Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 10 de 22

Buenos Aires

Un cielo de papelitos y las calles que no pudieron cubrir

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

1. Aquella tarde en que cayeron los papelitos

25 de junio de 1978, Buenos Aires, estadio Monumental. Argentina y los Países Bajos disputan la final del Mundial. Tres a uno después de la prórroga: el país anfitrión levanta la Copa del Mundo por primera vez en su historia.

Desde las tribunas caían papelitos, como una nevada que no quisiera terminar. En las imágenes que quedaron, el instante en que Passarella alza la copa está rodeado de ovaciones y de un cielo de fragmentos blancos. Tirar papelitos era una vieja costumbre de las canchas argentinas, pero en aquel Mundial se convirtió en la imagen más reconocible del torneo entero: un campeón nacido en una tormenta de papel.

La imagen era hermosa, de verdad. Los papeles blancos se precipitaban desde lo alto de las tribunas, daban vueltas bajo los focos, se posaban en el pelo y en los hombros de los jugadores, cubrían todo el césped. Para el mundo que miraba la televisión, eso era Argentina: un país loco por el fútbol, apasionado, feliz. La imagen solo recoge lo que tiene delante la cámara. Y el encuadre estaba preparado.

Conviene dejar algo claro: los papelitos no tenían ninguna culpa. Los hinchas argentinos llevaban años arrojándolos desde las tribunas. Aquella alegría era auténtica, su amor por el fútbol era auténtico, las lágrimas de la noche del título también lo eran. Lo que fabricó el régimen no fue esa alegría, sino el marco que la rodeaba. Un júbilo verdadero dentro de un encuadre falso: ahí reside lo más insidioso de la apropiación. No necesita falsificar las sonrisas de la gente; le basta con decidir hacia dónde apunta la cámara y hacia dónde no.

Al salir de aquel estadio, a unas pocas calles, a unos cientos de metros, estaba el antiguo Casino de Oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada. En aquellos mismos días en que caían los papelitos, había personas encerradas en ese edificio. A algunas las torturaban allí. A otras se las llevaban y no regresaban jamás.

De un lado, la ovación más fuerte que puede dar una ciudad. Del otro, el silencio forzado dentro de un edificio. Las dos cosas existían a la vez, separadas por unas pocas calles, en aquel invierno de 1978.

Lo que este Mundial dejó a la historia no fue un partido, sino esa simultaneidad. Los gritos de alegría y la tortura al mismo tiempo; la fiesta y las desapariciones al mismo tiempo; los papelitos por el aire y las puertas de hierro cerradas con llave al mismo tiempo. Todas las preguntas posteriores nacen de esa coincidencia: cómo podía una ciudad organizar el mayor festejo del mundo mientras dejaba que una parte de su gente se hundiera sin hacer ruido.

Esa era precisamente la apuesta del régimen. Apostaba a que, si la ovación era lo bastante fuerte y duraba lo suficiente, acabaría ahogando por completo aquel silencio. Primero nadie lo oiría; después nadie preguntaría por él; al final, hasta quienes preguntaban empezarían a dudar de que aquel silencio hubiera existido. El sonido se había convertido en un instrumento. Se esperaba que el rugido de un estadio hiciera lo que ninguna máquina podía hacer: depurar, al servicio del régimen, lo que una ciudad era capaz de oír.

2. A unas pocas calles

Aclaremos primero en qué consistió aquel crimen.

El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas argentinas dieron un golpe de Estado y derrocaron al gobierno de Isabel Perón. Videla, Massera y Agosti formaron la junta que tomó el control del país y puso nombre a su dominio: Proceso de Reorganización Nacional. Durante los años siguientes, el régimen eliminó a quienes consideraba enemigos mediante un procedimiento preciso: sin detención, sin juicio, sin anuncio. La persona, sencillamente, desaparecía. Más tarde, aquel procedimiento tendría un nombre propio: desaparición forzada.

La crueldad de la desaparición consiste en negar incluso la muerte. Una ejecución deja, al menos, un cuerpo, una fecha, una tumba; la desaparición no deja nada. Las familias no recibían la noticia de la muerte y, por eso mismo, nunca podían renunciar a esperar. Quedaban clavadas en una suspensión perpetua: no podían hacer el duelo, porque nadie había declarado la muerte; tampoco podían tener esperanza, porque no llegaba ninguna noticia. Así se extendía el miedo. No se trataba de que hubieran castigado a una persona, sino de que cualquier persona podía ser borrada del mundo cualquier noche.

Todavía hoy no hay una cifra que permita cerrar el recuento. En 1984, después de la caída de la dictadura, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada por el nuevo gobierno, entregó el informe Nunca Más. Al cruzar las denuncias con las listas de los organismos de derechos humanos, había confirmado la desaparición forzada de 8960 personas. El propio informe advertía que la cifra no podía considerarse definitiva, pues muchísimos casos nunca habían sido denunciados; también identificaba 340 centros clandestinos de detención. Los organismos argentinos de derechos humanos llevan mucho tiempo utilizando una estimación de 30 000. Videla, por su parte, no admitió hasta una entrevista de 2012 que el régimen había hecho desaparecer a sus opositores. La cantidad, decía, era discutible; él la situaba en siete u ocho mil. Era el relato tardío de uno de los responsables, no una cifra que pudiera sustituir una investigación.

Trescientos cuarenta centros clandestinos de detención: vale la pena detenerse en ese número. Significa que no se trataba de las atrocidades cometidas en un solo edificio, sino de una red tendida por todo el país. Garajes, comisarías, cuarteles, escuelas: cualquiera podía ser uno de sus nudos. El terror no era una excepción concentrada en un lugar, sino una normalidad repartida por la vida cotidiana. Esa es otra de las razones por las que resulta tan difícil documentarlo por entero: la red era inmensa y cada nudo había sido deliberadamente diseñado para pasar inadvertido.

Si las cifras no cierran, no es porque se haya investigado sin empeño. Es porque este crimen atacaba precisamente los registros. No dejar cuerpos, ni listas, ni expedientes; hacer que una persona desapareciera de todos los libros: ese era el procedimiento. Un crimen cometido mediante la destrucción de los registros está condenado a que ni siquiera pueda registrarse nunca por completo el número de sus víctimas.

Por eso hay que mantener juntas las dos cifras, 8960 y 30 000. Ninguna puede reemplazar a la otra. La primera es un mínimo comprobado caso por caso. Su peso reside en la certeza: detrás de cada número hay una denuncia concreta. La segunda es una estimación histórica del conjunto. Su peso reside en la advertencia: lo comprobado está muy lejos de serlo todo. Conservar solo la primera equivale a reducir la magnitud del crimen; conservar solo la segunda da a quienes lo niegan un flanco por donde atacar. Que las cifras no cierren no es un defecto de la historia: es la forma que tuvo el crimen.

La Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, fue uno de los mayores engranajes de esa máquina. Entre 1976 y 1983, el antiguo Casino de Oficiales funcionó como el principal centro clandestino de detención, tortura y exterminio de la Armada. Cuando la Unesco lo inscribió, años después, en la Lista del Patrimonio Mundial, dejó constancia de que allí los militares habían secuestrado, torturado y asesinado a más de cinco mil personas; de que se habían apropiado de los bebés nacidos de las mujeres cautivas; y de que también se habían cometido actos de violencia sexual y se había impuesto trabajo forzado. Su dirección daba a la avenida del Libertador. El Monumental estaba a unas pocas calles.

No era un campo de concentración perdido en medio de la nada, sino un edificio de aspecto respetable, cerca de la zona de embajadas de la capital: paredes blancas, columnas, una avenida llena de tránsito frente a la puerta. Los oficiales trabajaban allí durante el día; arriba había personas encerradas. El mal no siempre tiene un rostro monstruoso. Puede llevar uniforme, vivir en un buen barrio y ser vecino de un estadio.

Y, desde 1977, un grupo de madres empezó a dar vueltas y vueltas a la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Llevaban pañuelos blancos en la cabeza, sostenían fotografías y hacían una sola pregunta: ¿dónde está mi hijo?

Las autoridades les pusieron un nombre: las locas. Era otra aplicación de la misma lógica de suplantación. Se declaraba anormal a quien hacía la pregunta y así se evitaba responderla. Pero ellas siguieron caminando semana tras semana. El pañuelo blanco se convirtió en el signo más silencioso y, a la vez, más sonoro de aquellos años. El régimen tenía leyes, radios, estadios y toda la maquinaria del Estado; ellas solo tenían fotografías y nombres. La historia demostraría que las fotografías y los nombres duraban más que la maquinaria estatal.

3. El júbilo por ley

En ese país se celebró el Mundial. Y no se celebró allí por mera coincidencia: el régimen lo organizó como un proyecto de Estado en toda regla.

Hay una ley que lo acredita. La dictadura promulgó expresamente la Ley 21.349, que declaraba de interés nacional, por escrito y con todas las letras, la organización y celebración del Mundial de 1978. Sobre esa base creó un organismo estatal dedicado a prepararlo. Los documentos que dejó aquel organismo pasaron después al Archivo Nacional de la Memoria: legajos de personal, documentos administrativos, planos de obras, comprobantes de compras. Reunidos, ocupaban dos mil metros lineales. Mediante una ley, un régimen había convertido un torneo de fútbol en una empresa propia.

Dos mil metros de archivos: es una longitud en la que conviene pararse a pensar. Cientos de miles de hojas, nóminas de empleados, actas de reuniones, planos de construcción, compras asentadas una por una. Demuestran que aquel júbilo no brotó espontáneamente: se fabricó con precisión, despacho por despacho, documento por documento. La alegría se volvió una tarea administrativa; el fervor tuvo su partida presupuestaria. Un régimen que necesita abrir un expediente hasta para la felicidad revela, precisamente, cuánto desconfía de lo espontáneo.

Apropiarse de una pasión nunca consiste en inventarla, sino en tomar el control de ella. La locura de los argentinos por el fútbol existía mucho antes que ese régimen: era profunda y verdadera. El poder se limitó a desviar aquella corriente de calor hacia sus propias tuberías. Cada grito por la selección pasaba a contabilizarse, de paso, como una adhesión al régimen; sin que nadie lo advirtiera, las banderas celestes y blancas ondeaban también por los hombres de uniforme. La pasión seguía siendo la misma. Solo que la habían anotado en la cuenta de otro.

El régimen puso en marcha toda una serie de obras al servicio de esa empresa. Se remodelaron los estadios de River Plate, Vélez Sarsfield y Rosario Central; se construyeron otros en Córdoba, Mar del Plata y Mendoza; se renovaron aeropuertos y hoteles. Canal 7, la televisión estatal, fue adaptado especialmente para transmitir el Mundial en color. Ocho años antes, el fútbol acababa de adquirir una segunda existencia en las imágenes en color. Ocho años después, un régimen ya había aprendido cuánto valía aquello: quería que la Argentina que el mundo viera en sus pantallas fuera la que él había dispuesto.

En aquel verano de Ciudad de México, ocho años antes, el fútbol había entrado por primera vez entero en las imágenes en color. Desde entonces, cada Mundial tenía dos existencias: una sobre el césped y otra en la pantalla. La segunda llegaba más lejos y duraba más. La dictadura lo había entendido. De principio a fin, lo que pretendía conquistar no era la existencia sobre el césped, sino la de la pantalla. Invirtió una fortuna en transformar la televisión para tomar ella misma la pluma y escribir la segunda existencia del país.

También contrató ayuda. La dictadura recurrió a Burson-Marsteller, un gigante estadounidense de las relaciones públicas especializado en gestionar imágenes. Su misión consistía en fomentar en el exterior la confianza y la buena disposición hacia el país y su gobierno. En 1979, aquel aparato propagandístico sumó otra consigna célebre: «Los argentinos somos derechos y humanos». «Derechos» afirmaba la rectitud de quienes hablaban; «humanos», su humanidad. Pero las mismas dos palabras, reunidas de otro modo, nombraban los derechos humanos. El régimen había desarmado las palabras con que lo acusaban para engullirlas dentro de su propio eslogan.

La maniobra iba más lejos que cualquier desmentido. Negar consiste en decir: lo que ustedes cuentan es falso. La consigna hacía otra cosa: desarmaba por completo el lenguaje del adversario. ¿Quieren hablar de derechos humanos? Ya lo hemos dicho nosotros por ustedes. Las palabras de la denuncia se habían convertido en publicidad, pegada en las paredes de toda la ciudad. La apropiación del lenguaje suele calar más hondo que la de los estadios y la televisión, porque lo que pretende arrebatar es el puñado de palabras con que la gente puede abrir la boca para denunciar.

Videla calificaba las críticas del exterior de campaña de mentiras y calumnias contra la Argentina. Conviene mirar de cerca la estructura de esa jugada. Se presentaba la crítica al régimen como un ataque al país; el régimen, una construcción sujeta a condiciones, se hacía pasar por la nación misma. Cuestionar a la dictadura era cuestionar a la Argentina. El Mundial sería la coronación de esa suplantación. Lo que más deseaba el régimen era que, entre los aplausos del mundo entero, «dictadura» y «Argentina» se fundieran en una sola palabra.

Hacia dentro, el filo de esa suplantación cortaba todavía más que hacia fuera. Una vez que régimen y nación eran lo mismo, cada crítico dentro del país se convertía automáticamente en enemigo de la patria. Eliminarlo pasaba a ser defender a la Argentina. Ese signo de igualdad lubricaba la máquina de las desapariciones. El Mundial se lo vendió al mundo entero: las camisetas celestes y blancas, las tribunas llenas de banderas, el himno atronador. Ningún otro escenario permitía a un régimen coserse con tanta facilidad al nombre de un país.

Cuarenta y cuatro años antes, Mussolini había utilizado el Mundial como un altavoz para que gritara por él: somos poderosos. La dictadura de 1978 lo utilizó como coartada para que dijera: somos normales. Miren: los estadios son nuevos, la televisión es en color, la ciudad está llena de sonrisas y papelitos. ¿Tendría este aspecto un país que estuviera cometiendo un crimen?

Esas dos formas de apropiación no pesan lo mismo. El altavoz amplifica lo que el régimen quiere decir; la coartada oculta lo que el régimen está haciendo. La primera presume, la segunda encubre. Y quien encubre siempre tiene más mala conciencia y más prisa que quien presume. La Italia de 1934 quería que el mundo la mirara con admiración; la dictadura argentina de 1978 quería que el mundo mirara hacia otro lado. En cuarenta y cuatro años, un Mundial había pasado de condecoración a taparrabos.

Hay otra diferencia, todavía más fría. La Italia de Mussolini también encarcelaba a sus enemigos, pero los crímenes de 1934 se cometían en su mayoría en otros lugares, fuera de los escenarios del torneo. Lo singular de 1978 es que el crimen y la fiesta no solo ocurrían a la vez, sino en la misma ciudad, a tan solo unas calles de distancia. Ya no se trataba de que un régimen se diera lustre con un torneo de fútbol: había instalado el júbilo justo al lado de un crimen en marcha. En este Mundial, la absorción del fútbol por el poder alcanzó su forma más desnuda.

4. Todo el mundo lo sabía y todo el mundo fue

Si este Mundial pudo celebrarse, no fue porque nadie supiera lo que ocurría.

Desde finales de 1977 hubo en París un movimiento organizado de boicot. Un comité creado con ese fin llegó a tener más de doscientas delegaciones solo en Francia. Iniciativas semejantes de solidaridad y de boicot surgieron en los Países Bajos, Dinamarca, Italia, Alemania Occidental, Suiza, Estados Unidos, Suecia, Finlandia y España. Amnistía Internacional declaró públicamente que el deporte no estaba al margen de la política. Las noticias sobre los desaparecidos y los rumores sobre centros clandestinos de detención ya se imprimían entonces en los periódicos europeos.

Decir en 1978 que el deporte no estaba al margen de la política apenas podía considerarse una opinión: era un hecho a la vista de todos. Había sido precisamente la política la que había convertido aquel acontecimiento deportivo en ley, lo había declarado de interés nacional, le había asignado fondos y había creado un organismo para organizarlo. Pedir que ese Mundial se contemplara como puro deporte formaba parte, precisamente, del proyecto político.

Sin embargo, ninguna de las quince selecciones extranjeras invitadas a participar se retiró. La protesta a favor del boicot fue real; el boicot no llegó a producirse. Llegaron los jugadores, llegaron los periodistas, llegaron las cámaras. El mundo entero se sentó ante el televisor y vio el torneo de principio a fin. Saber y seguir como si nada resultaron perfectamente compatibles. Ese es otro de los fríos registros que dejó 1978.

Lo que vuelve tan frío ese registro es que rompe un consuelo habitual. Nos gusta creer que las atrocidades ocurren porque el mundo las desconoce; que, una vez revelada la verdad, el mundo civilizado intervendrá para impedirlas. La respuesta de 1978 fue bastante más incómoda. La verdad estaba extendida sobre las páginas de los diarios, los comités se reunían, los carteles cubrían las calles de París. Después, la inauguración se celebró según lo previsto. La construcción siguió por inercia: el calendario, los contratos, las retransmisiones, la taquilla. La gigantesca máquina que se ponía en marcha cada cuatro años pasó por encima de todo lo que ya se sabía.

No hay aquí un único malvado al que señalar, y eso es precisamente lo aterrador de la construcción. Los jugadores no querían renunciar a una cima que solo se alcanzaba cada cuatro años; las federaciones cargaban con contratos ya firmados; las televisiones tenían comprometida la publicidad vendida; los dirigentes hacían sus propios cálculos. Cada cual se limitaba a hacer lo razonable dentro de su pequeña casilla. Sumadas todas las casillas, la máquina entera seguía funcionando. Una gran construcción nunca necesita convencer a todos para seguir en marcha. Le basta con que cada uno crea que detenerla no es responsabilidad suya.

Entre quienes no fueron, un nombre resonaba más que ninguno: Cruyff. El alma de la selección neerlandesa de cuatro años antes no acompañó esta vez al equipo. Entonces, y durante muchos años después, la explicación más difundida fue que se negaba a viajar a una Argentina gobernada por militares: un gran gesto de rechazo político. Otra versión atribuía la ausencia a sus disputas comerciales con la federación neerlandesa. Era evidente que el público prefería la primera. El mejor jugador del mundo plantaba cara a una dictadura quedándose en casa: la historia era demasiado buena, tanto que casi nadie quería comprobarla.

Hasta que, en 2008, el propio Cruyff habló y contó una tercera versión. La verdadera razón era que él y su familia habían sufrido un intento de secuestro en su casa de Barcelona. A raíz de aquello decidió no participar en el Mundial. La versión de la protesta política llevaba treinta años circulando, pero no era la suya: lo que él confirmó fue un episodio que había puesto en peligro a su familia. Una época se había apropiado de una ausencia durante treinta años. Hacía falta un héroe que dijera que no y, sin pedirle permiso, le habían adjudicado el papel. Hasta la ausencia de una persona puede quedar absorbida por un relato. Casi una pequeña parábola de aquel Mundial.

La lección de esa parábola no concierne a Cruyff, sino a quienes la contaron. No habían mentido: necesitaban tanto aquella historia que, sin esperar a que hablara el protagonista, terminaron de hablar por él. Durante treinta años, innumerables artículos citaron esa versión y la celebraron como ejemplo de conciencia, hasta que el propio protagonista salió a corregirla. A menudo, lo que más escapa al control en la historia no son los hechos, sino el relato. Fluye en la dirección que más desean los corazones y no hay quien lo detenga.

5. El seis a cero y la noche cuyo caso no puede cerrarse

Argentina no llegó a la final arrasando a todos sus rivales. En la primera fase ganó dos a uno a Hungría, dos a uno a Francia y perdió uno a cero con Italia. Marcó solo cuatro goles en tres partidos y pasó como segunda de grupo. La suerte se decidió realmente en la segunda fase: dos a cero a Polonia, cero a cero con Brasil y, después, el último encuentro, contra Perú.

La aritmética de aquella noche es uno de los hechos más firmes de todo el torneo. El 21 de junio de 1978, Brasil jugó primero y ganó tres a uno a Polonia. Terminó con cinco puntos y una diferencia de goles de más cinco. Argentina tenía entonces tres puntos y una diferencia de más dos. En aquella época se concedían dos puntos por victoria. Para superar a Brasil y acceder a la final, Argentina necesitaba elevar su diferencia de goles al menos a más seis: tenía que ganarle a Perú por un mínimo de cuatro goles. No es un rumor, sino un hecho que se deduce directamente del calendario y la clasificación de ese día. Que Brasil jugara antes dejaba a la vista de Argentina el listón exacto que debía superar.

Ese orden de partidos también acabaría formando parte de las sospechas. Dos encuentros que decidían la misma plaza en la final no empezaban a la vez. Quien jugaba primero mostraba su resultado; quien lo hacía después podía jugar conociendo el listón. Una organización así dejaba, por su propia naturaleza, un resquicio para intervenir en el resultado y un terreno abonado para la sospecha. La decisión posterior de que los últimos partidos de cada grupo del Mundial se disputaran al mismo tiempo obedeció, en parte, al propósito de cerrar esa grieta. La reparación del reglamento equivalía a un comentario silencioso sobre aquella noche.

Después, Argentina le ganó seis a cero a Perú y se clasificó para la final.

Con los años se acumuló una montaña de sospechas alrededor de esa noche. Hay un episodio respaldado por registros bastante fiables y generalmente aceptado como cierto: antes del partido, Videla entró en el vestuario peruano acompañado de Kissinger, que estaba de visita en el país. Está documentado que un dictador, junto a un ex secretario de Estado estadounidense, apareció en el vestuario rival antes del encuentro. Pero los documentos no alcanzan a establecer qué significaba aquella visita: intimidación, cortesía o algo distinto. Hay que mantener separados el hecho y su significado.

Toda la prudencia que exige hablar de aquella noche se juega en esa frontera. Dar un paso a un lado y presentar la visita al vestuario como una orden de amañar el partido sería hacer pasar una conjetura por una prueba. Darlo al otro y despacharla como una visita de cortesía cualquiera sería fingir que no se ve su peso. Un general que gobernaba mediante el terror entró en persona en el vestuario del rival antes de un encuentro decisivo. Dijera lo que dijera, su presencia tenía un peso. El peso es un hecho; dónde recayó pertenece a la conjetura.

Más allá empieza el terreno de las acusaciones. Muchos años después, en 2012, un exsenador peruano afirmó que había habido un intercambio político entre las dos dictaduras: Perú se habría dejado ganar a cambio de una contraprestación argentina en la cooperación represiva transfronteriza. Es una acusación oral formulada mucho después. Anteriores y más variadas son las versiones que hablan de dinero y de bienes: sobornos, cereales, deudas, intercambios de presos políticos. Las versiones se han sucedido, todas con gran capacidad de explicación y de difusión. Pero ni en los archivos del torneo, ni en los archivos oficiales de la memoria, ni en los registros de las investigaciones, ni en los documentos desclasificados aparece algo que permita dar el caso por probado. Junto a esas acusaciones existen desmentidos explícitos: el capitán peruano, Chumpitaz, siempre sostuvo que no hubo ningún arreglo y atribuyó la goleada al desgaste físico y a la acumulación de partidos.

Esos desmentidos tienen un peso que el torrente de sospechas no debería llevarse por delante. Los jugadores peruanos pasaron el resto de su vida a la sombra de aquel encuentro. No podían aportar una prueba de su inocencia, porque la inocencia, por su propia naturaleza, no puede probarse; tampoco podían escapar a la reaparición incesante del asunto. Si aquella noche fue limpia, esos hombres son las víctimas más silenciosas del caso: perdieron un partido y recibieron una condena para toda la vida. Cuando una sospecha no puede resolverse, nunca daña únicamente al régimen sospechoso.

Por eso, la formulación más rigurosa solo puede ser esta: el seis a cero es un hecho comprobado; hay registros fiables de un contacto político inusual antes del partido; los mecanismos concretos y los términos del supuesto acuerdo para manipularlo no han quedado definitivamente acreditados en ninguna fuente autorizada. En cuanto a las versiones particulares, cuántas toneladas de cereales, cuántos presos políticos, quién cobró, qué jugador se dejó ganar, presentar cualquiera de ellas como una conclusión firme es hacer pasar la leyenda por historia.

Las versiones se multiplican precisamente porque el caso no se puede cerrar. Un interrogante suspendido es el mejor terreno para los relatos: cualquiera puede rellenarlo con la respuesta que desea. Quienes aborrecen a la dictadura quieren creer que el arreglo está probado, porque así el crimen resulta más completo; quienes defienden el título quieren creer que todo fue limpio, porque así la gloria queda más limpia. Más de cuarenta años después, las acusaciones y los desmentidos se refuerzan por separado sin que nadie convenza al otro. El interrogante ya forma parte del campeonato.

Puede determinarse quién ganó y quién perdió; no puede establecerse la verdad. La vieja cuestión de Wembley, doce años antes, reaparecía en Buenos Aires, esta vez más oscura. Si no se podía aclarar lo sucedido con aquel balón en Wembley, era porque había viajado demasiado deprisa para el ojo humano y las máquinas. Si no se puede aclarar lo ocurrido aquella noche, es porque, a uno y otro lado, quienes sabían lo ocurrido eran regímenes cuyo oficio era hacer desaparecer la verdad. Quienes gobernaban destruyendo los registros destruyeron, de paso, la posibilidad de exculparse. Desde entonces, este título lleva un interrogante que nunca podrá quitarse: no porque algo haya quedado demostrado, sino porque nada puede demostrarse. El régimen que pretendía tapar las sospechas con un campeonato acabó estampando en él una sospecha imborrable.

Que el caso no pueda cerrarse nunca significa que la cuestión no podrá darse nunca por terminada. Un escándalo probado tiene, al menos, un desenlace: se reconoce, se sanciona y se pasa página. Una sospecha que no puede confirmarse ni refutarse no llegará jamás a esa página siguiente. En cada aniversario redondo, en cada documental retrospectivo, cada vez que alguien vuelve a hablar de 1978, aquel seis a cero vuelve a juicio. Y cada vez la conclusión es la misma: no se sabe. El régimen quiso comprarse con el Mundial un certificado de buena conducta. Acabó con un juicio que nunca levanta la sesión.

6. La final y aquel golpe en el poste

La final regresó al Monumental. Enfrente estaban otra vez los Países Bajos: sin Cruyff, pero de nuevo en la final.

Sin aquel hombre al que se consideraba insustituible, la selección neerlandesa también había superado su grupo y había vuelto a llegar hasta el último partido, por segunda vez en cuatro años. La calidad de aquel equipo no dependía, al fin y al cabo, de un solo nombre. Pero en la final no tendría delante únicamente a once rivales. Tendría un estadio entero organizado para la ocasión y un régimen que se jugaba en ese encuentro el destino de la patria.

En el minuto treinta y ocho, Kempes abrió el marcador. Era el eje ofensivo del 4-3-3 de Menotti. Acabó el torneo con seis goles, como máximo goleador, y cuanto más avanzaba la competición, más incontenible se volvía.

Aquella Argentina no era una máquina programada de antemano. Había marcado solo cuatro goles en los tres primeros partidos, había perdido contra Italia y había avanzado a trompicones como segunda de grupo. Fue el juego de Menotti, construido alrededor de Kempes, el que fue encajando mejor partido a partido y dio un salto repentino en la segunda fase. Es decir: ni siquiera para el anfitrión, ni siquiera con toda la maquinaria del Estado a sus espaldas, el título estaba decidido sobre el césped. También hubo que arrancarle ese título al azar, paso a paso.

Esto importa. Si ser anfitrión y contar con todo un proyecto de Estado equivaliera a tener el título en el bolsillo, aquel Mundial sería mucho más sencillo: una representación de principio a fin. Precisamente porque en el campo también hubo incertidumbre, derrotas y situaciones de peligro; precisamente porque nadie podía decidir qué ocurriría con aquel golpe en el poste, ese campeonato fue un campeonato verdadero. Y solo lo verdadero puede ser mancillado. En lo falso no cabe hablar de limpieza o suciedad: desde el comienzo, no es lo que pretende ser.

Por eso los argentinos pudieron, con el tiempo, ir recuperando aquel título. Si solo hubiera sido una función dirigida por el régimen, habría acabado en el basurero junto con él. Pero, fuera de todos los preparativos, en el campo hubo de verdad fútbol, goles, postes y prórroga. Una parte del campeonato siguió perteneciendo a quienes jugaban y a quienes miraban; por eso había algo que recuperar. En el minuto ochenta y dos, Nanninga, que había entrado como suplente, empató de cabeza: uno a uno. Y entonces, en los últimos instantes del tiempo reglamentario, Rensenbrink remató de puntera delante de la portería. El balón superó al arquero, golpeó el poste argentino y salió despedido hacia fuera.

Por unos centímetros. Por unos centímetros, el estadio habría quedado mudo en un instante. Aquel proyecto de Estado convertido en ley, aquella operación de imagen en color, aquel seis a cero que no se podía aclarar, todos los preparativos habrían perdido en su propia casa, ante el mundo entero, contra una jugada azarosa. El golpe en el poste hizo sonar una verdad: se puede legislar, se puede hacer propaganda, se puede convertir un torneo entero en proyecto de Estado, pero no se puede dictar el desenlace de una final. Por mucho que una construcción llegue hasta el cielo, no puede encerrar un balón que rebota caprichosamente en un poste.

Merece la pena detenerse un poco más en ese segundo. Si el balón se hubiera desviado unos centímetros hacia dentro, los Países Bajos se habrían puesto dos a uno en el último instante del tiempo reglamentario. A Argentina apenas le habría quedado tiempo. Todo lo que el régimen había levantado con tanto cuidado se habría venido abajo en su propio estadio, ante las cámaras del mundo entero que él mismo había invitado. Ninguna ley, ninguna agencia de relaciones públicas, ninguna conversación en un vestuario podía alcanzar ese balón. Veintiocho años antes, en el Maracaná, y veinticuatro años antes, en Berna, había ocurrido lo mismo: por enorme que sea una construcción, no puede controlar dónde va a caer una pelota. En 1978, el poste volvió a representarlo de la manera más estremecedora.

El balón salió hacia fuera. En la prórroga, Kempes volvió a marcar en el minuto ciento cinco y Bertoni sentenció en el ciento quince: tres a uno. Por segunda edición consecutiva, los neerlandeses perdían la final ante el anfitrión. Dos veces en cuatro años habían llegado al último paso; dos veces habían caído ante el equipo de casa. Cuesta no ver ahí alguna clase de destino. Pero fueron dos partidos independientes, dos azares sin relación entre sí que coincidieron uno detrás de otro. Leerlos como una fatalidad sería volver al viejo oficio de tejer, después de los hechos, una necesidad que no existía antes.

Que la historia rime no significa que se resigne al destino. Dos finales, dos anfitriones, dos derrotas: suena a profecía. Si se separan los hechos, solo aparece una situación semejante repetida. Un equipo de juego técnico que actúa como visitante ante una afición local volcada por entero lo tiene, de entrada, más difícil. Las estructuras parecidas favorecen resultados parecidos; favorecer no equivale a predestinar. Convertir una rima en una sentencia es un juego de manos del narrador, no una obra de la historia.

Para los Países Bajos, aquella segunda medalla de plata hizo todavía más amargo el nombre de hermosos perdedores que se habían ganado cuatro años antes. Esta vez no habían perdido únicamente contra los rivales del campo: habían perdido dentro de un estadio en el que un régimen había apostado el destino nacional, bajo todo el peso de una noche semejante. Dos finales, dos veces a un paso. La relación de aquel equipo con la copa quedó detenida para siempre en ese estar a punto de llegar sin llegar nunca.

Sonó el silbato final y la nieve de papelitos cayó por todas partes. El capitán, Passarella, recibió la copa dorada de manos de Videla. El general ocupaba el lugar de quien entrega el premio. En la cámara, la gloria del campeón y la imagen del régimen quedaron fundidas en una sola estampa. En testimonios posteriores, algunos sobrevivientes contaron que durante aquellos días se oían, desde los lugares de cautiverio de la ESMA, los gritos de celebración que llegaban del estadio.

El peso de esos testimonios está en que sujetan los dos mundos uno al otro. Aquel clamor no llegaba de otro planeta. El estadio y las celdas compartían el mismo cielo nocturno, el mismo viento del invierno austral. Encubrir nunca había consistido en separar las cosas por montañas y océanos: bastaba con que quien miraba girara unos grados la cabeza. Pero el sonido no entendía de esos pocos grados. Saltaba el muro y alcanzaba los oídos que no debían escucharlo.

El sonido podía atravesar unas pocas calles. Los gritos de alegría llegaban; el silencio no conseguía volver.

La fotografía de Videla entregando la copa fue, en su momento, la culminación del proyecto: el general y el campeón en el mismo encuadre, el régimen y el país unidos por completo en la foto. Pero las imágenes tienen vida y carácter propios. Al conservar fielmente un instante, conservan también todo lo que ese instante contiene, incluidas las cosas que quien tomó la foto no pensaba guardar. Hoy, quien la mira ya no ve a un jefe de Estado cubierto de gloria. Ve a un hombre con las manos manchadas de sangre extendiéndolas hacia una copa que no le pertenece. La fotografía no ha cambiado; ha cambiado el mundo que la mira. El régimen se apropió de la imagen y, al final, la imagen se volvió contra él: pasó a ser una prueba de cargo.

7. El régimen es el régimen y los jugadores son los jugadores

Hay aquí una frontera que debe trazarse sin torcerla.

Del lado del régimen, los hechos están claros. Promulgó leyes, creó organismos, reformó estadios, implantó la televisión en color, contrató relaciones públicas, lanzó consignas y entregó la copa. Convirtió el torneo entero en un asunto de Estado y, después del título, cosechó una visibilidad enorme. Todo eso está acreditado por textos legales, archivos materiales y actos públicos. No hace falta andarse con miramientos en este punto: un régimen que organizaba festejos mientras hacía desaparecer personas utilizó el Mundial mediante una apropiación deliberada y minuciosa.

Del lado de los jugadores, lo que puede afirmarse con rigor es mucho más limitado. Está probado que disputaron los partidos, ganaron el título y asistieron a las celebraciones, y que su victoria fue absorbida por la propaganda estatal. Estuvieron allí: es un hecho. Pero estar allí no equivale a participar en la represión. Para presentar a un jugador concreto, o a la selección entera, como cómplice de la maquinaria represiva, harían falta pruebas que fueran mucho más allá de las imágenes públicas. Esas pruebas no existen. A la inversa, describirlos a todos como inocentes utilizados por otros también sería decidir por ellos. Qué vio, qué pensó y qué aceptó cada uno desde el lugar que ocupaba no es algo que las generaciones posteriores puedan deducir de unas cuantas fotografías.

Los relatos posteriores asignaron a esos jugadores dos papeles: héroes que dieron luz a una nación en tiempos oscuros, o cómplices que prestaron su imagen a los verdugos. Las dos versiones apuntan en direcciones opuestas, pero utilizan el mismo procedimiento: aplastan a personas concretas hasta convertirlas en símbolos. Algunos eran entonces tan jóvenes que no sabían nada de política; otros expresaron después, públicamente, su dolor y sus conflictos; otros guardaron silencio toda la vida. Once personas, once circunstancias, once conciencias. Ningún relato tiene derecho a firmar por todas ellas.

Lo que la historia les debe no es una coronación unánime ni un ajuste de cuentas colectivo, sino mirarlos uno por uno. Eso exige lentitud, exige torpeza, exige renunciar al placer de contar una historia bien ordenada. Pero, cuando se trata de personas concretas, es la única manera de hacer justicia.

Este campeonato tiene, por tanto, dos caras. Por un lado, es verdadero: los seis goles de Kempes fueron reales, como lo fueron las atajadas de Fillol, las carreras de Ardiles y los dos goles de la prórroga de la final. Un grupo de jugadores se ganó todo eso de verdad sobre el césped. Por otro, está sucio: un régimen lo utilizó como coartada, sobre su billete a la final cuelga un interrogante que nunca podrá resolverse, y los gritos entre los que nació llegaron hasta las celdas de unas pocas calles más allá. La copa verdadera y la copa mancillada son la misma copa. Ponerla sin más en un altar sería ayudar al régimen a dar salida al botín; hacerla pedazos sin más sería enterrar a los jugadores y a su fútbol junto con el crimen. Solo puede mantenerse así, con las dos caras a la vista. Ninguna borra a la otra.

Después de la caída de la dictadura, aquel título empezó a cambiar de manos, en silencio, en un proceso que duraría muchos años. Argentina no quitó de su camiseta esa estrella. Poco a poco, la gente aprendió otra manera de recordar: devolver el fútbol del campo a los jugadores y a los hinchas; devolver los crímenes de fuera del campo al régimen y a los generales. El traspaso no se ha completado todavía y probablemente nunca se complete del todo: la sombra no se borra por entero. Pero la dirección está clara. Año tras año, el título deja de ser botín del régimen y vuelve a ser un Mundial mancillado que unos jugadores ganaron de verdad.

8. Para cerrar

Reunamos todos los hilos.

En 1978, un régimen hizo del Mundial su propia construcción. Promulgó una ley, construyó estadios, adaptó la televisión al color y contrató relaciones públicas. Fue envolviendo, capa tras capa, un crimen en marcha con el júbilo del fútbol. Quería que el mundo entero mirara caer los papelitos y se olvidara de preguntar por el edificio de unas pocas calles más allá.

Pero esa construcción tampoco pudo encerrar su resto. Quiso disponerlo todo, y el azar de aquella pelota contra el poste le recordó que no podía dictar el desenlace de una final. Quiso demostrar su normalidad, y el seis a cero acabó soldando un interrogante eterno a su campeonato. Quiso hacer desaparecer personas, y las madres de la plaza alzaron sus fotografías, dieron vueltas y vueltas y fueron levantando de nuevo sus nombres, uno por uno. Hasta quiso engullir los derechos humanos dentro de su eslogan. Las palabras duraron más que la consigna.

Hoy, el nuevo nombre del edificio de la avenida del Libertador lleva escritas, sin rodeos, las palabras «memoria» y «derechos humanos». Las dos palabras que habían sido desarmadas para fabricar un doble sentido volvieron a su legítimo lugar. Ya no son la publicidad de nadie: son la placa de un lugar de archivos y de nombres. El lenguaje fue objeto de apropiación, pero sobrevivió a quienes se apropiaron de él. De todas las cuentas que dejó 1978, quizá esta sea la saldada con mayor limpieza.

La construcción y el resto tuvieron, con el tiempo, cada uno su desenlace. El régimen cayó en 1983. En 1984, Nunca Más fijó en el papel 8960 nombres y dejó escrito que estaban muy lejos de ser todos. La ESMA no fue demolida: se convirtió en museo de la memoria y pasó a formar parte del Patrimonio Mundial. Hoy, el edificio de la avenida del Libertador abre sus puertas a todos para contar aquello que entonces se empeñaba en esconder. La construcción levantada para tapar se derrumbó; lo que había quedado tapado se convirtió en monumento permanente. Hoy, en el mundo, no se puede mencionar el Mundial de 1978 sin hablar de los desaparecidos. El propio taparrabos se ha convertido en la señal que indica dónde ocurrió el crimen.

Hasta aquellos dos mil metros de archivos cambiaron de dirección. El régimen los había producido hoja por hoja para que los festejos funcionaran sin una fisura. Tras su caída fueron entregados al Archivo de la Memoria y pasaron a ser una de las pruebas más sólidas en manos de los investigadores. Cada comprobante de compra, cada acta, declara ante la historia cómo se fabricó aquel júbilo y qué se pretendía ocultar con él. Cada ladrillo que la construcción colocó para sostenerse acabó convertido en una prueba material de la acusación.

No es un mito de justicia cósmica. Es lo que sucede porque la construcción y el resto tienen duraciones distintas. La construcción vive del mantenimiento: necesita personal, dinero y que se la reafirme una y otra vez. En cuanto nadie la mantiene, se pudre en un instante. El resto no necesita mantenimiento: basta con que alguien lo recuerde. Cuanto más hondo se ha enterrado algo, con más fuerza lo aferran quienes lo recuerdan. El tiempo nunca está del lado de lo que encubre. Tapar es un oficio pasajero; recordar, un instinto de muchos años.

En cuanto al fútbol, mostró sus dos caras en todo esto. Se puede legislar sobre él, apropiarse de él; un régimen puede tomarlo prestado para usarlo como coartada: esa es su debilidad. Pero también dejó el azar de aquel golpe en el poste, que nadie podía decidir de antemano, y un campeonato que ningún régimen logró hacer verdaderamente suyo: esa es su rebeldía. Los goles de Kempes siguen siendo de Kempes, los papelitos siguen siendo de los hinchas. Solo que ambos llevan pegado para siempre el silencio de unas pocas calles más allá.

Hoy sigue habiendo partidos en el Monumental y, a unas pocas calles, aquel edificio sigue pronunciando nombres. La distancia entre ambos sigue siendo la misma. Solo que esta vez ninguno tapa al otro. El júbilo no consigue cubrir el silencio; la construcción no consigue cubrir el resto. Lo que puede taparse durante un tiempo no puede seguir tapándose cada año que viene después. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.