroz.
Lianhua había servido antes en las habitaciones de la segunda señorita y a menudo iba a la cocina a pedir una cosa u otra por encargo de Siqi. Más tarde la habían dejado salir de la casa, y ahora se ganaba la vida atendiendo un puesto de encurtidos en el Mercado del Oeste. Aquel día, una mujer mayor que había ido a comprar agujas e hilo le contó que Siqi iba a casarse con un viudo. Lianhua dejó inmóvil la cuerda con la que estaba contando las monedas. La mujer dijo riendo:
—¿Y qué importa que tenga más de cuarenta? Tiene casa y tierras; mucho mejor que nosotras.
—Tiene usted razón, tía —respondió Lianhua, y siguió contando su dinero con la cabeza baja.
Cuando la mujer se fue, pidió a los vecinos que le vigilaran el puesto y salió.
Primero encargó a un hombre del mercado que trabajaba con una carreta de mulas que hiciera algunas averiguaciones. Dos días más tarde, el hombre volvió a darle la respuesta:
—En un taller de papel, al sur, fuera de la ciudad, hay uno que copia cuentas. Llegó el otoño pasado. Si le preguntan el apellido, no quiere decir la verdad, pero tanto la edad como el aspecto coinciden.
Lianhua fue a buscarlo cuando estaba a punto de oscurecer. Permaneció un rato delante de la puerta antes de llamar. Desde dentro llegaban los golpes con que machacaban la pasta de papel, uno tras otro; las esterillas para fabricar papel, puestas a secar en la pared, sonaban por momentos al pasar el viento. Al cabo de poco salió Pan Youan. Llevaba una vieja chaqueta acolchada de algodón y tenía el rostro mucho más delgado que antes. Al verla, retrocedió medio paso.
—¿Cómo me has encontrado aquí?
—Siqi va a casarse —dijo Lianhua.
Al oírlo, Pan Youan entornó la puerta hasta la mitad.
—¿Cuándo?
—Dicen que el dieciocho de este mes. Es un viudo, de más de cuarenta años —respondió Lianhua, y añadió—: Ya sabes cómo es ella. Aquel año, lo del cuenco de huevos al vapor, fui yo quien lo pidió. Ella nos llevó a la cocina de la Liu, lo revolvió todo y lo tiró por el suelo. ¿Y ahora van a casarla con un viudo? ¿Tú crees que va a consentirlo?
Pan Youan no hizo más preguntas. Bajó la cabeza y se puso a alisar el puño de la manga; lo intentó dos veces sin conseguir dejarlo liso. Al verlo así, Lianhua se impacientó.
—No tendría que haber venido. Haz como si no hubiera venido, y yo haré como si no te hubiera visto.
Pan Youan se apresuró a responder:
—No es eso. Por favor, por favor, cuando vuelvas no le digas a nadie que estoy aquí. Ya ha oscurecido y el camino no es bueno. Vete pronto.
Lianhua había dado unos diez pasos cuando volvió la cabeza. Él seguía de pie junto a la puerta, con una vieja bolsita de perfume en la mano. Era una de las que Siqi le había dado entonces: dos, que formaban una pareja. En el registro habían encontrado otras cosas, pero esas dos las llevaba él consigo y no las habían descubierto.
De lo que ocurrió en los días siguientes circularon fuera noticias fragmentarias. Unos decían que, la noche anterior a la llegada del cortejo nupcial, Siqi había salido por la ventana trasera y saltado el muro; otros, que había salido antes del alba por una puerta lateral. Unos decían que Pan Youan la aguardaba ya fuera de la ciudad; otros, que había mandado a alguien a buscarla.
A la mañana siguiente, la madre de Siqi la llamó sin obtener respuesta y mandó entrar a su nuera para ver qué pasaba. Esta salió alarmada.
—¡No está!
La madre se golpeó los muslos y empezó a llorar y maldecir:
—¡Ni para vigilar a una persona sirves! El año pasado hizo aquella vergüenza en el jardín, la echaron y me dejó sin honra. ¡Y ahora se ha escapado! ¿Con qué cara voy a salir yo a ver a la gente?
Su nuera también se alteró.
—¡No he sido yo quien la ha dejado marcharse! ¿Por qué solo me pides cuentas a mí?
El padre de Siqi lo oyó desde fuera y entró gritando:
—¡Y seguís a voces! ¿Tenéis miedo de que no se enteren los vecinos?
—¡Cuando vengan a buscarla, qué les voy a decir! —lloró la madre.
El padre volvió a gritar un par de veces y la nuera seguía defendiéndose. Después de alborotar toda la mañana, acabaron enviando únicamente a una mujer mayor para que diera aviso en secreto a la mansión de los Jia.
El administrador escuchó la noticia.
—Bien, estamos enterados. Ahora, con la Anciana Dama enferma y la señora Lian también en cama, ¿quién puede ocuparse de estas cosas?
Lo anotó en un pedazo de papel y lo metió, sin más, debajo de unos viejos libros de cuentas. Cuando más tarde volvieron a revisar los libros, nadie supo entre qué hojas se había quedado aquel papel.
Dos días después, al caer la tarde, Lianhua volvió a salir por el sur de la ciudad. La puerta del taller de papel estaba de par en par. Dentro se apilaban montones de papel de diferentes alturas; la mesa estaba cubierta de recortes y salía un olor a papel húmedo. Había dos hombres escogiendo hojas. Al verla llegar, uno le preguntó:
—¿Vienes a buscar al que llevaba las cuentas? Hace unos días dejó el trabajo. Se llevó hasta la ropa de cama y no dijo adónde iba.
Lianhua escupió.
—¡Quién va a buscarlo a él! Nos debe dos sartas de monedas por la pasta de soja de la tienda. ¡Bien que ha sabido largarse!
Luego preguntó:
—¿Hay por aquí alguna habitación vacía que se pueda alquilar?
—¿Quieres mudarte?
—Pregunto por otra persona. No importa que sea pequeña, con tal de que el alquiler sea barato.
El otro hombre dijo:
—Al lado hay una que da a la calle y está vacía. Ve a preguntar al dueño.
—Mejor aún si da a la calle —respondió Lianhua.
Se informó de qué puerta era, dio las gracias y fue a echar un vistazo al lado antes de volver al Mercado del Oeste.
Aquella noche, en toda la mansión Rong se cerraron las puertas temprano. En el estudio exterior, Baoyu tenía delante una lámpara de aceite vegetal. Bajo su luz estaba abierto el Mencio, y el Zhuangzi quedaba sujeto bajo una esquina del libro. Jia Zheng no había venido aquel día a examinarlo; él tampoco había cambiado los libros de sitio. Siguió sentado así, sacó el Zhuangzi, pasó dos páginas y volvió a cerrarlo.
Baoyu se levantó y miró por la ventana. Aún había luz en varias ventanas, unas cerca y otras lejos, más allá de los muros de los patios. Cada una era un punto, y no se podía ver qué hacían quienes estaban bajo aquellas lámparas. Baoyu cerró la ventana y volvió a sentarse. El volumen del Zhuangzi seguía debajo del Mencio.
Si queréis saber cómo continúa todo esto, escuchad lo que se cuenta en el próximo capítulo.