Daejeon
El Mundial en que todo se veía y el caso que seguía sin resolverse
En este ensayo
I. Esta vez se veía todo
El Mundial de 2002 se celebró en Corea del Sur y Japón. Era la primera vez que la Copa del Mundo llegaba a Asia y también la primera que organizaban dos países. Pero la cicatriz más honda que dejó en la historia del fútbol fueron aquellos partidos de eliminación directa, envueltos en polémica, que jalonaron el camino de Corea del Sur hasta las semifinales.
Conviene empezar por lo que distinguió a esta edición. Veinticuatro años antes, aquella noche en Buenos Aires, Argentina había ganado a Perú por seis a cero. No se logró esclarecer aquel partido porque, a ambos lados, quienes sabían lo ocurrido eran regímenes cuyo oficio consistía en hacer desaparecer la verdad. La habían tapado desde el principio. En 2002 sucedió exactamente lo contrario. Corea del Sur contra Italia, Corea del Sur contra España: ninguna de las decisiones arbitrales que decidieron su suerte se tomó a oscuras. Las cámaras las registraron todas, las grabaciones se conservaron completas y el mundo entero las examinó fotograma a fotograma, una y otra vez.
Así, un viejo problema adquirió una forma completamente nueva y aún más exasperante. Lo del gol de Wembley en 1966 no se podía esclarecer porque no se veía bien: el balón iba demasiado deprisa para el ojo humano. En 2002, en cambio, todo se veía con absoluta claridad. Y, una vez visto, la pregunta más importante seguía fuera de alcance. Resultaba que entre poder ver algo y llegar a comprenderlo había todavía una distancia enorme.
II. Tres jugadas bajo examen
Veamos primero el partido entre Corea del Sur e Italia.
18 de junio de 2002, Daejeon, octavos de final. Corea del Sur eliminó a Italia por dos a uno con un gol de oro en la prórroga. Vieri había adelantado a los italianos, Seol Ki-hyeon empató y Ahn Jung-hwan marcó el gol decisivo. Arbitraba el ecuatoriano Moreno. De aquel encuentro quedaron tres jugadas que después se repitieron y se volvieron a mirar hasta la saciedad.
La primera llegó poco después del comienzo: Moreno señaló un penalti a favor de Corea del Sur y Buffon lo paró. Ni las repeticiones acabaron con la discusión sobre si estaba bien señalado. Lo único indiscutible era que se había pitado el penalti y que el portero lo había detenido.
La segunda ocurrió en la prórroga. Totti cayó dentro del área y Moreno le mostró la segunda amarilla por simular, expulsándolo. Sin embargo, las repeticiones mostraban una y otra vez que había habido contacto entre Totti y Song Jong-guk, y que Song también había tocado el balón. Según el reglamento de la International Football Association Board, para sancionar una simulación el árbitro debe apreciar intención de engañarlo. Lo que permitían concluir las imágenes era que aquel contacto quizá no bastara para señalar penalti, pero tampoco constituía, ni mucho menos, una simulación inequívoca. Era muy posible que aquella amarilla a Totti hubiese sido un error.
La tercera llegó poco después de la expulsión. Tommasi marcó un gol que fue anulado por fuera de juego. Las repeticiones mostraban también que, en el momento en que salió el pase, Tommasi estaba en posición reglamentaria. Aquel fuera de juego estaba mal señalado.
Tres jugadas. La conclusión más extendida tras revisar las imágenes fue que, en al menos dos de ellas, las decisiones arbitrales eran muy cuestionables. Se veía con toda claridad. Pero ahí estaba precisamente el problema: ya habíamos visto los problemas de aquellas decisiones. ¿Y ahora qué?
III. Se veía el error, no su causa
Algunos errores se veían con claridad; otras decisiones seguían siendo discutibles. Pero ni siquiera cuando el error era inequívoco se veía por qué se había cometido. En la distancia entre ambas cosas se encontraba el problema más profundo de aquel Mundial.
Un árbitro puede equivocarse por muchas razones. Quizá no tenga suficiente nivel y, ante una situación compleja que se resuelve en un instante, vea mal lo sucedido. Quizá la presión de una afición anfitriona que ruge desde las gradas lo incline hacia su equipo sin que él mismo lo advierta. O quizá, como sostenía la versión más difundida, alguien le haya dado instrucciones entre bastidores para que pite de ese modo. Las tres causas conducen a conclusiones radicalmente distintas: un problema de capacidad, uno de presión o uno de manipulación.
Y no había un solo fotograma de aquellas grabaciones completas que permitiera distinguir entre las tres. Las imágenes podían decirte que una decisión era equivocada; no podían decirte qué tenía en la cabeza quien la había tomado. Si no había visto bien, si había perdido los nervios o si llevaba consigo unas instrucciones inconfesables. La cámara capta los actos de una persona, pero no sus motivos. La decisión arbitral es visible. El porqué que hay detrás no lo es.
Así, 2002 y 1966 se encontraban en lo más profundo, aunque hubieran llegado desde direcciones opuestas. En 1966 la verdad se había perdido más allá de los límites del ojo humano: ni siquiera se podía ver con certeza si el balón había cruzado la línea. En 2002 estaba expuesta ante cientos de millones de personas. Algunos errores arbitrales se veían perfectamente, pero el porqué decisivo seguía perdido en un lugar al que ninguna grabación podía llegar. En un caso, no se podía esclarecer porque no se veía. En el otro, se veía y aun así no se podía esclarecer. Ver nunca ha sido lo mismo que entender.
IV. Ese porqué fuera de alcance
Ese porqué inaccesible dio lugar después a la controversia de mayor peso de toda aquella edición.
Una versión lo tenía claro: aquello había sido una manipulación. Corea del Sur había comprado a los árbitros, o la FIFA había maniobrado en secreto para que el anfitrión llegara lejos. En la memoria de los aficionados, esta explicación casi ha adquirido rango de hecho probado. En 2015, mientras la FIFA se hundía en los escándalos de corrupción, un periódico italiano volvió sobre el asunto. Afirmaba que en 2002 la FIFA había querido que el anfitrión siguiera adelante y que ese deseo había influido en las designaciones arbitrales. Vinculaba además lo ocurrido con aquel dirigente que entonces se había visto implicado en el caso de corrupción. Aquellas informaciones convirtieron una sospecha difusa en una acusación muy concreta.
Pero justo aquí hay que respetar la frontera más difícil de mantener y, a la vez, la más importante. Hay que separar esas capas, una por una.
Lo que sí se puede demostrar es que toda una serie de decisiones de aquellos dos partidos sale muy mal parada al revisar las imágenes. Hay un registro objetivo de ello. El propio Moreno admitió después que la entrada de Hwang Sun-hong que lesionó a Zambrotta merecía una sanción más severa. Reconoció personalmente aquel error arbitral. Las anomalías fueron reales.
Lo que sigue abierto a discusión, y se puede examinar, es cuántas de esas decisiones fueron errores inequívocos y cuántas fueron jugadas dudosas, de interpretación. También sigue en disputa si basta esta explicación: un árbitro ya de por sí irregular se vio desbordado por la presión extrema del campo del anfitrión y acabó dirigiendo así el partido. Todo eso continúa debatiéndose.
Lo que nunca se ha podido demostrar es la manipulación. Por intensa que sea la sospecha, por convincente que resulte a primera vista, en los materiales disponibles no ha aparecido lo que permitiría probarla: un registro de pagos a un árbitro, la confesión de un responsable de las designaciones, una orden autenticada de arbitrar de determinada manera o una resolución oficial que declarase amañados esos dos encuentros. El presidente de la FIFA, Blatter, negó públicamente que hubiera una conspiración para mantener a Corea del Sur en el torneo, aunque más tarde reconoció la incompetencia del arbitraje en aquel Mundial. En cuanto al alto dirigente del fútbol surcoreano al que se alude una y otra vez, es cierto que ocupó durante muchos años un puesto importante en la FIFA y que después recibió una sanción ética por otro asunto relacionado con una candidatura. Pero entre los materiales disponibles no hay ningún documento de primera mano que pruebe que en 2002 ordenó cómo debía arbitrarse partido alguno.
Hay pruebas de anomalías; no las hay de manipulación. Es necesario decir las dos cosas a la vez. Si se omite cualquiera de ellas, se desfigura lo ocurrido. Hablar solo de las anomalías y enlazar sin más aquellas malas decisiones hasta convertirlas en una conspiración demostrada equivale a dar por resuelto lo que sigue en disputa. Hablar solo de la falta de pruebas y fingir, en sentido contrario, que las decisiones no tuvieron nada de cuestionable equivale a cerrar los ojos ante anomalías documentadas. La verdad permanece atascada en ese lugar incómodo entre ambas afirmaciones. Se niega a ofrecer a ninguno de los dos bandos una respuesta que lo deje satisfecho.
Ahí reside el dilema más profundo de este Mundial. Dentro de la construcción, los mecanismos que más se atienen a las pruebas y más aspiran a cerrar los asuntos, como una investigación formal o una declaración oficial, solo pueden llegar hasta la incompetencia arbitral cuando se enfrentan a ese porqué. Más adentro quedan el motivo y la cadena de instrucciones, que tampoco pueden alcanzar. Pueden confirmar el error de una decisión, pero no qué había en la mente de quien la tomó. La maquinaria más empeñada en cerrar el caso vuelve a reconocer, ante esa pregunta, que no consigue hacerlo.
V. Un villano demasiado oportuno
Ante aquel porqué que no había manera de alcanzar, la gente necesitaba desesperadamente una respuesta. Y Moreno, precisamente, le puso una en bandeja.
En septiembre de 2002, poco después del Mundial, Moreno fue suspendido en Ecuador por veinte partidos a raíz de una polémica en la liga nacional. Al mismo tiempo, la FIFA anunció que investigaría las controversias que había suscitado en distintos lugares. Pero lo más explosivo llegaría ocho años después. En septiembre de 2010 fue detenido al entrar en Estados Unidos por el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. Llevaba heroína adherida al cuerpo. Al año siguiente se declaró culpable y fue condenado a treinta meses de prisión.
El árbitro de aquel partido que todo el mundo condenaba se había convertido, ocho años después, en un narcotraficante de verdad. La historia era demasiado perfecta. Parecía un testigo enviado por la providencia para dar definitivamente la razón a todos los que sospechaban de 2002: ahí lo tenéis, ese hombre ya era malo; ¿qué más hace falta decir sobre aquel partido?
Pero aquí hay que detenerse otra vez. El delito de drogas de Moreno fue real, se juzgó ante un tribunal y quedó probado de forma irrefutable. Por sí solo, sin embargo, no demuestra que un partido de ocho años antes estuviera amañado. Que un hombre transportara drogas en 2010 y que cobrara o no por favorecer a un equipo con su arbitraje en 2002 son dos cuestiones distintas. Que alguien se haya torcido después, o incluso que ya tuviera un pasado turbio, no demuestra que obrara de mala fe en cada episodio discutido de su vida. Fundir ambas cosas en una sola es otro atajo de la memoria. Era tan intenso el deseo de dar una respuesta definitiva a aquel porqué inalcanzable que, en cuanto Moreno se presentó con su condición de narcotraficante, la gente se apresuró a convertirla en la sentencia del caso pendiente de 2002.
Es el procedimiento favorito de la maquinaria del relato: no soporta una pregunta sin resolver y necesita encontrar un villano al que atribuírselo todo para zanjarla. La caída posterior de Moreno proporcionó precisamente ese villano. Pero el delito que una persona comete después no permite resolver retroactivamente un caso anterior. La heroína de 2010 no cambia el hecho de que el porqué de 2002 siga fuera de alcance. Solo hace que parezca contestado. En realidad, no se ha contestado nada.
VI. La preparación fue real, las dudas también
Para hacer justicia a aquel Mundial hay que decir otra cosa igualmente cierta: Corea del Sur era de verdad una selección fuerte.
Hiddink se había hecho cargo del equipo en enero de 2001, mucho antes de la fase final. Consiguió una disponibilidad de los jugadores poco habitual. Gracias a la reorganización del calendario de la liga pudo trabajar con la selección todos los días durante los cuatro meses previos al Mundial. Contrató a un preparador físico dedicado específicamente a esa tarea y dispuso un trabajo de fuerza de gran volumen. La menor carga de partidos de liga redujo, además, el riesgo de que los jugadores se lesionaran antes del torneo. Son hechos documentados y constituyen el argumento más sólido de quienes sostienen que Corea del Sur ganó gracias a una preparación legítima. La opinión general de entonces era que probablemente se trataba de una de las selecciones en mejor condición física de aquella edición. Y esa enorme resistencia les ayudó a desgastar hasta el límite a Italia y a España.
Hay que reconocerles todo ese mérito. Un equipo contrata a un buen entrenador, trabaja a conciencia, alcanza la mejor forma física de todos y se impone gracias a ella: esa es una capacidad real y digna de respeto. Atribuir todos los resultados de Corea del Sur en aquel Mundial a árbitros comprados es injusto. Borra el sudor que sus futbolistas derramaron de verdad. Su lucha por cada balón fue real, su espíritu competitivo fue real y el clamor ensordecedor de su afición en casa también fue real.
Pero ahí está lo más difícil del asunto: la preparación fue real y las dudas también. Ambas cosas son ciertas. Reconocer la fortaleza de Corea del Sur no hace desaparecer aquellas decisiones equivocadas; señalar las anomalías arbitrales tampoco vuelve ficticio el esfuerzo de sus jugadores. Las dos cosas deberían poder coexistir, sin obligarnos a elegir entre «todo fue arbitraje comprado» y «todo fue mérito propio». Lo que ocurrió fue que un equipo verdaderamente fuerte ganó unos partidos muy enturbiados por las malas decisiones de los árbitros. La superposición de esos dos hechos no tiene nada de contradictorio. Lo que no ofrece es la satisfacción de verlo todo en blanco y negro.
Aquella nube de sospechas también alcanzó a una persona concreta. Ahn Jung-hwan, autor del gol de oro, jugaba entonces cedido en el Perugia italiano. En cuanto Italia quedó eliminada, Gaucci, el dueño del club, lo atacó públicamente: dijo que no quería pagar a alguien que había destruido el fútbol italiano. En aquel ambiente terminó la etapa de Ahn en Perugia. Un futbolista había hecho en el campo lo que le correspondía, marcar un gol válido, y acabó pagándolo con su puesto de trabajo por unas sospechas que rodeaban ese gol y sobre las que no tenía ningún control. Para él, aquel porqué inalcanzable acabó teniendo una consecuencia bien palpable: quedarse sin empleo.
VII. Había más casos sin resolver
En realidad, los asuntos que quedaron abiertos en aquella edición no se limitaban a los dos partidos de Corea del Sur.
Francia llegó como campeona vigente y entre las grandes favoritas. Sin embargo, perdió el encuentro inaugural por cero a uno ante Senegal, empató a cero con Uruguay y cayó por cero a dos frente a Dinamarca. Tres partidos de grupo, ni un gol y vuelta a casa. La campeona del Mundial anterior, una de las principales favoritas antes de empezar, quedó eliminada de la manera más deslucida. Era otro pronóstico que se venía abajo. Aquella confianza tan extendida en que revalidaría el título se hizo añicos en cuanto empezó a rodar el balón. Ni la gloria de la edición anterior ni los buenos augurios podían garantizar el resultado de esta. En el césped, el azar, al que nada de eso le importa, tiene la última palabra.
Y entre tantas cosas que no se podían aclarar ni dar por resueltas hubo un hombre que respondió de la manera más incontestable a su propio caso pendiente de cuatro años atrás. Era Ronaldo. Lo que le había sucedido en el cuerpo aquella tarde de la final de 1998 no se había podido esclarecer ni siquiera con la intervención del Congreso de Brasil. Era un enigma destinado a quedar siempre fuera de alcance. Después, en 1999 y en 2000, sufrió dos graves lesiones de rodilla y se perdió casi toda la fase de clasificación de Brasil para el Mundial. Todos creían que aquel Ronaldo no volvería.
Pero en 2002 volvió. Marcó ocho goles y ganó la Bota de Oro. En la final contra Alemania anotó dos. El primero llegó al aprovechar el rechace de un disparo de Rivaldo que Kahn no había conseguido blocar; el portero alemán lo describiría después como su único error en aquella final. Brasil se proclamó campeón por dos a cero. Aquel nueve que cuatro años antes había corrido por una final como ausente, sin que nadie supiera qué le estaba ocurriendo en el cuerpo, regresó al mismo escenario y levantó la Copa del Mundo con dos goles que nadie podía discutir. Quizá nunca se resuelva el porqué de aquella tarde de 1998. Pero los dos goles de 2002 entraron en la red: se vieron con claridad y no admitían discusión. Hay enigmas que no se pueden resolver sobre el papel, pero sí se pueden dejar atrás con otra cosa igualmente irrefutable. Ronaldo no explicó aquella tarde. Con un título hizo que dejara de ser el final de su historia.
VIII. Cierre
Juntemos ahora todas las piezas.
El Mundial de 2002 llevó un viejo problema a un callejón sin salida completamente nuevo. Veinticuatro años antes, aquella noche en Buenos Aires, los regímenes habían ocultado la verdad y no había manera de verla con claridad. En 2002, en cambio, estaba expuesta ante cientos de millones de personas. Todas las decisiones polémicas de los dos partidos de Corea del Sur habían quedado registradas en grabaciones completas, y el mundo entero pudo verlas fotograma a fotograma hasta hartarse. Algunos errores se veían perfectamente; otras decisiones seguían en discusión. Pero ver el error no permitía ver por qué se había cometido. Capacidad, presión o manipulación: ni todas las grabaciones juntas permitían distinguir entre ellas. Lo visible era la decisión; lo invisible, el porqué que había detrás.
Ese porqué se convirtió en el resto más profundo de aquel Mundial. No había forma de alcanzarlo, ni siquiera para los mecanismos de la construcción más ceñidos a las pruebas. Una investigación, una declaración oficial: al final, solo llegaban a la incompetencia arbitral. Las anomalías estaban documentadas objetivamente, pero no había un solo documento que demostrara la manipulación. Es necesario enunciar juntas esas dos afirmaciones; ninguna puede tapar a la otra. Convertir sin más una sucesión de decisiones anómalas en una conspiración probada supone dar por cerrado lo que sigue en disputa. Fingir, por el contrario, que aquellas decisiones no tenían nada de cuestionable supone cerrar los ojos ante anomalías demostradas. La verdad sigue suspendida entre ambas afirmaciones y se niega a ofrecer a ninguno de los dos bandos una respuesta satisfactoria. La gente no soportaba esa incertidumbre. Por eso, cuando ocho años después Moreno se convirtió en narcotraficante, se aferró a aquel villano tan oportuno y utilizó la heroína de 2010 como sentencia del caso pendiente de 2002, aunque en realidad no resolviera nada.
Lo más real de todo son las personas que quedaron bajo la sombra de ese porqué inaccesible. Ahn Jung-hwan marcó un gol de oro reglamentario y perdió su trabajo en Italia por unas sospechas que no estaba en su mano despejar. Toda la selección de Corea del Sur se preparó hasta alcanzar la mejor condición física del torneo y luchó hasta el final. Pero su esfuerzo quedó atrapado en aquellas dudas: nunca se ha logrado deslindar cuánto hubo de mérito y cuánto de extraño. La caída posterior de Moreno lo convirtió en el villano que la gente necesitaba con urgencia; paradójicamente, eso hizo que todavía menos personas se tomaran el trabajo de investigar en serio qué había sucedido en el partido de años atrás. La construcción puede registrar todas las decisiones arbitrales, poner en marcha cuantas investigaciones quiera y servirle al público un villano ya hecho. Lo que no puede es filmar los motivos que hay detrás de una decisión, averiguar el verdadero porqué ni devolver una inocencia sin mancha a quienes sufrieron las consecuencias. Cada vez hay más cosas a la vista, pero eso no significa que las entendamos mejor. Ese porqué sigue ahí, expuesto ante todos, observado millones de veces y sin que nadie haya conseguido verlo de verdad con claridad. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.