Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 18 de 22

Johannesburgo

Una línea que se puede cerrar y un círculo que no

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. La misma línea, cuarenta y cuatro años después

El 27 de junio de 2010, en Bloemfontein, Alemania eliminó a Inglaterra por cuatro a uno. Cuando los ingleses todavía perdían por uno a dos, Lampard disparó desde fuera del área. El balón golpeó la parte inferior del larguero, botó en el suelo y volvió a salir. La repetición televisiva no dejaba lugar a dudas: en aquel bote, el balón entero había cruzado la línea de gol. Pero los ojos que debían verlo sobre el césped no lo vieron, y el tanto no subió al marcador. De haber contado, Inglaterra habría empatado a dos en ese momento.

Cuarenta y cuatro años antes, en 1966, también había sido Inglaterra, también frente a Alemania Occidental, en aquella final entre ingleses y alemanes. En Wembley, durante la prórroga, Hurst había disparado y el balón había golpeado igualmente la parte inferior del larguero antes de botar cerca de la línea de gol. Solo que entonces ninguno de los cientos de millones de espectadores podía asegurar, a simple vista, si el balón la había rebasado por completo. Se concedió el gol, y ayudó a asegurar la única Copa del Mundo que ha ganado Inglaterra. El de 1966 fue aquel célebre balón que no se veía con claridad: la verdad había quedado fuera del alcance del ojo humano, donde nadie podía llegar.

Cuarenta y cuatro años después, otro balón que pegó en la parte inferior del larguero y botó hacia la línea situó a Inglaterra en el extremo opuesto del mismo problema. Esta vez había entrado sin la menor duda. Lo vieron cientos de millones de personas; los únicos que no lo vieron fueron aquellos pocos ojos sobre el terreno de juego. En 1966, Inglaterra se había beneficiado de lo que no podía verse; en 2010 fue su víctima. El mismo país, el mismo rival, el mismo tipo de disparo: separados por cuarenta y cuatro años, quedaron a uno y otro lado de aquella línea.

Hay en ello una ironía difícil de agotar. El gol de 1966 se discutió durante décadas sin que la discusión lograra poner en marcha una máquina, precisamente porque era demasiado borroso. Siempre cabía sostener la versión contraria, siempre habría quien creyera que el balón no había entrado. Lo que acabó imponiendo la tecnología de línea de gol fue, en cambio, el error de 2010, tan evidente que no admitía defensa alguna. Para que la construcción se decidiera a cerrar una cuestión, la cuestión tenía que estar primero tan clara que ya no necesitara ser cerrada; tan clara que hasta el más torpe pudiera ver dónde estaba el error. Aquel 1966, al que no se llegaba, no consiguió mover nada. Este 2010, que sí estaba al alcance de todos, hizo posible la rectificación. Cuanto más ambigua es la verdad, menos puede nadie responder por ella; cuanto más deslumbrante se vuelve, más posibilidades tiene de que una máquina se haga cargo de ella.

Y en el lado equivocado de la línea había un grupo de personas que, en ese instante, no podían hacer nada. Lampard vio entrar y salir su balón, vio al árbitro indicar con un gesto que el juego continuara, y no pudo cambiar nada. En las gradas y ante los televisores, cientos de millones de personas vieron casi en el mismo segundo que el balón había cruzado entero. Los únicos ojos con potestad para decidir eran, precisamente, los que no lo habían visto. Es una impotencia muy particular: la verdad no había pasado inadvertida, sino que la había visto todo el mundo salvo los árbitros de turno. No la habían visto los únicos ojos cuya mirada contaba. Esa impotencia tuvo que acumularse hasta cierto punto para obligar a que llegara la máquina.

Entre 1966 y 2010 cambiaron los medios para ver; la pregunta siguió siendo la misma. Si el balón había cruzado entero la línea era algo que ya tenía una respuesta determinada en 1966. Lo que no había entonces era un ojo o un aparato capaz de leerla entre unos pocos milímetros. Durante cuarenta y cuatro años la verdad permaneció allí, sin ganar ni perder nada. Fueron los medios para alcanzarla los que, poco a poco, fueron creciendo. Por eso pudo la tecnología cerrar precisamente esta cuestión: porque desde el principio había una respuesta física esperando, y solo faltaba saber leerla. En las demás controversias del campo, lo que falta no es esa capacidad. Lo que falta es que exista siquiera una respuesta de esa clase, ya dada, a la espera.

Después, el asistente reconoció públicamente que la velocidad del disparo lo había engañado. Unos días más tarde, Blatter pidió disculpas por aquellos errores decisivos del Mundial de Sudáfrica y afirmó que lo absurdo sería no reabrir el expediente de la tecnología de línea de gol. La cuestión que seguía pendiente desde 1966 iba por fin, cuarenta y cuatro años después, a quedar cerrada por una máquina.

II. Solo esta cuestión admite ese cierre

Pero esa máquina solo podía cerrar esta cuestión.

El giro institucional de la tecnología de línea de gol llegó en 2012. El 5 de julio, la International Football Association Board (IFAB) decidió incorporarla a las Reglas de Juego y establecer un procedimiento de certificación. La FIFA anunció después que Brasil 2014 sería el primer Mundial en el que los árbitros contarían con ella. El sistema se estrenó antes en competición oficial durante el Mundial de Clubes; su primera intervención efectiva para decidir un gol en una Copa del Mundo llegó en el Francia-Honduras de 2014, cuando un tanto provocado por Benzema activó la confirmación. Entre aquella pregunta inalcanzable de Wembley en 1966 y la señal de un reloj que vino a cerrarla había transcurrido casi medio siglo.

Sin embargo, el cometido de la máquina era extraordinariamente estrecho. La definición de la FIFA cabe en una frase: sirve únicamente para determinar al instante si todo el balón ha cruzado por completo la línea de gol y comunicar el resultado al reloj del árbitro en un plazo de un segundo. No decide fueras de juego, faltas, manos ni tarjetas. La revisión de vídeo de alcance más amplio tardaría más en llegar al Mundial, tras la aprobación del videoarbitraje por la IFAB, posterior a 2014. Es decir: la reforma institucional que impulsó el Alemania-Inglaterra de 2010 cerró primero la pregunta de si el balón había entrado. No cerró todas las controversias arbitrales.

Conviene precisar aún más ese límite. La tecnología de línea de gol ofrece una respuesta poco habitual en el fútbol: un sí o un no sin resquicio alguno. El balón cruzó la línea o no la cruzó. No hay una tercera posibilidad, no intervienen los puntos de vista, no hay margen para interpretar; en un segundo, la señal llega al reloj del árbitro. Es casi el cierre perfecto que la construcción puede imaginar: rápido, exacto, sin recurso posible. Pero esa misma contundencia restringe su campo a un solo tipo de preguntas: aquellas para las que hay un hecho físico esperando a ser leído. La relación entre el balón y la línea es una de ellas. La inmensa mayoría de las cosas por las que la gente acaba discutiendo hasta ponerse roja en un estadio no lo son.

Aquí hay que hacer justicia a los hechos. A menudo se presenta el disparo de Lampard como si él solo hubiera dado nacimiento a la tecnología de línea de gol. Eso convierte una cadena de causas en una línea demasiado recta. Una formulación más fiel a la cronología oficial sería esta: aquel error de 2010, junto con otros errores graves del mismo torneo, fue el antecedente inmediato de que Blatter y la FIFA reabrieran la cuestión tecnológica. Pero la puesta en práctica exigió todo un proceso de pruebas, certificación y modificación de las reglas. Ningún partido, por sí solo, bastó para llevarlo a término.

Vista en una escala temporal más larga, la máquina corta un cabo suelto que el ojo humano nunca podría cortar. Por buena que sea la vista de quien decide si un balón ha entrado, siempre queda, en el instante más veloz, una duda: una grieta por la que se pueden sostener versiones contrarias. La máquina la suelda definitivamente. En lo que respecta al balón y la línea, no deja incertidumbre, no deja controversia, no deja ningún cabo del que alguien pueda tirar años después para reabrir el caso. Es un progreso real; no hace falta negarlo. Solo que la grieta que puede soldar así sigue siendo únicamente esta.

En cualquier caso, fue la primera vez que la construcción cerró de verdad, limpiamente, una pregunta que llevaba décadas suspendida. Se le da un balón y una línea y en un segundo dice si la cruzó o no, sin discusión ni cabos sueltos. Es lo que la construcción sueña con conseguir: un cierre inmediato, binario, que nadie pueda revocar. Ahora bien, la cuestión que logra cerrar con semejante limpieza es justamente la más estrecha, la más física, la más tajantemente binaria de todo el torneo. Ese cierre, iluminado con una claridad cegadora, funciona como un reflector: cuanto más brilla el lugar al que apunta, más honda parece toda la oscuridad que lo rodea y a la que su luz no llega.

III. La jugada en la que todos los hechos estaban claros

En aquel mismo Mundial hubo otro gesto que dejó a la vista de todos lo que ese reflector no podía iluminar.

El 2 de julio de 2010, en el estadio Soccer City de Johannesburgo, Uruguay y Ghana disputaban los cuartos de final. En el minuto ciento veinte, cuando la prórroga estaba a punto de acabar, Suárez bloqueó primero un remate de forma reglamentaria y, acto seguido, detuvo con las manos sobre la línea un cabezazo de Adiyiah. Recibió una roja directa y Ghana obtuvo un penalti. Gyan lo lanzó y el balón golpeó el larguero y salió despedido. El uno a uno no se movió. En la tanda de penaltis, Uruguay se impuso por cuatro a dos y pasó a semifinales.

Sus dos intervenciones se pueden distinguir con precisión. Primero tapó legalmente un disparo, como haría un portero. Pero en la siguiente acción el balón ya lo superaba y estaba a punto de entrar; entonces extendió las manos y lo frenó a la fuerza en la línea. No fue un manotazo instintivo en medio del pánico. Entre la primera acción y la segunda sabía perfectamente lo que hacía: con el cuerpo, dentro del reglamento; con las manos, fuera de él. Cambió una tarjeta roja segura por impedir un gol casi seguro. Había calculado la jugada entera, incluido su precio, en aquel segundo o par de segundos.

No hay nada borroso en esa secuencia. Mano, roja, penalti, fallo, clasificación: el orden está claro y quedó registrado fotograma a fotograma. Después de la expulsión, Suárez ya no estaba en el campo; esperaba el desenlace junto a la entrada del túnel. Las fotografías y las crónicas de varios medios recogieron la escena: en el momento en que Gyan falló el penalti, Suárez se puso a celebrarlo con una euforia desatada junto al túnel. Cada eslabón de lo sucedido estaba expuesto a plena luz. Se veía todo.

El penalti fallado había dado en el larguero. En este Mundial, el larguero parecía un objeto al que la historia volvía a golpear una y otra vez: el balón de Lampard pegó en su cara inferior, entró y no contó; cuarenta y cuatro años antes, el de Hurst había golpeado esa misma cara, había botado hacia abajo y sí había contado; ahora, el lanzamiento de Gyan volvía a estrellarse en él y salía fuera. La misma barra fría concedía una vez, agraviaba otra y arruinaba la siguiente, atravesada en el punto decisivo del destino de tres generaciones. No atendía a razones, no reconocía esfuerzos, no tenía en cuenta ninguna historia. Que un balón rebotara hacia dentro o hacia fuera dependía de milímetros. Pero entre un lado y el otro de esos milímetros mediaba un abismo.

Por eso esta jugada y la cuestión de la línea de gol ocupan extremos opuestos. En la segunda había una respuesta física por averiguar: el balón había entrado o no había entrado. En la acción de Suárez, todos los hechos ya se habían esclarecido; no quedaba un solo eslabón que ocultara un misterio por resolver. Y, aun así, unos hechos enteramente claros abrieron una disputa que hasta hoy no ha podido zanjarse.

IV. Qué nombre darle

La disputa no está en los hechos, sino en el nombre. ¿Cómo hay que llamar a lo que hizo?

Primero hay que devolverle a aquel momento todo su peso. Ghana era la última esperanza africana. En una retrospectiva posterior, la propia FIFA señaló que aquella selección aspiraba a ser la primera de África en alcanzar unas semifinales de la Copa del Mundo. Y lo intentaba en el primer Mundial celebrado en el continente. Un equipo africano, en suelo africano, a un penalti de las semifinales. La mano de Suárez no detuvo solamente un balón: detuvo toda esa historia que estaba a punto de escribirse.

De ahí que surgieran enseguida dos nombres opuestos. Una semana después, el seleccionador de Ghana llamó públicamente a Suárez un tramposo de poca monta y afirmó que aquello no había sido la mano de Dios, sino la del diablo. El seleccionador de Uruguay preguntó tras el partido cómo podía llamarse trampa a lo que había hecho alguien que ya había sido expulsado y que además tendría que cumplir una sanción. En sus primeras declaraciones directas al terminar el encuentro, el propio Suárez dijo que tenía la conciencia tranquila, que en aquel instante no había otra opción y que había merecido la pena ser expulsado. Después circularon otras frases suyas: que la mano de Dios ahora le pertenecía, que aquella sí era la verdadera mano de Dios, que había hecho la mejor parada del torneo. No son palabras inventadas mucho después. Pero unas procedían de las entrevistas inmediatas y otras de las declaraciones recogidas por la prensa al día siguiente; había varias versiones y no se deben fundir en una sola cita. Los dos relatos, la celebración de todo Uruguay y la indignación de Ghana y de buena parte de la opinión pública africana, convivían desde el día de los hechos. Nadie tuvo que reconstruirlos a posteriori.

En el centro de aquel griterío había personas concretas. Gyan, el delantero ghanés que caminó hasta el punto de penalti, no tenía delante únicamente a un portero: tenía a todo un continente conteniendo la respiración. Cuando el balón pegó en el larguero y salió, lo que se perdió no fue solo un penalti. Se perdió aquella primera vez que una generación creía tener ya entre las manos. No eran símbolos en el relato de otro, ni una nota al pie de las palabras «esperanza africana». Eran personas que de verdad pisaban aquel césped, que de verdad creían estar a punto de cambiar la historia y que la vieron escapárseles en un segundo. Cuando se discute si Suárez fue un villano o un apostador, se discute sobre él. Pero quienes aquella noche perdieron de verdad algo que les fue arrebatado eran los que estaban al otro lado de la portería.

Aquí hay que sostener algo difícil: decir dos cosas a la vez sin dejar que se derrumben hasta convertirse en una sola. La primera es que el reglamento ya había respondido a la acción. La mano era una infracción; hubo penalti, roja y suspensión. No faltó ninguno de los costes previstos por las reglas: el precio quedó íntegramente saldado allí mismo. En ese plano, las cuentas estaban claras. Dentro de su propio marco, la construcción había cerrado el asunto. Pero precisamente porque el precio quedó saldado, esta acción es distinta de la trampa clandestina. Lo esencial de la trampa clandestina es evitar ese coste; Suárez no lo evitó, lo asumió voluntariamente. Había calculado, sencillamente, que para Uruguay salía a cuenta entregar una roja a cambio de impedir un gol casi inevitable. Llamar sin más trampa a una infracción cuyo precio se ha pagado conforme al reglamento es aplastar dos cosas distintas hasta hacerlas pasar por una sola.

Aquí se esconden, en realidad, dos formas distintas de cierre. Una es el cierre de las cuentas: el reglamento fijó el precio de la acción y Suárez lo pagó en el acto; desde el punto de vista de las normas, la cuenta quedó equilibrada y liquidada. La otra es el cierre del significado: qué fue aquello que hizo ese hombre y qué juicio merece. La construcción solo tiene en sus manos la primera capacidad. Puede poner precio a una acción, cobrarlo y tachar la partida correspondiente en su libro de cuentas. Lo que no puede decir es en qué casilla de la historia ha de quedar inscrito quien la realizó. Pagar el precio y limpiar el nombre siempre han sido dos cosas diferentes. La construcción solo puede hacer por uno la primera.

Si uruguayos y ghaneses llevan tantos años discutiendo sin convencerse, no es porque uno de los bandos se niegue a razonar. Es porque ni siquiera están haciendo la misma pregunta. Uruguay pregunta si pagó el precio. Sí: no se le perdonaron ni la roja ni la suspensión. Ghana pregunta si les robó su historia. Sí: aquella primera vez se perdió. Dos preguntas, dos respuestas, ambas válidas, que nunca llegan a encajar porque no miden lo mismo. Así es el significado: no tiene un punto objetivo en el que posarse. Se inclina hacia el lugar desde el que se mira, y no existe una máquina capaz de situar a todos en el mismo lugar.

Y quizá lo que a mucha gente le resulte verdaderamente insoportable no sea la mano, sino la celebración posterior. La mano pertenece al ámbito del reglamento: expulsión y penalti, todo tiene su respuesta. Pero cuando Gyan falló y Suárez estalló de alegría, agitando los puños junto al túnel, entró en un terreno que ninguna regla gobierna. Un hombre se alegraba sin disimulo de que se hubiera hecho añicos el sueño histórico de otros. El reglamento puede poner precio a una mano, pero no a esa euforia, porque no forma parte de lo que le corresponde regular. Lo llaman villano menos por la mano que por aquello que la celebración dejaba ver. Y ese es, de nuevo, un lugar al que la construcción no llega: puede castigar una infracción, pero no la expresión de alguien después de haber ganado.

La segunda cosa que hay que decir es esta: el reglamento puede cerrar qué sanción le corresponde, pero no puede cerrar cómo debe ser recordado ese hombre. Sus artículos permiten sumar penalti, roja y suspensión; no permiten calcular si quien lo hizo es un villano que privó a todo un continente de una oportunidad histórica o un apostador racional que aceptó pagar el precio de su apuesta. Ninguno de esos dos nombres puede decidirse esclareciendo los hechos, porque los hechos están esclarecidos desde el principio. Lo que está en juego es el significado, y ningún reloj puede enviarnos su respuesta en un segundo. Se ve con absoluta claridad todo lo que ocurrió. No se puede resolver cómo llamarlo.

V. La final más fea, el fútbol más hermoso

Quien acabó levantando la Copa del Mundo fue España. Y esa campeona, tantas veces presentada después como la encarnación del fútbol hermoso, dejó en sus datos objetivos una extrañeza difícil de disimular.

España marcó solo ocho goles en 2010, la cifra más baja de cualquier campeona en la historia del Mundial. Reuters lo señaló después de la final: ocho goles en siete partidos, por debajo del anterior mínimo de once que compartían Italia 1938, Inglaterra 1966 y Brasil 1994. En las eliminatorias, España fue dejando atrás a sus rivales uno a uno: uno a cero a Portugal, uno a cero a Paraguay, uno a cero a Alemania, uno a cero a los Países Bajos. Iniesta marcó el gol de la final en el minuto ciento dieciséis. El equipo que practicaba el fútbol más agradable de contemplar tuvo que arrancar el título a base de cuatro victorias por la mínima y un gol en los últimos minutos de la prórroga.

La propia final de su coronación fue un partido feo, cargado de faltas y tarjetas. En la primera parte, el centrocampista neerlandés De Jong levantó la pierna y le plantó la bota en el pecho a Alonso. Howard Webb solo le mostró una amarilla. En una entrevista posterior, el árbitro admitió que, al volver a ver la jugada, consideraba que merecía una roja; en el momento, su visión había quedado tapada y no había podido apreciar el contacto completo. Hubo catorce amarillas y una expulsión por doble amonestación, el récord de tarjetas amarillas en una final mundialista. El fútbol más hermoso recibió la corona en la final menos hermosa.

Ocho goles para ser campeón: conviene detenerse un poco en lo que dice esa cifra. La España que se recuerda es aquella selección que movía la pelota hasta dejar al rival sin posibilidad de alcanzarla, hasta marearlo; la encarnación de un fútbol que daba gusto ver. Pero al abrir el registro aparece una campeona con menos goles que ninguna otra, cuatro eliminatorias ganadas por un único tanto y una final que necesitó la prórroga. Resulta que dar gusto ver y marcar a raudales son cosas distintas. La belleza no se deja medir, ni necesariamente se convierte en más goles. Lo que ofrece es control, la asfixia de privar al contrario del balón durante todo un partido. Precisamente el equipo más hermoso conquistó el campeonato de la manera menos excitante: extrayéndolo, gol a gol.

La coronación del fútbol más hermoso en la final más fea dibuja una figura conocida en este ciclo. Mientras una forma de jugar es la aspirante que desafía a las demás, puede hablar solo de belleza. Cuando se convierte en una ortodoxia que hay que defender, el espectáculo no tiene por qué seguir siendo hermoso. Aquella noche de 2010, a un lado estaba España, heredera de ese fútbol y dispuesta a coronarlo; al otro, los Países Bajos, que lo habían inventado y ahora querían impedir su coronación a base de faltas. La entronización de aquel ideal fue precisamente el partido en el que ambos bandos más contribuyeron a afearlo. La forma en que un ideal sube al trono suele estar por debajo del propio ideal.

Hay algo especialmente hiriente en ello. Quien salió a desbaratar el juego de posesión de España con patadas y faltas fue justamente la selección neerlandesa. La misma que, cuarenta años antes, había sido la primera en hacer realidad ese fútbol hermoso. Para ganar aquella final, la cuna de ese fútbol salió a dar patadas a la nueva generación que lo encarnaba. Y, al final, ni siquiera ganó.

La patada de De Jong que no recibió roja vuelve a mostrar una distancia conocida: algo queda fuera de alcance. Todo el mundo podía ver la violencia de aquella acción, pero que los ojos cuya visión había quedado obstruida pudieran convertirla allí mismo en una expulsión era otra cosa. Una vez sonó el silbato, ya no se podía volver a tomar aquella decisión que se había adoptado sin ver bien. Entre ver un contacto brutal y sancionarlo en el acto como corresponde volvía a abrirse una grieta que nadie podía reparar. Esa fue la grieta arbitral que dejó la final en la que se coronó el fútbol hermoso.

La elección neerlandesa de aquella noche revela otra de las formas crueles del ciclo. Lo que había hecho de los Países Bajos lo que eran había sido aquella belleza en movimiento. Pero, para frenar a un rival que la había heredado mejor, aceptaron dejarla de lado y jugar precisamente el partido que antes más habrían despreciado. Es como una construcción que, con tal de ganar, traiciona con sus propias manos aquello que la hizo ser quien es. Lo que puso en juego fue su origen. La apuesta ni siquiera le dio la victoria: lo que perdió fue, justamente, ese origen.

VI. Los nietos de 1974

Si se pregunta de dónde venía aquel fútbol de España, hay una genealogía que puede documentarse.

Primero: Cruyff, en su etapa como entrenador, fue quien hizo subir a Guardiola al Dream Team del Barça y lo convirtió en el eje del centro del campo. Segundo: siete de los once titulares de España en la final de 2010 eran jugadores del Barça: Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Pedro y Villa; Cesc Fàbregas entró además desde el banquillo. Tercero: el director técnico de España explicó después que el estilo de aquella campeona del mundo venía de la formación de base, y no al revés. Al unir estos tres datos, se puede afirmar con fundamento que la educación futbolística del Barça que había moldeado Cruyff, junto con el sistema de Guardiola, proporcionó a la España de 2010 su núcleo de jugadores y todo un lenguaje de juego.

Hasta ahí, cada afirmación se puede comprobar por separado. Dar un paso más y decir que España 2010 culminó el relevo histórico de la estirpe neerlandesa de 1974 ya no es enunciar un hecho: es proponer una lectura. Hay una frontera entre dar o no dar ese paso. Lo demostrable es de dónde procedían los jugadores y de dónde procedía un lenguaje futbolístico. Convertirlo en la historia de una estirpe que logra coronarse cuarenta años después añade una capa de interpretación. El plano de los hechos llega hasta aquella afirmación de Hierro de que el estilo venía de la formación de base. La capa siguiente la levanta la propia construcción. Tiene que reconocerse como lectura; no puede hacerse pasar por archivo.

Al avanzar ese paso entramos en el terreno de la interpretación, y es precisamente ahí donde la construcción muestra de qué está hecha. Cuarenta años antes, en 1974, la selección neerlandesa de Cruyff llevó el fútbol total a su máxima expresión. Quería suprimir todas las posiciones fijas del campo, permitir que cualquiera pudiera desplazarse a cualquier lugar. Fue una hermosa negación de las formaciones rígidas. Pero perdió la final y quedó como la perdedora más hermosa de aquel Mundial. Cuarenta años más tarde, esa negación, transmitida por el Barça de Cruyff a Guardiola y encarnada después en aquellos jugadores españoles, levantó de verdad la Copa del Mundo por primera vez. Los nietos de aquella hermosa perdedora se convirtieron en ganadores. Se convirtieron en la nueva ortodoxia.

En cuanto una negación se convierte en ortodoxia, pasa a ser también lo que habrá de negarse a continuación. El impulso fluido y contrario a la rigidez de 1974, al subir al trono en 2010, ya se había condensado en una fórmula con nombre propio, con manuales, reproducible de generación en generación. Cuanto más rotunda era su victoria, más dejaba de ser un cincel para convertirse en una construcción: una nueva materia endurecida que otros tendrían que intentar remover. El instante en que el fútbol más hermoso se sentó en el trono fue también el instante en que empezó a envejecer.

Dentro de ello hay una ironía más sutil. Lo que aquel fútbol de 1974 había querido negar eran precisamente las posiciones inmutables sobre el césped. Quería movimiento, que cualquiera pudiera ir a cualquier parte. Pero en 2010, cuando esa fluidez se había pulido hasta convertirse en un juego de pase y posesión que todos podían aprender, había generado su propio repertorio de normas: quién debía situarse dónde, hacia dónde había que mover el balón, cuántos toques antes de soltarlo. Todo tenía su pauta. Lo que había nacido para quebrar lo fijo acabó fijándose a sí mismo. No se había corrompido. Ocurrió simplemente que, al elevar esa fluidez a los altares y enseñarla de generación en generación como la respuesta correcta, su impulso original de ir adonde quisiera quedó, sin ruido, incorporado a la disciplina de las reglas.

Todavía queda otra capa: el inventor nunca consiguió ponerse esa corona. Los Países Bajos, que en 1974 habían sido los primeros en jugar aquel fútbol hermoso, siguen sin haber ganado un Mundial. Quien de verdad llevó ese fútbol al trono fue una selección en la que había echado raíces una generación después y en otro país. El inventor se quedó en el papel de hermoso perdedor; fue el heredero quien recogió el fruto. Tampoco era la primera vez que sucedía algo así en este ciclo. Quien cincela algo nuevo no suele ser quien termina disfrutándolo. Entre concebir una negación y verla convertirse en ortodoxia suelen mediar una generación entera y un cambio de manos que se parece a un cambio de dinastía.

VII. Unas cuentas sin veredicto único

Ampliemos el plano hasta abarcar toda Sudáfrica. La mayor cuenta pendiente de aquel Mundial es una cuenta que, por mucho que se calcule, no arroja un único veredicto.

Sudáfrica obtuvo la sede en 2004 y se convirtió en el primer país africano en organizar un Mundial masculino. La adjudicación se produjo durante la breve etapa de rotación continental de la FIFA, que había reservado las candidaturas de aquella edición a África. El torneo se disputó del 11 de junio al 11 de julio de 2010: treinta y dos selecciones, sesenta y cuatro partidos, diez estadios y nueve ciudades anfitrionas. La evaluación oficial cifró la asistencia total en unos tres millones cien mil espectadores, la tercera más alta de la historia hasta entonces. La selección local, sin embargo, empató a uno con México, perdió por cero a tres frente a Uruguay y venció a Francia por dos a uno en la fase de grupos. Quedó eliminada por la diferencia de goles y fue la primera anfitriona de un Mundial en no superar esa fase.

Nunca antes en la historia del Mundial había quedado eliminada la anfitriona en la fase de grupos. Un país que había cargado sobre sus hombros con el torneo entero no consiguió que su propia selección pasara de la fase de grupos. De ahí podría extraerse una metáfora hiriente: la anfitriona ni siquiera sabía jugar bien en su propia casa. Pero también se podría contar de otra manera. Un país africano que jamás había organizado un Mundial sacó adelante con solvencia un torneo de treinta y dos selecciones y sesenta y cuatro partidos; a su lado, el rendimiento del equipo se volvía una nota secundaria ante un logro mucho mayor. El mismo hecho permite ambas lecturas. Y reaparece el viejo problema de esta edición: cualquier juicio global depende siempre del lado en el que uno se coloque antes de empezar.

Las cuentas verdaderamente difíciles son las de los estadios y el legado. La conclusión más sólida no es que todos se convirtieran en elefantes blancos, ni que todos fueran un éxito. Los estudios académicos y las evaluaciones posteriores del gobierno se acercan más a una situación intermedia y desigual. Por un lado, las investigaciones económicas posteriores suelen señalar una caída apreciable del uso de los estadios tras el torneo, y parte de las instalaciones se convirtió en una carga para las finanzas públicas. Por otro, una carga no equivale a un recinto abandonado. El estadio de Ciudad del Cabo registró en el ejercicio 2024-2025 cuarenta y cinco grandes eventos de distinto tipo, el máximo de su historia. El de Mbombela sigue albergando fútbol y rugby y es desde hace tiempo la sede de un equipo. El de Durban continuaba en 2024 con un programa sistemático de mantenimiento y renovación. Lo prudente es hablar de una utilización posterior muy desigual: los estadios de grandes núcleos urbanos con ocupantes estables sobreviven con más facilidad; los que carecen de competiciones habituales capaces de atraer mucho público quedan más expuestos a la presión financiera.

Que estas cuentas no arrojen una conclusión única no se debe a la falta de datos. Ocurre justo lo contrario: hay muchos, pero apuntan en distintas direcciones, y no existe una vara común con la que volverlos comparables. Si se mide por las infraestructuras, el Mundial fue un éxito. Si se mide por las cuentas de los estadios, algunos se han convertido en agujeros que duran años. Si se mide por la imagen del país, Sudáfrica se presentó aquel verano ante el mundo de una manera nueva. Un mismo torneo, otra vara de medir, otra conclusión. Ninguna de esas medidas tiene más derecho que las demás a representar el conjunto. Para poner una nota total a la pregunta de si mereció la pena habría que fingir primero que las distintas varas pueden fundirse en una. No pueden.

Tampoco coinciden las evaluaciones oficiales y las independientes sobre cuánto de aquel legado prometido se cumplió. Las oficiales subrayan carreteras, aeropuertos, seguridad, salud pública y un relato de cohesión nacional. La investigación de la Organización Mundial de la Salud sobre el legado sanitario sí reconoce que Sudáfrica acumuló experiencia institucional en la respuesta a emergencias y en la coordinación sanitaria durante grandes acontecimientos, con beneficios que alcanzaron después a la Copa Africana de Naciones. Pero los estudios independientes posteriores detectaron, por otro lado, que las previsiones de visitantes y de beneficios económicos habían sido claramente excesivas: llegaron unos trescientos nueve mil visitantes extranjeros, muy por debajo de los cuatrocientos ochenta y tres mil que había anunciado una consultora y también de su previsión revisada de trescientos setenta y tres mil. En el plano de los hechos, la respuesta más firme a si mereció la pena solo puede ser esta: en infraestructuras e imagen nacional hubo un legado visible; en las finanzas de los estadios y en el rendimiento económico directo persisten dudas importantes. Un documento posterior del gobierno sudafricano situó el gasto público total en unos treinta y tres mil millones de rands. Qué se obtuvo a cambio sigue sin tener una respuesta única que todos puedan aceptar.

Y esas cuentas distan mucho de poder cerrarse. Un estadio considerado un elefante blanco después de 2010 puede volver a llenar su calendario de eventos unos años más tarde. Una previsión económica ensalzada entonces hasta el cielo puede verse desmentida punto por punto por los datos posteriores. Las cifras del libro de cuentas siguen cambiando con los años. Las ganancias y pérdidas que hoy se anotan tendrán otro aspecto cuando volvamos a mirarlas dentro de un tiempo. Así que ni siquiera eligiendo una única vara de medir se obtiene una cifra definitiva: sencillamente, estas cuentas no tienen un día de liquidación. Permanecen abiertas y los años que vienen no dejan de reescribirlas. Unas cuentas que se reescriben para siempre no pueden cerrarse nunca.

Aquel Mundial tuvo además dos presencias singulares: una ruidosa y otra extraña. La ruidosa fue la vuvuzela, el zumbido de enjambre que atravesaba todos los partidos. Blatter se negó expresamente a prohibirla porque formaba parte de la cultura futbolística sudafricana. También fueron reales las quejas en las retransmisiones, las controversias sobre su sonido y las prohibiciones que llegaron después a competiciones europeas. ¿Era la voz de la pasión o un ruido irritante? Tampoco ahí hubo veredicto único. La presencia extraña fue un pulpo llamado Paul. En un acuario alemán elegía entre dos cajas identificadas con las banderas de los contendientes para pronosticar el resultado, y acertó los siete partidos de Alemania y la final entre España y los Países Bajos: ocho de ocho. Millones de personas miraban muy en serio a un pulpo, esperando obtener de su boca una respuesta cierta sobre el futuro. Y el único pleno limpio y perfecto de aquel verano lo produjo, precisamente, el puro azar de un pulpo. No había previsto nada. No había explicado nada.

Pero millones de personas lo necesitaban. En un Mundial lleno de preguntas que no se podían cerrar, la sed de algo capaz de dar respuestas seguras era tan grande que la gente estaba dispuesta a depositar sus esperanzas en un pulpo. Su fama mundial no se debió a que entendiera de nada, sino a que parecía hacer por la gente lo que esta más deseaba y menos podía lograr: cerrar de antemano un resultado que aún no se había producido. Sus ocho aciertos fueron como una parodia del cierre: una coincidencia enteramente fortuita recibida como un oráculo. Cuanto más en serio lo tomaban, más quedaba al descubierto que el pulpo no podía cerrar ni una sola de las preguntas que de verdad querían cerrar.

VIII. Para cerrar

Reunamos ahora todo esto.

El Mundial de Sudáfrica 2010 fue la primera ocasión en que la construcción cerró de verdad una cuestión con absoluta limpieza. Y precisamente ese cierre limpio iluminó con toda claridad el círculo entero que quedaba sin cerrar. Lo iluminó hasta el punto de que lo que antes podía disimularse como una dificultad borrosa quedó expuesto sin escapatoria: ahora se veía con claridad que no se podía cerrar.

La tecnología de línea de gol cerró la pregunta de si el balón había entrado: la más estrecha, la más física, una pregunta de sí o no cuya respuesta material esperaba a ser averiguada. Pero al trazar ese límite hizo aparecer todo lo que quedaba fuera. En la acción de Suárez se conocían todos los hechos y, aun así, no se podía decidir si llamarla trampa o infracción racional con el precio íntegramente pagado. Lo que había que determinar era su significado, no sus hechos. En las cuentas del legado sudafricano eran reales las carreteras y los aeropuertos, y también las cargas financieras. No se podía calcular un veredicto único, aceptable para todas las partes, sobre si había merecido la pena, porque esas cuentas eran, por su propia naturaleza, diversas y respondían a criterios distintos. Nada de esto podía cerrarlo la máquina que en un segundo nos dice si el balón ha cruzado la línea.

Y en el borde más exterior de ese círculo había unas personas sobre las que ni siquiera era posible establecer los hechos. Corea del Norte perdió sus tres partidos. Primero cayó por uno a dos ante Brasil, con un gol de Ji Yun-nam, el único del equipo en aquel Mundial; después perdió por cero a siete contra Portugal. Sobre lo que les sucedió al regresar, algunas fuentes informaron en julio de 2010 de una sesión de crítica pública contra el equipo en Pionyang y de que el entrenador había sido enviado a trabajar como castigo. Aquellos informes llevaron a la FIFA a escribir formalmente a la federación norcoreana en agosto para pedir una comprobación. Más tarde, la FIFA anunció que, según la información de la que disponía, daba el asunto por cerrado y no siguió investigando. Los rumores más graves continúan, por tanto, sin poder ser verificados de forma independiente desde fuera. Presentar como un hecho probado que todo el equipo fue enviado a realizar trabajos forzados sobrepasa lo que se puede demostrar. Incluso la FIFA, la maquinaria más dispuesta a averiguarlo, envió una carta, recibió una respuesta y cerró el expediente. Más adentro había un muro que no podía franquear. Aquellos jugadores eran, antes que nada, personas reales, no un relato con moraleja. Lo que les ocurrió es precisamente una de las cosas de aquel Mundial que menos derecho tenemos a dar por escritas en su nombre y a la ligera.

Este es el compartimento más exterior del torneo, tan exterior que ni siquiera se alcanza una primera capa de hechos comprobables. En la línea de gol, la dificultad consistía en leer una respuesta física. En la mano de Suárez, en dar un nombre a una acción cuyos hechos se conocían. En las cuentas sudafricanas, en que las distintas medidas no podían reducirse a una común. Pero en el caso de aquellos jugadores norcoreanos, hasta lo más elemental, lo que había ocurrido, quedaba bloqueado por una frontera y un régimen opaco. La maquinaria de la construcción más dispuesta a investigar llevó una carta hasta el pie del muro. Desde el otro lado le devolvieron unas palabras, y solo pudo cerrar el expediente. No le faltaban ganas de investigar: le faltaba alcance. Y en ese lugar al que no llegaba estaban encerradas personas reales.

Si desplegamos ese círculo, aparece un espectro que va de lo que se puede cerrar a lo que no. En lo más interior está la pregunta de si el balón cruzó la línea. Tiene respuesta física; la máquina la cierra en un segundo. Un poco más afuera está la acción de Suárez: todos los hechos están claros, pero su nombre no tiene respuesta física y no se puede cerrar. Más allá, las cuentas de Sudáfrica: abundan los datos, pero hay más de una medida y tampoco se pueden cerrar. En el extremo exterior están los jugadores norcoreanos: un muro impide acceder incluso a los hechos, así que menos aún puede haber cierre. Cuanto más hacia fuera avanzamos, menos se trata de que falte una máquina mejor. Se trata de que allí no hay, sin más, una respuesta esperando a ser leída. La tecnología de línea de gol ilumina únicamente el compartimento más interior de ese espectro.

La construcción creerá que basta con avanzar casilla a casilla, iluminar cada vez más zonas del espectro, para llegar algún día a abarcar el círculo completo. Después de la tecnología de línea de gol llegó, en efecto, el videoarbitraje, que ensanchó un poco el haz hasta alcanzar fueras de juego y faltas. Pero cada zona nueva que se ilumina produce, en su nuevo borde, otro círculo de disputas: si lo visto cuenta, quién debe decidirlo. Siempre espera la siguiente pregunta a la que no se llega. El haz puede desplazarse, puede hacerse más ancho, pero sigue siendo un haz. Cada zona que ilumina tiene por frontera un círculo de oscuridad todavía mayor a su alrededor.

Vemos cada vez más y cerramos con una precisión cada vez mayor. Cuarenta y cuatro años después, una máquina resuelve en un segundo si un balón cruzó o no la línea. Pero justamente esa línea cuyo cierre es cada vez más preciso hace ver, con una claridad nunca alcanzada, el círculo de lo que no puede cerrarse: el nombre de una acción, si un proyecto mereció la pena, qué fue de unas personas. Cuanto más brilla el reflector, más oscuro se vuelve ese círculo de oscuridad. Y nuestros ojos se dejan atraer primero por el punto más luminoso, toman la zona iluminada por el todo y olvidan que ha sido esa misma luz la que ha dibujado el límite de toda la oscuridad a la que no llega. La construcción siempre cree que cerrar una pregunta más la acerca un poco a un cierre sin fisuras. Pero cada pregunta que cierra dibuja, en el borde de ese cierre, todo un círculo de cosas que no podrá cerrar jamás. El resto no disminuye ni un ápice porque alguna cuestión haya quedado resuelta. Solo se retira al otro lado del nuevo límite y allí continúa esperando. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.