Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
EN | 中文 | 日本語 | Français | Deutsch | Español | 한국어
← Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 19 de 22

Belo Horizonte

Todos quieren una causa, pero la verdad nunca se conforma con una sola

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

1. Sesenta y cuatro años después, aquella deuda

Brasil ha levantado cinco Copas del Mundo, más que ninguna otra selección en la historia. Pero ninguna de esas cinco copas la ganó en casa.

La raíz del problema está enterrada en 1950. Aquel año el Mundial se disputó en Brasil y la final, en el Maracaná de Río, con cerca de doscientas mil personas apretadas en las gradas, esperando ver a los suyos levantar la copa. A Brasil le bastaba un empate para proclamarse campeón, pero Uruguay remontó en el tramo final y le ganó aquella final. Ese día acabaría teniendo nombre propio: el Maracanazo. No fue simplemente una derrota. Se convirtió en una herida en el pecho de todo un pueblo que seguía sin cicatrizar más de sesenta años después. El portero Barbosa cargó con aquel gol durante el resto de su vida. Ya de viejo decía que en Brasil el delito más grave se castigaba, como máximo, con treinta años de cárcel, mientras que a él aquel gol de 1950 le había costado una condena de por vida.

Aquel partido no dejó solo un marcador. Dejó también un sonido, o más bien la desaparición de un sonido. El día de la final, cerca de doscientas mil personas abarrotaron el Maracaná, entonces el mayor estadio del mundo. Todos creían haber acudido a presenciar una coronación. Pero Uruguay dio la vuelta al marcador en la segunda parte y, cuando sonó el pitido final, se cuenta que aquel estadio inmenso quedó sumido en un silencio aterrador: decenas de miles de personas inmóviles, incapaces de pronunciar palabra. Ese silencio se convirtió después en una imagen propia del fútbol brasileño. No era la ausencia de ruido. Era el vacío que queda cuando, en un instante, a un país entero se le arranca el ánimo.

La herida era tan honda porque tocaba justo lo que más le costaba afrontar a un brasileño. En casi cualquier rincón del mundo, el nombre de Brasil era prácticamente sinónimo de fútbol: de arte, de belleza, de alegría al jugar. Y, sin embargo, precisamente el país que practicaba el fútbol más hermoso había dejado escapar un título que tenía en la mano la única vez que organizó un Mundial en casa. Otros podían ganar sus campeonatos donde fuera; a Brasil siempre le faltaba aquel que debía levantar ante su propia puerta. Precisamente en aquel reino del fútbol, el hueco resultaba más visible. Era una espina clavada en el pecho que nadie conseguía arrancar.

Por eso, cuando el Mundial regresó a Brasil en 2014, sesenta y cuatro años después, casi todos guardaban la misma idea: esta vez había que ganar en casa y despedir de una vez para siempre al fantasma de 1950. Reuters lo expresó con toda claridad antes del torneo: Brasil tenía cinco títulos mundiales, pero nunca había ganado uno como anfitrión, y 2014 se veía como la oportunidad de acabar con el fantasma de 1950. Un país quería que una victoria en su propio terreno liquidara de un solo golpe, sin dejar saldo pendiente, una deuda contraída sesenta y cuatro años atrás.

Aquella idea pesaba de manera aterradora sobre la selección brasileña de 2014. No se trataba solo de ganar un Mundial: les tocaba saldar, en nombre de varias generaciones de brasileños, una deuda íntima acumulada durante sesenta y cuatro años. Ser anfitriones, jugar en casa, llevar las cinco estrellas y, además, tener que pagar a toda costa una vieja cuenta: todo eso junto excedía lo que un equipo podía soportar a base de jugar bien un partido. Antes de que empezara el torneo ya les habían puesto sobre los hombros una carga mucho más pesada que una copa. Lo que debían cerrar no era un encuentro, sino un capítulo de la historia.

Una mujer de ochenta y ocho años, Lourdes Moura, había estado allí en 1950 y en 2014 volvió a sentarse ante el televisor. Su vida había abarcado las dos heridas sufridas en casa y le había permitido ver ambas con sus propios ojos. Aquel verano llegaría la respuesta a la pregunta de si esa deuda podía, por fin, saldarse.

2. Aquella noche en el Mineirão

8 de julio de 2014. Semifinal del Mundial, estadio Mineirão de Belo Horizonte. Alemania, siete; Brasil, uno.

Los goles llegaron así: Müller abrió el marcador en el minuto once; Klose hizo el segundo en el veintitrés; Kroos marcó dos seguidos, en el veinticinco y el veintiséis; Khedira añadió otro en el veintinueve. En la segunda parte, Schürrle marcó en el sesenta y nueve y en el setenta y nueve. Oscar hizo en el noventa un gol de consuelo que ya no servía de nada. El de Klose fue el decimosexto de su carrera mundialista: superó a Ronaldo y quedó en solitario al frente de la clasificación histórica de goleadores de la Copa del Mundo. En suelo brasileño, la misma noche en que Brasil encajaba siete goles, un alemán batía el récord de una leyenda brasileña.

Visto por separado, ese detalle parece un comentario cruel al margen de la escena. Ronaldo era el emblema de la última edad de oro del fútbol brasileño, la figura más brillante de aquel grupo que levantó la copa en Yokohama en 2002. Klose, en cambio, era un delantero alemán que nunca había destacado por su juego deslumbrante: se limitaba a cumplir con su trabajo y a marcar, Mundial tras Mundial. Y fue él quien, sin grandes gestos, puso a su nombre aquel récord brasileño precisamente la noche en que Brasil quedaba hecho pedazos. El símbolo más resplandeciente de una época fue reemplazado, en su propio funeral, por el artesano más constante de otra. Así va cambiando de manos la historia de los Mundiales, generación tras generación.

Pero esa lista de minutos no basta para entender hasta qué punto fue insólita aquella noche. Lo que destrozó a Brasil no fue, en términos vagos, la primera parte, sino el breve tramo que llevó del 2-0 al 5-0. La reconstrucción de una empresa de análisis de datos ofrece esta imagen: entre los minutos veinte y treinta del primer tiempo, Alemania completó apenas veinticinco pases en total, pero remató seis veces y marcó cuatro goles. Los cuatro cayeron en seis minutos y cuarenta y un segundos. Entre los dos de Kroos pasaron solo sesenta y ocho segundos, y durante ese intervalo la posesión de todo el equipo alemán sumó únicamente cuatro segundos. Brasil reanudó el juego desde el círculo central y enseguida volvió a perder el balón. No fue un derrumbe gradual. Casi en un instante, toda la defensa perdió a la vez el sentido de lo que estaba haciendo.

Y aquel derrumbe no es un concepto psicológico abstracto. El análisis táctico permite señalarlo fotograma a fotograma. Alemania presionó específicamente la salida de balón brasileña por el centro y por la izquierda; el marcaje al hombre de Brasil dejaba una y otra vez espacios en el centro del campo, a la espalda de los laterales y por fuera de los centrales. Antes del cuarto gol, Kroos se anticipó a un pase del mediocentro brasileño, robó el balón, hizo una pared con Khedira y marcó. Un análisis táctico resumió aquellos minutos diciendo que, en la defensa de Brasil, nadie sabía qué tenía que hacer. Hablar de colapso no es soltar una frase vacía sobre el estado de ánimo: el colapso se ve en la formación y en las posiciones, imagen a imagen.

Lo que ocurría en las gradas dolía todavía más que el marcador. Al descanso, los brasileños regresaron al vestuario bajo los abucheos de su propia afición; muchos seguidores se habían levantado y se habían ido antes incluso de que terminara la primera parte. Al acabar el encuentro, el central David Luiz lloró ante las cámaras de televisión. Dijo que solo quería dar una alegría a su pueblo y que, por desgracia, no lo habían conseguido. El seleccionador Scolari asumió toda la responsabilidad: aquella derrota catastrófica era responsabilidad suya, él estaba al mando. Añadió que era la peor derrota de la historia de Brasil.

En esas dos declaraciones había algo que se grababa en la memoria con más fuerza que el resultado. Al cargar él solo con toda la responsabilidad, Scolari conservaba la última dignidad que le quedaba a un entrenador ante las ruinas. Y cuando David Luiz decía que solo quería alegrar a su pueblo, no hablaba de tácticas ni de errores: era un jugador al que se le había hecho añicos su deseo más sencillo ante decenas de millones de ojos. Más adelante, aquel partido perdido sería diseccionado una y otra vez con estadísticas y análisis tácticos. Pero en ese instante no había unas cuantas cifras en mitad del campo. Había personas de carne y hueso a las que aquella noche había aplastado de verdad.

Más tarde circuló mucho una versión según la cual, cuando Alemania marcó el séptimo gol, los espectadores que aún quedaban en el Mineirão se pusieron de pie para aplaudirla. Conviene contar esto con cuidado. Varios relatos posteriores, incluida una retrospectiva de la propia FIFA, afirman que la actuación alemana se ganó una ovación de todo el estadio en pie. Sin embargo, los despachos enviados desde allí en aquel momento permiten dar por comprobadas otras cosas: que los jugadores brasileños recibieron los abucheos de sus propios seguidores, que hubo aficionados que se marcharon antes de tiempo y que, en las calles, algunos brasileños acabaron animando a Alemania. No aportan una crónica contemporánea que diga inequívocamente que, al llegar el séptimo gol, toda la afición local se levantó a aplaudir. La formulación prudente es, por tanto, esta: la ovación en pie aparece en las retrospectivas y en una versión ampliamente repetida; lo que confirman los despachos de aquel día son los abucheos y las salidas anticipadas.

Aquella noche recibió después su propio nombre, el Mineirazo, en un eco inconfundible del Maracanazo de 1950. Pero lo de sesenta y cuatro años antes había ocurrido en la era de la radio. Esto sucedía en la de las transmisiones en directo y en alta definición: miles de millones de personas, por todo el mundo, pudieron contemplarlo al mismo tiempo, segundo a segundo, fotograma a fotograma, hasta hartarse.

3. Peor que 1950, o terrible de otra manera

Después del 7-1 surgió de inmediato una pregunta: ¿había sido aquello peor que 1950?

Para muchos, la primera respuesta fue que sí. Reuters escribió que, a ojos de numerosos brasileños, aquella derrota había logrado lo inconcebible: convertirse en un desastre todavía peor que el de 1950. La mujer de ochenta y ocho años comparó las dos heridas. Dijo que aquello era una vergüenza; en 1950 había llorado, había llorado de verdad, mientras que ahora solo sentía rabia. El llanto y la rabia son dos emociones distintas. Con sesenta y cuatro años de distancia, habían crecido en una misma persona.

Otros, sin embargo, no ordenaban así las cosas. Un comentarista pronunció una frase que luego se citaría a menudo: lo de 1950 había sido una tragedia; lo de ahora se parecía más a una comedia. Unos recordaban 1950 como una tragedia y 2014 como una humillación o un absurdo. Decidir cuál había dolido más no era un problema que pudiera resolverse con cifras. La comparación ya se hacía por todas partes en aquel momento, pero desde el principio se dividía en varias versiones que no aceptaban fundirse en una sola. Unos medían la hondura de la pena; otros, el grado de disparate. Ni siquiera estaban midiendo lo mismo.

No es posible establecer una jerarquía entre ambas heridas, por una razón con la que volveremos a tropezar: no se miden con la misma vara. En 1950 se perdió una final en la que bastaba empatar para ser campeón. Fue una derrota que rompía el corazón, hecha de la materia de la tragedia. En 2014 se perdió una semifinal por un resultado tan disparatado que parecía irreal: su materia era la humillación y el ridículo. Preguntar qué pesa más, un corazón roto o un absurdo, es equivocarse ya al formular la pregunta, porque supone que ambos pueden colocarse en una misma balanza. No pueden. Ni siquiera al ordenar los dos dolores más hondos de un pueblo se consigue una respuesta que todos acepten.

Aquí se esconde una verdad aún más fría. Hay heridas que se abren más cuanto más empeño ponemos en cerrarlas de una vez para siempre. Los brasileños podían haber seguido siendo el país del fútbol más hermoso llevando consigo la cicatriz de 1950. Pero se empeñaron en borrarla por completo en 2014, con una coronación en casa. Precisamente esa obsesión por borrarla a toda costa puso a la selección en una situación en la que no podía permitirse perder. Y, cuando perdió, no se perdió solo un partido: se perdió la propia esperanza de dejarlo todo definitivamente atrás. Quien exige un desenlace que lo cierre todo suele ser quien peor soporta un resultado que deja cosas sin cerrar.

Sea cual sea la conclusión de la comparación, está claro que la deuda que se quería pagar de una vez en 2014 no solo quedó sin saldar: el intento de liquidarla volvió a encontrarse con un no, todavía más estruendoso. Se pretendía tapar con una victoria en casa la herida de 1950, pero el propio gesto con el que se intentaba cubrirla acabó convirtiéndose en una herida mayor. La cicatriz de sesenta y cuatro años antes seguía allí, y 2014 abrió otra a su lado. Se quiso tachar una cuenta antigua y se terminó anotando debajo otra nueva, todavía más abultada.

Y esta nueva cuenta era aún más difícil de borrar que la de 1950. La de sesenta y cuatro años atrás pertenecía a la era de la radio. Dolía, sí, pero vivía sobre todo en la memoria de quienes la habían sufrido y, a medida que envejecía aquella generación, podía desdibujarse un poco. Lo de 2014 pertenecía a las transmisiones en directo y en alta definición, las repeticiones a cámara lenta y las redes sociales. Los siete goles quedaron guardados fotograma a fotograma, se reprodujeron sin cesar y recorrieron el mundo acompañados de toda clase de burlas. Que algo se vea no significa que sane. A veces, cuanto más nítida es una imagen y más se difunde, más despacio cicatriza la herida. Esta vez a Brasil le quitaron hasta la posibilidad de dejar que se cerrara en silencio.

4. Porque faltaba Neymar

Después de aquella noche en el Mineirão no tardó en imponerse la explicación más popular y más cómoda: Brasil había perdido así porque no estaba Neymar.

La afirmación tenía una base real. Cuatro días antes, el 4 de julio, Brasil había derrotado por 2-1 a Colombia en cuartos de final. En el tramo final del encuentro, un rival golpeó a Neymar por detrás con la rodilla en la espalda. La FIFA especificaría después, al recordar el partido, que el golpe le produjo una fractura vertebral y puso fin de inmediato a su Mundial. Al mismo tiempo, el capitán brasileño, Thiago Silva, había recibido en aquel encuentro su segunda tarjeta amarilla del torneo, lo que acarreaba una suspensión automática y lo dejaba fuera de la semifinal. La federación brasileña pidió que se retirara la tarjeta, pero la FIFA rechazó la petición. Así, al salir para la semifinal, los jugadores brasileños levantaron ante la formación la camiseta número diez de Neymar mientras cantaban el himno. Aquella imagen se describió como un gesto cercano al duelo. Antes de su partido más importante, un equipo se había dedicado a sí mismo un momento de luto.

Visto después, aquel duelo previo al encuentro casi había escrito de antemano el titular de la goleada. Un equipo mostraba al mundo la camiseta de un ausente antes de su partido decisivo y cantaba el himno con lágrimas en los ojos. La propia imagen había atado ya el sentido del encuentro a una sola persona, Neymar. Era como decir: hoy luchamos por él, hoy nos falta él. Cuando llegaron de verdad los siete goles, no hubo que buscar una explicación: estaba preparada y colgada a la vista desde antes del pitido inicial. Ahí lo tenéis: fue porque él no estaba. Muchas veces un rito, antes de que ocurra algo, ya ha dispuesto la forma en que habrá de contarse.

Cargar el 7-1 en la cuenta de Neymar resultaba reconfortante. De ese modo, aquella noche se convertía en un accidente, en un tropiezo causado por la ausencia de un genio, en vez de ser el momento en que quedaban al desnudo, ante el mundo entero, los problemas del equipo de arriba abajo. Si Neymar hubiera estado... Esa frase era una capa de ungüento capaz de tapar la herida verdaderamente desagradable.

No cuesta entender por qué necesitamos tanto una sola causa. Una causa significa que algo puede explicarse, que tiene límites, principio y fin, y que una vez comprendido podemos dejarlo atrás. Si el 7-1 se debió únicamente a la ausencia de Neymar, entonces fue un accidente comprensible, perdonable, incluso algo sobre lo que se podía pasar página: la próxima vez volvería Neymar y todo podría ir bien de nuevo. Pero si el 7-1 se debió a que un equipo entero falló a la vez, desde el centro del campo hasta la defensa, desde la táctica hasta el ánimo, entonces el problema no tiene bordes. Obliga a mirar un desastre que nadie sabe por dónde empezar a reparar. Una causa única ofrece una tapa que puede cerrarse; una verdad de muchas causas deja una abertura imposible de tapar. Instintivamente, la mano va en busca de la tapa.

Pero las pruebas no permiten resolverlo con tanta limpieza. Los análisis tácticos, los comentarios posteriores y las palabras de los protagonistas apuntan en una misma dirección: un conjunto entero de cosas falló a la vez. Alemania diseñó la presión contra el centro del campo brasileño y los espacios a la espalda de los laterales; entre los minutos veintitrés y veintinueve la colocación de la defensa se deshizo por completo, y las emociones en el campo también quedaron fuera de control. Nada de eso podía remediarlo Neymar por sí solo. Más frías aún son las cifras: Brasil encajó catorce goles a lo largo del Mundial, más que cualquier otro anfitrión en la historia del torneo. Nueve de esos catorce llegaron en los primeros treinta minutos de los partidos. Y, entre la semifinal y el encuentro por el tercer puesto, recibió diez goles con solo catorce remates rivales a puerta. El desastre de una noche fue la culminación del deterioro defensivo de todo un torneo, no un despiste aislado. Neymar faltaba: eso era verdad. Que todo pudiera atribuirse a esa sola ausencia no lo era. La construcción quiere una causa, una sola, clara, que permita dormir tranquilo. La causalidad real, en cambio, ocupa todo un campo que no puede reducirse a una línea.

Achacarlo todo a Neymar tenía otra ventaja que resultaba incómodo confesar: no obligaba a molestar a nadie. No hacía falta preguntarse si aquel marcaje al hombre llevaba tiempo anticuado, si se había sobrevalorado a esos jugadores o si, en aquellos años, el fútbol brasileño se había ido quedando atrás casi sin que se notara. Un lesionado ausente es el responsable más cómodo: como no está, no hay que culpar a ninguno de los presentes. La causa única seduce no solo por su sencillez, sino también porque suele caer justo en un lugar que no va a replicar y al que tampoco se le exigirán responsabilidades. Sirve de escudo a todos aquellos que deberían responder a las preguntas.

En el fondo, la cuestión no es si la ausencia de Neymar fue un factor. Por supuesto que lo fue. Perder al mejor atacante y, además, a uno de los pilares de la defensa habría golpeado a cualquier selección. El error está en saltar de «un factor» a «el factor»: en convertir, casi sin que se note, algo que era una causa entre muchas en la única causa. El salto parece pequeño, pero es el movimiento más característico de la fascinación por la causa única. Reconocer que fue una de las causas es honrado; presentarla como la única se convierte en una forma de encubrimiento. Entre la pluralidad de causas y la causa única no faltan simplemente unos cuantos factores. Lo que falta es la disposición a admitir que las cosas nunca fueron tan sencillas.

5. Porque hubo diez años de formación juvenil

Al otro lado del 7-1 estaba Alemania. Y a su título tampoco tardaron en asignarle una causa única, igual de pulcra: había ganado porque llevaba diez años formando a sus jóvenes.

También esta explicación contaba con hechos sólidos. Tras caer en cuartos de final del Mundial de 1998 y quedar eliminada en la fase de grupos de la Eurocopa de 2000, Alemania puso en marcha una reforma institucional de la formación juvenil. Los documentos de la UEFA lo dejan claro: la reconstrucción se apoyó en dos pilares, una red de centros regionales de entrenamiento repartidos por todo el país y los centros de formación de los clubes profesionales. Hacia 2009 había trescientos sesenta y seis centros regionales de entrenamiento, en los que alrededor de mil entrenadores pagados por la federación alemana trabajaban cada semana con unos catorce mil chicos de entre once y catorce años. Desde 2001, además, la federación exigía a los clubes de primera y segunda división que tuvieran su propio centro de formación y cumplieran un conjunto de requisitos mínimos; después de 2006 se añadió una certificación externa. La inversión tampoco era retórica: en la década larga transcurrida desde el comienzo de la reforma, las aportaciones al fútbol juvenil, incluidas las de la liga profesional, superaron ampliamente los quinientos millones de euros. No era un plan decenal para recitarlo con emoción y admirarse a uno mismo. Había instalaciones, entrenadores y un sistema de evaluación que podían verse y tocarse.

Aquello no era, desde luego, un mito inventado después de ganar la copa. Sus resultados se habían manifestado antes de 2014: ya en 2009, las selecciones juveniles alemanas se habían proclamado campeonas en tres competiciones internacionales de distintas categorías. Aquellos chicos estaban entre los primeros frutos de la red de centros regionales de entrenamiento y academias. La reforma tampoco consistió en lanzar una consigna y dar el trabajo por terminado. Durante más de diez años se invirtió de manera continuada, año tras año: en instalaciones, en sueldos de entrenadores y en un sistema de evaluaciones periódicas. Nada de eso se improvisó la noche del título para adornarse con méritos. Era un trabajo documentado, levantado paso a paso.

Pero afirmar que aquella década de trabajo llevaba necesariamente al título de 2014 es ir demasiado lejos. Lo interesante es que la propia UEFA aporta la advertencia. En su información sobre una de aquellas selecciones alemanas campeonas juveniles, señaló de pasada que muchos de sus jugadores ya eran demasiado mayores para haber podido beneficiarse plenamente de la reforma. Es decir: la reforma institucional fue real, pero presentar a toda la selección campeona de 2014 como el producto puro de un plan a diez años es embellecer en exceso la historia a posteriori. Un relato más fiel tendría que hablar de varias trayectorias que confluyeron: la red de formación juvenil, la estandarización de las academias de los clubes, la continuidad del cuerpo técnico de la selección y de su forma de jugar después de 2006, y un grupo de veteranos, jugadores de edad intermedia y jóvenes que llegaron juntos a su madurez. El propio Löw, después de la final, situó el comienzo de ese trabajo en la etapa de Klinsmann, en lugar de atribuirlo todo a los centros de formación.

Mirar hacia atrás tiene una inclinación natural a enderezar los caminos. Una vez que algo ha salido bien, siempre puede escogerse una línea del pasado y contarla como la ruta obligada que conducía a ese desenlace. Las bifurcaciones que no prosperaron y los cruces donde por poco se tomó otra dirección desaparecen, borrados en silencio por esa recta elegida. La formación juvenil alemana fue real, pero también actuaban a la vez la continuidad del cuerpo técnico, la madurez de varias generaciones de jugadores que coincidieron en el momento oportuno y aquellos pocos instantes fortuitos de la final. Englobarlo todo bajo el único mérito de diez años de formación juvenil no es dejar constancia de la historia. Es podarla hasta darle la forma limpia de un «porque» seguido de un «por tanto».

Así, a ambos lados del 7-1 se repetía exactamente el mismo gesto. Del lado brasileño, una derrota devastadora se reducía a una causa única: faltaba Neymar. Del alemán, un título quedaba reducido a otra causa única: diez años de formación juvenil. Uno era el ungüento del derrotado; el otro, la medalla del vencedor. Pero el procedimiento era el mismo: obligar a una realidad desordenada, extensa y hecha de muchas cosas que ocurren a la vez a caber en una frase impecable de causa y consecuencia. Todos quieren esa frase. La quieren cuando pierden y también cuando ganan. Y es precisamente esa frase la que ninguno de los dos lados puede ofrecer, porque detrás de aquella goleada y detrás de aquella copa no había una sola causa: había todo un conjunto.

Reducir la victoria a una causa única acarrea además un daño que llega más lejos: hace que el éxito parezca una receta que cualquiera puede seguir. Si Alemania ganó gracias a diez años de formación juvenil, ¿no bastaría con que otros países construyeran los mismos centros regionales de entrenamiento y las mismas academias e invirtieran dinero para ganar también? Quien lo intente descubrirá que aquel camino, contado con tanta limpieza, no puede reproducirse. Lo que hizo posible el título, además del sistema, incluyó las circunstancias afortunadas de toda una generación y unos remates que se fueron fuera por muy poco. Ningún plan permite copiar eso. Presentar una victoria nacida de múltiples causas y del azar como una fórmula repetible es la manera en que el mito de la causa única engaña con mayor facilidad a quienes llegan después.

6. La pregunta que ya se hacía en la calle

En realidad, antes de que empezara a rodar el balón, en las calles de Brasil ya se había planteado una pregunta más dura: ¿merecía la pena organizar aquel Mundial?

En 2013, un año antes del torneo, estallaron protestas masivas en Brasil. La chispa fue la subida de las tarifas de autobús y metro. Pero, una vez prendido el fuego, las reivindicaciones se extendieron enseguida: sanidad, educación, seguridad pública, lucha contra la corrupción y rechazo del gasto desmesurado en grandes acontecimientos como la Copa Confederaciones, el Mundial y los Juegos Olímpicos. En el momento de mayor movilización se calculó que cerca de un millón de personas habían salido a las calles en todo el país. Sus pancartas llevaban dos frases que darían la vuelta al mundo: «Queremos hospitales con los estándares de la FIFA» y «Puedo pasarme sin Mundial; quiero ese dinero para sanidad y educación». La respuesta policial ya estaba entonces en el centro de la polémica. Hubo gases lacrimógenos y balas de goma; periodistas y fotógrafos sufrieron heridas graves al recibir impactos de balas de goma en los ojos. Human Rights Watch dejó constancia de todo ello. Cuando empezó el Mundial de 2014, las protestas no habían desaparecido, pero su tamaño se había reducido de forma notable: en la mayoría de las manifestaciones quedaban apenas unos cientos de personas.

La pregunta de si merecía la pena acabó contando con algunas cifras concretas. Según las cuentas del Gobierno, la inversión en aquel Mundial fue de unos veinticinco mil ochocientos millones de reales, equivalentes a unos once mil trescientos millones de dólares. Sin embargo, de las grandes mejoras de infraestructuras previstas inicialmente solo se completó alrededor de la mitad. Muchos proyectos de ferrocarril urbano, aeropuertos y puertos quedaron a medias o se abandonaron; el monorraíl de Manaos ni siquiera llegó a materializarse. El estadio Arena da Amazônia, construido allí para el torneo, costó en torno a seiscientos millones de reales, más de doscientos millones de dólares, aunque las cifras varían según la fuente. Después del Mundial, su mantenimiento suponía unos doscientos cincuenta mil dólares al mes, según medios locales, y Manaos no tenía un club de primera categoría que necesitara un estadio de semejante tamaño. Pronto se convirtió en un ejemplo de «elefante blanco».

Más reveladora aún era la composición de las demandas de aquel movimiento. Una encuesta de entonces mostró que, en una de las grandes marchas, más de la mitad participaba por las tarifas del transporte; un cuarenta por ciento, contra la corrupción; más de un treinta por ciento, por su descontento con los políticos, y otro treinta por ciento, contra la violencia policial. Una misma marcha, unas mismas personas, albergaban agravios distintos que se superponían. Y lo que los hizo arder a la vez fue precisamente la dura represión policial de las pequeñas manifestaciones del año anterior. La mano que había intentado sofocar el fuego se convirtió en el viento que lo avivaba. Un problema que se quiere despachar deprisa suele crecer cuando se lo trata con demasiada brutalidad.

Las cuentas de si el Mundial merecía la pena deben hacerse por separado de las de un 7-1. Perder un partido no convierte en inútil todo lo que dejó el torneo, del mismo modo que ganar la copa no habría borrado automáticamente las preguntas de aquellas pancartas. Las carreteras terminadas eran reales, y también lo eran las vías férreas a medio hacer. La experiencia adquirida al organizar un gran acontecimiento era real, y también lo eran los estadios vacíos. Lo que pedía la gente en la calle era, en el fondo, sencillo: que el dinero se gastara en las personas, en sus hospitales y en sus escuelas, y no únicamente en una fiesta que se celebra cada cuatro años. Esa petición no dependía de que la selección ganara o perdiera. Era una cuenta que seguía pendiente y que el final del torneo no había cerrado.

«Queremos hospitales con los estándares de la FIFA». La frase de aquella pancarta daba en el centro del asunto. Colocaba una cosa junto a otra: por un lado, la capacidad de levantar diez estadios espléndidos en unos meses para celebrar un torneo; por otro, hospitales deteriorados desde hacía años, en los que ni siquiera se conseguía turno. Un mismo país, con un mismo dinero, había logrado que los estadios cumplieran los estándares de la FIFA y no había conseguido lo mismo para los hospitales. Quienes alzaban las pancartas solo preguntaban por qué ese dinero y esa capacidad no podían destinarse primero a personas de carne y hueso. La pregunta no desaparecía porque los estadios fueran hermosos, ni adquiría validez porque la derrota de la selección fuera espantosa. Seguía ahí, obstinada: de todas las cuentas de aquel Mundial, era la que más se resistía a quedar saldada.

Después del 7-1, en la memoria de mucha gente se fundieron la pregunta de las calles y el resultado del campo: mirad, se gastó tanto dinero y encima perdieron así; está claro que no merecía la pena. La conclusión podía aliviar la rabia, pero reproducía el viejo vicio de comprimir varias cuestiones en una sola. Perder el partido y decidir si el gasto estaba justificado son cosas distintas. Aunque Brasil hubiera sido campeón aquel año, los hospitales deteriorados, las vías a medio construir y el estadio vacío que consumía una fortuna cada mes habrían seguido allí. Un título no puede pagar esas cuentas por un país. Atar el coste de organizar un torneo al resultado de la selección equivale a decir que, mientras se gane, todo el gasto está justificado. Y ese era precisamente el modo de hacer las cuentas que menos dispuestos estaban a aceptar quienes habían salido a la calle.

7. La final y el otro guion que estuvo a punto de cumplirse

Después del 7-1, Alemania llegó a la final. El 13 de julio de 2014, en el Maracaná de Río, derrotó por 1-0 a Argentina y se proclamó campeona. El gol de la victoria lo marcó Götze. Algunas crónicas lo sitúan en el minuto ciento trece y otras en el ciento doce: es una diferencia habitual en la anotación del tiempo de un gol marcado durante la segunda parte de la prórroga.

Aquella final y el 7-1 de cinco días antes fueron dos extremos. En la semifinal, un equipo le había metido siete a otro y toda incertidumbre había desaparecido en la primera media hora. En la final transcurrieron los noventa minutos y buena parte de la prórroga sin que nadie perforara la portería rival; hubo que esperar al minuto ciento trece para decidir el vencedor. La misma Alemania, en cinco días, había protagonizado una matanza sin suspense y después un duelo encarnizado que casi llegó a los penaltis. Eso debería hacernos desconfiar del punto de partida de nuestra explicación causal: si Alemania era tan superior como para ganar 7-1, ¿por qué estuvo a punto de no poder siquiera con Argentina en la final? Porque la superioridad en un campo de fútbol nunca es una constante capaz de arrasarlo todo a su paso. Cambia con el rival, con lo que sucede en el encuentro y con esos pocos instantes fortuitos.

Detrás del 1-0, sin embargo, se escondían varios guiones distintos que por poco se hicieron realidad. En la primera parte, Kroos se equivocó al cabecear hacia atrás y puso el balón directamente a los pies del delantero argentino Higuaín. Era un mano a mano casi regalado, pero Higuaín cruzó demasiado el remate y lo mandó fuera. En todo el encuentro, Argentina desperdició al menos tres ocasiones de oro. Bastaba con que una sola acabara en gol para que el desenlace de aquella final, y del Mundial entero, hubiera sido otro. El título alemán, que parecía la llegada natural a buen puerto, se había sostenido en diferencias de milímetros.

Había otro detalle que parecía una estocada inesperada del destino. La final se jugó precisamente en el Maracaná, el escenario del desastre de sesenta y cuatro años atrás. La deuda contraída en ese estadio era la que los brasileños habían querido saldar a toda costa en 2014. Pero quien acabó levantando allí la copa no fue Brasil, sino Alemania, mientras que Brasil llevaba ya cinco días eliminado en el Mineirão. El escenario de aquella deuda seguía en su sitio, intacto, pero había servido para la coronación de otros. Quienes querían pagarla ni siquiera habían conseguido entrar por la puerta de la final.

Esto deja al descubierto la parte endeble del relato sobre los diez años de formación juvenil. Si Higuaín hubiera marcado aquel mano a mano, si el remate de Götze no hubiera encontrado la red en el minuto ciento trece y Alemania no hubiera sido campeona, el mismo sistema de formación seguiría allí, sin un solo centro regional de entrenamiento menos. Pero ya no se hablaría de él como de un plan destinado necesariamente a cumplirse. Un mismo sistema: si gana el título, es una espada que se ha forjado durante diez años; si no lo gana, es un proyecto al que todavía hay que darle tiempo. Lo que decide cuál de esas dos historias se cuenta no es el sistema, sino el remate de Higuaín, el de Götze, unos pocos instantes fortuitos. Contar retrospectivamente un título asentado sobre el azar como si fuera el resultado de una causalidad inevitable es una de las ratificaciones a posteriori que mejor sabe hacer la construcción.

Esto no significa que la formación juvenil no sirviera o que la fortaleza alemana fuera ficticia. La ventaja estructural existía: un país con centros regionales de entrenamiento por todo su territorio, academias de clubes consolidadas y una forma de jugar mantenida durante años tiene, en efecto, más posibilidades de llegar hasta el final. Pero tener posibilidades no es tener una certeza. La estructura puede aumentar las opciones de ganar; no puede parar en tu lugar aquel mano a mano ni meter por ti el balón en la red en el minuto ciento trece. Tener ventaja es llevar buenas cartas, no haber decidido ya la partida. Contar que esas buenas cartas estaban destinadas a ganar porque finalmente ganaron es sustituir a escondidas una probabilidad por una necesidad. Y en la grieta que separa la probabilidad de lo inevitable viven precisamente los azares de esos remates ante la portería.

El Balón de Oro de aquel Mundial fue para Messi. Pero ni siquiera el premio logró convencer a todos. Al día siguiente, en la última comparecencia ante los medios del torneo, Blatter dijo que le había sorprendido un poco la elección. Ni la designación del mejor jugador conseguía dar una respuesta ante la que todos asintieran.

Tanto el Balón de Oro como aquella final que por poco tuvo un desenlace opuesto apuntan a lo mismo: aquel Mundial no ofreció, de principio a fin, una sola respuesta limpia y concluyente. No hubo un veredicto definitivo sobre quién era el mejor. No pudo establecerse con certeza quién debía haber ganado. Tampoco había una respuesta que permitiera fijar para siempre hasta dónde llegaba la superioridad de Alemania. Si se intentaba extraer del torneo una sola conclusión indudable, se escurría entre los dedos y se convertía en varias versiones. El Mundial entero, igual que cada uno de sus partidos, se negaba a quedar encerrado en una afirmación tajante.

8. El cierre

Reunamos todos estos hilos.

Cuatro años después del Mundial de Sudáfrica de 2010, le tocó a Brasil. Lo que dejó aquella edición fue una sucesión de manos tendidas en busca de una sola causa y una verdad que, una y otra vez, se negó a entregarla.

Para saldar la deuda de 1950 se pedía una victoria en casa, un desenlace único y limpio. Para explicar el 7-1, los brasileños pedían una causa igual de limpia: faltaba Neymar. Para explicar el título, los alemanes pedían un único mérito: diez años de formación juvenil. Para juzgar si había merecido la pena organizar el torneo se pedía una nota global, inequívoca: sí o no. Pero ninguna de esas cuatro cuestiones cabía en una respuesta así. La deuda de 1950 crecía cuanto más se intentaba pagarla; detrás del 7-1 había todo un conjunto de cosas que se desplomaron a la vez; detrás de la copa, varias trayectorias y unos cuantos momentos fortuitos. Y la pregunta de si había merecido la pena llenaba un libro de cuentas cuyas distintas medidas no podían reducirse a una medida común.

A primera vista, esas cuatro cosas no tenían relación: una deuda histórica, una derrota catastrófica, un título y el coste de un torneo. Pero todas tropezaban en el mismo sitio: se quería encerrar algo de muchas vertientes en una sola explicación. Los enredos de la historia, los innumerables hilos de un derrumbe, el largo camino de un equipo campeón, las dificultades de todo un país para sopesar lo ganado y lo perdido: todo ello ocupaba un terreno extenso, desplegado. Y aquellas respuestas que se intentaban alcanzar eran, sin excepción, demasiado limpias, demasiado tajantes. Tanto, que por fuerza dejaban fuera de su marco la mayor parte de la realidad. El verdadero problema no es cuál de las respuestas es más correcta. Es que quien pretende reunir toda esa extensión bajo una respuesta única está condenado a dejar algo fuera.

Y detrás de esa fascinación por la causa única se esconde una obsesión más profunda: creer que todo debe de estar ya determinado. Como si bastara con dar con la causa correcta para que todo lo que viniera después estuviera escrito de antemano, eslabón tras eslabón, sin dejar el menor resquicio a lo inesperado. Pero el terreno de juego real está lleno de resquicios en los que nada está decidido de antemano: una falta que debería haber acabado en expulsión, un mano a mano que debería haber sido gol, una emoción que no se logró contener. Todos esos resquicios dicen lo mismo: la causalidad nunca ha sido una cadena soldada, sino una red que puede aflojarse en cualquier momento. Empeñarse en ver una red que cede como si fuera una cadena soldada, leer una tendencia pasajera como un resultado fijado para siempre: esa es la capa más profunda de la fascinación por la causa única, y la que más se resiste a soltar su presa.

Una causa no es como el balón sobre la línea de gol. Para saber si el balón cruzó o no cruzó la línea hay una respuesta física, esperando a que se la lea; una máquina puede dártela en un segundo. Detrás de una derrota devastadora, de un título o de la cuestión de si un país debe organizar un gran torneo, en cambio, no hay una respuesta única de ese tipo esperando. Cuanto más se intenta reducirlo todo a una línea, a una frase de causa y consecuencia, más se dispersa entre las manos y vuelve a ocupar toda su extensión. La construcción quiere asignar a cada resultado una causa única y comprensible, porque solo una causa única permite cerrar el asunto y dormir. Pero eso es precisamente lo que el mundo se niega con más empeño a entregar. Prefiere desplegar ante nosotros la verdad entera, desordenada e intacta, antes que escoger en nuestro lugar una sola causa de entre todas.

La cuestión de la línea de gol puede cerrarse porque detrás sí hay un hecho único: un balón y una línea, con solo dos posibilidades, haberla cruzado o no. Detrás de una victoria o de una derrota no hay un hecho único semejante. Hay decenas, incluso cientos de factores que, en un mismo intervalo, se empujan unos a otros y suman sus efectos. Su fuerza es conjunta: ninguno puede decidir por sí solo y de ninguno se puede prescindir. Escoger cualquiera de ellos y decir «fue este» no es del todo falso, pero tampoco es del todo cierto, porque, aunque se eliminara, lo más probable es que el resultado llegara de todos modos, solo que con otro aspecto. Si la causa única queda siempre fuera de nuestro alcance no es porque no hayamos investigado con suficiente detalle. Es porque allí no hay una causa única esperando a ser descubierta. Cuanto más se investiga, más cabos aparecen, enredados entre sí, imposibles de desenmarañar por completo.

Y detrás de toda esa causalidad que no se deja reunir en un solo haz siempre hay personas concretas. Quienes salieron con pancartas a pedir que el dinero se destinara a sus hospitales y a sus escuelas. El defensa que lloró diciendo que solo quería dar una alegría a su pueblo. Aquel muchacho que cargaba con la camiseta de Neymar, pero que, al fin y al cabo, no era una causa. La mujer que había visto con sus propios ojos tanto 1950 como 2014. No son variables dentro de una cadena causal ni ejemplos para demostrar una tesis. Cuando las razones de una victoria o una derrota se reducen a una línea limpia, lo primero que esa línea deja fuera es el peso real de esas personas: sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y su resistencia a resignarse. Todo eso pesa demasiado y tiene formas demasiado irregulares para caber en una línea impecable. El resto nunca acepta quedar encerrado en ella. Permanece disperso fuera, como una extensión que no se deja recoger, y recuerda obstinadamente que nunca hay una sola causa. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.