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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 13 de 22

Roma

El fútbol que redujo el riesgo a cero y el Mundial que se asfixió a sí mismo

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. La cifra más baja

En el Mundial de 1990, disputado en Italia, se marcaron ciento quince goles en cincuenta y dos partidos: una media de 2,21 por encuentro. Durante mucho tiempo, aquella cifra figuró como el promedio de goles más bajo de la historia de las fases finales de la Copa del Mundo masculina.

Para entender hasta qué punto era bajo, conviene decirlo de otra manera. Cincuenta y dos partidos enteros y ni siquiera dos goles y medio de media; muchos encuentros acabaron 0-0 o 1-0. Los espectadores llenaban los estadios recién remozados de toda Italia y, a cambio de su espera, recibían un duelo cauteloso tras otro. Ambos equipos dedicaban el grueso de sus esfuerzos a no encajar, antes que a meter el balón en la red contraria. Aquella sensación de ahogo impregnó el torneo entero; no fue la casualidad de una tarde.

Una sola cifra resumía el carácter de todo un Mundial. No faltaron las estrellas ni las historias, pero la huella más firme que dejó aquella edición en la historia del fútbol fue su tedio. Cuatro partidos se alargaron hasta la tanda de penaltis, y las dos semifinales se decidieron de ese modo. Argentina solo marcó cinco goles en todo el torneo y, aun así, llegó a la final. La propia final acabó 1-0 para Alemania Federal: el único gol nació de un penalti discutido, y dos argentinos fueron expulsados. Nunca antes un jugador había visto una tarjeta roja en una final mundialista; aquella noche la vieron dos.

El problema de aquel Mundial no estaba en un equipo ni en una persona. Estaba en un lugar más profundo: cuando todos los equipos llevan hasta el extremo el empeño en no encajar goles, el resultado conjunto es un Mundial en el que nadie se atreve a atacar. Lo que hay que seguir es el origen de aquel tedio y lo que hizo la construcción después de haberse asfixiado a sí misma.

Esta historia es distinta de las que hemos contado en los ensayos anteriores. Hasta entonces, el problema del fútbol siempre había sido la imposibilidad de encerrarlo todo: un balón, una persona, un golpe de azar terminaban escapándose del cálculo más minucioso. En 1990 ocurrió exactamente lo contrario. El cierre fue tan hermético que dejó sin aire al propio fútbol. La ley cíclica del cincelar y la construcción sigue siendo la misma; esta vez hay que leerla por el reverso.

Leída por el reverso, la estructura de esa ley se ve incluso mejor. La imposibilidad de cerrar del todo significa que el resto se escapa de la construcción; el cierre excesivo de 1990 significa que la construcción, empeñada en eliminar el resto, acabó eliminándose también a sí misma. Son las dos caras de una moneda. Al resto no se lo puede encerrar. Pero si un equipo, si un deporte entero, se empeña en desafiar esa ley y exige arrancarlo de raíz hasta no dejar nada, lo que arranca no es solo el riesgo y el azar: también arranca toda la vitalidad del fútbol que vive de ese riesgo y de ese azar. Quien pretende encerrar el resto por completo no termina en el éxito, sino en la asfixia de sí mismo.

II. Cuando sale más a cuenta no encajar que marcar

Aclaremos primero la lógica de aquel tedio. No se debía a que los jugadores se esforzaran poco. Era justo al revés: todos los equipos eran demasiado listos.

En un campo de fútbol hay dos caminos para ganar un partido: marcar más que el rival o impedir que el rival marque. En 1990, cada vez más equipos habían hecho sus cuentas y llegado a una conclusión: el segundo camino era bastante más seguro que el primero.

Aquel cambio en las cuentas tenía una historia. A lo largo de los años ochenta, el péndulo táctico había ido inclinándose hacia la defensa. El marcaje al hombre, la trampa del fuera de juego, la asfixia en un centro del campo superpoblado: los recursos para frenar el ataque fueron perfeccionándose uno tras otro. Cuanto más avanzaba la técnica defensiva, menos rendía el esfuerzo de atacar. Los equipos descubrían que, en vez de dejarse la vida tratando de abrir una defensa ajena, era preferible proteger con firmeza la propia y aguardar un contragolpe, o incluso aguardar directamente la tanda de penaltis. El progreso técnico debía hacer más atractivo el fútbol, pero esta vez lo volvió primero más feo, porque a quien había armado primero era a la defensa. Atacar exige arriesgar. Si adelantas líneas, dejas espacios atrás; si te pillan a la contra, puedes perderlo todo. En cambio, replegarse y amontonar jugadores en campo propio permite ganar de mala manera, sí, pero también perder menos. En el peor de los casos, se llega a los penaltis y se prueba suerte. Cuando sale más a cuenta no encajar que marcar, los equipos racionales eligen no encajar, sin necesidad de ponerse de acuerdo.

Las cuentas de cada equipo, consideradas por separado, eran correctas. Pero, sumadas las de todos, daban una catástrofe. Tú no te atreves a subir primero; yo tampoco. Los dos nos quedamos atrás, esperando que el otro cometa el primer error.

Aquí no hay un villano. Los equipos encerrados en su campo no son cobardes: son agentes racionales que se limitan a ejecutar fielmente la estrategia que más les conviene. No se puede culpar a un equipo por elegir defender, porque, dentro de aquel juego, defender era la respuesta correcta. Sin embargo, cuando todos escogían la respuesta correcta para sí mismos, obtenían un resultado desastroso para todos. Es un callejón sin salida clásico: la suma de las astucias individuales se convierte en una estupidez colectiva. El fútbol no cayó derrotado ante un equipo perverso, sino ante la sensatez compartida e irreprochable de todos los equipos. Los partidos se convirtieron así en larguísimos duelos de espera. Cada vez había menos intercambios de ataques emocionantes y más ceros a cero y unos a cero. Si se podía llegar a los penaltis, de ningún modo se arriesgaba el desenlace durante el tiempo reglamentario.

El juego encerraba un nudo difícil de deshacer. Cuando un equipo decidía atrincherarse, su rival a menudo tampoco se atrevía a lanzarse alegremente hacia delante: hacerlo suponía regalarle los espacios de atrás para que esperara su ocasión y golpeara. La prudencia se contagiaba. El repliegue de uno provocaba el repliegue del otro. Como dos jugadores de cartas que se niegan a mostrar primero las suyas, ambos convertían lo que debía ser un partido de ida y vuelta en una prueba de desgaste y paciencia. Quien arriesgara primero podía ser también el primero en pagar el precio. La elección racional era, por tanto, que nadie arriesgara primero. Y de todas aquellas elecciones racionales salía un resultado que nadie quería ver.

Esta lógica y la grieta de Gijón, ocho años antes, nacían de la misma raíz. En Gijón, los intereses de dos equipos habían encajado a la perfección y ambos habían dejado de jugar; en 1990, los cálculos de todos los equipos apuntaban en la misma dirección y ninguno se atrevía a jugar. El reglamento podía poner freno a las faltas y a las trampas, pero no a esto: no podía impedir que veintitantas selecciones, cada una guiada por los motivos más razonables, empujaran juntas el fútbol hacia el aburrimiento. La construcción había redactado sus normas sobre la premisa de que todos buscarían ganar. No había previsto que un día evitar la derrota saldría más a cuenta que buscar la victoria. Y, cuando ese día llegó, el deporte entero empezó a deslizarse en una dirección que nadie había deseado.

Ese era un punto ciego de la construcción. Cuando escribía las reglas, el adversario que tenía en mente era alguien tan desesperado por ganar que podía recurrir a cualquier medio; lo que intentaba contener era un exceso de ambición. Nunca había imaginado que un día tendría que defenderse del exceso de conservadurismo, de un grupo de personas que, tras hacer sus cuentas con toda lucidez, concluirían que la mejor solución consistía en no atacar. No había una sola regla pensada para combatir las pocas ganas de ganar. Cuando la mentalidad dominante en el campo pasó, casi sin ruido, de «quiero ganarte» a «primero, que no me ganes», todo aquel conjunto de normas, hecho a medida de la primera actitud, dejó de funcionar a la vez.

III. La construcción se metió en un callejón sin salida a fuerza de calcular

Aquí llegamos a la capa decisiva.

En los ensayos anteriores, una y otra vez, la construcción no lograba encerrar su resto. Pero en 1990 se representó una historia distinta. Nada llegado de fuera derribó la construcción: fue ella misma la que se quedó sin aire. Había calculado todo cuanto admitía cálculo. Riesgo, goles en contra, azar: todo quedó absorbido por las cuentas de la fortaleza defensiva. Y, de tanto calcular, terminó metiéndose sola en un callejón sin salida, perfectamente estanco y tan inmóvil como el agua muerta.

Esta es la otra cara de la perfección. Treinta y seis años antes, la Hungría de Berna había llevado la perfección ofensiva hasta el límite; no había podido cerrar una final y había perdido. El fútbol de 1990 llevó hasta el límite la perfección defensiva. Esta vez sí consiguió cerrar, pero cerró también la posibilidad de un buen partido. La primera perfección no podía encerrarlo todo; la segunda lo encerraba demasiado bien. Parecen opuestas, pero en el fondo son lo mismo: cuando un sistema lleva una cosa hasta su extremo, inevitablemente paga el precio en otra parte. La impermeabilidad de la defensa se compró a costa de la vida del propio fútbol.

En el campo, esa cuenta se ve con especial claridad. Es cierto que resulta muy difícil romper a un equipo que repliega a diez jugadores en su propia mitad. Ocupa cada palmo peligroso y sofoca por adelantado toda ocasión de azar. Pero precisamente porque lo ha llenado todo ya no quedan espacios; sin espacios no hay creación, y sin creación desaparecen los instantes que hacen saltar al público de sus asientos. La perfección defensiva se obtiene matando la incertidumbre, y buena parte del encanto del fútbol está escondida justamente ahí. Se impide el riesgo del fracaso y, al mismo tiempo, la posibilidad del espectáculo. Las dos cosas salen por la misma abertura.

Reducir el riesgo a cero suena a victoria de la construcción: al fin ha domesticado ese azar que nunca conseguía calcular del todo. El precio es haber domesticado y borrado también lo más emocionante del fútbol. Los ataques arriesgados, el avance sin miramientos, el intercambio de golpes en el que se apuesta todo: cuanto acelera el pulso nace precisamente del riesgo. Si el riesgo queda a cero, todo eso queda a cero con él.

Al fin y al cabo, el fútbol no es un examen en el que la nota máxima consiste en no cometer ningún error. Es un espectáculo cuya alma es la emoción. Si se lo administra como si fuera ese examen y se considera cada gol encajado un error que hay que eliminar, la manera más inteligente de jugar será no correr riesgo alguno. La lógica es impecable; lo que ve el espectador es un desastre.

Aquí se esconde una paradoja: un equipo puede tomar la decisión correcta en cada partido y terminar arruinando el atractivo del deporte. En 1990, lo correcto y lo emocionante quedaron partidos en dos. Los equipos que jugaban de la manera más correcta solían ser también los más aburridos; los que ofrecían espectáculo eran precisamente los que se atrevían a equivocarse y a arriesgar, los que no eran tan correctos. Esto planteaba a la construcción una pregunta incómoda: si todos los equipos persiguen lo correcto, ¿quién responde por la emoción del fútbol? La respuesta es nadie, a menos que la propia construcción intervenga y cambie las reglas que hacen de lo correcto un equivalente de lo aburrido. En 1990, los equipos se convirtieron, uno tras otro, en fieles de esa lógica. Jugaban cada vez más correctamente y cada vez con menos gracia. Lo correcto y lo atractivo tomaron caminos distintos, y la mayoría eligió lo correcto. El tedio de 1990 demostró algo: el atractivo del fútbol y su riesgo son dos caras de la misma cosa. No se puede querer una y rechazar la otra. Una construcción que clausura por completo el riesgo acaba clausurando su propio latido.

IV. Obligada a rehacer sus propios cimientos

Alguien tenía que agitar aquellas aguas estancadas. Esta vez lo hizo la propia construcción.

Después de 1990, el International Football Association Board ya no pudo quedarse de brazos cruzados. En 1992 aprobó una nueva regla de enorme alcance: el portero no podía recoger con las manos un balón que un compañero le hubiera cedido deliberadamente. El preámbulo de la regla exponía con toda claridad su propósito: combatir decididamente la pérdida de tiempo y reavivar un espíritu ofensivo cuya ausencia se había vuelto demasiado frecuente. Más adelante, al repasar la historia del reglamento, el propio organismo volvió a situar el origen de aquel cambio después del Mundial de Italia 1990.

La cesión al portero resumía el tedio de aquella edición. Un defensa le devolvía el balón, el guardameta lo abrazaba y dejaba correr el reloj con toda la calma del mundo: era el recurso más cómodo para perder tiempo y no hacer nada. La nueva regla dejó al portero sin el auxilio de esas manos. El balón cedido tenía que jugarlo con los pies; y usar los pies implica riesgo, implica la posibilidad de equivocarse, impide seguir consumiendo minutos con absoluta tranquilidad. Una regla pequeña obligó al balón a volver a circular desde atrás.

Fue una demostración muy viva de la ley cíclica del cincelar y la construcción, solo que en sentido inverso. Antes, el resto acababa abriéndose paso a través de la construcción. Ahora era la construcción la que se había arrinconado a sí misma y tenía que volverse para rehacer sus cimientos con sus propias manos. Lo ausente, el fútbol atractivo, el espíritu de ataque, no estaba presente en los campos de 1990 de la manera en que algo presente ocupa un lugar. Estaba presente, y con una fuerza brutal, precisamente como ausencia. Su falta resultaba tan clamorosa que la construcción no tuvo más remedio que legislar para invitarlo de vuelta.

Es una forma poco habitual de manifestarse el resto. Normalmente hace ruido: es ese gol que llega sin invitación, que derriba la puerta y deja al descubierto, en un instante, la fragilidad de todas las precauciones defensivas. Pero en 1990 no dijo una palabra. Era aquel tedio extendido por todas partes, aquel hueco que todos percibían como algo que no encajaba, aunque no supieran nombrarlo. No lo representaba un gol concreto ni una persona concreta. Adoptó la forma del aburrimiento de un Mundial entero.

Eso le da a 1990 un lugar singular entre los Mundiales que lo precedieron y los que vinieron después. Otros años, el resto era concreto: el balón inexplicable de Wembley, la mano de Maradona, el rebote que devolvía un poste. Siempre se podía señalar un instante y decir: «Ahí, eso es». El resto de 1990 no se dejaba señalar. No tenía rostro. Estaba disperso en el tedio de cincuenta y dos partidos. Y justamente por eso resultaba aún más omnipresente: no era la sorpresa de un momento, sino lo que faltaba en todo un ambiente. Ante un resto visible, la construcción todavía podía intentar levantar un cerco. Ante aquella carencia invisible y difusa, ni siquiera encontraba por dónde empezar. Solo le quedaba volverse hacia sí misma y cambiarse. Esa presencia silenciosa tuvo más fuerza que cualquier gol: obligó a todo el órgano legislador del fútbol a sentarse y revisar sus reglas. El resto no siempre derriba la puerta con estrépito. A veces es ese lugar vacío, esa falta que todos sienten sin poder señalarla, y cuyo coste acaba teniendo que pagar la propia construcción.

Conviene aclarar también esto: una regla puede obligar al balón a circular, pero no puede obligar a nadie a querer atacar. Se puede dejar al portero sin manos; no se le puede ordenar a un equipo que desee de verdad ir hacia delante. Por eso la regla de la cesión trataba el síntoma, no la raíz. Hacía más trabajosa la pasividad, pero no eliminaba, ni podía eliminar, la cuenta según la cual salía más a cuenta no encajar. La construcción rehízo sus cimientos; no pudo rehacer el pequeño libro de cuentas que cada cual llevaba en la cabeza. Solo podía subir un poco el precio de la pasividad para que evitar la derrota dejara de ser tan fácil. Era ya la mayor operación que la construcción podía practicar sobre su propio cuerpo.

En un nivel más profundo, la construcción se enfrentaba a un problema que nunca podría resolver por completo. Quería un fútbol atractivo, pero ese atractivo nace de las ganas de ganar que tienen los jugadores, y el deseo es un lugar al que la ley no llega. La construcción solo puede cambiar las reglas exteriores: cómo se pasa el balón, cuándo puede tocarlo una mano, cómo se cuenta el tiempo. No puede cambiar lo que alguien está calculando en su interior mientras juega. Puede hacer que la pasividad salga más cara, pero no puede escribir el deseo de ir a por todas en ningún artículo del reglamento. Ese es el destino común de todas las reglas: regulan la conducta, pero no hacen brotar la voluntad; pueden cerrar el camino de la desgana, pero no abrir el del amor por lo que se hace.

Hay que recordar que la construcción no se cambió a sí misma por un capricho. Lo hizo porque estaba acorralada. Si un deporte aburre tanto que ni sus propios legisladores soportan verlo, su enfermedad ya es seria. Más que un retoque para mejorar algo que funcionaba, la regla de la cesión fue una reanimación que no admitía demora. La construcción prefirió tocar sus propios cimientos antes que contemplar cómo aquel deporte perdía poco a poco a su público entre bostezos. Esa falta de alternativa revela hasta qué punto el tedio amenazaba ya lo esencial.

V. El penalti que decidió al campeón

8 de julio de 1990. Estadio Olímpico de Roma. La final: Alemania Federal contra Argentina.

El partido tuvo el mismo tono que el resto del Mundial: aburrido, atascado, feo. En el minuto sesenta y cinco, el argentino Monzón, que había entrado como suplente, fue expulsado por una falta. Se convirtió en el primer jugador que veía una tarjeta roja en una final de la Copa del Mundo. En el minuto ochenta y cinco, el árbitro mexicano Codesal concedió un penalti a Alemania Federal por un derribo de Sensini a Völler dentro del área. Brehme lo transformó. Uno a cero. Aquel penalti decidió quién se llevaba la copa.

Una final tediosa durante casi noventa minutos acabó resolviéndose con un penalti así: una metáfora cruel de aquel Mundial. Ninguno de los dos equipos quería, o más bien se atrevía, a ganar mediante un ataque franco y decidido. La sentencia quedó, por tanto, en manos de un contacto dentro del área y del juicio instantáneo de un árbitro. Cuando los propios equipos renuncian a decidir la superioridad con sus pies sobre el campo, entregan a otro el poder de decidir. No fue culpa de aquel penalti. Fue el desenlace que se había buscado una manera de jugar que lo calculaba todo tan minuciosamente que ni siquiera en una final se atrevía a soltarse. Antes del pitido final, el argentino Dezotti también fue expulsado. Argentina terminó la final con nueve jugadores.

Aquel penalti, como las decisiones arbitrales discutidas de los ensayos anteriores, debe examinarse en tres planos distintos. En el primero, el hecho de la decisión es indudable: el árbitro señaló falta de Sensini y Brehme marcó. Eso consta en el registro. En el segundo, la controversia ya existía entonces. Las crónicas del mismo día consideraban riguroso el penalti: reconocían que Sensini había hecho tropezar a Völler, pero advertían también que, durante el torneo, contactos más duros no habían acabado siempre en pena máxima. El tercero corresponde a las reinterpretaciones posteriores. Algunos comentarios alemanes lo entendieron como una compensación por una infracción anterior que no se había señalado. Pero eso es una interpretación, no un motivo confesado por el propio árbitro.

Una vez separados los tres planos, reaparece la vieja pregunta. La decisión se tomó; pertenece al registro y nadie puede cambiarla. Que fuera justa, en cambio, se convirtió en una disputa sin resolución definitiva. El título de campeón del mundo quedó suspendido de un penalti cuya justicia no se podía establecer de manera concluyente, y las protestas argentinas estaban condenadas a no encontrar una respuesta que cerrara el asunto, igual que las de los alemanes durante décadas por aquel gol de Wembley. La construcción dictó el vencedor, pero no pudo dictar la justicia que había detrás. Esa grieta seguía abierta: de Wembley al Bernabéu, y del Bernabéu a aquella noche de Roma. Tal vez fuera el cierre más amargo para un Mundial tan tedioso: hasta su campeón se decidió mediante una decisión discutida, en medio de los abucheos.

Que un Mundial célebre por la defensa y el tedio acabara con una final así tenía algo de una correspondencia fatal. Dos equipos le habían quitado toda vida a una final; después la resolvieron con un penalti discutido y añadieron dos tarjetas rojas. No hubo un final capaz de estremecer, ni un instante a la altura de la cima del mundo. Hubo un penalti polémico, un clamor de protesta y una Argentina que acabó maltrecha, con nueve hombres. Era como si el torneo entero hubiera estampado su sello sobre aquel desenlace.

El camino de Argentina hasta allí era, a su vez, la ilustración más extrema de aquellas cuentas. Marcó solo cinco goles en todo el Mundial, pero, sostenida por una defensa tenaz y dos tandas de penaltis, llegó hasta la final. Casi no era posible llevar más lejos la lógica de que sale más a cuenta no encajar: no importa marcar poco, siempre que se pierda todavía menos. Que un equipo así pudiera llegar al último partido decía mucho del viento que soplaba en aquella edición. En 1990, una selección que marcaba cinco goles podía avanzar más que otras que ofrecían un fútbol vibrante. Era el testimonio más contundente a favor de aquel cálculo tan sagaz.

VI. El hombre al que alzaron y volvieron a dejar en tierra

Sobre aquel fondo de tedio aparecieron también algunos destellos. El más brillante se llamaba Schillaci.

No deja de haber cierta ironía en que un Mundial famoso por la defensa y el aburrimiento viera surgir a un goleador desatado. Mientras todo el mundo del fútbol competía por ver quién encajaba menos, Schillaci se empeñaba en competir por ver quién marcaba más. Y marcó seis. Parecía un intruso llegado a destiempo a aquel paisaje adormecido. De un modo casi ingenuo, recordaba lo que se suponía que debía ser el fútbol: meter el balón en la red, no custodiarlo inmóvil a los pies.

Antes del torneo, casi nadie lo conocía. No había debutado con la selección absoluta italiana hasta finales de marzo de 1990. En el primer partido de Italia en el Mundial, contra Austria, todavía era suplente: entró en el minuto setenta y cinco y marcó el gol de la victoria. Era su segundo encuentro con la selección. A partir de ahí, aquel hombre casi anónimo se volvió incontenible. Terminó el torneo con seis goles y la Bota de Oro.

Poner a Schillaci junto al Rossi de ocho años antes permite ver dos rostros del azar. A Rossi también lo había iluminado de pronto la luz del resultado: en apenas unas semanas había pasado de parecer su propio fantasma a convertirse en un héroe de triple corona. Pero detrás de su luz había un título mundial de enorme peso. La gloria pesaba lo suficiente como para imponerse a todos los años que vinieran después y permitirle vivir el resto de su vida dentro de aquel resplandor. La luz de Schillaci, en cambio, no tenía un campeonato al que anclarse. Italia no ganó aquel Mundial. Sus seis goles, por deslumbrantes que fueran, no llegaron a cuajar en un monumento al que rendir culto. Cuando la luz se dispersó, lo devolvieron a su lugar de origen. El azar los eligió a ambos: a Rossi lo dejó dentro del resplandor; a Schillaci lo tomó prestado durante un solo verano.

Un comienzo así parece casi inverosímil. Un hombre con un historial minúsculo en la selección sale del banquillo en el primer partido de Italia en un Mundial, marca el gol de la victoria y, desde ese momento, ya no hay quien lo pare. No es la historia edificante de alguien que recibe al fin la recompensa de muchos años de sacrificio. Todo ocurre demasiado deprisa, sin ningún preámbulo. Se parece más a una elección hecha al vuelo por el destino. No hay motivo ni lógica: sencillamente sucede. Y alguien que parecía destinado a seguir viviendo en silencio en los márgenes del fútbol italiano se encuentra, de golpe, en el centro del mundo.

La otra mitad de la historia resulta aún más desconcertante. Antes de ese Mundial, Schillaci no había marcado nunca con Italia. Después de ese Mundial, solo volvió a marcar una vez en toda su carrera con la selección. Siete goles en total, seis de ellos amontonados en aquel verano de 1990. Como si un haz de luz hubiera caído sobre él sin aviso, lo hubiera convertido durante unas semanas en el héroe de toda Italia y, luego, se hubiera apagado también sin aviso, devolviéndolo al mismo lugar anónimo de antes.

Pocas veces se ha visto con tanta nitidez lo que el azar puede hacer con una persona. No atiende a razones ni pide credenciales. Escogió a Schillaci, lo levantó hasta aquella altura y, unas semanas después, volvió a dejarlo en tierra. Ocho años antes, en Sarrià, también a Rossi lo había iluminado la luz del resultado. Solo que la de Rossi estaba unida a un campeonato y permaneció mucho tiempo sobre él; la de Schillaci brilló y se dispersó. Entre los elegidos por el azar, algunos se quedan para siempre dentro de la luz y otros solo reciben la claridad de un verano. Los seis goles de Schillaci existieron de verdad, igual que existió su silencio posterior. Un Mundial puede iluminar de ese modo toda una vida y devolverla tan deprisa a la sombra.

La historia de Schillaci conmueve precisamente por lo fugaz que fue. No era una estrella que ardiera de manera constante, sino una estrella fugaz que cruzaba el cielo nocturno: de un brillo asombroso y una duración igualmente asombrosa por lo breve. Los seis goles fueron reales, la Bota de Oro fue real y fueron reales los gritos con los que toda Italia lo aclamó durante un verano. Pero nada de aquello logró prolongarse a lo largo de su carrera posterior. El azar le concedió un verano y devolvió el resto de sus años a lo corriente. Su vida parece haber recibido una ráfaga de luz en medio: antes y después, la normalidad; solo aquel tramo central quedó para siempre en la Italia de 1990.

VII. Aquella lágrima y lo que no provocó por sí sola

Aquel Mundial dejó también una lágrima famosa.

El 4 de julio de 1990, Inglaterra jugaba la semifinal contra Alemania Federal. Gascoigne recibió una tarjeta amarilla por una falta. Como ya había sido amonestado frente a Bélgica, eso significaba que, si Inglaterra llegaba a la final, él no podría jugarla por sanción.

La cámara captó inmediatamente su rostro lleno de lágrimas. Con el tiempo, aquel plano se convirtió en una de las imágenes del Mundial más repetidas en el Reino Unido. La lágrima conmovía porque no tenía defensa alguna. En una época en la que todos aprendían a calcular y a esconder cuidadosamente sus emociones, un joven lloraba sin disimulo, ante los ojos del mundo, por una desgracia que todavía no había ocurrido. No lloraba por haber perdido: Inglaterra aún no había perdido. Lloraba por un presentimiento, por la pena de poder quedarse sin jugar la final. Aquella emoción desprotegida resaltaba de un modo especial en el tedio calculador de ese Mundial, y por eso tenía un valor especial. Quizá la gente la recuerde justamente porque, en medio de tanta astucia, conservaba un poco de inocencia.

Más adelante se atribuyó a aquella lágrima un peso enorme. A menudo se dice que impulsó el giro del fútbol inglés hacia las clases medias y hacia la explotación comercial. Pero conviene afinar esa relación de causa y efecto. Lo prudente es presentarla como una interpretación posterior, no como una causa única. Lo que hubo en realidad fue una serie de condiciones simultáneas que se reforzaron entre sí. Inglaterra hizo un buen Mundial en 1990 y la lágrima de Gascoigne difundió el magnetismo de los futbolistas: ambas cosas mostraron que entre el público británico existía una demanda de consumo de fútbol más amplia. Al mismo tiempo, en 1990 se flexibilizó la regulación de la radiodifusión británica, lo que permitió la entrada de nuevas televisiones de pago. La combinación de esos factores, y no uno por sí solo, formó el trasfondo de la posterior era de la Premier League y la televisión de pago.

Atribuirlo todo a una lágrima es otro atajo de la narración. Una lágrima es un símbolo fácil de recordar, una imagen que puede volver a emitirse una y otra vez. Se la coloca en primer plano y se le adjudica el mérito de todo un conjunto de transformaciones comerciales y tecnológicas. Pero la historia real nunca avanza gracias a un único instante conmovedor: la mueven el capital, la tecnología, las políticas públicas y el gusto del público, trenzados en una misma cuerda. Aquella lágrima fue real y fue conmovedora; también fue, sin duda, uno de los hilos de la cuerda. Pero no provocó, ni podía provocar por sí sola, todo lo que vino después.

El matiz importa mucho. Decir que aquella lágrima no fue la única causa no equivale en absoluto a decir que fuera insignificante. Conmovió de verdad. Hizo que millones de personas que antes no veían fútbol recordaran un rostro llorando por él. Vinculó el fútbol a una sensibilidad más delicada. Fue una fuerza real dentro de la confluencia de fuerzas históricas. Pero reconocerla como una de ellas y consagrarla como el único motor son cosas distintas. Lo primero respeta los hechos; lo segundo se rinde a la seducción de una buena historia. Preferimos recordar una historia impulsada por una lágrima porque se entiende mucho mejor, y emociona mucho más, que una reforma de la legislación sobre radiodifusión o la llegada de la televisión de pago. Tomar un símbolo por el motor de toda una época es otra de las maneras que tiene la memoria de ahorrarse trabajo.

VIII. El dilema de los napolitanos

La otra semifinal tuvo un enredo adicional. Sucedió en Nápoles.

Argentina e Italia disputaron aquella semifinal en el estadio San Paolo de Nápoles, y Maradona era precisamente el ídolo del club de la ciudad. Antes del partido habló con la prensa. Lo esencial de sus palabras no era una simple petición a los napolitanos para que apoyaran a Argentina; apuntaba más hondo. Dijo que los poderosos de Italia les pedían ahora que fueran italianos por un día, después de olvidarse por completo de ellos los otros trescientos sesenta y cuatro. Más tarde añadió que solo quería respeto para los napolitanos y que los italianos debían entender que los napolitanos también eran italianos. Situó el partido dentro de una larga historia de menosprecio hacia Nápoles en el interior del país.

El peso de aquellas palabras no estaba en el bando al que favorecían, sino en que rasgaban el velo que normalmente todos procuraban mantener intacto. En la vida cotidiana, el desprecio entre el norte y el sur era velado: no se decía en voz alta. Maradona lo dijo precisamente cuando todo el país estaba mirando. Fue como preguntar delante de todos: ¿cómo tratáis habitualmente a Nápoles y con qué derecho exigís ahora que se ponga de vuestro lado sin condiciones? Una vez formulada la pregunta, el agravio acumulado durante años en el ánimo de los napolitanos ya no podía seguir oculto. Él no abrió aquella fractura; se limitó a iluminar una fractura que llevaba mucho tiempo allí.

Los testimonios fiables sobre el ambiente de aquella noche en el San Paolo coinciden en hablar de división, no de un apoyo unánime a uno de los bandos. Los aficionados napolitanos estaban atrapados entre la selección nacional y el ídolo de su club, sin saber hacia dónde inclinarse. Una pancarta decía: «Diego en nuestros corazones, Italia en nuestros cánticos». Otra: «Maradona, Nápoles te quiere, pero Italia es nuestra patria». Una parte de la afición local animó, en efecto, a Argentina. El ambiente general, sin embargo, fue mixto y dividido; no hubo un San Paolo entero volcado con la selección argentina.

Las pancartas expresaban aquella división con absoluta claridad. Una decía «Diego en nuestros corazones, Italia en nuestros cánticos»: un corazón partido en dos, una mitad para el héroe y otra para el país. La otra decía que Nápoles lo quería, pero que Italia era su patria. El amor era verdadero y la patria también; aquella vez no había manera de conservar ambos intactos. No eran consignas para salir del paso, sino la confesión torpe y honrada de una ciudad obligada a pronunciarse. No daban una respuesta tajante porque los propios napolitanos tampoco tenían una respuesta tajante en su interior.

Merece la pena detenerse ante ese dilema. Los napolitanos habían sido colocados en una posición cruel. Tenían que elegir, allí mismo, entre dos pertenencias: de un lado, su país; del otro, su héroe. Era una elección que nunca deberían haber tenido que hacer.

Visto más a fondo, el dilema napolitano descubre un problema universal de la pertenencia. Una persona puede pertenecer a varios lugares a la vez, a su país y a su ciudad. En circunstancias normales, esas pertenencias conviven en paz, sin estorbarse. Pero hay momentos en que se las enfrenta a la fuerza y se exige escoger una de las dos. Aquella noche en el San Paolo fue uno de esos momentos. Su crueldad consistía en que, eligieran lo que eligieran, los napolitanos tenían que traicionar una parte de sí mismos. Elegir el país era traicionar al héroe que les había dado tantas glorias; elegir al héroe era traicionar una bandera con la que también se identificaban. Tener que traicionar una parte de uno mismo: ese era el verdadero peso del dilema. Las palabras de Maradona dolían porque tocaban una herida real, la de un lugar menospreciado durante años por el centro y al que, cuando hacía falta su lealtad, se le exigía una lealtad sin vacilaciones. La división de las gradas del San Paolo no demostraba que los napolitanos fueran volubles. Demostraba que estaban atrapados en una grieta que no debería haber existido. Su dilema era real, y no lo habían fabricado ellos.

IX. El campeón vigente y un suplente de treinta y ocho años

Aquel Mundial tan tedioso había empezado con una sorpresa mayúscula.

En el partido inaugural, Camerún se enfrentó a Argentina, la vigente campeona. Todo el mundo esperaba un estreno de claro dominio argentino. Camerún ganó 1-0 y derribó a la selección que llegaba con la copa de la edición anterior. El equipo africano no se detuvo ahí. Alcanzó los cuartos de final y se convirtió en el primer representante de África que llegaba a esa ronda de un Mundial. Frente a Inglaterra, en cuartos, llegó incluso a remontar y ponerse 2-1 durante el tiempo reglamentario. Acabó perdiendo por un ajustado 2-3, a un paso de seguir adelante.

El nombre que más brilló en aquella selección fue el de Roger Milla. Marcó cuatro goles, y los cuatro los consiguió después de entrar desde el banquillo.

Hay algo profundamente conmovedor en esa imagen de un veterano que sale del banquillo y vuelve, una y otra vez, a cambiar un partido. No se abría paso a base de la fuerza física de la juventud; se valía de un olfato curtido que lo llevaba al lugar preciso en el momento preciso. Cada vez que Camerún necesitaba un gol, el entrenador lo soltaba desde el banquillo, y él volvía a responder. Demostró algo: en un deporte cada vez más entregado al culto de la juventud y la velocidad, la experiencia y la inteligencia conservaban un peso insustituible. Con los años ha circulado una sospecha persistente sobre su edad: que en realidad era mayor de lo que decían los documentos oficiales. El registro oficial sitúa su nacimiento en 1952, de modo que en 1990 tenía treinta y ocho años. Los rumores que le atribuyen más edad están muy extendidos, pero no aparecen documentos originales de identidad o de inscripción capaces de desmentir esa fecha de nacimiento. Lo prudente es decir únicamente esto: según el registro oficial, nació en 1952; hace mucho que circula el rumor de que era mayor, pero no hay documentación primaria sólida que lo confirme. Que un hombre de treinta y ocho años se levante del banquillo y cambie el partido una y otra vez ya es bastante emocionante. No hace falta adornarlo con una cifra mayor sin verificar.

La trayectoria de Camerún fue una de las escasas ráfagas de vitalidad sin reservas que recorrieron aquel Mundial adormecido. Mientras las potencias europeas y sudamericanas se refugiaban atrás y hacían cuentas al céntimo, la selección africana jugaba con libertad, con atrevimiento, sin medir las consecuencias. Dio al mundo su mayor sorpresa y, a la vez, se vio en peligro una y otra vez por los agujeros de su defensa.

La presencia de Camerún era casi una refutación silenciosa del pensamiento dominante de aquella edición. Mientras todos trataban de demostrar que la defensa y la cautela eran el camino correcto hacia la victoria, aquella selección africana alcanzaba los cuartos jugando de la manera opuesta y encadenando sorpresas. Demostraba que la cuenta según la cual sale más a cuenta no encajar no era la única posible, ni tenía por qué ser la correcta. El ataque libre, la embestida que no calcula las consecuencias, también podían llegar lejos y ganarse el cariño del mundo. No fueron campeones, pero dejaron más que muchos equipos que avanzaron más rondas. En medio de aquel tedio tan sagaz, el equipo que más quedó en la memoria fue precisamente el que menos sabía hacer cuentas.

Aquella viveza contrastaba de forma hiriente con la tónica dominante del torneo. Mientras las potencias se armaban hasta convertirse en fortalezas sin una grieta, Camerún jugaba con las puertas abiertas. Podían sorprenderlo al contragolpe por haberse adelantado demasiado; podía encajar por un hueco defensivo. Pero por eso mismo protagonizó algunos de los partidos que más aceleraron el pulso en aquel Mundial. No era el equipo más listo de la edición. En cálculo quedaba muy por detrás de las curtidas selecciones europeas. Y, sin embargo, esa imprudencia poco calculadora fue la que lo convirtió en el color más vivo de todo aquel paisaje apagado. A veces, ser algo menos sagaz acerca más a la verdad del fútbol. No fueron los más sagaces, pero sí los que más vida tenían. Y fue precisamente esa vida la que hizo que, en medio de tanto tedio, la gente los recordara.

X. Para cerrar

Reunamos todos los hilos.

Italia 1990 dejó ver un dilema nuevo de la construcción. En los Mundiales anteriores siempre había fallado por no poder encerrarlo todo: un partido, una persona, un golpe de azar, algo terminaba escapando del cálculo más escrupuloso. Esta vez nada derribó la construcción desde fuera. Ella misma se quedó sin aire. Cuando cada equipo llevó racionalmente hasta el extremo el empeño en no encajar y reducir el riesgo a cero se convirtió en la solución óptima para todos, la construcción acabó metiéndose, a fuerza de cuentas, en un callejón sin salida: impermeable y sin vida. Esa era la otra cara de la perfección. La de Berna no podía cerrarlo todo; la de Roma lo cerraba demasiado. Al encerrar el balón, encerró también el latido del fútbol.

El resto, por su parte, se manifestó de un modo nunca visto. No era el gol que irrumpía derribando la puerta. Era el lugar vacío, el tedio que todos sentían, el espíritu ofensivo expulsado por el cerrojo defensivo. Su ausencia se hizo tan clamorosa que la construcción tuvo que rehacer sus cimientos con sus propias manos y aprobar en 1992 una nueva regla para tratar de invitarlo a volver. Pero no podía ir más allá. Podía quitarle las manos al portero y obligar al balón a circular de nuevo; no podía ordenar a un equipo que deseara de verdad atacar. Podía encarecer la pasividad; no podía borrar de las cabezas aquella cuenta según la cual salía más a cuenta no encajar. La construcción se operó a sí misma. Trató el síntoma, pero no pudo tratar la raíz.

En cuanto a las personas concretas, siguieron siendo un poco más reales que todo lo que se decía de ellas. A Schillaci lo alzó muy alto la luz de un verano y lo devolvió suavemente a tierra el apagón de esa misma luz: sus seis goles y su silencio posterior fueron igualmente reales. A los napolitanos, atrapados entre el país y el héroe, se les exigió tomar en el acto una decisión que nunca deberían haber tenido que tomar. Su dilema no era volubilidad, sino el resultado de estar aprisionados en aquella grieta. Un suplente de treinta y ocho años se levantó una y otra vez del banquillo para cambiar los partidos, sin necesitar ninguna cifra sin verificar que aumentara su mérito. La construcción puede calcular todos los riesgos, prohibir por ley la pasividad y optimizarlo todo hasta el límite. Lo único que no consigue hacer desaparecer mediante esa optimización es cuanto hay en esas personas que se resiste al cálculo. Un Mundial que redujo el riesgo a cero no logró, al final, cerrarse de manera hermética. Encerró el ataque, pero no pudo encerrar la libertad de Camerún, ni la aparición fulgurante de Schillaci, ni el deseo de un fútbol atractivo que aquel vacío gritaba en nombre del propio fútbol. Cuanto más trata la construcción de calcularlo todo, más acaba encontrándose, al final de sus cuentas, con algo que había dejado fuera: el latido de este deporte. Cuando se le impide latir, protesta en forma de tedio y obliga a la construcción a aflojar las manos. Y, cuando las afloja, el fútbol vuelve a desbordarse, hasta la próxima vez que alguien intente calcularlo por completo. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.