Moscú
La máquina ve con claridad lo ocurrido, pero no puede resolver cómo juzgarlo
En este ensayo
- I. La máquina de la verdad
- II. Aquella mano en la final
- III. Ver con claridad no basta para zanjar la cuestión
- IV. La línea se afina y la polémica crece al otro lado
- V. Otra máquina y otra cuestión sin zanjar
- VI. Una acusación no es una conclusión definitiva
- VII. Donde la máquina no puede intervenir
- VIII. Para cerrar
I. La máquina de la verdad
Al Mundial de Rusia de 2018 llegó una novedad: el árbitro asistente de vídeo, el VAR.
Traía consigo un sueño que el fútbol llevaba un siglo discutiendo sin poder cumplir: acabar de una vez con las polémicas. Antes, cuando se producía un error arbitral, cada bando defendía su versión y ninguno convencía al otro. Después de mucho discutir, lo habitual era dejar el asunto sin resolver. Ahora, en cambio, una máquina podía reproducir fotograma a fotograma lo que acababa de suceder y mostrar a todos, con claridad, qué había pasado. Si todos lo habían visto, ¿qué quedaba por discutir? Era exactamente lo que anhelaba la construcción: un dispositivo capaz de dejar fijada la verdad y cerrar la controversia de una vez para siempre.
Antes de su llegada, la historia del fútbol casi podía contarse como una historia de polémicas. El balón de Wembley en 1966 que nadie había conseguido ver con certeza; la mano de Dios de Maradona en 1986; el disparo de Lampard en 2010 que cruzó claramente la línea y no se dio por válido. Cada episodio se repitió una y otra vez en las pantallas y se discutió otras tantas, sin que nadie lograra convencer de veras a la otra parte. Porque entonces ni siquiera había acuerdo sobre lo que se había visto. Unos juraban que el balón había entrado; otros habrían puesto la mano en el fuego por que no. El mismo instante adquiría formas distintas según los ojos que lo mirasen. El VAR pretendía acabar, ante todo, con ese choque de versiones: mostrar el instante con nitidez, a cámara lenta y desde varios ángulos, para que todos vieran lo mismo.
Su entrada en escena siguió un procedimiento. En su asamblea anual de marzo de 2018, y después de lo que el propio organismo describió como dos años de pruebas, el International Football Association Board, el IFAB, aprobó oficialmente el sistema. Rusia fue el primer Mundial masculino celebrado después de esa aprobación y el primero en utilizarlo. Su intervención quedaba estrictamente limitada a cuatro clases de situaciones capaces de cambiar el resultado: la validez de un gol, la concesión o no de un penalti, la expulsión con tarjeta roja directa y la confusión de identidad al sancionar a un jugador. Fuera de esas cuatro categorías, no debía intervenir.
La selección no era casual. Goles, penaltis, rojas y confusiones de identidad al sancionar son precisamente los cuatro puntos en los que resulta más fácil alterar un partido y desatar la indignación. Un fuera de juego mal señalado anula el gol de la victoria en el último suspiro; un penalti que no correspondía elimina a una selección. Cuántas cuentas pendientes de la historia del fútbol nacieron ahí. El VAR concentraba todos sus recursos en esos puntos decisivos, justo donde un error podía seguir provocando maldiciones muchos años después. Había una ambición evidente en aquel diseño: si la polémica siempre estallaba en los mismos sitios, bastaría con instalar allí una máquina que la sofocara en el acto. Lo que no había previsto era que, precisamente en esos sitios, se escondía algo que no se dejaba sofocar.
Al terminar la fase de grupos, la FIFA publicó un balance arbitral con cifras muy lucidas: 335 comprobaciones, 17 revisiones formales, 14 decisiones modificadas tras la revisión y tres confirmadas. También afirmó que el acierto en las decisiones capaces de alterar el resultado había pasado del 95 % sin el sistema al 99,3 % con él. Conviene precisarlo: se trataba del balance de la fase de grupos, no de las cuentas completas de un Mundial ya terminado. Aun así, la dirección era clara: con el VAR se acertaba más. Uno de sus primeros momentos emblemáticos llegó el 16 de junio de 2018, en el Francia-Australia que acabó 2-1. Cunha, después de consultar al asistente de vídeo, concedió un penalti a Francia. Griezmann lo convirtió. Fue el primer penalti de la historia de los Mundiales señalado con la intervención de este sistema.
Las cifras eran buenas, y eran reales. Lo importante, sin embargo, es entender qué clase de acierto estaban midiendo. La inmensa mayoría de las decisiones corregidas se referían a hechos visibles: si había fuera de juego, si antes de un gol el balón había tocado una mano. La línea estaba allí, el balón también, los jugadores también; bastaba comparar sus posiciones para ver quién estaba delante y quién detrás. En ese plano, el sistema elevaba mucho la precisión. Pero un brillante boletín de notas de la fase de grupos no resolvía una pregunta más incómoda: ¿seguiría funcionando cuando hubiera que juzgar una intención y no una posición, cuando la cuestión fuera si algo constituía una infracción y no si había cruzado una línea? La respuesta no se plantó con toda su crudeza ante los ojos del mundo hasta la final.
El fútbol ya había incorporado antes una máquina más modesta: la tecnología de línea de gol. Su cometido era responder una pregunta estrictamente binaria: ¿había cruzado el balón por completo la línea de meta? Se trataba de un hecho físico. Había pasado o no había pasado, y una máquina podía leer la respuesta en un segundo. El VAR aspiraba a mucho más. Pretendía intervenir no solo en la posición del balón, sino en cuestiones como si debía señalarse un penalti o mostrarse una roja. Extendía la mano desde un terreno de respuestas inequívocas hacia otro mucho menos blanco o negro. Y fue precisamente ese movimiento el que trajo consigo un problema que nadie había previsto.
II. Aquella mano en la final
15 de julio de 2018. Final en el estadio Luzhnikí de Moscú. Francia, cuatro; Croacia, dos.
Aquella final estableció varios récords de golpe. En la primera parte, el croata Mandžukić marcó de cabeza en su propia portería: fue el primer autogol de una final mundialista. Pero la jugada que quedaría grabada durante años llegó en el minuto 38. El árbitro, Pitana, revisó una posible mano en la pantalla situada junto al campo y concedió un penalti a Francia. Griezmann lo marcó. Era la primera intervención del VAR en una final de la Copa del Mundo. La mano había sido del croata Perišić. Más tarde, el joven Mbappé también anotó; aquel torneo lo vio despuntar como una nueva estrella. Al final, Francia levantó la Copa del Mundo.
Las dos selecciones habían llegado a ese escenario por caminos muy distintos. Francia deslumbraba por su juventud: un grupo de talentos de poco más de veinte años, en plenitud de facultades físicas y futbolísticas. Croacia tenía una media de edad bastante más alta. Representaba a un país pequeño, de apenas unos millones de habitantes, y había tenido que disputar tres prórrogas consecutivas en las eliminatorias. Había llevado los partidos hasta el último instante, había pasado por los penaltis y había logrado abrirse camino hacia la final a duras penas. Cuando sus jugadores pisaron aquel césped, ya les quedaba muy poca fuerza en las piernas. A un lado, una juventud que había podido guardar energías; al otro, una tenacidad con el depósito vacío. El enfrentamiento tenía todos los ingredientes de una epopeya. Pero en el minuto 38, una inesperada decisión por mano desvió su curso.
Debía haber sido una final de la que contar muchas cosas. El primer gol en propia puerta de una final mundialista, un adolescente marcando en el mayor escenario posible, un 4-2 de fútbol abierto y ataques en ambas direcciones: cualquiera de esos elementos habría bastado para alimentar durante años la memoria de los aficionados. Sin embargo, aquel penalti terminó eclipsándolos casi todos. Al recordar la final de 2018, lo primero que suele venir a la cabeza no es el autogol ni la nueva estrella, sino la mano de Perišić y una discusión que sigue sin cerrarse. La alegría y la pena de toda una final, noventa minutos de carreras, disputas, lágrimas y gritos, acabaron casi reducidos a una sola pregunta: ¿aquella acción era sancionable o no?
La secuencia del penalti no ofrece dudas. Dentro del área, el balón golpeó el brazo de Perišić. La repetición lo mostraba con toda claridad y nadie lo negaba. Había contacto entre el balón y la mano: un hecho que la máquina ofrecía al mundo con la máxima nitidez. Pitana fue a la banda, volvió a verlo por sí mismo y señaló el punto de penalti.
Ese paseo hasta la pantalla era una escena nueva que la máquina había incorporado al teatro del fútbol. Antes, el árbitro no disponía de repeticiones de vídeo a pie de campo para revisar sus decisiones. Ahora podía detenerse de pronto, llevarse una mano al auricular para escuchar un aviso desde fuera del campo y trotar hasta el monitor. Allí se inclinaba y miraba varias veces los mismos pocos segundos. Decenas de miles de personas en el estadio y cientos de millones ante el televisor contenían el aliento mientras contemplaban con él aquella pequeña pantalla. Por un instante parecía que la verdad estaba a punto de ser proclamada de manera definitiva, sin posibilidad de réplica. Pitana terminó de mirar, se incorporó y señaló el punto de penalti. La máquina había dictado su veredicto: allí había habido una mano.
En una final, un penalti pesa muchas veces más que de costumbre. Es casi un gol aparecido de la nada: no hace falta abrir con esfuerzo la defensa contraria; basta un lanzamiento para cambiar el marcador. Para un equipo al límite del agotamiento, suele ser el golpe que termina por hundirlo. Por eso aquella decisión no sancionó simplemente una mano. En cierta medida, movió el rumbo de toda la final. Y lo que movía ese rumbo no era un disparo lejano prodigioso ni una combinación de ensueño, sino una mano sobre cuya intencionalidad el mundo entero sigue sin ponerse de acuerdo. El destino último de una Copa del Mundo quedó así atado a un juicio que nadie lograba zanjar.
En principio, la historia debería haber terminado ahí. La repetición había hecho lo que se esperaba de ella: enseñar a todos la jugada tal como había sucedido. Todos lo habían visto. El balón había tocado la mano. Si la verdad estaba tan claramente expuesta, ¿qué podía quedar por discutir? Pues fue justo entonces cuando empezó el verdadero problema.
III. Ver con claridad no basta para zanjar la cuestión
Nadie discutía que el balón hubiera tocado la mano. Pero, en cuanto terminó la final, estalló la polémica. Y lo que se discutía no era, precisamente, aquello en lo que todos estaban de acuerdo.
La pregunta era otra: que el balón tocara la mano, ¿constituía una infracción?
Según la regla vigente antes de 2019, una de las claves para sancionar una mano era determinar si se había tocado el balón deliberadamente. En la acción de Perišić, ¿el brazo se había interpuesto por casualidad al intentar bloquear el balón o el jugador lo había utilizado conscientemente para detenerlo? Eso no podía verse en la repetición. Las imágenes permitían afirmar que el balón había tocado la mano, pero no que ese contacto hubiera sido intencionado. Había además una dificultad añadida: el propio sistema había fijado como umbral de intervención el «error claro y manifiesto». Solo debía actuar cuando la decisión inicial fuera inequívocamente errónea. La jugada de Perišić, en cambio, era uno de esos casos fronterizos que admiten dos lecturas por muchas vueltas que se les dé. El análisis de Reuters después del partido lo dijo sin rodeos: no parecía una intervención destinada a corregir un error manifiesto. Un comentarista reconoció que, en última instancia, se trataba de una cuestión de criterio, pero añadió que aquella acción no le parecía en absoluto un error evidente. También hubo quienes defendieron lo contrario: a su juicio, el movimiento del brazo de Perišić y la forma en que bloqueó el balón bastaban para señalar penalti. Los expertos se dividieron en dos bandos nada más terminar el encuentro.
No discutían sobre lo que habían visto. Habían visto exactamente lo mismo: el balón golpeando el brazo de Perišić. Discutían sobre cómo había que juzgar ese mismo hecho. Unos decían que el brazo estaba separado del cuerpo y había cortado la trayectoria del balón, por lo que correspondía sancionarlo. Otros sostenían que era un movimiento natural, imposible de detener al tratar de bloquear, y que no debía castigarse porque no había intención. Se podía repetir el vídeo cien veces más sin obtener una respuesta: la respuesta no estaba en las imágenes. En ellas solo había una mano y un balón. Si esa mano había actuado de forma deliberada o involuntaria, si aquel bloqueo merecía una sanción, eran cuestiones que exigían un juicio humano, una calificación de lo sucedido. Y ninguna cámara puede filmar un juicio ni una calificación.
Había un absurdo todavía más profundo: en la final, la máquina infringió la regla que ella misma se había impuesto. Decía que solo intervendría ante un error claro y manifiesto de la decisión inicial. Pero la acción de Perišić no era, en absoluto, un error de esa clase. Era una jugada fronteriza, defendible en ambos sentidos según cómo se interpretara. El sistema debía limitarse a los casos en que el acierto o el error saltaban a la vista y, sin embargo, se metió de cabeza, en el mayor escenario posible, en una zona gris que ni siquiera alcanzaba su propio umbral. Se extralimitó. Y no lo hizo porque alguien hubiera faltado a su deber, sino porque aquello que pretendía resolver no tenía de entrada nada de claro y manifiesto. Unas reglas nacidas para eliminar la ambigüedad acabaron puestas en jaque por la propia ambigüedad.
En el fondo, ver y juzgar son cosas distintas. Ver es tarea de los ojos: si el objeto está ahí y hay luz suficiente, todos deberían ver lo mismo. Juzgar es tarea de la mente: consiste en decidir, sobre lo que vemos, qué está bien y qué está mal, qué corresponde y qué no. Una máquina puede hacer lo primero por nosotros, con más constancia, menos distracciones y sin que la preferencia por un equipo le nuble la vista. Pero no puede sustituirnos en lo segundo. En todo juicio entran nuestro sentido de la medida, nuestras elecciones, toda una manera de entender qué es justo y qué significa actuar deliberadamente. Nada de eso cabe en el objetivo de una cámara. La máquina de la verdad llevó el ver a su máxima expresión; precisamente por ello, devolvió a los seres humanos, de una forma aún más radical, la tarea de juzgar.
Se veía perfectamente, pero seguía sin poder zanjarse la cuestión. Ese fue el muro contra el que chocó la máquina de la verdad. Podía cerrar con firmeza el plano de lo sucedido: el balón había tocado la mano. Con ello dejó ese punto resuelto de una vez; nadie podía seguir discutiéndolo. Pero la controversia no desapareció. Se mudó de lugar: de qué había ocurrido a cómo debía calificarse lo ocurrido. Y esa calificación no es un hecho visible. Es una línea que trazamos en nuestro fuero interno, entre lo deliberado y lo involuntario, entre lo que debe castigarse y lo que no. La cámara puede mostrar hasta el último detalle de una mano, pero no puede captar esa línea, porque la línea no está en el campo: está en las reglas y en el juicio. Cuanto más iluminaba el hecho, más aislado y patente quedaba el juicio que su luz no alcanzaba. La máquina no había eliminado el resto. Solo lo había expulsado a un lugar fuera de su alcance, donde la discusión podía continuar.
IV. La línea se afina y la polémica crece al otro lado
Un hecho lo deja particularmente claro: al año siguiente de aquella final, el IFAB reescribió la regla de la mano.
La razón que dio el propio organismo fue que hacía falta más claridad. La nueva redacción incorporó expresiones que antes no figuraban, como si la posición del brazo hacía que el cuerpo ocupara más espacio de manera antinatural o si la mano se encontraba por encima o más allá de la altura del hombro. Ahí había una prueba por escrito: se consideraba insuficientemente clara la regla que había regido la final de 2018. Y si se reescribió, fue precisamente para abordar el tipo de controversia que el Mundial de Rusia había dejado al descubierto.
Eso iluminaba con especial nitidez la frontera entre la tecnología de línea de gol y el VAR. La primera podía resolver su problema de una vez para siempre porque el problema ya tenía una respuesta inequívoca: que un balón cruce o no una línea es un hecho físico, sin una segunda lectura posible. Que una mano deba sancionarse nunca ha tenido una respuesta de ese tipo. Es mitad hecho, mitad interpretación. Meter el VAR en ese terreno es como utilizar una regla de medir longitudes para decidir si algo es bonito. Por exacta que sea, la regla no dará la respuesta, porque la respuesta no es una longitud. El aprieto del VAR en la final no consistió en una falta de precisión. Consistió en tropezar con una cuestión para la que la precisión no servía.
Pero ¿una línea mejor definida puso fin a la controversia? No. Solo desplazó la frontera. Antes se discutía si el contacto había sido deliberado; ahora tocaba discutir si el cuerpo ocupaba más espacio de manera antinatural y si el brazo había superado realmente la altura del hombro. ¿Dónde termina el balanceo natural de un brazo junto al cuerpo y dónde empieza una separación antinatural? ¿Una mano levantada justo a la altura aproximada del hombro cuenta como situada por encima de él? La nueva regla trazaba una línea nueva, aparentemente más precisa. Pegada a su borde exterior brotaba enseguida otra franja de casos dudosos. Por fina que se dibuje una línea, siempre habrá un balón que caiga exactamente sobre ella.
El problema no es que la regla esté mal redactada y pueda resolverlo alguien más inteligente. Es un destino inseparable del propio acto de trazar límites. Toda regla intenta imponer una división de sí o no sobre una realidad continua, sin junturas naturales. Pero la realidad no funciona a base de síes y noes. Un brazo puede separarse del cuerpo en miles de ángulos; entre lo deliberado y lo involuntario hay innumerables estados intermedios; la zona del contacto, la fuerza del balón y el momento en que llega admiten combinaciones sin fin. Se traza una línea y todo aquello queda partido en dos: sancionable y no sancionable. Los casos inmediatamente contiguos, a un lado y al otro, siempre serán los más difíciles de distinguir. Allí donde se coloque la línea irá a instalarse la discusión más encendida.
Eso es lo que repiten una y otra vez la máquina y el conjunto de reglas que la sostiene. Cada vez se intenta endurecer la norma hasta no dejar espacio al juicio, de modo que la controversia no encuentre dónde alojarse. Y cada vez, esa norma más afilada se convierte a su vez en algo que hay que interpretar, discutir y forzar para ver por dónde cede. Se quiere cerrar una polémica mediante una línea más clara y, en un instante, la propia línea se transforma en el campo de batalla de la siguiente. Las reglas se vuelven cada vez más minuciosas, pero el resto que no sabemos resolver nunca queda encerrado dentro de ellas. Reaparece, una y otra vez, por fuera del último límite trazado.
La línea de 2019 no iba a correr otra suerte. En cada gran torneo posterior surgirían nuevas manos justo en su borde: ¿estaba aquel brazo separado de una forma antinatural?, ¿alcanzaba aquella posición la altura del hombro? Serían los asuntos de una nueva ronda de discusiones acaloradas. Llegado ese momento, lo más probable es que alguien volviera a decir que la regla seguía sin ser suficientemente clara y había que cambiarla. Así, una versión sucedería a otra, cada vez más precisa y más larga, sin que ninguna consiguiera encerrar de verdad la polémica. Es como un agujero imposible de rellenar: por muchas reglas minuciosas que se echen dentro, siempre se hunde un nuevo tramo del borde.
V. Otra máquina y otra cuestión sin zanjar
Fuera del terreno de juego, el Mundial de 2018 cargaba con otra pregunta sobre cómo juzgar lo ocurrido, mucho mayor que la de aquella mano: ¿había comprado Rusia su Mundial?
Hay que empezar por el principio. El 2 de diciembre de 2010, la FIFA adjudicó a Rusia el Mundial de 2018 y, ese mismo día, a Catar el de 2022. Las dos votaciones desataron preguntas que seguirían planteándose durante años. La FIFA abrió una investigación ética interna sobre los procesos de candidatura y puso a García al frente.
Los resultados ya parecían extraños en su momento. Rusia ganó la sede de 2018 con una amplia ventaja en la segunda ronda, mientras que Inglaterra, una de las grandes favoritas y la que más a fondo había preparado su candidatura, obtuvo apenas dos votos y quedó eliminada en la primera, de forma casi humillante. Para 2022, Catar, un país cuyo calor estival hacía casi imposible jugar al fútbol, derrotó a Estados Unidos y consiguió el Mundial. Una sede de veranos abrasadores iba a organizar el torneo; la candidatura mejor preparada se llevaba solo dos votos. Bastaban aquellos resultados para que todo el mundo se preguntase si detrás no habría algo turbio. Pero las sospechas no podían responderse a base de conjeturas. De ahí la investigación posterior.
Una investigación ética, sin embargo, tiene límites claros entre lo que puede hacer y lo que no. No es un tribunal. No puede obligar a comparecer a los testigos, no hay contrainterrogatorio y tampoco tiene potestad para condenar ni imponer penas. Puede examinar los documentos a los que tiene acceso, dejar constancia de lo que parece irregular y presentar una exposición de hechos y algunas recomendaciones. Se parece más a un chequeo interno que a un juicio. Por muchos males que detecte, sus resultados no se convierten por ello en una sentencia. Puede sacar a la luz los problemas, pero no puede, ni tiene autoridad para hacerlo, estampar sobre la adjudicación un sello definitivo de limpieza o corrupción. Puede exponer una por una las dudas; no consigue cerrarlas.
El informe completo no se hizo público hasta 2017. Lo que mostraba no era una sentencia rotunda, sino un paisaje de pruebas muy desigual. Rusia recibió críticas porque los ordenadores alquilados que había utilizado su equipo de candidatura habían sido destruidos, lo que dejaba muy poca documentación disponible. Ya nunca podría comprobarse qué habían contenido. Era el reverso exacto de la máquina de las repeticiones: allí se había borrado hasta la posibilidad de volver a mirar. Países Bajos y Bélgica aparecían como colaboradores plenos y valiosos, sin que se hubieran detectado problemas. Sobre Catar, el informe decía que había cooperado plenamente, pero registraba al mismo tiempo reuniones, gestiones y movimientos de dinero que los investigadores consideraban pertinentes y, en algunos casos, incluso preocupantes. No era una sentencia que estableciera quién había comprado una sede. Era una investigación ética que había encontrado problemas y vacíos de prueba, y había propuesto reformas.
Los ordenadores destruidos eran un detalle que saltaba a la vista. La máquina de la verdad del estadio se sostenía sobre la grabación y conservación de todo, para permitir una revisión fotograma a fotograma. En aquella adjudicación bajo sospecha ocurría lo contrario: los ordenadores que debían guardar las respuestas habían sido destruidos después de usarse, y nadie volvería a ver jamás lo que contuvieron. En un extremo, fijar las imágenes hasta el último detalle; en el otro, borrarlas de raíz. Los dos desembocaban, sin embargo, en el mismo desenlace: la pregunta decisiva, si la sede había sido comprada, seguía sin respuesta. Y eso dice mucho. A veces no se logra dejar establecida la verdad no porque falte nitidez, sino porque lo que hay que juzgar no puede resolverse solo mirando. Se vea muchísimo o no quede nada que ver, al final se choca contra el mismo muro.
La propia investigación tampoco logró apaciguar la polémica. Antes de publicarse el informe íntegro, Eckert había difundido un resumen de 42 páginas según el cual no había razones para repetir todo el proceso de adjudicación. García afirmó públicamente que ese resumen contenía descripciones erróneas de su trabajo. Recurrió, su recurso fue desestimado por motivos de procedimiento y, después, dimitió de su cargo en el Comité de Ética de la FIFA como protesta. Una investigación destinada a poner punto final a la controversia acabó con la marcha indignada de su propio responsable, que no aceptaba cómo se habían presentado sus conclusiones.
Una investigación concebida para resolver una polémica terminó convertida en parte de ella. Hay algo casi fatal en ese ciclo. Se la había puesto en marcha para obtener una explicación definitiva, una conclusión que hiciera callar a todo el mundo. Lo que entregó fue algo sobre lo que ni sus propios responsables podían ponerse de acuerdo: una parte decía que no había problema; otra denunciaba descripciones erróneas; alguien acababa marchándose indignado. Se había querido cerrar la controversia con una investigación y la propia investigación se abría en nuevas controversias. El parecido con lo ocurrido en el campo era asombroso. Se construye un dispositivo para acabar con las disputas de una vez para siempre, pero las disputas no terminan: cambian de lugar, se cuelan por las grietas del propio dispositivo y siguen armando ruido.
VI. Una acusación no es una conclusión definitiva
El derecho va más lejos que una investigación ética.
En la gran causa por corrupción que afectaba a la FIFA, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó las primeras acusaciones en mayo de 2015. En una sola tanda acusó a nueve dirigentes de la FIFA y a cinco ejecutivos de empresas, y anunció también que varias personas y empresas se habían declarado culpables. El caso iba mucho más allá de las votaciones de los Mundiales de 2018 y 2022: comprendía derechos de retransmisión, competiciones regionales de clasificación y toda una variedad de mecanismos de soborno.
En abril de 2020, la Fiscalía federal del Distrito Este de Nueva York anunció que un tercer escrito de acusación sustitutivo incluía tramas relacionadas con la elección de sedes de la FIFA, entre ellas la del Mundial de Rusia de 2018 y la del que estaba previsto celebrar en Catar en 2022. Pero, en ese mismo comunicado, el Departamento de Justicia subrayaba que se trataba de acusaciones y que los acusados debían presumirse inocentes hasta que se demostrara su culpabilidad.
Una acusación y una conclusión probada son cosas distintas, aunque a menudo se salta de una a otra sin detenerse. Que un escrito de acusación atribuya sobornos a una operación significa que la fiscalía sostiene esa imputación y se dispone a probarla ante un tribunal, no que se trate ya de un hecho demostrado. Hasta que la justicia lo determine de manera definitiva, seguirá siendo una alegación. Ese rigor no está para exculpar a nadie. Al contrario: está para evitar una injusticia, porque ser acusado no equivale a ser culpable. Aplicado con honestidad a este Mundial, lleva a una conclusión concreta: en torno a su adjudicación hubo acusaciones, investigaciones y sospechas por todas partes, pero hasta hoy ningún tribunal ha declarado de manera concluyente que esa sede fuera comprada.
Conviene dejarlo claro: no precipitar una conclusión no significa avalar a nadie. Decir que no se ha demostrado que se comprara la sede y decir que la adjudicación fue sin duda limpia son cosas completamente diferentes. Lo primero reconoce con honradez hasta dónde llegan las averiguaciones, sin rellenar los huecos con una sentencia que proporcione satisfacción. Lo segundo sí exculpa. La posición verdaderamente honesta está entre ambas: no fingir que las sospechas no existen ni fingir que ya constituyen pruebas irrefutables. Hay asuntos en los que el bien y el mal se distinguen a simple vista y corresponde decirlo sin rodeos. Este no es uno de ellos. Es una niebla que aún no se ha disipado, y lo último que debe hacerse ante la niebla es señalarla con rotundidad y afirmar que allí hay una montaña, o que allí no hay nada.
La distinción importa muchísimo. El conjunto de aquella causa sí produjo numerosas condenas y declaraciones de culpabilidad: el entramado de corrupción existía de verdad. Pero eso es distinto de una resolución judicial que declare que Rusia o Catar compraron mediante sobornos sus respectivas sedes y que, por ese motivo, se les retire legalmente la organización. Ninguna de las dos adjudicaciones fue revocada. Rusia celebró el Mundial de 2018 y Catar el de 2022. Las acusaciones existieron y las declaraciones de culpabilidad también. De ahí a afirmar que la gran pregunta, si la adjudicación del Mundial fue limpia, tiene ya una respuesta definitiva hay un salto injustificado. Ocurre lo mismo que con la mano de la final: a veces se pueden fijar los hechos hasta en sus detalles más minuciosos, pero el juicio más amplio permanece suspendido, sin cerrarse. Admitir de buena fe que una acusación todavía no es una conclusión, y que la pregunta principal carece por ahora de respuesta, es precisamente negarse a tapar con una conclusión satisfactoria algo que no se ha esclarecido.
Así terminó aquel Mundial: con un signo de interrogación que lo acompañó hasta el final y con el que quedó para siempre en la historia. No ocurre como en un partido, donde el pitido final fija un resultado. Para establecer si una adjudicación fue limpia no hay silbato final ni marcador. Quienes disfrutaron del torneo pueden quedarse con el espectáculo del césped; quienes lo cuestionan pueden seguir mirando las sospechas sin resolver. Lo más honesto quizá sea reconocer que ambas cosas siempre han coexistido: un Mundial de fútbol muy atractivo y una nube de sospechas que nunca se ha disipado ni ha quedado confirmada. Ninguna ha borrado a la otra. Como las de aquella mano, estas cuentas no se dejan cerrar.
VII. Donde la máquina no puede intervenir
El Mundial de 2018 planteaba además preguntas que quedaban fuera de la competencia de cualquier máquina y de cualquier investigación.
En marzo de aquel año se produjo un envenenamiento en Salisbury, en el Reino Unido. Como respuesta, el Gobierno británico anunció que ningún ministro ni miembro de la familia real acudiría al Mundial de Rusia. Islandia comunicó después que tampoco asistirían sus máximos dirigentes. Conviene precisar que fue un boicot diplomático, consistente en la ausencia de autoridades y miembros de la realeza, no un boicot deportivo. Inglaterra participó en el Mundial; se siguió jugando y el torneo se celebró. Una máquina puede decidir si un balón ha cruzado la línea de gol, pero no si un país acusado de envenenar a personas en territorio extranjero debe organizar tranquilamente una fiesta a la que acuda el mundo entero. Esa pregunta no se responde solo viendo con claridad lo sucedido.
El boicot diplomático y la participación deportiva discurrían por dos líneas paralelas que no se encontraban. En una estaban las ausencias de autoridades y miembros de la realeza, un gesto y una toma de posición. En la otra, las selecciones viajaban como siempre, se jugaba como siempre y los aficionados llenaban los estadios rusos. Ninguna línea logró interrumpir de verdad a la otra. Los pronunciamientos iban por su lado y el Mundial se celebraba tal como estaba previsto. Ahí había una cuestión en la que ni las máquinas ni las investigaciones podían intervenir: ¿cómo juzgar a un país que, mientras es acusado de envenenar a personas en suelo ajeno, abre los brazos para recibir al mundo? No es una pregunta sobre un hecho, con una repetición que mirar o unos datos que consultar. Está delante de todos, pero nadie dispone de una respuesta indiscutible.
Y en el fondo de esa pregunta hay personas reales. El envenenamiento de Salisbury no dañó a un país abstracto, sino a personas con nombre y apellidos, de carne y hueso. Fueron envenenadas, se desplomaron y lucharon por sobrevivir en un hospital de un país extranjero. Cuanto más brillan las luces del Mundial y más fuerte resuenan los vítores de los estadios, más silenciosas e invisibles parecen esas personas que habían estado postradas en camas de hospital a miles de kilómetros. Ninguna máquina las incluirá al calcular el marcador; ningún informe de audiencias les reservará una casilla. Y, sin embargo, son precisamente esas vidas que no figuran en las frías cuentas las que menos derecho tenemos a borrar detrás de todo el estruendo. La fiesta sigue adelante, pero un buen espectáculo de fútbol no reduce ni un ápice lo que les ha ocurrido.
La sombra del dopaje también acompañó al anfitrión. Rusia llegó a su propio Mundial bajo la sombra del escándalo de mayor alcance que había revelado la investigación McLaren. En lo referido al fútbol, la FIFA anunció en mayo de 2018 que los representantes del país anfitrión no intervendrían en el procedimiento de controles antidopaje del torneo. Más tarde afirmó que, tras investigar la documentación relacionada con McLaren, no había encontrado pruebas suficientes de infracciones de la normativa antidopaje por parte de la selección rusa a la que permitió competir. Era otra cuestión difícil de zanjar: al no haber pruebas suficientes, se autorizaba la participación, pero la sombra no desaparecía por pronunciar esas palabras. Si hubo consumo de sustancias prohibidas, si aquella mano fue deliberada o si se compró aquel Mundial son cuestiones sobre las que ninguna máquina puede dictar un veredicto que cierre el asunto para todos.
Al colocar esas preguntas una al lado de la otra aparece un rasgo común. En último término, lo que todas preguntan no es si algo sucedió, sino cómo debe juzgarse y cómo debe tratarse a un grupo de personas. En el envenenamiento, los perjudicados son seres humanos de carne y hueso. En las sospechas de dopaje, lo que está en suspenso es la inocencia de una selección. Y, por encima, queda una cuestión mayor: si un país acusado de tales actos debe ser presentado ante el mundo entero para ejercer de anfitrión. Ninguna máquina ni ningún conjunto de datos puede zanjar limpiamente esas preguntas. Lo que se sopesa no es el peso de los hechos, sino el de las personas. Y ninguna balanza mecánica puede pesar lo que vale una persona.
Así, dentro y fuera del campo, aquel Mundial estaba lleno de hitos fronterizos. A un lado quedaban los hechos que la máquina puede ver y calcular con claridad; al otro, los juicios y las cuestiones de bien y mal que no alcanza. Si el balón tocó la mano, la máquina tiene la última palabra. Si el contacto fue deliberado, no la tiene. Si se detectaron sustancias prohibidas en la selección rusa, el procedimiento tiene la última palabra. Si la sombra se ha disipado, no la tiene. Qué delito admitió cada dirigente lo determina la justicia. Si la adjudicación del Mundial fue realmente limpia, no lo determina ella. En cada punto, la máquina cerraba con rotundidad una mitad y dejaba la otra, a plena vista, fuera de su alcance.
VIII. Para cerrar
Reunamos ahora todos los hilos.
El Mundial de Rusia de 2018 invitó a una máquina de la verdad. Fue el intento más audaz emprendido hasta entonces por la construcción para cerrar la controversia. Ya no se conformaba con preguntas menores, como si un balón había cruzado una línea. Quería fijar de una vez sobre los hechos, mediante las repeticiones, todas aquellas decisiones arbitrales que más fácilmente encendían una disputa.
Y consiguió la mitad. Cerró de manera impecable el plano de lo sucedido: las imágenes mostraban con claridad si el balón había tocado la mano y sobre ese punto ya nadie podía discutir. Pero no acabó con la controversia, ni podía hacerlo. Porque la controversia nunca se había limitado al plano de lo sucedido. Una vez cerrado ese plano, no desaparecía: se trasladaba al de su calificación. ¿Aquel contacto era deliberado? ¿Aquel penalti fue un error arbitral? ¿Fue limpia aquella adjudicación? ¿Era inocente aquella selección? Cómo juzgar todo eso no es un hecho que pueda verse. Es una línea trazada en las reglas y en nuestro fuero interno. Una cámara puede captar la mano, pero no la línea. Un informe puede enumerar las reuniones, pero no producir una sentencia.
Esa es la paradoja más profunda de la máquina de la verdad: cuanto mayor es su poder, más claramente delimita sus propias fronteras. Una máquina capaz de verlo todo deja ver con especial crudeza lo que no puede verse, lo que nunca podría resolverse mirando, precisamente porque ha mostrado ya todo lo visible. Al iluminar la mitad correspondiente a los hechos, hace que la mitad del juicio parezca más oscura que nunca. Antes, hechos y juicios se mezclaban en unas cuentas confusas; nadie sabía dónde terminaba una parte y empezaba la otra. Ahora la máquina separaba con limpieza los hechos y dejaba el juicio solo, sin lugar donde esconderse. Solo entonces se advertía que el verdadero obstáculo nunca había sido no ver bien, sino aquello que sigue sin poder resolverse por mucho que se vea.
De ahí una escena que se repite sin cesar. Cada vez que se cierra un plano, el resto que no se deja cerrar se desplaza uno más allá. Se afina la línea de la regla y la polémica crece al otro lado. Se intenta cubrir una duda con una investigación y la propia investigación provoca otras nuevas. El resto nunca se elimina. Una y otra vez se muda a un lugar que el dispositivo no alcanza y permanece allí. Cuanto más poderosa se vuelve la máquina de la verdad, mejor señala sus propios límites: puede iluminar los hechos, pero su luz no penetra en el juicio.
Esa pauta no pertenece solo al fútbol. Allí donde alguien quiera construir una máquina, un código o un procedimiento que acabe de una vez para siempre con cierta clase de disputas, la escena se repetirá. La máquina o el código siempre podrán cerrar la capa más superficial, la más fácil de medir. Pero cuanto más limpiamente la cierren, más desplazarán la verdadera dificultad a un terreno sobre el que no tienen poder. No pueden dar una respuesta sobre el bien y el mal; solo pueden ofrecer hechos. Entre los hechos y el bien y el mal siempre media una zanja que han de cruzar los seres humanos y que la máquina no puede saltar. La del Mundial de Rusia se limitó a iluminar de nuevo aquella vieja zanja con la tecnología más reciente y más nítida. Nos dejó ver una vez más que hay cosas que podemos mirar con absoluta claridad sin lograr decir si están bien o están mal.
Y allí donde esa luz no llega hay personas. Está la selección croata, que encadenó tres prórrogas, llevó en las botas todas las esperanzas de un pequeño país de apenas unos millones de habitantes y luchó hasta quedar exhausta, tambaleándose incluso al mantenerse en pie. Está Modrić, elegido mejor jugador del torneo; decidir quién es el mejor tampoco tiene una única respuesta y exige que un grupo de personas sopese y juzgue según su propio criterio. Están quienes sufrieron daños reales fuera del campo, daños que no quedan cancelados porque una gran fiesta se celebre con normalidad. Nada de eso es un hecho que la máquina pueda leer. Puede leer si el balón tocó la mano, a qué lado de la línea del fuera de juego estaba cada jugador, los números que van cambiando en el marcador. No puede leer, en cambio, el peso de lo verdaderamente importante en esas vidas, de lo que jamás podrá convertirse en datos: el ánimo de una selección que lucha hasta el último instante, la batalla de una víctima de envenenamiento en su cama de hospital, el sentimiento de injusticia que el jugador al que sancionaron con un penalti se tragó aquella noche sin poder expresarlo. Esos son los lugares que la máquina de la verdad nunca podrá iluminar. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.