Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
EN | 中文 | 日本語 | Français | Deutsch | Español | 한국어
← Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 7 de 22

Wembley

Se puede decidir el resultado, pero no establecer la verdad

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. La cuna del fútbol por fin gana

En 1966, Inglaterra levantó la Copa del Mundo en casa. Sigue siendo la única que ha ganado.

Aquel triunfo tenía un peso particular. Habían sido los ingleses quienes fijaron las reglas del fútbol y lo difundieron por el mundo. Sin embargo, su país de origen mantuvo durante mucho tiempo las distancias con el Mundial. Inglaterra ni siquiera participó en la primera edición, la de 1930: se consideraba por encima de aquella competición recién nacida. Tuvieron que pasar varias décadas para que el país que había puesto el balón a rodar por todo el planeta conquistara, ante su público, el trofeo que antes había mirado por encima del hombro.

El contraste salta a la vista. Aquel país había establecido las reglas del deporte; en sus fábricas y escuelas había tomado forma el fútbol moderno. Y, sin embargo, precisamente ese país que había llevado el juego a todo el mundo decidió quedarse al margen cuando nació el Mundial. Una competición organizada por otros no le parecía a la altura de su categoría. Se tenía por el padre del fútbol, no por un participante más. Cuando por fin se bajó del pedestal y se puso a disputar en serio aquella copa, ya habían transcurrido varias décadas.

Así que lo ocurrido en 1966 no fue tanto el regreso del fútbol al hogar al que estaba destinado a volver. Fue, más bien, que su altiva cuna aceptó por fin salir al campo y jugarse la victoria, como todos, en un terreno gobernado también por el azar. Y esa vez le tocó ganar. No tenía más derecho a hacerlo que los demás, ni su triunfo estaba más escrito que el de nadie. Se quedó con la copa en casa gracias a las distintas ventajas de ser anfitriona y a aquella jugada que todavía hoy nadie consigue aclarar.

Reconocerlo no resta un ápice de realidad al título inglés. Inglaterra ganó, sus jugadores se dejaron la piel y aquel equipo sin extremos tenía, sin duda, cualidades fuera de lo común. Lo que hay que rechazar es únicamente el relato que envuelve esa victoria en un misterioso retorno del fútbol a sus orígenes. Una victoria es una victoria: nace de lo que sucedió realmente durante aquellos noventa minutos y los treinta de prórroga, incluida aquella jugada que nadie consigue aclarar. No necesita que el destino le ponga un halo para darle más brillo.

Más tarde se hizo célebre una frase: «El fútbol vuelve a casa». La idea era que, después de dar la vuelta al mundo, el fútbol regresaba por fin al lugar donde había nacido. Conviene precisar que la frase no pertenece a 1966. Procede de una canción escrita para la Eurocopa de 1996 y empezó a sonar de verdad aquel verano en que Inglaterra volvió a organizar un gran torneo. El sentimiento que unía a Inglaterra, el origen del fútbol y el título de 1966 sí venía de antes. Pero esa formulación concreta, «el fútbol vuelve a casa», es de 1996, no de 1966.

Distinguir ambas fechas no es una manía de quisquilloso. Que un lema escrito para el torneo de 1996 se coloque sin más sobre lo sucedido en 1966 revela precisamente la fuerza del deseo de contar aquel triunfo como un regreso feliz al lugar que correspondía. Se ansía tanto encontrar una fórmula hermosa para explicarlo que hasta una letra compuesta treinta años después acaba reconocida, retrospectivamente, como la voz de aquel momento.

La distinción importa porque «el fútbol vuelve a casa» lleva dentro una idea que entra muy bien por el oído, pero resiste mal un examen: parece que el fútbol tuviera que volver a su cuna, que la victoria de Inglaterra ante su público fuera la restitución de un orden predestinado. Las cosas no encajan con tanta facilidad. Que el país de origen ganara en casa no fue la consumación de un destino, sino una victoria que ocurrió. Y, desde aquel mismo día, la pregunta de si se consiguió limpiamente se convirtió en un caso que sigue sin poder cerrarse.

II. Aquel balón de Wembley

El caso nació en la final.

30 de julio de 1966, Wembley. Inglaterra contra Alemania Federal. El tiempo reglamentario terminó con empate a dos y el partido se fue a la prórroga. Haller había adelantado a los alemanes en el minuto doce; Hurst igualó en el dieciocho, y Peters puso por delante a Inglaterra en el setenta y ocho. Pero Weber empató para Alemania Federal en el noventa.

Fue una final de tira y afloja. Alemania Federal se adelantó primero; Inglaterra empató y luego se puso por delante, antes de que los alemanes restablecieran la igualdad. Sobre todo, aquel gol de Weber en el minuto noventa, casi en el último instante antes del pitido final, volvió a arrebatar a los ingleses un título que ya estaban a punto de tocar. El tiempo reglamentario concluyó con el 2–2 y toda la incertidumbre se trasladó a los treinta minutos adicionales. Wembley entero, con más de noventa mil espectadores, estaba con los nervios a flor de piel.

La verdadera controversia llegó en la prórroga. En el minuto 101, Hurst se giró dentro del área y disparó. El balón golpeó la parte inferior del larguero, cayó con fuerza junto a la línea de gol y salió rebotado. Ni el árbitro suizo, Dienst, estaba seguro de si había cruzado la línea por completo. Corrió a consultar al juez de línea de aquel extremo del campo, Bahramov. Era soviético, de Azerbaiyán, no de etnia rusa; aun así, en Inglaterra se lo conocería durante mucho tiempo como «el juez de línea ruso». Dienst diría después que fue la expresión de Bahramov la que le indicó que había sido gol.

Y el gol subió al marcador. Inglaterra se puso 3–2 y, en el minuto 120, Hurst marcó de nuevo para establecer el 4–2 definitivo. Una selección se aseguró la Copa del Mundo con un gol que ni siquiera el árbitro había visto con claridad y para cuya concesión tuvo que guiarse por la expresión del juez de línea.

Dienst reconoció que desde su posición no podía ver bien si el balón había cruzado o no. Por eso dejó el juicio en manos del juez de línea de aquel lado. Pero este tampoco estaba cerca: más que una conclusión fundada en una visión nítida, lo que ofreció fue una reacción instantánea. Dos hombres, separados por cierta distancia, decidieron en unos segundos, con un gesto y una expresión, en qué manos acabaría un Mundial. El contraste entre el enorme peso de la decisión y la endeblez de lo que la sostenía resulta hiriente.

Y ese contraste es, precisamente, lo habitual en el fútbol, aunque normalmente no llame tanto la atención. En un partido hay innumerables instantes que dependen de una decisión arbitral tomada a toda velocidad: fuera de juego o no, mano o no, dentro o fuera. La mayoría de esas decisiones no determina el desenlace; si hay un error, se queda en eso y nadie se detiene demasiado a examinarlo. Pero cuando sucede en una final mundialista, en el gol que decide quién será campeón, aquella fragilidad que solemos pasar por alto se agranda sin medida. La cima de toda la pirámide descansa sobre un juicio de unos segundos acerca de algo que no se ha visto bien.

Quizá sea esa fragilidad lo que hace que aquel balón siga escociendo tanto. Pincha una ilusión en la que nos gusta creer: que en la competición del máximo nivel el campeón debe salir de una superioridad indiscutible y quedar decidido con absoluta claridad. La realidad, sin embargo, muestra que hasta un título mundial puede pender de un instante que el propio árbitro no alcanza a ver. Resulta una verdad incómoda. Por eso se prefiere discutir una y otra vez sobre el balón antes que admitir sin más que incluso la cumbre de la gloria se levanta sobre unos cimientos tan poco firmes.

Esa falta de firmeza pertenece, en realidad, a la naturaleza del fútbol; casi siempre queda oculta. Detrás de cada copa resplandeciente hay infinidad de momentos semejantes: un disparo que roza el poste y sale en vez de entrar, un fuera de juego señalado o no señalado, una decisión que pasa por la cabeza de un árbitro en una fracción de segundo. Si se les quitara a esos instantes su parte de azar, quizá la historia sería otra. Pero, al mirar atrás, acostumbramos a fijarnos solo en el resultado y a ignorar la espesa trama de casualidades del camino que condujo hasta él.

III. ¿Cruzó aquella línea?

¿Llegó el balón a cruzar la línea?

Todavía hoy la pregunta no tiene respuesta. Las dudas no aparecieron mucho después. Una crónica de una revista estadounidense de la época contaba que, incluso tras volver a ver la repetición por televisión, pocos de los observadores presentes se habrían atrevido a jurar que aquello había sido gol. Es decir, la sospecha ya estaba allí en el momento de la jugada; no nació de un resentimiento alemán posterior al partido.

Esto importa. Si las dudas hubieran surgido solo después del partido y únicamente entre quienes perdieron, habría sido fácil despacharlas como el resentimiento del derrotado. Pero lo cierto es que, en el momento mismo del gol, ni los espectadores neutrales se atrevían a poner la mano en el fuego. Lo dudoso de aquel balón no nacía de un prejuicio de parte. Era el propio instante el que resultaba lo bastante confuso como para que nadie, lo mirase quien lo mirase, pudiera dar una respuesta con plena seguridad.

Es curioso que los relatos surgidos alrededor de la jugada no hayan dejado de añadirle dramatismo. Aquel juez de línea era azerbaiyano, pero los ingleses lo recordaron durante años como ruso, como si solo al situarlo en el gran escenario del enfrentamiento entre Oriente y Occidente pudiera su decisión adquirir suficiente trascendencia. Cuesta aceptar que un fallo arbitral sea únicamente el juicio corriente de una persona corriente en un instante. Hay que cargarlo siempre con un significado mayor, aunque ese significado se haya añadido de la nada.

Hubo después quienes intentaron esclarecerlo mediante la técnica. Unos investigadores de Oxford reconstruyeron la jugada a partir de antiguas imágenes tomadas desde dos ángulos distintos. Su conclusión fue que el balón había botado sobre la línea y que, incluso llevando el margen de error al peor de los casos, le habían faltado al menos tres pulgadas para cruzarla por completo. Sin embargo, en 2016 otra reconstrucción moderna llegó a la conclusión contraria: el gol estaba bien concedido. Ambas dedujeron lo ocurrido a partir de viejas películas. Ninguna era tecnología de línea de gol operativa en aquel momento ni una revisión del fallo por parte de una autoridad competente. Así que ninguna logró cerrar realmente el caso.

Que dos reconstrucciones llegaran a conclusiones opuestas dice mucho. Partían de las mismas imágenes antiguas y del mismo empeño sincero en averiguar la verdad; sin embargo, cuanto más se afanaban en calcular, más incompatibles resultaban sus respuestas. No se debe a que una de las partes hiciera las cuentas sin suficiente cuidado. Se debe a que la información contenida en aquellas imágenes no basta para sostener una conclusión única e indiscutible. Por precisa que sea la regla con que midamos algo borroso, lo que obtendremos seguirá siendo borroso.

Eso es lo más frustrante del enigma y lo que nos deja más indefensos ante él. No se parece a otros misterios cuya respuesta todavía no se ha encontrado, pero que un día acabarán por aclararse cuando mejoren las técnicas y aparezcan todos los materiales. Aquí la imposibilidad de una respuesta exacta está en el origen: el instante del que dependía todo ya quedó borroso al ser registrado. Quienes vinieron después solo pueden mirar una y otra vez aquella borrosidad. Y de lo borroso no se puede arrancar una certeza.

La discusión, por tanto, está condenada a continuar para siempre. Generación tras generación, los aficionados alemanes e ingleses volverán a sacar aquellas imágenes, cada cual con su versión y sin convencer al otro. No será por falta de racionalidad, sino porque aquello sobre lo que discuten no tiene una respuesta capaz de convencer a todos. Algunas disputas se apagan cuando aparece la prueba que las resuelve. Esta quedará abierta para siempre porque la prueba que podría apagarla nunca existió. Es un caso sin fecha de cierre.

Precisamente la falta de solución explica que el caso haya durado tanto. Una controversia resuelta va perdiendo calor a fuerza de repetirse. En cambio, una que nunca se puede zanjar pasa de una generación a la siguiente: cada una cree que quizá verá algún detalle nuevo y no resiste la tentación de volver a intentar alcanzar aquella respuesta inalcanzable. Su vitalidad nace de que no puede terminar. Una pregunta que jamás llega a cerrarse acaba viviendo más que una respuesta cerrada pronto.

En torno al juez de línea se extendió también una leyenda. Se decía que, ya de anciano, al explicar su decisión de entonces había pronunciado una sola palabra: «Stalingrado». La insinuación era que había llegado la hora de que los alemanes pagaran lo que debían por aquella ciudad. La historia tiene fuerza dramática, pero no resiste la comprobación. Algunos historiadores han señalado que no existe ninguna prueba de que Bahramov pronunciara esa frase, y él mismo la negó. Por eso lo de Stalingrado solo puede tratarse como una leyenda añadida después, no como un hecho.

IV. El registro puede cerrarse; la verdad, no

El registro oficial de aquel gol está cerrado. El resultado es 4–2, Hurst hizo un triplete e Inglaterra es la campeona. Desde aquel día, ningún organismo del fútbol ha vuelto sobre el resultado para modificarlo. En el plano del registro, el asunto quedó zanjado y no hay discusión.

Pero bajo ese registro tan limpio descansa una pregunta que nunca termina de cerrarse: ¿cruzó el balón la línea? El registro no puede resolverla. Puede decir cuál fue el resultado, pero no si ese resultado fue el correcto.

Normalmente ambas cosas coinciden, hasta el punto de que es fácil tomarlas por una sola. Casi siempre el balón entra con claridad y el resultado anotado encaja exactamente con lo sucedido. En esos casos, el registro es la verdad y no hace falta distinguirlos. Pero en cuanto aparece aquel balón suspendido sobre la línea, las dos cosas se separan. El registro sigue ahí y tiene que ofrecer una conclusión tajante; la verdad, en cambio, se retira a un lugar al que nadie puede llegar.

Un partido tiene que dar un resultado. Aquel balón o cuenta como gol o no cuenta; no hay una tercera opción. Además, el árbitro tiene que decidirlo allí mismo, en unos segundos. El encuentro no puede quedarse detenido a la espera de una respuesta exacta que nunca llegará. Debe seguir, debe tener un marcador y debe decidir quién gana y quién pierde. Ese cierre obligatorio es ya una construcción: un juicio impuesto a la realidad.

En el fondo, todos los resultados del fútbol son una construcción impuesta de esa manera. Un partido dura noventa minutos y al final tiene que haber un marcador; un disparo es gol o no lo es, sin espacio intermedio para la ambigüedad. Ese sistema de reglas obliga a una realidad caótica, continua y llena de contingencias a reducirse, en cada punto decisivo, a una alternativa entre sí y no. La mayoría de las veces la reducción no plantea problemas porque la realidad es suficientemente clara. Pero en su entraña sigue siendo una operación que fuerza a lo incierto a convertirse en cierto.

El fútbol no puede eludir esa imposición. No puede permitirse, como otros asuntos, un «pendiente», un «dudoso» o un «ya se verá». Suena el silbato y el juego tiene que continuar; el balón llega a la línea y hay que decidir en el acto si vale o no. No dispone del lujo de detenerse hasta encontrar una respuesta perfecta. Por eso debe aceptar que algunas de sus decisiones serán, inevitablemente, soluciones provisionales: resoluciones que se toman sin poder aclarar la verdad, porque hacen falta para que el partido siga adelante.

Esa necesidad distingue al fútbol de otros ámbitos con más margen para esperar. Un enigma histórico puede quedar sin resolver y dejarse para quienes vengan después. Un problema científico puede permanecer abierto hasta que haya mejores experimentos. Ambos se pueden permitir la espera. El fútbol, no. Cada partido tiene que producir un resultado en noventa minutos y cada decisión polémica ha de resolverse sobre la marcha. La obligación de juzgar contra el reloj pone especialmente al descubierto algo: a veces no se decide porque se haya visto con claridad, sino porque es imposible no decidir, y se toma una decisión como se puede.

Entenderlo no significa desautorizar a los árbitros ni derribar las reglas del fútbol. Al contrario: precisamente porque la realidad suele ser ambigua hace falta que alguien asuma la responsabilidad de decidir cuando llega la hora de dar un resultado. Un árbitro que se negara a resolver y lo dejara todo en duda paralizaría por completo el partido. La cuestión no es si debe decidir, sino si estamos dispuestos a reconocer que esas decisiones inevitables llevan consigo la posibilidad de error y no merecen ser veneradas como verdades absolutas. Admitir sus límites y respetar su autoridad no son cosas incompatibles.

A veces, sin embargo, la realidad no colabora. En ocasiones el balón cruza la línea con claridad y la decisión encaja exactamente con la verdad. En otras, parece quedar suspendido sobre ella y nadie puede estar seguro, pero aun así hay que decidir. Entonces el fallo deja de ser un registro fiel de la verdad: es simplemente la respuesta que resulta obligatorio dar a una pregunta que no puede quedarse sin ella. Cierra el registro, pero no cierra la verdad ni puede hacerlo.

Así aparecen situaciones como la de aquel balón de Wembley. Hay que tomar una decisión porque el partido no puede quedarse sin resultado, pero nadie sabe con certeza cuál es la verdad que corresponde a esa decisión. Ya no se está registrando un hecho: se está escribiendo por la fuerza una respuesta a una pregunta sin solución. Una vez escrita, la respuesta se convierte en un registro inalterable, mientras que la verdad a la que debería corresponder queda para siempre al otro lado de la puerta.

Y, una vez incorporada al registro, esa respuesta adquiere una autoridad capaz de hacerse pasar por la verdad. Quien abra aquella página años después verá un 4–2 a favor de Inglaterra, nítido, como si aquel gol hubiera tenido que valer. Junto al marcador no aparecerá una nota en letra pequeña que diga: «Este, en realidad, nadie lo vio bien». El registro oculta las vacilaciones, las discusiones y lo que entonces no se pudo aclarar; solo conserva un resultado rotundo. Así, con el paso del tiempo, el gol parece cada vez más indiscutible, mientras que su dudoso origen va quedando tapado por la limpieza del registro que él mismo produjo.

Ese registro, por tanto, se cerró por obligación, no mediante una demostración. Se cerró porque las reglas exigían hacerlo, no porque alguien hubiera visto realmente si el balón cruzó la línea. La decisión puede ser tajante y la verdad seguir pendiente. Desde aquel instante ambas quedaron separadas y nunca volvieron a encajar. Todos los intentos posteriores de fijar también la verdad, ya fueran reconstrucciones técnicas o discusiones incesantes, fracasaron. Aquel instante ya había pasado y las pruebas que dejó eran, desde el principio, ambiguas.

V. No solo aquel balón quedó en duda

En la Inglaterra de aquel Mundial había más cosas difíciles de aclarar que aquel balón.

Desde el comienzo se sospechó que la cuna del fútbol no había conquistado limpiamente el título en casa, sobre todo en Sudamérica. Los archivos diplomáticos británicos conservan numerosos testimonios de la época. Hubo manifestantes sudamericanos que acusaron a Inglaterra de haberse confabulado con Alemania Federal para manipular todo el torneo; otros se quejaron de los árbitros. Algunas embajadas británicas llegaron a dejar constancia de cientos de llamadas insultantes y de que el asunto estaba perjudicando injustamente las relaciones entre ambos países. Esos documentos prueban algo: la magnitud del clamor acusatorio. Pero prueban el tamaño de las acusaciones, no su veracidad. Dicho de otro modo, pueden mostrar que mucha gente creía que Inglaterra había hecho trampas, pero no permiten saber si realmente las hizo. Es otra pregunta que no se puede zanjar.

Aquí hay que separar dos cosas con especial cuidado. Lo que acreditan los archivos es que muchísimas personas creyeron firmemente que Inglaterra había hecho trampas. Es un hecho acerca de lo que la gente creía, y ese hecho sí está demostrado. Pero no demuestra en absoluto que Inglaterra se aliara con Alemania Federal para amañar el Mundial. Por muchos que crean algo y por mucho ruido que hagan, eso no convierte su creencia en verdad. Confundir ambas cosas puede llevar tanto a culpar injustamente a Inglaterra como a disculpar una injusticia real. Lo cierto es que la comprobación llega hasta el clamor; más allá empieza una niebla en la que nada queda establecido.

La ventaja del anfitrión es otro de los elementos de esa niebla. Un equipo que juega en casa conoce el césped, tiene detrás el rugido de la grada y, a veces, cuenta con una ligera inclinación inconsciente del árbitro a favorecer al local en las jugadas dudosas. Esas cosas existen. Lo que no se puede cuantificar ni demostrar es cuánto influyeron en la decisión sobre aquel balón o en el rumbo del torneo. No sirven como explicación total del título inglés, pero tampoco se puede afirmar sin más que no tuvieron influencia alguna. Ahí siguen, imprecisas, sin terminar de resolverse.

Para los equipos y aficionados sudamericanos que se sentían perjudicados, esa ambigüedad era en sí misma un tormento. No podían aportar una prueba irrefutable de que Inglaterra hubiera hecho trampas, pero sentían de verdad que muchas cosas de aquel Mundial habían sido injustas con ellos. Tener una queja sin poder hacerla valer resulta más doloroso que una sentencia puesta por escrito. Contra una injusticia definida, al menos, se puede luchar y recurrir. Una nube de sospechas impide incluso encontrar un adversario claro. Solo queda convertir la impotencia en cientos de llamadas insultantes o seguir negándose, muchos años después, a reconocer la legitimidad de aquella copa.

Probablemente tampoco del lado inglés resultara fácil quedarse del todo tranquilo. Un título conquistado entre controversias que no se pueden aclarar lleva siempre alguna sombra dentro de su gloria. Años después, cuando se habla de 1966, es imposible esquivar tanto la copa como aquel balón. Se recuerda la victoria y se recuerda la duda: ambas van atadas y ninguna consigue librarse de la otra. Quizá sea ese el precio de tales triunfos. Cuentan, sí, pero no obtienen de todo el mundo un reconocimiento sin reservas.

Las sospechas tenían motivos concretos. El arbitraje de aquel torneo estuvo rodeado de controversias. En los cuartos de final entre Inglaterra y Argentina, el capitán argentino, Rattín, fue expulsado en el minuto treinta y cinco. Todavía no existían las tarjetas rojas y amarillas: las expulsiones se comunicaban mediante palabras y gestos. El árbitro era alemán occidental y no hablaba español; Rattín no hablaba alemán. Separados por el idioma, discutieron durante varios minutos. Rattín mostró su brazalete de capitán y pidió un intérprete para obtener una explicación, antes de abandonar finalmente el campo. En el momento en que más necesitaba aclarar las cosas, un jugador ni siquiera podía hacerse entender por la otra persona. Solo pudo ver cómo lo echaban.

La escena se convertiría también en una de las imágenes de aquel Mundial. Cuando le quitaban el derecho a seguir jugando, un futbolista no podía ni decir unas palabras en su defensa porque no tenía forma de comunicarse con quien decidía su suerte. La sanción tenía que ejecutarse y el idioma se interponía. Lo único que podía hacer era enseñar el brazalete que acreditaba su condición y pedir en vano un intérprete. La aplicación de las reglas chocaba allí con una barrera elemental: dos personas no conseguían siquiera transmitirse lo que querían decir.

Escenas de ese tipo, imposibles de aclarar en el acto y convertidas en discusiones interminables, impulsaron después la aparición de las tarjetas rojas y amarillas. Al igual que la batalla de Santiago, las disputas de 1966 fueron otro de los motivos que llevaron a Ken Aston a idear el sistema de tarjetas, aunque no se usaría oficialmente hasta 1970. Una vez más, el reglamento cinceló una pieza nueva a partir del desorden que no conseguía contener.

Pero las tarjetas solo hicieron más clara la expresión de la amonestación y la expulsión. No podían resolver la verdadera dificultad de Rattín en aquel momento: la barrera del idioma, la controversia de la decisión y la imposibilidad de defenderse cuando se le quitaba el derecho a jugar. Hicieron más comprensible lo que quería comunicar el árbitro, pero no más certero su juicio. Cerraron una grieta en la expresión, no la grieta de la decisión misma. Y esta última era, en el fondo, la misma que dejaba abierta aquel balón sobre la línea.

VI. La selección norcoreana que encontró una familia

Aquel torneo dejó otra historia que permite ver, desde el lado opuesto, el enigma de la final.

Corea del Norte disputaba su primer Mundial. Al Gobierno británico le incomodaba su llegada porque el Reino Unido no reconocía a aquel país. Las autoridades llegaron a plantearse denegar los visados. Al final no lo hicieron porque la FIFA fue tajante: si se impedía entrar a una selección que había obtenido la clasificación, el torneo podía trasladarse a otro lugar.

Había algo de absurdo en aquello. Un país sin reconocimiento político enviaba una selección que, poco a poco, encontraba la aceptación y el cariño de la gente corriente en una pequeña ciudad extranjera. A quienes estaban en las gradas les importaban poco los reconocimientos entre Estados. Veían un equipo que se dejaba todo y jugaba con brío. Los cálculos políticos y el afecto más sencillo junto al campo siguieron, aquel verano, caminos distintos. Una vez que los norcoreanos llegaron de verdad a Middlesbrough, los aficionados locales fueron haciéndolos suyos, sobre todo después de aquella enorme sorpresa.

El 19 de julio, Corea del Norte tumbó a Italia por 1–0. Los periódicos de la época lo calificaron como la mayor sorpresa mundialista desde la victoria de Estados Unidos sobre Inglaterra en 1950. En aquel partido, un jugador italiano tuvo que retirarse tras un choque en el minuto treinta y cinco. Como en ese Mundial no se permitían los cambios, Italia se quedó con diez. Siete minutos después, Pak Doo-ik marcó el gol de la victoria.

En los cuartos de final contra Portugal, Corea del Norte llegó a ofrecer algo todavía más asombroso: a los veinticinco minutos ganaba 3–0. Pero después Eusébio marcó cuatro goles para los portugueses y fue decisivo en la remontada que dejó el resultado en 5–3. Un equipo que había obrado un milagro, después de ponerse tres goles por delante, terminó ahogado por un milagro aún mayor de su adversario.

Ganar por tres y acabar perdiendo 5–3 deja una impresión más dolorosa que una simple sorpresa. La hazaña se vuelve especialmente frágil, como si el azar hubiera alzado muy alto a Corea del Norte, hubiera cambiado de idea de repente y la hubiera dejado caer con toda su fuerza. Un equipo puede jugar el mejor fútbol de su vida durante veinticinco minutos y, en la hora siguiente, ver cómo un solo hombre borra todo lo conseguido.

Al poner la historia de Corea del Norte junto al enigma de la línea de gol, lo que más destaca es la distinta claridad de ambas. Corea del Norte ganó a Italia y perdió con Portugal; cada marcador estaba claro y no había nada que discutir. Todo su dramatismo nacía de los caprichos del azar, no de una decisión arbitral dudosa. En cambio, el dramatismo de aquel balón de la final estaba entero en la imposibilidad de aclarar un fallo arbitral. Eran instantes igualmente inolvidables, pero uno hacía pensar en los vuelcos del destino y el otro mantenía atrapado al espectador en una verdad difícil de conocer. Son dos maneras muy distintas de no poder olvidar.

Hay algo especialmente conmovedor en el relato norcoreano. Un grupo de jugadores llegados del lejano Oriente, cuyo país ni siquiera era reconocido por el anfitrión, se ganó ante una grada extranjera unos aplausos que, en principio, no le estaban destinados. La política dejaba a su país fuera; el fútbol, en aquel lugar y en aquel momento, los unió a toda una ciudad de desconocidos. No fue un vínculo profundo y se deshizo cuando terminó el torneo, pero existió de verdad. Recuerda que, a veces, el fútbol logra lo que la política no consigue: que dos grupos que en principio debían permanecer separados se pongan por un momento del mismo lado gracias a un partido.

Tampoco conviene exagerar esa calidez. Corea del Norte acabó perdiendo, el torneo terminó y aquel lazo tendido sobre las barreras fue breve y superficial. El fútbol puede ablandar por un rato, en un lugar concreto, algunas realidades duras, pero no transformar esas realidades en sí mismas. Lo que ofrece es un paréntesis, no una respuesta. Embellecerlo demasiado sería olvidar sus límites. Aun siendo solo un paréntesis, sin embargo, sucedió realmente aquel verano en Middlesbrough.

La historia forma un contraste preciso con el enigma de la línea de gol. Ni la sorpresa norcoreana ni el derrumbe después del 3–0 tienen nada imposible de juzgar: los marcadores están claros y nadie los discute. Es puro azar: el que derribó a Italia y el que después convirtió una posición magnífica en nada. Recuerda que el azar tiene dos filos. Puede hacer posible un milagro y, al volverse, arrancarlo de raíz.

VII. Ramsey quitó a los extremos

Desde el punto de vista táctico, el título inglés de aquel Mundial también suele guardarse bajo una etiqueta pulcra: el sistema sin extremos.

La etiqueta recoge algo verdadero. La Inglaterra de Ramsey dejó de depender de los extremos tradicionales en las eliminatorias. En el once de la final, Stiles era el centrocampista más retrasado y Bobby Charlton, el organizador adelantado. Ball y Peters se cerraban desde los costados: no eran extremos puros pegados a la cal, de esos que acaban con el polvo de la línea en las botas. Hunt y Hurst eran los dos puntas. Una parte de la amplitud la aportaban las subidas de los laterales, Cohen y Wilson. La propuesta ya no buscaba que los extremos encadenaran centros sin descanso, sino controlar el centro y defender de forma compacta. Después se ha hablado de un 4–4–2 estrecho o de un 4–1–3–2. Lo decisivo, sin embargo, no es qué números se le asignan a posteriori, sino que prescindió de los extremos tradicionales.

Era una manera de ganar restando. Su clave no estaba en añadir alguna novedad, sino en quitar algo que durante mucho tiempo se había dado por imprescindible: los extremos. Por entonces, que alguien condujera junto a la banda y centrara era casi el equipamiento de serie de cualquier ataque. Ramsey retiró precisamente esa pieza y obtuvo a cambio mayor densidad de control por dentro y un dibujo más ordenado al defender. Ganó porque se atrevió a cortar un componente que otros no se atrevían a tocar.

Esa idea de ganar quitando no es una rareza en la historia del fútbol. Muchas formas de jugar que después se consagraron como innovaciones no tenían por núcleo una incorporación, sino una supresión. Consistían en advertir que algo considerado indispensable por todos podía abandonarse y que, al hacerlo, se abría espacio para otras cosas. A menudo una construcción no progresa acumulando cada vez más elementos. Progresa porque alguien se atreve a desmontar una pieza del lugar que parecía corresponderle por naturaleza.

Ahora bien, atribuir todo el éxito de Ramsey a la jugada maestra de prescindir de los extremos es también una forma de ordenar el pasado. En el 1966 real, Inglaterra no jugó así de principio a fin. Fue probando y ajustando partido a partido, y solo en las eliminatorias se estabilizó el equipo que después quedaría en la memoria. Convertir un proceso de dudas y correcciones en la historia de un entrenador que lo tenía todo claro y ganó con una sola idea puede sonar muy bien, pero no es verdad. Como sucede con aquel balón cuyas asperezas alisó el registro, el proceso real siempre es mucho más irregular que su relato posterior.

Así, desde la jugada confusa hasta la nítida etiqueta de «sin extremos», en la historia de aquella Inglaterra actúa una misma fuerza: la que alisa una realidad áspera para convertirla en un relato limpio. Gracias a ella la historia resulta fácil de contar, recordar y transmitir. Pero también va recortando en silencio las verdades que no encajan con tanta regularidad.

La limpieza de la etiqueta «sin extremos» oculta, en efecto, un proceso bastante menos limpio. Muchos textos posteriores dan a entender que Inglaterra mantuvo una formación inmutable durante todo el torneo, cuando lo que permiten afirmar los registros más seguros es mucho más limitado. Ramsey no dejó de probar y ajustar, tanto antes del Mundial como durante él. Fue en las eliminatorias cuando tomó su forma definitiva el equipo que después se llamaría «sin extremos». Algo pulido una y otra vez mediante ensayo y error quedó absorbido por un nombre rotundo y contado como una genialidad que hubiera estado clara desde el principio. Es lo mismo que ocurre con el balón alisado por el registro: la realidad del proceso tiene asperezas y el relato posterior siempre quiere dejarlas perfectamente lisas.

El impulso de reducir un proceso irregular a una etiqueta nítida es, en el fondo, el mismo que lleva a convertir una jugada ambigua en un marcador terminante. Las personas sentimos un deseo casi instintivo de claridad. Una preparación hecha de pruebas, errores y rodeos resulta mucho más fácil de recordar si se comprime en dos palabras, «sin extremos»; un instante suspendido sobre la línea, que nadie consigue aclarar, parece mucho más sencillo si se declara gol. Pero esa claridad se impone después. Borra precisamente los pliegues confusos de la realidad, que a menudo son los más importantes.

VIII. Para cerrar

Reunamos todo lo anterior.

En 1966, la cuna del fútbol ganó en casa la única Copa del Mundo de su historia. Más tarde se contaría como una culminación feliz, como el regreso del fútbol al hogar que le correspondía. Pero esa plenitud se añadió después. El triunfo del país de origen no estaba escrito, y el título arrastró desde el instante de su conquista una serie de preguntas imposibles de cerrar: el balón que quizá cruzó la línea, las acusaciones de manipulación y la imprecisa ventaja de jugar en casa.

Lo más profundo que dejó aquel torneo fue la lección de aquel balón de Wembley. Un partido tiene que decidir quién gana y quién pierde; una jugada tiene que declararse gol o no gol. Es la ley de hierro del reglamento y no admite ambigüedades. Pero a veces la realidad sí es ambigua y el balón queda suspendido sobre la línea. Aun entonces hay que decidir, el registro tiene que cerrarse e Inglaterra termina siendo campeona. En el plano del registro, todo está limpio y definitivamente resuelto. Bajo él, sin embargo, la verdad de si el balón cruzó o no queda suspendida para siempre. Se puede decidir el resultado, pero no establecer la verdad. Desde aquel instante, ambas cosas no han vuelto a juntarse.

Ese es, en realidad, el destino de todo registro. Todo registro que dejamos del pasado, ya sea el marcador de un partido o una conclusión histórica, es una determinación impuesta en algún momento en que había que cerrar el asunto. Esos registros parecen limpios, seguros, indiscutibles. Pero suelen llevar debajo una realidad mucho más borrosa. Parte de su claridad se compra borrando de un plumazo la ambigüedad de lo real.

Entenderlo permite mirar con más comprensión a quienes quedaron modelados a la vez por los registros y las leyendas. Rattín pasó a la memoria como el matón argentino que armó un escándalo sin razón y fue expulsado. Pero en aquel instante era simplemente una persona desesperada por defenderse que ni siquiera podía hacerse entender. Bahramov quedó como el juez de línea ruso que favoreció a Inglaterra. En realidad era un azerbaiyano que, en un instante, tomó una decisión de la que quizá él mismo no estaba completamente seguro. El registro y la leyenda aplastaron a personas vivas hasta convertirlas en símbolos. Una vez erigido el símbolo, la persona de carne y hueso quedó detrás, fuera de la vista.

Así pues, el Mundial de 1966 dejó algo más que una copa para la cuna del fútbol: dejó un problema sobre la relación entre registro y verdad. El registro es una determinación que las personas imponen para que las cosas puedan tener un cierre; la verdad es eso que permanece debajo y a menudo no se deja alcanzar. Casi siempre ambas cosas están tan cerca que no hace falta distinguirlas. Pero hay instantes, como el de aquel balón de Wembley, que abren la grieta entre las dos y la muestran con toda claridad. Solo entonces nos vemos obligados a admitir cuántos pliegues imposibles de aclarar se esconden bajo esos registros tan limpios con los que recordamos el pasado.

El problema no pertenece solo al fútbol. Casi todo lo que sabemos del pasado y en lo que nos apoyamos para vivir procede de algún registro ya ordenado y juzgado. ¿Qué registro no lleva debajo algo que no se vio bien entonces y que después resulta todavía más imposible de averiguar? El fútbol no hace más que ampliar ante todos un problema que todos compartimos y en el que apenas pensamos. Lo consigue porque sus reglas son tajantes, sus instantes decisivos se amontonan y sus disputas están a la vista. Aquel balón de Wembley es menos un litigio del fútbol que un espejo en el que se ve la limitación común a todos los registros.

Quizá lo más difícil no sea aceptar un misterio concreto, sino aceptar esa limitación: que ningún registro es tan sólido como parece.

Quienes llegaron después nunca se resignaron a dejar la cuestión abierta. De ahí las reconstrucciones técnicas, las discusiones interminables y la leyenda de Stalingrado que hasta su supuesto protagonista negó. Esos esfuerzos muestran cuánto cuesta soportar una pregunta que nunca tendrá respuesta. Pero cuanto más se intenta alcanzar la verdad, más inalcanzable resulta. El instante ya pasó y las imágenes que quedaron eran borrosas desde el principio. Nadie puede obligar a la borrosidad a entregar una verdad tajante.

En cuanto a los dos hombres atrapados en esta historia, el capitán argentino que, separado por el idioma, enseñaba el brazalete y pedía sin éxito un intérprete, y el juez de línea que resolvió en unos segundos y pasó buena parte de su vida definido por esa decisión y por una frase que nunca pronunció, ambos eran personas de carne y hueso. Sin embargo, los dos acabaron reducidos a símbolos del caso. El registro se cierra, la leyenda circula y quienes vivieron, juzgaron y discutieron de verdad en aquel instante son precisamente los que más fácilmente quedan sepultados bajo la pulcritud del registro y el bullicio de la leyenda.

Ya nadie puede aclarar si aquel balón cruzó la línea. Y es precisamente esa imposibilidad, ese dilema entre poder decidir el resultado y no poder establecer la verdad, lo que mantiene la discusión sobre un partido sesenta años después. Cada nueva disputa que recupera aquellas imágenes no hace más que confirmar, una vez más, que hay asuntos cuyo registro puede quedar fijado y cuya verdad nunca podrá zanjarse. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.