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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 9 de 22

Múnich

El equipo que jugó con mayor libertad y el título que no ganó

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. Dos caminos hacia Múnich

La final del Mundial de 1974 se disputó en Múnich: Alemania Occidental contra Holanda. Cuando las generaciones posteriores evocan aquel campeonato, casi todo lo que recuerdan pertenece al equipo que perdió la final.

Holanda llegó invicta a la cita. En la fase de grupos venció por 2-0 a Uruguay, empató a cero con Suecia y derrotó por 4-1 a Bulgaria; en la segunda fase encadenó tres victorias: 4-0 a Argentina, 2-0 a Alemania Oriental y 2-0 a Brasil. Seis partidos y un solo gol encajado antes de la final. Jugaba un fútbol que hasta entonces nadie había visto, y el mundo entero se enamoró de él de golpe.

No era sencillamente otro gran equipo. Su manera de jugar era, por sí sola, una declaración de principios. Las posiciones cambiaban sin cesar, la presión se venía encima del rival y el conjunto respiraba y se movía por el campo como un organismo vivo. Quien se había acostumbrado a ver a cada jugador en su puesto, cumpliendo con lo previsto, sentía al contemplar aquello por primera vez la sacudida de un horizonte que se ensancha. Holanda ganaba, pero además ganaba con belleza, con novedad, de una forma que llevaba a pensar: así que el fútbol también podía ser esto.

Alemania Occidental había recorrido otro camino. Empezó venciendo por 1-0 a Chile y por 3-0 a Australia, y después perdió por 0-1 contra Alemania Oriental en Hamburgo. En la segunda fase derrotó por 2-0 a Yugoslavia, por 4-2 a Suecia y por 1-0 a Polonia. Ante los polacos, Müller marcó el gol de la victoria en el minuto setenta y seis: así logró abrirse paso hasta la final.

Los relatos posteriores suelen confundir dos cosas. La primera: por la contundencia de sus resultados, Holanda llegaba a la final con más ímpetu. La segunda: Alemania Occidental no era, en absoluto, una intrusa que se hubiera colado por suerte para aguar la fiesta. Era la campeona de Europa de 1972. Beckenbauer, Müller, Maier: aquel núcleo sostenía tanto a la selección como al gran Bayern que estaba emergiendo. Dos caminos, dos formas de entender el fútbol, se encontraron en Múnich. Y el equipo que el mundo recordaría, el que cambió el fútbol, perdió.

Esta es la primera extrañeza de 1974 que hay que afrontar. En un mismo Mundial, un equipo ganó el título y otro se quedó con el recuerdo. Alemania Occidental alzó la copa, pero en las evocaciones posteriores acabó relegada al fondo del escenario, detrás de aquel equipo hermoso. El campeón que consagró el registro y el vencedor que el corazón reconoció después resultaron ser dos equipos distintos. Para comprenderlo, hay que empezar por el fútbol que jugaba el equipo derrotado.

Los dos caminos hacia Múnich eran también dos concepciones del fútbol que desembocaban en un mismo lugar. Holanda representaba un fútbol lanzado a toda velocidad en pos de un ideal: llevar hasta sus últimas consecuencias, sobre el césped, una idea de belleza y libertad. Alemania Occidental representaba un fútbol con los pies en la tierra: no buscaba deslumbrar, sino asegurar cada pieza y ganar allí donde había que ganar. Ninguna de esas dos concepciones era, en sí misma, superior a la otra. Simplemente esperaban cosas distintas del fútbol. La final fue el choque frontal de esas dos expectativas.

Una de las bromas favoritas de la historia consiste en hacer perder a quien parecía más llamado a ganar. En la altura de su ideal, en el fulgor de su juego, en la fascinación que despertaba por todo el mundo, Holanda llevaba ventaja. En el resultado definitivo, sin embargo, ganó Alemania Occidental. Toda esta historia nace de esa distancia. Una victoria que parecía corresponder a la belleza acabó en manos del sentido práctico; la belleza, por su parte, encontró otra manera de recuperar lo perdido en la memoria de la gente.

II. El fútbol que suprimió las posiciones

Lo que jugaba Holanda acabaría recibiendo un nombre rotundo: fútbol total.

Sus mecanismos mejor establecidos apuntan en una misma dirección. No había posiciones fijas, ni en ataque ni en defensa; los jugadores intercambiaban sus puestos continuamente; la presión era feroz; todo giraba en torno a la creación y el dominio del espacio. Suele considerarse que el dibujo de partida preferido por Michels era el 4-3-3. Lo decisivo, sin embargo, no estaba en esos números, sino en que aquella estructura se movía: no era un armazón rígido e inerte.

La palabra fluidez puede parecer abstracta, pero en el campo significaba cosas muy concretas. Un lateral podía avanzar hasta convertirse en la punta de lanza del ataque; un delantero podía bajar al centro del campo, o incluso hasta la retaguardia, para participar en la elaboración; un centrocampista podía ocupar la banda o incorporarse a la delantera. La posición dejaba de ser la etiqueta que definía a una persona y se convertía en un espacio que cualquiera podía cubrir en cualquier momento. Lo ocupaba quien estuviera más cerca; después volvía a cambiar. El equipo no era una suma de once piezas, cada cual dedicada a su función, sino una fuerza que no dejaba de reorganizarse y combinarse de nuevo.

Pero incluso aquella fuerza en la que unos y otros parecían fundirse tenía un centro del que no podía prescindir. Las posiciones eran intercambiables; Cruyff no lo era. Ahí había una sutileza: en la práctica, un juego que proclamaba que todos podían sustituir a todos dependía en gran medida de alguien insustituible. Los demás cambiaban de posición; él era la persona en torno a la cual giraban. No hay contradicción en ello. Significa que, por mucho que se insista en el conjunto y en la fluidez, la chispa que da vida al conjunto acaba encarnada en una persona concreta. No se la puede disolver ni repartir a partes iguales.

Cruyff era el alma de aquella forma de jugar. Sobre el papel era el delantero centro; en realidad, se desplazaba por todas partes, retrocedía, generaba superioridades numéricas en una zona y estiraba la defensa contraria hasta deformarla, mientras sus compañeros se turnaban para ocupar el sitio que él dejaba libre. Un recuento estadístico posterior le atribuyó treinta y seis ocasiones creadas en 1974, la cifra más alta para un jugador en una sola edición del Mundial dentro de aquella base de datos. El campeonato dejó también un gesto que ya nunca se olvidaría. Ante Suecia, en la fase de grupos, una finta de Cruyff desequilibró a un defensa sueco; aquel giro recibió después el nombre de giro de Cruyff. Conviene precisar algo: antes de él ya se habían hecho recortes semejantes, arrastrando el balón hacia atrás. Lo que ocurrió en 1974 fue que ese gesto se convirtió en un emblema y quedó unido para siempre a su nombre.

Cruyff era el cerebro de aquel sistema y también su motor. Donde aparecía él, aparecía el peligro. En cuanto retrocedía, el central contrario se encontraba ante un dilema: salir a perseguirlo y abrir la defensa, o dejarlo libre para que organizara el juego a sus anchas. Sus desplazamientos obligaban al rival a elegir una y otra vez entre dos malas opciones. Aquellas treinta y seis ocasiones dicen menos de una capacidad individual aislada que de todo un modo de jugar organizado a su alrededor. No era un futbolista instalado en una posición: era el eje que permitía funcionar a aquella filosofía del movimiento.

El llamado giro de Cruyff condensaba también esa filosofía. Su esencia no estaba en la vistosidad, sino en un cambio de dirección inesperado que dejaba atrás al adversario en un instante y abría un espacio para quien llevaba el balón. Todo el dominio del espacio cabía allí en un solo segundo. El mundo lo recuerda no únicamente porque fuera bello, sino porque daba forma viva, con exactitud, a las aspiraciones centrales de aquel fútbol: espacio, libertad, sorpresa.

Por supuesto, el fútbol total no era un monólogo de Cruyff. Neeskens iba y venía sin descanso por el centro del campo: era el motor que no se agotaba. Las acometidas de Rensenbrink por la banda y las transiciones de Krol, Haan y los demás entre el ataque y la defensa eran piezas imprescindibles de la misma máquina. Sin todos aquellos jugadores dispuestos a correr por el sistema, Cruyff no habría podido moverse así. La fascinación de ese fútbol estaba precisamente en que necesitaba tanto a un genio como a un grupo de excelentes futbolistas dispuestos a desempeñar papeles secundarios. Sin una de esas dos partes, no funcionaba.

Aquel modo de jugar apuntaba a un ideal seductor: quitar las posiciones fijas, permitir que cualquiera apareciera en cualquier lugar y convertir el fútbol en pura fluidez.

III. La libertad impone ataduras más pesadas

Resulta fácil ver en el fútbol total un fútbol que se ha liberado de la estructura. Ya no hay posiciones fijas: todos son libres.

Pero aquí se produce una inversión que puede pasar inadvertida. Suprimir las posiciones fijas no suprimió las ataduras; las llevó a su extremo. Para que nadie tenga una posición fija, cada uno debe poder jugar en cualquier posición. Debe leer los espacios de todo el campo, cubrir en cualquier instante el hueco que deje cualquier compañero, correr sin cansarse. Esa supuesta libertad se compra con una carga enorme: una condición física, una comprensión y una disciplina sobrehumanas.

En el terreno de juego se ve de la manera más sencilla. Cuando cada cual conserva su puesto, lo que se exige a un futbolista tiene un límite. Basta con que atienda bien su parcela: tanto la distancia que debe recorrer como el espacio que debe vigilar tienen fronteras. Pero, una vez abolidas las posiciones fijas, el ámbito de responsabilidad de cada jugador pasa a ser, en teoría, todo el campo. Debe estar siempre preparado para aparecer allí donde haga falta, y eso significa que apenas puede detenerse un momento. Llevar ese fútbol hasta sus últimas consecuencias multiplica varias veces el desgaste físico y de concentración que exige un juego corriente.

Las ataduras no desaparecieron. Cambiaron de sitio. Antes la orden era que cada uno ocupara su puesto; ahora era que cada uno supiera cubrir cualquier puesto. ¿Cuál de las dos exigencias resulta más llevadera? Evidentemente, la primera. El fútbol que se juega con mayor libertad es justamente el que más exige. No carece de estructura: ha elevado la estructura a un grado de exigencia que un equipo corriente ni siquiera puede soportar.

Aquí se manifiesta, dentro del fútbol, la verdad más inflexible de la ley del ciclo de cincelar y construir. Las ataduras no se pueden eliminar. Cuando crees haberlas quitado, solo las has desplazado de un lugar a otro. Intentas salir de los límites de la estructura mediante un juego enteramente libre y, al final, ese mismo juego se convierte en una estructura aún más severa.

No es un destino exclusivo del fútbol total. Es el destino común de todo esfuerzo por escapar de las limitaciones. Estas se comportan como una masa que, al apretarla por un lado, se abulta por otro: la aplanas aquí y reaparece allá. Al desaparecer los límites de la posición, llegan los de la capacidad física y la comprensión; al relajarse la obligación de mantener un sitio, se endurece la de dominar todas las facetas del juego. La cantidad total de restricciones no cambia; solo pasan de una forma a otra. La libertad verdaderamente absoluta no existe en un campo de fútbol, del mismo modo que no existe en ninguna otra parte.

Entenderlo permite mirar el fútbol total con algo más de lucidez. Era bello, era nuevo y llevó el fútbol a un lugar sin precedentes. Pero lo que trajo fue el paso a una nueva estructura, más avanzada, no el triunfo de la libertad sobre ella. La estructura antigua era rígida, mecánica, fácil de descifrar; la nueva era fluida, flexible, difícil de atrapar. En último término, ambas eran estructuras, ambas imponían determinadas obligaciones y exigencias a los jugadores. El fútbol total cambió la forma de la estructura, no la estructura misma. Quien cree que la eliminó se ha dejado engañar por la hermosura de su apariencia.

Eso explica también que tan pocos equipos hayan podido practicar de verdad el fútbol total. Exigía tanto de los jugadores que solo aquella generación holandesa, gracias a la coincidencia de un grupo de futbolistas excepcionales tanto por su técnica como por su inteligencia, pudo sostenerlo a duras penas. Con otros jugadores, en otra época, ese juego se derrumbaría de inmediato por no poder sostener sus exigencias. Cuanto más pretende un modo de jugar liberarse de las viejas ataduras, más suele exigir de quienes lo practican. La libertad nunca sale gratis: su factura se cobra en las piernas y en la cabeza de cada jugador.

Por eso, más que romper sus cadenas, el fútbol total se puso unas nuevas, más refinadas y también más pesadas. Eran mucho más bonitas a la vista. Hacían que los jugadores parecieran sueltos, sin trabas, libres para aparecer donde quisieran. Pero el precio de aquella libertad era no poder esconderse ya detrás de una posición fija para ahorrarse esfuerzo; era cargar a cada instante con el campo entero sobre los hombros. El juego que parecía más desenvuelto era, por dentro, el más agotador. Esa es la paradoja de la ley: ocultaba las ataduras bajo el vestido de la libertad, y las ocultaba tan bien que la gente solo veía la libertad.

Así sucede en el fútbol, y ¿acaso no ocurre lo mismo con tantas cosas fuera del campo? Cuando alguien proclama que ha encontrado una organización capaz de hacer a todos enteramente libres, conviene extremar la atención. Según esa ley, cuanto más absoluta es la libertad prometida, más pesadas suelen ser las ataduras que se añaden a escondidas; sencillamente, se han trasladado con habilidad a un lugar donde cuesta verlas. El fútbol total representó sobre el césped precisamente esa fábula.

IV. Tampoco cayó del cielo

El fútbol total no cayó del cielo en 1974.

Contar que Michels lo inventó de la nada, él solo, en Ámsterdam, es simplificar demasiado. Su genealogía es larga. Si se remonta el hilo, aparecen el inglés Hogan, el equipo maravilla de Austria, la selección de oro húngara de los años cincuenta y Reynolds, el antiguo entrenador del Ajax.

Esos nombres dibujan una corriente subterránea que atraviesa décadas y varios países. Hogan llevó al continente europeo una idea del fútbol basada en el pase y los desmarques; el equipo maravilla austriaco de los años treinta la convirtió en un estilo que fluía sin esfuerzo aparente; la Hungría de oro la elevó en los cincuenta a una altura que hizo volver la mirada al mundo entero. El hilo nunca se cortó. Fue asomando en distintos momentos, en distintos lugares y con distintas caras. El fútbol total holandés fue su manifestación más reciente y más deslumbrante, no su origen.

La rama húngara une discretamente 1974 con el Mundial de veinte años antes. En 1954 fue aquella Hungría, favorita del mundo entero y dueña de un juego de una belleza extraordinaria, la que perdió la final ante una Alemania Occidental más práctica. Veinte años después se repitió un argumento casi idéntico. La hermosa gran favorita ya no era Hungría, sino Holanda, y precisamente por las venas de su fútbol corrían los genes de aquella selección húngara. El equipo del fútbol hermoso fue frenado en la final por la pragmática Alemania Occidental: en veinte años, los alemanes lo hicieron dos veces.

Seguir esta genealogía no pretende disputarle el mérito a nadie. Pretende desmontar una ilusión frecuente: la de que todo lo grande sale de la nada, creado por algún genio. Casi nunca ocurre así. Basta excavar un poco bajo cualquier novedad que parezca surgida de repente para encontrar una larga hilera de predecesores. Crece sobre los hombros de quienes vinieron antes; no brota de una piedra. Atribuir todo el mérito del fútbol total a una sola persona produce una historia sencilla y fácil de contar, pero borra una transmisión más verdadera y más conmovedora: generaciones de personas que, en lugares diferentes, fueron haciendo avanzar poco a poco una misma idea.

Entre el delantero centro que retrocedía, encarnado por Hidegkuti en 1953, y el delantero centro itinerante de Cruyff en 1974 median más de veinte años y dos países. Los une, sin embargo, el mismo impulso de salir de una posición fija y desordenar al adversario mediante el movimiento. Visto así, el fútbol total holandés se parece menos a un invento que a una corriente subterránea que, tras acumularse durante décadas, irrumpió aquel verano en un torrente a la vista de todos. La conexión húngara es especialmente concreta. En el Inglaterra-Hungría de 1953, Hidegkuti dio cuerpo al papel del delantero centro retrasado: abandonaba la línea de ataque, dejaba que otros lo rebasaran para avanzar y, al internarse en zonas más profundas, desarticulaba la rígida defensa rival. Aquello no era el sistema completo de 1974, pero sí un antecedente documentado de la lógica de movilidad posicional que después se asociaría a Michels y Cruyff. Los propios húngaros llegaron a decir: «Hogan nos enseñó todo lo que sabemos».

Por eso, la formulación más prudente no es que Michels inventó el movimiento en el fútbol. En aquella larga genealogía que se remonta a Reynolds, Hogan, Austria y Hungría, Michels fue quien sistematizó ese juego, lo llevó al extremo y lo difundió por el mundo. Ninguna construcción tiene un origen puro, y el fútbol total tampoco. No fue el milagro de crear algo de la nada, sino un río antiguo que, a su paso por Holanda, fue conducido a una altura nueva.

Retirarle a Michels la palabra inventor no disminuye en nada su obra. Reunir lo heredado, llevarlo a su culminación y conseguir que unas ideas dispersas por la historia cuajen en un sistema completo, capaz de ganar partidos y de perdurar, ya constituye una creación extraordinaria. Solo que no es una creación de la nada: hace llegar un caudal mayor por el cauce que otros habían preparado. Convertirla en el mito de una aparición repentina oculta, precisamente, la genealogía que de verdad merece la pena, la que se prolonga durante décadas.

V. Adelantarse y después perder

La final se jugó en Múnich el 7 de julio de 1974.

El comienzo dejó una de las secuencias mejor documentadas de la historia del fútbol. Después del saque inicial, los holandeses encadenaron dieciséis pases, según los registros, sin que ningún jugador de Alemania Occidental hubiera tocado aún el balón. Acto seguido, Cruyff entró con la pelota en el área alemana, Hoeness lo derribó y el árbitro inglés Taylor señaló penalti. Era el primero de la historia de las finales de la Copa del Mundo. Neeskens lo convirtió. Habían transcurrido ochenta y ocho segundos, y aquel sigue siendo el gol más rápido de una final del Mundial masculino. Holanda ya ganaba y Alemania Occidental seguía sin haber tocado el balón.

Aquel arranque parecía una metáfora hecha a la medida de Holanda. Dieciséis pases sin que el rival pudiera tocar el balón: difícilmente podía expresarse con mayor plenitud aquella filosofía del dominio del espacio. Ponerse por delante antes de que transcurriera un minuto y medio parecía, además, una invitación del destino a aquel equipo hermoso, como si le dijera que el título le correspondía. En ese instante, probablemente el mundo entero pensó que Holanda iba a ganar, y que lo haría de una manera a la altura de su fútbol.

Aquel penalti inicial tenía también un peso propio e incontrovertible. Fue el primero señalado en una final del Mundial: ese es un registro firme, no una leyenda. Un equipo que hacía del dominio del espacio su principio rector comenzó la final con una sucesión de pases que negaba el balón al contrario, lo forzó a cometer una falta y obtuvo así un penalti. Era casi como si su filosofía futbolística presentara ante el mundo, de la forma más directa posible, su alegato de apertura. Por un instante, Holanda jugó exactamente como aspiraba a ser.

Pero la historia torció ahí su rumbo. En el minuto veinticinco, Alemania Occidental recibió también un penalti. Según Taylor, Jansen le había puesto o intentado poner una zancadilla a Hölzenbein; después negaría siempre que hubiera señalado la pena máxima solo para compensar la primera. Breitner la transformó. Luego, en el minuto cuarenta y tres, Müller marcó el gol decisivo. Alemania Occidental, 2-1. Un equipo más práctico, de estructura más estable, con Beckenbauer de líbero por detrás y Müller de rematador por delante, venció al equipo que jugaba con mayor libertad.

El segundo penalti nunca dejó de discutirse. Taylor sostuvo hasta su muerte que había acertado, pero Vogts, muchos años después, en 1997, ofreció otra versión: consideraba que el penalti concedido a Alemania Occidental había sido un error. Como sucede con tantos casos antiguos sin resolver, que el penalti se señaló es un hecho establecido; que se señalara con justicia quedó convertido en una discusión interminable. Pero, fuera o no penalti, hay algo que no debe perderse de vista: la victoria de Alemania Occidental no fue inmerecida. No robó el título por azar gracias a una decisión polémica. Era un equipo verdaderamente fuerte, con un juego maduro y propio, que consiguió darle la vuelta al partido cuando iba perdiendo.

Para explicar cómo pudo Holanda pasar de aquel comienzo soñado a la derrota se han propuesto muchas razones, ninguna de las cuales constituye una prueba concluyente. Unos sostienen que marcar tan pronto la relajó, que empezó a querer juguetear con el rival y se olvidó de ampliar la ventaja. Otros afirman que el marcaje y los ajustes alemanes fueron dando fruto. Todas esas explicaciones tienen algo de sentido, pero son reconstrucciones posteriores, no hechos que pudieran verificarse en el momento. El partido real fue el resultado de innumerables jugadas, decisiones y pequeñas dosis de suerte entrelazadas. Atribuirlo a una sola causa, por convincente que esta parezca, siempre es simplificarlo a posteriori.

Solo hay un hecho sencillo que pueda darse por seguro: Holanda se adelantó, le empataron, la superaron y terminó perdiendo. Lo demás son interpretaciones enfrentadas. Alemania Occidental, por su parte, ganó con pleno mérito. En una final de la Copa del Mundo, recibir un gol antes de los dos minutos, mantener la calma, igualar el marcador y después ponerse por delante demuestra ya una capacidad extraordinaria. No deslumbra como el fútbol total ni se presta tan fácilmente a la leyenda. Pero es una capacidad real, y fue la que acabó decidiendo quién se llevaba la copa.

El papel de Beckenbauer en aquella Alemania Occidental tiene un significado particular. Por detrás de la línea defensiva ocupaba la posición llamada líbero: no tenía que pegarse a un adversario concreto, sino actuar según lo pidiera la situación, proteger desde atrás o iniciar el ataque desde campo propio. También aquello aflojaba la rigidez de las posiciones. No había, por tanto, un equipo enteramente fluido frente a otro enteramente rígido. Alemania Occidental también disponía de flexibilidad; solo que la suya descansaba sobre un conjunto más estable, en lugar de disolver al equipo entero en el movimiento. Cada selección combinaba fluidez y firmeza en una proporción distinta.

¿Cómo perdió Holanda su ventaja? En la respuesta más rigurosa, la táctica explica solo una parte. Lo que puede establecerse directamente es que aquella ventaja duró hasta el minuto veinticinco, que antes del descanso el marcador ya se había invertido y que Alemania Occidental ganó después de recibir el primer gol. Los análisis tácticos posteriores insisten en el marcaje al hombre de Vogts sobre Cruyff y en el control cada vez mayor que Alemania Occidental fue ejerciendo a través de Beckenbauer, Hoeness y Overath. Pero son lecturas posteriores, no pruebas estadísticas disponibles en aquel momento. Tomarlas como análisis táctico retrospectivo es perfectamente válido; tratarlas como evidencia indiscutible establecida durante el partido es ir demasiado lejos.

VI. Perdieron el título y quedaron como vencedores

Alemania Occidental se llevó la copa. La leyenda quedó para Holanda.

Aquella Holanda de 1974 pasó a formar parte de los equipos sin título más admirados de la historia del fútbol. Cruyff diría después algo cuyo sentido era este: tal vez los verdaderos vencedores habían sido ellos, porque el mundo recordaba a su equipo con mayor viveza. Pero esa afirmación describe un hecho de la memoria; no demuestra que, en algún sentido objetivo, fueran realmente superiores.

Son dos cosas que suelen confundirse y cuyo peso es muy distinto. La memoria tiene preferencias. Un equipo que deleita al espectador se recuerda, se añora y se vuelve a contar con mayor facilidad, aunque haya perdido. Un equipo sólido, ganador pero menos vistoso, puede acabar arrinconado por esa misma nostalgia. Se produce entonces un desajuste: el que permanece con más fuerza en el recuerdo no tiene por qué ser el que ganó; el más celebrado no tiene por qué ser el que alcanzó la cima. Pero permanecer en el recuerdo y ser celebrado, por mucho que ocurra, no equivale a ganar.

Una parte de la persistencia de Holanda en la memoria se debe precisamente a que perdió. Si un equipo hermoso se proclama campeón según lo previsto, su belleza queda absorbida por la plenitud del título, y lo que se cuenta es, al fin y al cabo, otra historia de un grande que llegó a la cima. Cuando ese equipo pierde, en cambio, su belleza adquiere un fondo trágico, la melancolía de algo deseado y no alcanzado; resulta más cautivadora y más difícil de olvidar. Holanda compró su inmortalidad con el campeonato que no pudo conseguir. Suena cruel, pero así funciona realmente la memoria: prefiere el anhelo insatisfecho a la plenitud.

Hay aquí una separación fundamental: los registros por un lado, el corazón por otro. Los registros son fríos. Solo reconocen el 2-1 escrito en sus páginas y que el título de campeón del mundo pertenece a Alemania Occidental. El corazón es cálido: esquiva el registro y reasigna en silencio la corona a su favorito. Cada una de esas dos formas de juzgar tiene sus razones y sus puntos ciegos. El problema empieza cuando se toma la preferencia del corazón por una rectificación del registro, cuando se cree que el recuerdo más vivo de Holanda demuestra que debió ganar el Mundial. Pero las preferencias de la memoria no alteran el resultado del campo, igual que la nostalgia más profunda no borra ese gol de diferencia en el marcador.

Dicho esto, que Holanda se ganara un recuerdo tan duradero después de perder es también algo extraordinario. Demuestra que nunca se mira el fútbol únicamente por el resultado. Lo que un equipo pone en juego, su carácter, su imaginación, su manera de comprender el fútbol, puede conmover más que una copa y resistir mejor el paso del tiempo. El título pertenece a Alemania Occidental, desde luego. Pero si se pregunta qué equipo cambió de verdad la forma de imaginar el fútbol de quienes vinieron después, probablemente haya que responder que Holanda. Una cosa es el desenlace en el terreno de juego y otra la influencia histórica. No tienen por qué coincidir.

Así dejó 1974 un contraste nítido. Cada uno de los dos equipos se llevó algo. Alemania Occidental se llevó la copa, con todo su peso y con su título escrito negro sobre blanco. Holanda se llevó una leyenda sin copa que duró más que la copa. ¿Cuál pesa más? Probablemente nunca haya una respuesta única, porque depende de la vara con la que se mida. Con la del terreno de juego, ganó Alemania Occidental; con la del corazón y la historia, también ganó Holanda. Dos varas distintas producen dos vencedores. Ahí reside precisamente la singularidad de 1974.

Conviene distinguir las cosas. Decir que un equipo debía ganar o que era el más fuerte es emitir una valoración; ser campeón del mundo es figurar en el registro. Holanda llegó invicta a la final, arrolló a Argentina y a Brasil y se adelantó antes de que Alemania Occidental tocara el balón. Son hechos que sostienen la idea de que debía ganar. Pero Alemania Occidental era la vigente campeona de Europa, contaba con Beckenbauer y Müller en su plenitud y ganó de verdad por 2-1 sobre el césped. El más fuerte es un juicio; campeón del mundo es un resultado establecido.

Aquí se esconde una inversión todavía más profunda. Holanda se volvió inmortal justamente porque perdió. De haber ganado, habría sido un campeón del mundo más, como los demás. Fue aquella derrota la que la convirtió en un símbolo romántico eterno. La belleza celebrada en todo el planeta se levanta sobre la final que no pudo ganar. Lo que el registro le quitó se convirtió en el alimento del mito. Hace falta añadir una precisión: la admiración inmediata por el perdedor hermoso fue real, pero esa imagen, ya completa y fijada, se fue construyendo sobre todo después, poco a poco.

Reconocerlo no pretende estropearles el recuerdo a los aficionados holandeses. Se trata de dar a cada una de las dos verdades su lugar. La belleza con la que jugó aquel equipo y la profundidad del afecto que despertó son una verdad que nadie puede negar. Que Alemania Occidental ganó realmente aquella tarde es otra verdad, igual de innegable. Hinchar la primera hasta convertirla en la afirmación de que Holanda debió ser campeona excede sus límites; reducir la segunda a que Alemania Occidental solo tuvo suerte es igualmente injusto. La belleza fue de Holanda, el título de Alemania Occidental. Ambas cosas pueden coexistir sin que haya que decidir a toda costa quién fue el verdadero vencedor.

VII. También aquel juego acabó convertido en fórmula

Al fútbol total le aguardaba otro desenlace, cargado de significado.

Su alma era el movimiento, la oposición a todo lo fijo. Pero, con el tiempo, él mismo se convirtió en algo fijo y venerado: una filosofía con nombre propio, una etiqueta de manual, un monumento. El juego que había suprimido las posiciones fijas acabó siendo un monumento inmóvil. El gesto de negación que disolvía la estructura terminó cuajando en una estructura nueva.

El desenlace roza la ironía. Un modo de jugar cuya razón de ser consistía en quebrar lo fijo acabó convertido en una nueva forma fija. Los entrenadores posteriores hablaban del fútbol total como de un clásico al que había que admirar, estudiar y reproducir. Pasó de ser un verbo, una negación viva que estaba sucediendo, a ser un sustantivo, un monumento muerto colocado en su pedestal. Negó la vieja estructura y fue consagrado él mismo como una nueva, a la espera de que otros vinieran a negarla otra vez.

Con el fútbol total, la ley del ciclo de cincelar y construir completó una vuelta entera. Él mismo había sido un golpe de cincel contra las formaciones fijas que lo precedían, una negación rotunda. Pero, una vez asestado el golpe, no permaneció en el estado de negación. Rápidamente se solidificó en una construcción nueva, en una nueva ortodoxia venerada. Y toda construcción, por muy heterodoxa que fuera al nacer, queda destinada, en cuanto se sostiene en pie, a recibir el siguiente golpe de cincel. El fútbol posterior siguió avanzando a través del estudio, la imitación y la superación del fútbol total.

Entenderlo cambia la manera de percibir la evolución del fútbol. No es una línea recta que asciende hacia una perfección definitiva. Son ciclos sucesivos de cincelar y construir, de negar y volver a negar. Cada generación cree haber encontrado la mejor manera de jugar y vuelca todas sus fuerzas en levantar con ella una cumbre. Lo primero que hace la generación siguiente es buscar cómo abrirse paso a golpes de cincel por esa cumbre, atravesarla y levantar otra al otro lado. El fútbol total es una de las cimas más deslumbrantes de ese recorrido, pero, como todas las demás, está para ser rebasada, no para instalarse en ella de una vez y para siempre.

Por eso está condenado al fracaso cualquier intento de venerar una forma de jugar como si fuera la forma definitiva del fútbol. En su momento de mayor esplendor, el fútbol total parecía el punto final de la evolución, como si a partir de entonces bastara con seguir la dirección que había señalado. La historia no siguió ese camino. Fue asimilado, transformado, cincelado a su manera por una generación tras otra. El punto final nunca llegó, porque no existe tal punto final.

Hay algo más. Incluso aquella forma de jugar, la más avanzada de su tiempo, encontró quien supiera contrarrestarla y neutralizarla, y perdió la final. El fútbol posterior no se detuvo en el fútbol total. Lo incorporó, lo estudió, aprendió a contrarrestarlo y lo rebasó para seguir adelante. No se puede escapar de este ciclo inventando un sistema definitivo. Ese sistema definitivo se convierte enseguida en la siguiente construcción que habrá que superar.

Es una de las demostraciones más puras de la ley del ciclo de cincelar y construir. Un golpe de cincel, la negación de las posiciones fijas que llevó a cabo el fútbol total, se convirtió, una vez dado, en una construcción: un monumento que los sucesores tendrían que volver a cincelar y rebasar. La forma de jugar que más quiso librarse de lo fijo acabó fijada ella misma. Nadie puede producir un fútbol que no envejezca, del mismo modo que nadie puede cincelar una construcción que no vuelva a ser cincelada.

A quienes esperan siempre la llegada de un modo de jugar definitivo les cuesta oírlo. Cada cierto tiempo aparece en el fútbol una nueva forma de juego elevada a la categoría de revolución, y se cree que por fin se ha encontrado la respuesta última para ganar. El destino del fútbol total muestra que tal respuesta no existe. Por avanzado que sea un sistema, en cuanto adquiere una forma estable ofrece al rival un blanco que estudiar y desarmar; en cuanto se consagra como clásico, se convierte en un marco que limita la imaginación de los que llegan después. La revolución de hoy será aquello contra lo que habrá que hacer la revolución mañana. No es un defecto del fútbol. Es la razón de que nunca se agote y de que siempre haya algo nuevo que ver.

VIII. Cierre

Recojamos todos los hilos.

En 1974, el fútbol emprendió uno de sus intentos más ambiciosos: servirse del fútbol total para escapar de las posiciones fijas y jugar con una libertad absoluta. Era un sueño hermoso, pero chocó con varios muros de la ley del ciclo de cincelar y construir.

El primer muro: al intentar quitar las ataduras, estas no desaparecen, sino que surgen en otro lugar. El fútbol enteramente libre es el más exigente; el reverso de la libertad es una carga más pesada sobre cada jugador. El segundo: ni siquiera aquel juego, el más audaz, pudo cerrar una final a su favor. Se adelantó, jugó con mayor belleza, fue amado por el mundo entero y, aun así, perdió. El sistema más avanzado sigue siendo otra construcción que puede ser contrarrestada y superada. El tercer muro: aquel fútbol cuya alma era la fluidez acabó petrificado en un monumento fijo y se convirtió, a su vez, en algo que los siguientes tendrían que abrir a golpes de cincel.

Los tres muros dicen, juntos, una misma cosa: de la estructura no se escapa. Puedes elevarla a una altura nueva, darle una forma inédita y fascinante, producir con ella una belleza nunca vista. Lo que no puedes hacer es abolirla ni saltar fuera de ella. El fútbol total llevó esa verdad hasta sus últimas consecuencias. Precisamente porque fue el intento que más cerca estuvo de liberarse de la estructura, su fracaso resulta el más convincente. Si ni siquiera él pudo escapar, nadie puede hacerlo.

Debajo de todos estos razonamientos siguen estando unas personas concretas. Aquella selección holandesa no era un símbolo abstracto de la belleza. Eran once futbolistas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que se cansaban, se equivocaban y sufrían después de perder. El mundo los convirtió en un emblema romántico eterno, pero dentro de tanto afecto se ocultaba también una desatención difícil de advertir. Lo que se amaba era el ideal de belleza destilado de ellos. Entretanto, el desconsuelo de cada uno de aquellos hombres que habían pisado de verdad el césped de Múnich, que de verdad habían querido ganar el campeonato y que de verdad lo habían perdido quedaba cubierto, con suavidad, por aquella aureola. Para unas personas que en realidad perdieron, ser recordadas como vencedoras no tiene por qué ser solo un consuelo.

La historia de 1974 superpone varias cosas en un mismo Mundial. El juego que quería librarse de toda atadura resultó ser el más atado; el equipo que jugaba con mayor belleza no ganó el título; la idea más opuesta a lo fijo terminó siendo el modelo fijo más venerado; unas personas que habían perdido quedaron en la memoria como vencedoras. Esas inversiones parecen inconexas, pero en el fondo dicen lo mismo: por mucho que quieras escapar, el ciclo te espera justo allí donde creías haber quedado fuera de él.

El fútbol total, el intento más espléndido de liberación, no logró liberarse. Pero su fracaso no reduce en nada su grandeza. Al contrario: precisamente porque lo intentó con tanta fuerza y voló tan alto, dejó ver con tanta claridad los muros contra los que chocó. Con su propio destino convirtió aquella ley en la lección más hermosa de la historia del fútbol.

Y el equipo derrotado quedó en el recuerdo como el verdadero vencedor. Fue una muestra del afecto de la memoria, pero también borró cosas en silencio. Aquel juego que proclamaba que todos podían intercambiar posiciones nunca dejó de depender de una persona insustituible, Cruyff. Aquellos futbolistas convertidos en un símbolo hermoso eran también personas de carne y hueso que habían querido ganar de verdad y habían perdido de verdad. El mito los alzó muy alto, pero al hacerlo tapó también la pérdida concreta, individual y vivida de cada uno. Un juicio posterior reconoció como campeón al derrotado; la copa, sin embargo, se la había llevado otro equipo.

En último término, el estadio de Múnich de 1974 albergó un dilema eterno del fútbol. De un lado, el impulso de perseguir la belleza y la libertad hasta el extremo; del otro, el deber de resolver con seriedad la cuestión de ganar o perder. A menudo no se pueden tener ambas cosas. Holanda eligió lo primero y jugó un fútbol celebrado durante medio siglo, pero aquella tarde no pudo conservar la ventaja. Alemania Occidental eligió lo segundo: deslumbró menos y se llevó a casa, de verdad, la copa. ¿Cuál de las dos elecciones fue más acertada? La pregunta no tiene respuesta, porque no trata de acierto o error, sino de qué se le pide al fútbol. Unos quieren la victoria de ese instante; otros, una belleza que no pierda nunca su luz. La amplitud del fútbol consiste precisamente en que puede dar cabida a ambos sin que ninguno tenga que convencer al otro.

Por eso mismo, aquel Mundial ha resistido tanto tiempo en la memoria. No ofreció una respuesta limpia y terminante: dejó una pregunta más honda, con toda su tensión intacta. El más fuerte puede quedarse sin título; el campeón puede quedar fuera del recuerdo; el que más quiere soltarse acaba con las ataduras más apretadas; el más libre paga el precio más alto. Esas inversiones difíciles de enunciar no son errores de la historia. Son la forma que tiene la historia. Comprender 1974 es comprender que el fútbol nunca ha sido una cuenta con una respuesta correcta. Se parece más a un espejo que refleja el anhelo humano de perfección y esa pequeña distancia que el anhelo nunca consigue salvar.

La propia idea de escapar del ciclo mediante una forma definitiva de jugar sigue estando dentro del ciclo. El fútbol más libre no pudo cerrar una final a su favor; el juego más fluido acabó convertido en fórmula; y el título que no se ganó permaneció en el recuerdo más tiempo que muchos títulos conquistados. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.