Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 11 de 22

Gijón

Un escándalo dentro de las reglas y una redención escrita desde el final

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

1. Un escándalo sin infracciones

25 de junio de 1982. Gijón, en el norte de España. Estadio de El Molinón. Alemania Federal contra Austria, última jornada de la primera fase de grupos.

Era un Mundial celebrado en un país en transición. España había conseguido la organización ya en 1966; cuando por fin empezó el torneo, Franco llevaba siete años muerto y el país transitaba de la dictadura a la democracia. También el campeonato estrenaba formato: por primera vez participaban veinticuatro selecciones, repartidas inicialmente en seis grupos de cuatro. Las dos primeras de cada grupo pasaban a una segunda fase, con cuatro grupos de tres, de la que saldrían los cuatro semifinalistas. Un formato nuevo, un país nuevo. Y, sin embargo, el primer gran episodio que aquel Mundial legó a la historia ocurrió en el estadio de una pequeña ciudad del norte.

Las cuentas estaban a la vista antes del saque inicial. Nueve días antes, Argelia había dado una de las mayores sorpresas de la historia de los Mundiales al derrotar por dos a uno a Alemania Federal. Después de tres partidos sumaba cuatro puntos; ya había disputado todos sus partidos y su puntuación figuraba, bien visible, en la clasificación. Entonces se concedían dos puntos por victoria. A Alemania Federal le bastaba con vencer a Austria por uno o dos goles de diferencia para que ambas pasaran de ronda y Argelia quedara eliminada. Un gol más no servía; uno menos, tampoco. Uno a cero o dos a cero: la medida exacta.

Nadie tenía que decir una palabra para resolver aquella cuenta. Antes de que los dos equipos pisaran el césped, la clasificación ya había hablado por ellos: ahí estaba, escrito con toda claridad, qué resultado convenía a ambos. La manera más sencilla de propiciar un partido de entendimiento tácito no consiste en cerrar un trato a puerta cerrada. Basta con colgar primero la solución y hacer entrar después en el aula a dos examinados que saldrán ganando si responden lo mismo. Del resto se encarga la naturaleza humana.

Poco después del comienzo, Hrubesch marcó para Alemania Federal. Uno a cero. Y entonces el fútbol abandonó aquel partido de fútbol.

Las evocaciones posteriores han descrito una y otra vez aquellos ochenta minutos: el balón circulando sin ganas entre la defensa y el centro del campo; los porteros abrazándolo para consumir segundos; ni presión, ni entradas, ni una sola carrera de verdad hacia la portería. En las gradas, el desconcierto se convirtió en pitidos, los pitidos en indignación y la indignación acabó cuajando en algo más hiriente: la burla. El público había visto de sobra partidos malos. Lo que no soportaba era ver a dos equipos ponerse tácitamente de acuerdo, delante de sus narices, para no jugar.

Un mal partido defrauda lo que cuesta la entrada; negarse a jugar defrauda lo que significa el fútbol. Se había pagado por ver a dos equipos competir y, en cambio, se asistía a una tregua representada para complacer a la clasificación. Décadas después, esa sensación de haber sido tomado por tonto sigue asomando entre las líneas de cada crónica retrospectiva.

De los casi ochenta minutos restantes, todos los relatos posteriores conservan la misma imagen: dos equipos que se pasan el balón y pasean, sin que ninguno vuelva a intentar un ataque digno de ese nombre contra la portería rival. Stanjek, el comentarista de la televisión de Alemania Federal, expresó su vergüenza en plena retransmisión; su colega austríaco aconsejó a los espectadores que apagaran el televisor. En las gradas, el público español agitaba pañuelos blancos y pedía a coro que los dos equipos se besaran. Al día siguiente, un periódico de Gijón publicó la crónica en la sección de sucesos.

Hay algo insólito en este episodio: el veredicto sobre el escándalo fue inmediato y unánime. No hubo que esperar a que el tiempo asentara los hechos ni revisar después una primera impresión. El comentarista alemán, el austríaco, los españoles de las gradas, los periódicos del día siguiente: el mundo entero llegó aquella noche a la misma conclusión. Solo faltó un fallo, el de la propia construcción. El tribunal de la opinión pública dictó sentencia en el acto; el tribunal de las reglas ni siquiera encontró un fundamento que le permitiera abrir la vista.

Quienes sufrieron la mayor injusticia fueron los argelinos. Habían hecho cuanto estaba en su mano: protagonizar una de las grandes sorpresas de la historia, ganar dos partidos y reunir cuatro puntos. Después tuvieron que sentarse fuera del campo y ver cómo su Mundial se evaporaba, con todas las de la ley, en los noventa minutos de otros. Ni siquiera encontraban una infracción que denunciar. Resulta más asfixiante que perder por un arbitraje corrupto: en ese caso, al menos, hay un silbatazo al que señalar. Aquí no había ni eso. Solo una hoja de acta inmaculada, sin nada que pudiera impugnarse.

Argelia presentó una protesta. La respuesta de la FIFA puso sobre la mesa el primer problema: no habría sanción. No porque el partido hubiera sido limpio, sino porque, por mucho que se repasara el reglamento de entonces, no aparecía un solo artículo infringido. El escándalo que había visto el mundo entero figuraba, en los libros de la construcción, como un partido ajustado a las reglas.

2. Primero se abre la grieta; después llega el parche

Aquella grieta, en realidad, no se había abierto el día de Gijón.

Las reglas son una de las formas más características de la construcción. Fijan por escrito, artículo tras artículo, cómo debe jugarse al fútbol: qué sanción corresponde a una falta, cuándo hay fuera de juego, cómo se ordenan los puntos. Pero cualquier reglamento descansa en una premisa que no figura en sus páginas: los dos equipos que están en el campo quieren ganarse el uno al otro. Todas esas normas previenen los excesos de la confrontación: los puñetazos, las patadas, las pérdidas de tiempo, las trampas. No previenen, ni saben cómo prevenir, que la confrontación desaparezca. Cuando los intereses de los dos equipos coinciden y ninguno necesita marcar más goles, las reglas intentan agarrar algo y solo encuentran aire. En aquellos noventa minutos de Gijón nadie cometía faltas, nadie caía en fuera de juego, nadie hacía trampas. Sencillamente, nadie jugaba al fútbol. Los artículos alcanzan a castigar la infracción; no alcanzan a castigar la inacción.

Si se mira un poco más al fondo, la grieta ni siquiera admite un cierre hermético. Las reglas solo pueden sujetar conductas visibles: un empujón, un agarrón, una mano, un fuera de juego. Todo eso puede medirse y juzgarse. Las ganas de ganar, en cambio, no se pueden medir. No cabe añadir al reglamento un artículo que diga que ambos equipos deben desear sinceramente la victoria: no existe una regla graduada para la sinceridad. La construcción llega hasta la frontera de los actos; no puede entrar en el territorio de la voluntad. Y lo que falló en aquellos noventa minutos de Gijón fue precisamente la voluntad. Los actos no daban pie a reproche reglamentario alguno.

Llevado hasta su raíz, el problema es el de siempre, con otra ropa: la imposibilidad de cerrar por completo una construcción. Pretender que unos artículos anticipen por escrito todos los males posibles del fútbol es tan imposible como pretender que una construcción encierre dentro de sí todos los restos. Las palabras tienen límites. Por cada cosa escrita queda algo sin escribir, y en ese espacio los seres humanos demuestran más viveza que los artículos. Cada palmo que las reglas consiguen cerrar desplaza el cálculo interesado hacia el siguiente palmo abierto.

Por eso, concentrar todo el fuego en aquellos veintidós jugadores no resuelve el problema. Es fácil insultarlos, pero el enunciado del examen ya estaba colgado en la pared. Se puede cambiar a quienes responden; la respuesta seguirá siendo la misma. Mientras el umbral necesario se conozca de antemano y la inacción no pueda sancionarse, en el próximo Mundial habrá quien repita la operación. A las personas se las puede sustituir; a la grieta, no. Si de verdad se quieren repartir responsabilidades, la mitad corresponde a quienes tomaron aquella decisión; la otra mitad, a la construcción que hizo de ella la solución óptima.

Y el calendario fue lo que abrió la grieta de par en par. Argelia había terminado antes sus partidos; el umbral ya era público. Alemania Federal y Austria entraron en el examen con la solución delante. La grieta resultaba familiar: cuatro años antes había estado suspendida sobre la noche de Argentina contra Perú. Brasil jugó primero y dejó a la vista el resultado necesario; los anfitriones jugaron después y marcaron suficientes goles para superar ese umbral. En 1978, la sospecha era si detrás de aquel umbral se escondía un trato. En 1982 ni siquiera hacía falta sospechar: todo ocurrió a la vista del mundo y dentro de las reglas.

De las dos heridas, la de 1982 llegó más hondo en la construcción. Aquella noche de Rosario se sospechaba de un acuerdo sucio dentro de una caja negra. Por grave que fuera la sospecha, apuntaba a las personas escondidas detrás de la construcción. En Gijón no había caja negra ni habitación secreta: todo estaba expuesto a plena luz. El público vio cómo el escándalo sucedía tranquilamente al amparo de las reglas. Esta vez, el dedo señalaba a la propia construcción. El primer episodio hacía sospechar que alguien había ensuciado las normas; el segundo, que las normas eran incapaces de proteger este deporte.

Esa sospecha ataca los cimientos. Una trama concreta puede investigarse y, una vez aclarada, puede darse por resuelta la sospecha que suscita. Cuando la duda recae sobre las propias reglas, no hay un caso que investigar ni un culpable al que procesar: solo se puede responder reescribiéndolas. Visto así, el parche de 1986 no se limitó a cerrar una grieta. Fue un intento de la construcción por salvarse a sí misma. Tenía que demostrar públicamente que aún podía proteger el fútbol. De lo contrario, aquellos noventa minutos de Gijón dejarían de ser poco a poco un escándalo y acabarían convertidos en una sentencia contra ella.

Aquí conviene dejar claro qué pruebas existen. En los materiales que pueden consultarse no hay pruebas de soborno en Gijón ni de un acuerdo previo al partido. No es lo mismo que un encuentro amañado a cambio de dinero. Lo más prudente es decir que dos decisiones, cada una racional por su lado, produjeron rápidamente sobre el campo un equilibrio en el que nadie necesitaba volver a actuar. Si los equipos lo habían pactado de antemano sigue sin estar resuelto. Precisamente por eso, el episodio deja a la construcción en una posición aún más incómoda. Sobornar a un árbitro es quebrantar las reglas; en Gijón se las dejó intactas, en su pedestal, obligadas a contemplar su propia incapacidad para proteger aquello que debían proteger.

Así se llega a la cuenta fundamental de las reglas. Los artículos nunca fueron el propósito del fútbol: son su barandilla de protección. Se redactaron para resguardar algo más importante, una competición de verdad. Pero una barandilla no tiene vida. Puede preservar la forma de lo que contiene, no su pulso. Cuando los artículos se separan de aquello que pretendían defender, la construcción queda ante una disyuntiva incómoda: faltar a su palabra escrita o faltar a su intención original. Aquella tarde de 1982 eligió guardar la palabra y vio cómo la intención se escapaba entre los barrotes. Tampoco podía elegir otra cosa: algo que se sostiene sobre artículos no puede ser lo primero en incumplirlos.

El parche llegó después. Desde el Mundial de 1986, disputar a la misma hora los partidos de la última jornada de cada grupo pasó a ser una obligación inamovible del reglamento. Ya no sería posible enseñar la solución antes de empezar el examen. Pero el parche llegó demasiado tarde: Argelia había pagado el precio en 1982; la grieta ya se había abierto en 1978; la costura no se hizo hasta 1986. Así se repara siempre la construcción: el resto va por delante y los artículos corren detrás. Cuando las reglas aprenden a cerrar la grieta, quienes salieron perjudicados ya han vuelto a casa. Y los artículos siguen sin saber dónde aparecerá la siguiente.

Basta abrir cualquier reglamento actual: detrás de casi todos sus artículos hay una vieja historia. Detrás de los horarios simultáneos está Gijón; detrás de la posterior prohibición de que el portero recoja con las manos una cesión de un compañero hay un torneo tan soporífero que invitaba a quedarse dormido. Cada prohibición nueva venda, con retraso, una herida anterior. La construcción de las reglas es, en el fondo, el fósil de los escándalos. No registra cómo debería ser el fútbol, sino los lugares donde el fútbol ya se hizo daño.

3. Verlo todo y aun así no llegar

Ese mismo Mundial dejó otra forma de impotencia: ver lo que ocurre y no poder alcanzarlo.

8 de julio de 1982. Sevilla. Semifinal entre Francia y Alemania Federal. En la segunda parte, el francés Battiston, que acababa de entrar como suplente, recibió el balón y se lanzó hacia el área. Schumacher, el portero alemán, abandonó su portería, saltó y chocó contra él con todo el cuerpo. Battiston perdió el conocimiento en el acto y salió en camilla: dos incisivos rotos, tres costillas fisuradas y una vértebra lesionada.

El árbitro Corver señaló saque de puerta. No hubo penalti, ni tarjeta roja, ni siquiera amarilla. Tampoco consta en los materiales disponibles ninguna sanción posterior. De la actitud de Schumacher en aquel momento se recuerda una y otra vez su casi absoluta indiferencia. Esa expresión provocó tanta indignación como el choque.

Y aquellas manos siguieron defendiendo la portería hasta el final de la noche. Después del tres a tres llegó la tanda de penaltis, y Schumacher pasó a la final con Alemania Federal. El hombre destrozado por el golpe estaba en un hospital; el que lo había golpeado seguía en la línea de gol, disputando el Mundial. La desigualdad de aquella imagen hería más que cualquier comentario.

En el acta, aquel instante se resumía, en dos palabras, en un saque de puerta. Limpio, impecable. El cuerpo de Battiston llevaba otro expediente: dos incisivos rotos, tres costillas fisuradas y una vértebra lesionada. Los dos documentos hablaban del mismo segundo, pero la construcción solo reconocía el primero. La indignación que siguió al partido no era tanto una lamentación por Francia como una reclamación de justicia para ese expediente rechazado: ¿por qué no había de contar lo que había registrado un cuerpo? Pasaron muchos años antes de que Schumacher dijera públicamente, en 2014, que lamentaba no haberse acercado a atender a Battiston cuando estaba en el suelo ni haberlo visitado en el hospital. Battiston, por su parte, diría después que ya lo había perdonado.

El viejo problema de Wembley reaparecía en una versión más fría. En 1966 no se podía aclarar aquel gol porque no se había podido ver bien: el balón iba demasiado rápido para el ojo humano. En 1982 todos vieron el choque con claridad. Las repeticiones a cámara lenta lo mostraron una y otra vez; el mundo entero lo vio. Pero la mano de la construcción seguía sin llegar. La decisión estaba tomada: saque de puerta. El acta quedó cerrada. Si el choque debía sancionarse y qué castigo habría sido justo quedaron suspendidos en una discusión interminable. Resulta que ver algo no equivale a poder intervenir.

Al enlazar aquellos Mundiales aparecen, por separado, los límites de los ojos y de las manos de la construcción. En 1966 los ojos no daban más de sí: el balón los adelantó y la verdad se perdió. En 1978 los ojos estaban vendados: quienes sabían se dedicaban a borrar la verdad. En 1982 los ojos funcionaban perfectamente, cientos de millones de pares de ojos vieron lo mismo con claridad, pero la mano no se movió. El primer límite era de capacidad; el segundo, de poder. El tercero es el más singular: lo había trazado la propia construcción. No se atreve a castigar lo que no figura en los artículos y le resulta difícil modificar lo que el árbitro no sancionó en el momento.

Esa resistencia a modificar tiene su razón, fría y dura. El carácter definitivo de las decisiones arbitrales es un muro de carga de la construcción. En cuanto suena el silbato, lo decidido debe valer, acierte o no. Si se abre una brecha en ese muro y se permite revocar el fallo después, cualquier partido puede devolverse para un nuevo juicio y ninguno podrá darse realmente por cerrado. Por eso la construcción prefiere cargar con una injusticia que todos han visto antes que tocar aquel muro. No es crueldad: entre dos males, ha escogido el que, a su juicio, tardará más en provocar el derrumbe. Las costillas de Battiston fueron el precio de mantener la pared. El límite de la construcción no coincide con el del ojo humano, sino con el final de los artículos y con el punto hasta donde llega el valor de quienes los aplican.

Y aquella misma noche la construcción reconoció otra cosa. Tres a tres; ciento veinte minutos sin vencedor. Por primera vez en la historia de los Mundiales, un partido se puso en manos de una tanda de penaltis. Alemania Federal pasó por cinco a cuatro. Con aquel invento, la construcción venía a escribir negro sobre blanco en su reglamento: hay partidos que no permiten establecer quién es mejor por mucho que sigan jugándose; entreguémoslos, pues, a la suerte del punto de penalti. Al azar, antes tratado como una vergüenza, se le abrió la puerta principal y se lo invitó a entrar en los artículos. En una misma noche, la construcción no pudo castigar una brutalidad que todos habían visto y, acto seguido, reconoció de viva voz que no podía resolver un partido.

Reconocer que no podía resolverlo fue, en realidad, uno de sus escasos momentos de honradez. Antes siempre se recurría a una repetición del encuentro, a un sorteo o a cualquier otro procedimiento para extraer un resultado a la fuerza, fingiendo que en todo partido podía determinarse quién era superior. La tanda de penaltis lo dijo sin rodeos: hay encuentros en los que ciento veinte minutos no bastan para aclararlo. Entonces hay que encomendarse al punto de penalti, al azar que cabe en esos pocos pasos que nadie puede calcular del todo. La antigua vergüenza obtuvo un asiento por derecho. Si el azar entró en los artículos no fue porque la construcción lo hubiera sometido, sino porque reconocía que no sabía qué hacer con él.

Aquella puerta principal también cambió, de paso, la gramática de ganar y perder. Apareció una nueva manera de caer: la amarga derrota en los penaltis. El vencido podía levantar la cabeza y decir: «No nos han ganado al fútbol». Se había fallado quién ganaba, pero no se había conseguido que todos aceptaran de corazón el fallo. La construcción resolvió un bloqueo y creó otra clase de asunto pendiente. Cerró el caso; no pudo cerrar sus resonancias en quienes lo habían vivido.

4. El fantasma

Hablemos ahora de Rossi.

En 1980 estalló en Italia el escándalo de apuestas y partidos amañados conocido como Totonero. Rossi quedó implicado y recibió una suspensión de tres años, reducida a dos tras el recurso. Aquí hay tres planos y conviene separarlos uno por uno. Primero: la sanción deportiva fue real y Rossi estuvo efectivamente apartado de la competición. Segundo: no hubo una condena penal que la acompañara. Las reconstrucciones posteriores del caso suelen señalar que no se pudo acreditar ante los tribunales penales, contra los acusados implicados, un delito de fraude que pudiera sostenerse jurídicamente; la legislación italiana de entonces aún no sabía muy bien cómo abordar la manipulación de partidos. Tercero: Rossi lo negó de principio a fin. Hasta el final de su vida sostuvo que no tenía nada que redimir. Sanción, condena y reconocimiento personal de culpa pertenecen a planos distintos. Ninguno puede ocupar el lugar de otro.

Esos tres planos no se dejan fundir porque no responden a la misma pregunta. La justicia deportiva pregunta si, conforme a las reglas del oficio, procede suspender a un jugador. La justicia penal pregunta si, conforme a las leyes del Estado, es posible condenarlo. La insistencia de una persona en su propia versión responde a otra cosa: con qué imagen de sí misma está dispuesta a seguir viviendo. Tres preguntas, tres criterios probatorios, tres respuestas que, en principio, pueden coexistir sin contradecirse. El problema es que la memoria colectiva no tolera tres planos abiertos. Quiere un veredicto de una sola palabra: culpable o inocente. De ahí esa fuerza constante que intenta aplastarlos hasta convertirlos en uno.

Cuando terminó la suspensión ya era la primavera de 1982. No marcó su primer gol con la Juventus tras el regreso hasta el 5 de mayo. Faltaban apenas unas semanas para que empezara el Mundial.

No cuesta calcular lo que suponen para un delantero dos años sin partidos oficiales. Un goleador vive del ritmo y de las sensaciones, y ambos solo se cultivan jugando. Su flojo rendimiento en la fase de grupos era casi lo más previsible del mundo. No había misterio: había aritmética. Pero el relato de entonces no quería aritmética; quería un culpable. El posterior tampoco quiso aritmética: quiso un milagro. El mismo mal momento se leyó primero como prueba de degradación y después como preámbulo de una leyenda. Solo quedó excluida la explicación más sencilla: era la oxidación normal de un hombre que llevaba dos años sin competir.

La otra cara del óxido también era aritmética. Quien ha sido un goleador de primera lleva la puntería en el cuerpo; lo que se ha oxidado es la mira. En cuanto vuelve el ritmo, el arma sigue siendo la misma. Lo sucedido varias semanas después puede entenderse menos como un milagro que como una recuperación de facultades que coincidió con la segunda mitad del calendario. A los relatos les encanta la palabra milagro. El cuerpo no la conoce: solo conoce su curva de recuperación. Italia, de todos modos, se lo llevó a España, y lo que Rossi le devolvió al principio fue un desastre. En la primera fase de grupos, Italia empató a cero con Polonia, a uno con Perú y a uno con Camerún. Tres empates y un pase a trompicones a la segunda fase. Rossi terminó los tres partidos sin un solo gol. La frase que le dedicó entonces el célebre periodista italiano Brera se hizo famosa por su crueldad: jugaba como su propio fantasma.

Conviene congelar aquel instante. El relato ya estaba preparado: un hombre salido de un caso de amaños, al que la suspensión había destrozado el toque, que nunca debió ser convocado. En aquella Italia mediocre, él era el foco del mal que mejor encajaba en la explicación.

Lo sospechoso de esa atribución de causas es, precisamente, lo cómoda que resulta. Tres empates pueden tener cien causas: el estado de forma, el acoplamiento, los rivales, la suerte. Pero ahí estaba Rossi, recién vuelto de una suspensión, como una respuesta ya redactada. Bastaba señalarlo para que todo quedara explicado. La atribución se adelantó a las pruebas, no porque alguna prueba hubiera pronunciado su nombre, sino porque su historia era la más fácil de contar.

5. Varias semanas que reescribieron dos años

Y entonces llegó Sarrià.

En la segunda fase, Italia despachó primero a Argentina por dos a uno. El 5 de julio de 1982, en el estadio de Sarrià, en Barcelona, llegó Italia-Brasil. Rossi marcó él solo tres goles: tres a dos. En la semifinal contra Polonia firmó los dos de la victoria italiana: dos a cero. El 11 de julio, en Madrid, en el Bernabéu, volvió a abrir el marcador en la final contra Alemania Federal. Tardelli y Altobelli marcaron después; Breitner recortó distancias. Tres a uno. Italia levantaba la Copa del Mundo por tercera vez. Zoff, capitán y portero, alzó el trofeo a los cuarenta años y sigue siendo el futbolista de más edad que ha ganado un Mundial.

El resultado reescribió también, de principio a fin, el camino de Italia. Antes del título, aquellos tres empates eran un escándalo, una muestra de mediocridad, la prueba de que el equipo merecía volver a casa. Después, esos mismos partidos empezaron a contarse como reserva de fuerzas, oficio y anuncio de una grandeza que había tardado en madurar. No habían cambiado los encuentros ni los marcadores. Había cambiado el papel que se les asignaba en la historia. El resultado se parece a una lámpara que alumbra hacia atrás desde la meta: allí donde cae su luz, las sombras cambian de dirección.

Y el desenlace de Rossi dio combustible de sobra a esa lámpara. El campeonato, la Bota de Oro y el Balón de Oro recayeron en el mismo hombre. Desde que se creó el Balón de Oro del torneo, nadie más lo ha conseguido. Cuanto más redondo es el resultado, más fuerza tiene la reescritura retrospectiva. Si Rossi hubiera marcado solo dos goles, el relato habría dejado alguna rendija para discutir. Pero seis goles y los tres grandes premios taparon todas las grietas. A partir de ahí, la narración pudo fluir sin obstáculos hacia atrás, hasta 1980. Un final redondo es el mejor combustible para un relato que reescribe el pasado.

Rossi fue el máximo goleador con seis tantos y fue elegido también mejor jugador del torneo. El Museo de la FIFA dejaría expresamente escrito que, desde la creación del Balón de Oro del Mundial en 1982, ha sido el único en reunir en una misma edición el título, la Bota de Oro y el Balón de Oro.

Varias semanas. Entre parecer su propio fantasma y convertirse en un salvador con los tres grandes premios solo mediaron varias semanas. Pero la mano del relato se estiró mucho más allá de esas semanas: llegó hasta 1980. Después del título, una palabra quedó adherida a Rossi: redención. Como si los tres goles de Sarrià y el del Bernabéu no solo hubieran ganado partidos, sino que hubieran liquidado también el caso de dos años antes.

Ahí está lo importante: los goles no se suman a las pruebas y las copas no modifican los expedientes. Los tres planos del caso de 1980 seguían intactos después del 11 de julio de 1982: hubo sanción deportiva, no hubo condena penal y Rossi mantuvo su negativa hasta el final. Lo único que cambió fue el relato. Basta una comparación elemental: si Italia hubiera caído en la fase de grupos y Rossi hubiera vuelto a casa sin marcar, ¿cómo contaríamos hoy el mismo expediente y la misma negativa? Probablemente como el final de un hombre caído: la suspensión lo destruyó y él mismo se lo buscó. No hay dos expedientes; sí hay dos relatos. Elegir uno u otro depende enteramente de si entró el balón. La llamada redención es el acento del resultado, no la conclusión del sumario. Un marcador de fútbol no puede fallar un caso judicial.

Y esa vara debe medir en las dos direcciones. Si seis goles no bastan para producir una sentencia absolutoria, tampoco una eliminación en la fase de grupos y un regreso de Rossi cabizbajo a casa habrían producido una condena. Quien dice que la copa lo limpió y quien dice que, a fin de cuentas, siempre fue un amañador cometen el mismo error: sustituyen las pruebas de fuera del campo por los resultados obtenidos dentro. El caso quedó suspendido en 1980, y lo que está suspendido sigue suspendido. Ninguna acumulación de goles llena ese vacío; tampoco lo llena la infamia.

La palabra redención encierra, además, una violencia menos visible. Tiene resonancias religiosas y presupone una culpa: para redimirse, tiene que haber algo que expiar. Aplicársela a un hombre que negó toda su vida ser culpable es confesar por él la culpa que nunca admitió. Esa palabra tan cálida se traga entera, con piel y huesos, la negativa que él sostuvo durante toda una vida. A veces el relato no necesita un cuchillo para matar. Le basta con escoger una palabra.

Y la persona escogida por esa palabra no puede hacer nada contra ella. Rossi no podía impedir que el mundo llamara redención a su 1982, del mismo modo que nunca llegó a ver en el expediente una última página con una sentencia definitiva. Resulta que una persona ni siquiera tiene derecho de veto sobre el relato que se hace de ella. Solo le queda sostener esa frase propia que ha repetido toda la vida.

6. Sarrià y una frase célebre de origen incierto

La otra mitad de Sarrià le pertenece a Brasil.

Aquel Brasil de 1982: Zico, Sócrates, Falcão, Cerezo, Júnior, Leandro, Éder. Su seleccionador, Telê Santana, quería que jugaran por intuición, que los laterales subieran, que los centrocampistas supieran tratar el balón y no solo destruir el juego. Les daba libertad a manos llenas. En sus cuatro primeros partidos marcaron trece goles y encajaron solo tres; fueron superando a la Unión Soviética, Escocia, Nueva Zelanda y Argentina. Con un fútbol libre y aparentemente despreocupado, encandilaron al mundo entero.

Pero aquella despreocupación estaba minuciosamente dispuesta. Santana organizaba la libertad como una disciplina. Jugar por intuición era una exigencia suya; que subieran los laterales, también. Aquella fluidez era el resultado de un equipo entrenado según un plano. La misma paradoja que en los Países Bajos de ocho años antes: detrás del fútbol que parece costar menos esfuerzo está la preparación que más esfuerzo exige. Improvisar nunca ha sido no hacer los deberes, sino haberlos hecho hasta que dejan de notarse. La FIFA diría después que aquel equipo no ganó el trofeo, pero deslumbró indiscutiblemente en ese Mundial.

El partido contra Argentina dejó otra nota al margen. Maradona tenía veintiún años y disputaba su primer Mundial: cinco partidos, dos goles y, al final, una tarjeta roja en la derrota contra Brasil. Nadie podía leer en aquella expulsión lo que iba a ocurrir cuatro años después.

El Maradona de entonces era un hombre que había fracasado: cargaba con una cotización desorbitada y no había estado a la altura de su fama. Cinco encuentros, dos goles, una roja; un Mundial del que se esperaba muchísimo y que terminó de mala manera. Si la historia hubiera prolongado en línea recta esa hoja de resultados, no tendría que haber ocurrido nada extraordinario. Sobran los precedentes de jóvenes que tropiezan en el gran escenario y se pierden para siempre entre el montón. Pero la historia no hace extrapolaciones y una persona no es una curva. Un fracaso a los veintiún años ni garantiza la caída definitiva ni adelanta una futura consagración.

1982 solo responde por 1982. Esa es la justicia más elemental que se le debe a cualquiera: al Maradona de veintiún años y al Rossi de veinticinco.

Después llegó el 5 de julio: Sarrià, los tres goles de Rossi, tres a dos, Brasil eliminado. Era la tercera vez en veintiocho años que se representaba el mismo guion: Hungría en 1954, los Países Bajos en 1974, Brasil en 1982. El gran favorito que jugaba el fútbol más bello caía una y otra vez ante un rival más pragmático. La rima es tan perfecta que invita a confundirla con el destino: la belleza está condenada a perder ante la eficacia. Pero, si se separan los episodios, son tres partidos independientes. Estructuras parecidas favorecieron repetidamente resultados parecidos: una manera de jugar que lo apuesta todo al ataque deja más puntos vulnerables a merced del azar. Favorecer no es predestinar.

Además, esa rima tiene un contraejemplo que se niega a rimar. El Brasil de 1970 también lo apostaba todo al ataque, también jugaba con una belleza incomparable y, sin embargo, se llevó la copa con todas las de la ley. La misma apuesta ganó en 1970 y perdió en 1982. Ese es el verdadero rostro del azar. Si la belleza estuviera destinada a perder frente a la eficacia, 1970 no tendría explicación; si estuviera destinada a vencerla, no la tendría 1982. La verdad es bastante más sencilla: quien pone todas sus fichas en el ataque deja más zonas vitales en manos de la suerte de aquel día. Y la suerte a veces llega; otras, no.

Brasil perdió. Y, una vez más, el equipo que quedó en la memoria fue el que había perdido. Año tras año se lo fue elevando a las listas de las mejores selecciones brasileñas de la historia y de los mayores equipos sin corona. Cada cierto tiempo, esa cadena de recuerdos recibe un nuevo refuerzo.

Si se lo coloca junto a los Países Bajos de ocho años antes, se descubre una de las reglas de la canonización. Los neerlandeses, al menos, llegaron a la final; se quedaron a un paso. Aquel Brasil ni siquiera alcanzó las semifinales: lo detuvieron en la segunda fase. Medido por las rondas superadas, su fracaso fue más temprano y más completo. Sin embargo, no ha recibido menos incienso que los neerlandeses. En el templo de la memoria, el rango no depende de lo lejos que se llegue, sino de multiplicar la belleza por la distancia entre lo que se esperaba y lo que ocurrió. En los altares de ese templo solo hay bellezas que no ganaron.

La regla no es difícil de entender. A la belleza vencedora la absorbe el título. Cuando se habla del Brasil de 1970 se dice primero que fue campeón y después que fue bello: la belleza queda como adjetivo del campeonato. A la belleza derrotada no hay título que la absorba. Solo puede pertenecerse a sí misma, quedarse sola y erguida, hasta convertirse en monumento. Un campeonato es un título de propiedad: pertenece a quien lo gana. La belleza sin dueño, en cambio, pertenece a todos los que lamentan su suerte. Cualquiera puede acercarse a ofrecerle una varilla de incienso.

Por mucho incienso que se queme, no conviene olvidar quiénes eran. Aquellos once hombres entraron en Sarrià para ganar, no para inmolarse. Querían la copa con tanta sinceridad como cualquier equipo pragmático. Recordarlos como mártires de la belleza, ofrecerlos como el sacrificio que necesita una narración, vuelve a comprimir a personas vivas dentro de un símbolo. Perdieron un partido que querían ganar. Ese hecho tan simple les hace más justicia que cualquier ofrenda. La cadena de la memoria existe, pero las generaciones posteriores fueron forjando sus eslabones uno a uno. No estaba ya colgada allí la noche del 5 de julio de 1982.

El eslabón más brillante es una frase célebre: «El fútbol murió en Sarrià». Hoy circula por todas partes, pero no hay manera de fijar su origen. Unas versiones la atribuyen a Zico; otras afirman que Sócrates la dijo en el vestuario. Sin embargo, entre todos los materiales consultables no aparece una crónica de aquel día de 1982 ni una grabación de entonces que permita ponerla de forma concluyente en boca de nadie. Se parece más a una etiqueta acuñada por relatos posteriores para condensar una enorme masa de pesar. Su función es elevar retrospectivamente la derrota de un partido a funeral de una época. Pero aquel día no murió el fútbol: terminó el Mundial de una selección. Al día siguiente se siguió jugando, y cuatro años después volvió el ciclo. Contar una derrota como el corte entre dos épocas le da, eso sí, una profundidad especial. La historia no se divide a sí misma en épocas. Quien practica esos cortes es siempre el relato.

La etiqueta deja otra parte agraviada: Italia. Si el fútbol murió en Sarrià, ¿quién lo mató? La frase lo deja sin decir, pero la respuesta está a la vista. Rossi y sus compañeros ganaron limpiamente aquel día. Tres goles, los tres conseguidos en una competición de verdad. Sin embargo, en la gramática de esa frase célebre quedaron condenados para siempre al papel de asesinos. Desde entonces, sobre su título pesa un delito de estilo. Convertir la belleza del rival en la culpa del vencedor es otra forma de tiranía de las etiquetas. Un partido puede tener un perdedor. No necesita además un culpable.

También se repite a menudo que aquella derrota en Sarrià cambió para siempre la manera de jugar de Brasil y que, desde entonces, el fútbol bello cedió su lugar al pragmatismo. Son afirmaciones que tienden una causalidad de varias décadas, y las pruebas nunca alcanzan a la voz que las pronuncia. La evolución de un país futbolístico durante decenios implica a varias generaciones de jugadores, varios entrenadores y las corrientes del fútbol mundial. Atarla a un solo partido de una sola tarde es tratar la historia como una máquina con un único interruptor. Aquella tarde dolió, sin duda. El dolor no equivale a un punto de inflexión. Esa condición se la concede después el relato.

7. El príncipe entró en el campo

Aquel Mundial tuvo otra escena que mostró al mundo un nuevo límite de la construcción.

21 de junio de 1982. Valladolid. Francia contra Kuwait. Francia jugaba con soltura, llevaba varios goles y volvió a enviar el balón a la red. Pero los kuwaitíes se habían parado: decían haber oído un silbato, creyeron que había pitado el árbitro y dejaron de defender. En la grada, el príncipe Fahd, jefe de la delegación kuwaití y presidente de su federación de fútbol, se levantó, bajó y entró directamente en el terreno de juego para protestar en persona. El árbitro, Stupar, hizo entonces algo rarísimo en la historia del fútbol: anuló allí mismo un gol que ya había dado por válido. Unos minutos después, Bossis marcó otro y dejó el resultado definitivo en cuatro a uno.

Cuatro a uno. Francia ganó y su clasificación no se vio afectada. Seguramente por eso el episodio no desencadenó una tormenta mayor. Pero la ausencia de consecuencias en el resultado no reduce ni un ápice lo ocurrido: alguien que acababa de bajar de la grada modificó en el acto una decisión ya tomada. El fundamento de la rectificación no fue un artículo del reglamento ni el banderín de un juez de línea. Fue la condición de aquella persona. En su propio terreno y ante un estadio lleno, la construcción dobló la espalda.

Los kuwaitíes dijeron haber oído un silbato. Ese punto no puede aclararse del todo, ni hace falta aclararlo en favor de nadie. Desde la grada llegó efectivamente un pitido al campo. Si los jugadores lo confundieron de buena fe con el del árbitro o aprovecharon la ocasión pertenece a esos pequeños casos que quedan para siempre abiertos. El caso grande es otro. Para modificar una decisión, la razón solo puede proceder del interior de las reglas: del banderín del juez de línea, de los ojos del propio árbitro. Ese es el cimiento de la construcción. Aquel día la razón fue un rango que había bajado de la grada. En cuanto la puerta se abre al rango, aunque sea una sola vez, una sombra más acompaña a todas las decisiones posteriores.

Ahora bien, la construcción tampoco se derrumbó por completo aquel día. Se anuló un gol; no se anuló el resultado. Francia ganó igualmente por cuatro a uno y pasó de ronda. El príncipe reescribió un minuto, pero no pudo reescribir los noventa. La construcción se dobló; no se quebró. Ahí reside, probablemente, la medida justa de la escena: el poder puede poner un pie en el campo, pero no llevarse por delante todo el partido; puede borrar una decisión, pero no los números que quedan al final en el marcador.

De las medidas posteriores, los documentos de la época permiten confirmar esta lista: advertencia a la Federación de Kuwait y multa de veinticinco mil francos suizos; advertencia al príncipe Fahd por conducta antideportiva; mantenimiento del cuatro a uno; un reproche expreso a la organización del orden en el estadio, y suspensión de Stupar hasta la siguiente reunión de la comisión de árbitros. Muchos artículos posteriores convirtieron su destino en una prohibición de por vida de arbitrar partidos internacionales. Pero esa es una agravación de las versiones de segunda mano. Lo que permiten confirmar las fuentes contemporáneas es una suspensión pendiente de deliberación. La construcción recibió una bofetada y respondió con una multa.

Las cuentas de aquella multa no resisten una mirada detenida. Veinticinco mil francos suizos compraron una reverencia pública; dos advertencias quedaron anotadas a nombre de la federación y del príncipe. Pero lo que de verdad había sufrido daño, el carácter inalterable de una decisión arbitral, no figuraba en la cuenta de nadie. No se podía indemnizar ni reponer. La construcción saldaba, con una multa que sí podía expedir, un déficit al que no podía poner precio. Tal vez la propia construcción no se engañara acerca de esas cuentas.

La escena parece una pequeña fábula. Cuatro años antes, en Argentina, un régimen había convertido el torneo entero en su propio proyecto. En Valladolid, en 1982, bastó con que un príncipe entrara en el césped para que una decisión cambiara de rumbo. La frontera de la construcción nunca ha sido hermética frente al poder. La diferencia es si el poder compra el estadio entero o se limita a deshacer de un pisotón una jugada. También aquí se separaron los hechos y el registro. Wembley registró como gol un balón del que no se sabía con certeza si había entrado; Valladolid borró uno que ya se había dado por válido. No está en los libros, pero decenas de miles de ojos lo vieron.

En las versiones posteriores de segunda mano, el castigo de Stupar fue creciendo: de una suspensión pendiente de deliberación pasó a una prohibición de por vida. Esa agravación procede de la misma mano que colgó la redención del cuello de Rossi. A la memoria le parece demasiado leve la pena que consta en el registro y decide aumentarla por su cuenta, para que la justicia del relato quede más redonda que la del archivo. Pero el archivo es el archivo. Las fuentes contemporáneas solo permiten confirmar la suspensión. La historia que se cuenta necesita cerrar el círculo; a la historia que ocurrió le da igual que cierre o no.

8. Para cerrar

Reunamos ahora todas las piezas.

España, 1982. Un Mundial celebrado en un país en transición mostró, a través de cinco ciudades, los cuatro límites de la construcción. Gijón expuso el de los artículos: las reglas presuponen una confrontación y, cuando esta desaparece por sí sola, pueden seguir intactas y aun así ser incapaces de defender lo que debían defender. Un escándalo sin infracciones quedó cerrado en los libros con plena regularidad. Sevilla expuso el límite de la aplicación: una brutalidad que el mundo entero vio con claridad no fue sancionada en el momento ni castigada después. Se veía; no se alcanzaba. Esa misma noche, con la primera tanda de penaltis de la historia del torneo, la construcción reconoció también que había partidos que no podía resolver. Valladolid expuso el límite ante el poder: un príncipe entró en el campo y un gol ya concedido se evaporó allí mismo. La construcción dobló la espalda y luego la enderezó con una multa. Sarrià y Madrid expusieron el límite del relato. En cuanto quedó fijado el resultado, la narración se puso a reescribirlo todo hacia atrás: en varias semanas, un fantasma se convirtió en salvador; seis goles dictaron para un caso sin sentencia definitiva una absolución que jamás había recibido; y una frase célebre de origen incierto elevó una derrota a funeral de una época.

Después llegaron algunos parches. Los horarios simultáneos de la última jornada entraron en el reglamento; la tanda de penaltis se convirtió en una salida permanente. Pero las puntadas siempre llegan después de la grieta. Los argelinos perjudicados ya habían vuelto a casa. Los dientes rotos de Battiston no pueden volver a crecer dentro del acta. Así avanza la construcción: cada déficit le enseña el siguiente artículo. Y mientras tanto, en algún lugar que nadie vigila, la siguiente grieta ya se está abriendo en silencio.

No es una deshonra de la construcción. Es su naturaleza. Exigir que unos artículos anticipen todos los males posibles es tan desmesurado como exigir que una construcción encierre todos los restos. Lo que cabe esperar nunca es un reglamento sin grietas, sino que, después de abrirse una, todavía haya alguien dispuesto a poner un parche. Tampoco un fútbol sin escándalos, sino que, después de uno, todavía haya alguien que recuerde que fue un escándalo. Lo más tranquilizador de aquella noche en Gijón fueron, paradójicamente, los pitidos de todo el estadio. Las reglas fallaron. Quienes miraban el partido, no.

Al fin y al cabo, los artículos pueden quedarse sin nada que agarrar; las decisiones arbitrales, fallar por no haber visto bien; los registros, omitir el expediente de un cuerpo; los relatos, reescribirlo todo desde el desenlace. Aquel verano fallaron las cuatro cosas, una por una. Pero el fútbol no murió en Gijón ni murió en Sarrià. Si una y otra vez consigue salir vivo de esos agujeros es por quienes, dentro y fuera del campo, se niegan a fingir que no han visto nada. Los pitidos, las protestas, los pañuelos blancos, una disculpa muchos años después y un perdón: nada de eso figura en el reglamento. Sin embargo, los verdaderos parches de la construcción siempre los han puesto esas personas.

En cuanto a las personas, siempre son algo más grandes que los documentos que hablan de ellas. Rossi jugó su fútbol y vivió su vida cargando con un caso que nunca tuvo sentencia definitiva. No se lo cerraron los goles; tampoco la infamia. El cuerpo de Battiston recuerda aquel choque, mientras que el acta solo conserva un saque de puerta. A los once brasileños los elevaron a la inmortalidad, pero esa inmortalidad es obra de quienes vinieron después. Lo que ellos se llevaron fue un partido perdido de verdad. El reglamento no puede abarcar todo el fútbol; los registros no pueden abarcar a una persona entera; y el relato siempre se apresura a adelantarse a ambos. El fútbol, mientras tanto, no espera a que se liquiden esas cuentas. Cuatro años después volverá a sonar el silbato. Se abrirán nuevas grietas, llegarán tarde nuevos parches y nuevos relatos se adelantarán a la salida. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.