París
Un equipo convertido en la respuesta que un país buscaba y dos enigmas que no se pueden cerrar
En este ensayo
- 1. El equipo convertido en respuesta
- 2. El resultado puede cerrarse; la integración, no
- 3. Cómo se deshizo aquella respuesta
- 4. El símbolo que guardaba silencio
- 5. La tarde del día de la final
- 6. Cinco personas, cinco versiones
- 7. Ni la investigación consiguió cerrar el caso
- 8. Dos enigmas, dos caras de lo mismo
- 9. El hombre alzado y el hombre al que nadie veía
- 10. Cierre
1. El equipo convertido en respuesta
En el Mundial de 1998, Francia levantó la copa por primera vez. Pero a aquel equipo se lo recuerda de una manera distinta a los demás campeones: se lo tomó por la respuesta a un problema de todo un país.
No es algo frecuente en la historia de los Mundiales. Un equipo campeón suele llevarse la gloria, un trofeo, un lugar en la memoria de una generación. La Francia de 1998 recibió bastante más. Se depositó en ella una esperanza que desbordaba de lejos el fútbol: se esperaba que, con una victoria, respondiera a una pregunta que el fútbol jamás podría responder. ¿Pueden las personas de un mismo país, con distintos colores de piel y procedencias, llegar de verdad a formar un todo? Al equipo se le echó encima una carga que nunca le habría correspondido llevar.
Un equipo, en sí mismo, no es más que once personas que juegan al fútbol. Su cometido consiste en jugar bien y ganar los partidos. Sin embargo, en 1998 se amontonaron sobre aquella selección demasiadas cosas ajenas al fútbol. Se la convirtió en la prueba de que un país se había reconciliado consigo mismo, en la muestra de un ideal de diversidad hecho realidad. Eran esperanzas hermosas, pero también pesadas y peligrosas. Porque, en cuanto un equipo se convierte en una respuesta, su victoria se interpreta más allá de lo que permite: pasa a demostrar que esa respuesta es válida. Y el verdadero problema que hay detrás queda, gracias a la victoria, momentáneamente oculto, como si ya no hiciera falta seguir esforzándose por resolverlo.
Los orígenes de aquella selección francesa eran extraordinariamente diversos. Thuram había nacido en Guadalupe; Desailly, en Acra, Ghana; Vieira, en Dakar, Senegal. Zidane, el eje del equipo, había nacido en Marsella y era de ascendencia argelina. Cuando aquel conjunto de distintos colores de piel y procedencias ganó para Francia la Copa del Mundo, empezó a circular a toda velocidad una fórmula: negros, blancos y magrebíes. Esos tres colores, unidos, eran la nueva Francia.
Cada uno de esos tres términos nombraba una pieza de la sociedad francesa. Negros: los procedentes del África subsahariana y de los departamentos de ultramar del Caribe. Blancos: la población blanca autóctona. Magrebíes: las personas de ascendencia árabe provenientes de antiguas colonias como Argelia y Marruecos. En la Francia real, esas tres piezas siempre habían estado separadas por profundas distancias y tensiones. Los descendientes de inmigrantes de las antiguas colonias, en particular, llevaban mucho tiempo sufriendo discriminación y marginación. Aquel equipo reunió las tres piezas dentro de una misma camiseta azul. Y, además, consiguió que encajaran a la perfección y ganaran el Mundial.
El peso de aquella fórmula no estaba en el campo, sino fuera de él. Sin hacer ruido, convertía una victoria futbolística en la victoria de otra cosa: había triunfado una Francia plural, capaz de integrar a personas de distinto color de piel y distinta procedencia.
La conversión resultaba tan tentadora porque igualaba algo extremadamente difícil con algo relativamente visible. Lograr que distintos grupos étnicos se integren de verdad es difícil, lento, algo que no se ve ni se toca. Ganar un Mundial, en cambio, es concreto, visible, algo que todo un país puede presenciar. Al tomar lo segundo como prueba de lo primero, aquella tarea tan difícil parecía disponer de pronto de una demostración palpable. Pero la igualdad era falsa. La unión en el campo descansa sobre un objetivo común que se impone a todo lo demás: ganar. En la sociedad real no hay un objetivo compartido capaz de imponerse de ese modo a las diferencias entre grupos étnicos. Sin ese objetivo, que la unión del campo pueda trasladarse fuera de él es una enorme incógnita. La noche del título, más de un millón de personas invadieron los Campos Elíseos. Sobre el Arco del Triunfo se proyectaron el rostro de Zidane y unas palabras: «Zidane, presidente».
La magnitud de aquella noche revelaba la urgencia con que se necesitaba esa respuesta. Más de un millón de personas se echaron espontáneamente a una avenida; el nombre de un futbolista apareció junto a la palabra «presidente» sobre el monumento más solemne del país. Aquello excedía por mucho la celebración de un partido ganado. La gente no festejaba solo la victoria de Francia. Festejaba lo que creía haber visto: parecía haber llegado, por fin, una Francia capaz de unir a todos los franceses, sin distinción de color. Aquella noche, París celebraba menos a un equipo que una hermosa imagen de sí misma. De la noche a la mañana, un grupo de personas que jugaban al fútbol se había convertido en el sueño de un país sobre lo que quería ser.
Lo que hay que seguir es precisamente esa conversión. El resultado de un partido y el problema de una sociedad son cosas distintas; en 1998, lo primero se tomó por la respuesta a lo segundo. Y aquel mismo Mundial dejó también otro enigma para el que nadie ha podido dar una respuesta.
Uno de esos dos asuntos estaba a plena luz, rodeado de estruendo: todo un país festejaba una respuesta proclamada. El otro permanecía en la oscuridad, confuso, mientras el mundo entero conjeturaba sobre una verdad inalcanzable. Parecen no tener nada que ver. Uno trata de raza y nación; el otro, del cuerpo de un futbolista. Pero, vistos desde la ley cíclica de cincelar y construir, resulta que ambos hablan de lo mismo.
2. El resultado puede cerrarse; la integración, no
Aclaremos primero qué falla en esa conversión.
Su atractivo está en la sensación de control que ofrece. Un problema como el racial es enorme, difuso; no se sabe por dónde abordarlo. El resultado de un partido es claro, concreto, se entiende de un vistazo. Cuando se confía la respuesta del primero al segundo, aquel problema que parecía imposible de abarcar se vuelve, de pronto, manejable: basta con ganar ese partido y el problema parece tener respuesta. Es una simplificación con la que uno se consuela. Se sustituye a escondidas un gran problema sin solución por otro pequeño que sí la tiene, y después se hace pasar la solución del pequeño por la del grande. Más que la solución del problema racial, lo que la gente necesita es la tranquilidad de sentir que ya está resuelto.
El resultado de un partido es algo que la construcción sí puede cerrar. Suena el pitido final, el marcador queda fijado y está escrito, negro sobre blanco, quién ganó y quién perdió. No hay más discusión. Un tres a cero es un tres a cero; Francia campeona es Francia campeona. Es un resultado que puede cerrarse por completo. La integración racial de una sociedad, la posibilidad de que personas de distintas procedencias se acepten de verdad dentro de un mismo país, no es algo de esa naturaleza. No tiene pitido final ni marcador. Es un proceso largo, con avances y retrocesos, sin un punto de llegada definido.
Las escalas son radicalmente distintas. Un partido dura noventa minutos, a los que, como mucho, se suman la prórroga y los penaltis. Tiene un principio y un final claros, una victoria y una derrota inequívocas. La integración de una sociedad dura generaciones, incluso más. No tiene pitido inicial ni pitido final: lo que ayer parecía un paso adelante puede convertirse hoy en dos pasos atrás. Se puede decir que un partido terminó en un minuto determinado. No se puede decir que la fractura racial de una sociedad sanó un día concreto. Lo primero es un punto; lo segundo, una línea cuyo final no se alcanza a ver. Tomar un instante de esa línea por el final de toda ella ya era, de entrada, un error.
Ahí estaba el fallo de la conversión de 1998. Se tomó algo que podía cerrarse, el resultado, como respuesta a algo que no podía cerrarse, la integración. Era como decir: mirad, negros, blancos y magrebíes han ganado juntos; eso demuestra que la Francia plural ha triunfado, que las fracturas raciales se han curado, que Le Pen, siempre atacando a los inmigrantes, se ha llevado un buen revés. Se había ganado un partido y, con él, se declaró resuelto el problema de toda una sociedad.
Pero era un cierre falso. Un trofeo puede demostrar que once personas de distinto color de piel son capaces de entenderse a la perfección en el campo. No puede demostrar que se hayan disuelto las barreras que separan a decenas de millones de personas fuera de él. El campo es un espacio estrictamente delimitado por reglas. Allí no importa el color de la piel, sino marcar goles, y el objetivo común de ganar puede fundir por un momento todas las diferencias. La sociedad que queda fuera no dispone de ese objetivo compartido ni de ese pitido final. Tomar la victoria de dentro como respuesta al problema de fuera es hacer pasar un hecho pequeño y cierto por el desenlace de algo grande que sigue pendiente. Lo que más desea la construcción es siempre un cierre limpio, una respuesta inequívoca. En 1998, una sociedad deseaba tanto esa respuesta que se aferró a una victoria futbolística para proclamarse vencedora de una batalla que en realidad no había ganado.
El impulso no es difícil de entender. Las divisiones raciales son un problema pesado, espinoso, que hace sentir impotencia. No hay remedio de efecto inmediato. Solo se pueden ir desgastando poco a poco, con un esfuerzo largo y difícil. Cansada de ese peso sin solución, la gente ansiaba una respuesta clara, estimulante, definitiva. Y la victoria de 1998 le puso delante una respuesta ya hecha: brillante, conmovedora, capaz de hacer olvidar por un rato aquel peso y creer que el problema estaba resuelto. La gente se agarró a ella. No porque hubiera solucionado de verdad el problema, sino porque necesitaba demasiado creer que ya estaba solucionado.
3. Cómo se deshizo aquella respuesta
Tarde o temprano, la realidad acaba rompiendo los cierres falsos. En este caso, lo hicieron varios hechos bien concretos de los años siguientes.
Veamos primero de dónde venía aquel sueño. La fórmula «negros, blancos y magrebíes» no nació de la nada en 1998. El término francés beur, con el que se designaba a la población de origen magrebí, ya había entrado en la cultura urbana francesa y en el vocabulario antirracista durante la década de 1980. La combinación de los tres términos también existía antes del Mundial. En 1998 no se inventó: el delirio del título la recuperó, la amplificó y convirtió una expresión de los márgenes en un lema popular para describir una Francia plural. Qué medio de comunicación fue el primero en darle resonancia es algo para lo que no se encuentra un origen seguro. Como tantos lemas, carece de una partida de nacimiento clara. Simplemente, en el momento oportuno, una sociedad que lo necesitaba con desesperación se aferró a él.
Es el mismo mecanismo de atribución retrospectiva que aparecía en las fórmulas de ensayos anteriores. No se encuentra una fuente precisa para aquel «el fútbol ha muerto» de Sarrià. El marco de la venganza asociado a la «mano de Dios» se reforzó, una y otra vez, después. «Negros, blancos y magrebíes» pertenece a la misma familia. No fue la ocurrencia repentina de un genio en 1998, sino una fórmula que ya existía y que, en un momento concreto, recibió un peso que antes no tenía. La forma en que se recuerda un lema depende a menudo menos de quién lo dijo que del momento en que supo expresar lo que la gente más deseaba creer.
Aquel sueño tenía un adversario concreto. En 1996, Le Pen, desde la extrema derecha, había dicho públicamente que era artificial llamar selección francesa a un grupo de jugadores traídos del extranjero. También se había quejado de que muchos no cantaban La Marsellesa, e incluso de que no sabían cantarla. Esas palabras se recordaron una y otra vez durante la victoria de 1998 porque constituían el trasfondo político con el que la sociedad francesa entendía a aquel equipo. Parte de la alegría del título decía precisamente eso: Le Pen se había equivocado. Aquel equipo que él calificaba de artificial había dado a Francia su máximo honor.
En aquella alegría había el placer de devolver el golpe. Era como si el campeonato se hubiera ganado no solo frente al rival, sino también para que lo vieran personas como Le Pen: una sonora bofetada a su discurso excluyente. Dices que el equipo es artificial, y resulta que se convierte en el orgullo de Francia. Dices que esos jugadores no merecen representar al país, y resulta que son ellos quienes le llevan la Copa del Mundo. En la euforia de aquella noche, la victoria del fútbol pasó con toda naturalidad a entenderse como la victoria de unos valores: la diversidad y la inclusión derrotaban a la exclusión y la estrechez de miras. Ese significado añadía un peso especial al trofeo.
Pero, unos años después, la realidad respondió. El 6 de octubre de 2001, Francia y Argelia disputaron un amistoso. Era su primer enfrentamiento desde la independencia argelina, y se había depositado en él un valor simbólico de reconciliación. En el minuto setenta y seis, sin embargo, una invasión de campo obligó a interrumpirlo. El partido que debía simbolizar la reconciliación terminó en caos. Poco después, en las elecciones presidenciales francesas de 2002, Le Pen superó la primera vuelta y pasó a la segunda. El hombre al que en 1998 se daba por desacreditado ocupaba, cuatro años más tarde, uno de los lugares de la política francesa más próximos al poder.
Conviene precisar qué puede confirmarse aquí: las palabras de Le Pen de 1996 sobre la selección artificial y La Marsellesa, y el efecto político de su reiterada recuperación en 1998. Si, durante el triunfo de 1998, Le Pen hizo además unas nuevas declaraciones con una fuente claramente identificable es algo que no aparece en los materiales fiables, de modo que no conviene afirmarlo como un hecho. Lo acreditado es el ataque que había lanzado en 1996 y su paso a la segunda vuelta en 2002. Esos dos extremos bastan para trazar el ascenso y la ruptura de aquel cierre falso.
El vuelco resulta casi cruel. En 1998 se creyó que una victoria había barrido a Le Pen y todo lo que representaba hacia un rincón de la historia. Cuatro años después, aquel a quien se daba por eliminado no solo seguía en pie: había llegado a la ronda decisiva de unas presidenciales. Eso demuestra que la respuesta proclamada por la victoria de 1998, el triunfo de la Francia plural, no había cambiado gran cosa. La bofetada en el campo sonó con fuerza, pero no disipó la inquietud y el descontento que existían de verdad en millones de personas fuera de él. Aquello había estado siempre allí. No desapareció con un campeonato; el estruendo de la celebración lo cubrió por un tiempo. Cuatro años más tarde volvió a la superficie en forma de votos.
Esos dos hechos fueron la refutación más directa del falso cierre de 1998. Sí, se había ganado un partido. Pero la victoria no había curado las fracturas de una sociedad. La integración nunca puede darse por cerrada: no hay trofeo capaz de hacer sonar para ella un pitido final. En 2001 y 2002 quedó demostrado que la respuesta proclamada en 1998 no era más que un deseo tomado por realidad.
4. El símbolo que guardaba silencio
Había otra capa de aquel cierre falso, encarnada en una persona: Zidane.
Después del título, Zidane fue elevado a símbolo de la integración. Su rostro en el Arco del Triunfo, aquel «Zidane, presidente», convirtieron a un futbolista en la encarnación de la mejor imagen que un país podía tener de sí mismo. Un descendiente de inmigrantes de origen argelino se había vuelto el héroe de toda Francia. ¿Qué podía expresar mejor el sueño de una Francia plural?
Pero había un desfase. Quienes convirtieron a Zidane en símbolo de la integración fueron los medios, el público y el relato político que necesitaba con urgencia una respuesta. No fue el propio Zidane. Los estudios suelen señalar que, ante su incorporación al debate político, se mostró muy contenido, muy discreto. No fue alguien que ya en 1998 tomara la iniciativa de hacer declaraciones públicas de gran resonancia y enarbolar esa bandera. Que se convirtió en un símbolo es un hecho. Que decidiera activamente serlo no es un hecho con el mismo grado de respaldo.
La diferencia se borra a menudo. Se recuerda la gran figura de Zidane como símbolo de la integración y apenas se distingue cuánto de ese papel asumió por voluntad propia y cuánto le impusieron los demás. Que una persona se convierta en la encarnación de un significado y que acepte voluntariamente cargar con él son cosas distintas. Para lo primero puede bastar una identidad, un origen, un silencio que llegue justo cuando conviene. Lo segundo sí exige su voluntad y sus actos. Confundirlos es tomar a alguien que ha sido elegido por alguien que se ha ofrecido.
La situación resuena, a distancia, con la de un ensayo anterior. Una persona hace algo, marca un gol, gana un partido, y quienes vienen después le atribuyen un significado descomunal. La mano de Maradona se convirtió retrospectivamente en venganza contra un país; Zidane, en símbolo de la integración de otro. La diferencia es que Maradona reforzó después con sus propias manos aquel significado, mientras Zidane, en lo esencial, se limitó a soportar en silencio la condición de símbolo que le habían colocado encima. No la rechazó, pero tampoco la hizo suya por iniciativa propia. Una sociedad ruidosa eligió a un hombre silencioso para representar la respuesta que más deseaba, y lo que él pensara en su fuero interno pasó a interesar a mucha menos gente. Lo que hacía falta era el símbolo, no la persona.
Esa frase descubre la crueldad de los símbolos. Cuando alguien es elegido para representar un gran significado, deja de importar tanto como persona concreta, con pensamientos y sentimientos propios. Lo importante es aquello que representa: el sueño de negros, blancos y magrebíes, la respuesta de una Francia plural. Si él quiere, si se siente cómodo, si está de acuerdo, son preguntas que pocos se hacen de verdad. El símbolo necesita una cara, un signo, un recipiente sobre el que proyectarse. No necesita a una persona completa, compleja, que quizá no quiera que se la utilice de ese modo.
Por eso, ser símbolo suele ser injusto para quien resulta elegido. Se le exige que sostenga un significado mucho mayor que él mismo; cada uno de sus gestos se interpreta dentro de ese marco y ya no se le permite ser, sencillamente, quien es. Si calla, se dice que es reservado y humilde. Si habla, se examina si sus palabras cumplen las expectativas depositadas en el símbolo. La imagen que se proyecta sobre él va ocupando, poco a poco, el espacio de su verdadero yo. Quizá el silencio de Zidane en 1998 fuera precisamente una forma instintiva de protegerse: ante una corona de laurel que le habían puesto a la fuerza, ni la aceptaba como propia ni la rechazaba; se limitaba a guardar, sin ruido, cierta distancia. Zidane prestó el rostro, y el símbolo fue ocultando silenciosamente a la persona que había detrás.
La lógica es la misma que en el ensayo de Maradona, aunque opere en sentido inverso. A Maradona se le atribuyó después un significado que él estuvo dispuesto a reforzar: la venganza. A Zidane se le atribuyó uno respecto del que siempre mantuvo las distancias: la integración. Uno lo hizo suyo activamente; el otro lo soportó. Pero compartieron algo: aquel enorme significado atribuido a posteriori terminó tapando la realidad de cada uno como persona concreta. El relato necesita símbolos. Y, en cuanto el símbolo se pone en pie, la persona de carne y hueso retrocede detrás de él. Se recuerda el signo, no a la persona.
5. La tarde del día de la final
Aquel mismo Mundial escondía otro enigma. Era el reverso exacto de la respuesta proclamada a la fuerza: un caso para el que nadie podía dar una respuesta. Ocurrió la tarde de la final y tuvo como protagonista a Ronaldo.
Empecemos por el esqueleto de hechos que sí pueden confirmarse. Aquella tarde, en su habitación de hotel, Ronaldo sufrió un episodio físico grave. Llamaron a sus compañeros y al médico de la selección. Después lo llevaron al hospital, donde le hicieron pruebas durante varias horas. Su nombre no figuraba en la primera alineación que Brasil entregó a la FIFA: en su lugar aparecía Edmundo. Más tarde, sin embargo, Brasil presentó una segunda lista que devolvía a Ronaldo al once inicial. Terminó jugando, pero era evidente que no estaba bien.
Un Ronaldo en condiciones normales era el jugador más dominante de aquel Mundial, el ganador del Balón de Oro, el depositario de todas las esperanzas de Brasil. El Ronaldo de la final parecía otra persona: lento, ausente, sin el filo de siempre. Toda la maquinaria ofensiva brasileña, organizada alrededor de él, se apagó al fallar su pieza central. Es evidente que el desequilibrio de aquella final guardaba relación con lo anormal de las horas previas. La relación se percibe, pero no puede precisarse: cuánto contribuyó exactamente el episodio de aquella tarde al derrumbe sobre el césped es otra cuenta imposible de cuadrar. La final acabó con un tres a cero para Francia y una derrota sin paliativos para Brasil.
El desarrollo del partido es claro y no admite discusión. Zidane marcó dos veces de cabeza en la primera parte, ambas en saques de esquina. En el tiempo añadido, Vieira asistió a Petit para el tercer gol. Un tres a cero claro y contundente para Francia. Pero detrás de una final con un marcador tan nítido estaban aquellas horas de la tarde que nadie conseguía explicar. Cuanto más claro quedaba el resultado del campo, más borrosa resultaba la tarde fuera de él. De nuevo, lo que puede cerrarse frente a lo que no: el marcador admite un cierre; la verdad de aquella tarde, no.
Todas las versiones respaldan ese esqueleto. En cuanto se intenta ir más allá y preguntar qué ocurrió exactamente aquella tarde y por qué, los relatos dejan de encajar en una respuesta completa.
Un detalle permite hacerse una idea del desconcierto. Un comentarista recordaría después el revuelo que provocó en la tribuna de prensa el cambio repentino de la alineación. Algunos compañeros recordarían que, durante el trayecto al estadio, apenas hubo música y el ambiente era terriblemente opresivo. Todo ello demuestra que aquella noche Brasil llegó a la final en un estado que no era normal.
Resulta realmente insólito que un equipo, a punto de disputar una final del Mundial ante los ojos de todos, caiga en semejante confusión: cambios de última hora en el once, un vestuario abatido, futbolistas que no logran concentrarse. Lo habitual es que un finalista llegue con una preparación ordenada y dispuesto a afrontar la batalla. El desorden de Brasil aquella noche dejaba claro que algo fuera de lo común lo había trastocado todo. Pero aquel desorden era la sombra del suceso: la sombra se veía, sin que pudiera distinguirse qué la proyectaba. Toda esa confusión solo probaba que algo había pasado. No probaba qué había pasado exactamente.
6. Cinco personas, cinco versiones
Para entender aquella tarde hay que escuchar a cinco partes. Y sus cinco versiones no forman una respuesta única: ese es, precisamente, el núcleo del enigma.
El propio Ronaldo dejó una declaración formal en las audiencias del Congreso brasileño de 2001. Dijo que no supo que había sufrido un episodio hasta después de recuperarse, cuando se lo comunicó el médico de la selección. Dijo también que había pedido las pruebas necesarias para asegurarse de que podía jugar sin peligro. Y negó haber tomado cualquier medicamento antes del partido.
Esa negación debe quedar recogida con fidelidad. Muchas de las historias posteriores asociaron aquella tarde con algún medicamento o con alguna conspiración comercial. Pero Ronaldo negó de forma expresa, en una audiencia formal, haber tomado medicamentos. Un relato riguroso no puede omitir la negación explícita del protagonista solo porque otra versión resulte más dramática. Una cosa es lo que dijo y otra lo que los demás desearían que hubiera dicho. Solo lo que realmente dijo puede comprobarse. En su versión, por tanto, salir al campo no fue una temeridad cometida sin ninguna prueba médica, sino una insistencia posterior a las pruebas. Pero no ofreció, ni podía ofrecer, un diagnóstico médico claro y único.
La versión de Toledo, el médico de la selección, coincidía en parte con la impresión pública y en parte se apartaba de ella. Reconoció que se había producido un episodio parecido a una convulsión, pero subrayó que ninguna prueba había detectado edema cerebral ni anomalía alguna. Su valoración personal se acercaba más a una alteración del tono muscular que a una crisis epiléptica típica. Más importante aún: declaró expresamente que, desde su regreso del hospital hasta la recepción de los resultados definitivos, Ronaldo tenía prohibido jugar. Solo después, cuando los resultados de los especialistas fueron normales y Ronaldo insistió en que se encontraba bien, se le permitió salir al campo.
La versión del seleccionador, Zagallo, enlazaba en sus líneas generales con la del médico, aunque no coincidía en todos los detalles. Dijo que lo que había oído de boca del médico era algo parecido a unas convulsiones provocadas por la presión emocional. En cuanto a si había existido una autorización formal, lo explicó así: si las pruebas de la clínica eran normales y el médico ya no mantenía su veto, él entendía que había autorización. Recalcó que no había tomado la decisión por la fuerza, pasando por encima del médico. También afirmó expresamente que Nike nunca había intervenido en sus decisiones sobre quién jugaba.
Los testimonios de los compañeros, por su parte, hablaban sobre todo del ambiente, no de conclusiones médicas. Podían acreditar la conmoción emocional que sufrió el equipo aquella noche. No podían acreditar si se había tratado de epilepsia, de presión o de alguna otra cosa.
Cinco versiones, como cinco fragmentos que no terminan de encajar.
No encajan porque cada cual ocupa un lugar distinto, no porque alguien mienta. Cinco personas, cinco posiciones, cinco perspectivas: cada una vio solo una cara de aquella tarde y ninguna poseía toda la verdad. Ronaldo vivió las sensaciones de su cuerpo; el médico se enfrentó a las pruebas y al diagnóstico; el seleccionador sopesó la alineación y su responsabilidad; los compañeros sintieron el ambiente del vestuario. Cada cual contó honestamente su parte. Pero, al reunirlas, las junturas nunca casaban del todo. Nadie había escondido la verdad: estaba dispersa entre varias perspectivas y ninguno había conseguido tenerla entera en sus manos. Cada fragmento era verdadero, pero entre unos y otros siempre quedaban costuras que no coincidían. Y a la pregunta fundamental, qué había ocurrido exactamente dentro del cuerpo de Ronaldo aquella tarde, ninguna de las partes podía darle una respuesta segura.
Ahí está el verdadero centro del enigma. No es uno de esos casos en los que alguien oculta deliberadamente la verdad, sino uno de aquellos en los que la verdad está, desde el principio, desperdigada y no puede recomponerse. El primer tipo tiene, en teoría, una respuesta precisa que alguien ha escondido. En el segundo quizá ni siquiera exista una respuesta única, clara y aceptada por todos. Puede que el propio Ronaldo y cada uno de los presentes solo poseyeran una parte de lo que ocurrió en su cuerpo aquella tarde, y que nadie hubiera tenido nunca, desde el inicio, la imagen completa. Una verdad así no está encerrada bajo llave. Es una verdad que no puede cerrarse.
7. Ni la investigación consiguió cerrar el caso
Quien más empeño puso en dar una respuesta fue el Congreso de Brasil. Al final, tampoco él pudo hacerlo.
La versión más difundida afirmaba que Nike había presionado a Zagallo y le había ordenado alinear a Ronaldo para proteger el valor comercial de su gran estrella publicitaria. Esa versión tiene una fuerza enorme en la memoria popular. Sus pruebas, sin embargo, nunca han traspasado el umbral de la conjetura y la acusación.
La Cámara de Diputados de Brasil sí abrió una investigación parlamentaria formal. Pero su objeto original era determinar si el contrato entre la Confederación Brasileña de Fútbol y Nike se ajustaba a las normas. Lo sucedido la noche de la final era solo una rama especialmente llamativa de una investigación mucho más amplia, no su totalidad. Se escuchó a Zagallo, a varios médicos de la selección, a Ronaldo, a Roberto Carlos y a otras personas. También se examinaron los contratos comerciales, la organización de amistosos de preparación, los ingresos del patrocinio y otros asuntos de mayor alcance.
Conviene mirar con atención en qué terminó aquella investigación tan aparatosa. Se recogieron numerosos testimonios, se acumularon montañas de actas y se redactaron unas conclusiones. Pero esas conclusiones nunca fueron aprobadas mediante votación por la comisión. Es decir: después de tanto investigar, el Congreso brasileño no produjo una conclusión final colectiva formalmente votada. Y, sobre la afirmación más explosiva, que Nike había impuesto la titularidad, las principales retrospectivas posteriores han dejado claro que no hay pruebas de que Nike ordenara nada a Zagallo.
Es el aspecto más revelador del caso. Aquel instrumento de la construcción que más se atiene a las pruebas y más persigue el cierre, una investigación formal que movilizó al poder legislativo de un país, solo pudo llegar, ante la tarde de la final, hasta un montón de testimonios que no encajaban. Más adentro, la respuesta verdadera también quedaba fuera de su alcance. Celebró audiencias, llamó a testigos, tomó declaración. Al final ni siquiera logró reunir una conclusión que pudiera aprobarse mediante votación. La maquinaria más empeñada en cerrar reconoció, en este caso y por su propia boca, que no podía hacerlo.
Lo que una investigación puede establecer son siempre aquellas cosas que dejan pruebas firmes: quién estuvo presente, quién dijo qué, qué cláusulas figuraban en el contrato. No puede establecer lo que no ha dejado esas pruebas, sobre todo los motivos, los cálculos que alguien hizo para sus adentros y nunca expresó. El Congreso puede citar a todos los implicados y registrar cada palabra de sus declaraciones. Pero, si los testimonios se contradicen y no hay una prueba material que zanje la cuestión, hasta la investigación más formal tiene que detenerse donde terminan las declaraciones. Reúne todos los fragmentos que es posible reunir y descubre que la pieza decisiva nunca existió de una forma que pudiera comprobarse.
8. Dos enigmas, dos caras de lo mismo
Al reunir estos dos hilos, aparece con claridad el verdadero rostro de 1998.
Parecen dos asuntos distintos: la integración de una sociedad y la causa del mal de un futbolista. Pero son dos caras de lo mismo. En el primero, una sociedad dio por cerrado a la fuerza algo que no podía cerrarse: la integración racial. Necesitaba tanto una respuesta que, con una victoria, falsificó para sí un cierre. En el segundo, nadie pudo dar por cerrado algo que ya era imposible de cerrar: la verdad del día de la final. Ni siquiera recurriendo al Congreso se consiguió armar una conclusión.
El contraste entre ambos enigmas resulta especialmente significativo. En el social, se cerró artificialmente lo que estaba abierto: la gente no quería afrontar la larga duración y la falta de solución del problema racial, así que se aferró a una victoria y le puso a la fuerza una tapa que decía «resuelto». En el del cuerpo, aquello que no podía cerrarse siguió sin cerrarse, por mucho que se quisiera y por formales que fueran los medios empleados para investigarlo. Uno se cerró por la fuerza cuando no debía cerrarse. El otro se quiso cerrar sin conseguirlo. Ambos apuntan a la debilidad fundamental de la construcción: su hambre de cierre suele ser mayor que lo que la realidad puede ofrecer. Hay demasiadas cosas en la realidad que carecen de una respuesta limpia. La construcción nunca se resigna.
Un cierre fingido y un cierre imposible. Los dos apuntan a la misma verdad: hay cosas que la construcción no puede cerrar. La integración racial no puede cerrarse; por eso la respuesta proclamada se vino abajo unos años después. La verdad de aquella noche tampoco; por eso ni la investigación más formal logró una conclusión. El año 1998 funciona como un espejo. Por un lado muestra cuánto se desea una respuesta limpia, hasta el punto de estar dispuesto a falsificarla. Por el otro muestra que hay respuestas que no se obtienen, por mucho que se deseen y por mucho empeño que se ponga en buscarlas.
Uno de los enigmas es ruidoso; el otro, silencioso. En el ruidoso, todo el mundo celebraba la respuesta sin detenerse a pensar si era verdadera. En el silencioso, todo el mundo conjeturaba sobre la verdad sin que nadie pudiera decir cuál era. Ambos hablan de la vieja dificultad de la construcción: quiere dar a todo un desenlace limpio, pero hay cosas a las que no puede dárselo.
La dificultad atraviesa casi toda esta serie. Una y otra vez, la construcción intenta encerrar el resto, dar a cada partido y a cada suceso un desenlace definitivo; una y otra vez, el resto se escapa. A veces es aquel balón que no se sabe si cruzó la línea. Otras, un asesinato cuyos motivos no pueden aclararse. En 1998, el resto apareció de dos formas nuevas: la integración racial que no puede cerrarse y la verdad del día de la final que tampoco. Cambian las formas, pero el núcleo sigue intacto. Siempre hay algo que, por mucho que uno se esfuerce, no admite un cierre completo. Y cuanto más profunda es la obsesión humana por el cierre, más duele la punzada de ese resto imposible de encerrar. Cuando la construcción no puede dar un cierre, a veces lo falsifica; otras no le queda más remedio que dejarlo pendiente.
9. El hombre alzado y el hombre al que nadie veía
Debajo de esos dos hilos hay personas concretas.
A Zidane lo alzaron muy alto. Su rostro llegó al Arco del Triunfo; a su nombre le añadieron la palabra «presidente». Pero lo que alzaron fue el símbolo, no a aquel hombre silencioso y contenido, poco inclinado a las declaraciones políticas. La gente amaba el sueño de negros, blancos y magrebíes, y Zidane era, casualmente, su rostro más hermoso. Qué pensaba de todo aquello la persona que había detrás, si quería cargar con esa bandera, quedó perdido entre los vítores. Lo habían elegido para representar la respuesta de un país, y el estruendo de esa respuesta tapó su propio silencio.
Ronaldo sufría otra forma de invisibilidad. En la final, el mundo entero lo miraba: el nueve de Brasil corría como ausente. Pero, ante tantísimos ojos, ni una sola persona sabía realmente qué había ocurrido dentro de su cuerpo aquella tarde ni qué estaba soportando en ese instante. Era el hombre más observado del partido y también el más solo. Corría desorientado por el césped de la final, cargando en soledad con aquel secreto que nadie comprendía.
Es una de las imágenes más estremecedoras de aquel Mundial. Un estadio de ochenta mil personas, cientos de millones de espectadores ante el televisor, todas las miradas puestas en él, esperando que el imparable nueve de Brasil obrara otro milagro. Pero lo que veían era una figura ausente, un Ronaldo al que parecían haberle arrancado el alma. Nadie sabía qué había pasado en aquel cuerpo apenas unas horas antes. Nadie sabía tampoco qué voluntad o qué aturdimiento lo mantenía corriendo en ese momento. Cientos de millones lo observaban, mientras él soportaba una soledad que esos cientos de millones no podían sentir, ni siquiera conocer. El mundo veía su figura, pero no la tormenta que llevaba dentro. Años después, ni el Congreso consiguió explicar por él lo sucedido aquella tarde. En aquel instante solo le quedaba terminar, solo y con todo aquello a cuestas, una final que estaba destinado a perder.
La soledad de esos dos hombres era distinta, pero igual de honda. La de Zidane era la soledad de quien ha sido alzado demasiado alto. Lo habían subido al altar de un símbolo, pero el signo que se veneraba allí y el hombre real y silencioso que quedaba abajo ya no eran lo mismo. A pocos les importaba qué pensaba el de abajo. La de Ronaldo era la soledad de quien recibe demasiadas miradas sin que nadie lo vea de verdad. Cientos de millones de ojos lo seguían, pero ninguno podía penetrar en la tormenta desconocida de su cuerpo. A uno lo interpretaban mal; al otro no alcanzaban a verlo. Bajo la mirada de todos, ambos se convirtieron en los hombres más solos.
A uno lo alzaron, pero no era a él a quien alzaban. Al otro lo miraban innumerables personas, pero no veían su situación real. Esa era la soledad compartida de los dos hombres que en 1998 ocuparon el centro de la tormenta. Y esa misma soledad quedó tapada por los dos enigmas, el ruidoso y el silencioso.
10. Cierre
Reunamos ahora todo lo anterior.
En 1998, Francia tomó a un equipo por la respuesta a un problema de todo el país. Una selección de negros, blancos y magrebíes ganó el campeonato, y una sociedad declaró resuelto su antiguo problema de raza e integración. El rostro sobre el Arco del Triunfo, el millón largo de personas en los Campos Elíseos, la fórmula repetida por calles y plazas eran las notas al pie de esa respuesta. Pero el cierre era falso. La victoria dentro del campo, donde el color de la piel había dejado de importar, no podía tapar la fractura que seguía siendo real fuera de él. El amistoso interrumpido de 2001 y el paso de Le Pen a la segunda vuelta en 2002 fueron desmintiendo con hechos aquella respuesta impuesta. La integración nunca puede darse por cerrada. Un trofeo no puede hacer sonar su pitido final.
Y aquel mismo Mundial dejó, la tarde de la final, un enigma exactamente opuesto. Nadie pudo explicar con claridad lo que había ocurrido dentro del cuerpo de Ronaldo. Ni siquiera una investigación formal que movilizó al poder legislativo de un país consiguió aprobar, al final, una conclusión mediante votación. En un caso se proclamó por la fuerza un cierre que no había ocurrido; en el otro, el cierre era imposible y nadie podía proclamarlo. Las dos caras del mismo asunto confirmaban aquella vieja verdad: la construcción quiere dar a todo una respuesta limpia, pero hay cosas a las que no puede dársela. Cuando eso ocurre, se falsifica una respuesta en su nombre o no queda más remedio que dejarla pendiente para siempre.
Los dos hombres que estaban en el centro eran más reales que aquellas dos respuestas, y también estaban más solos. Zidane fue alzado como símbolo de un país, pero no era a su persona silenciosa a quien alzaban. A Ronaldo lo observaba el mundo entero, pero no veía la tormenta desconocida de su cuerpo. Una sociedad puede apresurarse a convertir a alguien en la respuesta que desea. También puede, con todas las miradas puestas en él, ignorar por completo su situación real. La construcción puede proclamar una victoria, abrir una investigación, alzar a una persona por encima de todos. No puede proclamar la integración, esclarecer aquella noche ni leer lo que piensa el hombre que ella misma ha alzado. Entre el cierre que desea y la situación real de esos dos hombres sigue habiendo una distancia que nada consigue salvar. Un equipo no puede cerrar las fracturas de una sociedad; una investigación no puede cerrar la verdad de una tarde. La sed de respuestas ocultó por un tiempo esas dos imposibilidades. Tarde o temprano, la tapa se afloja y la respuesta deja ver su flaqueza. La grieta que se había dado por cerrada y el enigma investigado una y otra vez vuelven a presentarse ante todos. Cuanto más se apresura la gente a exigir una respuesta, más se esconde la verdadera. Y, por mucha prisa y mucho empeño que se pongan, ni la grieta ni el enigma se cerrarán de verdad gracias a una victoria. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.