Suecia
El cálculo más minucioso y el disparo imposible de calcular
En este ensayo
I. Por fin le tocaba a Brasil
29 de junio de 1958, estadio de Råsunda, a las afueras de Estocolmo. Brasil derrotó por cinco a dos a Suecia, la anfitriona, y levantó por primera vez la Copa del Mundo. Los periódicos brasileños lo dijeron con un gran titular: la Copa del Mundo es nuestra.
Ese título nunca había llegado antes. En 1950, Brasil había perdido en casa por uno a dos ante Uruguay en la última y decisiva jornada. Aquella derrota, que después se conocería como el Maracanazo, sumió a un país entero en una sombra que duraría décadas. En 1954 volvió a caer, esta vez por dos a cuatro contra Hungría en cuartos de final. Hasta 1958, el país al que se reconocían la mayor pasión por el fútbol y el mayor talento no había ganado ni un solo Mundial.
Por entonces, aquello casi se había convertido en una paradoja. Por su obsesión con el fútbol, por el talento de sus jugadores y por la cantidad de gente que jugaba en calles y callejones, Brasil ya era el lugar del mundo que más se parecía a un reino del balón. Y, sin embargo, precisamente el país que más debía ganar no había ganado nunca un Mundial. La derrota de 1950 había sido especialmente humillante: en casa, ante casi doscientas mil personas, en una última jornada en la que bastaba empatar para ser campeón, Uruguay le había dado la vuelta al resultado. Después, todo un país pasó la factura a unos pocos jugadores, sobre todo a varios futbolistas negros. El portero Barbosa cargó con aquel estigma durante toda su vida. En 1954 vino otra caída ante Hungría. Al llegar 1958, casi se había instalado la sospecha de que a aquel país le faltaba, de nacimiento, ese algo necesario para ser campeón.
Ese es el trasfondo que da todo su peso al título de 1958. No se trataba solo de ganar una final: un país que empezaba a dudar de sí mismo demostraba por fin que merecía aquel trofeo. Y precisamente por pesar tanto, la victoria se prestaba a convertirse en un gran relato, en destino, en redención. Un país que había esperado demasiado y acumulado demasiada frustración necesitaba, casi por instinto, en el momento de ganar, dar a aquella victoria un sentido a la altura de una espera tan larga.
Por eso, dentro de Brasil, el triunfo de 1958 se enlazó de manera muy natural con la herida de 1950. Esa conexión no fue una mera lectura retrospectiva. Antes del torneo, el dramaturgo Nelson Rodrigues ya había condensado el sentimiento de inferioridad nacional dejado por 1950 en la expresión «complejo de perro callejero»; después, titulares como «La Copa del Mundo es nuestra» presentaron la victoria como la recuperación del orgullo. La vieja herida y el nuevo triunfo ya se contaban juntos en aquel mismo momento.
Lo que fue cuajando después fue una versión más sencilla y cerrada: convertir esa conexión en un relato completo de redención, afirmar que la derrota de 1950 había existido para que llegara la victoria de 1958. Conviene mantener clara esa distinción. Una victoria, igual que una derrota, es contingente. Contar la derrota como si un pueblo estuviera condenado a sentirse inferior es atribuir un significado grandioso a lo contingente; hacer de la victoria la redención de aquella derrota es exactamente lo mismo. Brasil no estaba destinado a ganar en 1958, como tampoco estaba destinado a perder en 1950. Ambas cosas sucedieron, sin más, y solo después fueron incorporadas, una detrás de otra, al mismo relato.
Nada de esto niega que la herida de 1950 fuera real. El dolor de un país al que una derrota hiere hasta el punto de darse a sí mismo un nombre para su sentimiento de inferioridad es un dolor verdadero. Pero sentir dolor es una cosa, y entender ese dolor como un destino es otra. Cuando llegó la victoria de 1958, el mismo impulso narrativo operó en sentido contrario y presentó aquel triunfo como la inversión de ese destino. En realidad, de principio a fin, lo ocurrido no fueron más que dos partidos de fútbol con desenlaces distintos. Quienes los enlazaron para hacer de ellos una epopeya de redención fueron las personas, no el balón.
La pregunta que merece la pena no es la de ese relato de redención, sino otra: por debajo de todos los cálculos, de la preparación y de los sistemas, ¿qué fue lo que de verdad ganó aquel Mundial?
II. Aquel muchacho de diecisiete años
La figura que más fácilmente se presta a la leyenda es la de aquel muchacho de diecisiete años: Pelé.
Primero hay que corregir una idea muy difundida. Pelé no apareció de la nada en 1958. Según los registros oficiales de la FIFA, había debutado con la selección brasileña el 7 de julio de 1957, y ya había marcado en aquel partido contra Argentina. Lo preciso, por tanto, es decir que el Mundial de 1958 lo convirtió en una estrella de dimensión mundial, no que supuso su primera aparición. Antes de llegar a Suecia, ya era un joven futbolista con experiencia en la selección.
La precisión importa porque desmonta una costumbre: divinizar el talento. A los mitos les encanta el salvador caído del cielo, como si bastara su llegada para que todo cambiara. Pero el verdadero 1958 fue menos simple. Pelé no jugó ninguno de los dos primeros partidos de Brasil. El equipo ganó por tres a cero a Austria y después firmó un empate sin brillo con Inglaterra, el primer cero a cero de la historia de los Mundiales. Es decir, antes de que Pelé saliera al campo, aquel equipo ya existía y ya era un gran equipo. Pelé no lo creó de la nada: se incorporó a una selección fuerte, ya formada, y después, al llegar las eliminatorias, la encendió por completo.
Aquel fuego fue creciendo partido a partido. Ante Gales marcó el único gol y dejó resuelta la contienda. En la semifinal contra Francia firmó un triplete y se impuso de lleno a una selección que contaba con un goleador de la talla de Fontaine. En la final volvió a marcar, esta vez por partida doble. En las tres eliminatorias marcó en cada partido y resultó cada vez más decisivo. Fue en esos tres partidos en Suecia cuando el mundo vio por primera vez con claridad lo que significaba aquel nombre. Pelé pasó de ser un muchacho con cierta fama en Brasil a convertirse en un nombre que el mundo entero tenía que recordar. Una estrella no se fabrica en un solo partido: se forja, golpe a golpe, con una sucesión de actuaciones que no admiten discusión.
Antes del torneo, Pelé se había lesionado una rodilla en un entrenamiento, y por eso se perdió los dos primeros encuentros de Brasil. Su debut en aquella edición llegó el 15 de junio, contra la Unión Soviética. Según su fecha de nacimiento, aquel día tenía diecisiete años.
También aquí se esconde una contingencia. La propia posibilidad de que Pelé jugara dependía de aquella rodilla lesionada. Una lesión algo más grave, una recuperación algo más lenta, y tal vez aquel muchacho de diecisiete años no habría disputado un solo minuto del torneo. La historia de 1958 habría sido otra. Una leyenda que después se contaría como el cumplimiento de un destino tenía, en realidad, su punto de partida en una pierna lesionada que estuvo a punto de dejarlo fuera de toda la competición. Hasta la entrada en escena de un genio tiene que pasar antes por el azar.
A partir de aquel encuentro, una sucesión de goles dejó su nombre clavado en la historia de los Mundiales. Contra Gales anotó el único tanto del partido y se convirtió en el goleador más joven de la historia del torneo. En la semifinal contra Francia hizo un triplete y pasó a ser también el jugador más joven en conseguirlo. En la final ante Suecia marcó dos veces. En el primero de sus goles levantó el balón por encima del defensor que tenía delante y luego lo envió a la red de una volea. Todavía hoy sigue siendo el goleador más joven de una final mundialista. Cuatro partidos, seis goles: un muchacho de diecisiete años protagonizó una auténtica eclosión en el escenario más alto del mundo.
Detrás de esa cadena de récords hay un hecho que casi se nos olvida: todavía era, de verdad, un niño. El día que marcó contra Gales tenía diecisiete años y algo más de doscientos días. Cuando hizo el triplete contra Francia y el doblete contra Suecia, apenas era unos días mayor, diez como mucho. En aquella época, el Mundial era un campo de batalla de adultos, un lugar donde combatían veteranos curtidos en mil lances. Y un muchacho de diecisiete años jugó en ese terreno con más fiereza en cada partido, grabando, uno tras otro, los récords de goleador más joven, autor de un triplete más joven y goleador más joven en una final. Los grabó tan hondo que aún hoy nadie ha podido borrarlos. Un niño se convirtió en el más afilado de todos en una guerra de adultos.
Esos son hechos comprobables: resultados, edades y goles pueden verificarse con exactitud. En cambio, muchos de los detalles más dramáticos que rodean a aquel muchacho proceden de recuerdos posteriores, biografías y relatos repetidos una y otra vez por los medios. Si se retiran las capas de leyenda que recubren al Pelé de 1958, el núcleo que queda ya es asombroso: un niño de diecisiete años decidió un partido tras otro en las eliminatorias. Ese núcleo no necesita ningún adorno.
Retirar la leyenda y quedarse con los hechos merece especialmente la pena en el caso de Pelé, porque acabó siendo uno de los nombres envueltos en más capas de mitología. Cuanto más grueso se hace el mito, más fácil resulta que el verdadero muchacho de diecisiete años quede enterrado. Y lo cierto es que el Pelé de 1958 no era ni un milagro nacido de la nada ni un dios todopoderoso. Era un joven con talento, con una lesión y con experiencia en la selección, que marcó goles reales en una sucesión de partidos reales. La versión sin adornos ya es suficientemente conmovedora.
Además, sacar a Pelé del mito no pretende rebajarlo, sino dejar ver dónde estaba su verdadera grandeza. Nada de lo que haga un dios resulta extraordinario, puesto que es todopoderoso. Pero que un muchacho de diecisiete años, de carne y hueso, capaz de lesionarse y de ponerse nervioso, marque en una eliminatoria mundialista tras otra sí es algo verdaderamente increíble. El mito provoca asombro mediante la exageración; la realidad, mediante lo concreto, provoca un asombro más hondo.
III. Aquellas piernas torcidas
Hay, sin embargo, otro hombre que permite entender la cuestión aún mejor que Pelé: Garrincha.
Su verdadero nombre era Manuel Francisco dos Santos. Había nacido en 1933 en un pequeño pueblo obrero llamado Pau Grande. Procedía de una familia pobre y creció en una comunidad fabril. Lo primero que lo distinguía eran sus dos piernas.
Que presentaban deformaciones importantes no se discute. Pero las versiones posteriores no coinciden ni sobre sus causas ni sobre su descripción exacta. Algunas las atribuyen a una poliomielitis infantil; otras insisten en su aspecto: una pierna arqueada hacia dentro, la otra hacia fuera, y una deformación muy acusada en conjunto. Otras añaden cifras concretas, como que la pierna derecha era unos centímetros más corta que la izquierda. Lo único que puede afirmarse con seguridad es el hecho elemental: tenía dos piernas visiblemente deformadas, unas piernas que a ojos de los médicos rozaban la discapacidad, y eran las piernas de uno de los mejores extremos de la historia.
La contradicción resulta casi absurda. Según toda lógica, unas piernas así tendrían que haber sido un lastre para jugar al fútbol y una razón para descartarlo desde muy pronto. Pero Garrincha hizo precisamente con ellas el regate más desesperante para los defensores de su época. Sus trayectorias con el balón no obedecían a ninguna lógica; a menudo bastaba una finta para que el rival perdiera el equilibrio, mientras él, apoyándose en aquellas piernas que otros consideraban propias de una persona con discapacidad, era capaz de girar en ángulos que los demás no podían alcanzar. No llegó a ser un genio a pesar de sus piernas: en cierto sentido, su genialidad crecía dentro de su misma rareza. Ninguna escuela de fútbol podía enseñar algo así; ningún baremo de selección de jugadores podía medirlo. Había surgido sin más, único e irrepetible.
Más importante todavía: Garrincha jugaba con una alegría casi infantil. No conducía el balón y desbordaba rivales solo por razones tácticas; a veces lo hacía por el puro placer de ejecutar el movimiento. Cuanto más se intenta someter algo así a la disciplina de una manera de jugar reproducible, más se escurre entre los dedos. No pertenece a ningún sistema, no obedece a ninguna orden. Solo pertenece a esa persona concreta de piernas torcidas que se divierte en el campo. Un equipo puede contar con él, pero no puede adueñarse de ese algo que lleva en los pies. Ese algo, de principio a fin, es únicamente suyo.
A un hombre al que el baremo había clasificado como discapacitado le habían crecido unos pies que nadie podía medir. Era la refutación más silenciosa y más radical de aquella medida que pretendía calcularlo todo. Según sus propios criterios, tendría que haber colocado a Garrincha entre los descartados desde el principio. Y, sin embargo, precisamente ese hombre destinado al descarte se convirtió en una de las piezas más decisivas del título. Lo que la medida había declarado sobrante resultó ser lo más indispensable: ahí aparece el resto en su forma más afilada.
La historia posterior de Garrincha sería larga y compleja, con momentos de esplendor y también con muchas caídas dolorosas. Pero eso pertenece a otro capítulo. Aquí basta recordar al Garrincha de 1958, corriendo a sus anchas por la banda derecha: un hombre salido de un barrio pobre que, con dos piernas deformadas, jugaba el fútbol más libre del mundo. En una época en que todos querían hacer del fútbol algo más científico y controlable, él era un recordatorio vivo de que en este deporte siempre habrá un lugar que ninguna ciencia podrá planificar.
Por eso, jugadores como Garrincha tienen un valor tan singular en la historia del fútbol. El deporte se volvió después cada vez más profesional y preciso, y los criterios de selección se hicieron cada vez más severos. Alguien como él, con una discapacidad en las piernas, poco disciplinado y entregado a su inspiración, muy probablemente no llegaría nunca a lo más alto dentro del sistema actual. Sin embargo, fueron personas como él las que crearon algunos de los momentos más inolvidables de este deporte. Mientras un mecanismo de selección cada vez más perfeccionado elimina más y más mediocridad, ¿no estará eliminando también esa inspiración irrepetible? La pregunta sigue sin respuesta.
Precisamente aquellas piernas produjeron un regate que nadie podía enseñar y nadie podía detener. Imaginativo y dotado de una técnica extraordinaria, Garrincha seguía con el balón trayectorias a menudo ilógicas que, sin embargo, dejaban a los defensores rivales persiguiendo el vacío. En 1958, como Pelé, debutó en el partido contra la Unión Soviética. Desde aquel encuentro hasta la final, Brasil lo ganó todo. Más tarde, la propia FIFA destacó un dato: Brasil nunca perdió cuando Pelé y Garrincha jugaron juntos.
Hay dos aportaciones de Garrincha en aquel Mundial que pueden señalarse entre las menos discutidas. La primera fue ante la Unión Soviética: todas las retrospectivas cuentan que desbarató la defensa soviética desde el inicio, y las estadísticas suelen atribuir los dos goles de Brasil a sus servicios desde la derecha para Vavá. La segunda fue en la final: los registros coinciden en describir los dos primeros tantos brasileños como centros de Garrincha desde la derecha rematados a gol por Vavá. Un hombre cuyas piernas se consideraban afectadas por una discapacidad utilizó aquellas piernas torcidas para dar las dos asistencias con las que su equipo remontó la final.
Si se repite tanto aquel dato de la imbatibilidad de Brasil con Pelé y Garrincha juntos es porque apunta a algo casi misterioso: el destino de un equipo dependía, nada menos, de que dos personas estuvieran al mismo tiempo sobre el campo. Ningún sistema puede explicar eso. Ni la formación más precisa permite calcular por qué, justamente al juntarse esas dos personas, un equipo podía transformarse por completo. Aportaban algo exterior al sistema, una variable ante la que los rivales agotaban todos los cálculos de su pizarra táctica.
Esa variable es justamente lo que hace al fútbol tan fascinante y lo que trae de cabeza a cualquier cálculo. Puedes estudiar a fondo la formación del rival y marcar en una pizarra los movimientos de todos sus jugadores. Pero no puedes dibujar cómo fintará Garrincha en el segundo siguiente ni cómo golpeará Pelé el próximo balón. Lo que la pizarra puede calcular es la estructura; lo que no puede calcular es el destello de inspiración de las personas vivas que la habitan, en pleno partido. Y muchas veces la victoria y la derrota se deciden en ese pequeño espacio que el cálculo no alcanza.
IV. Quienes querían calcular el éxito
¿Cómo se preparó Brasil antes de viajar a Suecia en 1958? Precisamente esa preparación permite apreciar lo que significaba alguien como Garrincha.
La selección brasileña afrontó el torneo con la ambición de racionalizarlo y someterlo todo a la ciencia tanto como fuera posible. Contrató a un psicólogo para evaluar a los jugadores y trató de incorporar su estado de forma, su carácter y su fiabilidad en competición a un baremo que permitiera medirlos y seleccionarlos. Detrás había un impulso muy moderno: hacer de algo tan incierto como ganar un Mundial un resultado, en la mayor medida posible, previsible, controlable y fabricable.
Para la época, la ambición era muy avanzada. La mayoría de los equipos aún basaba su preparación en la experiencia del entrenador y en cómo respondían los jugadores el día del partido. Brasil intentaba revestir todo aquello de ciencia: recurrir a evaluaciones profesionales para convertir lo impreciso e intangible en datos que pudieran puntuarse, ordenarse y servir de base para decidir a quién elegir y a quién descartar. Lo sostenía una convicción sencilla y poderosa: si se medía bien cada eslabón y se controlaba cada variable, la victoria dejaría de ser un acontecimiento contingente y pasaría a ser un resultado que podía diseñarse.
En este punto aparece una versión enormemente difundida. Se cuenta que aquel psicólogo juzgó que los dos hombres que acabarían siendo el alma del equipo, Pelé y Garrincha, no eran aptos para la gran competición: en términos generales, Pelé era demasiado infantil, y a Garrincha le faltaban sentido de la responsabilidad y esa ferocidad competitiva que se suponía necesaria. Hay que tratar esa versión con cautela, porque lo que circula hoy procede sobre todo de relatos retrospectivos de otras personas, y no de un documento original que pueda cotejarse. Ya no es posible establecer con certeza las palabras exactas.
Pero incluso dejando de lado la redacción concreta de aquella evaluación, el impulso era real, y también lo era el muro con el que tropezaba. Por minucioso que sea un baremo que pretenda calcular el éxito, hay algo que no puede incorporar: una persona como Garrincha. Ningún cuestionario permite medir lo que pueden hacer aquellas piernas torcidas; ningún conjunto de criterios permite prever la eclosión de un muchacho de diecisiete años en las eliminatorias. Mucho menos permite convertir esa inspiración ajena a toda lógica en un indicador al que asignar una puntuación. El éxito, aquello que más se deseaba introducir en el cálculo, dependía precisamente de la persona más imposible de calcular.
Esto no significa que toda aquella evaluación careciera de sentido. La estabilidad emocional de alguien o su capacidad para soportar la presión sí guardan relación con su rendimiento y sí merecen atención. El problema es que la evaluación solo puede iluminar la parte mensurable de una persona, mientras que lo más importante en un genio es precisamente la parte que no se puede medir. Puedes medir la estatura y el peso de Garrincha, incluso la curvatura de sus piernas, pero no hacia dónde saldrá su próxima finta. Puedes evaluar la edad psicológica de Pelé, pero no determinar mediante esa evaluación que en la final levantará el balón por encima de un rival y lo rematará de volea. La regla mide lo habitual, no la inspiración; y a menudo lo que decide un partido es justamente ese mínimo destello que desborda lo habitual.
Así, ante Garrincha, el baremo que pretendía calcular el éxito encontró su límite. A lo sumo podía reconocer a un genio, pero jamás calcularlo, y mucho menos fabricarlo. A un genio se lo descubre; no se lo diseña. La verdadera suerte de Brasil en 1958 no consistió en acertar algún cálculo, sino en no permitir finalmente que aquellos cálculos dejaran fuera a dos personas cuyo valor no podían determinar. Se quedó con los hombres, y los hombres ganaron para él el trofeo que tanto tiempo llevaba tratando de conquistar a base de cálculos.
Hay una ironía en todo esto. Los cálculos se habían concebido para aumentar las garantías de victoria, pero, llevados hasta sus últimas consecuencias, podían haberla alejado. Cuanto mayor es el empeño por calcularlo todo, mayor es el riesgo de descartar como impurezas aquello que no se deja calcular y que resulta ser lo más importante. La medida racional tiene su utilidad. Pero en cuanto se vuelve tan presuntuosa que cree poder medirlo todo y supone que lo que no puede medir carece de valor, arroja con sus propias manos lo más precioso al montón de los desechos.
La evolución posterior del fútbol llevó cada vez más lejos ese impulso de calcularlo todo. Los datos, los modelos y toda clase de indicadores cuantitativos se hicieron cada vez más detallados y penetraron en todos los rincones. Por supuesto que son útiles: han vuelto la preparación de los equipos mucho más científica que antes. Pero aquel Garrincha de 1958, al que los cálculos estuvieron a punto de borrar, sigue siendo una espina discreta junto a todos esos cálculos. Recuerda que, por más precisa que sea la regla, siempre habrá un Garrincha fuera de su alcance, esperando para cambiar por completo un partido con un regate que nadie podía prever.
Si aquel baremo racional hubiera tenido la última palabra, si aquella evaluación se hubiera tomado al pie de la letra, tal vez la selección no habría llevado a los dos hombres considerados no aptos. Y entonces esos dos golpes de balón que ganaron el Mundial ni siquiera habrían llegado a producirse. Quienes querían calcular el éxito estuvieron a punto de eliminar, mediante sus cálculos, lo que realmente podía proporcionárselo.
V. Una formación sin un origen puro
Por supuesto, el Brasil de 1958 no dependía únicamente de dos genios. También llevó una formación a la que después se volvería una y otra vez: el 4-2-4.
Podemos establecer con certeza cómo se dispuso aquella formación en el torneo. Cuatro defensas atrás, por delante una pareja de centrocampistas formada por Zito y Didi, y más arriba cuatro atacantes: Garrincha, Vavá, Pelé y Zagallo. No era un esquema inmóvil y perfectamente simétrico. Zagallo lo explicó con claridad en una entrevista de la FIFA: con el balón era extremo izquierdo; sin él, tenía que replegarse para defender. Por eso, en defensa, la formación adoptaba a menudo una estructura más asimétrica, cercana incluso al 4-3-3. Era un esquema móvil, en el que también los laterales podían incorporarse al ataque.
La fuerza de esa estructura consistía en desplegar cuatro atacantes cuando tocaba atacar, con una enorme potencia ofensiva, y recuperar densidad en el medio cuando tocaba defender gracias al repliegue de jugadores como Zagallo, sin dejar las puertas abiertas de par en par. Combinaba el filo del ataque con el equilibrio defensivo. Pero lo que de verdad mantenía ese equilibrio era el criterio de los jugadores durante el partido y su movimiento incesante, no unos cuantos círculos fijados sobre un dibujo táctico.
Ahora bien, si se pregunta si el 4-2-4 fue una invención brasileña, las fuentes autorizadas disponibles no ofrecen una respuesta nítida. El Museo de la FIFA vincula su difusión en Brasil al entrenador paraguayo Fleitas Solich. La historiografía del fútbol publicada por Cambridge remonta la base táctica del Brasil de 1958 a la tradición húngara y a la influencia del húngaro Guttmann. Jonathan Wilson, por su parte, afirma expresamente que el origen del 4-2-4 es complejo y discutido, e incorpora a esa genealogía la evolución previa dentro del propio Brasil, en especial los ajustes de Zezé Moreira en la defensa zonal y en la línea de zagueros.
Esas líneas se superponen, y nadie puede señalar con claridad una como la única fuente. Algo aportó el paraguayo, algo se filtró desde la tradición húngara y algo descubrieron por su cuenta los entrenadores brasileños. De su confluencia surgió el 4-2-4 que aquella selección practicó en el Mundial de 1958. Parecía una unidad orgánica, pero, en cuanto se retrocedía por su historia, se descomponía en varios caminos entrelazados, sin que pudiera determinarse cuál era principal y cuál secundario.
En realidad, ese es el destino común de toda construcción. Un sistema que parece bastarse a sí mismo y tener límites bien definidos invita a imaginar un origen puro, un genio que lo inventó, un momento exacto en que nació. Pero basta remontar su historia para que aquel origen se disperse en una maraña de procedencias que se contienen unas a otras. Ocurre con el 4-2-4, ocurrió antes con el WM y, más atrás, con la pirámide. Ninguna construcción se crea de una vez a partir del vacío. Todas van surgiendo, bajo presión, entre modificaciones y ensamblajes, del resto que dejó la construcción anterior.
Lo que sí hizo el Brasil de 1958 fue mostrar el 4-2-4 al mundo entero sobre el terreno de juego. Después, aquella manera de jugar con cuatro atacantes, junto con las incorporaciones de los laterales y la movilidad en el centro del campo, influyó en el fútbol durante muchos años. Una construcción sin un origen puro puede, en el momento de ponerse en práctica, convertirse en el modelo que toda una generación se apresura a imitar. La ambigüedad de su procedencia no resta nada a su importancia posterior. Ese es otro rasgo interesante de las construcciones: su punto de partida puede ser una maraña, y su proyección, en cambio, clara y profunda.
Un origen enredado, por tanto, no impide que el 4-2-4 sea un hito perfectamente reconocible. Lo importante nunca fue de qué fuente única había brotado, sino la forma que cobró en los pies de aquella selección brasileña de 1958. El valor de una construcción no reside en la pureza de su origen, sino en si, al ponerse en práctica, puede sostener la actuación de las personas vivas que están sobre el campo. Aquella pudo hacerlo.
La formulación más segura es, por tanto, esta: el Brasil de 1958 mostró el 4-2-4 al mundo y lo puso de moda, pero la formación no tiene un origen brasileño único y generalmente aceptado. Fue tomando forma poco a poco, por la confluencia de varias líneas. En esto se parece a todas las innovaciones tácticas del fútbol: desde la pirámide hasta el WM y, más adelante, aquel paso atrás de los húngaros, ninguna formación ha brotado de la nada desde una fuente pura. Toda estructura que parece bastarse a sí misma revela, al remontar su historia, una maraña de procedencias.
VI. La victoria no fue de uno solo
Convertir 1958 en una función protagonizada exclusivamente por Pelé y Garrincha sería irse al otro extremo.
El verdadero eje del centro del campo de aquella selección era Didi. La FIFA lo reconoció oficialmente como el mejor jugador del Mundial de 1958 y señala expresamente que en aquella elección quedó por delante de Garrincha y Pelé. Era Didi quien regulaba el ritmo del equipo desde el medio, quien hacía llegar el balón adonde debía ir en campo contrario. Si aquellos dos genios podían brillar, era gracias a la estructura que funcionaba a sus espaldas: al sostén de Zito y Didi en el centro del campo, a la capacidad de Vavá para rematar en la delantera y al espacio que abría el repliegue silencioso de Zagallo.
El jugador reconocido oficialmente como el mejor del torneo no se distinguía por el regate más deslumbrante, sino por su dominio del ritmo, del pase y de la medida justa. Un equipo nunca gana solo gracias a una o dos figuras brillantes. También necesita ese eje que lo conecta todo, las intercepciones y los apoyos de Zito a su lado, y a cada uno de los que aceptan un papel secundario y hacen que los dos genios destaquen aún más. Sin esa estructura, el regate de Garrincha tal vez habría sido un baile solitario sin nadie con quien combinar, y la inspiración de Pelé, una chispa sin lugar donde prender.
Aparece así una dependencia en las dos direcciones. El individuo necesita al sistema para realizarse, y el sistema necesita al individuo para encenderse; pero ninguno puede absorber al otro por completo. El sistema no puede contener al individuo porque ese destello de inspiración no se puede calcular. El individuo tampoco puede prescindir del sistema porque hasta el destello más luminoso necesita un suelo donde prender. Brasil ganó en 1958 no porque hubiera conseguido cerrar por completo una de esas dos dimensiones, sino porque coincidieron ambas. Y ni siquiera reuniéndolas tenía garantizada la victoria: tan solo había llevado las posibilidades de ganar hasta el límite de lo que permitía aquella época.
El Brasil de 1958, por tanto, no era un equipo mediocre salvado por casualidad por sus genios, ni una máquina de precisión a la que por azar le habían colocado dos buenas piezas. Era un buen equipo, con un buen sistema y con un talento excepcional, y esas dos cosas coincidieron y, además, ninguna falló. Reducir su victoria a una sola, ya sea elogiando únicamente la formación o únicamente a los dos hombres, supone dejar fuera la otra mitad. Una victoria real siempre resulta de la concurrencia de varias cosas, y entre ellas siempre hay alguna que el cálculo no alcanza.
Esa concurrencia no puede reducirse a una fórmula. Se puede decir que para ganar un Mundial hacen falta un buen sistema y buenos jugadores, pero eso casi equivale a no decir nada. Lo difícil de verdad es que ambas cosas estén en su sitio una tarde concreta y que ninguna falle. El Brasil de 1958 lo consiguió, pero la manera en que lo logró no puede descomponerse en una secuencia de pasos que otro equipo pueda repetir. El siguiente aspirante al título podría estudiar hasta el último detalle de su formación y de sus jugadores, y aun así no podría reproducir lo que le deparó aquella tarde.
Conviene, por tanto, contener también el impulso contrario: atribuir toda la victoria a unos pocos genios, como si, con tener a esos dos hombres, lo demás dejara de importar. Eso tampoco es exacto. Los centros de Garrincha necesitaban los cabezazos de Vavá para hacerse goles; la inspiración de Pelé necesitaba un equipo dispuesto a entregarle el balón para dar fruto. El talento individual nunca brilla en el vacío: ha de crecer dentro de una estructura para desplegar de verdad su fuerza.
Y eso conduce a algo más sutil. El sistema importa, pero el propio sistema, como ya hemos visto, tampoco tiene un origen puro: también nace de una maraña de procedencias. El individuo es insustituible, pero su genialidad también necesita al sistema para realizarse. Ambos importan, y ninguno puede encerrar al otro. Un equipo no puede asegurarse la victoria con solo calcular una formación perfecta, ni puede dormir tranquilo por el mero hecho de contar con varios genios. Necesita las dos cosas, y ni siquiera teniéndolas tiene nada garantizado.
VII. El disparo imposible de calcular
Bajo los títulos de 1954 y 1958 se esconden las dos caras de una misma cuestión.
La Hungría de 1954 cuenta una de esas historias: ni el sistema más perfecto puede encerrar dentro de sí un partido concreto. Por más que una construcción se perfeccione hasta el límite, no puede salvar la grieta entre ser el más fuerte y ganar. Por arriba, el cierre es imposible.
El Brasil de 1958 cuenta la otra cara. Por minucioso que sea un baremo empeñado en calcular el éxito, no puede calcular las piernas torcidas de Garrincha, ni la eclosión de Pelé a los diecisiete años, ni esa inspiración que no obedece a ninguna lógica. Por abajo, tampoco puede cerrarlo todo mediante el cálculo. Una construcción no puede asegurar la victoria desde lo alto ni fabricar o seleccionar de antemano, desde la base, a la persona que realmente decidirá el resultado.
Ese individuo irreductible es el resto que la medida racional no consigue incorporar. Puedes entrenarlo, darle las mejores condiciones y situarlo dentro de un sistema cuidadosamente diseñado, pero no puedes fabricar ese toque que sale de sus pies. Solo puedes esperar a que ocurra y reconocerlo después de que haya ocurrido. Nunca podrás calcularlo con exactitud antes. El regate de Garrincha y la eclosión de Pelé son de esa naturaleza. No son productos de ningún cálculo: brotan allí donde el cálculo no llega.
Ese es el aspecto más rebelde a la razón y más fascinante del individuo como resto. No está bajo el control de nadie, ni siquiera del equipo que cuenta con él. Brasil no podía garantizar que Garrincha estuviera inspirado en cada partido, como tampoco podía garantizar que toda la suerte de un encuentro cayera de su lado. Solo podía llevar consigo a alguien así, ofrecerle el mejor escenario y esperar que, en el momento crucial, se encendiera justo aquel destello. Lo que buscaba no era un resultado inevitable, sino una probabilidad: una probabilidad que un genio irreductible elevaba enormemente, pero que nunca llegaba al cien por cien.
1954 y 1958 completan, justamente, las dos mitades de esa ley. Una construcción no puede cerrarse por arriba, porque ni el sistema más perfecto puede saltarse la última contingencia que lo separa de la victoria. Tampoco puede cerrarse por abajo mediante el cálculo, porque la persona y la inspiración de las que más depende no son cosas que pueda calcular o fabricar. Arriba está la contingencia; abajo, el individuo. Ambas fuerzas mantienen abierta la construcción por sus dos extremos, de modo que nunca termina de cerrarse. Hungría demostró la primera mitad; Brasil, la segunda. En realidad, las dos hablan de lo mismo: una construcción nunca puede cerrarse sobre sí misma.
Entendido esto, al volver la mirada hacia aquel trofeo ya no se ve una victoria de los cálculos ni de algún sistema. Fue un grupo de personas que, una tarde concreta, reunió suerte e inspiración y ganó jugando allí, en ese momento. La Hungría más perfecta no logró reunirlo todo; el Brasil menos perfecto, pero lleno de vida, sí. La diferencia no estuvo en quién calculó con mayor precisión, sino en aquella grieta que nadie podía calcular con exactitud: esta vez, Brasil se encontró del lado adecuado.
Pero hay que dejar algo claro: contar con un genio irreductible de esa naturaleza no equivale a tener asegurada la victoria. No se trata de que la razón no pueda calcularla y el genio sí. El genio tampoco es una garantía. Por prodigioso que fuera Garrincha, podía fallar un remate; por genial que fuera Pelé, podía quedarse mudo un día. La inspiración individual, como la contingencia de un partido, no puede escribirse por adelantado. Eso solo demuestra, una vez más, que aquella victoria no pertenece a ningún cálculo, ya sea sobre los sistemas o sobre el talento. Pertenece a aquella tarde concreta, a aquellas personas concretas y a aquellos golpes de balón ejecutados en pleno partido.
Esa es también la razón por la que el fútbol, un deporte con tan pocos goles, fascina más que muchas otras competiciones. Cuantos menos goles hay, más ancha es la grieta que el cálculo no puede abarcar, y mayor es el papel que pueden desempeñar la suerte y la inspiración. En un encuentro donde se suman fácilmente decenas de puntos, lo habitual es que gane el más fuerte: mandan los cálculos y los sistemas. En el fútbol, en cambio, noventa minutos suelen dar apenas para uno o dos goles, y precisamente esos uno o dos goles son los que con mayor facilidad quedan en manos del azar y del genio. Esa escasez estructural de la anotación deja un amplio territorio al resto que ningún cálculo consigue incorporar.
Así, el fútbol, al que tanto se quiere someter a cálculo, resulta ser uno de los deportes más difíciles de calcular. Buena parte de su encanto nace de esa imposibilidad. Si algún día llegara a quedar enteramente calculado y se pudiera predecir con exactitud cada partido, probablemente dejaría de merecer esa espera con la respiración contenida. Lo que mantiene su atractivo es, precisamente, que nunca se consigue calcularlo del todo.
VIII. Para cerrar
Reunamos todos los hilos.
En 1958 ganó, por fin, un país que nunca había ganado. Más tarde, aquella victoria se enlazó con la herida de 1950 y se contó como una redención. Pero la redención es un relato levantado después de los hechos. Tanto la derrota de 1950 como la victoria de 1958 fueron contingentes; ninguna estaba predestinada. Contar la primera en términos de un sentimiento de inferioridad nacional y la segunda como la liberación de ese sentimiento responde al mismo procedimiento: dar un sentido completo, con principio y final, a un partido cuyo resultado no estaba escrito. Y Barbosa, aplastado por el relato de 1950, no recibió ninguna reparación real por el hecho de que Brasil ganara en 1958. Una nueva victoria no tapa una vieja injusticia: tan solo se cuenta que la ha tapado.
Reconocerlo no pretende aguar la fiesta de 1958. La victoria fue real y la alegría también. Un país que había esperado tanto merecía celebrarla a lo grande. Lo único que hay que rechazar es la versión que la convierte en algo predestinado, necesario o parecido a una compensación histórica. Una victoria no necesita ser contada como redención para resultar valiosa. Al contrario: precisamente porque pudo no ocurrir, porque pendía de los pies de unas pocas personas imposibles de calcular, costó tanto conseguirla y merece tanto ser apreciada.
Bajo aquel título tardío quedaban, pues, dos cosas que ningún cálculo podía incorporar. Una era la contingencia del partido: el Brasil de 1958 pudo haber perdido, como el de 1950 pudo haber ganado. La otra eran aquellos individuos irreductibles: las piernas torcidas de Garrincha, cuya manera de jugar nadie podía enseñar, y aquella tarde de Pelé con diecisiete años. El cálculo quería convertir la victoria en un producto fabricable, pero al final no podía fabricar ni la suerte dentro de lo contingente ni la inspiración que había en los pies de esos dos hombres. Solo podía reunir a las personas, preparar el escenario y confiar el último toque a un instante que nadie podía escribir de antemano.
El Brasil de 1958 confió ese último toque a las piernas torcidas de Garrincha y al arrojo juvenil de Pelé, y ambos respondieron. Pero que respondieran esta vez también fue una suerte. Podían haber fallado, igual que cuatro años antes los pies más perfectos de Hungría habían fallado a un equipo más perfecto. De un lado, la fortuna de haberlo reunido todo; del otro, el pesar de no haberlo conseguido. Y la línea que separa ambas cosas nunca ha estado dentro de los cálculos de nadie.
Esa línea dejó a la Hungría de 1954 y al Brasil de 1958 en los extremos de la tristeza y la alegría. Pero, en realidad, ambos equipos compartían la misma condición: los dos se habían entregado a aquella grieta imposible de calcular. A uno lo defraudó; al otro lo llevó a la plenitud. En el siguiente Mundial la grieta seguiría ahí, llevando a unos equipos hasta las nubes y arrojando a otros al abismo. Nadie podría saber de antemano de qué lado le tocaría caer.
Esa imposibilidad de conocer el resultado por adelantado no es un defecto del fútbol: es su fuerza vital. Precisamente porque nadie conoce el desenlace, cada partido sigue mereciendo ser jugado y visto. Un encuentro en el que todo estuviera calculado ya no tendría mucho que ofrecer al espectador.
Y por debajo de todos aquellos cálculos, sistemas y relatos de redención, quienes de verdad ganaron el Mundial fueron unas pocas personas imposibles de calcular. Fueron las piernas torcidas de Garrincha, cuyo juego nadie podía enseñar, y aquella volea de Pelé a los diecisiete años. Una selección había contratado a un psicólogo y llevado una formación precisa, con la intención de volver el éxito mensurable y controlable. Al final, sin embargo, lo que decidió el resultado fue justamente aquello que el baremo de evaluación más quería excluir y menos podía prever: el destello, en plena acción, de una persona irreductible.
Ni el cálculo más minucioso puede calcular ese disparo. Eso no significa que calcular sea inútil o que los sistemas no sirvan, sino que, al final de todos los cálculos y de todos los sistemas, siempre queda algo que no alcanzan ni pueden incorporar. A veces ese algo es la contingencia de un partido; otras, una persona concreta, viva, que nadie puede reproducir.
Nadie había dispuesto que aquel disparo tuviera que entrar, ni nadie había dispuesto que tuviera que fallar. Y es precisamente esa imposibilidad de saberlo con exactitud lo que hace que, partido tras partido, siga valiendo la pena ver y jugar este deporte una vez más. Ni el cálculo más minucioso puede determinar dónde acabará el siguiente golpe de balón. Ese es el secreto que el fútbol nunca acepta revelar por completo. El ciclo no se ha detenido: sigue girando.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.