Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 6 de 22

Chile

El milagro y la barbarie son una misma cosa

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

1. Revalidar el título

En 1962, Brasil volvió a levantar la Copa del Mundo en Chile. Derrotó por 3-1 a Checoslovaquia en la final y revalidó el título.

Aquel Brasil bicampeón era casi el mismo equipo de cuatro años antes. Basta con poner una junto a otra las alineaciones iniciales de las finales de 1958 y 1962: ocho de los once seguían allí. Gilmar, Djalma Santos, Nílton Santos, Zito, Garrincha, Didi, Vavá y Zagallo ocupaban sus puestos de siempre. En todo el torneo, Brasil utilizó únicamente a doce futbolistas: en la práctica, los once titulares y un suplente, Amarildo. El equipo seguía armado alrededor del grupo de 1958.

Ganar dos Mundiales consecutivos nunca ha sido algo corriente. Llegar a la cima y volver a hacerlo cuatro años después con prácticamente los mismos jugadores exige una estabilidad fuera de lo común. Brasil no se apoyaba en una plantilla renovada de arriba abajo, sino en un núcleo que ya había demostrado muchas veces su valor: ocho jugadores de la final de 1958 volvían a ocupar sus posiciones habituales en la de 1962. Que un equipo pueda prolongarse así durante cuatro años indica que ha dejado de ser una reunión casual de talentos. Es ya una estructura de verdad, formada y capaz de resistir el paso del tiempo.

Pero, por estable que fuera esa estructura, esta victoria era distinta de la anterior. En 1958, un grupo de genios en plenitud había dado rienda suelta a su fútbol y había ganado con alegría y belleza. En 1962 hubo que resistir a base de esfuerzo, entre bajas, hostilidad e imprevistos. Era el mismo trofeo, pero uno se alzaba con ligereza y el otro pesaba. Precisamente aquel trofeo más pesado sacó a la luz otras caras del fútbol que suelen quedar ocultas.

Cuando un equipo gana con todo a favor, el fútbol parece sencillo: el que juega mejor mete el balón en la portería contraria. Pero cuando esa tranquilidad se rompe, como en 1962, y el azar, la animosidad y los desbordamientos se suceden, van apareciendo los rostros que normalmente esconde el resplandor de la victoria. Resulta que no se trata solo de medir la técnica. También intervienen la suerte, las emociones y algunos aspectos bastante menos amables de la condición humana. Solo al verlos se alcanza a ver el fútbol entero.

Los Mundiales de 1958 y 1962 mostraron dos imágenes muy distintas de este deporte. Una era la luminosidad de los días favorables: los genios se expresaban sin freno y el triunfo llegaba como por su propio peso. La otra era el claroscuro de la adversidad: azar, hostilidad y pérdida de control se encadenaban, y ganar exigía avanzar a trompicones. Solo juntas componen el rostro completo del fútbol. En apenas cuatro años, los mismos hombres representaron sus dos facetas, la más luminosa y la más compleja.

Esta vez, por tanto, el título tenía otro rostro. El de 1958 lo había conquistado un país que llevaba demasiado tiempo esperando, gracias a un puñado de genios y a una chispa que no era fácil explicar. Tenía el brillo de quien triunfa siendo joven. El de 1962 fue mucho más pesado y mucho más complejo. Por el camino, Brasil perdió a su estrella más deslumbrante y tuvo que abrirse paso por unos campos cargados de hostilidad. Y su jugador más brillante, en un mismo partido, obró milagros que dejaron al mundo sin aliento y cometió una brutalidad que le costó la expulsión.

Aquel Mundial quedó asociado después a dos hechos casi opuestos. Uno fue el genio de Garrincha, que, tras la lesión de Pelé, llevó a Brasil a la final casi él solo. El otro fue el Chile-Italia conocido como la batalla de Santiago, uno de los partidos más brutales de la historia de la Copa del Mundo. El primero era tan hermoso que hacía olvidarse de todo; el segundo, tan feo que costaba mirarlo. Solemos contarlos por separado, como si uno fuera la esencia del fútbol y el otro su vergüenza. Lo que se quiere decir aquí es, precisamente, que no se pueden separar.

2. La lesión de Pelé

El giro de la historia llegó muy pronto.

Pelé empezó el torneo de manera espléndida. En el estreno, una victoria por 2-0 sobre México, dio a Zagallo la asistencia del primer gol y marcó él mismo el segundo. Todo parecía prolongar la historia de aquel muchacho de 1958, con la diferencia de que ahora ya era la máxima estrella reconocida del fútbol mundial.

Es decir: Pelé no había llegado lesionado, sino en plena forma. El Pelé de 1962 ya no era el adolescente de 1958 que aún tenía que demostrar lo que valía. Era el mejor jugador del mundo, reconocido por todos. Debía ser la primera gran baza de Brasil para defender el título, y probablemente todos los planes daban por hecho que jugaría el torneo de principio a fin.

Entonces, en el segundo encuentro, el empate a cero frente a Checoslovaquia, se lesionó. Según los relatos oficiales de la FIFA y los de Reuters, sufrió una distensión muscular en el muslo durante aquel partido y tuvo que ver el resto del Mundial desde fuera del campo. Algunas versiones posteriores hablan de una lesión en la ingle, pero el relato más fiable sitúa la distensión en el muslo y la lesión en ese segundo partido de grupo contra Checoslovaquia. Sea cual fuera la localización exacta, el hecho central no cambia: el Mundial de Pelé terminó en la fase de grupos.

Para un equipo que defendía el título, aquello equivalía a perder su as nada más empezar. Un plan elaborado con todo el empeño y organizado alrededor de la gran estrella quedó invalidado en su mayor parte, en el segundo partido, por un músculo distendido. Y ni el momento en que ese músculo iba a lesionarse ni la posibilidad misma de que ocurriera cabían en los planes de nadie. Por minuciosa que sea su preparación, un equipo no puede impedir que el azar le caiga así encima. Solo puede, una vez recibido el golpe, averiguar qué le queda y por dónde puede seguir.

Perder al mejor jugador en la fase de grupos debía haber sido un desastre para la selección campeona. Brasil aún tenía que clasificarse. En la última jornada, contra España, estuvo por detrás en el marcador. Amarildo, que ocupaba el lugar de Pelé en el once, marcó dos goles en los últimos veinte minutos, dio la vuelta al partido hasta el 2-1 y metió al equipo en las eliminatorias. Así pasó Amarildo a ocupar el puesto de Pelé en el ataque. Alguien que no estaba llamado a ser protagonista quedó bajo los focos porque otro se había lesionado.

Cuando Amarildo tomó el relevo, el equipo estaba haciendo algo muy difícil: cambiar sobre la marcha su manera de jugar en mitad de un gran torneo. Sin Pelé, había que volver a ajustar las conexiones del ataque, los movimientos sin balón y la definición. Y, sin embargo, Brasil consiguió encajar todas esas piezas y fue ganando firmeza. Un plan privado de su mejor carta no se vino abajo. De él nació otra forma de salir adelante.

La lesión de Pelé dejó, en realidad, un hilo oculto que recorrería todo el campeonato. A uno de los grandes favoritos, el azar le arrancó medio guion del título en el segundo partido, y le tocó reescribirlo allí mismo. La defensa de la corona no terminó siendo la ejecución del plan original, sino algo armado sobre la marcha una vez que ese plan se había roto. En el fútbol, eso es lo habitual: hasta el mejor guion acaba en manos de unos imprevistos que nadie puede escribir de antemano.

Lo más sugerente de ese hilo es que, al final, no hundió a Brasil, sino que abrió el camino a otros. Si Pelé no se hubiera lesionado, quizá Amarildo habría pasado todo el Mundial en el banquillo. Quizá Garrincha tampoco se habría visto obligado a jugárselo todo hasta ese extremo en las dos actuaciones que lo consagraron. El mismo golpe del azar que derriba a uno se vuelve y empuja a otros al escenario. El azar no se limita a quitar; también da. Solo que, a la hora de decidir a quién da y a quién quita, nunca consulta los planes de nadie.

La suerte de Brasil en 1962 no consistió en esquivar el azar, sino en ser capaz de absorberlo cuando llegó. Una lesión semejante, sufrida por un equipo de raíces poco profundas, puede ser el principio del derrumbe. Brasil, en cambio, fue neutralizando sus efectos con Amarildo, con Garrincha. El azar golpea a todos por igual, pero hay grandes diferencias entre los equipos capaces de encajar el golpe y los que no pueden. Esa capacidad es justamente lo que más distingue a una construcción madura de un grupo de estrellas reunidas a toda prisa.

Aquí asoma ya una idea que volverá una y otra vez. El mejor jugador del equipo cayó, pero el equipo no cayó con él. Cambió de hombre, cambió de manera de ganar y siguió adelante.

3. Garrincha carga solo con el equipo

Cuando faltó Pelé, fue Garrincha quien se echó el equipo a la espalda.

En cuartos de final, Brasil venció a Inglaterra por 3-1, con dos goles de Garrincha. La retrospectiva de la FIFA describe aquel partido como una exhibición de su versión más deslumbrante, una actuación de maestro. En la semifinal ante Chile volvió a firmar un doblete y Brasil ganó por 4-2. Cuatro goles en dos eliminatorias: con aquellas piernas arqueadas fue llevando a Brasil, paso a paso, hasta la final.

Al Garrincha de esos dos partidos no había defensa capaz de encontrarle respuesta. La FIFA presenta el encuentro contra Inglaterra como una muestra de su fútbol más deslumbrante. Una y otra vez se lanzaba solo por la derecha, dejaba a los defensas desorientados y fuera de equilibrio y terminaba marcando o colocando el balón donde más daño podía hacer. Un hombre al que sus problemas en las piernas debían haber apartado del fútbol mucho antes se convirtió, en las eliminatorias del Mundial, en el jugador más incisivo e imparable.

En la semifinal contra Chile, rodeado de un ambiente hostil, Garrincha volvió a marcar dos goles. Sostener bajo semejante presión al equipo campeón y firmar dos dobletes en eliminatorias consecutivas es una hazaña de las que se cuentan con los dedos en la historia de los Mundiales. No extraña que después se dijera que había ganado él solo la Copa del Mundo. El asombro era real. Pero la frase acababa tapando una parte igual de decisiva del mérito de los demás.

Reconocer a los demás lo que les corresponde no le resta nada a Garrincha. Un equipo puede tener más de una fuente de luz, pero nadie reemplaza a la que brilla más que todas. Vavá y Zito podían suplir algunas carencias; lo que no podían reproducir era aquello que Garrincha hacía por la derecha y que dejaba inservible a toda una defensa. Eso no se calcula en una pizarra táctica ni se fabrica entrenando. Le pertenecía únicamente a aquel hombre de piernas arqueadas. Un equipo podía permitirse perder a Pelé, pero sin nadie como Garrincha probablemente tampoco habría llegado a la final. El individuo no es sustituible y el sistema no puede hacerlo todo: hacen falta los dos.

Ahí se ve mejor esa relación tan delicada entre el individuo y el sistema. El sistema necesita al individuo porque no puede fabricar su chispa más brillante. El individuo necesita al sistema porque hasta la chispa más brillante requiere que alguien le dé una opción de pase y que alguien cubra su sitio, si no quiere acabar en un baile solitario e inútil. Se necesitan, pero ninguno puede absorber al otro. Un equipo verdaderamente fuerte es aquel en el que ambos están a la altura, no aquel que se lo juega todo a uno solo de ellos.

El Brasil de 1962 tenía precisamente las dos cosas: la chispa insustituible de Garrincha y una estructura capaz de reorganizarse con rapidez después de perder a Pelé. Si hubiera faltado cualquiera de las dos, probablemente no habría ganado aquel título. Por eso resulta incompleto atribuir todo el éxito a Garrincha o atribuírselo únicamente a un sistema rodado durante años. La respuesta real está entre ambos. Las distintas bases de datos discrepan ligeramente sobre el minuto exacto de los goles, algo habitual en una época sin registros digitales. Pero los resultados, los goleadores y el dominio de Garrincha están fuera de duda.

De aquellas dos actuaciones nació una frase que se repetiría por todas partes: Garrincha ganó él solo aquel Mundial.

Tomada al pie de la letra, la frase va demasiado lejos. Contiene una parte de verdad: después de la lesión de Pelé, Garrincha fue sin duda el jugador más destacado y marcó cuatro goles en las eliminatorias que llevaron a Brasil a la final. Pero el título no dependió únicamente de él. Fue el doblete de Amarildo contra España, en la fase de grupos, lo que permitió clasificarse al equipo. Vavá marcó contra Inglaterra, contra Chile y contra Checoslovaquia. Zito hizo en la final el gol decisivo que puso a Brasil por delante. La fórmula romántica capta el lugar central de Garrincha, pero no explica que las aportaciones que de verdad decidieron los partidos estaban repartidas entre varios jugadores.

Verlo así no empequeñece a Garrincha; permite reconocer dónde residía la verdadera fuerza de aquel equipo. No era fuerte por tener a Garrincha, sino porque, incluso privado del hombre del que más dependía, aún encontraba a otros dispuestos a responder. Caía Pelé y aparecía Amarildo. Ataban en corto a Garrincha y aparecían Vavá y Zito. Un equipo iluminado por un solo hombre es frágil: cuando ese hombre se apaga, todos quedan a oscuras. El Brasil de 1962 tenía varias fuentes de luz. Esa fue la razón de fondo por la que, aun sin Pelé, pudo llegar hasta el final.

Esto enlaza con lo que habíamos visto cuatro años antes. El hombre del que más depende un equipo, sea Pelé o Garrincha, no puede decidirlo todo él solo. Por prodigioso que sea Garrincha, alguien tiene que convertir sus centros en goles y alguien tiene que aparecer cuando no lo dejan moverse. El individuo es insustituible, pero un equipo nunca es el espectáculo de un único actor. Brasil podía permitirse perder a Pelé; en cierto sentido, tampoco podía quedarse reducido a Garrincha.

4. Un mismo hombre, dos rostros

Pero ese mismo Garrincha que llevó a Brasil a la final dejó otra escena en la semifinal contra Chile.

Primero marcó dos goles. Esa era la cara del genio. Después, cuando el partido se acercaba al final, hacia el minuto ochenta y tres, fue expulsado. La versión más extendida dice que, después de sufrir reiteradas faltas, dio un rodillazo al chileno Eladio Rojas en una acción de represalia. El hombre que acababa de asombrar al estadio con sus regates se ganó la expulsión con un gesto brutal.

Un partido, un hombre, dos rostros. Un momento antes, el milagro; un momento después, la barbarie.

Que esos dos rostros aparezcan en un mismo hombre y en un mismo partido obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué relación hay entre ellos? Una respuesta cómoda consiste en separarlos. El verdadero Garrincha sería el que hacía milagros; el expulsado, una anomalía, alguien que por un instante perdió la cabeza. Pero esa separación no resiste un examen atento.

No lo resiste porque ambos rostros se alimentan de lo mismo. Lo que permitía a Garrincha salir indemne del cerco de sus rivales era una mezcla de valor temerario y sangre caliente. Y lo que, después de ser derribado una y otra vez, acabó llevándolo a responder con la rodilla era exactamente ese mismo valor, esa misma sangre. Cuando crea, es genio; cuando se desborda, barbarie. Pero la fuerza es siempre la misma. Si queremos al Garrincha capaz de salir regateando de una situación imposible, difícilmente podremos exigir a la vez un Garrincha siempre manso, incapaz de enfadarse. Los dos son la misma persona.

Admitirlo no equivale a justificar aquel rodillazo. La falta fue una falta, y lo que merece castigo debe castigarse. Pero comprender y perdonar son cosas distintas. Comprender consiste en ver al hombre entero, sin partirlo en dos para venerar una mitad e insultar la otra. Garrincha no era un dios que solo sabía crear belleza ni un bruto dedicado únicamente a buscar problemas. Era un hombre con un talento inmenso y con el temperamento y las debilidades de cualquier otro. Devolverle esa condición de persona de carne y hueso es más fiel a la verdad y muestra más respeto por él que elevarlo a la categoría de leyenda perfecta.

Esa condición de personas enteras es, precisamente, lo que tantos relatos posteriores sobre los genios se resisten a concederles. Queremos fabricar ídolos sin una mancha y borrar su mal genio, sus debilidades y sus pérdidas de control, para dejar únicamente la cara que reluce. Pero lo que borramos suele ser justo lo que hace de ese genio una persona viva y no una estatua. La grandeza de Garrincha ya contenía su imperfección. No se puede separar una de la otra.

Entenderlo a fondo también permite mirar con algo más de comprensión los estallidos emocionales del campo. Los duelos feroces y los momentos de descontrol tienen, desde luego, un lado feo. Pero brotan de la misma tierra que los instantes más conmovedores. No existe una tierra de la que solo nazcan flores hermosas y jamás una mala hierba.

Cuando hablamos de Garrincha, preferimos la primera cara: el genio que avanzaba con el balón como si nadie pudiera interponerse, el hombre que jugaba el fútbol más libre con unas piernas deformadas. Esa cara es verdadera. Pero también lo es la otra: el jugador que, exasperado por las patadas de los rivales, respondió con la rodilla y fue expulsado. Contarlo únicamente como un artista puro deja fuera una mitad; reducirlo a un jugador violento deja fuera la otra. Era una persona entera, con una inspiración que maravillaba y un temperamento que podía desbordarse. Y ambas cosas no vivían en compartimentos separados, sin tocarse.

Al contrario: lo que le permitía obrar aquellos milagros y lo que le permitía cometer aquella brutalidad era, muy probablemente, una misma cosa, la intensidad de entregarse por completo en el campo. Alguien indiferente al resultado, a quien los choques físicos no le movieran nada por dentro, probablemente no haría los regates de Garrincha ni cometería su falta. Esa fuerza, encaminada hacia lo mejor, es genio; encaminada hacia lo peor, barbarie. Comparten la raíz.

5. La batalla de Santiago

Llevado a la escala de un partido entero, eso mismo es la batalla de Santiago.

El 2 de junio de 1962, Chile e Italia se enfrentaron en el Estadio Nacional de Santiago. Un comentarista de la televisión británica describiría después el encuentro como el partido de fútbol más estúpido, espantoso, repugnante y vergonzoso que había visto. Lo arbitró el inglés Ken Aston.

Desde el comienzo, el ambiente olía a pólvora. Chile acababa de sufrir un gran terremoto y estaba volcando las fuerzas del país entero en organizar aquel Mundial, al que veía como una oportunidad de demostrar su valía ante el mundo. Italia llegaba con un gran equipo y una buena dosis de arrogancia. Cuando esas dos emociones chocaron en el césped, la razón dejó pronto su sitio a los puños.

Lo sucedido en el campo está documentado. Los espectadores vieron escupitajos, entradas con los dos pies, puñetazos, una pelea general y policías entrando en el campo. El italiano Ferrini fue expulsado, se negó a marcharse y tuvieron que sacarlo los agentes. El chileno Leonel Sánchez rompió de un puñetazo la nariz del jugador italiano Maschio, sin que lo vieran el árbitro ni el asistente. Después, el italiano Mario David también fue expulsado por propinar una patada a Sánchez. Chile terminó ganando por 2-0. Fue uno de los partidos más violentos y descontrolados de la historia de los Mundiales.

Decir «uno de los más violentos», en lugar de «el más violento», es deliberado. No hay una medida precisa que permita decidir si un partido ha sido el más brutal de todos los tiempos. Pero algunos hechos ya pesan lo suficiente sin añadirles un absoluto para agrandarlos: un gancho que rompe una nariz, dos expulsiones, un jugador al que tiene que sacar la policía y agentes que entran una y otra vez en el campo. Con eso a la vista, el desorden de aquel encuentro no necesita más explicación.

Aquella barbarie, sin embargo, no surgió de la nada. Tenía un origen que puede rastrearse. Antes del encuentro, la prensa italiana había humillado a Chile con artículos mordaces y había puesto en duda que el país fuera digno de organizar un Mundial. La prensa chilena respondió con el mismo nacionalismo y la misma falta de miramientos. Antes de que empezara a rodar el balón, los periódicos de ambos países ya habían convertido una competición deportiva en un enfrentamiento por la dignidad nacional. Cuando los veintidós jugadores pisaron el césped, lo que llevaban a los pies ya no era solo una pelota, sino toda la hostilidad entre los dos países que la prensa había avivado.

Por eso no se puede explicar aquella brutalidad diciendo, sin más, que los jugadores de uno de los bandos eran violentos por naturaleza. Fue un incendio al que los sentimientos nacionales echaron combustible una y otra vez desde fuera del campo, hasta que las llamas prendieron dentro. Cuando un partido se mete en el recipiente de la dignidad nacional, deja de ser solo un partido. Cuanto más orgullo y más humillación de un país se viertan en él, más furia puede acabar ardiendo sobre el césped.

Ese es el precio de encerrar un partido en el recipiente de la dignidad nacional. El juego, por sí solo, consiste en veintidós personas disputándose un balón; no contiene tanto odio. El odio se vierte desde fuera. Lo acumulan los artículos de la prensa, uno tras otro; es la salida que encuentran las emociones que dos países han ido acumulando el uno contra el otro. Cuando todo eso se descarga sobre noventa minutos, el estadio se convierte en un polvorín encendido y los futbolistas pasan a librar sobre el césped un enfrentamiento mucho mayor.

Por eso, despachar la batalla de Santiago como una trifulca de salvajes es no ver lo fundamental. Los jugadores tuvieron, sin duda, responsabilidad por perder el control, pero la mecha que prendió aquella violencia la habían colocado otros, fuera del campo y antes del partido. La prensa convirtió el encuentro en una guerra por la dignidad nacional; los aficionados cargaron sobre aquellos veintidós hombres las emociones de todo un país. Y cuando todo estalló en el terreno de juego, las miradas se concentraron únicamente en los pocos que lanzaban puñetazos. Lo que de verdad había que mirar era la mecha que había ardido desde fuera hasta llegar al césped.

Esa mecha se ha vuelto a encender una y otra vez a lo largo de la historia del fútbol. Elevar un partido a la categoría de duelo entre naciones es una de las tentaciones más antiguas y más peligrosas de este deporte. Puede cargar un encuentro con un peso muy superior al de lo deportivo y mantener en vilo a cientos de millones de personas. Pero también puede convertir ese peso, en cualquier momento, en violencia sobre el césped o en choques en las gradas. La batalla de Santiago fue un fruto especialmente amargo de esa tentación. Nos recuerda que, cuando se hace del fútbol el sustituto de otra cosa, puede dejar de ser fútbol.

Lo más desesperante es que ese impulso de convertir un partido en una guerra entre países resulta casi imposible de erradicar. Mientras existan las naciones y la competencia entre ellas, un escenario como el Mundial difícilmente escapará a los significados que exceden el deporte. La gente no consigue limitarse a ver un partido. Necesita ver en él a su país, su dignidad y todas esas cosas mayores que se esconden detrás de ganar o perder. Ese peso añadido explica por qué el Mundial nos afecta tanto, y también de dónde sale la furia que puede prender al menor descuido.

6. La belleza y la violencia comparten raíz

El partido de Garrincha y el de Santiago cuentan, en realidad, las dos caras de una misma cosa.

Al fútbol le gusta presentarse como un arte bello, como una alegría pura. Hay una expresión portuguesa, «jogo bonito», que nombra justamente esa aspiración a la belleza. La batalla de Santiago muestra su reverso: la cara fea, violenta, insoportable de mirar. Nuestra reacción instintiva es considerar la belleza como la esencia del fútbol y la violencia como su degradación, una especie de accidente que nunca debió ocurrir.

Se entiende esa reacción. Todos preferimos creer que lo que amamos es puro y que lo feo no pasa de ser una mancha caída por casualidad, algo que basta con limpiar. Por desgracia, las cosas no son tan limpias.

Pero esas dos cosas son inseparables.

Lo que hace hermoso al fútbol y lo que lo hace violento es una misma cosa: la intensidad con que la gente se entrega a él. La voluntad de ganar a toda costa, la pasión encendida, la tensión de los cuerpos que chocan a gran velocidad, la seriedad de quien se toma un juego como lo más importante del mundo: todo eso sostuvo los milagros de Garrincha, y todo eso hizo arder la pelea de Santiago. La belleza y la violencia son los resultados de esa intensidad cuando toma dos direcciones. No son dos cosas distintas, sino dos caras de una misma cosa.

Pensemos en qué hace atractivo un partido. Los jugadores corren como si les fuera la vida en ello, se empeñan en no conceder al rival la menor ventaja y se entregan como si ganar o perder importara más que todo lo demás. De esa intensidad, de poner en juego el cuerpo y la mente enteros, nacen los momentos que nos erizan la piel. Pero esa misma intensidad, cuando se descontrola y cruza la raya, se convierte en entradas brutales, en puños que salen disparados, en peleas como la de Santiago. La belleza y la violencia beben del mismo pozo.

Por eso la violencia es un resto del fútbol que nunca se consigue limpiar del todo. Podemos condenarla, castigarla y hacer cuanto se nos ocurra para contenerla. Lo que no podemos es arrancarla de raíz y conservar a la vez la intensidad que hace que el fútbol nos conmueva. Esa intensidad es la fuente tanto de la belleza como de la violencia. Querer la primera obliga a tolerar el riesgo de que la segunda asome en cualquier momento. Un deporte completamente domesticado, incapaz ya de encender la menor furia, probablemente tampoco volvería a encender nada en nosotros.

Aquí hay una verdad que cuesta aceptar. Amamos el fútbol por su intensidad, por su entrega sin reservas, por ese instante en que libera el deseo más primitivo de vencer. Y, al mismo tiempo, queremos que sea siempre limpio, siempre civilizado, que jamás cruce un límite. Esos dos deseos entran, en parte, en conflicto. Queremos la luz y el calor del fuego, pero también que nunca queme a nadie. Eso es casi imposible. A lo sumo, podemos encerrarlo en una estufa para que haga menos daño. Lo que no podemos, ni debemos, es apagar el fuego mismo.

Si el fútbol lleva más de un siglo tocando tan hondo a la gente, nunca ha sido por lo civilizado que es, sino por lo verdadero. Expone sin disimulo nuestro instinto de competir y nuestra pasión más primitiva: ganar produce euforia; perder, llanto; la exasperación puede incluso llevar a los golpes. Esa verdad sin adornos le permite llegar más adentro que muchas cosas mucho más respetables. Y esa verdad y la barbarie que de vez en cuando asoma son los dos extremos de una misma cosa. Si queremos la primera, tenemos que asumir también el riesgo de la segunda.

Entenderlo añade cierta complejidad a la manera de escuchar las condenas de la violencia en el fútbol. Lo que debe condenarse debe condenarse, por supuesto: golpear a alguien es golpear a alguien, y no hay excusa. Pero también hay que saber que, mientras este deporte conserve la intensidad que nos conmueve, siempre será posible que esos desbordamientos se repitan. La condena puede reducirlos; no puede eliminarlos. Eso no es defender la violencia, sino reconocer con lucidez de dónde viene.

Solo con esa lucidez nuestro amor al fútbol deja de ser una ilusión hecha a medida. Amar algo no consiste en amar únicamente su cara brillante, sino en asumir también sus sombras y sus peligros. La belleza y la violencia del fútbol forman una unidad. Quien de verdad lo entiende acepta esa unidad entera, no una versión embellecida a la que se le ha borrado todo lo desagradable.

Los dos rostros de Garrincha en la semifinal lo muestran con una claridad excepcional. La misma fuerza le permitió marcar aquellos dos goles y dar aquel rodillazo. No se puede conservar lo primero y borrar lo segundo, porque brotan de la misma raíz. Un fútbol al que se le hubiera extraído toda la intensidad capaz de prender en violencia probablemente ya no produciría nada conmovedor. La violencia es la sombra de la que la belleza no puede desprenderse. Llegan juntas y solo juntas pueden permanecer.

Ese es un resto que este deporte nunca consigue encerrar dentro de sus límites. Podemos elevar la belleza del fútbol hasta el cielo, pero no disfrutar de ella y extirpar por completo, a la vez, la violencia que comparte su raíz. Esa violencia no es una suciedad infiltrada desde fuera. Es la otra cara de la propia intensidad.

7. Lo que las reglas nunca alcanzan

Frente a esa violencia de la que no puede desprenderse, al fútbol le queda establecer reglas.

Pero los campos de 1962 mostraron precisamente hasta dónde llegaba su impotencia. El árbitro no vio el puñetazo de Sánchez y no hubo sanción alguna: había roto una nariz y seguía tranquilamente sobre el césped. Ferrini fue expulsado, se negó a salir y tuvo que llevárselo la policía. Y Garrincha, pese a haber sido expulsado en la semifinal, acabó jugando la final.

Los relatos posteriores no coinciden del todo sobre por qué pudo jugarla. La retrospectiva de la FIFA subraya la campaña pública de apoyo, con tintes políticos, que se produjo en Chile: hasta el presidente Alessandri intervino para pedir que lo dejaran jugar. Otra versión cuenta que el caso llegó al comité disciplinario de la FIFA y que el árbitro principal no había presenciado la falta, sino que había actuado por indicación del juez de línea, lo que ayudó a Garrincha a evitar el castigo. Hay, además, una precisión histórica más general: en 1962, una expulsión no implicaba automáticamente un partido de suspensión; era necesario que lo decidiera un procedimiento disciplinario. El resultado es indudable: jugó la final. El mecanismo que lo hizo posible, en cambio, presenta caras distintas según quién lo cuente después.

Fuera cual fuera el mecanismo exacto, hay algo claro: lo que devolvió a un jugador expulsado al escenario de la final no fue la lógica interna del reglamento, sino fuerzas ajenas a él. La voluntad del presidente de un país, una campaña de apoyo popular, un procedimiento con margen para valorar y reconsiderar. Una mano de fuera del campo movió suavemente las reglas.

Eso no significa que las reglas no sirvan para nada. Sin ellas, el terreno de juego se habría convertido hace mucho en un puro circo de gladiadores. Han frenado la mayor parte del desorden, y ese mérito les pertenece. La dificultad es que nunca son herméticas. Dependen de personas que las apliquen, y a las personas se les escapan cosas. Dependen de procedimientos que dicten las decisiones, y la presión puede influir sobre los procedimientos. Sobre el papel son neutrales y claras. Al entrar en una realidad agitada por pasiones e intereses, siempre muestran alguna grieta por la que se cuelan las fuerzas de fuera.

Ahí se esconde una dificultad fundamental de las reglas. Deberían ser neutrales, claras e inapelables, pero en cuanto llega la hora de aplicarlas empiezan a tener fugas. Se les escapa un puñetazo, no consiguen sacar a alguien que se niega a marcharse y, bajo la presión de la política y de la opinión pública, dejan sin efecto las consecuencias de una decisión de expulsión ya tomada. El orden del campo nunca ha sido un sistema autosuficiente y hermético. Siempre tiene grietas, y por ellas se filtran las fuerzas exteriores, las emociones nacionales y la voluntad política.

Fue justamente a partir de un caos como el de 1962 cuando las reglas empezaron a buscar una pieza nueva con la que completarse. Ken Aston, el árbitro de la batalla de Santiago, fue elaborando después la idea de utilizar tarjetas amarillas y rojas para dejar claras las amonestaciones y las expulsiones. Lo hizo a partir de su experiencia con partidos violentos y confusos de esa clase, entre ellos el de 1962 y el Inglaterra-Argentina de 1966. El sistema de tarjetas fue una nueva pieza que el reglamento cinceló a partir de aquel caos.

Ahora bien, atribuir la invención de las tarjetas exclusivamente a la batalla de Santiago sería exagerar. Es más prudente decir que la idea nació del conjunto de experiencias acumuladas por Aston en varios encuentros violentos y difíciles de arbitrar. El de 1962 fue una fuente importante, pero no la única causa.

Lo verdaderamente importante en la historia de las tarjetas, sin embargo, no es de dónde salieron, sino lo que estaban condenadas a no poder encerrar. Aclararon las expulsiones y las amonestaciones, pero las faltas, la hostilidad y las pequeñas marrullerías no desaparecieron por añadir dos tarjetas. Siguieron existiendo de otra forma, y a las reglas no les quedó más remedio que continuar persiguiéndolas: después de las tarjetas vinieron artículos más detallados y recursos más nuevos. Una construcción tapa una fuga antigua, tropieza con otra nueva y da lugar a la construcción siguiente. Esa persecución no tiene final.

En realidad, esa persecución interminable es el destino de las reglas. Cada una nace para tapar una fuga que la anterior no logró cerrar. Y cada regla nueva, al cerrar la fuga vieja, deja otra nueva abierta. Se retira un trozo a golpe de cincel y se pone otro en su lugar; el nuevo se agrieta y hay que volver a cincelar y a reparar. Desde las pocas normas del comienzo hasta el grueso libro de hoy, la historia del reglamento del fútbol ha seguido ese camino sin fin. La trama se hace cada vez más tupida, pero la grieta fundamental sigue sin cerrarse, porque conduce a la fuente misma de la vida del fútbol.

Por eso, en vez de esperar que algún día las reglas consigan dejar el fútbol completamente limpio, conviene admitir que el ciclo de cincelar y reparar nunca se detendrá. No es por falta de inteligencia de quienes escriben las reglas ni por falta de detalle en los artículos. No puede detenerse porque aquello con lo que tiene que lidiar, esa intensidad que engendra belleza y violencia a la vez, no es algo que las reglas puedan eliminar. Solo pueden vérselas con ella y reducir al mínimo posible su capacidad de hacer daño. Extirparla por completo nunca estará a su alcance, ni debería estarlo.

Pero esa pieza nueva también es otra construcción que no cierra del todo. Las tarjetas hicieron algo más claras las amonestaciones y las expulsiones; no encerraron definitivamente la violencia del campo, ni podrán hacerlo jamás. Esa violencia está atada a la intensidad de la que vive el fútbol, y las reglas no pueden suprimir tal intensidad: suprimirla sería suprimir el fútbol mismo. Así que solo les queda perseguirla una ronda tras otra, cincelar una pieza nueva, descubrir que aún hay fugas y cincelar otra más. Nunca alcanzarán aquello que persiguen, porque es la sombra de lo que mantiene vivo a este deporte.

8. Recoger los hilos

Recojamos todo lo anterior.

Brasil revalidó el título en 1962, y eso ya muestra la capacidad de resistencia de una construcción. Pudo permitirse perder a su mejor jugador, cambiar de hombre y de manera de ganar, y llegar hasta el final. Es la prueba de que un equipo no queda encerrado en ninguno de sus individuos.

Esa resistencia solo pertenece a una construcción madura. Un equipo recién ensamblado suele deshacerse si pierde a su hombre central. Una estructura verdaderamente formada, en cambio, puede absorber el golpe, reorganizarse y seguir funcionando. Brasil mostró en 1962 esa segunda capacidad. Podía permitirse perder a Pelé porque hacía tiempo que era mucho más que Pelé.

Pero esa resistencia también tiene un límite. Una construcción puede soportar la ausencia de un jugador; no puede dominar la intensidad que unas veces eleva el fútbol y otras lo descontrola. Puede reemplazar a Pelé, pero no quedarse con los milagros de Garrincha y rechazar su temperamento. Puede establecer normas cada vez más detalladas, pero no encerrar por completo la violencia que comparte raíz con la belleza. La resistencia sirve para afrontar los cambios de personas; no para cerrar esa grieta que atraviesa lo más hondo de este deporte.

Así, el Mundial de 1962 colocó una junto a otra dos cosas muy claras. Por un lado, la resistencia de una construcción madura, capaz de soportar el azar y las bajas, de perder su mejor carta y aun así ser campeona. Por otro, el resto que ni siquiera esa resistencia logra contener: la intensidad que hace al fútbol hermoso unas veces y violento otras, la grieta que las reglas nunca alcanzan. Lo primero permite ver hasta dónde llega la fuerza de una estructura. Lo segundo muestra que siempre queda algo que ni la estructura más fuerte puede encerrar.

Si faltara cualquiera de las dos, el fútbol estaría incompleto. Si solo hubiera resistencia y no esa grieta imposible de cerrar, sería una máquina fría de resultados previsibles, sin mucho que mereciera la pena mirar. Si solo hubiera el caos de la grieta, sin una resistencia capaz de sostenerlo, se desparramaría en fragmentos imposibles de recoger. Su apoyo mutuo permite que este deporte se mantenga en pie y conserve siempre espacio para lo inesperado. Pero aquel título no se ganó con ligereza. Hubo que arrancarlo de un clima de hostilidad prendido por los sentimientos nacionales, apoyándose en un genio que podía hacer milagros y también acabar expulsado.

Lo más profundo que dejó aquel Mundial no fue la copa, sino haber puesto ante todos, al mismo tiempo, los dos rostros del fútbol. Uno era el regate de Garrincha: la belleza. El otro, la pelea de Santiago: la violencia. Siempre queremos quedarnos con el primero y tratar el segundo como un accidente erradicable. Pero son dos direcciones de una misma intensidad y ninguna puede desprenderse de la otra. No se puede fabricar un fútbol que solo tenga belleza y ninguna violencia, igual que no se puede fabricar un Garrincha que solo tenga genio y ningún temperamento. Lo primero exige lo segundo, y lo segundo sigue unido a lo primero. Desde el día en que nació el fútbol, ese trato no admite cancelaciones.

Las reglas quisieron encerrar esa violencia. De ahí las tarjetas y los artículos cada vez más minuciosos, uno tras otro. Funcionan, sin duda, pero nunca llegan a encerrarla del todo. Para hacerlo, primero tendrían que vaciar el fútbol de la intensidad que lo hace ser fútbol, y eso es algo que no pueden ni deben hacer. Solo les queda seguir persiguiendo, seguir cincelando y encontrarse siempre a falta de un último aliento para lograrlo. Ese aliento que falta no demuestra el fracaso de las reglas. Demuestra, precisamente, que el fútbol sigue vivo.

De Garrincha solemos recordar los regates, los milagros y la libertad de aquel fútbol que salía de sus piernas arqueadas. Pero también dio aquel rodillazo y también tuvo que abandonar el campo expulsado. Era un hombre entero, con la inspiración más luminosa y con un temperamento capaz de desbordarse. Su vida aún conocería muchas otras subidas y caídas, pero esas pertenecen a otra historia. Aquí basta recordar al Garrincha de 1962 que llevó a Brasil hasta la final y que, en ese mismo terreno de juego, mostró otro rostro. Un hombre vivo que no se deja reducir a una sola de sus caras.

Nadie ha decretado que esa intensidad deba desembocar en belleza ni que deba hacerlo en violencia. Mucho menos puede nadie, antes de que se manifieste, encerrarla de antemano en uno de los dos lados. A menudo avanza en ambas direcciones a la vez: el milagro y la barbarie pueden salir de una misma persona, de un mismo partido, de una misma fuerza. Y es precisamente esa incertidumbre, ese dilema de una belleza y una violencia que siempre comparten raíz, lo que partido tras partido nos tiene con el alma en un hilo y nos impide apartarnos. Las reglas cincelan una y otra vez; la intensidad vuelve a desbordarse. Ninguna ha conseguido someter por completo a la otra. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.