Han Qin · Sueño en el pabellón rojo: treinta nuevos capítulos

Capítulo LXXXI · El joven apasionado pide un favor al despedir a sus antiguas doncellas; Hua Xiren, entre lágrimas, dice adiós a sus compañeras

Continuación original de Han Qin, no un manuscrito recuperado de Cao Xueqin.

Desde que Yingchun había vuelto a casa de los Sun, las ventanas del islote de las Castañas de Agua Púrpuras permanecían cerradas día tras día, y allí no quedaban más que dos o tres viejas encargadas de la guardia nocturna. Había pasado ya el Año Nuevo, pero aún hacía frío. A lo largo del camino al pabellón del Aroma de Loto, las hojas marchitas y los tallos secos de los lotos seguían presos en el hielo; nadie había ido a arrancarlos.

Un día, Baoyu fue a presentar sus respetos a la dama Wang y encontró a una criada que acababan de enviar los Sun. Tendría unos cuarenta años, llevaba una chaqueta de tela azul oscuro, algo usada, y una horquilla de cobre en el pelo. Después de postrarse ante la señora y saludar también a Baoyu, se quedó de pie y se apresuró a ofrecer con ambas manos el pequeño hatillo que traía. Sonriendo, dijo: «Mi señora manda esto para usted. Son dos pares de calcetines que ha hecho con sus propias manos».

La dama Wang mandó que los recibieran y preguntó: «¿Está bien vuestra señora?».

La mujer bajó la cabeza y, frotándose los ojos, respondió: «Va bien».

La dama Wang levantó la taza de té y volvió a dejarla. «¿Sigue bien de salud?», preguntó.

«Sigue bien». Al cabo de un rato, la mujer añadió: «Mi señora manda preguntar también si las piezas de ajedrez del islote de las Castañas de Agua Púrpuras siguen en su sitio».

La dama Wang estaba pasando entre los dedos una vieja sarta de cuentas de concha de tridacna y coral. Al oír aquello, la mano se le detuvo. Pasado un momento, dijo: «Dile cuando vuelvas que las piezas están bien guardadas. No falta ni una». Mandó traer además algunas cosas de costura, té y dulces para que se los llevara, diciendo tan sólo que eran un regalo suyo. La mujer se retiró deshaciéndose en agradecimientos, y la esposa de Zhou Rui la acompañó a la salida.

La dama Wang no se movió de su asiento y siguió pasando las cuentas. Por fin abrió el hatillo, sacó los dos pares de calcetines y examinó las puntadas junto a la ventana. En un par eran apretadas; en el otro, espaciadas. En el segundo par se había roto el hilo en la planta y la unión estaba hecha de cualquier manera. La dama Wang frotó la juntura entre los dedos, se quedó mirándola un rato, volvió a envolverlo todo y mandó guardarlo.

Baoyu, de pie a su lado, vio cómo se llevaban el hatillo al interior.

Al notar su mala cara y que estaba aún más delgado que días atrás, la dama Wang suspiró. «La Anciana Dama lleva unos días indispuesta. Tú ya eres mayor; no puedes pasarte el tiempo jugando en el jardín. Al menos estudia unos cuantos textos. En estos días habrá que hacer algunos cambios en todas partes, y tus aposentos no serán una excepción». Baoyu bajó la cabeza y respondió: «Sí».

Mientras hablaban, una doncellita levantó la cortina y entró corriendo. «Señora», dijo sin aliento, «la hermana Yingwu viene de parte de la Anciana Dama a pedirle que vaya ahora mismo». La dama Wang se levantó enseguida a cambiarse de ropa y encargó a Yuchuan que cuidara de los aposentos. Antes de salir se volvió a mirar a Baoyu y, acompañada de sus criadas, se dirigió sin demora al patio de la Anciana Dama. Baoyu vio que el esbelto jarrón de porcelana de Ru que había sobre la mesita estaba vacío, sin flores, y se retiró.

Desde que la Anciana Dama había caído enferma se habían estrechado los gastos de toda la casa. Un día, al pasar Baoyu junto a la cocina, oyó discutir a dos viejas. «Otra vez no han entregado el carbón», decía una. «El otro día dijeron que lo darían el día tres, y hoy ya estamos a ocho». «El carbón puede esperar. Lo que todavía retienen es la paga del mes. La señora Lian está enferma, y el de las cuentas bien sabe quitarse de en medio: dice que espera órdenes de la señora». «¿Qué órdenes va a esperar? Cuando el año pasado investigaron lo del juego, ya hubo quien dijo que a las mayores se les podía buscar cualquier falta, echarlas y casarlas. Menos molestias y menos gastos. La señora dijo después que quizá la Anciana Dama no lo consintiera, y por eso no se hizo». La otra se rio. «Pero ahora la Anciana Dama está enferma». «Pues claro», rio la primera. «¿No se llevaron a Fangguan y a las otras, el año pasado, sus respectivas madrinas? La señora hasta les concedió el favor de buscarse marido fuera. Cuando aquellas madrinas vinieron a recogerlas, estaban que no cabían de gozo, más cariñosas que si fueran sus propias hijas». La otra escupió. «¡Vieja chocha! ¿Qué cariño ni qué nada? Lo que pensaban era sacar unos cuantos taeles vendiéndolas».

Baoyu, al oír aquello desde la ventana, se quedó un momento inmóvil. «Así que así salieron el año pasado Qingwen y las demás», pensó. En vez de seguir hacia el jardín, dio media vuelta y se encaminó directamente a los aposentos de la dama Wang.

Al verlo llegar, ella preguntó: «¿Cómo no estás en el jardín a estas horas? ¿A qué has venido?».

Baoyu no contestó a la primera pregunta. Sólo cuando ella insistió dijo: «Madre, por favor, que a las muchachas de mis aposentos no se las lleve gente de fuera».

La dama Wang quedó sorprendida y lo miró de arriba abajo. «¿Qué has oído? ¿Quién te ha dicho algo?».

«Que vengan sus propios padres a recogerlas», se apresuró a decir Baoyu.

«Que sus padres vengan a recogerlas es lo acostumbrado. ¿Quién ha dicho que no vayan a hacerlo?».

Baoyu no supo qué añadir. Tras pensarlo un poco, dijo: «Y le ruego que les dé algo más de ropa y de plata».

La dama Wang lo miró y suspiró. «Eso también es lo acostumbrado. ¿A qué viene preocuparte por esto sin motivo?».

Baoyu no halló respuesta. Pasó un buen rato y de pronto dijo: «De ahora en adelante me aplicaré al estudio».

Aquello alegró a la dama Wang, que asintió sonriendo. «Me alegro de que tengas esa intención. Ve tú mismo a hablar con las muchachas de tus aposentos. La plata que haya que añadir se añadirá, de mi asignación. Los de fuera, que no saben nada, serían capaces de decir que en esta casa no miramos por los criados». Baoyu asintió a todo y se volvió para irse.

Pero la dama Wang lo llamó de nuevo. «Una cosa más. Hace unos días vino Hua Zifang, el hermano de Xiren. Dijo que ya había terminado el luto por su madre, que no quedaba más que él en casa y que quería llevarse a su hermana. Yo había pensado en un caballero que tiene algún trato con tu padre. Es algo mayor, pero vive desahogadamente y está dispuesto a distinguirla tomándola como segunda esposa. Una casa así sería mejor que dejarla salir para casarla con cualquiera. Tengo mis propios planes para Xiren; tú no te ocupes de eso». Baoyu permaneció de pie, sin saber si asentir o no. Al fin dio una respuesta apenas audible y se retiró.

Cuando Baoyu regresó al patio Rojo y Alegre, las doncellas ya habían oído rumores. Bajo la galería, Xiaoyan y una doncellita se contestaban la una a la otra. «Me parece que la hermana Qiuwen se va a ir», dijo la pequeña. Xiaoyan se rio. «¿Y tú qué sabes? Si alguien ha de irse, primero se irán las pequeñas. A ver, cuenta: ¿quién es la más pequeña de este patio?». La otra, nada conforme, escupió. «¿Yo, pequeña? ¡El año en que yo entré, tú aún estabas atizando el fuego de la cocina!». «¿Y qué tiene de malo atizar el fuego?», se rio Xiaoyan. «La que lo atizaba está ahora en los aposentos, y las que estaban en los aposentos tendrán que salir. Lo dice el señor Bao: una vez casadas, somos perlas muertas; y al hacernos viejas, ojos de pescado». Ellas mismas fueron las primeras en echarse a reír, hasta que se agacharon en el suelo y no podían levantarse; acabaron rodando y forcejeando una con otra. La vieja He, madre de Xiaoyan, se acercó riñéndolas: «¡Zorritas, os estáis buscando una buena! Dentro están hablando de cosas serias y vosotras aquí haciendo las locas». Pararon de luchar, aunque siguieron pellizcándose los brazos. En cuanto vieron entrar a Baoyu, ambas se escabulleron detrás de las columnas.

Baoyu reunió a las muchachas de sus aposentos y se quedó de pie ante ellas, como si hubiera cometido alguna falta. «La señora ya ha dado sus órdenes», empezó. «Si vienen a buscaros los de vuestra casa, podréis iros con ellos. Los de casa de la abuela de Jiahui ya han venido, y la familia de Qiuwen ha preguntado dos veces». Antes de terminar ya se le habían enrojecido los ojos. Añadió: «Yo os daré plata. No soy yo quien quiere echaros».

En los aposentos se hizo un silencio absoluto.

Qiuwen fue la primera en hablar. «¿Cuánta plata dice que nos dará, señor Bao?».

«¿Cuánta quieres?».

Qiuwen no siguió preguntando. Con una risa seca, dijo: «¿Por qué tiene que tocarme primero a mí? ¿Por qué no se va Qixian? Ella llegó aún después que yo». Sheyue la llamó suavemente: «Hermana Qiuwen». Qiuwen no le hizo caso. Tenía en las manos una chaqueta de satén extranjero malva pálido, con cien mariposas entre flores; la sacudía y la doblaba, la doblaba y la sacudía. «Aún guardo la ropa que me regaló la señora aquel año», dijo. En ese momento entró Xiaohong con un pequeño hatillo de camelote verde amarillento. Dijo que se lo enviaba al señor Bao la señora Lian, lo dejó y se fue.

Qiuwen la siguió con la mirada hasta que salió del patio y dijo sonriendo: «En aquellos tiempos no había hecho más que servirle una taza de té al señor Bao, y yo le escupí y le dije que a ver si se miraba en un espejo. Ahora es ella quien está tan bien allí». Luego dijo a Sheyue: «Tú, como te quedas, claro que estás bien». Sheyue calló. Qiuwen notó que se le había ido la mano. «No te lo reprocho a ti». Volvió a doblar y sacudir la chaqueta, sin lograr dejarla bien. De pronto añadió: «Cuando yo me vaya, ¿quién le peinará por la mañana? ¿Quién se acordará de las horas de su medicina?». «Yo estoy aquí», se apresuró a decir Sheyue. Qiuwen se volvió para ordenar los libros del estante, pero sus manos no se movieron.

Qixian estaba apoyada en el marco de la puerta. «Fue la Anciana Dama quien me destinó aquí. Aquí seguiré», dijo. Luego fue a buscar un paño suave de algodón estampado de Occidente y limpió, uno a uno, los recipientes para pinceles y las piedras de tinta de la mesa, sin decir nada más.

Sólo Jiahui ni lloraba ni protestaba. Recogió en silencio sus pertenencias: dos prendas viejas, un espejito y un costurero. Lo envolvió todo en un trozo de tela basta de color añil, formando un pequeño hatillo cuadrado que se podía llevar con una sola mano. Los de casa de su abuela ya la esperaban fuera, y su nombre había sido dado de baja en el registro de las fichas de paso. Cuando terminó de arreglarlo todo, tomó su hatillo y llegó a la puerta del patio. Allí se detuvo de pronto, se volvió y miró la habitación del ala oeste donde había vivido Xiaohong. La puerta estaba cerrada; faltaba un trozo del papel de la ventana. Después de aquella mirada, dio media vuelta y salió.

En la puerta lateral, la vieja portera estaba abriendo la cerradura cuando llegó de la escuela de la familia un joven señor, con una túnica de algodón azul algo usada y un remiendo en el codo. Era Jia Jun. Al ver a Jiahui se detuvo. «¿Tú no estás en los aposentos de mi tío Bao? ¿Adónde vas?».

«A casa de mi abuela».

Sin soltar aún la llave, la portera apremió a Jia Jun: «Siga, joven señor. Éste no es sitio para quedarse».

Jia Jun no le hizo caso y volvió a preguntar a Jiahui: «¿Ha venido alguien a buscarte?».

«Sí».

«Bueno, si ha venido alguien, mejor. Yo te acompañaré un trecho», dijo Jia Jun sonriendo, y alargó la mano para quitarle el hatillo. Jiahui intentó recuperarlo enseguida, pero él no quiso devolvérselo. La vieja gritaba a sus espaldas: «¡Joven Jun, joven Jun! ¡Cuidado con que se entere su madre!». Él ni siquiera se volvió. Salieron por la puerta lateral, uno detrás del otro. Al llegar a la esquina vieron que, en efecto, había alguien esperando. Sólo entonces le entregó Jia Jun el hatillo. Jiahui le hizo una reverencia. «Ve, pues. Ten cuidado por el camino», dijo él. Jiahui se marchó sin volver la cabeza una sola vez. Jia Jun la siguió con la mirada hasta que se hubo alejado y regresó a la escuela.

A Bihen vinieron a recogerla sus padres, y en cuanto salió le concertaron un matrimonio. Aquella vez se redujo el número de criados en toda la casa, y de otros aposentos también se marcharon algunas muchachas; entre ellas estaba Xiaochan, que servía a Tanchun. No es preciso detenernos en ello.

Baoyu volvió a sus aposentos y llamó otra vez a Qiuwen. Sacó de un cajón un paquete de plata y se lo puso en las manos. «Anda, buena hermana, guárdalo». Qiuwen quiso rechazarlo, pero él insistió con mayor apremio. «¡Hermana querida, acéptalo!». Luego añadió en voz baja: «Si algún día las cosas te van mal, ven a buscarme». Sólo entonces aceptó Qiuwen la plata. Se arrodilló e hizo una postración. Al levantarse no tenía lágrimas en el rostro. Únicamente dijo: «Ahora que ya no tendrá quien le doble la ropa, dígale a Sheyue que lo haga con cuidado». Y se fue.

Dos días después, Baoyu recordó aquel «tengo mis propios planes» de su madre y se quedó sentado un rato ante el arcón, sin encontrar salida al asunto.

Estaba así, abatido, cuando entró Mingyan a decirle en voz baja: «La señorita Yun, de la casa del Brocado Fragante, ha enviado a alguien. Dice que tiene algo importante que contarle y que necesita hablar con usted en persona». Baoyu pretextó que debía ir a un templo de las afueras a cumplir una promesa y salió acompañado sólo de Mingyan. El lugar era un pequeño templo con pocos devotos. Una ráfaga de viento hizo tintinear un rato las láminas de hierro suspendidas de los aleros. Yuner ya lo esperaba ante la entrada. Se saludaron y fueron a sentarse bajo la galería.

«Nuestra madama ya tiene sus años y quiere volver a su pueblo», dijo Yuner. «Va a traspasar la casa. Yo quisiera quedármela, pero aún me falta bastante plata. He pensado y pensado, y no encuentro a nadie a quien acudir». Se le encendió el rostro antes de añadir: «Si le pone en un compromiso, señor Bao, haga como si no hubiera dicho nada».

Baoyu la escuchó sin responder. Al verlo así, Yuner preguntó: «¿Tiene usted alguna preocupación?». «A Xiren, la muchacha de mis aposentos, mi madre quiere dejarla salir para casarla. Con quién, ni yo lo sé».

Yuner sonrió. «Su madre no va a tratarla mal. Y, hablando de una casa conveniente, se me ocurre alguien. En estos últimos años Qiguan ha comprado tierras y una casa al este de la ciudad. Vive solo y aún no se ha casado. Aquel año, en casa del señor Feng, recitó lo de “el perfume de las flores nos envuelve”[1]; fui yo quien explicó a quién aludía».

Baoyu alzó de golpe la cabeza y dio una palmada. «¡Claro! ¡Cómo he podido olvidarme de eso! Lo de la casa de la aldea del Sándalo Rojo fui yo quien lo dijo entonces». Y añadió: «Sólo hay una cosa. ¿En aquella mansión siguen preguntando por él?».

«Hace mucho que no», respondió Yuner sonriendo. «Ahora tiene casa y tierras propias, y está inscrito aparte en el registro de hogares. ¿Quién va a acordarse de un actor?».

«Lo tuyo queda de mi cuenta», dijo Baoyu sonriendo. «Tengo un barco mecánico occidental de oro, y también un qilin de oro. Puedes disponer de ellos. Para lo de Qiguan tengo además una prenda; Mingyan te lo llevará todo junto».

Yuner se puso de pie, sonriente. «¿Cómo voy a aceptar tanto de usted, señor Bao? No olvidaré ese dinero. Cuando lo tenga, se lo devolveré sin falta». «¿Devolver qué?», rio Baoyu. «Arréglame bien lo de Xiren; eso valdrá más que cualquier otra cosa».

De regreso, Baoyu abrió el arcón y rebuscó hasta encontrar una faja de color rojo vivo. La miró un rato; luego bajó de la estantería de compartimentos el barco mecánico occidental de oro. Lo envolvió en una vieja seda junto con el qilin de oro que guardaba en una bolsa usada, lo entregó todo a Mingyan y le dio unas instrucciones al oído. Mingyan entendió y salió sin hacer ruido.

Siete u ocho días después, Mingyan volvió a informar: «El señor Jiang ha aceptado al instante. Dice que una dicha así sólo puede habérsela ganado a lo largo de varias vidas. Ya han elegido el día: el doce del segundo mes, la Fiesta de las Flores». Baoyu se quedó un momento inmóvil. «Bien», fue todo lo que dijo. Yuner también mandó un recado por Mingyan: no se atrevía a disponer por su cuenta del barco y había pedido a Jiang Yuhan que le buscara un comprador.

Hua Zifang recibió la noticia y fue a comunicársela a la dama Wang. Ella preguntó algo sobre la casa y las tierras de los Jiang, y luego quiso saber quién había hecho de intermediario. Hua Zifang respondió que una persona conocida de fuera. La dama Wang hizo pasar dos cuentas entre los dedos y no preguntó más. «Si es así, que así sea», dijo tan sólo.

Cuando Hua Zifang se hubo marchado, la esposa de Zhou Rui vino a rendir cuentas y preguntó: «¿Se suspenden desde este mes los dos taeles de plata y la sarta de monedas de Xiren?». «Que se suspendan», contestó de corrido la dama Wang, y tomó su taza de té. La esposa de Zhou Rui asintió y se disponía a irse, pero la dama Wang dejó enseguida la taza y la llamó. «No, déjalo. Sale de mi asignación, no del fondo común. Que cobre también lo del segundo mes y se lo lleve todo junto». Añadió: «Y busca su contrato de venta perpetua. Cuando se marche, entrégaselo a su hermano. Del precio que se pagó por ella no hace falta hablar».

Pasaron algunos días más y el primer mes llegaba a su fin. Había nevado en el jardín; todos los senderos estaban cubiertos por una capa blanca. Nadie la barrió y se dejó que se derritiera sola.

Desde que supo lo que se había dispuesto, Xiren no lloró ni sonrió. Se limitó a sacar su vestido nupcial rojo vivo, mirarlo una vez y volver a guardarlo bien doblado. En el fondo del arcón había una chaqueta de tapiz de seda rosa melocotón, con el dibujo de los cien niños y forro de armiño; una sobrevesta de satén azul con piel de ardilla gris; y una falda acolchada de seda verde claro, con bordados de colores y cordoncillo de oro. Eran regalos de la señora. Una sobrevesta forrada de piel de zorro de las estepas, de tapiz de seda azul oscuro con ocho medallones; una capa de paño escarlata para la nieve; y una falda de crespón extranjero rojo vivo con piel de armiño eran regalos de la señora Lian. Las desplegó una a una, las miró y volvió a doblarlas una a una, alisándolas bien. Desde entonces, cuando Baoyu estaba en sus aposentos, Xiren solía andar fuera ordenando cosas; sólo entraba cuando él había salido. Un día se encontraron bajo la galería. Baoyu abrió la boca para decir algo, pero Xiren se adelantó: «Aún no se ha preparado su medicina, señor Bao». Y se fue hacia la cocina. Baoyu se quedó allí un rato y luego entró solo en la habitación interior. Al llegar Xiren a la cocina, no había agua puesta al fuego. Se quedó mirando las llamas y, pasado un buen rato, se pasó la manga por el rostro. Durante aquellos días repasó todos los asuntos del patio Rojo y Alegre, por dentro y por fuera; hizo que alguien pusiera por escrito las fichas de paso, las llaves y cuanto había que dejar a cargo de otras, y entregó la lista a Sheyue para que la guardara.

A Sheyue se le enrojecieron los ojos al recibirla, pero logró contenerse. «Cuando te vayas, hermana, ya serás de fuera».

Xiren iba a contestar, pero antes de que pudiera hablar se le cayeron las lágrimas. Se las secó deprisa con el dorso de la mano. «¿Qué es eso de fuera y dentro? Hoy te lo voy a decir sin esconderte nada: al principio, cuando oí qué clase de hombre era, también yo pasé unos días de zozobra».

Sheyue alzó la cabeza y preguntó en voz baja: «¿Y ahora?».

Xiren no respondió a aquello. «Tú y yo estamos juntas desde pequeñas. Han sido muchas las que se han ido en estos años. La hermana Meiren también se casó por estas fechas, con un hombre de una casa corriente de fuera, y desde entonces no hemos tenido noticias. Qianxue se marchó hace tantos años; tampoco sabemos dónde está. Xiaohong, al menos, se fue con la señora Lian y sigue allí». Luego bajó la voz. «Y Keren. Aquella vez que desapareció una cosa de los aposentos del señor Bao, era ella la que estaba de guardia por la noche. Le preguntaron dos veces, y al día siguiente ya no estaba. Cuando después se descubrió lo de Lianger, ¿quién dijo una palabra por ella? Ahora está en el mismo sitio que Jinchuan».

Sheyue no dijo nada.

«Visto así, he tenido suerte», continuó Xiren. «Hay tierras y propiedades. Entraré en su casa como esposa legítima, con intermediario y ceremonia, y el señor Bao me ha dado además toda esta honra».

Sheyue bajó la cabeza y dobló la lista dos veces. «Tienes razón, hermana».

Xiren la miró y añadió: «En adelante, tened un poco más de paciencia con el señor Bao. Ya sabes lo impetuoso que es; tú procura arreglar las cosas entre todos. Por la noche, cuando se haya dormido, quítale el jade del cuello, envuélvelo en un pañuelo y mételo debajo de la colchoneta; así, cuando se lo ponga al día siguiente, no estará helado. Eso no está en la lista». Sheyue guardó el papel en un cajón y fue a cerrar la ventana.

Un día, a la hora de encender las lámparas, Zixiao vino a ayudar a guardar la ropa. En la mecha se había formado una flor. Los arcones estaban medio abiertos; a un lado se apilaban con cuidado las prendas dobladas, y las que faltaban descansaban sobre el borde del kang. Una se las pasaba a la otra, que las iba guardando. Al terminar, Xiren se sentó bajo la lámpara con una cajita vieja de palisandro amarillo, finamente tallada y no mayor que la palma de la mano. En la tapa había una rama de ciruelo, de trazo tan somero que casi se había borrado con el uso. Xiren empujó la caja hacia Zixiao. «Es para ti. Ábrela y mira».

Zixiao la abrió y encontró un par de brazaletes de plata. Debajo había también unos cuantos taeles en pedacitos de plata, envueltos en un retal de seda vieja y suave. Empujó enseguida la caja de vuelta y alzó la vista. «Hermana, ¿cómo voy a aceptar esto?».

Xiren se apresuró a poner la mano sobre la caja. «Tú quédatelo», dijo sonriendo. «Hace tiempo que te guardo tu parte. La de Tanyun también la tengo aquí; cuando se fue no se la llevó». Añadió: «Y no tengas miedo. El señor Bao no te echará, y si los tuyos vienen a buscarte, tampoco te retendrá por fuerza. Si algún día vuelves a casa de tus padres, no dejes que te engañen. Si sigues aquí, haz caso a la hermana Sheyue. Y cuando vayan a casarte, pide también que averigüen bien con quién».

Al oírlo, Zixiao preguntó en voz baja: «Después de que se fuera la hermana Tanyun, ¿se supo algo de ella?». Xiren no respondió. Sólo alargó la mano y cerró suavemente la tapa de la caja; luego retiró la mano. Al ver que no contestaba, Zixiao no se atrevió a seguir preguntando. Se levantó con la caja entre los brazos y dijo en voz baja: «El día que te cases, hermana, me levantaré muy temprano para despedirte». Xiren asintió.

En un abrir y cerrar de ojos llegó la víspera de la Fiesta de las Flores. Xifeng había recibido aviso dos días antes y, aunque seguía enferma, se encontraba bastante animada. Mandó a Pinger abrir los arcones y fue revisando todo, pieza por pieza. El ajuar ocupaba dos cargas de porteadores, ambas de arcones y baúles: una contenía cortes de seda y satén, horquillas y joyas, ropa para las cuatro estaciones, mantas y colchonetas; la otra, objetos de uso diario, unos cuantos taeles de plata menuda, dos piezas de algodón y un paquete de útiles de costura.

Al llegar a la costura, Pinger entró a preguntar: «Señora, ¿no habrá pocas cosas de costura?».

Xifeng estaba recostada en el kang. «No son pocas. Añade un juego de dedales y unas tijeras. Para llevar una casa no se puede escatimar en costura». Tosió una vez y continuó: «Pon también la pequeña caja de tocador con incrustaciones de nácar. Se casa para llevar una casa, no para hacer ostentación; pero cada una de estas cosas importa más que la plata que lleva al fondo del arcón. Eso es lo que miran los demás, no cuántos baúles traes».

Pinger volvió a preguntar: «¿Y el par de jofainas de plata? ¿Las ponemos?». «Ponlas», respondió Xifeng sonriendo. «Envuélvelas bien en tela de algodón. No sería ninguna broma que se abollaran con los traqueteos del camino». «Lo pesado está abajo y lo ligero arriba; las dos cargas pesan lo mismo», dijo Pinger. «He oído que su patio es pequeño», añadió Xifeng. «Si entran por delante no podrán dar la vuelta. Di a los muchachos que rodeen por detrás». Pinger asintió.

«Señora», prosiguió Pinger, «allí las habitaciones están recién arregladas; quizá les falten utensilios. Había pensado añadir dos tinajas de loza ordinaria y unos cuantos cuencos con sus palillos. No cuestan gran cosa, pero los necesitará nada más entrar. Llegar la primera noche a un sitio desconocido y no tener ni dónde hacerse un poco de agua caliente, ¿no es para perder la cabeza?». Xifeng la miró y sonrió. «Tú has pensado en todo mejor que ella misma». Pinger bajó la cabeza sin decir nada. «Añádelo, pues», dijo Xifeng. «Ve a hacerlo».

Pinger preguntó también por el palanquín. «Que alquilen en una casa de palanquines uno pequeño y nuevo», dijo Xifeng. «Las cortinas, de seda azul, ni nuevas ni muy usadas; el techo, rojo». «Pero, señora, es una boda. ¿No tendrían que ser rojas también las cortinas?». Xifeng hizo un gesto con la mano. «Sale de aquí como doncella de nuestra casa. No es como si casáramos a una hija. Con el techo rojo basta y sobra». Añadió: «Xiren sabe lo que corresponde; no es de las que se empeñan en hacer ostentación. ¿Para quién iba a hacerla? Con que se guarden las formas es suficiente. ¿Acaso la sacamos por las calles entre flores y brocados para que la mire la gente?». Al mismo tiempo dispuso quiénes irían: aquellas dos viejas acompañarían el palanquín y aquellos cuatro muchachos llevarían los arcones. No dejó sin ordenar ni los paños para los pies ni las toallas de manos.

El día señalado cayeron unas gotas de lluvia al amanecer, pero pronto cesaron. Xiren se levantó antes que nadie. Después de lavarse y peinarse, se puso la falda de cola de fénix de satén extranjero rojo vivo, bordada en oro y plata con cien mariposas entre flores, y se cubrió la cabeza con el velo nupcial de tapiz de seda rojo vivo que llevaba tejido el carácter de la felicidad. Baoyu lucía una corona de jade verde, con gemas engastadas y adornos dorados, que recogía su cabello; una cinta bordada en colores y cordoncillo de oro le ceñía la frente a la altura de las cejas. Vestía una túnica de satén de tipo japonés azul muy pálido, con motivos de doble felicidad tejidos al tono, y botas de suela gruesa, de satén azul oscuro con dibujos de esvásticas en terciopelo recortado. Estaba junto a una columna de la galería, al pie de los escalones.

Pinger envió a decir que el palanquín esperaba ya al otro lado de la segunda puerta. Sostenida por dos ancianas de fortuna completa, con marido e hijos vivos, Xiren salió por la puerta de la luna del patio Rojo y Alegre y fue primero a postrarse ante la Anciana Dama y la dama Wang. Esta última le dio otras dos prendas de vestir y no dijo más que: «Vive como es debido en tu nueva casa». Hua Zifang esperaba también al otro lado de la segunda puerta para acompañar el palanquín. Baoyu, Sheyue y las demás llegaron después a la parte interior de aquella puerta. Xifeng acudió asimismo apoyada en una doncellita y se quedó a un lado. Xiren se volvió, apartó las manos de las ancianas, avanzó hasta Baoyu y se arrodilló bien derecha sobre las losas de piedra azulada. Se postró tres veces, golpeando el suelo con la frente. Baoyu se apresuró a levantarla, pero ella ya se había incorporado sola. Bajo el velo permaneció inmóvil.

Pasó un buen rato antes de que dijera con voz temblorosa: «Señor Bao». A Baoyu también lo ahogaba el llanto. Bajando la cabeza, respondió: «Dime». Pero Xiren no habló. Permaneció allí un poco más y de pronto dijo: «Aquel día que le dije que quería comprar mi libertad y volver a casa, usted se pasó mucho tiempo llorando». Baoyu abrió la boca, pero no consiguió pronunciar palabra. A su lado, una de las ancianas la apremió: «Vamos, hija mía, que se nos pasa la hora».

Xiren se volvió hacia el pequeño palanquín. Acababa de poner un pie dentro cuando se detuvo de golpe. Sin volverse, dijo entre sollozos: «Señor Bao, pase lo que pase, no deje que se vaya Sheyue».

Baoyu sólo pudo asentir con fuerza. Xifeng, que estaba unos pasos más allá, oyó claramente aquellas palabras. Miró a Sheyue y se volvió para ordenar a las viejas: «¡Ya es la hora! ¡Levantad el palanquín!».

Xiren subió. Se disparó una pequeña ristra de petardos; no hubo música. Cuatro porteadores levantaron el palanquín y salieron por la puerta lateral. Fuera, varias viejas que habían acudido a mirar se apretujaban y chismorreaban. «Es la señorita Xiren, de los aposentos del segundo señor Bao», dijo una. Otra se rio: «Se casa con un actor». La primera la hizo callar con un siseo. Una de las que estaban al lado no hacía más que contar los arcones. «Dos cargas». «Dos cargas tampoco es poco», dijo otra. La primera se rio. «¿Y tú qué sabes? Hay que ver lo que llevan dentro. En esa carga hay una caja de tocador con incrustaciones de nácar; lo he visto con mis propios ojos». «No digas disparates», rio la otra. «¿Cuándo has entrado tú en los aposentos de la señora Lian?». La primera se puso colorada. «Aunque no entre en sus aposentos, ¿no me está permitido mirar un arcón que pasa delante de mis narices?». Todas se echaron a reír. Una resopló. «Eso no es nada. Donde hay movimiento estos días es en los aposentos de la concubina del lado oeste. Cada dos por tres va alguien de visita. A saber qué se traen entre manos». La de al lado le dio enseguida un tirón. En ese momento vieron salir a la esposa de Zhou Rui y todas se dispersaron. Detrás iban los arcones, cada uno a hombros de dos muchachos, en buen orden.

Xifeng permaneció un rato junto a la segunda puerta y luego regresó a sus aposentos. Pinger la siguió. Al verla apoyarse con una mano en el borde de la mesa, se apresuró a preguntar: «Señora, ¿qué le pasa?». Xifeng agitó la mano, estuvo un rato recobrando el aliento y respondió: «No es nada». Añadió: «Ve a revisar la cuenta de los arcones. Que no le falte nada». Y entró en la habitación interior. Pinger no se atrevió a preguntar más.

El pequeño palanquín de Xiren fue primero a casa de Hua Zifang. El palanquín nupcial de los Jiang esperaba ya ante la puerta, y de allí partieron entre música de viento y percusión hacia la aldea del Sándalo Rojo, veinte li al este de la ciudad. También en casa de los Jiang hubo animación aquel día. Habían reparado hacía poco las pocas habitaciones de tejado de tejas; en el patio se alzaba un toldo de colores y las puertas estaban adornadas con papeles rojos. Junto a la pared quedaba aún media pila de ladrillos nuevos sin usar, cubierta por una estera vieja. La mayor parte de quienes acudieron a felicitar a los novios eran antiguos compañeros de la compañía teatral y unas cuantas familias vecinas. Feng Ziying había llegado a primera hora, vestido de diario. Charlaba y bromeaba en el patio con los músicos, los cocineros y los demás; a todos recibía con una sonrisa, sin darse importancia. Mingyan no paraba de entrar y salir, ocupándose del vino y atendiendo a los porteadores. Le hicieron beber dos copas, se le puso la cara colorada y todos se rieron. Siguió atareado hasta que el sol declinó hacia poniente. Antes de irse, Feng Ziying tomó de la mano a Jiang Yuhan y le dijo sonriendo: «Vivid bien juntos». Luego montó a caballo y se marchó. No es preciso contar aquí los demás pormenores del banquete de bodas.

Al caer la noche se fueron los invitados y sólo quedaron ellos dos en la habitación. En una esquina de la mesa estaban los cuencos de loza ordinaria y los palillos que se habían añadido al ajuar; todavía no les habían quitado del todo el papel rojo. Las jofainas de plata, envueltas aún en tela de algodón, descansaban junto a la pared. El papel de las ventanas era nuevo, y a la luz de la lámpara se veían todavía algunas marcas de engrudo. Jiang Yuhan sacó algo de entre la ropa y lo extendió bajo la lámpara: una faja roja. «El señor Bao se valió de esto para concertar la boda», dijo sonriendo. «Era mía. Aquel año, en casa del señor Feng, la llevaba puesta y se la di. Quién iba a decir que, después de dar vueltas tantos años, volvería a mis manos».

Xiren miró la faja, la tomó y le dio la vuelta para verla por el otro lado. Después de tantos años conservaba aún un leve perfume. La dejó otra vez. Mientras la miraba, vio asomar por la cintura de Jiang Yuhan el extremo de otra faja, de un verde amarillento que los lavados habían desteñido mucho. La señaló. «Y ésa, ¿de dónde la has sacado?». «También me la dio el señor Bao aquel día. Se la quitó y me la entregó. La he llevado todos estos años».

Xiren se quedó callada. Alargó la mano, la tocó y dijo: «Ésa era mía».

Jiang Yuhan, sorprendido, alzó la vista hacia ella. Xiren continuó: «Aquel día que el señor Bao la tomó para dársela a alguien, yo se la reclamé. Dijo que me daría otra a cambio, pero nunca lo hizo».

Jiang Yuhan se quitó también la faja de la cintura y la puso junto a la roja, bajo la lámpara: una roja y otra verde. Xiren las miró un rato y de pronto soltó una risa. «Pues, por lo que se ve, las que se casaron primero fueron estas dos fajas. Nosotros hemos venido después». «Eso sí que es nuevo», dijo Jiang Yuhan riendo también. Luego las guardó juntas en una cajita y la cerró con llave.

Volvamos a la mansión Rong. Aquel día ya estaba anocheciendo y en el patio Rojo y Alegre aún no se habían encendido las lámparas. El manzano de flor del patio seguía con la mitad de las ramas muertas. Sentada en un taburete de la habitación exterior, Sheyue intentaba enhebrar una aguja con la poca claridad que entraba por la ventana. Lo probó varias veces sin acertar con el ojo. Tenía extendido sobre las rodillas un calcetín de seda labrada azul muy pálido, recién empezado para Baoyu; sólo había cosido la mitad del talón. Baoyu estaba sentado en la habitación interior, sin encender tampoco la lámpara, mirando unas cuantas cosas que había sobre la mesa: un peine, unos hilos para depilar el rostro y un cestillo de tela ribeteada, todo usado. Alargó la mano, cogió el peine viejo y lo mantuvo entre los dedos. De pronto levantó la cabeza y llamó: «Sheyue».

Sheyue entró enseguida desde la habitación exterior. «¿Qué ocurre, señor Bao?».

«Enciende la lámpara», dijo Baoyu. Sheyue fue a encenderla.

Mirando el armario vacío, Baoyu empezó a cantar lo que le venía a los labios:

No olvido las mangas que cosías junto al candil;

no me canso de tu «Arriba, a peinarse», junto a mi almohada.

Te digo: «Vete contenta, sin volver atrás»;

y soy yo quien llora y llora, sin querer parar.

Que os queráis los dos, que os cuidéis hasta las canas;

no te acuerdes de mis penas, estas penas sin razón.

¡Ay! Aún llevo aquella ropa, aún tengo el peine en la mano;

te llamo «hermana querida», y de pronto me callo.

Cuando terminó, se dijo: «Ni yo sé lo que estoy diciendo». Siguió sentado, sin moverse. Sheyue estaba junto a la lámpara; al oír «hermana querida», se le había detenido la aguja en la mano. La dejó suavemente sobre la mesa y de pronto soltó una risita. «Este macacón no tiene otra cosa en la cabeza». Baoyu tampoco pudo contener la risa. Alzó los ojos y miró en el espejo la imagen de Sheyue. «Si yo soy un macacón, la que está a mi lado será una macaquita».

Apenas llevaban un rato riéndose cuando entró corriendo una doncellita. «Señor Bao, la señora manda decir que su padre acaba de preguntar qué libros ha estudiado estos días. Mañana tiene que ir a darle cuenta». Al oírlo, Baoyu soltó el peine que tenía en la mano y se quedó inmóvil.

Para saber qué respuesta dará Baoyu al día siguiente, habrá que escuchar el próximo capítulo.

Sobre esta versión

Los nombres siguen la tradición de lectura de Zhao Zhenjiang, José Antonio García Sánchez y Alicia Relinque, según las referencias del proyecto. La continuación se traduce de forma independiente del chino de Han Qin, con sus diálogos, poemas y asuntos sin resolver.

Nota 1. La frase china, Hua qi xi ren, contiene el apellido Hua («flor») y el nombre Xiren.