Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 3 de 22

Maracaná

La victoria dada por hecha y el azar que no se deja encerrar

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

I. Dar por ganado un partido antes de jugarlo

Río de Janeiro, la mañana del 16 de julio de 1950. Aún no había empezado el partido que decidiría el campeonato y el diario local O Mundo ya había llevado a su portada una fotografía de la selección brasileña. La acompañaba una frase que venía a decir: estos son los campeones del mundo. Cuando el periódico llegó a los quioscos, todavía faltaban varias horas para el saque inicial.

No es una leyenda inventada después: se conservan ejemplares de aquel periódico. Si un diario se atrevió a imprimir el nombre del campeón antes de que se jugara el partido, no fue por un arrebato de imprudencia. Lo sostenía una convicción compartida por todo el país: Brasil iba a ganar, aquello estaba decidido; solo quedaba cumplir el trámite.

El impulso de inmovilizar el fútbol había vuelto a cambiar de rostro. En la etapa de la fundación, sus guardianes habían querido fijar la forma del juego. Bajo el fascismo, el poder había querido fijar su significado. Ahora era un país el que pretendía fijar el resultado de un partido. Antes de que rodara el balón, trataba la victoria y la derrota como hechos ya escritos: cerraba de antemano un desenlace todavía abierto y lo convertía en una respuesta definitiva.

Pero pocas cosas se resisten tanto como el fútbol a que se dicte sentencia antes de tiempo.

Su estructura tiene una peculiaridad poco frecuente en otros deportes: se marcan muy pocos goles. A menudo, uno o dos en todo el partido; a veces, ninguno. De ahí que dominar al rival durante noventa minutos, rematar más o merecer más la victoria no garantice que el marcador termine de tu parte. Basta un instante fortuito, un rebote, un disparo lejano que nadie esperaba o un primer palo que no debió quedar descubierto para borrar de un plumazo toda la superioridad acumulada. Cuanto más escasean los goles, más pesa cada uno; y cuanto más pesa, mayor es lo que el azar puede mover con él. En un deporte donde se anotan decenas de puntos, a medida que se suman tantos, el marcador va ajustándose a las diferencias de nivel. El equipo verdaderamente superior suele acabar imponiéndose; la suerte no alcanza a provocar un gran vuelco. El marcador del fútbol, en cambio, tiene un margen tan estrecho que el azar puede instalarse cómodamente dentro de él, y la fortuna de un solo disparo puede más que todas las razones de un partido.

Ahí se abre una grieta que cuesta mucho aceptar: merecer ganar y ganar de verdad son dos cosas distintas. Un equipo puede dominar de principio a fin, tener más talento, partir como favorito y parecer el que debería levantar el trofeo; y, después de todo eso, perder. El fútbol no premia los merecimientos. Reparte sus premios según ese marcador exiguo, y el marcador cuenta goles, no razones. En los deportes donde los tantos caen a raudales, la repetición va rellenando la grieta entre merecer algo y obtenerlo. En el fútbol sigue abierta, y el azar encuentra en ella dónde vivir. Cuanto más convencido está un país de que «debería» ganar, menos dispuesto está a creer lo que ocurre cuando esa grieta se abre bajo sus pies.

Ese es el resto que vamos a seguir aquí. La certeza es una construcción humana; el azar es aquello que esa construcción nunca logra encerrar. Un país puede dar por ganado un partido antes de jugarlo, pero no puede decretar de qué pies saldrán ese gol o esos dos goles, ni en qué portería entrarán. A Brasil le bastaría una tarde de 1950 para descubrir la fragilidad de semejante sentencia.

II. El regreso de la posguerra y un formato insólito

El formato del Mundial de 1950 se parecía muy poco al que ha quedado en la memoria. Conviene aclararlo antes de seguir: de lo contrario, no se entiende lo que pasó aquella tarde.

La Copa del Mundo regresó en 1950, doce años después de su última edición. La guerra y la devastación de la posguerra habían impedido celebrar las de 1942 y 1946. Hubo jugadores de toda una generación cuyos mejores años se consumieron entre las llamas. Solo cuando volvió el Mundial pudo el césped retomar aquel hilo que los cañones habían cortado por la mitad. Brasil organizó la primera edición de la posguerra, a cuya fase final acabaron llegando trece selecciones, no dieciséis, después de una sucesión de retiradas en torno al comienzo de la competición. Los grupos tampoco quedaron equilibrados: uno tenía tres equipos y otro, apenas dos, porque la India se había retirado antes del sorteo y Francia lo hizo después. Según los relatos conservados, Francia renunció por su desacuerdo con un calendario que obligaba a su selección a desplazarse entre dos ciudades separadas por unos tres mil kilómetros y de climas muy distintos. Entre ausencias y retiradas, aquella copa «del mundo» volvió a quedarse sin reunir al mundo entero. Persistía así la grieta de la que el torneo nunca había conseguido desprenderse desde su nacimiento.

Organizar ese primer Mundial de la posguerra tenía un peso especial para Brasil. Un país que durante mucho tiempo se había sentido en los márgenes del mundo quería anunciar su llegada a través del torneo y de un estadio recién construido, el mayor del planeta en aquel momento. Para eso levantó Maracaná, organizó una competición de enorme resonancia y puso todas sus aspiraciones nacionales en una selección de la que esperaba muchísimo. Solo con ese trasfondo se entiende hasta qué punto dolió la derrota. Lo que se perdió no fue únicamente una copa. Se perdió también aquella declaración que el país había preparado con tanto cuidado: por fin estaba a la altura del mundo.

Hay un dato aún más importante: en 1950 no se había previsto una final como partido independiente. Los campeones de los cuatro grupos, Brasil, Uruguay, Suecia y España, disputaron una liguilla final; sus resultados en ella decidirían el título. Brasil había superado en su grupo a Yugoslavia, Suiza y México. Uruguay, tras la retirada de Francia, prácticamente no tuvo más que un encuentro de primera fase: le bastó golear por 8-0 a Bolivia para clasificarse. En la liguilla final, Brasil arrolló a Suecia por 7-1 y a España por 6-1. Uruguay empató 2-2 con España y venció por un ajustado 3-2 a Suecia. Antes de la última jornada, los uruguayos sumaban tres puntos y los brasileños, cuatro. Como entonces la victoria valía dos puntos, un empate el 16 de julio convertía a Brasil en campeón del mundo. Uruguay necesitaba ganar.

Por eso el encuentro que la posteridad recuerda como una final no lo fue en sentido estricto: pertenecía a la última jornada de la liguilla decisiva. Brasil ni siquiera estaba obligado a vencer; le bastaba con no perder. Los relatos posteriores borraron esa diferencia y contaron que Brasil había perdido el campeonato en una final. La situación real era la de un favorito abrumador, con la ventaja de que el empate le daba el título, que no pudo conservarla en el último obstáculo. Para estrechar contra el pecho aquella copa de oro, Brasil solo necesitaba salir invicto. No consiguió ni eso.

Aquella selección sí merecía que se esperase tanto de ella. Había ganado 7-1 y 6-1 en sus dos partidos de la liguilla final: trece goles en dos encuentros. Ademir, Zizinho y Jair figuraban entre los atacantes más deslumbrantes de Sudamérica. Su juego fluía sin esfuerzo y tenía al país entero embelesado. Precisamente porque los dos partidos anteriores habían sido tan brillantes, la certeza de la victoria parecía de lo más natural. Un equipo que había destrozado a sus rivales solo necesitaba no perder una vez más para coronarse. Ante esa perspectiva, imprimir por adelantado un periódico con el campeón parecía casi dejarse llevar por la corriente. El diario se limitó a poner sobre el papel, un poco antes, la conclusión que ya había tomado forma en la cabeza de todo el país. Sobre esa superioridad aparentemente inexpugnable se había levantado la construcción de la certeza. Y cuanto más inexpugnable parecía, más aterradora sería la caída cuando un solo gol la derribase. Aquel día, el equipo que parecía tener la victoria asegurada perdió algo más que un partido: perdió también aquel mundo que parecía seguro.

También hay que colocar en su sitio las expectativas previas. Brasil era el gran favorito de la opinión pública y de la afición, sin discusión. Acababa de desarmar a Suecia y a España, y la cita decisiva se jugaba en casa, en Río. Pero Uruguay no era un desconocido al que se le hubiera buscado un hueco en el relato a posteriori. Seguía invicto en la liguilla final y solo estaba un punto por detrás. El título se decidió el último día precisamente porque Uruguay nunca había dejado de competir por él. La frase «Brasil debería haber ganado sin dificultad» refleja bien lo que se esperaba antes del partido, pero borra un hecho: Uruguay era uno de los cuatro equipos que seguían en liza, y una victoria en la última jornada bastaba para llevarse la copa. Un adversario subestimado que aún sigue vivo nunca explica por sí solo todo el azar; pero el azar suele colarse por esa misma subestimación.

III. La sorpresa anterior a la gran sorpresa

En realidad, el azar ya había tenido un ensayo general en aquel Mundial antes de la tarde que se haría célebre.

El 29 de junio de 1950, en Belo Horizonte, Estados Unidos venció por 1-0 a Inglaterra en el grupo B. Marcó Gaetjens. La selección estadounidense se había armado a toda prisa y estaba compuesta, en su mayor parte, por jugadores semiprofesionales. Se decía que solo habían entrenado juntos una vez antes del torneo. Gaetjens, autor del único gol, había nacido en Haití y ni siquiera tenía entonces la ciudadanía estadounidense. Un equipo así tumbó al país donde había nacido el fútbol moderno.

Sobre el papel, un duelo semejante apenas admitía dudas. A un lado, la cuna del fútbol, con más de un siglo de tradición y un enorme caudal de arrogancia; al otro, un grupo de aficionados reunidos a última hora que solo se habían visto una vez antes de la competición, cuyo hombre decisivo ni siquiera era ciudadano del país al que representaba. Sin embargo, el marcador final fue de 1-0: ganó el equipo al que, sobre el papel, no se daba como favorito. En el campo, ni la tradición ni la arrogancia se convierten automáticamente en goles. Y sin marcar, por mucha tradición que se tenga, no se gana un partido.

La importancia de aquel resultado iba mucho más allá de la anécdota. Era la primera vez que Inglaterra disputaba un Mundial. De Gran Bretaña habían salido el reglamento, la organización y hasta el propio fútbol moderno. Los ingleses siempre se habían tenido por los dueños de la casa y habían tardado mucho en rebajarse a jugar una Copa del Mundo fundada por otros. Pero en su primera visita condescendiente tropezaron, ya en la fase de grupos, con aquella selección improvisada de aficionados que solo había entrenado una vez. Ganaron a Chile, perdieron después contra Estados Unidos y volvieron a perder ante España. No superaron el grupo y quedaron fuera de la liguilla final. Quienes se habían proclamado señores del fútbol vieron cómo alguien los descarrilaba en su estreno mundialista. Ingleses y brasileños cometían, en el fondo, el mismo error: confundían la superioridad sobre el papel con un resultado inevitable en el césped. Creían que la jerarquía ya estaba escrita y que jugar no era más que un trámite para recoger el desenlace que les correspondía. Pero el fútbol no firma de antemano el resultado de nadie. Una y otra vez recuerda a quienes creen tener la victoria asegurada que, mientras no suene el pitido final, no hay nada decidido. Inglaterra recibió la lección en Belo Horizonte. Al anfitrión, que más motivos tenía para escucharla, aún le faltaba llegar a Río para aprenderla en carne propia.

Dos sorpresas sucesivas en un mismo torneo hacen que el azar deje de parecer una anomalía aislada. Señalan una grieta estructural en la construcción del fútbol. Un deporte de pocos goles deja, de por sí, un amplio espacio a las sorpresas: a un equipo débil le basta con resistir atrás y aprovechar uno o dos instantes para echar por tierra la jerarquía del papel. Eso ocurrió en el partido de Inglaterra: los estadounidenses defendieron su 1-0. El Mundial de 1950 pareció empeñado en llevar esa grieta hasta sus últimas consecuencias y sirvió dos de aquellos instantes seguidos. Uno cayó sobre la arrogante Inglaterra. El otro aguardaba en Río al anfitrión más seguro de sí mismo.

IV. Aquellos once minutos

El encuentro decisivo de la última jornada se disputó el 16 de julio de 1950 en Maracaná, con el inglés Reader como árbitro. Uruguay derrotó a Brasil por 2-1. La secuencia de los goles quedó bien registrada: Friaça marcó en el minuto 47; Schiaffino, en el 66; Ghiggia, en el 79.

La primera parte terminó sin goles. Poco después del descanso, Friaça abrió el marcador para Brasil. El estadio entero parecía celebrar ya el desenlace escrito de antemano: cerca de doscientas mil personas esperaban que ese gol fuera la salva de la coronación. Después empató Schiaffino para Uruguay. Y después, a once minutos del final, Ghiggia marcó el gol de la victoria. En aquel instante, Maracaná y sus casi doscientos mil espectadores quedaron sumidos en un silencio de muerte. Muchos años más tarde, el propio Ghiggia dejó una broma que se haría famosa: solo tres personas habían hecho callar a Maracaná, el papa, Frank Sinatra y él. La frase pertenece, claro está, al recuerdo posterior; no fue pronunciada allí en 1950. Pero acierta con el peso de aquel instante: un disparo dejó mudo a un estadio entero que había acudido a una coronación.

La curva emocional de aquella tarde se parece a una parábola quebrada por el azar. Cuando marcó Friaça, el griterío de cerca de doscientas mil personas estuvo a punto de levantar el techo: por fin parecía cumplirse lo que ya estaba escrito. El empate de Schiaffino mezcló por primera vez la inquietud con los vítores. Cuando Ghiggia hizo el segundo en el minuto 79, aquella curva ascendente se precipitó al vacío. En unos segundos se vació el enorme caudal de ruido y solo quedó un silencio que casi tenía peso. Todo el estadio había ido a presenciar una certeza. Lo que presenció fue cómo esa certeza se rompía ante sus ojos.

La resistencia uruguaya no se puede separar de un hombre: su capitán, Obdulio Varela. Los recuerdos posteriores han popularizado varias frases atribuidas a él. En unos relatos, antes del partido pide a sus compañeros que no miren las gradas atestadas y les dice que toda esa gente está hecha de madera. En otros, la idea se condensa en algo más sencillo: en el campo son once contra once. Hay también testimonios según los cuales se sirvió deliberadamente del periódico que ya proclamaba campeón a Brasil para avivar la rebeldía del equipo. Las palabras exactas cambian de una versión a otra. Lo prudente es tomarlas como recuerdos posteriores con una base sólida, no como una transcripción literal. Pero aquello a lo que apuntan sí es verdadero: mientras un país entero daba el desenlace por decidido, hubo once hombres que se negaron a aceptar el guion ya escrito.

Lo que Varela rechazaba era precisamente aquella construcción de la certeza. Los casi doscientos mil espectadores, el campeón impreso de antemano en los periódicos y la convicción de todo un país componían una sentencia sin resquicios: Brasil iba a ganar. Sin embargo, por más gruesa que fuera aquella sentencia, no pudo imponerse a los once minutos que quedaban en el campo. Un gol, uno solo, en el minuto 79, la derribó entera.

Ahí está el filo más cortante de una estructura en la que se marcan tan pocos goles. Brasil bien pudo ser el mejor equipo aquella tarde, pero el fútbol no liquida sus cuentas según quién haya sido «mejor». Solo atiende a un marcador de márgenes tan estrechos que basta un instante para reescribirlo. Noventa minutos de superioridad, las expectativas de un país entero, un periódico impreso con antelación: nada de eso contó ante el disparo de Ghiggia. Ahora bien, Uruguay tampoco era una sorpresa caída del cielo. Seguía siendo uno de los equipos fuertes que quedaban, tenía a un Varela que no aceptaba resignarse y poseía la dureza necesaria para soportar los abucheos de doscientas mil personas. Contar aquel partido como una pura anomalía, como una traición a la lógica del fútbol, sería inexacto. Uruguay ganó un encuentro que necesitaba ganar y que de verdad estaba capacitado para ganar. El azar no consiste en que un débil venza sin motivo a un fuerte. Consiste en que nadie había escrito de antemano el desenlace, aunque el país entero creyera que ya estaba escrito.

El gol decisivo de Ghiggia se congeló una y otra vez en imágenes y se cargó una y otra vez en la cuenta del portero Barbosa: no debería haber dejado que lo batieran por el primer palo, se decía. Quien guarda la portería en la que entra el balón es el candidato más fácil a convertirse en el hombre que lo echó todo a perder. Pero lo que ocurrió de verdad en aquellos once minutos fue que un equipo que nunca había dejado de estar vivo aprovechó un instante que nadie podía calcular y arrancó de raíz la certeza de todo un país. Reducirlo a un error del guardameta vino después. No era sino otra manera de intentar ponerle un nombre al azar.

Además, Uruguay era un país pequeño, de apenas unos pocos millones de habitantes, y había sido el campeón del primer Mundial, el de 1930. Ese pequeño país al que los gigantes subestimaban una y otra vez volvió a llevarse el título al margen del guion que todos daban por válido. A menudo, el azar se esconde del lado de quien es subestimado.

V. No aceptar el azar: la fabricación del chivo expiatorio

Si el relato terminase con el gol de Ghiggia, estaríamos ante una derrota dolorosa. Lo que convirtió 1950 en una herida que no cerraría durante décadas fue lo que sucedió después de perder.

Un país no pudo aceptar el azar.

Pocas cosas resultan tan difíciles de soportar. El azar significa que detrás de un dolor inmenso no hay una razón a su altura, nadie a quien odiar, a quien pedir cuentas o a quien señalar con un «todo fue por tu culpa». Significa que lo has puesto todo, que has apostado las esperanzas de un país entero, y que el resultado depende de la suerte de un disparo lejano. Ese dolor sin razón se vuelve insoportable. Entonces se le fabrica una razón. Aunque sea falsa: una explicación equivocada se soporta mejor que admitir que no hay explicación alguna. Un culpable con nombre y apellidos permite concentrar un dolor sin límites en un punto al que se puede señalar. Y disponer de ese punto, aunque sea el equivocado, resulta más llevadero que enfrentarse a un vacío sin asideros.

La explicación que fabricó Brasil tomó los nombres de varios jugadores: el portero Barbosa, Bigode y Juvenal. No fue una atribución inventada mucho después; empezó entonces y los persiguió durante décadas. Cargar sobre dos o tres personas una derrota de todo el equipo, o incluso una derrota debida al azar, equivalía a darle un culpable visible a aquel derrumbe incomprensible. Ya había un responsable. El azar que no se podía soportar quedaba encerrado en una causa con nombre y apellidos.

La búsqueda de responsables fue rápida y despiadada. Mientras el estadio aún caía en el silencio de muerte, las miradas ya empezaban a buscar al culpable. La selección de la que un instante antes todo el país esperaba una hazaña se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en el blanco de su condena. Y esa condena necesitaba rostros concretos. Convertir la derrota de todos, convertir un instante fortuito, en la culpa de dos o tres personas era una operación emocionalmente facilísima: la decepción abrumadora, que no encontraba dónde posarse, disponía por fin de unos cuantos lugares sobre los que caer. El precio lo pagarían los elegidos. En nombre del país entero, tendrían que cargar con un peso que no pertenecía a ningún individuo.

Pero aquella causa era falsa. La verdad era que el partido había estado muy igualado, que Uruguay tenía calidad de sobra y que Ghiggia había aprovechado un instante imposible de calcular. Ningún jugador «causó» aquella derrota, igual que ningún jugador puede «causar» una victoria por sí solo. El mecanismo del chivo expiatorio consiste precisamente en tapar esa verdad, porque su núcleo, el azar, es lo que menos quiere mirar. Admitir el azar supone admitir que no hay a quién pedir cuentas por ese dolor. Y cuesta más encontrar acomodo a un dolor sin responsable que a uno con culpable. Se fabricó, por tanto, un chivo expiatorio que ocupara el lugar del azar: una persona visible recibió el castigo por una suerte invisible.

No es algo que ocurra solo en Brasil. Cualquier comunidad a la que el azar haya herido con dureza puede sentirse tentada a buscar a alguien que cargue con la culpa. Pedirle cuentas a una persona es mucho más fácil que aceptar que no hay a quién pedírselas. Desde ese punto de vista, el chivo expiatorio no nace de una crueldad especial de los brasileños, sino de una reacción instintiva ante el azar. Lo que merece una acogida comprensiva es el dolor que hay detrás de ese instinto: un país lo había apostado todo a sus esperanzas y lo había perdido en un instante; necesitaba una salida. Pero comprender el instinto no permite pasar por alto las injusticias que produce. Entender por qué un país busca un chivo expiatorio y señalar que se ha equivocado de persona, que la ha tratado injustamente, no son cosas incompatibles.

Sustituir el azar por una persona culpable fue la primera huella de cincel que dejó 1950, y la más profunda. Pero ¿por qué fueron precisamente aquellos tres hombres quienes ocuparon su lugar?

VI. Por qué fueron ellos tres

Los tres hombres expuestos a la vergüenza pública, Barbosa, Bigode y Juvenal, eran jugadores negros de aquella selección brasileña.

No es un hallazgo inventado por la crítica contemporánea. Décadas atrás, los estudiosos del fútbol brasileño ya habían observado ese patrón y describían la derrota de 1950 como una derrota atribuida a «sus tres jugadores negros». Después, la investigación brasileña profundizó en ello y lo expresó con mayor claridad. Los estudios modernos señalan que la derrota se convirtió en un drama racial precisamente porque el reproche se concentró de forma metafórica en los jugadores negros. Barbosa quedó convertido en un símbolo a través del cual se reproducían los prejuicios raciales que presentaban a los negros como emocionalmente inestables, poco racionales e indignos de defender una portería. Era frecuente afirmar que los jugadores negros y mestizos fallaban en los momentos decisivos. Otras investigaciones han precisado, además, que cuando la prensa criticaba a los jugadores blancos hablaba de su rendimiento; al criticar a los jugadores de color, en cambio, recurría a un lenguaje racializado sobre el carácter, el valor o la fiabilidad. Bajo una capa de metáforas se marcaba a los futbolistas negros como personas en las que no se podía confiar, evitando al mismo tiempo las expresiones racistas explícitas. Es decir: el código racial determinaba tanto a quién se culpaba como la forma de culparlo.

El mecanismo queda así completo. Un país incapaz de aceptar el azar necesita fabricar una causa para la derrota. Pero no elige dónde colocarla al azar, sobre una superficie vacía: la encaja en una ranura que ya estaba preparada. Esa ranura es un conjunto de prejuicios raciales preexistentes. La necesidad de encontrar un culpable y los prejuicios disponibles encajan sin dejar hueco, de modo que estos casi han elegido de antemano a los acusados. Antes de empezar el partido, los prejuicios ya tenían a sus sospechosos; solo faltaba una derrota que confirmara la acusación. El mecanismo del chivo expiatorio opera así con un doble cierre: primero, confina el azar en una causa culpable; después, asigna de antemano esa causa, según el color de la piel, a unos hombres a quienes nada había que reprochar.

No hace falta proclamar a gritos la injusticia. Los hechos ya pesan bastante. Aquellos tres hombres no habían hecho nada malo: sencillamente tenían, en el momento equivocado, un rostro que esos prejuicios habían declarado indigno de confianza. Echarles encima todo el peso de una derrota fortuita fue a la vez una muestra de pereza intelectual y un daño concreto infligido a personas concretas. El país se negaba a afrontar el azar, pero fueron esos tres hombres quienes pagaron el precio.

Aquí también conviene ser precisos. No todos los brasileños de entonces acusaron a los jugadores negros con una malicia consciente. Los códigos raciales operan, sobre todo, dentro de un lenguaje y de unos prejuicios que se repiten sin pensar. Del futbolista blanco se decía que ese día había jugado mal. Del futbolista negro, que la gente como él no era de fiar, no soportaba la presión ni respondía en el momento decisivo. En un caso se juzgaba una actuación; en el otro, a toda una clase de personas. Ese doble rasero escondido en las palabras hizo que la culpa fluyera silenciosamente por los cauces que marcaba el color de la piel, hasta recaer sobre aquellos tres hombres. No hacía falta que nadie pronunciara un insulto. Un lenguaje ya disponible se encargaba del trabajo sucio.

Con el tiempo, hasta el propio Museo del Fútbol de Brasil dio forma permanente a esta nueva lectura. El museo señaló que la vieja memoria pública había reducido toda la vida de Barbosa al «fracaso de 1950». Esa memoria había sido construida principalmente por dirigentes deportivos, periodistas e intelectuales, «todos blancos, y no por casualidad». Por ello modificó su exposición permanente: retiró la imagen emblemática de Barbosa arrodillado tras el segundo gol y la sustituyó por una afirmación inequívoca. La derrota de Brasil había sido atribuida injustamente a Juvenal, Bigode y Barbosa, los «tres jugadores negros» de la selección de 1950. Lo que había servido de símbolo condenatorio volvía a reconocerse como una injusticia que había que reparar. La reparación misma era aquella verdad sepultada que, muchos años después, volvía a abrirse paso hasta la superficie.

La observación del museo, «todos blancos, y no por casualidad», apunta a algo más hondo. Una memoria pública nunca crece de forma neutral. Toma forma cuando ciertas personas la cuentan una y otra vez con ciertas palabras. Quién sostiene el micrófono, quién firma las crónicas y quién escribe los libros determina sobre quién recae la responsabilidad dentro de esa memoria. El relato de 1950 que clavó a los jugadores negros en la picota fue construido por un grupo enteramente blanco. Sus prejuicios pasaron, como si fuera lo más natural, a convertirse en el «consenso» de un país. Décadas después, cuando otras personas volvieron a abrir los archivos, la verdad que había quedado inmovilizada encontró por fin una oportunidad de asomar por las grietas de la memoria. La conservación del resto adopta aquí otra forma: la justicia relegada no desaparece; espera a alguien capaz de volver a contarla.

VII. Los cincuenta años de Barbosa

Por debajo de todos esos mecanismos y rectificaciones había una persona concreta: un hombre que había pasado la vida en la portería y al que el desenlace de un partido le arrebató el resto de sus días.

En sus últimos años, Barbosa dejó unas palabras que circularon ampliamente. Alrededor de su septuagésimo noveno cumpleaños dijo que la pena máxima de prisión en Brasil era de treinta años, mientras que él ya llevaba cincuenta cumpliendo la suya. En una versión anterior, de 1993, se preguntaba qué delito o qué pecado había cometido para recibir un castigo de más de cuarenta años. La formulación cambia ligeramente, pero el sentido de su testimonio permanece: entendía la segunda mitad de su vida como una condena impuesta por la sociedad, sin fecha de excarcelación. Por un gol, un portero había vivido toda una vida como quien cumple una pena.

Esa condena no cayó solo sobre Barbosa. Bigode y Juvenal también la arrastraron durante toda su vida. Pero Barbosa era el guardameta; el balón del gol había pasado ante él. Por eso se convirtió en el rostro más visible de aquella injusticia, y acabó cargando también con la parte de los otros dos. Una derrota cuyo peso habría debido repartirse entre todo el equipo, o incluso con ese azar al que nadie podía pedir cuentas, terminó cayendo sobre tres personas, y de manera especialmente abrumadora sobre una sola.

La condena no se quedó en palabras. Antes del Mundial de 1994, Barbosa fue a visitar a la selección brasileña a su lugar de concentración. Le cerraron el paso y no le permitieron ver a los jugadores: podía traer mala suerte. Un hombre que había defendido la portería nacional era rechazado, décadas después, por la selección de su propio país, como si fuera un mal augurio. Un balón había entrado en su portería, y el país llevaba casi medio siglo haciéndoselo pagar, hasta negarle incluso una visita. En otra persona, un gol recibido sin más quizá habría quedado difuminado al cabo de unos años. En él se había solidificado hasta convertirse en una marca de por vida. Lo necesitaban: necesitaban a alguien a quien el país entero pudiera señalar con un «todo fue por tu culpa». En el fondo, nunca estuvo pagando por aquel gol. Pagaba por el dolor de un país incapaz de soportar el azar, un dolor tan grande que exigía una vida entera a cambio.

Llegados aquí, hay cosas que ya no deberíamos seguir diciendo en su nombre. Un hombre había sido elegido por todo un mecanismo que necesitaba un chivo expiatorio. El papel que le asignaba era el de una causa, un culpable, un recipiente donde depositar el dolor de la nación. Pero él no era una causa. Era una persona con una vida propia, una vida mucho más extensa que aquel único gol encajado. Eso es precisamente lo que el mecanismo del chivo expiatorio nunca logra calcular: necesita un símbolo, pero debajo de ese símbolo siempre hay una persona viva que no cabe dentro de él. Al retirar la fotografía de Barbosa arrodillado, el museo no cambió solo una imagen. Devolvió su condición de persona a quien durante décadas había sido tratado como un recipiente. Esa restitución tardía muestra que, incluso después de tantos años de condena por parte de todo un país, aquel ser humano nunca había quedado realmente encerrado en el símbolo.

VIII. Del blanco al amarillo y un nombre que llegó tarde

Después de 1950, el país fue levantando nuevas capas sobre aquella derrota. También es preciso distinguir cuándo y cómo se fueron añadiendo.

La más visible fue el color de la camiseta. El amarillo que hoy identifica a Brasil forma parte de las secuelas de 1950, pero su origen merece más precisión que la cómoda fórmula «perdieron y cambiaron de color». En 1953, el diario Correio da Manhã y la Confederación Brasileña de Deportes convocaron un concurso público para diseñar la nueva indumentaria de la selección. Las bases exigían utilizar los cuatro colores de la bandera brasileña y prohibían incluir en la camiseta la palabra «Brasil» o una reproducción directa de la bandera. Se quería abandonar el blanco porque, desde 1950, la emoción colectiva lo había manchado con la derrota y ya no parecía digno del país. Se presentaron 301 concursantes. Ganó Aldyr Garcia Schlee, que tenía solo diecinueve años. Había dibujado más de cien bocetos; lo más difícil era combinar con armonía los cuatro colores de la bandera en una misma equipación. Al final decidió que la camiseta debía ser enteramente amarilla y que los demás colores se repartirían entre los ribetes, el pantalón y las medias. Así nació el amarillo canario que sustituyó al blanco usado de 1930 a 1950. Se cambió un color, pero bajo ese gesto se escondía el deseo de lavar la derrota del cuerpo del país. Lo que ocurrió después tiene una ironía reveladora. La camiseta nacida para enterrar una derrota acabó siendo la camiseta más deslumbrante y más arraigada en el imaginario del fútbol mundial; el amarillo llegó casi a significar el propio fútbol brasileño. Un color rescatado de las cenizas de una derrota se vistió, con los años, como un tótem de la victoria. Se había querido enterrar el fracaso, pero justo donde lo enterraron brotó el color de fondo de todas las glorias posteriores. Es otro testimonio de la resistencia del azar a que lo borren de un plumazo.

Otra capa fue un nombre, el nombre de una actitud. Nelson Rodrigues llamó a ese estado de ánimo del fútbol brasileño «complejo de perro callejero», complexo de vira-latas: la tendencia de los brasileños a situarse involuntariamente por debajo del resto del mundo, sobre todo en el fútbol. Pero la expresión es de 1958, no de 1950, y esa distancia importa. Aparece en una columna de Rodrigues de mayo de 1958, donde afirmaba que, desde el cincuenta, al fútbol brasileño le daba vergüenza creer en sí mismo. Vinculaba así expresamente aquel sentimiento de inferioridad con la derrota ante Uruguay. Ese complejo citado después innumerables veces, como si ya hubiera tenido nombre la misma tarde de 1950, fue bautizado ocho años más tarde y atribuido retrospectivamente a aquella derrota. Una actitud recibió un nombre y el nombre volvió sobre el pasado para fijar qué debía significar aquel dolor que antes no se acertaba a explicar.

La historiografía moderna también ha complicado el relato cultural más amplio que se construyó en torno a 1950. Una investigación señala que la edición ampliada de 1964 de una obra sobre los negros en el fútbol brasileño se convirtió en una de las matrices principales de los relatos posteriores de la memoria deportiva. Las interpretaciones raciales, morales y políticas fueron elevadas, una capa tras otra y a posteriori, a la categoría de significado dominante de aquella derrota. La misma investigación observa que la obsesión nacional por ese subcampeonato llegó a ser tan profunda que, en comparación, apenas se sabe nada de muchos otros partidos del torneo. No se trata de negar el peso de la derrota, sino de advertir que las narraciones posteriores ayudaron a fijar su significado y a estrecharlo. Un partido puede contarse de muchas maneras: como una historia de la tenacidad uruguaya, de la inconstancia del azar, del esplendor de aquella generación de atacantes brasileños o de la primera gran ocasión en que un estadio nuevo acogió a doscientas mil personas. La memoria posterior, sin embargo, fue cerrando casi todas las salidas menos una. Lo convirtió en una única alegoría del sentimiento de inferioridad nacional, la raza y el destino, hasta que los demás partidos del torneo y las otras maneras posibles de contarlo quedaron tapados por aquel relato dominante, casi sin nadie que los recordara. El predominio de un significado es, justamente, el proceso por el que los demás van quedando clausurados. Y en esas narraciones excluidas se escondía una imagen del partido más próxima a lo que realmente fue.

Todas esas capas añadidas después hacían lo mismo. Vestirse de amarillo buscaba enterrar la camiseta blanca manchada junto con la derrota. Dar nombre a un complejo buscaba una explicación psicológica comprensible para un dolor sin pies ni cabeza. Acumular significados raciales, morales y de destino buscaba que una derrota fortuita se leyera como una fábula sobre la naturaleza del país. Cada capa intentaba tapar lo que el partido había sido realmente: un encuentro de fútbol entre dos equipos muy igualados, decidido por un instante fortuito. Antes de que se le superpusieran todos aquellos significados, no había sido más que eso.

Esto no quiere decir que todos esos significados surgieran de la nada. Una derrota deja heridas reales en un país; ni el sentimiento de inferioridad ni la obsesión son emociones inventadas de la nada. Pero una cosa es la emoción y otra convertirla en un veredicto definitivo sobre la naturaleza de una nación. La primera pertenece a la experiencia humana; la segunda es otro golpe de cincel con el que se intenta fijar el azar de una vez para siempre. Convertir lo fortuito de un partido en el destino inevitable de un pueblo emplea el mismo procedimiento que convertirlo, como se hizo entonces, en la culpa inevitable de unos jugadores. En ambos casos se busca una razón aparentemente comprensible para un dolor sin razón. Solo que esta vez lo que queda inmovilizado no son unas personas concretas, sino la imagen que el país tiene de sí mismo.

IX. El azar no se deja encerrar y las personas tampoco

Hubo un país que dio por ganado un partido antes de jugarlo. Cerró un desenlace abierto y lo convirtió de antemano en un hecho cierto. Los periódicos ya habían impreso el campeón, casi doscientas mil personas habían ocupado las gradas y todo el país consideraba decidida la victoria. El fútbol derribó aquella sentencia con un gol en el minuto 79. Su estructura de pocos goles mantiene al azar alojado en ese marcador exiguo. El azar es el resto que ninguna construcción de la certeza consigue encerrar. Aunque todo el país creyera escrito el final, el final no estaba escrito: seguía pendiente de la suerte de aquel disparo lejano.

Tras perder, el país no pudo aceptar el azar y levantó una segunda construcción. Encerró aquel dolor por el que no había a quién pedir cuentas dentro de unas personas con nombre y apellidos. Unos prejuicios raciales preexistentes habían asignado de antemano los papeles de culpables: recayeron sobre tres jugadores negros. Esa construcción tampoco logró encerrar lo que pretendía. La verdad seguía siendo que el partido había estado muy igualado, que Uruguay tenía capacidad de sobra y que nadie podía haber causado por sí solo la derrota. Después, la camiseta amarilla cubrió la blanca; un nombre tardío cubrió el dolor; las capas de significado racial, moral y de destino transformaron un partido entre iguales en una alegoría nacional. Cada capa intentó sepultar definitivamente lo que aquel encuentro había sido. Debajo de todas ellas, seguía estando lo que había sido.

A través de esas construcciones subsisten dos cosas que no caben en ellas. Una es el azar. La estructura de pocos goles del fútbol le asegura un lugar, permite que el «mejor» equipo no gane y deja cualquier afirmación sobre lo necesario, lo predestinado o quién merece vencer a merced de la refutación de un solo gol. La otra es la persona. Barbosa, fabricado como culpable, había pasado la vida en la portería y recibió cincuenta años de castigo. Pero nunca fue una causa: fue un ser humano que no cabía en ningún símbolo. Años después, cuando un museo retiró la imagen en la que aparecía arrodillado y volvió a reconocerlo como persona, esas dos cosas que no podían quedar encerradas estaban, cada una a su modo y con enorme retraso, abriéndose paso hasta la superficie.

En realidad, son dos caras de una misma cosa. Precisamente porque hay azar en el fútbol, el desenlace no está escrito de antemano. Y si no está escrito, nadie está destinado a ganar ni nadie está destinado a pagar con su vida una derrota. Sustituir el azar por una persona culpable niega la primera mitad y aplasta la segunda: finge que el resultado podía controlarse y, al mismo tiempo, carga sobre un ser humano la parte que escapaba a todo control. Por eso reconocer el azar es también una forma de tratar a las personas con más benevolencia. Supone admitir que hay derrotas por las que nadie puede cargar con toda la responsabilidad, porque nunca estuvieron enteramente bajo el control de nadie. Si podemos aceptar con serenidad que un balón quizá entre así, sin más, no necesitaremos buscar a alguien a quien clavar en la picota durante décadas.

A quienes aplastó ese relato fue a personas como Barbosa. Lo que subestimó fue el «once contra once» de Varela. Ni el aplastamiento ni la subestimación consiguieron, al final, encerrar de verdad a las personas en aquel guion escrito. Lo que 1950 dejó a quienes vinieron después no fue una respuesta a quién había que culpar. Fue un hecho más sencillo y más difícil de aceptar: aquel partido nunca estuvo decidido de antemano, del mismo modo que el fútbol nunca acepta que se lo decida de antemano.

Brasil tardó décadas y necesitó que varias generaciones volvieran una y otra vez la mirada para empezar a escuchar esa lección. Entre clavar a un hombre en la picota y retirar su fotografía de un museo transcurrió el largo aprendizaje de un país que intentaba reconciliarse con el azar. Reconciliarse no consiste en olvidar el partido. Consiste en admitir, por fin, que una parte de su desenlace escapaba al control de cualquiera y que, por eso mismo, nadie tenía que pasarse la vida expiándola.

Nadie ha decretado adónde hay que ir después. Y es precisamente esa imposibilidad de calcularlo todo lo que hace que este deporte, partido tras partido, siempre merezca jugarse una vez más. Un desenlace que el próximo gol puede volver a escribir: ahí está lo más cautivador y lo más honesto del fútbol. No promete a nadie una victoria predestinada; tampoco debería exigirle a nadie que sea el culpable predestinado de una derrota. El ciclo no se ha detenido. Sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.