Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Historia del Mundial · Ciclo Cincel–Constructo
Ensayo 2 de 22

La apropiación

Un régimen quiere encerrar el fútbol en el Estado

秦汉 · Han Qin
En este ensayo

1. La apropiación: encerrar el campo de juego en el Estado

10 de junio de 1934. Roma. Terminada la final, Mussolini entrega los trofeos en persona. Y no entrega uno solo. Italia, campeona, se lleva la copa de oro del campeonato del mundo; Checoslovaquia, subcampeona, recibe la «Copa del Duce», la Coppa del Duce; Alemania, tercera, se queda con la copa de la Federación Italiana de Fútbol. El estadio de la final lleva al Partido Nacional Fascista inscrito en su propio nombre. Antes del comienzo, los jugadores italianos han hecho el saludo fascista hacia la tribuna. Cada una de aquellas copas añade un eslabón a la cadena que une la victoria con los símbolos del Estado y del régimen.

No es una lectura política que alguien inventara mucho después, al ponerse a remover el pasado. Era el envoltorio político que se mostraba, a plena vista, ya entonces.

El impulso de dejar el fútbol fijado para siempre había cambiado de rostro. En la fundación del primer Mundial, quienes querían inmovilizar el juego eran sus guardianes interiores. Defendían la forma que, a su juicio, debía tener: la pureza amateur, la posición central de Gran Bretaña. Esta vez la fuerza llegaba de fuera, de un régimen. Y lo que quería fijar no era la forma del juego, sino su significado. El fútbol debía significar una sola cosa: la fortaleza de la nación, el orden del régimen. Todo su sentido tenía que quedar encerrado ahí. No se admitiría ningún otro.

Aquello era un acto de colonización. Algo condicionado, el proyecto de legitimación de un régimen concreto en un momento concreto, quería hacerse pasar por incondicionado: por el significado del propio fútbol. La Italia de Mussolini quería decir: hemos ganado, luego la Italia fascista es fuerte, tiene orden y merece que el mundo la admire. Como si el fútbol hubiera nacido para certificar esa afirmación. Un deporte que decenas de millones de personas amaban cada una a su manera quedaba metido a la fuerza en un único uso: servir a la buena imagen de un régimen.

Y cuanto más absoluta quería ser aquella apropiación, más patente se volvía su inutilidad. Si el régimen se hubiera limitado a aprovechar el fútbol de pasada, a sacar lustre de una victoria sin dar demasiada importancia a una derrota, no habría mucho más que decir. Pero el régimen de Mussolini lo quería todo. Cada triunfo debía demostrar una sola cosa; el sentido entero del deporte tenía que pasar a nombre del Estado. No podía tolerar que el fútbol viniera también de otros lugares ni quisiera decir algo distinto. Precisamente porque la pretensión era tan rotunda, tan absoluta, todo lo que no cabía en ella empezaba a saltar a la vista. Una selección no tan pura, un partido que no se sabía si se había ganado o se lo habían regalado, un hombre que no se dejaba someter: en un entorno menos avasallador a nadie le habrían llamado demasiado la atención. Ante un régimen empeñado en tragarse de un bocado todo el significado del fútbol, cada uno se convertía en un resto imposible de pasar por alto. Es una ley general de la colonización: cuanto más se quiere acaparar el significado de una cosa, más visibles se vuelven los sobrantes que no se consiguen poseer. Cuanto más completa pretende ser la apropiación, más salta a la vista el resto.

Apropiarse del fútbol es, en sí mismo, criticable. Y debe criticarse. Que un régimen se adueñe de un deporte para apuntalar su legitimidad no es una cuestión que admita medias tintas: es una de esas pocas cosas que deben señalarse y criticarse sin rodeos. Pero criticar esa apropiación no equivale a tachar de un plumazo el propio fútbol. La dificultad está precisamente en respetar esa frontera. El régimen puede apropiarse del torneo, de los símbolos, incluso decidir a quién se atribuye la victoria. No puede apropiarse del fútbol mismo. El fútbol vuelve a producir, una y otra vez, cosas que no caben en el relato del régimen. Aprender a verlas es lo más importante de este tramo de la historia.

Veamos primero cómo se lo apropió.

La incorporación del fútbol italiano al proyecto estatal fascista comenzó hacia 1926. La investigación moderna ha descrito con bastante claridad el proceso: el fútbol sirvió tanto para la integración nacional y la movilización de las masas dentro del país, reuniendo bajo una bandera nacional lealtades dispersas por todo el territorio, como para exhibir fuera de él el orden, la modernidad y el prestigio del Estado. La organización del Mundial de 1934 fue uno de sus puntos culminantes. La Federación Italiana de Fútbol asumió unos costes enormes y convirtió el torneo entero en un escaparate nacional de hospitalidad, capacidad organizativa y atractivo turístico. Las autoridades dispusieron además numerosos trenes especiales para atraer espectadores de otros países. El estadio fascista, el líder presente en la tribuna, el saludo antes del partido, las copas cargadas de símbolos del régimen después: todo ello componía algo más que un campeonato. Era una representación pública de la capacidad de aquel Estado fascista para hacer grandes cosas, de su orden impecable, de lo mucho que merecía que el mundo viniera a verlo.

La ceremonia de las tres copas dejó esa intención a la vista. Además del trofeo de oro para el campeón, hubo para Checoslovaquia, subcampeona, una «Copa del Duce», bautizada con el título de Mussolini y entregada por el propio Mussolini. Un trofeo que debía pertenecer al fútbol y a sus jugadores recibía el nombre de un dictador y salía de sus manos. En aquel instante, el honor del fútbol y la imagen del régimen quedaban soldados, sin que pudiera separarse uno de otra. Difícil encontrar una apropiación más explícita: grabar el nombre propio en una victoria ajena.

Otro detalle permite medir cuánto había crecido en aquellos años la construcción llamada fútbol. El de 1934 fue el primer Mundial con una verdadera fase de clasificación. Se inscribieron treinta y dos selecciones, de las que quedaron dieciséis para la fase final. Incluso Italia tuvo que clasificarse, un caso único en la historia del torneo para el país anfitrión. En el primer Mundial todavía bastaba con enviar invitaciones y esperar a ver quién quería acudir. Cuatro años más tarde ya había que ir seleccionando entre más de treinta equipos. El fútbol había crecido hasta adquirir un peso por el que un régimen estaba dispuesto a esforzarse mucho para hacerlo suyo. Algo tiene que pesar antes de que alguien codicie quedárselo. Lo que Mussolini había visto era precisamente el peso que el fútbol se había ganado en aquellos años.

2. El excluido regresa: Uruguay se niega a jugar

La ausencia que más saltaba a la vista en 1934 era la del campeón vigente, Uruguay.

Para entenderla hay que volver cuatro años atrás. Uruguay había organizado el primer Mundial en 1930, pero solo cuatro selecciones europeas habían aceptado cruzar el océano. La mayor parte de Europa se quedó en casa. Los motivos que entonces se alegaron eran la travesía, el coste y la negativa de los clubes a ceder jugadores. Tenían una base real. Pero, para los uruguayos, el hecho era que el campeón olímpico vigente organizaba por primera vez un Mundial y casi todo el Viejo Continente le daba la espalda. Aquello dejó un resentimiento. Cuando en 1934 le tocó organizarlo a Europa, Uruguay, campeón del mundo, se negó a viajar a Italia. Se convirtió así en el único campeón de la historia que no acudió a defender su título.

Es un ejemplo muy claro de que el resto de una negación no desaparece por sí solo. En 1930, los desairados habían sido Uruguay y Sudamérica. Cuatro años después, aquel resentimiento daba la vuelta y se convertía en el desaire de Uruguay a Europa. La exclusión no había terminado: había cambiado de dirección y regresado. El excluido recordaba que lo habían excluido. Y la forma de recordar era faltar también cuando llegaba su turno. Una cuenta sin saldar solo cambia de lado para volver a anotarse.

De paso, la ausencia uruguaya rebajó el valor deportivo del torneo. No había acudido el campeón vigente, y Argentina, finalista cuatro años antes, distaba mucho de haber enviado a su mejor selección. De los dos mejores equipos sudamericanos, uno faltaba por completo y el otro llegaba muy mermado. El campeonato de 1934, tan cuidadosamente preparado por la Italia fascista para exhibirse ante el mundo, carecía precisamente del campeón de aquel mundo anterior. Una competición que quería decidir quién era el mejor del planeta dejaba fuera al que, en la edición anterior, había sido reconocido como tal. Por mucho esplendor que pusieran en la organización, aquel vacío no se podía llenar.

Algunos relatos posteriores mencionan también factores internos de Uruguay: las finanzas, el calendario, el malestar dentro de la federación. La documentación que los sostiene es dispersa y no constituyen la explicación principal más aceptada. La pista más firme sigue siendo la misma: fue un boicot en respuesta a la ausencia europea de 1930. A una competición llamada «mundial» le faltó una gran parte del mundo tanto en su segunda edición como en la tercera. Y la parte ausente en ambas pertenecía a la misma cuenta sin saldar, aunque acreedor y deudor hubieran intercambiado sus posiciones. El mayor resto del momento fundacional, el agujero de un campeonato llamado «del mundo» que no lograba contener al mundo entero, seguía abierto cuatro años después, en el mismo sitio.

3. La batalla de Florencia y la disputa sobre el «amaño»

El tramo más sucio del camino de Italia hacia el título fueron los cuartos de final contra España.

Se jugaron en Florencia. El primer partido acabó uno a uno y, en el desempate del día siguiente, Italia se clasificó por uno a cero. Fue una eliminatoria de una violencia extrema, recordada después como la «batalla de Florencia». Zamora, el portero español, resultó lesionado en el primer encuentro. Para el segundo faltaron nada menos que siete de los titulares españoles: al cabo de un partido, habían dejado fuera de combate a medio equipo. La prensa española de entonces y la memoria posterior insistieron en que el gol del empate italiano había venido precedido de una falta a Zamora, y en que otro gol de España había sido anulado de manera controvertida. La semifinal contra Austria también da que pensar. Austria era una de las grandes potencias reconocidas del fútbol europeo; su «equipo maravilla», el Wunderteam, estaba en pleno auge. Hasta aquella semifinal, Italia solo había ganado uno de los doce enfrentamientos entre ambas selecciones. El campo estaba embarrado e Italia venció uno a cero, con un gol de Guaita. El sueco Eklind, árbitro de aquella semifinal, fue designado después para dirigir también la final.

La leyenda más famosa que rodea aquellos partidos dice que Eklind se reunió con Mussolini antes del partido, incluso que cenaron juntos. La historia circula por todas partes y se repite en innumerables relatos posteriores. Pero hasta hoy no ha aparecido un acta, un diario ni un documento oficial que la confirme. Incluso los autores más dispuestos a reconocer la influencia política en 1934 suelen hablar aquí de rumores y de falta de pruebas firmes. Tiene más aspecto de historia repetida sin cesar que de hecho establecido. Lo que sí puede afirmarse directamente es que un mismo árbitro, Eklind, dirigió la semifinal y la final, y que el anfitrión de 1934 disfrutó de un criterio arbitral favorable al equipo local y de un entorno político ventajoso.

Y aquel entorno no se reducía a un árbitro o a una cena. El propio formato de eliminación directa multiplicaba el peso del azar: todo se decidía en un partido; bastaba jugar algo más duro o arbitrar con cierta parcialidad para que las consecuencias quedaran fijadas, sin una vuelta que permitiera corregirlas. A ello se añadían un estadio lleno de aficionados locales, el grito unánime y una presión política que nadie ignoraba. Cuando el visitante pisaba aquel césped, no se enfrentaba solo a once italianos. Esas ventajas estructurales existían de verdad. No hacía falta demostrar ninguna conspiración concreta para que existieran. La clave de 1934 está ahí, en aquellas ventajas, y no en las cenas de las que no hay pruebas.

Aquí hay que caminar con cuidado por la cuerda floja. Un relato muy cómodo sostiene que Italia ganó el Mundial exclusivamente mediante el fraude, que los árbitros corruptos se lo regalaron al anfitrión. Desahoga decirlo. Pero es otra simplificación: desde el lado antifascista, vuelve a reducir el fútbol a pura política. Es la otra cara de la moneda del «ganamos, luego somos grandes» del régimen. Una cara quiere el triunfo del régimen; la otra, su trama de corrupción. Las dos se apresuran a convertir estos dos Mundiales en una historia política nítida, expeditiva, de blancos y negros.

Pero la verdad no se deja llevar por ninguna de las dos. La Italia de 1934 era un equipo verdaderamente fuerte. Tenía una generación de jugadores maduros, un seleccionador moderno como Pozzo y una manera de jugar muy trabajada. Al mismo tiempo, competía en un entorno enormemente favorable al anfitrión, envuelto por la fuerza del régimen. Ambas cosas son ciertas. Afirmar que todo fue fraude borra la calidad real de aquella selección. Afirmar que ganó en condiciones puramente justas borra la mano que el régimen apoyaba sobre la balanza. Cada vez menos historiadores serios reducen 1934 a la historia lineal de un título obtenido solo mediante el amaño. En los archivos no hay una sentencia que pruebe de manera concluyente la corrupción arbitral. Hay acusaciones muy graves formuladas ya entonces y un entorno manifiestamente inclinado a favor del anfitrión. La formulación más precisa sería esta: un equipo realmente bueno ganó en un entorno manipulado. No hay un veredicto que permita despachar el asunto de una vez, porque ninguna de las dos cosas que hay que sostener puede tragarse a la otra.

La insistencia en pedir ese veredicto nace de la comodidad que ofrecen las dos historias limpias. Si Italia lo ganó todo haciendo trampas, el antifascismo dispone de un villano sin mezcla: la victoria queda anulada y la justicia conserva intacta su superioridad moral. Si Italia ganó limpiamente, el régimen dispone de un triunfo igualmente puro: el fútbol ha demostrado, obediente, su fuerza y su orden. Cada relato obtiene lo que busca. Y ambos pagan el mismo precio: tienen que alisar la complejidad molesta de lo real. Solo que el fútbol no se deja alisar. Lo que pone delante de nosotros es un equipo que de verdad sabía jugar y que de verdad disfrutó de ventajas enormes. Una situación incómoda que no permite blanquear al régimen ni tachar al equipo entero. Esa incomodidad que nadie puede hacer suya es su resto más obstinado. Reconocerla no es intentar dejar contento a todo el mundo. Es que solo manteniendo a la vista ambas caras se puede distinguir qué logró aplastar aquella mano sobre la balanza y qué no consiguió aplastar.

Hay que criticar la mano que presionaba la balanza. Negar de paso el fútbol real de aquella selección es ir demasiado lejos. La apropiación es una cosa; el fútbol, otra. Cada cual debe quedar en su sitio. Y, para ponerlos en su sitio, primero hay que explicar qué tenía de bueno, futbolísticamente, aquel equipo.

4. El metodo de Pozzo: la sustancia propia del fútbol

El fútbol real de aquella selección era, precisamente, aquello de lo que no podía apropiarse el relato del régimen.

Los italianos llamaban metodo al sistema de Pozzo. Suele representarse como un 2-3-2-3 y, desplegado en el campo, se parece a dos letras W superpuestas. Frente a la pirámide del 2-3-5, todavía habitual en el primer Mundial, retrasaba a los dos interiores hasta acercarlos al medio centro y asegurar así el control de la zona media. El centro del campo es el eje de un partido: quien lo domina decide hacia dónde va el balón y a qué velocidad se juega. La pirámide, con cinco hombres volcados arriba, solía dejar un vacío en esa zona. El metodo redistribuía efectivos hacia el centro para ocuparlo. También se distinguía de la WM de Chapman. La WM convertía a aquel jugador central decisivo en un defensor dedicado por entero a marcar estrechamente al delantero centro rival, concentrado exclusivamente en defender. El metodo se negaba a encerrarlo en esa función: tenía que retroceder para defender, pero también avanzar para organizar y distribuir el balón. Era, más bien, un precursor de lo que después llamaríamos un organizador del juego. Ante el mismo desequilibrio entre ataque y defensa que había provocado el cambio del fuera de juego, los ingleses respondieron con la WM y los italianos con el metodo. Dos caminos, cada uno con sus elecciones y sus renuncias. El metodo convenía especialmente a equipos de buena técnica, pase corto a ras de césped y control del ritmo. Y la Italia de entonces era justamente uno de esos equipos.

Hay aquí un hilo importante. Durante aquellos años, la táctica había seguido avanzando según su propia lógica, bastante al margen de la política sentada en la tribuna. La reforma del fuera de juego de 1925 obligó a buscar un nuevo equilibrio entre ataque y defensa. Los ingleses encontraron la WM; los italianos, el metodo. Eran respuestas distintas impuestas por un mismo problema. Esa evolución seguía su camino. No cambiaba de rumbo según quién organizara el torneo ni producía un gol de más porque hubiera un líder en el palco. Un régimen podía plantar su bandera sobre la cabeza del campeón, pero no introducirla en la pizarra táctica. La búsqueda de cómo controlar el centro del campo, cerrar los huecos en defensa o llevar el balón desde la defensa hasta el ataque tenía su propia procedencia y su propio destino. Se transmitía de generación en generación por un hilo que la política no alcanzaba ni podía tomar a su cargo. Una mano podía alzar la victoria y agitarla como una bandera. Pero lo que hacía a aquel equipo merecedor del triunfo lo había trabajado otra gente, en otro lugar, a lo largo de muchos años.

El trabajo de Pozzo tampoco se agotaba en el dibujo táctico. Era un innovador táctico, pero concedía igualmente una enorme importancia al estado psicológico de los jugadores y a las concentraciones previas a los partidos. Reunía al equipo durante largos periodos de preparación y estudiaba la forma y el carácter de cada futbolista. El éxito italiano de los años treinta, en otras palabras, no fue el simple resultado de una orden del Estado. Se apoyaba en una gestión de la selección bastante moderna y en toda una generación de jugadores maduros. Todo aquello tenía que acumularse poco a poco, durante años, con criterio profesional. Por muy severa que fuera una orden, no podía sacárselo de la manga.

Ese era, precisamente, el límite de la apropiación. El régimen podía subirse al podio y declarar fascista la victoria. No podía inventar aquel sistema, formar a aquella generación ni pensar por Pozzo cómo dominar el centro del campo. Una frase podía reescribir a quién pertenecía la victoria; no podía reescribir de dónde había salido. La sustancia del fútbol, aquellas tácticas, aquellas técnicas, el trabajo arduo de toda una generación, seguía firme en un lugar al que el discurso del régimen no llegaba. El régimen podía estampar su nombre en la copa. No podía estamparlo en los pies de los jugadores. Por eso cada vez más gente ha estado dispuesta a reconocer que, aun quitándole todo el envoltorio fascista, aquella selección seguía siendo un equipo verdaderamente fuerte. Sus dos títulos no necesitan del relato del régimen para sostenerse.

5. Los oriundi: las grietas de la nación como construcción

La mayor grieta del relato del régimen no estaba en otra parte: estaba en la propia plantilla de aquella «selección italiana».

El fascismo quería que el fútbol demostrara la fuerza y la pureza de la nación italiana. Sin embargo, varios jugadores del equipo campeón de 1934 ni siquiera habían nacido en Italia. El grupo más importante procedía de Argentina. Los italianos llamaban oriundi a esos futbolistas de ascendencia italiana que volvían de Sudamérica para vestir la camiseta del país. Entre ellos estaban Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Atilio Demaría. Una selección destinada a demostrar la pureza nacional tenía por columna vertebral a un grupo de sudamericanos que habían cruzado el océano de vuelta.

Su procedencia obliga a remontarse a una historia migratoria de fronteras borrosas. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, millones de italianos atravesaron el Atlántico para ganarse la vida en países sudamericanos como Argentina y Uruguay. Se instalaron allí, tuvieron hijos, y sus descendientes aprendieron a jugar al fútbol en las calles y los barrios de Buenos Aires. Crecieron formando parte del fútbol sudamericano. Cuando entre aquellos muchachos aparecieron talentos extraordinarios, Italia invocó la ascendencia para reclamarlos y vestirlos de azul. ¿Eran italianos o argentinos? La respuesta depende del lado de la línea desde el que se mire. Pero esa misma línea la habían estirado y deformado las migraciones de millones de personas: nunca había sido nítida. Además, los jugadores criados en Sudamérica no traían de vuelta solo un par de pies. Traían una forma de jugar que concedía enorme importancia a la técnica y al regate. El sustrato sudamericano de los oriundi contribuyó mucho a aquel cuidado del pase corto por abajo y del manejo del balón que caracterizaba al metodo de Pozzo. Hasta la manera italiana de jugar utilizada para demostrar la fortaleza nacional llevaba dentro una procedencia del otro lado del océano. El fascismo quería una nación pura y bien delimitada. Aquello sobre lo que se sostenía era justamente el producto de una historia migratoria que había enturbiado las fronteras. Ni siquiera el fútbol que le daba gloria era puro.

Monti era un caso especialmente revelador. En el primer Mundial, en 1930, había jugado la final con Argentina. Argentina perdió ante Uruguay, y Monti estuvo del lado argentino. Cuatro años después se encontraba del lado italiano: jugó la final de 1934 y la ganó. Sigue siendo, hasta hoy, el único futbolista que ha disputado finales mundialistas con dos países distintos. Un hombre, dos banderas, dos finales, apenas cuatro años entre ambas. El régimen quería que el fútbol dijera: somos una nación pura y sólida. Pero uno de los jugadores en los que más se apoyaba acababa de disputar una final con otro país. ¿Qué podía desmentir de manera más rotunda aquella «pureza»?

La disputa existía ya entonces; no la inventó la posteridad. En los periódicos de 1934 aparecían sátiras sobre el empeño de clubes y dirigentes por italianizar a los futbolistas, incluso por ocultar deliberadamente su verdadero origen étnico. Es decir, en el mismo año del título ya se discutía acaloradamente si aquellos hombres contaban o no como italianos. Frente a las críticas, se hizo célebre una defensa de Pozzo cuyo sentido era este: si esos hombres, con derecho a jugar, debían prestar servicio militar por Italia e incluso podían morir por ella, también podían jugar al fútbol por Italia.

La propia defensa dejaba al descubierto el fondo del asunto. Admitía que la identidad italiana de aquellos jugadores no era algo dado por naturaleza. Había que argumentarla, conquistar su reconocimiento, llenarla de contenido con una apelación a estar dispuestos a morir por Italia. La nación mostraba aquí su verdadera condición de construcción. No era una pieza sólida de límites precisos. Se levantaba, capa sobre capa, con ascendencias, requisitos de admisión, migraciones y lealtades, y cualquiera de sus juntas podía aflojarse. Los oriundi eran el resto que esa construcción no conseguía tapar. Que la selección había incorporado a numerosos futbolistas nacidos en Sudamérica y de ascendencia italiana era un hecho. Que encarnaran de manera natural e indiscutible un Estado nación puro era justamente lo contrario de los hechos. Cuanto más quería el fascismo demostrar con el fútbol la pureza nacional, más la desmentía la selección que sacaba al campo. Alzaba una copa para dar fe de la nación, y varias de las manos que la sostenían venían del otro lado del océano.

En el fondo, nunca ha habido una selección que brotara espontáneamente de una nación pura. Toda selección queda delimitada por unas reglas que deciden quién cuenta como uno de los nuestros. Y esas reglas siempre tienen bordes, siempre dejan algo discutible. Hasta qué generación llega la ascendencia, si cuenta el lugar de nacimiento, si cuenta dónde se ha crecido, si cuenta a quién se quiere representar: cada criterio es una línea trazada por personas, que puede dibujarse en un sentido y volver a desplazarse en el otro. Normalmente las líneas quedan ocultas bajo una bandera. Nadie se detiene a examinarlas y todos dan por hecho que la selección encarna naturalmente a la nación. Los oriundi pusieron ese mecanismo, por lo común escondido, en el centro mismo del escenario de una final mundialista. No eran una excepción a la pureza nacional. Eran la grieta por la que asomaba el verdadero rostro de la nación como construcción. Un régimen obstinado en hacer del fútbol una prueba de pureza terminó levantando con sus propias manos la bandera que lo tapaba todo. Debajo de la supuesta nación pura, cualquiera podía ver aquellas líneas que iban y venían.

6. 1938: la sombra de la guerra y unos símbolos cada vez más visibles

Cuatro años después, el Mundial de 1938 se celebró en Francia. Y esta vez la sombra era mucho más densa que en 1934.

La FIFA había elegido la sede en Berlín, en 1936. Francia se impuso a Argentina y Alemania. Que el Mundial se celebrara por segunda vez consecutiva en Europa provocó una profunda indignación en Sudamérica, donde se esperaba una alternancia entre Europa y América. Ese malestar influyó directamente en las ausencias de Argentina y Uruguay. Uruguay faltaba por segunda edición seguida y, esta vez, tampoco acudía Argentina, subcampeona ocho años antes. España no pudo participar por la guerra civil. Unos se quedaban en casa, resentidos por la disputa sobre la sede; otros no podían salir a causa de su propia guerra. Antes de que rodara el balón, la política exterior al campo ya había empezado a borrar nombres de dentro. En una competición llamada mundial, pisar aquel césped dependía cada vez menos de jugar bien al fútbol y cada vez más de resentimientos y cañonazos, al otro lado de sus muros, que nada tenían que ver con el juego. Era ya un Mundial claramente ensombrecido por la víspera de una gran guerra. Y lo peor de la sombra aún estaba por llegar.

El mayor golpe geopolítico vino del Anschluss, la anexión de Austria a Alemania. En marzo de 1938, Alemania se anexionó Austria. La selección austriaca se retiró enseguida del Mundial y parte de sus mejores jugadores pasó al equipo alemán. Austria era una de las grandes selecciones de aquella edición. El Wunderteam ya no estaba en su apogeo, pero conservaba su base. Su retirada alteró todo el cuadro y permitió a Suecia avanzar sin jugar. Alemania, aun reforzada con algunos futbolistas austriacos, cayó ante Suiza en el partido de desempate. Los relatos posteriores suelen atribuir la derrota a la falta de entendimiento de aquel ensamblaje forzado y a un ambiente de hostilidad en el que nadie aceptaba al otro. Apretar hasta convertir en uno a dos equipos que habían sido rivales no produjo un conjunto más fuerte. Produjo un grupo desunido, con cada cual a lo suyo. Un régimen podía tragarse un país en el mapa. No podía hacer que dos selecciones se convirtieran de verdad en una sobre el césped.

La desaparición de la selección austriaca fue una de las formas más desnudas de apropiación. Ya no bastaba con ponerle una etiqueta a la victoria. Se intervenía directamente para borrar del Mundial a un equipo entero y repartir a sus jugadores según una nacionalidad nueva. Una frontera borrada a la fuerza, una selección que había fascinado a Europa arrancada de raíz y metida en la picadora de carne de la política. Ya no se trataba de maniobrar junto al campo, sino de tratar a quienes jugaban en él como bienes que podían transferirse junto con el territorio. Sin embargo, borrar el nombre de una selección no borraba el hecho de que aquel fútbol hubiera existido. El Wunderteam que nunca volvería a reunirse era el resto que persistía después de la supresión. La anexión sobre el mapa no alcanzaba su lugar en la memoria.

En este Mundial, la relación de Italia con los símbolos fascistas fue aún más visible que en el anterior. Una escena está especialmente bien documentada: en los cuartos de final contra Francia, los italianos no vistieron de azul, su color habitual, ni de blanco, el de su equipación alternativa. Salieron de negro, el color fascista, e hicieron el saludo fascista antes del saque inicial. La documentación es menos concluyente si se quiere afirmar que ocurrió lo mismo en todos los partidos del torneo. La formulación prudente es que la camiseta negra y el saludo ante Francia están ampliamente documentados. Extenderlo a cada encuentro exige más cuidado.

Italia acabó derrotando a Hungría por cuatro a dos en la final, con dos goles de Colaussi y dos de Piola. Piola era uno de los mejores delanteros centro de su generación. Y aquella Italia de 1938 había cambiado más de medio equipo respecto a 1934: menos oriundi, más jugadores nacidos en el país. Ganaba igual. Su fuerza no dependía de la aparición casual de unos cuantos nombres; debajo había algo capaz de seguir produciendo. Fue la primera selección que revalidó el título mundial y el segundo campeonato de Pozzo, una marca todavía sin igualar: sigue siendo el único seleccionador que ha ganado dos Mundiales. El mérito de ese logro no necesita que lo aumente el relato fascista. Un equipo que gana dos Mundiales en cuatro años lo hace por su fútbol. El régimen podía cubrirlo de símbolos, pero esos símbolos no explicaban por qué ganaba. Los símbolos eran del régimen. Al fútbol seguían jugando aquellos hombres.

Bajo todas aquellas capas de símbolos, la guerra ya estaba a las puertas. En 1938, la apropiación política del fútbol alcanzó su máxima visibilidad. Pero el mundo del que el régimen se estaba apropiando iba a quedar reducido a tierra quemada por el fuego que él mismo había encendido. Poco más de un año después, en Europa ya no habría Mundial que jugar.

7. Los que no se dejan absorber: Sindelar y Leônidas

Debajo de todos los símbolos y de todas las copas siempre hay personas que no caben en ningún marco político.

Una de ellas fue Matthias Sindelar. A comienzos de los años treinta, Europa llamaba «equipo maravilla» a la selección austriaca, durante un tiempo la más refinada y hermosa de ver del continente. Sindelar era su alma. De cuerpo delgado y juego ligero y elegante, conducía el balón como si se deslizara sobre el agua. Lo llamaban el «Hombre de Papel». En una época dominada por la fuerza y los balones largos por alto, encarnaba otro fútbol: el de la cabeza y los pies, en lugar del cuerpo. Un hombre que debía haber pertenecido solo al césped, sin nada que ver con la política, quedó atrapado de golpe en el puño más brutal de su tiempo. Tras el Anschluss, no acudió al Mundial de 1938 con aquella selección alemana hecha de alemanes y austriacos. La interpretación posterior más extendida es que se negó a jugar para el equipo nacional nazi. Los detalles son menos uniformes: las fuentes discrepan sobre si fue una resistencia política abierta o si se amparó en la edad, las lesiones o la retirada. Pero no hay duda de que no se incorporó al equipo alemán de 1938. Quien hasta hacía poco encarnaba todo el orgullo futbolístico de Viena eligió, una vez borrado su país, no vestir la camiseta de quienes se lo habían anexionado.

Su muerte es el punto de esta historia que exige mayor contención al escribir. El 23 de enero de 1939, Sindelar y su novia, Camilla Castagnola, fueron hallados muertos en un apartamento. La causa oficial fue una intoxicación por monóxido de carbono debida al gas o al conducto de evacuación de humos. Desde entonces han tenido defensores tres explicaciones: el accidente, el suicidio por intoxicación y el asesinato a manos de la Gestapo. Pero las pruebas no pesan lo mismo en las tres. A favor del accidente están las quejas previas de los vecinos sobre el mal funcionamiento del conducto. La hipótesis del suicidio se apoya, sobre todo, en homenajes literarios posteriores y en interpretaciones psicológicas. La del asesinato político suele deducirse de su actitud antinazi, del interés de la policía nazi por él y de la rapidez con que se cerró el caso. Hasta hoy, lo más prudente que se puede escribir es esto: la conclusión oficial fue una intoxicación accidental; ni el suicidio ni el asesinato pueden excluirse por completo, pero no hay pruebas públicas suficientes para convertir ninguna de las alternativas en una conclusión firme.

Un hombre que se negó a vestir la camiseta del conquistador y una muerte que todavía no se consigue explicar del todo. Imponerle a esa muerte una versión, ya sea la del martirio político heroico o cualquier otra, es intentar una vez más apropiarse de quien se había negado a dejarse absorber: meterlo de nuevo en una historia limpia. Lo más honrado es dejar ahí lo que no sabemos explicar. Sin borrar el peso silencioso de su negativa a jugar, pero sin inventarle a su muerte una certeza que no tiene.

El otro estaba al otro lado del planeta. El brasileño Leônidas, el «Diamante Negro», fue la figura individual más deslumbrante del Mundial de 1938. Brasil debutó contra Polonia con un seis a cinco que se volvió un clásico. Leônidas marcó tres goles; el polaco Wilimowski, cuatro. Bajo una lluvia torrencial, uno y otro se respondieron hasta producir uno de los marcadores más desquiciados de la historia del torneo. Leônidas terminó como máximo goleador, con siete tantos, y aquel Mundial llevó definitivamente el nombre del «Diamante Negro» a todo el mundo. Mientras los fascismos europeos preparaban el estadio como un campo de desfile nacional, un delantero negro brasileño del otro lado del planeta hacía entrar por primera vez, con sus pies ágiles, el encanto de otro fútbol en los ojos del público europeo. En 1938 se vio con especial claridad cuántas caras podía tener la construcción llamada fútbol. Un régimen podía ponerlo en su escaparate y, en ese mismo torneo, un individuo que nadie conseguía absorber podía hacerlo estallar en un brillo puro.

Las leyendas que rodean a Leônidas deben examinarse por separado. Una dice que inventó la chilena. Lo más exacto es decir que suele atribuírsele su invención o, al menos, su primera difusión por todo el mundo. Fue, en efecto, la primera estrella que fascinó con ese remate al público europeo de los Mundiales. Ese título de inventor absoluto, sin embargo, no permite dar por descartados los precedentes sudamericanos más antiguos. Otra leyenda cuenta que marcó descalzo en el barro. El núcleo del relato es creíble: ante Polonia se le salió o se le rompió una bota en el fango, y el árbitro no lo advirtió cuando marcó. La versión más aparatosa, según la cual jugó descalzo todo el encuentro, convierte el partido en una epopeya a pie desnudo mediante una evidente exageración dramática.

Queda otra disputa: por qué Leônidas no fue titular en la semifinal que Brasil perdió ante Italia. La versión clásica sostiene que los brasileños, demasiado confiados, querían reservarlo para la final. Pero hace mucho que existe otra explicación: había quedado lesionado tras los dos duros partidos contra Checoslovaquia y el cuerpo técnico no quiso arriesgarlo. Que no estuvo en el once inicial de la semifinal es un hecho. Que lo reservaron únicamente por menospreciar al rival no es una conclusión indiscutida.

Leônidas y Sindelar: uno envuelto en capas cada vez más gruesas de leyenda; el otro, bajo el enigma de su muerte. Sin embargo, comparten algo. Cuando los regímenes y los mitos quieren convertir aquellos dos Mundiales en una historia limpia, siempre hay una parte de estas personas de carne y hueso que se escapa por las juntas del relato. La bota perdida en el barro, el caso cerrado demasiado deprisa: cosas que no caben en ninguna explicación que quiera abarcarlo todo. Las personas son más grandes que las historias. Esa es una cuenta que la apropiación nunca consigue cuadrar.

8. Apropiarse de la victoria no es apropiarse del fútbol

Hubo un régimen que se propuso muy en serio encerrar el fútbol en el Estado. Instrumentalizó el torneo de 1934, presentó la victoria como gloria del fascismo, cubrió el fútbol de sus símbolos e intentó clavar todo su significado en un único punto: la fortaleza de la nación, el orden del régimen. Durante algún tiempo, logró efectivamente convertirlo en instrumento y montar con él un anuncio del Estado difundido al mundo entero.

Pero no consiguió clausurar el significado del fútbol. Los oriundi desmintieron la nación pura que se quería demostrar: entre los campeones había quien acababa de jugar una final con otro país. El sistema de Pozzo y el oficio de aquella generación de futbolistas eran cosas que el régimen no podía fabricar ni llevarse. Podía reescribir a quién se atribuía la victoria, pero no de dónde había salido. Las acusaciones de amaño e intimidación tampoco llegaron a cristalizar en un veredicto limpio. Italia era realmente buena y realmente se había beneficiado de un entorno manipulado. Las dos cosas eran ciertas a la vez. La negativa de Sindelar y su muerte sin aclarar, la bota de Leônidas en el barro: detrás estaban personas que ningún marco podía absorber. Al final, el régimen y el mundo del que había querido apropiarse ardieron juntos en la guerra que él mismo había prendido.

Quedaron dos títulos. Pertenecen al fútbol, no al régimen. Pero su reputación pública nunca podrá separarse del uso que aquel régimen hizo de ellos. El consenso de la investigación moderna no consiste en cancelar su significado futbolístico, sino en señalar que siguen cargando con la sombra de la apropiación fascista. Hay que decir ambas cosas a la vez: su peso en la historia del fútbol es enorme y su sombra no se borra. Una copa que un régimen ha alzado por encima de su cabeza, por auténticos que sean los méritos con que se ganó, difícilmente vuelve a quedar limpia de las huellas de las manos que la sostuvieron.

Debajo hay algo más general. La gloria fascista y el fraude puro parecen explicaciones irreconciliables, pero comparten en el fondo un mismo impulso: encerrar el significado del fútbol en la política. Una quiere el triunfo del régimen; otra, sus maniobras oscuras. Las dos quieren una historia nítida y bien cerrada. La verdad, en cambio, es el resto del que ninguna puede adueñarse: un equipo de calidad real, en un entorno favorable y envuelto en política, con jugadores que el discurso nacional no conseguía reclamar sin dejar cabos sueltos, alzado por un régimen capaz de apropiarse de la victoria, pero no del fútbol. Las leyendas que se han ido espesando, el telegrama de vencer o morir, la cena de Eklind, la explicación definitiva de la muerte de Sindelar, Leônidas jugando descalzo, son en gran medida el sedimento que deja el deseo de una historia limpia. Al acercarse, cada una se deshace en algo bastante menos uniforme. Quererlo todo limpio es otro nombre de la apropiación. Y la historia del fútbol se niega, una y otra vez, a que la limpien así.

Estos dos Mundiales merecen una mirada tan detenida por algo que no tiene que ver con que fueran más oscuros que otros. Llevaron la apropiación a su forma más descarada y, con ello, iluminaron mejor que ninguno sus límites. Un régimen empleó casi toda la fuerza de un país: organizó el torneo, movilizó la propaganda, estampó símbolos y entregó copas. Hizo suyo casi todo lo que podía hacer suyo. Aun así, solo se quedó con la cáscara de la victoria. No con lo que había dentro: la técnica del equipo, la multiplicidad de la nación, la decisión de aquellas personas de irse o quedarse. Cuanto más se esforzaba, más luz arrojaba él mismo sobre lo que se le escapaba. Ese es el límite de la apropiación. Es también lo que aquellos dos títulos cargados de sombra dejaron a quienes vinieron después, algo que ya no se puede borrar.

Quienes no se dejaron absorber permanecían en silencio debajo de los símbolos y las copas. El hombre que no quiso ser jugador del conquistador; los nacidos en Argentina que vistieron la camiseta italiana; el hombre envuelto en leyendas; también los aficionados corrientes de las gradas, para quienes un partido pesaba más que cualquier política. Rara vez aparecían en el relato del régimen. Pero estaban allí, jugando, mirando, recordando, un encuentro tras otro. Por grande que fuera la bandera del régimen, no alcanzaba para tapar la parte que pertenecía a cada uno.

El fútbol resistió aquella apropiación y siguió adelante con una cicatriz imborrable. El régimen que había querido fijar para siempre su significado acabó antes barrido por la historia. El fútbol sigue ahí: se apropiaron de él, pero no consiguieron apropiárselo entero. El impulso de inmovilizarlo volverá después con otro rostro. Y probablemente el fútbol volverá a ser, como aquella vez, apropiado, utilizado, cargado de toda clase de significados, sin dejar nunca de conservar una grieta que no se deja absorber. Nadie ha dispuesto por dónde debe continuar el camino. El ciclo sigue girando.

Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.