Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 4 de 22

Berna

El equipo más perfecto y el partido que no se dejó encerrar

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. El equipo que más se acercó a la perfección

Wembley, Londres, 25 de noviembre de 1953. Inglaterra nunca había perdido en casa contra una selección de fuera de las islas británicas. Llevaba décadas defendiendo ese récord. Aquella tarde, Hungría lo hizo añicos con un 6-3. Apenas habían transcurrido unos noventa segundos cuando Hidegkuti marcó el primer gol; al terminar el encuentro, había firmado un triplete y Puskás había añadido otros dos. Y aun así, el 6-3 maquillaba la derrota inglesa: sobre el césped, la diferencia había sido mayor. El fútbol del que tanto se enorgullecían no encontró el norte en ningún momento frente a aquel equipo del este de Europa. Medio año después, en el partido de vuelta disputado en Budapest, Hungría volvió a ganar, esta vez por 7-1, la derrota más abultada que Inglaterra ha sufrido hasta hoy. Para cuando llegó aquella segunda carnicería, los húngaros ya eran los grandes favoritos del Mundial que se aproximaba. Los dos partidos dejaban algo fuera de discusión: un equipo de Europa oriental le había sacado una generación entera de ventaja táctica a la cuna de este deporte.

Aquella selección húngara pasaría a ser conocida como el Equipo de Oro. Entre 1950 y 1956 fue la mejor del planeta. Ganó el oro olímpico en 1952 y, durante una larga temporada, casi llegó a olvidar a qué sabía una derrota. Según uno de los cómputos más habituales, desde 1950 hasta antes de la final de 1954 encadenó treinta y un partidos internacionales oficiales sin perder; si se incluye el encuentro de 1952 contra Alemania Oriental, cuyo carácter oficial se discute, la cifra sube a treinta y dos. Si ampliamos el periodo hasta abarcar de junio de 1950 a comienzos de 1956, solo perdió uno de cincuenta partidos y ganó cuarenta y dos. Sobre esos números se apoya un juicio que casi se ha convertido en sentencia: quizá sea el mejor equipo de la historia de los Mundiales que nunca llegó a ser campeón.

Cuando una selección así se presentó en la final de 1954, casi nadie dudaba del desenlace. Una racha invicta, si dura lo suficiente, termina por cristalizar en la cabeza de la gente como una especie de ley física. Había ganado tanto y durante tanto tiempo que ganar ya no parecía una posibilidad, sino una necesidad. Antes de pisar el campo, sus rivales ya llevaban perdida una parte del partido por dentro; antes del saque inicial, la opinión pública ya había entregado la copa. Esa certeza que lo envolvía todo era, por sí misma, parte de la fuerza que Hungría había acumulado durante años. Uno de sus mayores capitales consistía precisamente en haber convencido a todo el mundo de que era invencible. Pero esa seguridad, tan parecida a una ley, contenía también la pregunta decisiva de este ensayo: cuando un equipo es tan fuerte que parece imposible vencerlo, ¿su invencibilidad es un hecho o una ilusión alimentada, victoria tras victoria?

Ser el mejor y no ganar el campeonato. La grieta que separa esas dos cosas es lo que vamos a seguir aquí.

Una construcción puede perfeccionarse hasta el extremo sin llegar nunca a cerrarse por completo. El Equipo de Oro sometió esa afirmación a su prueba más pura. Si alguna vez hubo un equipo que estuvo a punto de resolver el fútbol como quien termina un problema, de pulir todo el sistema hasta que apenas pudiera encontrársele un fallo, fue aquel. Había estudiado a fondo a sus rivales, había renovado las formaciones y había convertido la victoria en una costumbre casi instintiva. Pero ni siquiera él, con toda aquella superioridad, pudo salvar la grieta entre «ser el mejor» y «ganar ese partido». Ser el mejor es una construcción: real, brillante, levantada con mucho esfuerzo. Ganar la final, en cambio, es un acontecimiento contingente. Entre ambas cosas queda un resto que ni el pulido más perfecto consigue borrar. Dicho de otro modo, «ser el mejor» describe un estado, algo que se puede forjar con años de trabajo y comprobar una y otra vez; «ganar este partido» describe un acontecimiento que sucede una sola vez, no admite repetición y no se puede reservar de antemano. Los estados se pueden consolidar; a los acontecimientos hay que esperar a que ocurran. Por mucho que se haya consolidado un estado, no puede absorber la incertidumbre de un acontecimiento que aún no ha sucedido. El Equipo de Oro llevó aquel estado hasta lo más alto, pero el acontecimiento de la final no se dejó gobernar por esa acumulación. Con su propio destino, aquellos jugadores demostraron algo a quienes vinieron después: el fútbol ni siquiera a sus mayores maestros les extiende una garantía de victoria.

II. Lo que cambiaron sobre el césped

La fuerza de aquel equipo no estaba solo en la calidad de sus jugadores con el balón. Había introducido una innovación estructural que dejaba inservible al sistema anterior en pleno partido. El corte que practicó en el juego fue tan preciso como profundo.

Su punto de partida era la WM, la formación habitual del fútbol de élite de la época. Aquel dibujo había evolucionado años antes a partir de la antigua pirámide; los ingleses lo habían perfeccionado como nadie y, durante un tiempo, habían dominado el mundo con él. Sebes, el seleccionador del Equipo de Oro, transformó ese esquema conocido por todos en algo mucho más móvil. Para hacerlo, retrasó a Hidegkuti: un delantero centro que, en lugar de quedarse en la posición adelantada que le correspondía, bajaba a jugar por detrás de ella.

El corte alcanzaba justo la articulación más vulnerable de la WM. Su defensa se sostenía sobre el central encargado del marcaje, cuya misión entera consistía en no despegarse del delantero centro rival. Pero ahora ese delantero centro ya no estaba donde se suponía que había que sujetarlo: se había acercado al mediocampo. El central que debía seguirlo se encontraba ante un dilema. Si salía tras él, dejaba a su espalda un enorme espacio por el que Puskás, Kocsis y los demás podían entrar sin freno; si se quedaba, Hidegkuti recibía con calma y organizaba a placer en aquella tierra de nadie entre el mediocampo y la defensa. Ni avanzar ni retroceder resolvía nada. Bastaba el movimiento de un delantero hacia atrás para atascar toda la lógica del marcaje rival.

En la época de la WM, esa lógica era la raíz de la defensa. Cada defensor se pegaba a un hombre, cada cual guardaba su parcela y todo parecía estar en orden. Al retrasarse, Hidegkuti retiraba el supuesto sobre el que descansaba aquel orden: que el delantero centro permanecería siempre en un lugar fijo. Sin esa raíz, el sistema empezaba a hacer agua por todas partes. Eso no se conseguía con un jugador que corriera más o disparara mejor; lo que se había tocado era el eje sobre el que giraba el conjunto. Un corte en el eje resultaba mucho más eficaz que diez golpes contra las ramas. Lo verdaderamente temible del Equipo de Oro era que había encontrado aquel eje y se había atrevido a cortarlo.

El papel de Hidegkuti tenía además una virtud: contrariaba toda intuición. Un futbolista llamado delantero centro se negaba, precisamente, a ocupar el lugar de un delantero centro. En aquel tiempo, casi no entraba en la cabeza. El rival hacía lo lógico y mandaba a alguien a marcarlo, pero no encontraba a nadie; hacía lo lógico y protegía el área, pero el mediocampo se convertía en un caos por culpa de un hombre que, en teoría, debía estar dentro de ella. Hungría se adelantó al descubrir que esa máxima casi indiscutida, «el delantero centro tiene que jugar por delante de todos», era solo una convención, no una ley de hierro. Descubrir que una supuesta ley es una costumbre suele ser el principio de toda innovación.

El juego del Equipo de Oro iba más allá de cambiar a un hombre de sitio. Puskás explicó después la lógica colectiva: cuando Hungría atacaba, atacaban todos; cuando defendía, esos mismos jugadores retrocedían juntos para defender. Las posiciones dejaban de ser casillas fijas y formaban una estructura móvil en la que unos podían intercambiar marcas y cubrir los huecos de otros. Puskás era interior y capitán, dueño de una zurda prodigiosa; Bozsik gobernaba el mediocampo como un metrónomo del pase y regulaba el ritmo de todo el equipo; Hidegkuti, el delantero centro retrasado, se ocupaba de sacar de sitio a los defensores; Kocsis era un rematador extraordinario, casi imposible de contener por alto, y sus once goles lo convirtieron en el máximo goleador de aquel Mundial; Czibor abría el campo por la izquierda con su velocidad y sus desmarques imprevisibles, estirando la defensa contraria. La historia del fútbol vería en ese juego un anticipo del fútbol total. Jonathan Wilson, estudioso del fútbol húngaro, sitúa al Equipo de Oro en el centro mismo de la evolución de la táctica moderna en el libro que dedicó a esta historia. No lo trata como una estampa más de la nostalgia mundialista: fue aquel equipo el que convirtió por primera vez, en el nivel más alto del mundo, la movilidad de las posiciones y la participación de todos en un sistema capaz de ganar.

El 6-3 de Wembley fue la demostración pública más clara de aquella innovación. Los movimientos de Hidegkuti hacia atrás desconcertaron por completo a Inglaterra y dejaron a la vista, en el acto, lo anticuada que se había quedado su interpretación de la WM. La selección del país que había inventado el reglamento y el propio deporte recibió en su casa una lección de un fútbol que ni siquiera sabía leer. Siguiendo su propia lógica, la táctica había dado otro gran paso adelante. Y lo había dado ante los ojos de todo el mundo.

La táctica del fútbol nunca ha sido una invención que aparece acabada de una vez: es una carrera de relevos. De la primera pirámide a la WM que los ingleses estudiaron hasta el último detalle, y de ahí al paso atrás del delantero húngaro, cada avance se apoyaba en el anterior y, a la vez, lo apartaba de una patada. El Equipo de Oro no cayó del cielo como un milagro. Se subió a hombros de la WM, vio el punto ciego que la propia WM no podía ver y abrió por ahí una brecha. Otros siguieron avanzando por aquella abertura, hasta llegar al fútbol total y al fútbol moderno. En esa larga carrera, Hungría protagonizó uno de los relevos decisivos.

III. El talento reunido por el Estado

La fuerza de aquel equipo tenía también un origen fuera del campo que conviene explicar, porque no puede separarse de la política de su tiempo.

Sebes no era solo un entrenador que elegía alineaciones y disponía a los jugadores. Era un responsable deportivo del régimen con poderes poco habituales sobre la preparación del equipo y la concentración de los futbolistas. La política deportiva húngara había reunido a los mejores internacionales en dos clubes, el Honvéd de Budapest y el MTK. Así, los compañeros de selección también eran compañeros de club. Puskás, Kocsis y Bozsik jugaban en el Honvéd; Hidegkuti, en el MTK. Sebes podía organizar concentraciones y amistosos una y otra vez, y dirigir la selección como si fuera un club que llevara años de trabajo conjunto. Aquello del fútbol socialista no era una frase vacía. Detrás estaba la mano administrativa del Estado, que había reunido en muy pocos lugares el talento y los medios de entrenamiento. Si la selección se entendía como un club, era porque el Estado había reunido deliberadamente sus cimientos en un mismo lugar.

En el fútbol de aquella época, semejante concentración suponía una ventaja casi lujosa. Los jugadores de otras selecciones estaban repartidos entre distintos clubes, apenas coincidían unas cuantas veces al año y se reunían con prisas cuando se acercaba una gran competición. El tiempo para acoplarse era mínimo. Los húngaros, en cambio, entrenaban y jugaban juntos todo el año. Conocían tan bien los movimientos del compañero y el momento en que iba a soltar el balón que ni siquiera necesitaban levantar la cabeza. Lo que distingue a un equipo compenetrado de un puñado de estrellas reunidas a última hora es esa comprensión que se va formando día tras día. Y era precisamente esa comprensión la que el Estado, con su poder administrativo, les había preparado de antemano.

Aquí hay una línea que conviene recorrer sin perder el equilibrio. La intervención del Estado en la forma de aquel equipo fue real: era un proyecto nacional, un escaparate del socialismo. Pero esta vez había algo distinto de esos casos en que el poder incorpora el fútbol a su propia fachada. La concentración estatal no había asfixiado la creatividad sobre el césped. Ninguna orden administrativa podía decretar aquel delantero centro retrasado ni aquella circulación de todos para atacar y defender. Eso nacía de la visión de Sebes, del talento de Puskás y sus compañeros, de lo que toda una generación de futbolistas había ido puliendo a fuerza de probar y pensar el juego. El Estado podía reunirlos y darles las mejores condiciones; no podía fabricar el oficio que llevaban en los pies. Juntar a los jugadores y conseguir que jugaran así eran dos cosas distintas. La segunda quedaba fuera del alcance de la administración.

Por eso aquel equipo tenía dos caras. Era, al mismo tiempo, el resultado de una concentración organizada por el Estado y un grupo de auténticos genios. Reducirlo a un producto del sistema borra un oficio que nadie podía ejercer por ellos; presentarlo como arte puro, ajeno a toda política, impide ver los cimientos que el Estado había preparado cuidadosamente bajo sus pies. Ambas cosas eran ciertas y ninguna podía absorber a la otra. Lo que pertenecía de verdad a aquellos jugadores, el oficio que había dejado al mundo entero mirando embobado, permanecía fuera del libro de méritos del Estado. Los habían reunido, sí; pero lo que hacían con el balón era suyo. Años después, ese oficio los acompañaría hasta los rincones más lejanos. Ya llegaremos a eso.

IV. El engaño del 8-3

En el Mundial de Suiza de 1954, aquel equipo llegó casi hasta el final arrasándolo todo.

Debutó con un 9-0 a Corea del Sur y después goleó por 8-3 a Alemania Occidental en Basilea. Pero la segunda goleada tuvo un precio. Puskás se lesionó un tobillo en aquel partido y no pudo disputar los dos siguientes: los cuartos de final contra Brasil y la semifinal contra Uruguay. Aun sin su capitán, Hungría derrotó a Brasil por 4-2 en un encuentro tan violento que pasaría a conocerse como la Batalla de Berna; después venció, también por 4-2 y tras una prórroga, a Uruguay, el campeón vigente. Que un equipo se quedara sin su alma y aun así superara a Brasil y al defensor del título decía mucho de los recursos de aquella selección. En cinco partidos marcó veintisiete goles, un récord para una sola edición del Mundial que nadie ha superado hasta hoy.

Aquel avance arrollador no hacía más que engordar la impresión de invencibilidad. El 9-0, el 8-3, las victorias sobre Brasil y el vigente campeón Uruguay sin su figura central, los veintisiete goles en cinco partidos: cada cifra avalaba el desenlace que ya se daba por escrito. Todo el mundo, probablemente también los propios húngaros, veía la final como otro trámite de coronación. Pero en esa certeza unánime se escondía un fallo que todos habían pasado por alto.

Aquel 8-3 era un hecho de los que mejor se prestan a engañar.

El problema era que la Alemania Occidental goleada por Hungría en la fase de grupos no era, en absoluto, la Alemania Occidental de la final. Su seleccionador, Herberger, no había presentado su mejor alineación en aquel primer encuentro: había sacado un segundo equipo. Hay una versión que va más lejos y sostiene que incluso prefería perder y quedar segundo de grupo, porque así se procuraba un camino más favorable en las eliminatorias. Es una reconstrucción posterior; unos la aceptan y otros la miran con cautela. Lo que sí puede afirmarse con seguridad es que Herberger hizo numerosas rotaciones, aceptó la derrota sin dramatismo y reservó las fuerzas de sus titulares para el desempate contra Turquía y las eliminatorias que vendrían después.

En aquel momento, la decisión tenía tanto de riesgo como de cálculo. El riesgo estaba en ceder voluntariamente un partido y entregar con ello al rival el aura de invencible, mientras uno mismo se exponía al desprecio. El cálculo consistía en aprovechar un encuentro de grupo que no decidía la clasificación para guardar fuerzas y, de paso, tantear al adversario: salía mucho más a cuenta que dejarse la piel por una gloria de escaparate. La apuesta de Herberger era que un campeonato no lo decide la imagen que se ofrece en un partido de la fase de grupos, sino lo que se guarda para las eliminatorias y la final. Prefería quedar mal al principio con tal de conservar lo que de verdad contaba.

Las rotaciones, de paso, habían ocultado la verdadera fuerza alemana. Lo que Hungría había visto en la fase de grupos era una Alemania que había aflojado, no su versión más afilada. En la final se encontraría con un rival descansado y, muy posiblemente, al que nunca había llegado a conocer del todo. «Hungría ya le había ganado a Alemania por 8-3» era, por tanto, una frase verdadera, pero incompleta. Los alemanes habían empleado aquel primer partido, en parte, para disfrazarse. Y ese disfraz era el primer tropiezo de cualquier lectura determinista según la cual Hungría estaba destinada a ganar. Un equipo creía tener calado a su rival, pero solo conocía la cara que este había elegido mostrarle. Al determinismo le encanta hablar con ese aire de «ya le ganó una vez». Lo que no ve es que, a veces, ese «ya» forma parte de la trampa que ha tendido el adversario.

Aquí se rompe una ilusión especialmente obstinada: creer que los resultados del pasado permiten cobrar por adelantado los del futuro. El 8-3 estaba en pasado; la final, en presente. Entre ambos se interponían una selección alemana casi enteramente distinta y una tarde completamente nueva. Tomar una victoria anterior como garantía de la siguiente es uno de los tropiezos más habituales del determinismo, y aquella noche de lluvia del Equipo de Oro fue una de sus caídas más sonoras. Haber ganado una vez nunca equivale a estar destinado a ganar de nuevo, sobre todo cuando el rival ha convertido la primera ocasión en un señuelo colocado a propósito ante tus ojos.

V. El partido de Berna

La final se disputó en Berna el 4 de julio de 1954. Una lluvia intensa cayó sobre el campo de principio a fin.

El comienzo fue exactamente como todos esperaban. En los primeros ocho minutos, Hungría ya ganaba por 2-0: Puskás abrió el marcador y Czibor aprovechó un desconcierto en la defensa alemana para marcar el segundo. Parecía que, para llegar al desenlace escrito de antemano, solo faltaba dejar pasar los ochenta y tantos minutos restantes. Pero Alemania respondió casi de inmediato. En el minuto dieciocho, Rahn ya había establecido el 2-2. En apenas diez minutos, los dos goles de ventaja se habían esfumado. Después, cuando el partido se acercaba a su fin, Rahn volvió a marcar: 3-2. Hungría tuvo ocasión de empatar. Poco antes del pitido final, Puskás envió el balón a la red, pero el gol fue anulado por fuera de juego.

El curso del encuentro fue una representación de cómo se derrumba la certeza. El 2-0 a los ocho minutos casi cumplía el guion que todos habían escrito; en ese instante, la convicción alcanzó su punto más alto. Lo que vino después fue el relato de su hundimiento, palmo a palmo. Primero llegó el rápido empate, y en aquella seguridad se abrió la primera grieta; luego Alemania se puso por delante, y la grieta se convirtió en brecha; por último, la anulación del empate pareció la mano del destino, que se extendía para aplastar la última esperanza de darle la vuelta al desenlace. En noventa minutos, un equipo al que todos tenían por invencible vio cómo su invencibilidad se le escapaba poco a poco, sin poder hacer nada para retenerla.

Aquel gol anulado se convirtió en una de las controversias más duraderas de la final. La indignación de los húngaros en ese momento fue real, pero las imágenes examinadas posteriormente tampoco permitieron aclarar del todo lo ocurrido. La grabación televisiva que se conserva no ofrece una prueba decisiva a favor de ninguna de las dos partes. Lo más firme que puede decirse es esto: el gol del empate fue anulado por fuera de juego, la decisión provocó de inmediato una fuerte polémica y, solo con las imágenes que han sobrevivido, todavía no se puede zanjar la cuestión. Es una grieta que el partido dejó abierta para siempre. No permite sentenciar que se cometió una injusticia con Hungría, pero tampoco afirmar que la decisión arbitral fue indiscutiblemente correcta.

También fueron reales las circunstancias fortuitas que después se repitieron tantas veces, aunque ninguna basta por sí sola para explicar el resultado. De aquella lluvia surgió la expresión «tiempo de Fritz Walter»: se decía que el capitán alemán rendía mejor con un ambiente fresco y húmedo como aquel. Adi Dassler había proporcionado a Alemania Occidental unas botas más ligeras, con tacos que podían desenroscarse y cambiarse, y se cuenta que ayudaron sobre el barro. Aquí, sin embargo, también hubo una rectificación posterior. La oficina alemana de patentes y marcas aclaró que Dassler no había inventado los tacos intercambiables de rosca para aquella final. La tecnología no apareció de la nada en ese partido; lo que hizo la final fue contribuir a la fama de la marca. La precisión no significa que las botas no sirvieran para nada, sino que se había exagerado su importancia excepcional.

Todas esas contingencias tienen algo en común: vistas después, parecen causas del desenlace; vistas antes, ninguna lo garantizaba. La lluvia no tenía por qué favorecer a Alemania; las botas podía llevarlas cualquiera; la fuerza que se había mantenido oculta solo contaba si llegaba a desplegarse de verdad sobre el campo. Eran condiciones que aumentaban o reducían una posibilidad, pero ninguna podía encerrarla hasta convertirla en necesidad. Ensartarlas una a una hasta formar una cadena causal que diga «y por eso ganó Alemania» es una ilusión que solo puede construirse cuando ya se conoce el final. Si aquel día hubiera ganado Hungría, lo más probable es que esas circunstancias ni se mencionaran o, al contrario, se despacharan como detalles sin importancia. Parecen importantes porque ganó Alemania; no es que Alemania ganara por ellas.

La lluvia, las botas, el tiempo: todo estuvo realmente allí aquella tarde. Pero ni siquiera sumándolo todo se obtiene una frase que diga «Alemania estaba destinada a ganar».

VI. Ni la construcción más perfecta puede encerrar un partido

Si se sigue esta final hasta el fondo, se llega a lo que este ensayo quiere decir de verdad.

La explicación más cómoda sería que a Hungría le robaron el campeonato. El fuera de juego, la lluvia, las botas y una Alemania Occidental que había ocultado su fuerza parecen, juntos, una injusticia cometida contra un equipo perfecto. Esa versión desahoga mucho, pero tiene la misma forma que su contraria: el mito alemán que presenta la victoria como puro milagro, como pura voluntad del cielo. Son dos caras de una misma moneda. Ambas quieren convertir el partido en una historia limpia y terminante, con el blanco y el negro bien separados: o se agravia al genio o desciende un milagro.

La verdad, sin embargo, no cabe entera en ninguna de las dos caras. Hungría era realmente el equipo más fuerte; eso no necesita ponerse en duda. Pero Alemania Occidental ganó realmente aquel partido, y su victoria fue de verdad: una remontada real, en un barro real, recuperando poco a poco una desventaja de dos goles. Tampoco hay que olvidar los fallos que mostró Hungría aquella tarde. Permitió que un rival le marcara tres goles seguidos; su capitán jugó a duras penas con un tobillo que aún no se había recuperado; y el equipo que tenía enfrente no era el que había visto en la fase de grupos. Decir que todo fue un robo borra la remontada efectiva de Alemania; atribuirlo todo al cielo borra la manera en que una sucesión de cosas muy concretas fue reescribiendo, poco a poco, una tarde que podía haber coronado al mejor. Un equipo realmente superior perdió aquel partido en una tarde en que todo se le volvió en contra. No hay un veredicto que permita despachar eso con satisfacción.

Caminar por esta cuerda floja exige contener a la vez dos impulsos que piden soltarse. Uno es salir en defensa del mejor: pensar que resulta intolerablemente injusto que un equipo tan bueno no gane, y apresurarse a buscar a quien lo perjudicó. El otro es dejarse llevar, por pereza, por el mito del vencedor: suponer que ganar equivale a tener al cielo de parte y a encarnar la virtud consumada. Pero el fútbol no administra la justicia del cielo ni reparte premios a la virtud. Se limita a poner, en aquella tarde concreta, a veintidós personas concretas a jugar noventa minutos bajo una lluvia concreta, y luego acepta aquel marcador concreto. Convertir esa tarde en la abstracción de una injusticia o de un milagro es imponerle un significado a algo que, en sí mismo, no lo tenía.

Esa contención no consiste en eludir el problema ni en repartir culpas a partes iguales para quedar bien con todos. Consiste en admitir que, a veces, la verdad de un partido no tiene una versión capaz de satisfacer a todo el mundo. Hungría era mejor: eso es cierto. Alemania ganó: eso también es cierto. Pero las dos verdades, juntas, no producen una sentencia limpia sobre quién tenía razón, quién se equivocaba, quién fue agraviado y quién tuvo suerte. Forzar un veredicto exigiría eliminar de un tajo una de las dos caras de una verdad que las contiene a ambas. La forma más fiel de contar aquel encuentro es sostener las dos a la vez, aunque cueste más y desahogue mucho menos que una conclusión tajante.

Esa es, precisamente, la lección más honda que el Equipo de Oro dejó a quienes vinieron después.

Había llevado casi a la perfección el sistema del fútbol. Había enlazado tantos partidos sin perder, había dejado en evidencia a la cuna de este deporte y había inaugurado una nueva época táctica. Si existía en el mundo una construcción lo bastante fuerte como para asegurarse su propio desenlace, tenía que ser aquella. Pero no pudo hacerlo. Incluso el sistema más perfecto solo puede convertirte en quien tiene más probabilidades de ganar; nunca en quien está destinado a hacerlo. Entre «lo más probable» y «lo inevitable» siempre queda una grieta. Y el fútbol, con su escasez de goles y sus eliminatorias a un solo partido, vive cómodamente dentro de ella. Cuanto más perfecto era el Equipo de Oro, más claramente demostraba, a su pesar, que ni la perfección podía encerrar aquel encuentro.

La imposibilidad de cerrar una construcción se manifestaba aquí en su forma más pura. En otros casos, cuando una construcción no logra cerrarse, siempre cabe el consuelo de pensar que todavía no se ha pulido lo suficiente, que quizá el tiempo permita tapar la grieta. Pero el Equipo de Oro había llevado hasta el final todo lo que podía perfeccionarse. Era el límite al que podía llegar aquella construcción. Y ni siquiera ese límite había bastado para rellenar la grieta. Se impone entonces una conclusión más dura: una construcción no queda abierta porque aún no sea lo bastante buena, sino porque ninguna construcción, por buena que sea, puede cerrarse. El resto no desaparece al acercarse a la perfección. Es justo donde la perfección llega más lejos donde ese resto hiere más la vista.

Es una advertencia para cualquiera que tenga fe ciega en la perfección. Siempre pensamos que, si hacemos algo lo bastante bien, si llegamos hasta el extremo, obtendremos a cambio un resultado seguro y no le dejaremos a la suerte ningún margen para intervenir. El Equipo de Oro llegó a ese extremo y les dijo a todos que no: aquel margen nunca se cierra. La preparación más perfecta solo aumenta las probabilidades de ganar, y por altas que sean las probabilidades, la victoria no está en el bolsillo. En esa estrecha rendija vive siempre un huésped al que nadie puede echar: el azar. Reconocer que está ahí no es resignarse al destino; es ver cómo son realmente este deporte y tantas otras cosas. Quien apueste todas sus esperanzas a que «si lo hago perfecto, nada puede fallar» acabará, tarde o temprano, calado hasta los huesos por algún día de lluvia en Berna.

Que el equipo más fuerte no ganara el título no fue una excepción a esa ley. Fue su proclamación más rotunda.

VII. «Volvemos a ser alguien»: el nacimiento de un mito

Quien perdió se llevó una herida. Quien ganó se llevó un mito.

La victoria de Berna se convirtió en un enorme símbolo de la memoria de la Alemania Occidental de posguerra. Una frase condensó después la carga emocional de aquel desenlace: «Volvemos a ser alguien». El grito del locutor de radio, «¡Se acabó! ¡Alemania es campeona del mundo!», pasó a formar parte de aquel despertar colectivo. Más tarde, Berna sería descrita a menudo como el verdadero momento del nacimiento de la República Federal. Un país que acababa de salir de las ruinas y la vergüenza de la guerra recuperaba, gracias a un triunfo futbolístico, algo de la confianza necesaria para volver a caminar erguido. En aquel tiempo, ese sentimiento era real y conmovedor.

Pero también aquí hace falta contención. La victoria produjo una conmoción emocional auténtica, aunque los historiadores discrepan sobre la rapidez y la magnitud de sus efectos políticos. Hay estudios dedicados al uso político de ese mito que señalan que el acontecimiento sacudió de verdad a sus contemporáneos, pero que su influencia fue mucho más breve e indirecta de lo que cuenta la leyenda posterior. Presentar Berna como el día en que nació la República Federal es una interpretación que fue elevándose después, capa a capa. Esa elevación no se produjo principalmente en aquel día de 1954, sino a lo largo de las décadas siguientes: conmemoraciones, relatos, películas y programas de televisión de sucesivas generaciones fueron levantando, poco a poco, la figura que hoy conocemos. El mito no quedó construido con el pitido final. Se edificó ladrillo a ladrillo durante decenios.

Eso no significa que la sensación de renacer fuera falsa. La emoción de los habitantes de un país derrotado que, por una vez, podían levantar la cabeza en el escenario deportivo internacional era completamente genuina. Pero sentir esa emoción es una cosa; convertir retrospectivamente la alegría de un partido en el punto de partida de una nueva vida política nacional es otra. Lo primero era una vivencia real de aquel momento; lo segundo, una interpretación añadida después. Y las interpretaciones que se añaden suelen ir más lejos y decir cosas más grandes que la emoción original. Aquel día, una victoria era una victoria. Décadas después se había convertido en el rito de paso de todo un país hacia la madurez. El mito fue llenando, poco a poco, la distancia entre ambas cosas.

Esa forma de construir hace, en el fondo, lo mismo que el país que, después de una derrota, se pone a sí mismo un nombre cargado de inferioridad. Uno levanta sobre una victoria el renacimiento de la nación; el otro levanta sobre una derrota el complejo de inferioridad nacional. Las direcciones son opuestas, pero el procedimiento es idéntico: convertir un partido de fútbol en una parábola sobre el destino del país. Bajo la parábola queda sepultado lo que aquel encuentro había sido: un partido disputado de igual a igual, decidido por la lluvia, por el azar y por una sucesión de cosas muy concretas. El mito del vencedor y el complejo del vencido son dos golpes del mismo cincel, empeñado en dar un significado grandioso a lo contingente, aunque cada golpe caiga en una cara de la moneda. Nunca queremos dejar que un partido sea solo un partido. Si ganamos, tiene que demostrar algo; si perdemos, también. Y bajo tantas demostraciones, el fútbol tal como es va quedando cada vez más enterrado.

VIII. Las inyecciones que siguen sin aclararse

Bajo aquella victoria elevada a milagro quedó, además, algo que nunca ha terminado de aclararse.

Es la parte más delicada de esta historia y exige hablar con especial cuidado. El mínimo que puede afirmarse sin dudas es que los jugadores alemanes recibieron inyecciones durante aquel torneo. Muchos años después, el médico de la selección, Loogen, sostuvo que contenían vitamina C y glucosa, y que se administraban para facilitar la recuperación física. En 2004 defendió públicamente esa explicación. Los antiguos internacionales, por su parte, rechazaron indignados que aquel campeonato se hubiera ganado gracias al dopaje.

Las investigaciones posteriores, sin embargo, avivaron la polémica. En 2010, un proyecto de investigación planteó la sospecha de que lo inyectado a algunos jugadores alemanes no hubiera sido simplemente un preparado de vitaminas, sino Pervitin, un estimulante a base de metanfetamina. Dos circunstancias alimentaban especialmente las dudas: las inyecciones se habían administrado en secreto y, después del torneo, varios futbolistas habían padecido ictericia. Otros historiadores también rechazaron después la versión de la vitamina C y dirigieron sus sospechas hacia el Pervitin. Pero esas mismas voces dejaron clara otra cosa: en 1954 no existían controles antidopaje, y la acusación nunca llegó a demostrarse de manera concluyente. Un estudio dedicado a examinar aquella victoria entre el mito y los hechos históricos señaló que no había ninguna prueba capaz de confirmar que esas sustancias prohibidas se hubieran utilizado realmente.

Lo más justo, por tanto, es dejar juntas estas afirmaciones: hubo inyecciones; hubo un brote de ictericia; investigadores posteriores plantearon la posibilidad de que se hubieran empleado estimulantes, entre ellos Pervitin; el médico y los antiguos jugadores lo negaron; y el asunto sigue sin una conclusión definitiva. Presentarlo como un escándalo de dopaje probado más allá de toda duda rebasa la evidencia. Despacharlo como una fantasía sobre algo que nunca ocurrió borra, en cambio, las preguntas reales que dejaron aquellas inyecciones y aquella ictericia. El asunto permanece atascado entre lo que se puede demostrar y lo que no. Nadie puede darlo por cerrado.

Esa falta de respuesta es precisamente lo que hay que preservar con honestidad. De un lado están el deseo de los alemanes de defender un campeonato tan difícil de conseguir y el agravio que sintieron los antiguos jugadores al ser acusados de hacer trampas; no es justo borrarlos a la ligera. Del otro están las inyecciones secretas y aquella extraña ictericia; tampoco basta una defensa verbal para tapar esas dudas. La actitud más honesta consiste en mantener ambos lados a la vista: no aportar a la acusación las pruebas que no tiene, ni quitar de en medio las sospechas que la defensa no ha logrado despejar. Hay cuestiones a las que la historia no ha dado respuesta. Empeñarse en dársela, tanto si se declara culpable como inocente, es otra forma de deshonestidad.

Esas inyecciones sin aclarar son el resto que el mito impecable nunca consigue recoger del todo. El relato del milagro necesita una victoria limpia, bajada del cielo. Pero en un rincón de la historia queda ese signo de interrogación: no es lo bastante grande para invalidar el campeonato ni lo bastante pequeño para borrarlo por completo. Permanece suspendido, recordando que bajo el mito más pulcro siempre hay alguna cosa que no se deja envolver del todo. Por mucho que una historia quiera contarse sin manchas, siempre le quedan algunos lugares que no pueden contarse con esa misma limpieza.

IX. La dispersión del Equipo de Oro

Para Hungría, el verdadero final de esta historia no fue el pitido de Berna, sino la convulsión política de 1956.

El Equipo de Oro no se deshizo después de perder aquella final. Lo que realmente lo deshizo fue 1956. Durante la crisis política de 1956, el Honvéd salió al extranjero para disputar una competición europea, y la base común que había permitido formar aquella selección se quebró. Finalmente, Puskás no regresó a su país; más tarde se instaló en España y en 1958 fichó por el Real Madrid. Kocsis y Czibor también acabarían instalándose en España y convirtiéndose, uno tras otro, en jugadores del Barcelona. Aquel gran Honvéd, que había decidido no regresar de inmediato a su país, fue dejando así a los miembros de su núcleo desperdigados por tierras extranjeras.

Por eso, la conclusión decisiva sobre el Equipo de Oro no es que perdió la final de 1954, sino que la crisis política de 1956 dispersó a los hombres que lo habían hecho posible. Un equipo que el Estado había reunido con tanto cuidado terminó deshecho por la convulsión de ese mismo Estado. La política los había juntado; la política volvió a separarlos. Entre una cosa y otra había un grupo de personas que solo quería jugar al fútbol. Sus mejores años, el camino que aún podían haber recorrido juntos, quedaron cortados por la mitad por una historia que venía de fuera del campo. No consiguieron la Copa del Mundo. Al final, tampoco pudieron conservar el propio equipo.

Una vez dispersos por otros países, no perdieron aquel oficio. Puskás volvió a escribir una leyenda en el Real Madrid; Kocsis y Czibor dejaron también su nombre en el Barcelona. Un grupo de exiliados introdujo así en las venas del fútbol de Europa occidental el juego que había pulido en Budapest, su manera de entender el espacio y el movimiento, y su influencia siguió actuando, silenciosamente, durante muchos años. El Estado podía reunirlos y podía separarlos, pero no podía impedir que lo que llevaban en los pies viajara con ellos y echara raíces en otro lugar. Quizá sea ese el último resto que se niega a rendirse en esta historia algo triste: los hombres se dispersaron; el oficio que llevaban consigo, no.

Reunamos todos los hilos. Un equipo casi perfecto llevó el sistema del fútbol hasta su límite y, sin embargo, no consiguió ganar aquella única final que el mundo entero recordaría. No demostró que le faltara calidad. Demostró que ni la mejor construcción puede encerrar ese partido, porque entre «tener más probabilidades de ganar» y «estar destinado a ganar» siempre habita el azar. El vencedor levantó sobre esa contingencia un mito de renacimiento nacional; los vencidos fueron dispersados por una convulsión antes de que siquiera les diera tiempo a levantar nada. Bajo todos esos mitos, controversias y despedidas quedaron dos cosas que no se dejaban absorber. Una era el azar, que niega incluso a la construcción más perfecta una garantía. La otra eran las personas: aquellos jugadores reunidos y después dispersados, que nunca fueron solo una táctica ni un escaparate. Eran seres humanos con su propio talento, sus propias heridas y una vida que la historia había reescrito.

El relato del Equipo de Oro lleva esas dos cosas, el azar y las personas, al lugar donde más se ven. El azar, porque aquel equipo era tan fuerte que no debería haber perdido, y su derrota hizo dolorosamente visible que ninguna superioridad garantiza una victoria. Si hubiera perdido una selección mediocre, nadie le habría dado tantas vueltas; precisamente porque perdió aquella, el resto ya no tuvo dónde esconderse. Las personas, porque eran futbolistas reunidos por la mano del Estado y dispersados después por su convulsión; su destino mostró con especial claridad que las personas, en último término, no son un sistema del que se pueda disponer a capricho. Un equipo perdió primero contra el azar y después contra la historia. Pero, de principio a fin, nunca perdió contra un adversario mejor que él.

Aquel equipo que quizá fuera el mejor de todos los tiempos y que, aun así, nunca levantó la Copa del Mundo no acabó vencido por ningún adversario en el verdadero sentido de la palabra. Lo vencieron un aguacero, un fuera de juego y una tarde que nadie podía escribir de antemano. Después, una historia sobre la que no tenía poder lo condujo a la dispersión.

Quizá por eso su historia nos sigue importando más que un campeonato. Si hubiera ganado, habría quedado en la memoria como una leyenda completa, un relato redondo en el que la superioridad recibe al fin su recompensa. Pero el Equipo de Oro no ganó. Dejó una historia con una grieta, y en esa grieta cabe precisamente lo más verdadero de este deporte: hasta el mejor equipo tiene que entregarse a una tarde que no puede escribir de antemano; ni la preparación más minuciosa puede detener la mano que la historia extiende desde fuera del campo. Los relatos perfectos despiertan admiración. Los que conservan una grieta nos ayudan más a comprender.

Nadie ha fijado de antemano hacia dónde debe ir lo que viene después. Y es precisamente esa incertidumbre que nadie puede escribir ni calcular la que hace que, partido tras partido, siga mereciendo la pena contener el aliento, volver a jugar y volver a mirar. Ni el equipo más perfecto puede encerrar ese encuentro. Ahí está la razón por la que este viejo juego llamado fútbol nunca acaba de cansarnos. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.