El Azteca
Unas manos y un gol, cuatro minutos de un mismo hombre
En este ensayo
- 1. Dos cosas en cuatro minutos
- 2. Se ve, pero sigue fuera de alcance
- 3. La otra mitad: un gol que no admite discusión
- 4. La construcción no puede dictar sentencia sobre este hombre
- 5. Qué dijo realmente
- 6. Cuándo empezó a crecer la idea de la venganza
- 7. El Mundial de un hombre y un equipo de once
- 8. El estadio que tomó el relevo y el terremoto de ocho meses antes
- 9. La final y siete minutos de sobresalto
- 10. Para cerrar
1. Dos cosas en cuatro minutos
22 de junio de 1986. Ciudad de México, estadio Azteca. Cuartos de final de la Copa del Mundo: Argentina contra Inglaterra. Segunda parte. Minuto 51 y minuto 55.
Con el tiempo, esos dos minutos acabarían apareciendo juntos una y otra vez, hasta convertirse en la pareja de instantes más célebre de la historia del fútbol. Su fama no se debe tanto a la leyenda de cada uno como a lo cerca que quedaron. El mismo hombre, el mismo partido, cuatro minutos; y, sin embargo, parecían llegados de dos mundos distintos.
En el minuto 51, Maradona saltó a disputar un balón por alto. La pelota pasó por encima de Shilton, el portero inglés, y entró. La cámara lenta no dejaba lugar a dudas: lo que la había desviado hacia la red era su mano izquierda, no su cabeza. El árbitro tunecino, Ali Bennaceur, dio el gol por válido. Los jugadores ingleses lo rodearon de inmediato.
La protesta estalló allí mismo; no fue algo que se cocinara después del partido. Maradona seguía celebrando cuando el árbitro señaló el centro del campo para conceder el gol. Los ingleses se le echaron encima, reclamando la mano. Pero el gesto ya estaba hecho. En una época sin repeticiones al servicio del árbitro ni videoarbitraje, señalar el centro era dictar sentencia definitiva. Rodearlo no iba a cambiar nada. A Inglaterra solo le quedaba mirar cómo aquel gol subía al marcador. Después del encuentro, Maradona dejó la frase que se haría famosa: había sido un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios.
La frase era una pequeña obra de orfebrería. Ni negaba ni admitía nada: ponía con toda soltura en manos de Dios una mano que era, a todas luces, humana. Todo el mundo entendía lo que estaba diciendo, pero él no había reconocido nada expresamente. Pícara, ingeniosa, con una desenvoltura que rozaba el descaro, dio la vuelta al mundo por una razón muy concreta: no porque aclarase lo sucedido, sino porque contaba un engaño evidente de tal manera que costaba odiarlo.
En el minuto 55 recibió la pelota en su propio campo, emprendió una carrera fulgurante, fue dejando atrás a varios ingleses, se quitó al portero de encima y empujó el balón a puerta vacía. Aquel sería elegido más tarde el Gol del Siglo.
Desde que su pie izquierdo tocó por primera vez el balón en campo propio hasta que este entró en la portería inglesa transcurrieron apenas una decena larga de segundos. Le bastaron para cruzar más de medio campo y dejar atrás, uno tras otro, a los hombres que le salían al paso. No se abría camino a empellones: cada paso tenía la precisión de algo medido de antemano. Un cambio de apoyo, y el defensor ya estaba fuera de la jugada. Cuando sorteó al portero, que había salido como último recurso, la portería quedó de par en par. Solo tuvo que dar un toque suave. En aquellos segundos, el Azteca entero contuvo primero el aliento y después estalló.
Años más tarde, aquel gol sería desmenuzado fotograma a fotograma innumerables veces: cuántos toques dio, cuántos metros recorrió, cuántos segundos tardó, a cuántos rivales regateó. Las cifras varían ligeramente. ¿Cuenta como toque el control inicial? Si se enfrenta dos veces al mismo defensa, ¿se cuenta a uno o a dos? ¿Se mide en línea recta o siguiendo la trayectoria del balón? Cambia el criterio y cambia un poco el número. Pero, se cuente como se cuente, la grandeza de ese gol no está en las cifras. Estas permiten comprobar lo rápido, lo largo y lo difícil que fue; no pueden medir por qué, más de treinta años después, sigue dejando a la gente sin aliento. Hay cosas que se ven mejor cuanto más se miden. Otras se escapan en cuanto uno intenta medirlas.
Cuatro minutos. El mismo hombre, en el mismo partido, robó primero un gol con una mano y marcó después con sus pies el gol más limpio de la historia del fútbol. Una mitad era engaño; la otra, genio. Una provocaba indignación; la otra, admiración. No se repartieron entre dos personas: recayeron, una después de otra, en la misma.
Si los dos goles hubieran estado separados por años y por partidos distintos, habría sido más fácil. Se habrían podido guardar en compartimentos distintos de la memoria: rencor para uno, admiración para el otro. Pero se apiñaron en cuatro minutos de un mismo encuentro, tan pegados que ninguno podía librarse del otro. No era posible recordar solo la mano y olvidar la carrera, ni maravillarse ante la carrera fingiendo que la mano no había existido. El tiempo los dejó clavados uno al otro y obligó a todo el que vio aquel partido a albergar dos emociones opuestas a la vez. Ahí, en esos cuatro minutos, está el nudo más difícil de deshacer de todo aquel Mundial.
Y no porque los hechos sean confusos. Están clarísimos: en el minuto 51 fue la mano; en el 55, los pies. No hay discusión posible en ninguno de los dos casos. La dificultad está en que esos hechos, tan nítidos, conducen a dos juicios completamente contrarios y pertenecen al mismo hombre, al mismo partido, al mismo tramo de cuatro minutos. Cuanto más claros quedan los hechos, más cuesta dictar sentencia.
2. Se ve, pero sigue fuera de alcance
Empecemos por la mano.
Fue un error arbitral; eso no se discute. Lo importante es cómo se produjo. Bennaceur explicó después que no había visto la mano y había creído que era un remate de cabeza. Esperaba una señal del juez de línea, pero el búlgaro Bogdan Dochev, situado en el lado de la jugada controvertida, no levantó el banderín. Más tarde, cada uno dio su versión. Uno dijo que no lo había visto con claridad y esperaba al asistente; el otro, que ya entonces había percibido algo raro, pero que las formas de colaboración de aquella época no le permitían consultar de inmediato con el árbitro, como se haría hoy. Solo coincidían en una cosa: ninguno había conseguido impedir que aquel gol se diera por válido.
No hay aquí un villano al que resulte cómodo cargarle toda la culpa. El árbitro no desatendió sus funciones: conforme al reparto de tareas de entonces, esperaba una señal del juez de línea. El asistente tampoco se había quedado de brazos cruzados: las limitaciones de la colaboración entre ambos le impidieron transmitir a tiempo sus dudas. Cada uno hizo lo que, visto por separado, parecía ajustarse al procedimiento. Entre los dos, sin embargo, dejaron pasar una mano que había visto el mundo entero. Las grietas de la construcción no suelen abrirse porque alguien haya fallado moralmente. A menudo se abren porque cada cual hace dentro de su casilla algo que parece correcto, mientras el fallo se cuela por las juntas entre casillas.
Aquí reaparece un problema conocido. Veinte años antes, no se podía aclarar lo del gol de Wembley porque no se veía bien: la pelota iba demasiado deprisa y el ojo humano no llegaba. Con la mano de 1986 ocurrió lo contrario. Cientos de millones de personas la vieron enseguida por televisión; en cuanto llegó la cámara lenta, todo quedó a la vista. ¿Y de qué sirvió? Los dos hombres a quienes correspondía juzgarla no la habían visto, y en 1986 no había nada, fuera de esos dos pares de ojos, que pudiera corregirlos. Cayó la decisión y se cerró el acta. Los ingleses rodearon al árbitro y protestaron allí mismo; el fallo se mantuvo. Hasta donde permite comprobar la documentación disponible, no quedó constancia de ninguna reclamación formal capaz de alterar el resultado.
El viejo problema adoptó así una forma nueva. Que algo quede fuera de alcance porque no se ve bien es fácil de entender. Que se vea con toda claridad y siga fuera de alcance resulta mucho más hiriente. La verdad no se perdió más allá de los límites del ojo humano, sino en una rendija incómoda: fuera del campo, cientos de millones la habían visto; dentro, los dos que debían verla no la vieron. Y, en aquella época, lo que se veía fuera no podía entrar.
Era una rendija tecnológica. En 1986, los medios para corregir un error sobre el terreno de juego eran prácticamente nulos. Los ojos del árbitro y de sus dos jueces de línea constituían todo el instrumental de decisión. Lo que se les escapaba ya no tenía remedio. Mientras tanto, en las gradas y ante los televisores, cientos de millones de personas tenían a su disposición imágenes más claras: cámara lenta, distintos ángulos, repeticiones una y otra vez. Ahí estaba el absurdo. Los tres hombres que más necesitaban verlo bien eran quienes menos medios tenían, y los cientos de millones que estaban más lejos eran quienes mejor lo veían. Pero esa claridad no ayudaba en nada a los de dentro. La verdad existía: brillaba en incontables pantallas. Lo que no existía era un camino que la llevara desde esas pantallas hasta los ojos de aquellos tres hombres. El brazo de la construcción no se quedaba corto por falta de visión, sino porque esta había decidido que solo contaba lo visto por los dos pares de ojos encargados de la jugada. Cualquier otra mirada, por nítida que fuera, seguía siendo una mirada desde fuera.
El choque volvió a iluminar uno de los límites que la construcción no estaba dispuesta a cruzar. Una vez dictada, la decisión era definitiva. Aunque el mundo entero supiera que estaba equivocada, la construcción no quería volver atrás. No era incapaz de reconocer el error; era incapaz de asumir el coste de corregirlo. Si admitía la revisión posterior, cualquier partido podía regresar al banquillo de los acusados y ya no habría manera de cerrar definitivamente ninguno. Prefería cargar con una injusticia a la vista de todos y mantener la frontera de lo irrevocable. En 1966 había protegido un gol imposible de aclarar. En 1986 protegía una mano perfectamente visible. La frontera era la misma.
El precio de mantenerla salta a la vista: un error conocido en todo el mundo quedó asentado, negro sobre blanco, en los registros. Inglaterra tuvo que tragarse la indignación, y siguió tragándosela durante décadas. Pero renunciar a esa frontera habría tenido un coste mayor. En cuanto un resultado definitivo pudiera revocarse, nadie sabría qué partido había terminado de verdad ni qué marcador era firme. La construcción perdería la capacidad de poner punto final a un partido. Entre dos males, prefirió cargar con una injusticia visible y conservar la potestad de escribir ese punto. No se trata de frialdad: algo cuya razón de ser consiste en decidir eligió, entre dos opciones malas, la que creía poder soportar mejor.
3. La otra mitad: un gol que no admite discusión
El gol de cuatro minutos después ocupa el otro extremo del problema.
Si la mano cayó en un ángulo muerto al que la construcción no alcanzaba, este gol sucedió allí donde ni siquiera hacía falta que la construcción interviniera.
El mismo hombre, en el mismo partido, arrancó esta vez desde su propio campo, superó a cuatro jugadores ingleses de campo, se libró después del portero y mandó el balón a la red. Los análisis técnicos más habituales hablan de once toques, unos diez u once segundos y entre cincuenta y sesenta metros.
Reunidas, esas cifras parecen rozar lo imposible para un ser humano. En una eliminatoria mundialista, con el rival echándose encima con todas sus fuerzas, un hombre cruzó con la pelota más de medio campo en unos diez segundos, dejó atrás a cuatro jugadores y a un portero, y lo hizo sin un solo pase, sin una sola pausa. Si se descompone el recorrido, cada paso resulta dificilísimo por separado. Él enlazó todos esos movimientos en una única secuencia, de un tirón, con una fluidez que parecía no costarle nada. Hacer que lo más difícil parezca lo más fácil es el encanto del genio y también su engaño más seductor. La FIFA lo elegiría más tarde como el Gol del Siglo.
Lo más singular de aquel gol es que no lleva adherida ninguna controversia. No hay mano que identificar, fuera de juego que medir ni decisión que discutir. No hay nada, absolutamente nada, que requiera una aclaración posterior. Es un gol, sin más: de principio a fin a plena luz, perfectamente visible, sin una sola falta que señalar. El comentarista de la televisión inglesa Barry Davies lo dijo de inmediato: este gol no admitía discusión; era puro genio futbolístico. Víctor Hugo Morales, en español, lanzó la frase que acabaría acompañando al gol durante casi tanto tiempo como el propio recuerdo de la jugada: «Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?».
Una voz, serena y terminante; la otra, tan exaltada que casi se le atropellaban las palabras. Ambas decían lo mismo: aquel gol dejaba sin réplica. Era demasiado bueno para necesitar defensa alguna. Esa es su diferencia más profunda con la mano. La mano exige alegatos interminables: si estuvo bien concedido, si debía contar, si era justo. La discusión sigue abierta. Este gol no necesita ni una sola palabra en su defensa. Él mismo es su prueba.
Puestos uno al lado del otro, los dos polos de aquellos cuatro minutos quedan dibujados. En el gol con la mano todo es controversia: el fallo arbitral, la verdad, si debía valer; todavía se discute. En el Gol del Siglo no hay la menor disputa. Ninguna decisión arbitral hace falta para conferirle plenitud, y ninguna podría desmentirlo. El primero es el resto al que la construcción no llega: cae en la rendija del arbitraje y deja para siempre pendiente la cuestión de la justicia. El segundo ni siquiera necesita que la construcción lo juzgue. Es el propio gol, evidente por sí mismo, suficiente por sí mismo, sin pedir nada afuera. En cuatro minutos de un mismo partido, un hombre mostró con una mano la cara del fútbol que más necesita un árbitro y con la otra la que menos lo necesita.
Reunidas en un cuerpo, ambas caras parecen una confesión que el fútbol hubiera hecho de sí mismo a través de Maradona. Por un lado, está lleno de disputas sin resolver, decisiones, errores y preguntas sobre lo que debe o no debe valer. Necesita todo un reglamento y un cuerpo de árbitros que no dejen de juzgar. Por otro, posee una belleza tan pura que no admite dudas: cuando un gol alcanza ese nivel, cualquier juicio sobra. El fútbol es a la vez la mano que necesita arbitraje y la carrera que no lo necesita. Y esas dos cosas pertenecen, desde el principio, a un mismo todo.
4. La construcción no puede dictar sentencia sobre este hombre
Ese es el verdadero problema de 1986. La construcción no tiene delante a un hombre bueno ni a un hombre malo, sino a alguien que, en cuatro minutos, llevó tanto el engaño como el genio hasta el extremo.
No puede sentenciar que Maradona sea un tramposo. Si solo hubiera existido la mano, la historia sería sencilla: un jugador que robó una victoria valiéndose de una infracción. Bastaría con clavarlo en la picota. Pero cuatro minutos después marcó aquel gol indiscutible, tan limpio que no contenía una sola impureza, una muestra de talento que la etiqueta de «tramposo» no alcanza a explicar. Tampoco puede sentenciar que sea un genio sin más. Si solo hubiera existido aquella carrera, la historia también sería fácil: un héroe que conquistó el mundo por sus propios méritos. Bastaría con darle un lugar en el panteón. Pero cuatro minutos antes había robado un gol con la mano. La mano estaba ahí, real e imposible de negar.
Las dos cosas son verdaderas, y ambas lo son hasta sus últimas consecuencias. No es un genio con una mancha: «mancha» se queda corto, como si el genio fuera la sustancia y la mano un desliz ocasional. Tampoco es un tramposo con algún destello de talento. En él, engaño y genio alcanzaron a la vez su punto culminante. A un hombre así no se le puede dedicar un veredicto limpio. Si se lo llama tramposo, el Gol del Siglo protesta. Si se lo llama héroe, protesta la mano.
A la gente le resulta insoportable no poder dictar ese veredicto. Ante una persona, la mente quiere pegar cuanto antes una etiqueta: bueno, malo, genio, tramposo. Solo entonces se queda tranquila. Maradona le niega esa tranquilidad. En cuatro minutos llevó las dos direcciones tan lejos que ninguna etiqueta alcanzaba a tapar la otra mitad. Quienes se apresuran a juzgarlo terminan mirando únicamente la mano y llamándolo tramposo para siempre, o mirando únicamente la carrera y adorándolo como a un dios. En ambos casos cortan por la mitad a un hombre entero para que lo que quede pueda entrar en una casilla preparada de antemano. Es un hombre al que no se puede reducir a una sentencia.
Y esa imposibilidad de sentenciar es precisamente la actitud más honesta ante una persona. Nadie está hecho solo de blanco o de negro; ocurre que, en la mayoría, ninguno de los dos colores alcanza una intensidad que obligue a mirarlo de frente. Maradona los concentró en cuatro minutos, hasta volver imposible despacharlo con una palabra. El impulso de darle un veredicto limpio es el mismo que pretende simplificar a cualquier persona compleja en una etiqueta. Aquellos cuatro minutos de 1986 arrinconaron ese impulso. Obligaron a todos a reconocer que hay personas y hechos sobre los que no cabe una sentencia: solo queda dejar sus dos caras a la vista, sin que ninguna pueda borrar la otra.
Ahí reside también la mayor honestidad de este deporte. No embellece a nadie ni le esconde las vergüenzas. Pone las dos caras más contradictorias de una persona, intactas, en un mismo partido, y deja que cada cual se enfrente a ellas. Quienes en las gradas querían aplaudir y protestar a la vez no estaban confundidos. Su incomodidad era, justamente, una forma de honestidad: el hombre que tenían delante merecía al mismo tiempo los aplausos y las protestas. Solo quien es capaz de dar cabida a esa incomodidad entiende de verdad aquellos cuatro minutos.
5. Qué dijo realmente
La frase de la mano de Dios se ha repetido incontables veces. Pero, para saber qué dijo él en realidad, conviene reconstruir la secuencia paso a paso.
Aquel mismo día, en la zona mixta del Azteca, pronunció la frase original: un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios. Los despachos de las agencias en inglés la difundieron por los medios británicos y estadounidenses. Es la versión más temprana y también la más verificable.
Antes de que terminara aquel año ya había hablado con mayor franqueza. En noviembre de 1986, una noticia que recogía sus palabras a través de un intérprete le atribuyó esta declaración: por supuesto que no fue la mano de Dios; fui yo. La referencia importa porque desmiente una idea muy extendida: que tardó muchos años en admitirlo. Dentro del propio 1986 ya había aparecido una autoinculpación más explícita que la fórmula de la mano y Dios.
En 2005, en su propio programa de televisión y ante una audiencia mundial, reconoció sin ambages que había sido mano. Esa ocasión quedó fijada como el momento de la confesión formal. Por eso, al preguntar cuándo lo admitió, hay que distinguir dos niveles: en 1986 ya había formulaciones cercanas a una admisión; en 2005 llegó una declaración pública de alcance mundial que no dejaba ningún resquicio para dar marcha atrás.
La propia secuencia muestra cómo el relato escoge lo que se recuerda. Una admisión más temprana y más directa descansa en silencio en una noticia de 1986 y casi nadie la recuerda. En cambio, una frase más ambigua y más ingeniosa se cita sin descanso y la conoce todo el mundo. No faltaba la verdad: estaba allí desde 1986. Pero no sonaba tan bien, y quedó arrinconada durante décadas, hasta que la confesión televisiva de 2005 volvió a dar forma de historia al acto de reconocerlo. La gente no ignoraba la verdad. Prefería la versión que la envolvía en una ocurrencia.
Aclarar la secuencia no sirve únicamente para ser precisos. Deja al descubierto una costumbre del relato: preferimos recordar la broma sobre la mano y Dios antes que el llano «no fue Dios, fui yo». La ocurrencia contiene una historia, picardía, una ambigüedad a la que se puede dar vueltas una y otra vez. La frase directa contiene solo el hecho, sin nada que paladear después.
La memoria humana nunca ha sido una grabadora fiel. Es una editora a la que le gustan las buenas historias. Entre dos declaraciones salidas de boca del mismo protagonista, conserva la que suena bien y elimina discretamente la que se limita a contar lo ocurrido. La frase de la mano y Dios recubrió aquel engaño con un brillo legendario: dejó de parecer una simple trampa y adquirió el aire de un mito pícaro. La otra, «no fue Dios, fui yo», pinchaba ese brillo y dejaba a la vista el hecho desnudo. La memoria se llevó el mito y abandonó el hecho, no porque lo desconociera, sino porque el mito se contaba mejor. El mismo hombre había pronunciado ambas versiones. El relato escogió su favorita y dejó que la otra se desvaneciera. Lo que se transmite una y otra vez nunca es la frase más verdadera, sino la que mejor se deja contar.
6. Cuándo empezó a crecer la idea de la venganza
Detrás de aquel partido pesaba una guerra real.
En 1982, el Reino Unido y Argentina habían combatido por las islas Malvinas. La guerra duró del 2 de abril al 14 de junio: setenta y cuatro días. Murieron más de seiscientos militares argentinos, más de doscientos británicos y tres civiles de las islas.
Esas cifras forman el fondo más doloroso del partido. Más de seiscientas familias argentinas y más de doscientas británicas habían perdido a sus hijos cuatro años antes. Entre aquello y la tarde de 1986 apenas mediaban cuatro años. Mientras veintidós hombres perseguían una pelota sobre el césped del Azteca, en las gradas y frente a los televisores ninguno de los dos países había salido aún de la guerra. La pelota era redonda, pero rodaba sobre una historia cuyas heridas estaban lejos de cerrarse. Cuatro años después del conflicto, ambos países se encontraban en el Azteca. Ese trasfondo de posguerra existía entonces, y los medios de entonces lo percibieron. En la prensa inglesa era patente la indignación de quienes se sentían engañados; los periodistas argentinos, sin negar la mano, dejaban traslucir cierta admiración porque Maradona hubiera logrado salirse con la suya. La fractura ya estaba ahí.
Conviene precisar que aquella fractura giraba en torno a emociones, no a un esquema interpretativo ya terminado. Los ingleses se sentían estafados; los argentinos, desahogados. Eran reacciones inmediatas y elementales. Elevarlas a la categoría de una venganza simbólica de una nación contra otra, convertirlas en una explicación cerrada y susceptible de citarse sin fin, vino después. Al principio hubo un cúmulo de emociones todavía calientes. Solo más tarde se enfrió y tomó forma un relato.
Ahora bien, hay que mirar con cuidado cuándo empezó a crecer esa idea de la venganza. Pueden establecerse con firmeza dos cosas. La primera: el encuentro se disputó cuatro años después de la guerra; ese era un hecho contemporáneo. La segunda: muchos años más tarde, el propio Maradona presentó repetidamente aquel gol como una forma de venganza simbólica. Pero la declaración tan citada según la cual, aunque antes del partido todos decían que el fútbol no tenía nada que ver con las Malvinas, sabían que allí habían matado a muchos chicos argentinos y aquello era una venganza, aparece sobre todo en relatos posteriores. No es una declaración pública de aquel día de 1986 que pueda verificarse palabra por palabra.
La distinción no es una sutileza gratuita. Que se encontraran cuatro años después de la guerra es el fondo que la historia le dio al partido, y nadie puede borrarlo. Presentar expresamente aquella victoria, y sobre todo la mano, como una venganza contra un país es una interpretación que el propio Maradona reforzó después una y otra vez. Una cosa es la situación del momento; otra, el sentido que se le atribuye retrospectivamente. Convertir esta atribución posterior en palabras pronunciadas aquel día equivale a poner en boca del Maradona de 1986 algo que solo diría muchos años después. Un significado suele apropiarse de un partido mucho después de que este se juegue. Lo hace a través de años de relatos sucesivos, hasta que acaba pareciendo que ese significado venía unido al balón desde el principio.
Así suele funcionar la atribución retrospectiva de sentido. El día en que ocurre algo suele haber poco más que el propio hecho y un conjunto de emociones todavía sin forma. El sentido se va depositando después, capa sobre capa. Al cabo de mucho tiempo, cuando la capa es gruesa, quienes miran atrás creen que siempre estuvo ahí; creen que, al saltar y levantar la mano, Maradona ya estaba pensando en las Malvinas, en la venganza. Sin embargo, aquella mano fue probablemente una maniobra oportunista sobre el campo, un cálculo para intentar ganar. El significado grandioso se lo añadieron los años. No nació con aquel gesto.
Eso no quiere decir que tal significado sea falso. La guerra fue real, las bajas fueron reales, el conflicto no resuelto entre ambos países fue real, y también lo fue la emoción que hacía ver en ese partido algo mayor que un partido. Darle sentido a posteriori no equivale a inventarlo: ese sentido recoge una historia que existió de verdad. Pero sigue siendo una atribución posterior. Es lo que otros, incluido el propio Maradona, le dieron a aquel instante al mirarlo desde este lado de los años. Presentarlo como una misión que aquella mano ya llevaba consigo equivale a ennoblecer retroactivamente una trampa improvisada hasta convertirla en una venganza premeditada. Lo primero es lo que hizo de verdad. Lo segundo, lo que más tarde quiso haber hecho entonces.
Aquí hay que extremar el cuidado. La verdad no está en borrar la venganza: la guerra existió, las emociones existieron y ese fondo no puede suprimirse. Tampoco está en tratarla como una declaración incontestable de aquel mismo día. La forma más honesta de contarlo deja a un lado las circunstancias de entonces y al otro el sentido atribuido después, mantiene ambas cosas a la vista y no las funde en una historia más fácil de contar.
Fundirlo todo en una historia mejor es la mayor tentación y la distorsión más profunda. Un futbolista ganó un partido contra Inglaterra valiéndose de una mano y de sus pies: esa fue la situación concreta. Elevar la victoria a una fábula en la que una nación derrotada recupera su dignidad a través del fútbol es la interpretación retrospectiva. La primera es concreta, menuda, atravesada de oportunismo y suerte. La segunda es grandiosa, trágica y lleva encima el peso de la historia. Esa interpretación no es enteramente falsa: recoge una guerra real y unas emociones reales. Pero, en cuanto se hace pasar por una declaración del propio día, confunde un instante oportunista con un manifiesto meditado.
7. El Mundial de un hombre y un equipo de once
Maradona brilló tanto que suele hablarse de aquel torneo como de su Mundial en solitario. La fórmula funciona. Lo que no hace es describir los hechos.
Los hechos dicen que marcó cinco goles y dio cinco asistencias: intervino directamente en diez de los catorce tantos de su selección. Eran unos números sin precedentes. Pero también es un hecho que Brown abrió el marcador en la final, que Valdano amplió la ventaja y que Burruchaga marcó el gol de la victoria; que Pasculli hizo el único tanto de los octavos frente a Uruguay, y que Olarticoechea sacó un balón sobre la línea en los últimos minutos del partido contra Inglaterra. Aquel equipo tenía un armazón perfectamente reconocible. Cada uno de los once titulares ocupaba su sitio. No eran Maradona y diez sombras borrosas.
Ese armazón puede nombrarse pieza a pieza. En el once inicial de la final estaban Pumpido, Brown, Cuciuffo, Ruggeri, Batista, Giusti, Olarticoechea, Burruchaga, Enrique, Maradona y Valdano. Los otros diez no eran decorado: constituían, muy concretamente, diez undécimas partes de aquel equipo. Si acaban convertidos en una mancha imprecisa detrás de un hombre, la culpa no es de Maradona. Es del relato, que prefiere ahorrarse trabajo.
Más importante aún: el marco que permitía a Maradona desplegar todo su juego lo había levantado el seleccionador, Bilardo. Tres hombres atrás; mucho trabajo de cobertura y protección en las bandas y en el centro del campo; la zona de ataque en manos de Maradona, encargado de enlazar, hacer avanzar la jugada y dar el último pase. Algún compañero lo diría después sin rodeos: el diseño de Bilardo fue lo que permitió que Maradona ofreciera su mejor versión.
La frase encierra una idea que suele pasar inadvertida. Con el genio no vale eso de «cuanta más libertad, mejor»: necesita una estructura a su medida. Si a Maradona se le hubiera dado un equipo desordenado, ni todos sus poderes le habrían ahorrado bajar a cubrir huecos, ir a buscar la pelota y ocuparse de tareas que no debían ser suyas. Su filo se habría embotado. El plan de Bilardo lo protegía de todo eso y le permitía gastar toda su energía en las pocas intervenciones verdaderamente letales. La estructura no es lo contrario del genio. Una buena estructura lo amplifica. El genio necesita algo capaz de sostenerlo; sin ese armazón a su espalda, ni el más grande puede cargar solo con todo.
El problema de hablar del Mundial de un solo hombre no es que se exagere la talla de Maradona. Merece esos elogios. El problema es que se borra a los demás. Un equipo de once y una estructura levantada con esmero por un entrenador quedan reducidos a un solo de danza. Es el mismo impulso que atribuye a un genio cualquier obra hecha entre muchos. El genio existe, pero nunca brilla solo en el vacío: se apoya en un armazón que otros han construido y lo sostiene un grupo dispuesto a asumir papeles secundarios.
Otros equipos de los que ya hemos hablado habían mostrado la misma idea de maneras distintas. La Holanda que jugaba con más libertad dependía de su único centro de gravedad. El deslumbrante Maradona dependía también del armazón silencioso que tenía detrás. El genio y la estructura nunca han consistido en sustituirse uno al otro: se hacen posibles mutuamente. Pero el relato mima al genio y desatiende la estructura, porque un nombre reluciente es mucho más fácil de escribir y de recordar que once nombres cumpliendo cada uno su función. Así, el foco de la historia siempre cae sobre uno y deja fuera de la luz a quienes lo sostienen. Al relato le gustan los protagonistas solitarios porque sus historias son las más sencillas. Y las historias más sencillas suelen ser las que se dejan a más gente fuera.
8. El estadio que tomó el relevo y el terremoto de ocho meses antes
Todo aquello ocurrió en un país que había asumido el encargo en un momento de apuro.
El Mundial de 1986 no iba a celebrarse inicialmente en México. La sede prevista era Colombia, que renunció de manera oficial en el otoño de 1982 porque no podía cumplir las exigencias de la FIFA en materia de infraestructuras y garantías financieras. México tomó el relevo en 1983 y se convirtió así en el primer país que organizaba por segunda vez una Copa del Mundo.
Unos ocho meses antes del comienzo, el 19 de septiembre de 1985, Ciudad de México sufrió un terremoto devastador. El número exacto de víctimas lleva mucho tiempo siendo objeto de discusión. Lo prudente no es fijar una cifra absoluta, sino decir que fue una catástrofe con al menos varios miles de muertos, a menudo cifrados en cerca de diez mil o incluso más, sin que hasta hoy exista un total definitivo. Después del seísmo se debatió seriamente la posibilidad de trasladar el torneo. La FIFA llegó a mencionar que podía celebrarse en Alemania Occidental. Finalmente, las inspecciones de los principales estadios de la capital no encontraron daños estructurales que los hicieran inviables, y el Mundial se quedó en México.
Conviene dejar constancia de que el traslado se sopesó de verdad. No fue una posibilidad imaginada años más tarde. Poco después del terremoto, la FIFA organizó conversaciones específicas sobre el asunto y planteó llevar la competición a Alemania Occidental. Eso da la medida del golpe: fue tan grande que un Mundial ya en preparación tuvo que considerar seriamente cambiar de país. Al final no se movió, en parte porque los estadios superaron las inspecciones y, probablemente, también porque un Mundial acumula una inercia enorme. Una vez puesto en marcha, cuesta mucho detenerlo.
Hay dos realidades paralelas que no deben perderse de vista. Mientras el sorteo del Mundial se celebraba según lo previsto, fuera había manifestantes que recordaban que muchas personas sin hogar a causa del terremoto seguían sin recibir un alojamiento adecuado. Por un lado, el gran acontecimiento de cada cuatro años continuaba sus preparativos; por otro, la reconstrucción estaba lejos de terminar. Ambas cosas coexistían en Ciudad de México a finales de 1985. Los Mundiales nunca se juegan en el vacío: se juegan sobre una realidad que ya tiene sus heridas y sus dificultades. Los escombros de ocho meses atrás aún no se habían retirado del todo cuando el balón echó a rodar. Aquí nadie tiene la culpa; esto solo nos recuerda algo: por grande que sea el fútbol, apenas es una capa superpuesta a la vida. Y la capa de abajo tiene su propio peso.
Esa realidad quedó a menudo tapada por el esplendor del Mundial. Se recuerda a Maradona, se recuerdan los cuatro minutos, se recuerda el título argentino. Rara vez se recuerda que todo aquello se jugó en una ciudad que apenas ocho meses antes había sufrido un terremoto devastador. La gloria tiene esa habilidad: ilumina tanto que vuelve invisibles las heridas de la tierra que la sostiene. Pero las heridas seguían allí. Los gritos del estadio las acallaron; no las cerraron. Recordarlo no pretende aguar la fiesta de aquel Mundial. Pretende no olvidar que incluso bajo los cuatro minutos más deslumbrantes había una realidad pesada, muy pesada, que nada tenía que ver con el fútbol.
9. La final y siete minutos de sobresalto
El camino al título no estuvo despejado de principio a fin.
29 de junio de 1986. El Azteca. La final: Argentina contra Alemania Occidental. En el minuto 23, Brown cabeceó a la red una falta lanzada por Burruchaga. En el 56, Valdano volvió a marcar: 2-0. La victoria parecía asegurada cuando los alemanes igualaron en apenas siete minutos: Rummenigge en el 74, Völler en el 81. Dos a dos.
Aquellos siete minutos se burlaron de cualquier plan. Dos goles de ventaja en una final mundialista equivalen casi a tener media mano puesta sobre la copa. Alemania Occidental tardó siete minutos en apartar esa mano. Dos córneres: los veteranos alemanes aprovecharon sus ocasiones y marcaron dos veces, devolviendo a la incertidumbre una final que parecía tener escrito el desenlace. No hay ventaja a prueba de todo ni guion irrevocable. El campo siempre reserva un sobresalto justo allí donde uno se relaja.
Y entonces llegó el minuto 84. Maradona, sometido a la vigilancia especial de Matthäus, consiguió pese a todo filtrar el pase decisivo. Burruchaga recibió, arrancó hacia la portería y marcó el gol de la victoria: 3-2. Argentina levantaba su segunda Copa del Mundo.
El desenlace volvió a decir lo de siempre: por mucho que la construcción organice, no puede contener todas las oscilaciones de un partido. El 2-0 parecía firme; siete minutos después era un 2-2. El 2-2 parecía conducir a la prórroga; tres minutos después era un 3-2. Nadie puede programar el rumbo de una final. Ella sola toma curvas, da sobresaltos y, en el último momento, se entrega al pase entre líneas de alguien, al desmarque de alguien. Y el eje de aquel nuevo giro volvió a ser el dueño de esas manos, aunque esta vez se valiera de su pie limpio. Los mismos pies que habían producido el Gol del Siglo en aquel tramo de cuatro minutos dieron en la final el pase de la victoria. Pertenecían al hombre que también había robado un gol con la mano.
Tal vez sea la resonancia más completa de la metáfora de los cuatro minutos. Los pies, las manos, el genio, la picardía siguieron dentro del mismo hombre, desde los cuartos de final del Azteca hasta la final del Azteca. No se pueden separar y decir que una mitad es el héroe y la otra el tramposo. Son una sola persona. Y fue esa persona inseparable la que llevó a Argentina a la cima.
10. Para cerrar
Reunamos los hilos.
México 1986 puso ante el mundo a un hombre casi imposible de simplificar. Cuatro minutos, unas manos, un gol: de un lado, la controversia que más necesita arbitraje en el fútbol; del otro, una perfección que no lo necesita en absoluto. Ambas recayeron en Maradona. La construcción quería dictar sobre él una sentencia limpia y no pudo. Si lo declaraba tramposo, protestaba el gol indiscutible. Si lo declaraba héroe, protestaba la mano imposible de negar.
Esos cuatro minutos son inmortales precisamente porque se resisten a la simplificación. Muchas leyendas solo llegan a transmitirse después de que el relato las haya pulido: desaparecen las aristas, se borran las contradicciones y queda un héroe o un villano sin complicaciones. Pero aquellos cuatro minutos no se dejan pulir. La mano y la carrera son dos salientes incrustados a tal profundidad que ninguno puede arrancarse. Obligan a cada generación que vuelve a contarlos a pronunciar juntas las palabras «engaño» y «genio», sin quedarse solo con una. Únicamente una historia que se resiste a ser alisada conserva todo su peso. A él solo cabe dejarlo con sus dos caras a la vista, como a cualquier persona o hecho real. Ninguna borra la otra.
Esas dos caras no son una rareza exclusiva de Maradona. Son algo universal que él llevó al extremo. Todo el mundo tiene zonas difíciles de explicar, una cara que no soporta la luz y otra que puede mostrar con orgullo. En la mayoría, ambas tienen poca intensidad, tan poca que basta despacharlas con un vago «buena persona» o «mala persona». Maradona llevó los dos colores a su máxima concentración. Ninguna palabra genérica podía ya contenerlo. Era como un espejo pulido hasta un brillo excepcional: lo que reflejaba era, en realidad, una verdad humana común. Nadie cabe entero en una palabra.
Los cuatro minutos volvieron también a trazar varios límites antiguos de la construcción. El de ver sin poder alcanzar pasó del «no se ve bien» de 1966 al «se ve bien, pero no sirve de nada» de 1986: la verdad sucedía ante cientos de millones de personas, pero quedaba atascada en la rendija entre los dos pares de ojos encargados de juzgarla y no lograba entrar en el campo. El límite de la decisión irrevocable dejó asentada para siempre una mano que había visto todo el mundo. Y el del relato siguió trabajando sin descanso a posteriori: eligió la ocurrencia y despreció la frase llana; trasladó de puntillas al día del partido la interpretación posterior de la venganza; convirtió un equipo de once en el baile de un solista. La construcción no podía dictar sentencia sobre aquel hombre. El relato, en cambio, tenía recursos de sobra para rehacerle la cara una y otra vez.
En 2017, el propio Maradona se pronunció a favor del videoarbitraje. Reconoció que, si hubiera existido entonces, su mano de Dios no habría valido. No se estaba reabriendo el caso de 1986. La construcción había conseguido por fin el ojo del que antes carecía.
Ese ojo llegó tarde, treinta años tarde. Ya no podía alumbrar la mano de 1986, solidificada en los registros y en la leyenda, donde nadie podía moverla. Solo serviría para mirar los partidos que vinieran después. Así avanza la construcción: cada nueva capacidad nace forzada por una vieja herida, y esa misma herida que la hizo nacer nunca puede beneficiarse de ella. La tecnología corre detrás de la controversia, pero siempre va un paso por detrás. Abre el ojo que habría debido abrir antes cuando el error ya está consumado. Y ni siquiera con ese ojo consigue verlo todo: puede aclarar si una mano cruzó o no el límite, pero sigue sin ver a una persona entera. Sigue sin poder reducir a uno de sus dos lados al hombre que concentró el engaño y el genio en cuatro minutos. La tecnología puede alcanzar una mano. No puede alcanzar a un hombre completo.
La frase podría servir de nota al pie de todo aquel Mundial. Inventamos tecnologías cada vez más precisas para resolver hasta la última disputa del campo: si el balón cruzó la línea, por cuántos centímetros hubo fuera de juego, si la mano fue voluntaria o involuntaria. Esas tecnologías son cada vez más potentes. Hoy ya no se les escapa si una mano ha cruzado el límite. Pero, por potentes que sean, solo tienen delante instantes aislados: un toque, una falta. Pueden juzgar un instante, no la vida de una persona. Pueden decir que aquella mano infringió el reglamento, pero nunca podrán decir cómo debemos recordar al hombre que hizo trampa con ella y marcó también el Gol del Siglo. Una persona es más grande que un instante. Mucho más grande.
Aquellos dos nombres que llegaron al Mundial con veintiún años y fueron elevados después a lo más alto; los once jugadores, cada uno en su puesto; el entrenador que levantó el armazón; el estadio que tomó el relevo en un momento de apuro; los escombros de ocho meses antes que aún no habían terminado de retirarse: todos seguían viviendo bajo aquel título, cada cual por su cuenta. Ni siquiera el hombre más deslumbrante los había tapado del todo. Y tampoco hubo nunca una explicación limpia capaz de abarcar por entero a ese hombre.
Se han ensayado muchas. Para unos, fue el mejor futbolista de la historia. Para otros, un tramposo que engañó con la mano. Unos lo llamaron héroe de los pobres; otros, un hombre descarriado al que la adoración había echado a perder. Cada definición atrapa una parte y deja fuera el conjunto. Había demasiado en él: ningún recipiente podía contenerlo, siempre se derramaba una mitad. Aquellos cuatro minutos fueron su vida en miniatura, una mitad a la luz y otra en la sombra. Se intentara sacar la que se intentara, la otra venía pegada, imposible de desprender. Mitad mano, mitad pies: lo que no admite una sentencia tampoco puede borrarse. Todo lo ocurrido en esos cuatro minutos seguirá repitiéndose después de ellos, con otro hombre, en otro partido, alrededor de otra controversia. El dilema de lo que no puede juzgarse ni borrarse seguirá ahí. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.