Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 14 de 22

Rose Bowl

Un Mundial vendido a una tierra sin raíces y el peso de la victoria y la derrota sobre un solo hombre

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

1. El Mundial que mejor se vendió

El Mundial de 1994 se celebró en Estados Unidos, un país que por entonces ni siquiera tenía una liga profesional de primera división que mereciera tal nombre.

Conviene aclararlo desde el principio. Estados Unidos obtuvo la sede en 1988, y uno de los compromisos centrales de su candidatura era crear una liga profesional de primera división. Es decir: el Mundial no llegó porque el fútbol ya tuviera allí un suelo donde arraigar. Llegó primero el Mundial, con la promesa de preparar ese suelo después. La liga prometida, la Major League Soccer, no empezó a disputarse hasta 1996, una vez terminado el torneo. El Mundial había aterrizado en una tierra donde aún no tenía raíces.

Vale la pena detenerse en ese orden. Lo habitual es que un deporte arraigue primero en un lugar, que de él broten ligas, aficionados y generaciones de jugadores, y que solo cuando ese árbol sea frondoso el lugar esté a la altura de un Mundial. Estados Unidos invirtió el proceso: recogió primero el fruto más grande del mundo y luego volvió sobre sus pasos para plantar el árbol. Pudo hacerlo porque, a ojos de quienes organizaban el torneo, el Mundial no era, ante todo, el fruto de un árbol. Era una mercancía que se podía transportar por avión a cualquier mercado para venderla. Que hubiera suelo o no daba igual; lo importante era que hubiera compradores.

Y fue precisamente esa tierra sin raíces la que organizó un Mundial de enorme éxito comercial. Cincuenta y dos partidos, una asistencia total de más de tres millones y medio de personas y casi sesenta y nueve mil espectadores de media por encuentro: un récord de asistencia media que nadie superó durante muchos años. Al concluir el torneo, la organización estadounidense tenía un superávit de unos cincuenta millones de dólares. Las autoridades y los principales medios de la época lo consideraron, en general, uno de los Mundiales más rentables de la historia.

Los números son el lenguaje más sincero de este negocio. Más de tres millones y medio de asistencias, cincuenta millones de dólares de superávit: cifras impecables que demostraban hasta qué punto podía triunfar un Mundial gestionado como un negocio. Pero hay lugares que los números no alcanzan a iluminar. Muestran cuántas personas compraron una entrada, pero no qué fútbol vieron esas personas; muestran cuánto se ganó, pero no cuánto sudor derramaron los jugadores bajo el sol del mediodía para producir esas ganancias, ni qué trabajo y qué cuidados hicieron falta para mantener un césped natural bajo techo. En todo lo que se podía medir, aquella edición llegó al máximo. Pero esa medida del éxito no decía qué debía ocupar el primer lugar: el fútbol y las condiciones necesarias para jugarlo, o su rendimiento como mercancía. Cuando manda la cuenta de resultados, las exigencias del deporte acaban ajustándose a las del negocio. En un lugar donde carecía de raíces, un deporte se había convertido en un negocio de primer orden.

Ese éxito, por sí mismo, no tiene nada de reprochable. Organizar algo bien, hacerlo rentable y conseguir que millones de personas acudan a los estadios requiere una capacidad real. El problema no es el éxito, sino cómo se consiguió y cómo esa manera de llevar un deporte a su máximo rendimiento comercial alteró, sin ruido, lo que en él pesaba más y lo que pesaba menos. Cuando el libro de cuentas se convierte en la vara de medirlo todo, aquello que no cabe en sus asientos empieza a devaluarse poco a poco.

Lo que hay que seguir es lo que queda detrás del negocio: qué rostro muestra el fútbol cuando se lo trata como una pura mercancía, se lo trasplanta a una tierra sin raíces y se lo envuelve y vende con todo cuidado; y a quién acaba pasando la factura ese negocio.

2. Tratar el fútbol como una mercancía

Veamos primero cómo se hizo el negocio.

Su inteligencia consistía, precisamente, en calcularlo todo al detalle. Qué franja de retransmisión valía más, qué estadio permitía meter a más espectadores, qué reclamo daría más que hablar: todo estaba minuciosamente calculado. Era un negocio experto en hacer cuentas, que exprimió casi hasta el límite cuanto había en el fútbol que pudiera convertirse en dinero. Pero cuanto más exhaustivo era el cálculo, más patente se hacía el peso de aquello que había quedado fuera. Podía calcular todo lo calculable, pero no prever ni eliminar mediante sus cuentas esas cosas que forman parte de las personas y se resisten a convertirse en cifras.

Algunos detalles dejan esa lógica al descubierto. De los cincuenta y dos partidos de aquella edición, treinta y cuatro se programaron para el mediodía. Bajo el sol abrasador de Estados Unidos, los jugadores apenas resistían el calor y la humedad; las crónicas de entonces recogieron las quejas reiteradas de dirigentes, futbolistas y entrenadores. Pero los horarios no se cambiaron por ellos. El mediodía estadounidense coincidía con el final de la tarde y la noche en Europa, las franjas más valiosas para la televisión. El momento de jugar no lo decidía el bienestar de los futbolistas, sino la comodidad de los telespectadores al otro lado del océano. El cuerpo de los jugadores cedió ante el reloj de las retransmisiones.

Estaba también el Silverdome. Para disputar un partido del Mundial bajo techo, los organizadores llevaron a cabo un experimento de ingeniería: trasplantaron césped natural cultivado en otro lugar y lo instalaron dentro del estadio. Allí se jugó el primer encuentro bajo techo de la historia de la Copa del Mundo.

El recorrido de aquel césped permite ver, a pequeña escala, cómo se prepara un deporte para venderlo. Había crecido al aire libre y fue llevado a un recinto cuyo techo dejaba pasar menos de una décima parte de la luz del sol. Pasó allí menos de tres semanas, sometido a un cuidado minucioso para que la escasez de luz y el uso no malograran el terreno de juego. Según el equipo de la Universidad Estatal de Míchigan que participó en el proyecto, acabó en buenas condiciones después de cuatro partidos y seis entrenamientos. Tras el último partido allí disputado, lo retiraron y lo llevaron a Belle Isle, donde sirvió para construir un nuevo campo de fútbol. Hubo, por tanto, un logro técnico real y una vida posterior para aquella hierba. Pero el logro no disuelve la pregunta por el orden de las cosas. Para ofrecer la novedad de un Mundial bajo techo, hubo que adaptar la hierba a las condiciones de un espectáculo concebido para venderse. El césped debía ajustarse al recinto elegido; a los técnicos les correspondía conseguir que siguiera sirviendo para jugar. Lo consiguieron. Lo que ese éxito no decide es quién debe fijar las condiciones: las necesidades del fútbol o las posibilidades del negocio. Hasta el suelo sobre el que rueda el balón puede convertirse en algo que hay que adaptar al producto.

Por separado, ninguna de esas decisiones parece un gran mal. Juntas, sin embargo, dibujan una misma lógica: el fútbol es el producto, los espectadores son el mercado y todo se subordina a vender el producto lo mejor posible. Los efectos no fueron los mismos: el césped se conservó y volvió a utilizarse gracias al trabajo técnico; los jugadores tuvieron que poner el cuerpo bajo el sol. El éxito de una solución no borra esa jerarquía. Las necesidades del juego se atienden dentro del marco que ha fijado la venta, y cuando chocan con ese marco, son ellas las que deben ceder.

Cuanto más se perfecciona la venta de una mercancía, más debe girar esta alrededor del comprador y menos alrededor de su propia naturaleza. Jugar al mediodía perjudica el cuerpo de los futbolistas, pero satisface a la televisión europea; al césped instalado bajo techo hay que procurarle, mediante cuidados y técnica, unas condiciones que ese recinto no le da por sí solo, para que el partido pueda ofrecerse como una novedad. El mercado fija la exigencia y el deporte busca cómo cumplirla. A qué hora, en qué campo y con qué aspecto debe presentarse un partido depende cada vez menos del propio deporte y cada vez más de cuánto puede vender. Es el destino común de todo lo que se convierte por completo en mercancía: poco a poco deja de pertenecerse. No se trata de decir que los organizadores sean malas personas. Se trata de que, cuando un deporte se administra enteramente como un negocio, todo lo que lleva dentro y no puede convertirse en dinero va quedando relegado, una cosa tras otra. Aquella edición llevó esa lógica al extremo que entonces era posible y, por eso mismo, expuso por primera vez su coste con tanta claridad.

Entre tratar el fútbol enteramente como un negocio y el fútbol mismo queda siempre una grieta imposible de cerrar. El negocio quiere certeza, control y la posibilidad de calcular el rendimiento de cada céntimo invertido. El atractivo del fútbol, en cambio, nace de la incertidumbre, de lo incontrolable, de ese resultado que nadie acierta a calcular. El estruendo del éxito suele tapar la grieta y hacerla difícil de ver, pero cuando la lógica del negocio llega al extremo, la grieta aparece. En 1994 lo hizo con una brutalidad que nadie esperaba. No apareció en el libro de cuentas, sino en dos personas.

3. La factura acabó recayendo sobre las personas

En las ediciones anteriores, la construcción se había apropiado del Mundial una y otra vez. Mussolini lo utilizó como altavoz; la junta militar argentina, como coartada. Pero el coste de esas apropiaciones se había mantenido, en gran medida, en el terreno del prestigio y de la libertad: un régimen se daba lustre, los vítores de una multitud se desviaban hacia otro fin. La edición de 1994 llevó esa factura a un lugar más grave. Se la cobró a la vida humana.

Hay una progresión clara en ese aumento del peso. Cuando un régimen se apropia del torneo, toma un símbolo: la imagen de un país, prestada para adornar una fachada. El daño afecta a algo abstracto, como el prestigio. La lógica de la mercantilización total toma cosas mucho más palpables, porque el negocio tiene que desembocar en éxitos y fracasos concretos, en quién gana, quién pierde y quién responde por ello. Y todo eso está encarnado en personas concretas. Un país abstracto puede cargar con un símbolo; el éxito, el fracaso y la responsabilidad terminan pesando sobre alguien de carne y hueso, alguien que siente dolor y puede morir. Cuanto más avanza la apropiación desde lo simbólico hacia lo concreto, más se acerca a la carne humana.

Esta es la capa decisiva y también la más pesada. Un negocio que calcula con minuciosidad el riesgo, la incertidumbre y cuanto se le pone por delante busca un resultado sin fisuras. Pero aquello que somete a sus cálculos no desaparece por arte de magia: se traslada del sistema a personas concretas. En la edición anterior, los equipos defensivos habían reducido el riesgo a cero a costa de un fútbol tedioso. En esta, el coste adoptó otra forma y cayó sobre dos personas: Baggio y Escobar.

Uno era una estrella a la vista de todos; el otro, un defensa que no gozaba de especial fama. La tragedia de uno ocurrió bajo los focos de la final; la del otro, de madrugada, junto a una calle de un país extranjero. Sus circunstancias no podían ser más distintas, pero los golpeó lo mismo: ese negocio, esa lógica que busca cerrar todas las cuentas, acaba necesitando a alguien concreto que soporte el peso que sus cálculos no consiguen eliminar. El destino los eligió a los dos para que, uno con un pie y el otro con una vida, pagaran por aquel Mundial reluciente la factura oculta detrás de sus libros.

Un partido tiene que dejar un vencedor y un vencido: esa es la ley de hierro de la construcción. Alguien tiene que responder por un resultado: esa es la obsesión humana. Cuando ambas cosas confluyen en un encuentro que debe tener ganador, en un error del que alguien debe hacerse cargo, el peso deja de recaer sobre el sistema y se concentra en el disparo de una persona, en el autogol de otra. Cuanto más exige la construcción un resultado limpio y una responsabilidad inequívoca, más desplaza un peso insoportable desde el sistema abstracto hacia seres concretos de carne y hueso. Lo más terrible de esta edición no estuvo en el campo, sino en el momento en que el campo descargó su peso hasta aplastar dos vidas.

Hay que dejarlo claro: trasladar ese peso al individuo no fue un invento de 1994. Siempre ha ocurrido en el deporte de competición; un partido convierte a alguien en héroe y a alguien en culpable. Pero esta edición lo llevó al extremo. Por un lado, Baggio, con la gloria de un país atada a un pie: bastaba con que ese pie flaqueara para que toda una nación se hundiera en la decepción. Por otro, Escobar, a cuya vida se le exigió, de la forma más sangrienta, responder por una derrota. Esa transferencia que de ordinario queda oculta se presentó entonces ante el mundo, a la vez, bajo dos formas estremecedoras.

4. Un hombre y un solo pie

Empecemos por Baggio.

Italia arrancó a trompicones en aquel Mundial. Perdió 0-1 ante Irlanda en su debut, fue dando tumbos por el grupo de la muerte y apenas logró clasificarse como una de las mejores terceras. Después, Baggio llevó a Italia hasta la final casi por sí solo, como si arrastrara al equipo entero. Contra Nigeria, con un hombre menos, empató en el minuto ochenta y ocho y marcó de penalti en la prórroga: 2-1. Contra España anotó el gol de la victoria en el minuto ochenta y ocho. En la semifinal contra Bulgaria hizo los dos goles italianos, de nuevo 2-1. Un solo hombre, en tres partidos consecutivos, apareció una y otra vez justo cuando Italia más lo necesitaba.

Aquellos partidos fueron casi un monólogo. Italia no jugaba bien; era una selección que podía quedar eliminada en cualquier momento. Los goles de Baggio en el último instante la rescataron repetidamente del borde del abismo. Se convirtió en el único sostén de todo el equipo, en el depositario de todas las esperanzas. Llevar a un país entero sobre los hombros era una gloria suprema. Pero al dorso de esa gloria había una carga igual de suprema: cuando todo el peso recae sobre ti, ya no queda nadie con quien compartirlo.

Y jugaba lesionado. En la semifinal sufrió una distensión en los isquiotibiales de la pierna derecha; después del partido incluso necesitó ayuda para bajar del estrado. El estado de esa pierna fue la gran incógnita antes de la final. Más tarde recordó que solo era un músculo fatigado, pero también dijo, en esencia, que jugaría aunque tuvieran que serrarle la pierna. Así llegó al campo para disputar la final, arrastrando la pierna lesionada.

Ese detalle suele contarse como una prueba de heroísmo: un verdadero combatiente no abandona el frente por una herida leve. Pero la otra cara es una forma de secuestro que roza la crueldad. Un país depositó en él toda su esperanza, y ese depósito de confianza se convirtió en una presión a la que no podía negarse. No tenía la opción de no jugar, aunque estuviera lesionado. A veces, lo que llamamos heroísmo no es enteramente voluntario: también es una obligación a la que las circunstancias empujan a alguien. La frase de Baggio, que jugaría aunque le serraran la pierna, suena trágica y heroica; debajo pesa también la falta de una salida.

La final se disputó el 17 de julio de 1994 en el Rose Bowl: Italia contra Brasil. A los noventa minutos, 0-0; a los ciento veinte, todavía 0-0. Por primera vez en la historia, una final del Mundial iba a decidirse en una tanda de penaltis. Los lanzamientos se sucedieron y, cuando llegó su turno al final, Italia ya iba por detrás. Baggio tenía que marcar para mantenerla con vida. Se colocó ante el punto de penalti. Y mandó el balón muy por encima del larguero. Brasil fue campeón.

El hombre que había llevado a Italia a cuestas hasta la final perdió el título con su último lanzamiento. Al hablar después de aquel penalti, dijo, en esencia, que si pudiera borrar un instante de su carrera, sería ese.

El hombre que había cargado con un equipo entero hasta la final quería borrar de toda su carrera precisamente aquel último disparo, no los goles con los que antes había cambiado el destino de los partidos. Ahí reside la crueldad de la memoria de este deporte: recuerda a las personas por el resultado, no por sus méritos. De todo lo que Baggio hizo en ese Mundial, lo que terminó condensado en la memoria colectiva fue aquel penalti lanzado por encima del larguero. A un hombre de méritos extraordinarios lo definió un instante, precisamente uno de aquellos en los que menos podía hacer.

5. El hombre ante el punto de penalti

Aquel disparo de Baggio volvió a poner ante nosotros algo que ya había aparecido una y otra vez. El penalti es el azar en su estado más puro dentro del fútbol.

Doce yardas de distancia, un hombre frente a un portero. Ni la mayor fama, ni las expectativas más pesadas, ni la tradición más profunda pueden encerrar el destino de ese disparo. Ya al escribir sobre Berna y sobre el poste apareció la misma idea: por grandes que sean los planes de la construcción, no pueden contener un balón. Pero el penalti condensa esa verdad hasta su forma más cruel. Comprime en una persona, un pie y un instante las semanas de recorrido de todo un equipo, las expectativas de un país y el peso de la carrera entera de un futbolista. Que el balón entre o no entre no lo decide el sistema ni lo decide la tradición. Lo deciden los nervios de esa persona en ese momento y esa mínima porción de azar que nadie sabe calcular.

Lo hemos visto muchas veces: la construcción no puede encerrar ese balón. No pudo la Hungría de Berna, no pudieron los Países Bajos ante el poste. El penalti lleva esa imposibilidad de contenerlo a su forma más depurada y cortante. En otras ocasiones, el azar se escapa en silencio dentro del juego en movimiento, entre el choque de fuerzas que se enfrentan. El penalti lo aísla, lo coloca delante de un hombre y lo obliga a enfrentarse solo, ante el mundo entero, a eso que nadie puede dominar. Despoja la escena de todo y deja únicamente a la persona y al azar, frente a frente, desnudos.

El penalti es casi un altar que la propia construcción erige al azar. Retira toda la complejidad del juego, toda la técnica, la táctica y la cooperación, hasta que solo quedan un hombre, un balón, un portero y doce yardas. En ese altar, hasta el futbolista más grande pierde la mayor parte de sus recursos. No puede ganar mediante el regate, el desmarque o la inteligencia de juego cultivada durante más de diez años. Solo puede lanzar y quedar a merced del veredicto de esa pequeña porción de suerte. Al encomendar la victoria y la derrota a los penaltis, la construcción admite que, cuando ya no puede decidir quién es superior, prefiere entregar el resultado a una ceremonia pública oficiada por el azar.

Baggio fue el hombre aplastado bajo aquel instante.

Lo que le reservó el destino tenía algo de burla. En los tres partidos anteriores había dependido de su capacidad, de cosas que se podían conquistar con voluntad y técnica, y las había conquistado una y otra vez. Pero al final ya no decidía la capacidad, sino la suerte: si una desviación minúscula haría que el balón se fuera alto. Quien había llevado a su equipo hasta la final gracias a su talento debía someterse, en último término, al juicio de algo en lo que ese talento no tenía la última palabra. No era una prueba de su capacidad. Era entregarlo al azar con todo su esfuerzo y todos sus dones. Había llevado a Italia a cuestas durante todo el camino, soportando él solo casi todo el peso del equipo, y al término de ese esfuerzo el destino le ofreció doce yardas de puro azar. Había podido con los tres partidos que exigían técnica y voluntad, pero no con aquel último penalti que solo exigía suerte, porque nadie puede cargar con la suerte.

Conviene recordar esa frase. Una persona puede cargar con una responsabilidad, con un desafío técnico, con las expectativas de millones: a todo ello puede responder con su capacidad. A la suerte, no. La suerte no reconoce el talento ni recompensa el esfuerzo; es la variable que nadie puede dominar por ningún medio. Apostar la victoria a la suerte equivale a poner a alguien en un lugar donde ningún esfuerzo le permite garantizar el resultado. La tragedia de Baggio no consistió en no ser lo bastante fuerte. Consistió en que, en el último momento, ser fuerte ya no importaba: solo importaba esa pequeña porción de azar que nadie controla. El balón no se fue alto porque él careciera de grandeza. Al contrario: el lado más arbitrario de este deporte cayó sobre uno de sus hombres más grandes.

Hay algo cruel en esto: atar el éxito o el fracaso de un equipo entero al disparo de una persona es el recurso que ha encontrado la construcción para cerrar un partido de manera tajante. Tiene que haber un vencedor. Y cuando ni noventa ni ciento veinte minutos bastan para encontrarlo, prefiere descargar toda esa carga descomunal sobre los hombros de un hombre antes que dejar el encuentro sin resultado. Baggio soportó por toda Italia un peso que no debía haber recaído sobre una sola persona. La gente recuerda el penalti que falló, pero suele olvidar que fue él quien llevó primero a cuestas, él solo, a ese equipo hasta el punto de penalti.

6. Un autogol y lo que ocurrió diez días después

Si Baggio soportó el peso de la victoria y la derrota, Escobar soportó el precio del resultado. Y lo pagó con la vida.

Esta parte hay que contarla con un cuidado especial, capa por capa. Su gravedad no admite la menor ambigüedad ni exageración.

Empecemos por lo que puede confirmarse.

A cada paso diremos solo aquello de lo que se tiene certeza, sin añadir una palabra. En un asunto así, cualquier invención destinada a conmover más es una falta de respeto al muerto. Los hechos tienen su propio peso; no necesitan adornos. Precisamente la contención, el ceñirse a ellos, deja ver mejor la gravedad de lo ocurrido. Colombia llegó al torneo rodeada de grandes expectativas. Pelé había pronosticado públicamente que era una de las favoritas al título, y la selección había encadenado antes veintisiete partidos sin perder.

Esas expectativas también acabarían contribuyendo a aplastarla. Un equipo señalado públicamente como favorito y recién salido de una racha invicta asombrosa parte llevando a cuestas el orgullo de todo un país. Cuando queda eliminado por sorpresa en la fase de grupos, la decepción y la ira que buscan otro blanco caen desde la misma altura a la que había llegado aquel orgullo. El halo del pronóstico los situó en un lugar especialmente visible y especialmente peligroso. Si antes del torneo no hubieran sido tantos los que daban por segura su victoria, tal vez aquel autogol no habría cargado con una rabia tan pesada y tan mortal.

Los pronósticos suelen ser conversación de sobremesa. Pero cuando una multitud los toma en serio, se vuelven contra aquellos a quienes se refieren y se convierten en una carga. A Colombia se le pronosticaba el título; ese halo la elevó tanto que la caída resultó especialmente brutal. La decepción y la ira nacidas de la caída acabaron necesitando una salida, alguien a quien culpar. Así, el autogol y el hombre que lo marcó quedaron en el centro de la furia colectiva. Cuanto más alto eleva una predicción, más violenta es la reacción cuando no se cumple. Y esta vez esa reacción llegó a pesar lo bastante como para costar una vida. En Estados Unidos, sin embargo, Colombia perdió primero contra Rumanía y después contra el anfitrión, y quedó fuera en la fase de grupos.

Otro pronóstico desmentido. La predicción de Pelé y los veintisiete partidos invictos habían construido la imagen de un favorito al título, un juicio sobre el futuro al que se daba crédito generalizado. Pero bastó con que el balón empezara a rodar para que ese juicio se hiciera añicos. No perdieron por falta de calidad: chocaron con el azar implacable del Mundial. Que una selección destinada, según todos los cálculos, a llegar hasta el final se marche a casa en la fase de grupos es un contraste que ya habíamos visto en ediciones anteriores y que volveríamos a ver después. Cuanto más categórico es el pronóstico, mayor es la grieta cuando la realidad lo desmiente. Esta vez, por esa grieta corrió sangre. En la primera parte del encuentro contra Estados Unidos, el defensa Escobar, en una acción defensiva, desvió el balón hacia su propia portería: un autogol. Estados Unidos ganó 2-1.

Después vino el crimen. Tras la eliminación de Colombia, Escobar regresó a Medellín.

Podría no haber vuelto, o no haber vuelto tan pronto. Para un jugador que había marcado un autogol decisivo, integrante de un equipo que cargaba con semejantes expectativas y había quedado eliminado de forma tan dolorosa, regresar a una ciudad entonces célebre por su violencia suponía un riesgo. Pero volvió, como cualquiera vuelve a su casa. No tenía por qué prever que un error en el campo se convertiría, días después, en una bala que le quitaría la vida.

Un autogol es algo de lo más corriente en el fútbol. Cualquier defensa puede desviar por descuido el balón hacia su propia portería unas cuantas veces durante su carrera. Es un riesgo inherente al puesto: uno se lamenta un rato y sigue adelante. Debería quedar dentro del campo, tratado como un error técnico. Pero en aquel verano de 1994, en un entorno tan particular como el colombiano, ese error traspasó los límites del terreno de juego, irrumpió en la realidad y se convirtió en un asunto de vida o muerte. Cuando un autogol puede matar a una persona, el fútbol deja de ser solo fútbol: queda arrastrado hacia algo mucho más pesado y oscuro que él mismo. La desproporción roza el absurdo. Un error en una competición deportiva y el final de una vida deberían estar a una distancia inmensa. En la madrugada del 2 de julio de 1994, después de una discusión a la salida de un local nocturno de la ciudad, Escobar murió a tiros. En 1995, el asesino, Muñoz, fue declarado culpable y condenado a cuarenta y tres años de prisión. Más tarde se supo que era el chófer de un personaje local. Confesó el crimen, pero se negó a delatar a sus superiores. Finalmente cumplió solo unos once años y salió anticipadamente en 2005 por la llamada buena conducta.

Esa excarcelación anticipada abrió otra grieta en una justicia que ya estaba incompleta. El asesino había sido castigado, y eso ofrecía cierta respuesta. Pero de los cuarenta y tres años impuestos solo se cumplió alrededor de una cuarta parte, y la respuesta perdió valor. Un hombre condenado a cuarenta y tres años por matar recuperó la libertad a los once por buena conducta; aquel a quien quitó la vida quedó para siempre en los veintisiete. Entre la duración de una pena y una vida humana, entre el delito y el castigo, la balanza nunca llegó a equilibrarse de verdad. Ni siquiera la única parte probada acabó ofreciendo un desenlace convincente.

Esos son los hechos que pueden darse por establecidos.

Basta con ponerlos uno al lado del otro para sentir su peso. Un joven de veintisiete años, defensa de una selección nacional, muerto a tiros en la calle, en su propio país, pocos días después de un partido. No es una leyenda ni una recreación: consta por escrito. Solo esas partes indudables ya constituyen una tragedia plena: una vida que se interrumpe de golpe con la mayor violencia. Un autogol, una vida, un asesino que confiesa pero se niega a identificar a quien lo mandó, una condena de cuarenta y tres años de la que solo se cumplen once.

7. El móvil que no se puede establecer

A partir de aquí entramos en un terreno en el que hay que distinguir niveles. Y la precisión de esa distinción es lo más importante de todo este ensayo.

Hay dos versiones especialmente extendidas. La primera sostiene que Escobar fue asesinado por aquel autogol. La segunda, que apostadores que habían perdido dinero o narcotraficantes que descargaban su rabia sobre él contrataron directamente su muerte como venganza. Ninguna surgió de la nada. Las noticias de la época sí señalaron que los insultos durante la discusión aludían al autogol; alguna información sobre la sentencia incluso recogió que alguien había dicho durante los hechos: «Gracias por tu autogol». También hubo relatos de testigos según los cuales el asesino o sus cómplices gritaban «gol» con cada disparo. Ese detalle alcanzó después una difusión enorme.

Pero todo eso solo puede presentarse como testimonios y rumores recogidos en informaciones contemporáneas, no como el móvil definitivo establecido por un tribunal. Esa frontera debe respetarse. Lo que la justicia probó fue la identidad del tirador y el asesinato. Lo que no probó fue una cadena completa de autores intelectuales, confirmada de manera definitiva por un tribunal. El asesino confesó, pero nunca identificó a su jefe. La justicia sigue sin haber unido todos los eslabones que llevarían del autogol a las deudas de juego, de estas al encargo del crimen y del encargo al momento de apretar el gatillo.

Al negarse a delatar a sus superiores, el asesino cortó con sus propias manos la cadena que conducía a la verdad. Admitió el eslabón de apretar el gatillo, pero encerró para siempre en el silencio todos los anteriores. Que de una condena de cuarenta y tres años se cumplieran unos once deja, además, otro vacío sin explicación clara: cómo pudo salir con tanta antelación de prisión el autor de un asesinato que conmocionó al mundo. Esos vacíos, juntos, hacen que el caso parezca un edificio cuya obra se detuvo a medias. Los cimientos y la primera planta son firmes; de ahí para arriba, todo queda suspendido en el aire, a merced de las conjeturas de quienes llegan después. Mientras no se llegue realmente al fondo del caso, la muerte de Escobar seguirá encerrada en un enorme interrogante.

Esa cadena que no se puede completar es la parte más atormentadora de la tragedia. La gente ansía una explicación completa, ansía saber por qué se perdió esa vida y a quién hay que pedir cuentas por ella. Pero la realidad solo entrega fragmentos desconectados: un autogol, una discusión, un asesino que no quiere hablar, un entorno de violencia. Cada fragmento es real y, aun así, no se consigue reunirlos en una secuencia causal completa. Esa imposibilidad deja al duelo sin un lugar donde posarse: ni siquiera se sabe con certeza a quién reclamar justicia.

Por un tiempo, la investigación y los medios entendieron el caso como violencia callejera nacida de una discusión en un local nocturno, y no como una ejecución explicada por una única causa: el autogol. La discusión en el lugar de los hechos, el conflicto bajo los efectos del alcohol, el rendimiento de la selección, la violencia que impregnaba el entorno y las redes de vínculos criminales formaron parte de las explicaciones. Pero ninguno de esos elementos quedó reducido a un móvil único y probado.

Es precisamente esa complejidad lo que un relato borra con mayor facilidad. «Lo mataron por un autogol» es una explicación demasiado limpia, demasiado dramática. Un futbolista paga con la vida un error: una historia perfecta que deja un nudo en el pecho. La realidad, sin embargo, está mucho más embarrada que esa historia. Implica todo el entramado de violencia de la Colombia de aquellos años, conflictos confusos entre personas que habían bebido y relaciones clandestinas. Comprimirlo todo en «lo mataron por un autogol» facilita recordarlo y repetirlo, pero simplifica esa vida y una verdad compleja. La verdad suele ser menos limpia que la leyenda, pero es la verdad.

Este es el resto más profundo que deja el crimen. Se perdió una vida, pero el porqué sigue sin cerrarse. La justicia, aquello que dentro de la construcción más insiste en las pruebas y más persigue el cierre, no pudo investigar esa muerte más allá del tirador. El móvil y la cadena de quienes la ordenaron permanecen, detrás, suspendidos para siempre. Se puede condenar al asesino, pero no establecer el motivo del asesinato. Esa grieta pesa más que el balón de Wembley o el penalti de Brehme, porque lo que queda pendiente es a quién exigir cuentas por una vida.

En los ensayos anteriores apareció una y otra vez esa grieta entre poder dictar un fallo y no poder establecer una certeza. El balón de Wembley resolvió quién ganaba, pero no si había cruzado la línea; el penalti de Brehme resolvió quién era campeón, pero no si la decisión arbitral había sido justa. Lo que quedaba pendiente, al fin y al cabo, era una victoria, un título, un honor. En el caso de Escobar, lo que queda pendiente es una vida: por qué se perdió y quién debe responder por ella. Es la misma distancia entre dictar un fallo y establecer lo ocurrido, pero con un peso enteramente distinto. Un país puede vivir durante décadas con un agravio imposible de aclarar y seguir discutiendo un campeonato; una muerte cuya causa no se logra explicar deja a los familiares una herida que nunca puede cerrarse.

8. Lo que se calcula y lo que se descarga sobre otros

Mirar juntos a Baggio y a Escobar permite ver el verdadero rostro de aquella edición.

Uno dentro del campo y el otro fuera, soportaron las dos caras de una misma cosa. Baggio cargó con la exigencia de que un partido tuviera vencedor y vencido: todo ese peso se comprimió en un penalti y se desplomó sobre su pie. Escobar cargó con la obsesión de que alguien respondiera por un resultado: esa obsesión se deformó hasta convertirse en una bala y le quitó la vida. Uno soportó el peso de ganar o perder; el otro, la responsabilidad por el resultado. Ambas cosas, que deberían haber sido absorbidas por el sistema entero, por ese azar que no atiende a razones, acabaron descargadas sobre individuos concretos, uno a uno.

Ese es el coste más profundo de aquel negocio, de aquella lógica empeñada en cerrar todas las cuentas. Un negocio que quiere calcularlo todo no puede eliminar con sus cálculos el riesgo, el azar ni la incertidumbre de un partido. Solo puede expulsar del sistema lo que sus cuentas no eliminan y trasladarlo a las personas. El sistema exige un resultado limpio, y el pie de Baggio soporta en su lugar la crueldad del azar. El corazón humano exige un responsable inequívoco, y la vida de Escobar paga por una derrota una deuda que no debía corresponderle. Cuanto más busca cerrarse la construcción, más peso recae sobre las personas. Edifica la certeza que desea sobre una carga que seres concretos no pueden soportar.

Y ninguna de esas dos cargas encontró al final un verdadero cierre. El penalti alto de Baggio demostró que ni las mayores expectativas pueden calcular un instante. El caso sin resolver de Escobar demostró que ni la persecución más tenaz de responsabilidades permite establecer ese móvil. La construcción no obtuvo ninguno de los desenlaces tajantes que buscaba. Descargó un peso inmenso sobre las personas, las personas quedaron aplastadas y, aun así, el cierre esperado no llegó.

9. Otras piernas cortadas

En aquella edición hubo otras piernas que la máquina trituró de una manera distinta.

En la fase de grupos, Argentina ganó primero a Grecia y después a Nigeria. Maradona estaba en plena forma. Pero el control antidopaje posterior al encuentro con Nigeria detectó en su muestra cinco sustancias prohibidas de la familia de la efedrina. La Asociación del Fútbol Argentino lo retiró inmediatamente del torneo. El hombre que ocho años antes había marcado con los pies el gol del siglo y había robado otro con una mano quedó, esta vez, fuera de su último Mundial por el resultado de un análisis.

Más tarde dijo, en esencia, que le habían cortado las piernas sin dejarlo defenderse.

Aquellas palabras, las piernas cortadas, y la afirmación de Baggio de que jugaría aunque le serraran una pierna parecen dos oscuros presagios sobre las piernas en este Mundial. Uno sufría una lesión y aun así insistía en apoyarse en esa pierna para disputar la final. Al otro, una orden de suspensión le cortaba simbólicamente las piernas y le quitaba incluso la oportunidad de pisar el campo. Las piernas se convierten aquí en la sede de toda la dignidad y toda la capacidad de un futbolista. De dos maneras distintas, esta edición hizo que dos grandes hombres conocieran lo que significaba verse privados de ellas: uno por una lesión real, el otro por una decisión del poder. La frase resuena amargamente junto a la de Baggio, dispuesto a jugar aunque le serraran la pierna. En un mismo Mundial, uno insistía en salir al campo arrastrando una pierna de verdad lesionada; al otro, una prohibición le amputaba las piernas en sentido figurado. Después, la FIFA impuso además a Maradona una suspensión de quince meses.

La salida de Maradona, el penalti fallado de Baggio y el asesinato de Escobar no son, por supuesto, hechos de la misma naturaleza. Pero, al situarlos dentro de aquel mismo Mundial, se distingue una sombra común: esa máquina enorme, que busca la perfección y un resultado sin manchas, siempre acaba pasando en algún punto por encima de una persona concreta. A una le tritura el pie; a otra, la reputación; a otra, la vida.

La máquina no detiene su marcha por nadie. El día en que Baggio falló el penalti, la ceremonia de entrega de trofeos se celebró como estaba previsto y los compromisos comerciales de patrocinio se cumplieron. Cuando llegó la noticia del asesinato de Escobar, el Mundial siguió su curso hasta la final. Cuando expulsaron a Maradona del torneo, el calendario continuó adelante. La grandeza y la crueldad de la máquina están precisamente en esa normalidad: es tan grande y tan sólida que la tragedia de una persona no basta para ralentizar ni un solo diente de sus engranajes. Necesita héroes y necesita víctimas, pero unos y otras son apenas un eslabón fugaz en su enorme funcionamiento.

Y, sin embargo, por grande e indiferente que sea, la máquina no consiguió todo lo que quería. Quiso un campeón sin fisuras, pero en el punto de penalti entregó el título al azar de un disparo que nadie podía calcular. Quiso un cierre claro, pero dejó en las calles de Medellín un caso a cuyo fondo nunca se llega. La máquina puede pasar por encima de las personas y mantener en marcha sus engranajes; después de triturarlas, sigue sin obtener la certeza y el cierre que realmente buscaba. Sacrificó personas sin conseguir a cambio aquello por lo que las había sacrificado. Ahí reside su inutilidad más profunda. La máquina sigue funcionando, sigue habiendo campeones, el negocio sigue prosperando. Solo que, en cada edición, una o dos personas quedan atrapadas entre sus engranajes.

10. Cierre

Reunamos todo lo anterior.

En 1994, Estados Unidos trató el fútbol como una mercancía, lo vendió en una tierra sin raíces y lo vendió con un éxito extraordinario. Los sesenta y nueve mil espectadores de media, los cincuenta millones de dólares de superávit, los horarios cuidadosamente ajustados a la televisión y aquel césped trasplantado, mantenido bajo techo y reutilizado después en Belle Isle dibujan, juntos, un negocio de primer orden. Pero ni siquiera ese dominio de los medios elimina la incertidumbre del juego. Cuanto más busca un negocio calcularlo todo y obtener un resultado tajante, limpio y sin riesgo, más necesita trasladar a otros lo que sus cuentas no pueden agotar. Y al final de ese traslado hay personas.

Esta edición mostró así cómo fue aumentando, paso a paso, el coste de que la construcción se apropiara del fútbol. Primero se apropiaba del prestigio: un régimen se daba lustre con el Mundial. Después, de la libertad: una fiesta tapaba las celdas situadas a pocas calles de distancia. En 1994 pasó la factura a las vidas. Con un pie, Baggio soportó por todo un equipo el peso arbitrario de ganar o perder. Su disparo por encima del larguero lo clavó en innumerables memorias, que a menudo olvidan que antes había llevado él solo a Italia hasta la final. Con su vida, Escobar pagó por una derrota una deuda que no le correspondía. Pero a quién hay que reclamar esa deuda, cuál fue el móvil, quiénes formaban la cadena de quienes ordenaron el crimen: la justicia llegó hasta el tirador y no pudo ir más allá. Todo ello permanece suspendido para siempre.

Las personas trituradas por la máquina tampoco lograron darle ese cierre limpio que buscaba. Hubo vencedor y vencido, pero el disparo de Baggio demostró que ni la tradición más poderosa puede calcular un instante de azar. El asesino fue condenado, pero el caso de Escobar demostró que ni el afán más tenaz de exigir responsabilidades permite establecer el verdadero móvil. La construcción descargó un peso descomunal sobre personas concretas, las aplastó y, aun así, no consiguió la certeza con la que soñaba. La máquina sigue girando, el negocio sigue en marcha. Pero las personas bajo sus engranajes, esa figura que se aleja sola después de fallar un penalti, ese duelo que permanece junto a una tumba, son el verdadero coste del negocio reluciente. Un negocio que pretende hacer todas las cuentas nunca termina de dar cuenta de las personas, ni puede encerrar ese balón que nadie sabe calcular ni esa vida perdida que nadie consigue explicar. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.