Berlín
Un final ya escrito y un hombre que se negó a seguir el guion
En este ensayo
I. Un final ya escrito
El Mundial de 2006 debía tener un final que ya estaba escrito.
Zidane tenía treinta y cuatro años y hacía tiempo que había anunciado que se retiraría al terminar aquel Mundial. Ocho años antes, en 1998, sus dos goles de cabeza en París le habían dado a Francia su primera Copa del Mundo. Ocho años después, lo habían llamado de nuevo a la selección cuando ya estaba a las puertas de la retirada. Con una Francia por la que pocos apostaban antes del torneo, fue avanzando ronda a ronda: eliminó a España, eliminó a Brasil, eliminó a Portugal y llegó hasta la final de Berlín. Un genio disputaba su último Mundial, lo coronaba con un título y se retiraba al territorio de la leyenda. Era una historia demasiado perfecta. Tan perfecta que, sin esperar a que terminara el fútbol, alguien ya había escrito el desenlace y lo había dejado allí, a la espera de que él saliera al campo y lo hiciera realidad.
El relato siempre quiere adelantarse a los hechos. Muchas veces, antes de que ocurra algo grande, la historia de lo ocurrido ya está escrita. Casi desde el principio, aquel Mundial de Zidane quedó encajado en un molde preparado de antemano: el del viejo héroe que vuelve, termina tan bien como empezó y pone un punto final redondo a su carrera. Todos esperaban que llegara ese punto final.
Esa prisa no era el capricho de nadie en particular. Es propia del acto de contar. Nada nos tranquiliza tanto como una historia con principio y fin, que pueda cerrarse en una forma hermosa. Y entre todas las formas posibles, pocas gustan tanto como la del viejo héroe que regresa, vuelve a ganar al final de su carrera y se retira cubierto de gloria a la memoria de todos. Todo encajaba con tanta facilidad que la gente casi no podía esperar: quería meter en aquel molde el desenlace antes de que se hubiera jugado. Así recorrió Zidane prácticamente todo el torneo, encerrado en esa forma que otros habían dispuesto para él. Lo que se miraba desde las gradas, se decía en las cabinas de comentaristas y se escribía en los periódicos tenía menos que ver con cómo había jugado aquel partido que con vigilarlo, esperando a que trazara, de su propia mano y paso a paso, el punto final ya previsto. El guion estaba terminado. Solo faltaba que el protagonista diera el último paso.
Pero los hechos se negaron a representar el guion que les habían escrito.
9 de julio de 2006. Estadio Olímpico de Berlín. Final: Italia contra Francia. En el minuto siete, Zidane lanzó un penalti. El balón golpeó la parte inferior del larguero y entró. Había llevado hasta el límite el penalti a lo Panenka: una sutileza, una arrogancia, una broma que solo un futbolista de su categoría se atrevería a gastar en una final. En el minuto diecinueve, Materazzi remató de cabeza un córner de Pirlo y empató. Ya no hubo quien rompiera la igualdad en los noventa minutos: uno a uno y prórroga. En ella, Zidane conectó otro cabezazo a portería y Buffon, con un esfuerzo enorme, desvió el balón por encima del larguero. Aquello estuvo a punto de ser el remate que completara el final perfecto.
Y entonces llegó el minuto ciento diez.
Lejos del balón, Zidane se volvió de pronto y golpeó con la cabeza, violentamente, el pecho de Materazzi. Materazzi cayó. El árbitro se acercó y mostró la tarjeta roja. Expulsado directamente, Zidane pasó cabizbajo junto al trofeo, entró en el túnel de vestuarios y desapareció. Era el último partido de su carrera. También su última escena. Al terminar, el marcador seguía en uno a uno. Italia ganó la tanda de penaltis por cinco a tres. El único francés que falló fue Trezeguet: también su lanzamiento dio en el larguero. Grosso convirtió el último e Italia levantó la Copa del Mundo.
A unos pasos de la meta, el hombre que debía escribir aquel final perfecto lo hizo pedazos con un golpe de su propia cabeza.
II. El minuto ciento diez
Aclaremos primero la tarjeta roja en sí.
Si un jugador agrede a otro en el campo, debe ser expulsado. Eso está perfectamente claro. El cabezazo de Zidane estaba ahí: cientos de millones de personas lo habían visto con absoluta nitidez. Era una conducta violenta y, según el reglamento, merecía una roja. La construcción cerró aquí, de manera limpia y tajante, el caso de aquel acto visible.
Pero enseguida apareció una pregunta que no tenía una respuesta tan clara: ¿cómo se había enterado el árbitro?
El cabezazo se produjo lejos del balón y es posible que el árbitro, Elizondo, no pudiera verlo en aquel momento. La televisión repitió la imagen una y otra vez. Muchos espectadores, muchos comentaristas e incluso Domenech, el seleccionador francés, sospecharon que el equipo arbitral había visto primero una repetición en un monitor junto al campo y solo después había mostrado la roja. Lippi también mencionó tras el partido que los franceses habían cuestionado si había intervenido el vídeo. La pregunta importaba porque rozaba un límite que entonces era infranqueable: en aquel Mundial, las imágenes solo podían utilizarse para medidas disciplinarias posteriores al partido, nunca para intervenir en las decisiones que tomara el árbitro durante el juego. Si la roja se había mostrado después de consultar una repetición, ese límite se había cruzado.
La versión oficial que dio la FIFA después del partido era otra. En su comunicado del 13 de julio sobre el procedimiento disciplinario, explicó que el cuarto árbitro había observado directamente desde su posición junto al terreno de juego la conducta violenta de Zidane en el minuto ciento diez. El comunicado precisaba que no se había utilizado ningún monitor y que el cuarto árbitro había avisado después al principal por el sistema de comunicación. La FIFA también negó desde el primer momento que se hubieran empleado repeticiones para ayudar a arbitrar durante el partido. Explicó que el oficial encargado del monitor de televisión junto al campo, aunque pudiera ver las imágenes, no estaba autorizado a intervenir, y que el cuarto árbitro tampoco tenía acceso a las repeticiones. Según el reglamento de aquella edición, entre las funciones del cuarto árbitro ya figuraba advertir al principal de los actos violentos que escaparan a la vista de este y de sus asistentes. La decisión definitiva seguía correspondiendo al árbitro principal. Por tanto, siempre que el cuarto árbitro hubiera presenciado realmente la agresión y la hubiera comunicado por el auricular, la tarjeta roja tenía fundamento reglamentario.
Volvía a abrirse aquella grieta conocida. Que la roja era justa no estaba en discusión: Zidane había agredido a un adversario. Pero entre nosotros y la manera en que se llegó a mostrarla, entre la observación directa del cuarto árbitro y la posibilidad de que alguien hubiera visto una repetición, se interponía una comunicación por auriculares en la que ningún extraño podía entrar. El expediente de la FIFA decía que había sido una observación directa. Sin embargo, nadie de fuera podía reproducir por su cuenta lo que había sonado en aquellos auriculares durante la final. En términos de la interpretación oficial del reglamento, la FIFA no constató un uso indebido del vídeo y el caso terminaba ahí. La sospecha que había quedado en la opinión pública, en cambio, siguió suspendida, sin que nadie pudiera disiparla. El cabezazo se veía; lo ocurrido detrás de aquella tarjeta roja no podía determinarse.
Esta zona inaccesible era algo distinta de las anteriores. En el gol de Wembley de 1966, el balón iba demasiado rápido: el ojo humano no podía seguirlo ni verlo con claridad. Esta vez las imágenes eran nítidas. Habían filmado el cabezazo, habían filmado la roja y hasta habían filmado el lugar donde estaba el cuarto árbitro junto al campo. Solo faltaba aquello que ninguna cámara podía registrar: qué palabras exactas habían pasado por el auricular durante esos segundos. No se escondían en la oscuridad ni habían ocurrido demasiado deprisa para verlas. Habían viajado por un canal que solo podían oír unos pocos implicados y que nadie podía volver a poner en reproducción después. Se acumulaban más y más imágenes, pero justo en medio de esa abundancia quedaba un pequeño hueco que ninguna ampliación ni cámara lenta conseguía llenar. La tecnología podía registrar cada vez más cosas visibles, pero no una frase que solo había sonado una vez en unos auriculares.
Y algo aún más importante: aquella roja, viniera de donde viniera, llegaba demasiado tarde. Podía expulsar al agresor, pero no volver a ensamblar el final que el golpe había hecho añicos. La construcción puede dictar sentencia sobre un acto; no puede hacer que ese acto no haya ocurrido. La despedida ya estaba arruinada. La tarjeta roja no podía recuperarla.
Había además una coincidencia para la que no se sabe si la palabra es crueldad u otra distinta. Ocho años antes, en París, Zidane había marcado con la cabeza dos goles y le había dado a Francia su primera Copa del Mundo. Aquella cabeza había sido la heroína de toda Francia esa noche. Ocho años después, en Berlín, la misma cabeza golpeó el pecho de un rival, sacó del campo al propio Zidane y abrió una grieta imprevista en el desenlace que debía haber sido perfecto. La misma cabeza lo había encumbrado una vez y lo había hundido otra. Primero lo inscribió en una historia de gloria máxima; después, en la última página de otra historia, rasgó aquella gloria. La construcción puede registrar cada cosa que hizo esa cabeza. De los dos goles y del cabezazo quedan imágenes perfectamente claras. Lo que no puede explicar es por qué una misma cabeza, en los dos escenarios más grandes, desembocó en dos finales exactamente opuestos.
III. Las palabras que no se alcanzan a oír
¿Por qué agredió Zidane a su rival? La pregunta abrió una de las líneas de aquel Mundial en las que más cuidado hace falta al separar los distintos niveles de evidencia.
Lo primero que puede acreditarse es lo que declaró el propio Zidane. En su primera entrevista extensa con la televisión francesa después del partido, dijo que había reaccionado así por los repetidos insultos del rival a su madre y a su hermana, aunque no reprodujo las palabras exactas. Meses después, en una entrevista de septiembre de 2006, Materazzi reconoció la secuencia: él había empezado tirándole de la camiseta; Zidane le había dicho que, si la quería, se la daría después del partido; y él había respondido que prefería a la hermana de Zidane. Materazzi reconoció también entonces que no había estado bien meter a la hermana del otro en aquello. En agosto de 2007, entrevistado por una revista italiana de televisión, hizo pública por primera vez la frase que, según él, había pronunciado exactamente. Se refería a la hermana de Zidane. Años más tarde, en 2016, volvió a resumirlo diciendo que había mencionado a la hermana de Zidane, pero no a su madre.
Puestos unos junto a otros esos testimonios, lo más seguro que puede escribirse es esto: Materazzi terminó por reconocer que sus palabras aludían a la hermana de Zidane; Zidane, por su parte, afirmó que el rival había insultado repetidamente a su madre y a su hermana. Sus versiones no coinciden en si la madre estuvo o no incluida. No se ha hecho pública ninguna grabación sonora concluyente de aquel momento que permita zanjarlo todo.
Si se intenta precisar aún más, determinar cuál fue la frase exacta pronunciada allí se convierte en el centro de la disputa. En julio de 2006, varios periódicos se lanzaron a una competición de lectura de labios y recurrieron a personas para reconstruir, a partir de las imágenes, lo que Materazzi había dicho. Pero aquellas reconstrucciones se contradecían y la inmensa mayoría no se apoyaba en un registro audiovisual completo que pudiera comprobarse públicamente. Incluso mucho después, las versiones de los protagonistas solo permitían dar por establecido el insulto referido a la hermana. No permitían elevar cada palabra de aquel momento a la categoría de hecho histórico indiscutible.
Hay aquí un nudo imposible de eludir. Para reconstruir la frase solo existen dos caminos: escuchar a quienes la protagonizaron o encontrar un registro completo en el que se puedan cotejar los labios y oír la voz. Pero quien intervino en el incidente es parte interesada. Siempre cuenta la versión que está dispuesto a contar, y los demás no pueden tomarla como prueba irrefutable. El registro audiovisual completo, por su parte, no se ha hecho público en ningún momento. Ninguno de los dos caminos llega hasta el final. La frase queda para siempre atrapada en una posición incómoda: tuvo que pronunciarse, cientos de millones de personas vieron moverse aquellos labios, pero nadie puede fijar sus palabras exactas como un hecho histórico. Resulta que entre ver dos labios moverse y oír con claridad qué dijeron también hay un obstáculo que no se puede salvar.
En la capa más exterior de esta historia flota la versión más difundida: que Materazzi había proferido un insulto racista o relacionado con el terrorismo. Después de 2006, algunos tabloides británicos divulgaron expresiones como «hijo de un terrorista», presentándolas como conclusiones de la lectura de labios. Materazzi lo negó. En 2008, Reuters informó de que The Sun se había disculpado con él por la afirmación del supuesto insulto racista. A la luz de los hechos que hoy pueden verificarse, esas formulaciones concretas sobre terroristas o racismo no deben presentarse como algo demostrado.
De nuevo, la máquina de fabricar relatos estaba haciendo lo que mejor sabe hacer. Un genio había cometido, en el último partido de su carrera, un acto de descontrol que conmocionó al mundo. La gente quería saber con urgencia qué palabras podían haber llevado a alguien así hasta ese extremo. Porque de aquellas palabras dependía cómo juzgar el incidente: si el insulto había sido insoportable, la furia de Zidane resultaba algo más comprensible; si no había sido tan grave, el cabezazo se parecía más a un arrebato indefendible. Se deseaba con tanta fuerza encontrar una razón de peso para aquel descontrol que, cuando las imágenes no dieron respuesta, entró en escena la competición de lectura de labios. Se fabricaron versiones cada vez más precisas a medida que circulaban, hasta que alguien tuvo que disculparse. Cientos de millones de personas vieron el cabezazo con absoluta claridad. Pero las palabras que lo habían provocado, al final, nadie logró oírlas de verdad. Ver seguía sin equivaler a oír con claridad.
IV. No quiso decir que se arrepentía
Lo que dijo después del partido aquel hombre que había destrozado su final perfecto era todavía más difícil de encajar en un molde que el propio cabezazo.
Zidane concedió una entrevista pública tres días después de la final. De ella pueden recuperarse con precisión dos afirmaciones fundamentales. La primera era una disculpa a los niños: dijo que quería pedir perdón a todos los niños que habían visto el partido. La segunda era su rechazo de la palabra arrepentimiento: si se arrepentía, dijo, eso equivaldría a admitir que el otro tenía razón. También afirmó que no tenía ninguna excusa, pero que los insultos contra su madre y su hermana se habían repetido varias veces. No reprodujo la frase exacta en la entrevista ni se disculpó con el propio Materazzi.
Aquellas dos afirmaciones eran la respuesta de una persona viva al guion que otros habían escrito para ella. El guion exigía un héroe que terminara tan bien como había empezado, un trofeo alzado por encima de su cabeza, un punto final perfecto que permitiera a todos cerrar el libro satisfechos. Y él se negó a dárselo. Pedía perdón a los niños porque sabía que había dado un mal ejemplo en el campo. Pero se negaba a arrepentirse del cabezazo en sí, porque para él arrepentirse significaba dar por buenos los insultos contra su madre y su hermana, y eso no estaba dispuesto a admitirlo bajo ningún concepto. Prefería destruir aquel punto final perfecto antes que ceder en eso. El guion necesitaba que fuera un instrumento, un medio para conducir la historia a su desenlace feliz. Él insistió en ser una persona: alguien que tenía una madre y una hermana, alguien que, llegado ese momento, prefería volcar el tablero.
Precisamente ahí se queda sin recursos la máquina que pretende convertirlo todo en una historia. Puede escribir el final por adelantado, recoger las papeletas antes de tiempo, moldear a una persona hasta darle la forma que necesite, la de héroe o la de bruto. Pero se le escapó un detalle: quien ha sido metido en la historia no es un signo que pueda colocarse a voluntad. Es alguien de carne y hueso, con sus propias heridas y con agravios que no puede tragarse. Cuando el guion le pedía una despedida sonriente, él se acordó de su madre y de su hermana. Cuando todos aguardaban con ansia aquel punto final perfecto, algo que para él importaba más se impuso al trofeo que tenía al alcance de la mano. Las historias pueden escribirse de antemano, pero quienes las escriben olvidan siempre lo mismo: la persona que está dentro de ellas vive, se mueve por su cuenta y puede hacer en la última página algo que nadie haya escrito para ella.
Fuera del campo hubo además algo que hizo aún más patente lo absurdo de aquel final ya escrito.
El Balón de Oro de aquel Mundial distinguía al mejor jugador del torneo y se decidía por votación de los periodistas que lo cubrían. Zidane obtuvo dos mil doce puntos; Cannavaro, mil novecientos setenta y siete; Pirlo, setecientos quince. Zidane, el hombre al que acababan de expulsar en la final por conducta violenta, superó por el estrecho margen de treinta y cinco puntos al capitán de la Italia campeona y fue elegido mejor jugador del Mundial.
Aquí hay que explicar con honradez un matiz de la evidencia. Las fuentes no coinciden por completo sobre los tiempos de la votación. Una información posterior al partido distribuida por Reuters decía expresamente que el premio lo decidía la prensa y que los votos se habían emitido antes de que Zidane viera la roja. Otra información de las mismas fechas señalaba que el plazo oficial terminaba después de la final, pero que muchos periodistas entregaban su voto antes para poder concentrarse en el partido y escribir después. Ambas versiones son compatibles. Juntas permiten sostener, con mayor seguridad, que una cantidad considerable de votos se había entregado antes de acabar la final o, al menos, antes de que la tarjeta roja se hubiera asimilado plenamente. Afirmar que la mayoría había votado antes del pitido final es ir más lejos: los materiales públicos no contienen la hora de cada papeleta y la evidencia para esa afirmación más fuerte es incompleta. Solo puede decirse, por tanto, que la idea de que la mayoría ya había votado fue una explicación muy difundida por los medios de la época, no un hecho del procedimiento que pueda auditarse voto a voto.
Pero incluso sin dar por probado nada más, la imagen resulta suficientemente hiriente. La elección de Zidane como el mejor se apoyaba en su actuación a lo largo de todo el torneo, en juicios que aquellos periodistas ya habían escrito y entregado antes de que terminara el último partido. Cuando se produjo de verdad el cabezazo del minuto ciento diez, aquellas papeletas estaban entregadas y ya no podían retirarse. El Balón de Oro se convirtió así en el fósil de una conclusión escrita por adelantado, una sentencia solidificada antes de que los hechos la adelantaran. El relato se había puesto por delante de lo ocurrido y había escrito antes de tiempo el punto final del mejor jugador. Después los hechos se estrellaron de cabeza contra él, pero aquel punto ya no se podía borrar.
Y quienes habían emitido esos votos eran precisamente quienes contaban la historia. Aquel Balón de Oro no lo votaron los jugadores ni los entrenadores. Lo votaron los periodistas que cubrían el Mundial, los mismos que habían dedicado todo el torneo a preparar con palabras la despedida perfecta del viejo héroe. Con la misma pluma escribían el regreso y el final feliz, y rellenaban anticipadamente su nombre en la casilla del mejor jugador. En el minuto ciento diez, el protagonista salido de sus plumas rompió el manuscrito ante los ojos del mundo. Pero las papeletas estaban entregadas y la tinta se había secado. Mediante una votación formal, los narradores habían estampado un sello oficial sobre el desenlace que ellos mismos escribían. Cuando el protagonista rasgó el texto a la vista de todos, el sello ya estaba fijado y no había manera de despegarlo.
Un Balón de Oro y una tarjeta roja. El mismo partido, la misma persona. Lo que más desea la construcción es asignarle a alguien una identidad inequívoca: héroe o bruto, hay que elegir. Zidane, sin embargo, era ambas cosas. Era el reconocido mejor jugador de aquel Mundial y era el hombre expulsado por una agresión en la final. Ninguna de las dos cosas podía tapar ni disolver la otra. No había manera de fijarlo en un solo rostro. Ni siquiera la opinión francesa y la internacional pudieron ponerse de acuerdo. Fuera de Francia, el cabezazo recibió una condena generalizada como acto violento. Dentro, las emociones no siguieron exactamente el mismo curso. El presidente Chirac recibió a Zidane en París y le expresó su apoyo; en una votación de lectores de L'Équipe, el sesenta y uno por ciento consideró que el incidente no dañaría su reputación. El mismo acto recibió dos juicios radicalmente distintos a uno y otro lado de la frontera. Ni siquiera podía cerrarse esa pregunta: ¿cómo debía quedar una persona en la memoria?
V. Un campeón que floreció en el barro
El trofeo que los franceses habían dejado escapar por su propia mano acabó en manos de Italia. Y, mientras Italia lo levantaba, su fútbol se encontraba en el centro de una tormenta llamada Calciopoli.
En mayo de 2006, poco antes del inicio del Mundial, se hicieron públicas unas escuchas telefónicas del fútbol italiano. Las sospechas apuntaban directamente a los vínculos entre dirigentes de clubes y el sistema de designación de árbitros de la liga. La tormenta alcanzó incluso al seleccionador, Lippi. A finales de mayo, The Guardian ya escribía que el escándalo ponía en cuestión su continuidad en el cargo. Italia acudió al Mundial bajo aquella nube.
La nube no se disipó con el título. El 14 de julio, menos de una semana después de la final, la justicia deportiva italiana dictó su resolución en primera instancia: la Juventus descendía a la Serie B y perdía sus dos últimos campeonatos de liga; la Fiorentina y la Lazio también eran condenadas inicialmente al descenso; el Milan evitaba bajar, pero sufría una deducción de puntos y sanciones en el ámbito europeo. Días después, Guido Rossi, al frente de la Federación Italiana, declaró públicamente que ganar el Mundial obligaba con más razón a limpiar cuanto hubiera que limpiar en el fútbol del país. El título no era motivo para hacer borrón y cuenta nueva.
Volvió a presentarse una historia demasiado tentadora: un equipo campeón que florecía en el barro, que redimía a su fútbol con la gloria mundial precisamente en su momento más sucio. Pero esa historia debe ceñirse a los límites de los hechos. Hay dos afirmaciones que debemos sostener a la vez: Calciopoli fue real y el campeonato también; no se pueden fundir en una sola cosa. Aquel proceso juzgaba a clubes, a sus dirigentes y a las maniobras del sistema de designación arbitral de la liga. No juzgaba ningún partido de Italia en el Mundial. La conquista del título y las resoluciones de Calciopoli se produjeron casi al mismo tiempo, y muchos integrantes de la selección procedían, efectivamente, de los clubes implicados. Podemos colocar ambas cosas una junto a otra. No podemos deducir de ello, de forma automática, que aquel campeonato mundial llevara en sí una mancha judicial. Que el escándalo esté acreditado es una cosa; que el caso haya contaminado el título es otra. Ninguna resolución ha dejado demostrada esta última.
Mantener separados dos hechos verdaderos resulta incómodo, porque nuestra inclinación natural es convertirlos en uno. Si fundimos los hechos en una historia de redención, tenemos a un equipo injustamente humillado que, en el momento más oscuro de su fútbol, se reivindica con un campeonato: una flor nacida del barro. Esa versión enciende el entusiasmo. Si los fundimos en una historia de degradación, tenemos un fútbol podrido de arriba abajo que ni siquiera gana limpiamente un Mundial. Esa versión enciende la indignación. Las dos satisfacen, las dos pueden contarse de un tirón, y ninguna de las dos es honrada. La versión honrada es justamente la menos satisfactoria: las escuchas existieron, los descensos existieron y el trofeo también, pero para cargar directamente la cuenta de los clubes sobre el partido que aquellos once jugadores de la selección disputaron en Berlín falta un eslabón probatorio que nadie ha conseguido aportar. El escándalo está acreditado: esa es una afirmación. El título está manchado: esa es otra. Usar la primera como prueba directa de la segunda vuelve a ser una fusión hecha para ahorrarse trabajo.
Tampoco faltaron decisiones arbitrales difíciles de digerir en el camino de Italia. En octavos de final contra Australia, Materazzi fue expulsado en el minuto cincuenta. Ya en los últimos instantes del tiempo añadido, Grosso cayó en el área tras un contacto con Lucas Neill. El árbitro español señaló penalti, Totti lo convirtió e Italia superó el trance por uno a cero. La prensa británica ya describió aquel penalti como una decisión controvertida, y en octubre de 2006 hasta Blatter expresó disculpas por la polémica que había provocado. Otra vez se veía la decisión, pero no podía establecerse qué parte se debía a un error arbitral y qué parte a alguna otra cosa. No bastaba para una conclusión definitiva. Tampoco desaparecía.
Al terminar el año, el capitán italiano, Cannavaro, ganó también el Balón de Oro anual, el premio al mejor futbolista europeo del conjunto del año: era algo distinto del Balón de Oro del Mundial que había recibido Zidane. Buffon, por su parte, obtuvo el premio al mejor portero de aquel Mundial. Los honores fueron cayendo, uno tras otro, sobre el equipo campeón. Y sobre todos ellos seguía suspendida aquella nube que nunca terminó de dispersarse. Nadie logró despejarla por completo.
VI. Un cuento de verano
Si apartamos la cámara del terreno de juego, en la Alemania de aquel año encontramos otra historia: la del propio país anfitrión.
Miremos primero el verano tal como fue. La selección alemana de Klinsmann terminó tercera. Marcó catorce goles, más que cualquier otro equipo de aquel Mundial. Sin embargo, se recuerda todavía más que los resultados el ambiente que vivió toda la sociedad alemana durante aquel verano. La propia FIFA, al evocar después la competición, destacó que la huella tan duradera de Alemania 2006 se explicaba por la combinación del equipo y el clima social del país anfitrión.
Aquella Alemania tampoco figuraba entre las favoritas al título. Cuando Klinsmann se hizo cargo, el fútbol alemán atravesaba una etapa baja en la que predominaba el pesimismo. Dio entrada a un grupo de jóvenes y propuso un juego mucho más suelto que el de la selección rígida que se conservaba en la memoria. Un anfitrión por el que pocos apostaban antes del torneo acabó marcando más goles que nadie y llegó a semifinales. Solo eso bastaba para hacer hervir al público local. La sorpresa feliz que daba el equipo y el desahogo de las gradas se encendían mutuamente: una selección que jugaba cada vez mejor avivaba las multitudes en las calles, y aquel mar de banderas rojas elevaba a su vez el clamor del estadio. Si aquel verano quedó en la memoria como un cuento, no fue solo porque un documental le pusiera ese nombre. Fue también porque, mientras ocurría, millones de personas se entregaron a él por entero, de verdad.
El nombre de cuento de verano está estrechamente ligado al documental del mismo título. En textos oficiales posteriores, la Federación Alemana se refirió directamente al Mundial de 2006 como aquel cuento de verano y mencionó expresamente la película homónima de Sönke Wortmann. No fue, por tanto, una etiqueta que los historiadores pegaran muchos años después. Poco después de 2006, la película y la narración oficial fijaron juntas esa denominación en el lenguaje público. Apenas había pasado aquel verano cuando ya se lo empezaba a contar como un cuento.
Dos de las imágenes sociales más visibles de aquellos meses fueron la multitud de banderas y el seguimiento de los partidos en espacios públicos. A finales de junio de 2006, The Guardian describía una explosión del negro, el rojo y el dorado a la vista de todo el país: banderas en los coches, en los balcones, en los jardines, por todas partes. Un artículo periodístico de aquel año conservado en una plataforma alemana de documentación histórica situaba el fenómeno en un debate sobre un patriotismo del corazón. Algunos lo interpretaban como una señal de que por fin cedía la larga reserva de la Alemania de posguerra ante la bandera y los símbolos nacionales. Un estudio del Instituto Reuters sobre cómo había presentado la prensa británica Alemania 2006 también señaló que el Mundial había mejorado notablemente la imagen del país en esos medios. Entre las razones importantes estaba que los alemanes habían mostrado un patriotismo más cómodo consigo mismo, más natural.
Todo aquello existió de verdad y dejó abundantes testimonios contemporáneos. Millones de personas salieron realmente a la calle y llenaron realmente sus balcones de banderas. La alegría distendida, nacida de dentro, y el orgullo de un país que organizaba el torneo en su propia tierra fueron reales. Un país que, por su historia, había tratado sus símbolos nacionales con especial cautela se permitió aquel verano una relajación poco habitual. Ningún hecho posterior debería borrar de un plumazo ese alivio y esa alegría. Esa cara del cuento era verdadera.
VII. Una cuenta detenida por la prescripción
Pero debajo del cuento había una cuenta que nunca se consiguió aclarar.
Desde 2015, una investigación no dejó de sacudir la historia de aquel verano. Para seguir el rastro de esa cuenta hay que volver al origen del Mundial: a la votación que decidió quién lo organizaría. En julio de 2000, Alemania se impuso a Sudáfrica por doce votos a once y obtuvo la sede de la Copa del Mundo de 2006. El voto decisivo fue una abstención, la del representante de Oceanía, Charles Dempsey. Los registros de varios medios de la época muestran que, si Dempsey hubiera votado por Sudáfrica conforme a la preferencia establecida por la Confederación de Oceanía, el resultado habría sido doce a doce. La opinión más extendida era que Blatter, entonces presidente de la FIFA, habría utilizado su voto de desempate a favor de Sudáfrica. Dempsey dijo después que había soportado una presión intolerable y mencionó que había sido objeto de intentos de soborno.
La sede de todo un Mundial había pendido de aquella abstención. Si el voto hubiera ido a Sudáfrica, como quería originalmente Oceanía, la historia bien podría haber sido otra. El Mundial convertido después en cuento nacía ya sobre una incógnita difícil de explicar: un hombre sometido a una presión intolerable había retirado la mano en el último momento. La duda de aquel comienzo y la de los seis millones setecientos mil euros que aparecería años más tarde son dos nudos separados en una misma línea: uno pregunta por qué se votó de esa manera; el otro, por qué circuló así aquel dinero. Hasta hoy, nadie ha logrado desatar de verdad ninguno de los dos.
En 2015, Der Spiegel publicó la acusación central: el comité de candidatura de Alemania 2006 había recurrido a una operación de financiación de unos seis millones setecientos mil euros, cuyo origen se atribuía a un préstamo de un antiguo alto directivo de Adidas y que podía estar relacionada con la captación de apoyos en la votación del comité ejecutivo de 2000. Reuters dejó constancia entonces de dos hechos simultáneos. Por un lado, la Federación Alemana negaba tajantemente la existencia de una caja negra y la compra de votos. Por otro, su presidente reconoció después que no podía explicar por completo por qué aquellos seis millones setecientos mil euros habían sido transferidos a la FIFA en 2005. La negación y la imposibilidad de explicarlo estaban ahí, una al lado de la otra.
En 2016, una investigación encargada por la Federación Alemana ofreció una explicación importante, aunque no definitiva: se afirmaba que aquel dinero había pasado por la FIFA para devolver un antiguo préstamo al exdirectivo. Sin embargo, The Guardian, al informar de las conclusiones públicas de la investigación, señaló que no se podía descartar que Alemania hubiera comprado votos para obtener la sede. Lo más seguro que puede escribirse es, por tanto, esto: la investigación identificó la ruta por la que el dinero volvió a manos del antiguo directivo, pero no aclaró por completo por qué había existido inicialmente aquel dinero ni si estaba realmente vinculado a un intercambio de favores en la votación de la candidatura.
En 2020 llegó el último y más extraño desenlace de aquella cuenta. El procedimiento penal suizo terminó sin una resolución sobre el fondo: había vencido el plazo de prescripción. La FIFA expresó públicamente su decepción y consideró preocupante que el caso concluyera así, sin resultado alguno. Esas palabras señalan con exactitud el límite más importante a la hora de describir hoy el asunto: terminó porque prescribió, no porque se esclareciera. Los procedimientos que continuaron después en Alemania se concentraron más en el tratamiento fiscal y contable de los seis millones setecientos mil euros. Incluso mucho después, los tribunales alemanes se centraban en las declaraciones fiscales y en cómo se había descrito la operación, no en establecer de forma concluyente, mediante una resolución penal, si en la candidatura de 2000 se habían comprado votos.
Esta es otra forma, una nueva, en que la construcción no consigue cerrarse sobre sí misma. En Wembley, en 1966, el gol no podía aclararse porque no podía verse bien: la verdad se perdía más allá del límite del ojo humano. La cuenta de la candidatura de 2006 era distinta. No faltaron quienes la investigaran. Al contrario: investigó Der Spiegel, investigó el equipo contratado por la federación y la fiscalía suiza abrió una causa. Pero al final de todas esas pesquisas, la pregunta esencial, si aquel dinero había servido para comprar votos, seguía en el aire. Esta vez no la dejaban suspendida ni la oscuridad ni una motivación inaccesible, sino algo más frío: el tiempo. La máquina de la construcción que más se atiene a las pruebas tiene su propio reloj. Cuando se agota el plazo y llega la prescripción, el procedimiento se detiene automáticamente. Sin que los hechos se hayan probado ni refutado, el tiempo se hace cargo del caso y lo deja suspendido para siempre. La máquina que más desea cerrar las cosas no se quedó esta vez sin una respuesta por incapacidad de darla: ni siquiera llegó a tener tiempo para hacerlo. Su reloj sonó antes.
Una detención así inquieta más que descubrir la verdad o demostrar la inocencia. Si se prueban los hechos, el resto queda determinado: lo malo, por malo que sea, al menos se conoce. Si se demuestra la inocencia, las sospechas se disipan. Pero la prescripción no ofrece ninguna de las dos cosas. No declara culpable a nadie ni lo declara inocente. Solo anuncia que el tiempo se ha acabado y que se deja de preguntar. La pregunta de si aquel dinero había comprado votos pasa así de esperar una respuesta a no recibirla nunca más. Queda suspendida, sin confirmación ni refutación. No se ha resuelto; se ha dejado a un lado. El procedimiento de la construcción que debía acercarse a la verdad acabó acercándose a su propia fecha límite. Llegada la hora, terminó automáticamente la jornada y dejó intacta la respuesta que no había alcanzado, junto con todas las preguntas. Nadie volvió a tocarlas.
Alemania 2006 se convierte así en dos cosas que pueden ponerse una junto a otra, pero no fundirse en un solo relato. El ambiente social que vivió realmente el anfitrión aquel verano y la mejora de su imagen nacional son ciertos y están respaldados por abundantes registros de la época. También es cierta la nube de sospechas que, desde 2015, envolvió durante años el dinero de la candidatura y quedó suspendida para siempre en 2020 por la prescripción. Ambas son realidades históricas. Solo que la segunda, hasta hoy, nunca ha quedado completamente aclarada por una resolución judicial sobre el fondo. El cuento es real. La cuenta sin aclarar que hay debajo del cuento también.
VIII. Para cerrar
Reunamos todos los hilos.
El Mundial de 2006 fue un Mundial sobre la manera en que el relato se adelanta a los hechos y en que los hechos, una y otra vez, se niegan a seguirlo.
A la carrera de Zidane le habían escrito por adelantado un final perfecto: el punto final de un viejo héroe que termina tan bien como empezó. Pero en el minuto ciento diez, la persona viva que debía escribirlo lo hizo pedazos con su propia cabeza. Se negó a ser un instrumento para llevar la historia a buen puerto. Prefería destruir el final antes que renunciar a aquello que debía preservar como persona. Y el Balón de Oro, ya decidido por los votos antes de la agresión, quedó como una prueba solidificada de que el relato se había adelantado efectivamente a los hechos. Había escrito de antemano la conclusión del mejor jugador; después los hechos chocaron de frente con ella y ya no hubo manera de retirarla. Un Balón de Oro y una roja recayeron sobre el mismo hombre. Ninguno pudo disolver al otro. La construcción quiso darle una identidad inequívoca y, hasta el final, no lo consiguió.
Italia levantó el trofeo en el momento más sucio del fútbol de su país. La historia de una flor nacida en el barro ya estaba esperando. Pero el escándalo fue real y el campeonato también. Calciopoli juzgaba a los clubes y a la liga, no lo sucedido en los campos del Mundial. Dos hechos verdaderos solo pueden ponerse uno junto a otro, sin dejar que ninguno escriba para el otro una conclusión satisfactoria. El cuento del verano alemán, por su parte, fue contado como tal por el cine y por las instituciones apenas terminó. La cuenta de la candidatura que había debajo, en cambio, siguió sin aclararse tras años de investigación. Al final no se confirmó ni se refutó: un reloj llamado prescripción se hizo cargo de ella y la dejó detenida para siempre.
Son tres rostros de la incapacidad de la construcción para cerrarse sobre sí misma. En uno, la persona viva actúa por su cuenta y derriba el desenlace escrito. En otro, dos hechos verdaderos se resisten con todas sus fuerzas a reducirse a una única conclusión satisfactoria. En el tercero, el reloj de la prescripción suena antes de que llegue la verdad y deja la pregunta suspendida para siempre. Lo que el relato quiere es siempre un círculo que pueda cerrarse, una historia con principio y fin en la que todo encaje sin fisuras. Juntos, esos tres rostros dicen lo mismo: siempre hay algo que el círculo no consigue encerrar. A veces, algo se niega de entrada a entrar en él. A veces, una sola persona insiste en ser dos: si la llamamos héroe, lo es; si la llamamos bruto, también. Y otras veces, antes de terminar el círculo, la mano que lo dibuja se detiene por su cuenta.
Cada vez hay más cosas a la vista. Cientos de millones de personas pudieron contemplar el cabezazo de Zidane fotograma a fotograma hasta saciarse. De aquellas dos decisiones anuladas y después concedidas, de las banderas que llenaron los balcones y de los seis millones setecientos mil euros transferidos a la FIFA, todo quedó registrado y expuesto a la luz. Pero ver nunca ha sido lo mismo que ver con claridad. Cuanto más se acumulan las imágenes visibles, más hirientes resultan los pocos lugares verdaderamente inaccesibles. ¿Qué palabras exactas provocaron aquel cabezazo? No se alcanzan a oír con certeza. ¿Qué se transmitió por los auriculares detrás de la roja? No puede reproducirse. ¿Se había utilizado aquel dinero para comprar votos? No se consigue aclarar. El relato quiere siempre escribir antes de tiempo una historia de cierre perfecto. Pero siempre hay una persona viva, un caso sin resolver o una cuenta que no cuadra que se resisten a ese cierre, permanecen obstinadamente al borde de la historia y perforan su perfección. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.