Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 21 de 22

Lusail

El desenlace más conmovedor y unas cuentas que nunca podrán cerrarse

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. Un Mundial al que se le cambió el orden

El Mundial de 2022 fue, desde el principio, un Mundial al que se le había cambiado el orden de las cosas.

Primero, las fechas. Durante casi un siglo, la Copa del Mundo se había disputado casi siempre en el verano de junio y julio. Esta vez, sin embargo, se trasladó a finales de año. El 19 de marzo de 2015, el Comité Ejecutivo de la FIFA decidió que la final se celebraría el 18 de diciembre: todo el torneo quedaba así situado entre noviembre y diciembre, en una franja del calendario sin precedentes. La decisión obligó a reorganizar el calendario de los clubes de toda Europa. En 2022, la FIFA estableció oficialmente que el 13 de noviembre sería la última jornada en la que podrían jugar con sus clubes los futbolistas convocados para el Mundial. Dicho de otro modo, las ligas de todo el planeta tuvieron que detenerse para abrirle a este torneo un hueco breve, pero bien delimitado. Que una sola competición pudiera hacer que el calendario del fútbol mundial se reorganizara a su alrededor era, de por sí, algo antes inimaginable.

Para medir el alcance de aquello, hay que pensar qué era lo que se estaba alterando. Disputar el Mundial en verano no era una regla elegida al azar. Detrás había todo un orden, formado durante más de un siglo mediante el lento ajuste entre las ligas de decenas de países, los ritmos del cuerpo de los jugadores y los hábitos de los aficionados. Tocar una pieza significaba mover el conjunto. Y, sin embargo, esta vez se tocó. No porque el propio fútbol hubiera encontrado una razón que hiciera inevitable el cambio, sino porque el clima de la sede y la voluntad de sus anfitriones lo exigían. Una costumbre mantenida durante casi cien años tampoco resultaba inamovible ante una fuerza suficientemente poderosa. Ya se anunciaba ahí algo del carácter de este Mundial: ciertas cosas que parecían formar parte del orden natural podían, en realidad, ordenarse de otra manera.

Después, los estadios. El verano de Catar era demasiado caluroso para jugar al fútbol, de modo que este Mundial no se limitó a cambiar de fecha: también instaló aire acondicionado en estadios a cielo abierto. La FIFA incorporó esa tecnología de refrigeración a su relato oficial sobre el legado del torneo y explicó que el sistema se había desarrollado expresamente después de que Catar obtuviera la organización. En este Mundial, en un lugar donde el calor del verano impedía jugar al fútbol al aire libre, se enviaba aire fresco a decenas de miles de espectadores y a los jugadores sobre el césped de unos estadios descubiertos.

Contemplar juntas esas dos decisiones produce una sensación cercana al vértigo. Para celebrar este Mundial se había torcido el tiempo y se había domesticado el clima: la costumbre estival, vigente durante buena parte de un siglo, se cambiaba sin más; el calor extremo que impedía jugar se doblegaba por la fuerza de la tecnología. Aquello ya no parecía solamente la organización de una competición. Parecía una demostración pública de voluntad, de una voluntad convencida de que nada en el mundo era imposible. Desde el primer día de los preparativos, el torneo llevaba consigo esa ambición de dejar al planeta entero con la boca abierta. Y la seguridad que sostenía todo aquello procedía de algo que todavía no habíamos puesto sobre la mesa.

Por último, el dinero. Aquí conviene distinguir varios niveles para no confundir las cosas. En la candidatura de 2010, el presupuesto que Catar presentó para construir y renovar estadios rondaba los 3.000 millones de dólares: esa era la cifra correspondiente a los recintos deportivos. Los entre 200.000 y 220.000 millones de dólares que se citan con más frecuencia se refieren, en cambio, al conjunto mucho más amplio de infraestructuras urbanas y nacionales impulsadas después de conseguir la sede: carreteras, metro, aeropuerto, hoteles, telecomunicaciones y nuevas ciudades. No se trata de un presupuesto del Mundial auditado por la FIFA, sino del volumen de construcción de un país a lo largo de unos diez años. Según algunas informaciones, en el momento de mayor actividad, en 2016, el gasto catarí en infraestructuras llegó al 18 % del producto interior bruto. Solo al separar esas cifras se ve con claridad qué había detrás de este Mundial: una cantidad de dinero capaz de reescribir la realidad, de mover el calendario, de enfriar el desierto, de levantar ciudades enteras de la nada. Pero ¿qué compraba ese dinero y qué dejaba tapado?

II. Las personas que no se alcanzan a contar

Para responder, empecemos por unas cifras que nadie ha conseguido hacer cuadrar.

En un extremo está la investigación publicada por un periódico británico en 2021. Contabilizó más de 6.500 muertes entre los trabajadores de cinco países, India, Pakistán, Nepal, Bangladés y Sri Lanka, durante la década comprendida entre 2010 y 2020 en Catar. En promedio, eso significaba que, a lo largo de esos diez años, cada semana morían en aquel país más de una docena de personas procedentes de esos cinco Estados. Lo importante es entender qué mide esa cifra: no es el número de muertos en la construcción de los estadios del Mundial. Es la suma de las muertes por todas las causas de los trabajadores de esas cinco nacionalidades, en todos los sectores y en todo el territorio catarí.

En el otro extremo está el recuento oficial que los organizadores mantuvieron durante mucho tiempo: entre los trabajadores que participaron directamente en la construcción de los recintos del Mundial hubo 37 fallecimientos, de los cuales tres se consideraron relacionados con el trabajo y los otros 34 se clasificaron como ajenos a él. Ese recuento abarca únicamente la cadena directa de construcción de los estadios. Deja fuera las carreteras, el metro, los hoteles y el aeropuerto, así como la seguridad, la limpieza y la restauración, que formaban parte del sistema más amplio de preparación del torneo.

Entre ambos extremos aparecen otros recuentos. En el marco de su cooperación con Catar, la Organización Internacional del Trabajo elaboró estadísticas nacionales de lesiones profesionales: por ejemplo, registró 50 muertes laborales en 2020. Pero esa cifra corresponde al conjunto del país y no equivale a las muertes relacionadas con el Mundial. En 2022, un secretario general del Comité Supremo de Organización y Legado afirmó en una entrevista televisiva que, durante aquellos años, habían muerto entre 400 y 500 trabajadores migrantes en obras relacionadas con el torneo. Poco después, los propios organizadores salieron a aclarar que la cifra se refería en realidad a las estadísticas de muertes laborales en todo Catar, en todos los sectores y entre personas de todas las nacionalidades.

Esa sola rectificación ya dice mucho. Un recuento oficial responsable debería consistir en una lista de nombres que pudiera comprobarse caso por caso: quién murió, cuándo, en qué obra y por qué. Lo que ocurrió, sin embargo, fue que un secretario general dio en televisión una estimación de entre 400 y 500 personas, y luego los suyos tuvieron que corregirlo y explicar que se refería a otra cosa. Ese deslizamiento de las cifras entre distintas versiones deja al descubierto la ausencia de un registro sólido en el que se haya contado a las personas una por una. Y si falta ese registro no es porque esas personas no merecieran quedar anotadas individualmente, sino porque, desde el principio, no existió un mecanismo que las tratara como personas a las que había que registrar una por una. Sus muertes quedaron dispersas entre recuentos que no encajan entre sí, sin que ya fuera posible distinguirlas individualmente. Solo quedaron intervalos y estimaciones, y dentro de ninguno de esos intervalos puede reconocerse un rostro concreto.

Se produce así algo extraño: ante la misma pregunta, cuántas personas murieron, tenemos más de 6.500, tenemos 37, tenemos tres, tenemos entre 400 y 500, tenemos 50. Las cifras no cuadran entre sí y ninguna puede sustituir a las demás. La verdadera dificultad no consiste en elegir una, sino en entender por qué resulta inevitable que sea tan difícil conciliarlas. Hay al menos cuatro razones. La primera es el perímetro de los proyectos: contar solo los estadios del Mundial o incluir carreteras, metro, aeropuerto, hoteles, seguridad y servicios en el conjunto de obras nacionales preparatorias supone trabajar con poblaciones de referencia completamente distintas. La segunda es la delimitación de las causas de muerte: las estadísticas de lesiones profesionales suelen incluir únicamente los fallecimientos reconocidos oficialmente como laborales, mientras que muchas muertes súbitas, insuficiencias cardíacas o respiratorias y otras supuestas muertes naturales, sin una investigación forense suficiente, ni siquiera entran en ese registro. La tercera es el alcance por nacionalidades: el periódico cubría solo cinco países del sur de Asia y excluía Filipinas, Kenia y otros países de los que procedían muchos trabajadores. La cuarta es que una estadística nacional y la de un proyecto sencillamente no son lo mismo.

Hay dos afirmaciones que pueden descartarse sin más. La primera dice que las 6.500 personas murieron construyendo estadios del Mundial: es una información falsa. La segunda convierte las tres muertes de la cifra oficial en «solo murieron tres personas en total»: también es falsa. Esas tres corresponden únicamente a las muertes relacionadas con los recintos y reconocidas como laborales. No son el total de fallecimientos en las obras de los estadios, y mucho menos el total de trabajadores que murieron durante los preparativos.

Cuanto más se miran esas cifras, más se advierte que discutir si fueron 6.500, 37 o 400 ya es, en cierto modo, plantear mal la pregunta. Como si bastara con encontrar el número correcto y anotarlo para cerrar el libro de cuentas y pasar página. Pero esas personas no son unidades contables. Detrás de cada número hay un joven llegado de India, de Nepal o de Bangladés, alguien que salió de su casa para ganar un sueldo y enviarlo a unos padres, una esposa y unos hijos que dependían de él en la distancia. No es una casilla de una clasificación estadística: tiene nombre, tiene afectos, tiene una vida entera que ese trabajo ha transformado. Reducir a una persona así a una cifra que todavía se discute, reducirla a una clasificación entre muerte relacionada o no relacionada con el trabajo, es ya perder, en ese mismo gesto, lo más importante.

Human Rights Watch y Amnistía Internacional han señalado una y otra vez algo más helador que las cifras: durante mucho tiempo, las autoridades cataríes no realizaron investigaciones significativas sobre la causa de numerosas muertes de trabajadores. Muchos fallecimientos quedaron registrados como debidos a causas naturales o a un paro cardíaco, pero esas anotaciones no explican por sí solas por qué murió una persona. Alguien muere, en la casilla correspondiente se escribe «causas naturales» y nadie investiga qué sucedió realmente. Esa es la verdadera razón por la que el libro de cuentas nunca puede cerrarse: una vida, en cuanto se clasifica como relacionada o no relacionada con el trabajo, en cuanto se despacha como una muerte natural sin seguir preguntando, deja de ser una vida y se convierte en una cifra suspendida en el aire que nadie consigue encajar. Y si las cuentas no pueden cerrarse no es porque aún falten números por contar, sino porque hay cosas que nunca debieron contarse de ese modo.

III. Lo que cambió y lo que siguió igual

Las instituciones cataríes sí cambiaron en lo que respecta a esos trabajadores.

El centro de la reforma fue un sistema de empleo llamado kafala. Hubo dos momentos jurídicos decisivos. El primero llegó el 4 de septiembre de 2018, cuando Catar suprimió el requisito del permiso de salida para la mayoría de los trabajadores extranjeros. Antes, quien quisiera abandonar el país necesitaba la autorización de su empleador; esa barrera quedaba ahora eliminada para la mayoría. El segundo llegó en 2020, cuando una reforma legal suprimió el certificado de no objeción que los trabajadores debían obtener para cambiar de empleo. La Organización Internacional del Trabajo consideró ese paso una pieza importante en el desmantelamiento de la cadena de control que constituía el núcleo de la kafala.

Y los beneficios de la reforma fueron reales. La evaluación final del programa de cooperación de la Organización Internacional del Trabajo lo expresa con claridad: el 86 % de los trabajadores migrantes de bajos salarios encuestados en 2022 declaró que las reformas habían tenido un efecto positivo; para 2023 se habían aprobado unas 670.000 solicitudes de cambio de empleo; la ley de salario mínimo había beneficiado directamente a más de 280.000 trabajadores, e incluso habían descendido de forma notable las consultas médicas por afecciones relacionadas con el calor. Nada de eso debería borrarse de un plumazo.

Pero entre la ley y la realidad siempre queda una distancia considerable. Derogar una disposición puede hacerse de la noche a la mañana: basta una votación, un anuncio oficial. Conseguir que ese cambio llegue de verdad a cada obra y a cada trabajador es otra cosa. Si a un trabajador le retienen el pasaporte, le deben el sueldo y ha pagado elevadas comisiones de contratación para conseguir ese empleo, que la ley le permita marcharse libremente no responde a la pregunta de si se atreverá a hacerlo o de si podrá hacerlo en la práctica. Nunca fue solo un permiso de salida lo que lo ataba, sino una trama de deudas, documentos, barreras lingüísticas y soledad en un lugar donde no tiene a nadie. Se puede retirar la atadura más visible; las demás siguen siendo capaces de mantenerlo firmemente sujeto al mismo sitio.

Y, entre todos los trabajadores, hay un grupo al que incluso la luz de estas reformas llega con especial dificultad: las personas empleadas en el hogar. Son en su mayoría mujeres y trabajan bajo el techo de viviendas particulares, fuera de las obras y de las fábricas, lejos de los lugares a los que las estadísticas y las inspecciones llegan con más facilidad. Muchas protecciones de la legislación laboral no las cubren necesariamente en las mismas condiciones. Su situación queda escondida detrás de las puertas de casas privadas, donde a los demás les resulta difícil ver y también intervenir. Una reforma puede figurar en una ley de alcance nacional, pero su fuerza a menudo se debilita al llegar a esas puertas cerradas. Eso nos recuerda que hay que mirar juntas dos cosas: a cuántas personas beneficia una reforma y a quiénes deja fuera. Con frecuencia, las que quedan fuera son precisamente quienes menos voz tienen.

Al mismo tiempo, casi todas las evaluaciones independientes apuntan a una misma conclusión: modificar el texto de la ley no significa haber resuelto el problema. La propia Organización Internacional del Trabajo subraya que la mejora de la aplicación y de los procedimientos sigue en marcha y que los beneficios para las personas empleadas en el hogar son limitados. Human Rights Watch y Amnistía Internacional son más incisivas: la tipificación de la fuga del empleo como delito, la retención de pasaportes, las altas comisiones de contratación, los impagos salariales, las restricciones a la libertad de asociación y las dificultades para obtener reparación persistieron después del torneo. En 2023, Amnistía Internacional describió la situación posterior al Mundial como un estancamiento de los avances y una pérdida de impulso. Human Rights Watch señaló, por su parte, que numerosos mecanismos de control propios de la kafala permanecían intactos.

Es fácil que dos bandos se repartan esta realidad y cada uno se quede con una mitad. Uno exhibe el 86 % y los 670.000 cambios de empleo para decir: miren qué eficaces han sido las reformas, dejen de insistir en los viejos problemas. El otro exhibe los pasaportes retenidos, los salarios impagados y el delito de fuga que siguen existiendo para afirmar que todas las reformas fueron un simple lavado de cara destinado al exterior. Ninguna de esas mitades constituye el conjunto. La manera honrada de contarlo consiste en sostener ambas a la vez: el desmantelamiento y la modificación sobre el papel son reales, y la opresión en la vida cotidiana también; la situación de los trabajadores ha mejorado, pero sigue lejos de la verdadera libertad. Algo puede ser a la vez un avance y una insuficiencia, merecer reconocimiento y exigir nuevas preguntas. Quien intenta reducirlo a una sola frase de elogio o de condena está dando por concluido, antes de tiempo, un proceso que todavía no ha terminado.

Solo cabe, pues, escribirlo así: en el terreno jurídico, la kafala sí fue parcialmente desmantelada y reformada, pero la opresión estructural no quedó por ello desactivada. El gesto nos resulta familiar. Se deroga solemnemente una vieja norma, se redacta una nueva ley y se cree que con eso se ha dado por cerrado el asunto. Sin embargo, el sistema real de control no desaparece con la disposición legal: cambia de forma y sigue funcionando. Abandona el permiso de salida, visible y explícito, para instalarse en zonas menos visibles, como la retención de pasaportes, las comisiones de contratación y la amenaza de una acusación de fuga. La norma cambia sobre el papel; la opresión permanece sobre el terreno. No se la ha clausurado. Solo se ha mudado de casa.

IV. Los dos días anteriores al comienzo

En los últimos días antes del inicio, varios asuntos estallaron casi a la vez. Todos tenían que ver con una misma cuestión: quién controlaría la manera de contar la historia antes de que se alzara el telón de la gran celebración.

Uno fue la cerveza. El 18 de noviembre de 2022, a solo dos días del partido inaugural, la FIFA y el país anfitrión anunciaron de pronto que dejaría de venderse cerveza con alcohol en el perímetro de los estadios. Era un cambio de rumbo en el último momento. Según la explicación oficial, la decisión se había tomado después de conversar con las autoridades del país organizador. Un acuerdo preparado durante años e incluido en los contratos de patrocinio se modificaba sin más a dos días del comienzo.

Puede parecer un asunto menor, pero dejaba ver algo. A lo largo de tantos años, cabe suponer que entre los organizadores y la FIFA hubo innumerables conversaciones y compromisos, y la venta de cerveza era una de las condiciones recogidas por escrito en los contratos. Aun así, en el último momento tuvo que ceder ante la voluntad del anfitrión. Quedó a la vista quién tenía la última palabra en aquella gran cooperación. Un anfitrión capaz de dejar sin efecto en dos días un acuerdo de patrocinio mundial tenía, desde luego, peso suficiente para decidir con qué rostro se presentaría aquel Mundial ante el planeta. La cerveza era una pequeña nota al pie, pero lo que anotaba era una relación de poder presente de principio a fin.

Otro fue un discurso. El 19 de noviembre de 2022, en la víspera del estreno, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, pronunció unas palabras que después se harían célebres. Comenzó diciendo que aquel día se sentía catarí. A continuación, repitiendo la misma fórmula, dijo sentirse árabe, africano, homosexual, persona con discapacidad y trabajador migrante. El eje de su intervención era el rechazo a la discriminación y al doble rasero, y para sostenerlo recuperó las cuentas pendientes de la historia europea de conquista y esclavización de otros pueblos. El discurso fue interpretado una y otra vez en dos sentidos opuestos: unos escucharon una respuesta contundente al doble rasero condescendiente que Occidente llevaba tanto tiempo ejerciendo; otros escucharon a un presidente que defendía al anfitrión y apartaba con suavidad las preguntas concretas mediante una solemne postura moral. Las dos lecturas existieron de verdad.

Si ambos bandos pudieron apropiarse de esas palabras fue precisamente porque tocaban una herida real. En las críticas occidentales a los grandes torneos organizados por países no occidentales suele mezclarse, en efecto, un doble rasero: ante un mismo problema se alza mucho más la voz si ocurre fuera, mientras se pasa de puntillas por muchas de las cuentas pendientes de la propia historia, e incluso del presente. Esa herida es real. Pero una herida real también puede usarse como escudo: reconocer el doble rasero de las críticas externas no permite, a cambio, borrar las preguntas concretas sobre cómo murieron los trabajadores. Las dos cosas son ciertas y no se anulan entre sí. Ahí está una de las mayores dificultades para hablar de este Mundial: los problemas reales y los agravios reales están entrelazados.

El tercer asunto fue el brazalete. Varias selecciones europeas tenían previsto que sus capitanes llevaran en el campo un brazalete de colores que representaba la diversidad y el rechazo a la discriminación. Sin embargo, el reglamento del torneo de la FIFA prohibía expresamente a jugadores y oficiales mostrar mensajes políticos, religiosos o personales en el equipamiento o en el cuerpo, y recalcaba que los capitanes de la fase final debían llevar los brazaletes suministrados por la FIFA. El 21 de noviembre, Inglaterra, Gales, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Alemania y Dinamarca publicaron un comunicado conjunto: la FIFA les había dejado claro que impondría sanciones deportivas, entre ellas posibles tarjetas amarillas. Las siete selecciones renunciaron entonces a que sus capitanes llevaran aquel brazalete durante los partidos. Un gesto que pretendía hacerse visible en el césped se replegó fuera de él ante la amenaza de una tarjeta.

Ese pequeño episodio permite ver con bastante claridad una relación de fuerzas. ¿Cuánto poder puede tener un brazalete por sí solo? Apenas es una tira de tela, unos colores y un significado. Y, sin embargo, se consideró que esa tira de tela no debía aparecer en el terreno de juego porque llevaba un mensaje que desentonaba con la imagen de armonía que el anfitrión quería presentar. Se invocaron las reglas, se mostraron las sanciones y la tira de tela acabó sin aparecer. La disputa no trataba de las reglas del fútbol, sino de qué podía decirse y qué no en el más grandioso de sus escenarios. Lo revelador es que cuanto más se intenta sofocar un mensaje, más lejos puede llegar: se habló mucho más de aquel brazalete ausente de lo que se habría hablado si hubiera aparecido tranquilamente en el campo.

Los tres episodios apuntaban en la misma dirección: antes de que comenzara el gran espectáculo, había que acallar, una por una y en la medida de lo posible, las voces discordantes. Retirar la cerveza fue una concesión; reformular las críticas, una defensa; impedir el brazalete, una prohibición. Lo curioso es que ninguno de esos intentos de cerrar la controversia consiguió cerrarla. La marcha atrás con la cerveza, la retirada de los brazaletes y el discurso de Infantino se convirtieron, por el contrario, en las historias más comentadas de los días previos. La mano que quería acallar el ruido pasó a formar parte del ruido.

V. Aquellas noches sobre el césped

Entonces empezó a rodar el balón. Y, en cuanto rueda el balón, aparece una fuerza que nadie puede escenificar a su antojo.

El 22 de noviembre de 2022, en el estadio de Lusail, Argentina perdió 1-2 contra Arabia Saudí. Messi había adelantado a los argentinos de penalti en el minuto diez, pero nada más comenzar la segunda parte los saudíes dieron la vuelta al partido: Al-Shehri empató en el 48 y Al-Dawsari marcó el segundo en el 53. La racha de 36 encuentros invicta de Argentina terminó así, en un partido cuyo desenlace nadie había previsto. La FIFA lo calificó como una sorpresa histórica. Al día siguiente hubo una jornada festiva en toda Arabia Saudí para celebrar la victoria. Una noche así no podía comprarse ni escribirse de antemano con aquel dinero que había modificado el calendario y enfriado los estadios.

La historia de Marruecos lo mostró aún mejor. La selección llegó hasta las semifinales y se convirtió en el primer equipo africano que alcanzaba esa ronda en la historia de los Mundiales masculinos. En la fase de grupos empató 0-0 con Croacia y ganó 2-0 a Bélgica; en octavos eliminó a España en la tanda de penaltis, tras otro 0-0, con dos lanzamientos detenidos por Bono; en cuartos dejó fuera a Portugal por 1-0. Un equipo africano, en el primer Mundial celebrado en el mundo árabe, avanzó paso a paso hasta donde ninguno de los suyos había llegado nunca.

Esas noches fueron la parte del Mundial que nadie podía haber escrito de antemano. Todo lo organizado antes, el calendario, los estadios, las infraestructuras, incluso el manejo de cada voz en los días previos, transmitía la impresión de un control absoluto. Pero ese control dejó de funcionar en cuanto el balón echó a rodar. Nadie podía disponer que Arabia Saudí derribara a Argentina, ni que un equipo africano llegara a semifinales, ni mucho menos que los momentos más conmovedores de un torneo preparado con tanto cuidado surgieran precisamente de esas sorpresas que habían quedado fuera de todos los planes. Ahí reside lo más fascinante del fútbol: siempre hay una parte que ningún poder, ningún dinero y ninguna preparación minuciosa pueden someter ni comprar. Esa parte brota por sí sola entre las grietas del guion.

Y el camino entero de Argentina hacia el título comenzó precisamente con aquella derrota humillante. Después de perder contra Arabia Saudí, el equipo no se hundió: fue superando un partido tras otro. Venció 2-0 a México y 2-0 a Polonia para clasificarse como primero de grupo; en las eliminatorias ganó 2-1 a Australia, pasó por penaltis ante Países Bajos después de un 2-2 y derrotó 3-0 a Croacia para llegar a la final. El cuento que después se contaría tantas veces no empezó con una victoria arrolladora, sino con una derrota dolorosa que estuvo a punto de hacer que todos lo dieran por muerto. Lo verdaderamente conmovedor suele nacer así, justo allí donde menos se había podido ordenar de antemano.

Visto desde el final, resulta fácil presentar el título de Argentina como algo predestinado: una grandeza como la de Messi merecía ese desenlace. Pero no era así como se vivía entonces. La noche de la derrota contra Arabia Saudí nadie sabía qué iba a ocurrir. Muchos creyeron de verdad que aquel equipo y aquel Messi volverían a casa, una vez más, con una decepción a cuestas. Acabaron ganando, no porque el guion hubiera decidido de antemano que debían hacerlo, sino porque no se derrumbaron en ninguno de los encuentros que siguieron y fueron apartándose del precipicio partido a partido. Leer la victoria posterior como un final destinado desde el principio es una ilusión retrospectiva. El recorrido real estuvo lleno de bifurcaciones en las que todo pudo haber sido distinto: si aquella parada no se hubiera logrado, si aquel penalti no hubiera entrado, estaríamos contando otra historia. El campeonato no estaba escrito. Lo fueron arrancando, a golpe de balón, de entre innumerables posibilidades.

Cuando pasen los años y se recuerde este Mundial, quizá no permanezcan en la memoria las cifras frías ni los reglamentos que se cambiaban una y otra vez. Pero sí aquella noche en la que Messi estuvo cerca de despedirse ya en la fase de grupos, los jugadores de Marruecos que llevaron a sus madres al centro de las gradas y un país entero, Arabia Saudí, de fiesta por una victoria. Ninguna de esas imágenes fue dispuesta por alguien de antemano. Precisamente ellas forman la parte verdaderamente viva de este Mundial. También muestran, desde otro ángulo, que lo más conmovedor de una gran celebración suele ser aquello que no puede controlar, antes que aquello que ha preparado minuciosamente. Y es justamente de eso de lo que el corazón guarda los recuerdos más duraderos: no de la grandeza planificada, sino de la verdad que, sin previo aviso, irrumpe por sí sola ante nuestros ojos.

VI. La final más grande

18 de diciembre de 2022. Estadio de Lusail. Argentina contra Francia.

La final acabó 3-3 entre el tiempo reglamentario y la prórroga. Argentina ganó 4-2 en la tanda de penaltis y levantó la Copa del Mundo. Lo ocurrido en esos noventa minutos más treinta se repetiría después una y otra vez: Messi abrió el marcador de penalti en el minuto 23; Di María hizo el 2-0 en el 36. Cuando parecía que Argentina iba a conquistar el título sin dificultades, Mbappé transformó un penalti en el 80 y volvió a marcar en el 81: en menos de dos minutos había puesto el 2-2. En la prórroga, Messi aprovechó un rechace para marcar en el 108; Mbappé respondió en el 118 con otro penalti y llevó el marcador al 3-3. Se convirtió así en el segundo jugador, después de Hurst en 1966, que marcaba tres goles en una final de un Mundial masculino.

En la tanda de penaltis, Emiliano Martínez detuvo el lanzamiento de Coman. Antes, en los últimos instantes de la prórroga, ante un remate de Kolo Muani en un mano a mano, salió de su línea, estiró la pierna y logró bloquear el balón: aquella parada fue considerada de forma generalizada una de las claves del título. Al final, Montiel convirtió el lanzamiento decisivo. Messi, con siete goles en el torneo, recibió el Balón de Oro; Mbappé, con ocho, se llevó la Bota de Oro, pero en la noche de su mayor gloria individual perdió el trofeo que más deseaba ganar; Emiliano Martínez obtuvo el Guante de Oro.

Nada más terminar el partido, aquella misma noche quedaron prácticamente formados dos relatos.

El primero decía que aquella había sido la final más grande de la historia. No era un premio oficial de la FIFA, sino una valoración inmediata de la opinión pública, pero llegó con enorme rapidez y fuerza. En su información de ese mismo día, Reuters la describió como una de las mejores finales de todos los tiempos. Los materiales oficiales de la propia FIFA señalaron directamente que muchos la estaban calificando como la mejor final de la historia.

Pero, si se examina de cerca, eso de «la más grande de la historia» tiene poca firmeza. La grandeza no es una magnitud que pueda medirse. No hay ningún instrumento que calcule cuánta grandeza contiene una final para compararla con otra y decidir cuál queda por encima. Es una sensación, una valoración, y ambas cambian según la persona, la época y los otros partidos que cada cual lleve dentro. Quienes hoy piensan que esta fue la mejor de todas y quienes en su día lo pensaron de otra no pueden convencerse unos a otros, porque no están comparando una misma cosa que admita una resolución definitiva. «La más grande de la historia» es, por tanto, menos un hecho confirmado que una exclamación de admiración pronunciada sin pensar durante una noche emocionante. Y una exclamación recoge el latido de ese instante: nunca ha sido, ni pretende ser, un dictamen definitivo que pueda incorporarse al libro de los récords.

El segundo relato decía que Messi se había coronado y que la historia había quedado cerrada. Aquella noche, muchos medios recurrieron una y otra vez a palabras como culminación, cierre y coronación. Messi había levantado por fin la Copa del Mundo, y eso se convirtió en el hilo principal con el que se contó todo el torneo. La larga discusión sobre quién era el mejor jugador de la historia parecía haber quedado zanjada de una vez por todas con aquel trofeo.

Hay una razón por la que los dos relatos se impusieron con tanta rapidez. Las personas deseamos que las historias tengan un final. Un genio carga con las esperanzas de todo un país, cae una y otra vez en el último paso, parece a punto de retirarse con el sueño pendiente y, en el ocaso de su carrera, por fin lo cumple. Es un arco demasiado completo y demasiado conmovedor; tanto que nos apresuramos a ponerle un punto final: ya está, todo ha encajado, no queda nada por discutir. Aquella noche en Lusail, casi todo el mundo quería creer que estaba presenciando el último capítulo de una historia. Es comprensible ese impulso de conservar para siempre, intacto y sellado, un momento hermoso. Incluso el propio impulso resulta conmovedor. Pero una cosa es el impulso y otra si algo debe darse por cerrado a partir de él.

Aquí conviene detenerse. La belleza de esta final es real, no hace falta dudarlo: mereció todas las lágrimas que se derramaron aquella noche. Pero hay que tener cuidado al afirmar que con ella quedó cerrado algo. «La final más grande de la historia» y «el mejor jugador de todos los tiempos» no son hechos que puedan dirimirse mediante un fallo; son juicios. Y los juicios no disponen de un mecanismo de resolución definitiva: siempre habrá quien recuerde otras finales y evoque otros nombres. La coronación de Messi es real, pero una coronación no equivale al final de una discusión, porque esa discusión nunca fue un problema que pudiera zanjarse con una sola victoria. El desenlace más hermoso sigue siendo solo un desenlace. Cierra la incertidumbre de aquella noche; no puede cerrar aquello que nunca tuvo una respuesta única y establecida.

VII. ¿Lavado de imagen o algo más?

Cuando terminó la competición, otra discusión apenas empezaba de verdad: ¿qué nombre debía darse a aquel Mundial en su conjunto?

Una expresión se repitió insistentemente: lavado de imagen a través del deporte. Quienes defienden su uso ofrecen una definición relativamente clara: un Estado o una institución se sirve de grandes acontecimientos deportivos, inversiones en clubes y relatos en torno a las estrellas para mejorar su imagen internacional y desviar la atención de determinadas realidades opresivas. En los debates académicos y públicos, el Mundial de Catar aparece a menudo como un ejemplo paradigmático.

Pero quienes cuestionan esa expresión tampoco están defendiendo a Catar en materia laboral y de derechos humanos. Lo que ponen en duda es la precisión del término. Las investigaciones posteriores han señalado repetidamente que el lavado de imagen a través del deporte no tiene una definición unívoca y comúnmente aceptada, y que a menudo se utiliza como una crítica periodística genérica. Hay quien lo llama directamente una trampa normativa: el concepto puede comprimir contextos históricos diferentes, distintos tipos de Estado, reacciones diversas de los públicos y efectos distintos de los torneos en una única explicación esquemática. Algunos estudios advierten que llamar a todo lavado de imagen deportivo puede ocultar la compleja historia política regional que hay detrás, la experiencia histórica de lugares sometidos durante mucho tiempo a potencias extranjeras y el doble rasero mundial que efectivamente existe.

Hay aquí una simetría que cuesta percibir. Los organizadores quieren cerrar el significado del Mundial mediante un espectáculo y lograr que solo se recuerde lo hermoso; algunos críticos quieren cerrar ese mismo significado mediante una expresión y lograr que solo se vea lo deplorable. Los dos gestos apuntan en sentidos opuestos, pero son de la misma naturaleza: imponen una conclusión limpia y tajante a algo demasiado complejo para despacharlo en una frase. La realidad de Catar no fue ni puro esplendor ni puro escándalo: hubo muertes reales de trabajadores y mejoras institucionales reales; hubo una verdadera operación de imagen y un verdadero doble rasero en el trato recibido; hubo acusaciones reales de corrupción, pero no pruebas concluyentes que las confirmaran. Intentar encerrar todo eso en «lavado de imagen» comete, en el fondo, el mismo error que intentar encerrarlo en «el más grande».

Y debajo de todo aquello seguía pendiente un viejo caso. En la documentación de acusación publicada en 2020, el Departamento de Justicia de Estados Unidos incluyó la adjudicación de los Mundiales de 2018 y 2022 entre las tramas examinadas en su prolongada investigación de corrupción. En lo relativo a la sede de 2022, el escrito de acusación sostenía que se habían ofrecido y recibido sobornos a cambio de votar a favor de Catar en la elección de 2010. Pero el propio Departamento de Justicia también recalcaba que seguían siendo acusaciones y que los acusados debían presumirse inocentes hasta que fueran declarados culpables. Catar, por su parte, negó públicamente las alegaciones. Entre las personas señaladas, una murió en 2019 mientras esperaba su extradición y otra fue inhabilitada de por vida por el sistema de ética de la FIFA. Esa sanción, sin embargo, no equivale a que un tribunal estadounidense haya completado un juicio penal sobre aquel voto.

El recorrido es el mismo que el de las sospechas en torno al Mundial disputado cuatro años antes. Una acusación puede ser muy concreta: una persona, una cantidad de dinero, un voto. Pero entre el escrito de acusación y una condena judicial definitiva media todo un procedimiento de presentación de pruebas, interrogatorios y juicio, y ese procedimiento sigue sin completarse. Algunas de las personas señaladas ya han muerto; otras han recibido sanciones de otra clase. Nada de eso significa que exista una conclusión jurídica sobre la gran pregunta: si aquel voto fue comprado. La cuestión permanece suspendida entre la acusación y la conclusión, en una posición especialmente incómoda: ni ha quedado despejada la sospecha ni ha quedado probada. Quienes, desde cualquiera de los bandos, exijan una respuesta tajante solo pueden llevarse una decepción.

Así que ni siquiera puede cerrarse la cuestión de qué fue este Mundial. Los críticos pretenden clausurar de un golpe su significado con la expresión «lavado de imagen», pero esa misma expresión recibe la objeción de simplificar en exceso tantas realidades complejas. El caso de corrupción, por su parte, permanece en el estadio de la acusación, sin llegar a una conclusión. Quienes quieran dictar un juicio definitivo sobre este torneo, ya sea para condenarlo o para demostrar su inocencia, encontrarán que la conclusión clara y terminante sigue sin aparecer.

VIII. Recapitulación

Reunamos ahora todos estos hilos.

El Mundial de Catar 2022 fue el intento de cierre más audaz que haya emprendido la construcción. Ya no recurrió a aquella máquina de 2010 que solo respondía si el balón había cruzado la línea, ni al conjunto de reglas de 2018 que decidía qué valía y qué no. Recurrió a una fuerza de este planeta capaz de reescribir la realidad: el dinero y el espectáculo. Con ella movió el calendario mundial, instaló aire acondicionado en los estadios del desierto, levantó ciudades enteras de la nada y, al final, ofreció una final que innumerables personas calificaron como la más grande de la historia, junto con el cuento de la coronación de Messi, capaz de hacer llorar al mundo entero aquella noche.

Muchos de esos cierres son reales. La belleza sobre el césped, sobre todo, es real. Pero ninguno puede saldar el resto más profundo: esas muertes que no se alcanzan a contar y que quedan sepultadas bajo todo el brillo. Se pueden saldar las cuentas de un estadio, las de un torneo y, partida por partida, las de una década de inversiones de un país. Pero ante ese resto, la operación misma de saldar cuentas deja de funcionar. Nunca se trató de una cantidad que aún no hubiéramos terminado de calcular, sino de personas, una tras otra, de carne y hueso. Y una persona no es una cuenta que pueda saldarse. No es una anotación en un libro: es alguien que tiene nombre, un lugar al que pertenece y seres queridos que lo esperan lejos, alguien que ya nunca volverá.

Esa es una de las ideas más antiguas y obstinadas de la construcción: convertirlo todo en cosas que puedan sumarse, compensarse y, al final, liquidarse. Cuánto vale un estadio; cuánto prestigio puede aportar una victoria; cuánto hay que invertir para mejorar la imagen de un país. En ese cálculo, todas las cosas tienen precio y todas pueden ponerse en una misma balanza. Solo hay algo ante lo que ese cálculo deja de funcionar: una persona. El peso de una persona no se mide en esa balanza. No se puede decir que la vida de un trabajador equivale a tantos kilómetros de metro o a una fracción de un estadio. Tampoco se puede compensar con la gloria de un trofeo una vida que se extinguió en silencio en una obra. Hay cosas que no tienen precio. En cuanto se intenta ponerles uno, en cuanto se intenta convertirlas en equivalencias, ya se ha dejado de comprender qué son.

Y el Mundial de 2022 llevó precisamente ese error a su extremo. Lo que ofreció no fue un encubrimiento tosco, sino el espectáculo más conmovedor del planeta: la final más grande, la coronación perfecta, un cuento capaz de llenar de lágrimas los ojos del mundo entero en una sola noche. Casi parecía decirnos: miren, ¿no basta algo tan hermoso para compensar esas cuentas menos agradables de mirar? Pero cuanto más insistía, más hiriente resultaba aquello que se quería tapar. Porque la belleza y las cuentas no pertenecen a una misma dimensión. La grandeza de la final es una grandeza estética; el déficit de ese libro de cuentas es de otra naturaleza. No se puede rellenar con la primera el vacío del segundo, igual que no se puede pagar una deuda abrumadora con una canción hermosa: no son cosas que puedan intercambiarse. Cubrir con la belleza de una noche las cuentas pendientes de todo un país era un gesto condenado al fracaso desde el principio. No porque la belleza de aquella noche fuera insuficiente, sino porque aquellas cuentas nunca pudieron cerrarse con belleza.

El desenlace más hermoso se convirtió en una tapa con la que se quiso cubrir lo que no admite ser cubierto. Pero cuanto más grandioso es el espectáculo, más ilumina aquello que no logra tapar. Detrás de las luces deslumbrantes de Lusail están quienes viajaron desde India, Nepal y Bangladés y levantaron con sus propias manos estadios en cuyas gradas nunca se sentarían; quienes murieron sin llegar siquiera a tener una investigación digna sobre la causa de su muerte; quienes construyeron aquella celebración ladrillo a ladrillo, aunque sus nombres jamás aparecieran en una lista de premiados ni en un marcador. Ninguno de ellos es una cifra que pueda hacerse cuadrar. Incluso el cierre que dentro del estadio parecía más perfecto, la idea de que Messi había sido canonizado y con él quedaba resuelta la discusión sobre el mejor de la historia, sigue siendo solo un juicio y no puede clausurar la discusión real. Hay cosas que ningún gran espectáculo puede tapar ni dejar saldadas. Seguirán ahí después de que se apaguen todas las luces, esperando a que alguien las mire en serio y las reconozca como lo que son. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.