La fundación
Una construcción que quiso fijarse para siempre desde el primer día
En este ensayo
- 1. Fundar no es crear de la nada
- 2. Escribir las reglas es cincelar: la unificación se gana, no se decreta
- 3. El ideal amateur: un fósil que se hace pasar por esencia
- 4. Los guardianes quieren detener el tiempo, y hasta la nueva institución se inclina ante el viejo orden
- 5. El mundo se resiste a quedarse quieto: el ascenso sudamericano y el nacimiento forzoso de un torneo abierto
- 6. Los excluidos: el resto del momento fundacional
- 7. El torneo y 1930 como momento intermedio
- 8. Una construcción que quiere detenerse y no puede
1. Fundar no es crear de la nada
30 de julio de 1930. Estadio Centenario de Montevideo. Uruguay derrota a Argentina por cuatro a dos y levanta la primera Copa del Mundo. Cien mil espectadores, dirían muchos relatos posteriores; algo más de sesenta y ocho mil, según el registro oficial. Sea cual sea la cifra, la multitud de aquel día fue real, como lo fue la celebración que se prolongó durante toda la noche. Uruguay declaró festivo el día siguiente. Al otro lado del Río de la Plata, en Buenos Aires, la derrota dio paso a los disturbios.
Es fácil que los relatos posteriores hagan de aquel día un punto de partida nítido: aquí comenzó el fútbol mundial. Pero merece la pena mirarlo desde el lado contrario.
Fundar nunca es crear de la nada. Es una negación, un golpe de cincel. Lo que sale de ese golpe no es una verdad, sino un sedimento, un fósil. Y, desde el primer día, sus guardianes quieren dejar ese fósil fijado donde está, sin que vuelva a moverse. Una construcción así quiere detenerse desde el primer día. Y desde el primer día no puede hacerlo.
Bajo aquel «comienzo» de 1930 se acumulaban al menos cuatro cosas. Ninguna había surgido de la nada; todas eran sedimentos de negaciones anteriores. La primera eran las reglas del fútbol, que antes de 1930 llevaban décadas en disputa. La segunda era el futbolista profesional, al que un ideal había intentado excluir una y otra vez, sin conseguirlo. La tercera era la organización del fútbol internacional, ya constituida antes de 1930 y sometida al viejo orden desde el día de su nacimiento. La cuarta era el propio torneo, que no se había sacado de la manga: lo había impuesto una realidad que ya no se podía contener. Miradas juntas, esas cuatro cosas muestran que lo que llamamos fundación fue, simplemente, el momento en que se tomó por un comienzo una construcción que ya quería quedar fijada y ya no podía hacerlo.
Esas cuatro cosas corresponden precisamente a distintas caras de la construcción que es este deporte. Las reglas son una cara; la organización, otra; el negocio que trajo consigo la profesionalización, otra. Y la cara táctica, la manera de jugar sobre el campo, atravesaba también en 1930 un cambio forzoso. Son caras distintas de una misma construcción, el fútbol, y en aquel momento se arrastraban unas a otras. Cambiar una regla podía dar otra forma a la táctica. El derrumbe de un ideal podía transformar la organización.
2. Escribir las reglas es cincelar: la unificación se gana, no se decreta
El fútbol moderno no nació de la noche a la mañana en 1863.
El 26 de octubre de 1863 se fundó en Londres la Asociación Inglesa de Fútbol, la FA, con el propósito de establecer unas reglas claras. Una vez escritas, sin embargo, aquellas reglas no se impusieron de inmediato en todas partes. Durante muchos años convivieron con otras, especialmente con la tradición reglamentaria de Sheffield. Antes habían estado las reglas de compromiso de Cambridge, un antecedente importante. Dicho de otro modo, 1863 no fue un comienzo, sino un paso en un largo proceso de reducción de posibilidades. Hasta entonces habían competido reglamentos de escuelas, universidades, clubes y localidades. No disputaban una filosofía abstracta, sino cuestiones muy concretas del juego: si se podían usar las manos, si se permitía dar patadas en las espinillas, qué se consideraba fuera de juego, si el balón que salía por la banda se devolvía al campo con la mano o con el pie, cómo se reanudaba el juego cuando cruzaba la línea de meta. La codificación de las reglas se ganó primero palmo a palmo en esas minucias tan concretas.
Aquella disputa no dejó fuera una regla aislada, sino toda una manera de imaginar el fútbol. Cuando las nuevas reglas de la FA prohibieron las patadas en las espinillas, el club Blackheath, próximo a la tradición de la escuela de Rugby, se retiró. No lo hizo por un desacuerdo sobre un detalle técnico. El fútbol que quería era otra cosa: un juego que permitía el choque y correr con el balón en los brazos, y daba más importancia al contacto físico. De hecho, las primeras reglas de la FA todavía admitían cierto uso de las manos. Lo decisivo fue la separación gradual entre la rama de «conducir el balón y golpearlo con el pie» y la de «tomarlo en las manos y correr». A cada lado de aquella línea creció un deporte distinto: a uno lo llamamos fútbol; al otro, rugby. Antes de separarse habían formado parte de una misma materia todavía sin cortar.
Además, las nuevas reglas estuvieron lejos de barrer a sus rivales de inmediato. Las de Sheffield siguieron teniendo peso después de 1863. Los clubes de la zona continuaron jugando con su propio reglamento, y el de la FA distaba de ser universalmente aceptado. Entre las prácticas de Cambridge y las de Sheffield había diferencias sustanciales en cuestiones como atrapar el balón después de disputarlo por alto o la ejecución de los tiros libres. La llamada unificación se produjo a lo largo de muchos años, a medida que una parte se imponía a la otra. No bastó con anunciar una norma común.
Debajo de todos aquellos reglamentos había una capa más antigua. Antes de poner las reglas por escrito, el llamado fútbol no era un juego, sino innumerables juegos. Cada escuela, cada pueblo, cada grupo jugaba según sus costumbres. No había un número fijo de jugadores ni un campo definido; tampoco estaba decidido si podían usarse las manos o qué hacía falta para ganar. No existía una autoridad común entre ellos, y nadie podía declarar que su propia variante era la única auténtica. Lo primero que hizo la codificación fue cincelar una frontera en aquel desorden donde cada cual iba por su cuenta: esto cuenta como fútbol; aquello, no. Ese fue el corte más profundo. Una materia que aún no tenía forma quedó convertida en una construcción con límites definidos. Las maneras de jugar que quedaron al otro lado, aquellas prácticas locales que no lograron entrar en el reglamento escrito, se convirtieron en sus primeros restos. No desaparecieron. Simplemente dejaron de llamarse fútbol.
El fútbol como construcción siempre se ha levantado venciendo en una competencia, nunca por decreto. La unificación no es una norma escrita en un papel: es el aspecto que queda después de ganar una batalla. Cualquier forma que hoy parezca natural, evidente, indiscutible, acaba siendo, si se sigue su rastro, el fósil de alguna negación. Y lo que aquella negación excluyó no desapareció de verdad. Se retiró a otro lugar.
Tampoco las propias reglas quedaron inmóviles. El fuera de juego ofrece el ejemplo más claro de una codificación hecha de compromisos sucesivos. En 1863 se adoptó la versión más estricta: si estabas más cerca de la portería contraria que el compañero que te pasaba el balón, estabas en fuera de juego. Era tan severa que casi bloqueaba el ataque. Por eso se flexibilizó en 1866: ya no había fuera de juego si entre el jugador y la portería contraria quedaban tres rivales. A comienzos del siglo XX, los reglamentos seguían recogiendo esa versión de los tres jugadores. Entonces llegó el cambio decisivo. En 1925, tres se convirtió en dos.
El fuera de juego es esa regla que nunca acaba de quedar fijada porque gobierna precisamente la línea de equilibrio entre ataque y defensa. Si la línea favorece demasiado a la defensa, el juego se vuelve tedioso y escasean los goles. Si se inclina demasiado hacia el ataque, la defensa queda vacía y el partido pierde incertidumbre. Pero no hay una respuesta definitiva a la pregunta de dónde está el punto justo, porque jugadores y entrenadores buscan sin descanso cómo aprovechar los huecos de cada versión. Apenas una regla corrige el desequilibrio anterior, aparece una manera de jugar por el lugar que no ha conseguido tapar, rompe de nuevo el equilibrio y obliga a escribir la siguiente. Esa línea está condenada a trazarse una y otra vez: lo que intenta mantener en su sitio se niega a permanecer en una posición fija.
Bastó reducir aquel número de tres a dos para que el atacante tuviera un rival menos que superar. La medida favoreció de inmediato al ataque y alteró, también de inmediato, la geometría defensiva de la que vivían las viejas formaciones. Fue la bisagra reglamentaria entre el equilibrio anterior y la gran transformación táctica que vino después. Los guardianes querían unas reglas claras, estables, establecidas de una vez para siempre. Sin embargo, entre 1863 y 1925 no dejaron de cambiar. Ningún cambio surgió de la nada: cada uno fue impuesto por aquello que la versión anterior no lograba abarcar. Una regla que se decía «clara» volvía, una y otra vez, a dejar de estarlo. La construcción quería cerrarse, quedarse en un estado acabado, y el resto que no podía contener volvía a forzar su apertura. Entre 1863 y 1925 ya había tomado forma la lógica de esa cara reglamentaria. La historia posterior del fútbol solo la repetiría de maneras cada vez más agudas.
3. El ideal amateur: un fósil que se hace pasar por esencia
La grieta más profunda del primer orden internacional del fútbol separaba a aficionados y profesionales.
La profesionalización fue una imposición del norte. Los clubes del norte de Inglaterra, en especial aquellos a los que la Copa de la FA había dado impulso, arrancaron el deporte de la concepción amateur del sur y obligaron a la FA a aceptar el profesionalismo en 1885. La dimensión de clase no podía ser más clara. Los jugadores obreros y los clubes del norte reclamaban una remuneración: jugar suponía perder jornadas de trabajo y arriesgarse a sufrir lesiones. Quien se ganaba el pan con las manos no podía regalar su tiempo como un caballero ocioso. La manera en que la FA defendía el ideal amateur protegía, precisamente, la influencia de las clases medias altas y de las clases altas. El supuesto fútbol aficionado puro nunca fue solo una preferencia sobre el juego. Era también un reparto de derechos: quién podía salir al campo y quién tenía la última palabra. El derecho a jugar quedaba ligado a la capacidad de permitirse jugar sin cobrar.
Quizá hoy parezca algo remoto, pero entonces era la fractura social más honda del fútbol. Un estibador y un abogado podían amar por igual aquel deporte. Solo el abogado podía pagarse el lujo de ser amateur. Definir el fútbol como una actividad de aficionados equivalía, sin decirlo, a declararlo un deporte de las clases con tiempo libre. A quienes necesitaban jugar para completar sus ingresos se los empujaba a una existencia en la sombra, sin reconocimiento, o se les cerraba directamente la puerta. Por eso la disputa entre aficionados y profesionales nunca fue un simple desacuerdo técnico sobre remuneraciones. Se peleaba por decidir a quién pertenecía el deporte. Preservar el amateurismo era preservar una respuesta a la pregunta de en qué manos debía estar el fútbol.
El ideal amateur era, en el fondo, un acto de colonización. Hacía pasar por incondicionado algo que dependía de condiciones concretas. «El verdadero fútbol es amateur»: en esa frase estaba toda la suplantación. Una forma de jugar sedimentada en una clase y una época determinadas, sujeta a sus circunstancias, se presentaba como la esencia eterna e inmutable del fútbol. Era un fósil que se proclamaba ley. Quienes lo custodiaban creían sinceramente estar defendiendo el alma del deporte. Lo que defendían era la imagen fija de una etapa histórica.
Y aquella colonización tenía que fracasar, porque no podía eliminar lo que quería excluir. Quería excluir al futbolista profesional, a la persona que exigía cobrar por las jornadas de trabajo perdidas y los riesgos asumidos. Detrás de esa exigencia había un hecho sencillo y obstinado: su tiempo y su cuerpo le pertenecían. El ideal amateur lo negaba. Trataba al jugador como un medio para conservar cierta afición de caballeros, en vez de reconocer a alguien que tenía que ganarse la vida. Pero el hecho no podía borrarse por negarlo. En 1885, Inglaterra ya se había visto obligada a legalizar el profesionalismo. Desde entonces, aquel excluido siguió creciendo con tenacidad hasta convertirse en el tronco del fútbol moderno y vaciar desde dentro el orden que había querido mantenerlo fuera.
Lo que aquel orden pretendía proteger iba mucho más allá de cómo jugaban veintidós personas sobre el césped. Se trataba de conservar toda una organización social alrededor del campo. El reglamento de 1925/26 todavía prohibía expresamente participar en partidos de fútbol en domingo en Gran Bretaña. También sometía a control los llamados «partidos no reglamentarios», incluidos los encuentros reducidos de seis contra seis, salvo autorización del órgano competente. Aquellas cláusulas no enunciaban grandes principios, pero mostraban con especial claridad que las primeras autoridades futbolísticas no se limitaban a escribir las reglas del juego. Sostenían a la vez un orden social en torno al fútbol: qué días se podía jugar, bajo qué organizaciones, con cuántos jugadores un encuentro contaba como tal. Lo que los guardianes querían fijar nunca fue solo la manera de dar una patada al balón. Era también quién jugaba, cuándo y dentro de qué acuerdos.
El afán de conservar todo aquel orden social acabó volviéndose contra sus defensores. A finales de los años veinte, las disputas sobre la condición de amateur se hicieron irreconciliables. El Comité Olímpico Internacional quería una categoría más pura; la FIFA, una definición más amplia que dejara fuera a menos jugadores y países. Las cuatro asociaciones británicas no se oponían al profesionalismo en abstracto: al fin y al cabo, Inglaterra lo había aceptado en 1885. Se oponían a que aficionados auténticos se enfrentaran a profesionales de hecho. Tras tantas discusiones, lo que se disputaba era el significado de la propia palabra «amateur». ¿Seguía siéndolo un obrero que cobraba una compensación por las jornadas perdidas? ¿Y alguien que oficialmente no recibía un sueldo, pero a quien el club había conseguido un empleo sin apenas obligaciones? Se trazara donde se trazara la línea, alguien quedaba disconforme, porque intentaba separar dos cosas que en muchos futbolistas eran inseparables: el amor al juego y el sustento. Esa disputa llevó a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda a abandonar la FIFA en 1928. No regresaron hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Quienes querían preservar la pureza amateur se habían situado con sus propias manos fuera de la organización del fútbol mundial. El impulso conservador de cerrar la construcción castigaba así a quienes lo abrazaban. Cuanto más se empeñaban los guardianes en cerrar la puerta a cal y canto, antes se quedaban ellos mismos fuera.
4. Los guardianes quieren detener el tiempo, y hasta la nueva institución se inclina ante el viejo orden
El deseo de dejarlo todo fijado no estaba solo en las reglas. También estaba en las organizaciones. Incluso la institución internacional que debía encarnar lo «nuevo» se inclinó ante el viejo orden desde el día de su nacimiento.
La FIFA se fundó en París el 21 de mayo de 1904. La crearon siete asociaciones, o sus representantes, de Bélgica, Dinamarca, Francia, Países Bajos, España, Suecia y Suiza. La Asociación Inglesa de Fútbol, con sede en Londres, no figuraba entre los fundadores. Su ausencia era crucial, porque Gran Bretaña seguía ocupando el centro simbólico de aquel deporte. Una organización internacional a la que no se había sumado la tierra de origen cargaba con un vacío desde el principio.
Las propias palabras de los fundadores delatan esa actitud. El dirigente belga barón de Laveleye afirmó que, durante su primer año, la FIFA solo había existido sobre el papel: en materia de fútbol no podía hacerse nada serio sin el consentimiento y la cooperación de Gran Bretaña. Otro fundador llegó a escribir que la presidencia debía corresponder a la FA inglesa. Aquellas palabras no certificaban una omnipotencia británica eterna. Dejaban constancia de cómo pensaban los fundadores. La nueva institución buscaba legitimarse acomodándose a los viejos guardianes, no sustituyéndolos. Lo nuevo no quería derribar lo viejo. Quería su aprobación. En el momento de la fundación, hasta la parte del fútbol que más parecía mirar al futuro llevaba la deferencia en los huesos y tenía la vista vuelta hacia atrás.
Era un comienzo singular. Una institución creada para administrar el fútbol de todo el mundo admitía, en su primer año, que no podía hacer nada: la última palabra seguía en manos de una vieja autoridad que ni siquiera se había incorporado a ella. La nueva institución no traía un proyecto propio con el que sustituir al viejo orden. Traía una humilde invitación para que los antiguos guardianes tuvieran a bien reconocerla. Esa deferencia de nacimiento hizo que, durante mucho tiempo, lo «nuevo» del fútbol mundial fuera siempre limitado y tuviera que presentarse primero ante lo «viejo» para dar cuenta de sus propósitos.
La concesión al viejo orden quedó incorporada a las instituciones, y todavía hoy pueden verse sus restos. El organismo responsable de las reglas del fútbol, la International Football Association Board, o IFAB, fue creado en 1886 por las cuatro asociaciones británicas. Al principio, ellas tenían en exclusiva la potestad de dictar las reglas; la FIFA no se incorporó hasta 1913. En la estructura actual, que conserva aquel reparto original, cada una de las cuatro asociaciones británicas dispone de un voto y la FIFA tiene cuatro. Cambiar una regla exige una mayoría de tres cuartas partes. Ese sistema de votación es un vestigio vivo del tiempo en que Gran Bretaña se consideraba a la vez creadora y guardiana del deporte. Un siglo después, para cambiar una regla de un juego que siguen miles de millones de personas en todo el mundo, todavía hay que pasar por la puerta custodiada por sus cuatro asociaciones de origen. Los fósiles no desaparecen solos. Se los entroniza en las instituciones, donde siguen ejerciendo un peso que hace mucho dejaron de merecer.
En el momento de su fundación, el fútbol era, desde las reglas hasta la organización y el reparto de votos, una construcción protegida por varias capas de guardianes que quería seguir siendo la misma. Sus custodios estaban convencidos de que la forma que tenían entre manos era el fútbol tal como debía ser: merecía preservarse, no volver a cambiar. Es el impulso de cierre más habitual en este deporte. No el del conquistador que dice «quiero controlar por completo el partido», sino el del conservador que advierte «esto es lo auténtico; no lo toques». En la historia posterior del fútbol, ese impulso regresará una y otra vez con caras distintas. A veces defenderá el amateurismo; otras, una manera «correcta» de jugar; otras, una pureza sin contaminación comercial. Y siempre chocará contra la misma pared: la forma que quiere conservar es apenas el fósil de la negación anterior y no consigue encerrar su propio resto.
5. El mundo se resiste a quedarse quieto: el ascenso sudamericano y el nacimiento forzoso de un torneo abierto
El choque con esa pared comenzó cuando cambió el propio mundo.
El Mundial de 1930 no vino a llenar un vacío. Entre 1908 y 1928, los torneos olímpicos de fútbol ya habían sido para muchos países el campeonato internacional de mayor nivel. Sobre todo porque el fútbol lo organizaba o supervisaba la FIFA, mientras que el marco general de los Juegos dependía del Comité Olímpico Internacional. Así, el primer Mundial nació en el cruce de dos hechos igualmente ciertos. En 1930 se celebró la primera Copa del Mundo organizada por la FIFA como torneo independiente. No fue, ni mucho menos, la primera vez que el fútbol dispuso de un campeonato internacional de hecho.
Eso significa que la FIFA ya llevaba tiempo organizando para el mundo del fútbol un campeonato cada cuatro años. Solo que figuraba bajo el nombre de otro y estaba sujeto a las reglas de otro. Tenía campos, equipos y público. Le faltaba una sola cosa: el derecho a invitar a los mejores futbolistas profesionales. Cuando aquellas restricciones amateur se volvieron intolerables, llevarse su balón y montar una competición por su cuenta fue una consecuencia casi natural.
Y fue precisamente en los campos olímpicos donde cambió el mundo. En 1908 y 1912, el podio lo ocuparon los mismos tres países y en el mismo orden: Gran Bretaña, Dinamarca y Países Bajos. El viejo centro seguía bien asentado. En 1920 fueron Bélgica, España y Países Bajos, en una edición cuya final quedó ensombrecida por la retirada de Checoslovaquia durante el partido. Luego llegó 1924: Uruguay fue campeón; Suiza y Suecia ocuparon el segundo y el tercer puesto. En 1928, Uruguay revalidó el título tras empatar la primera final y derrotar a Argentina en el partido de desempate. Italia fue tercera. En unos pocos años, el peldaño más alto del podio se había desplazado del noroeste de Europa a Sudamérica.
Los dos títulos olímpicos de Uruguay no fueron un preludio de poca importancia. La edición de 1924, con veintidós selecciones, se consideró el torneo de fútbol más internacional celebrado hasta entonces. La victoria uruguaya se entendió como una prueba: Europa ya no tenía el monopolio del mejor fútbol. Un equipo sudamericano había mostrado a todo el mundo el mejor juego de su tiempo en los Juegos Olímpicos de los europeos. El mundo futbolístico que imaginaban los guardianes, con Europa y Gran Bretaña como centro inamovible, acababa de ser desmentido públicamente por una selección sudamericana en suelo europeo.
Los Juegos de 1924 fueron también un verdadero encuentro. Hasta entonces, el fútbol sudamericano y el europeo se habían desarrollado, en gran medida, cada uno en sus propias aguas. Los uruguayos llevaron un juego ágil, de regates y combinaciones de pases cortos, muy distinto del que predominaba en Europa, más apoyado en la fuerza y los balones largos por alto. Por primera vez, los espectadores y jugadores europeos lo veían de cerca. Un deporte puede tener aparentemente un solo reglamento y, sin embargo, desarrollar cuerpos muy distintos en tierras distintas. Buena parte de la competencia posterior entre países ha consistido en eso. No solo en ganar o perder, sino en hacer chocar sobre un mismo césped culturas futbolísticas y maneras de entender cómo debe jugarse. En 1924, Uruguay llevó a Europa algo más que un título: llevó la prueba de que se podía jugar de otra manera y hacerlo mejor. La única forma correcta que reconocían los guardianes resultaba ser una entre muchas.
Fueron las ataduras del amateurismo las que hicieron inviable el arreglo anterior. Los requisitos de admisión dejaban fuera de los Juegos a demasiados de los mejores jugadores. La FIFA, por su parte, tampoco quería que el COI siguiera controlando la competición de máximo nivel de su deporte. El 26 de mayo de 1928, el congreso de la FIFA reunido en Ámsterdam aprobó crear la Copa del Mundo: un torneo abierto a todos los jugadores, aficionados o profesionales.
El Mundial no nació porque alguien abrazara la apertura. Lo impusieron juntos el excluido, el futbolista profesional, y el subestimado, el mundo de fuera de Europa. El ideal amateur ya no podía contener la realidad profesional; el viejo torneo ya no podía contener a una Sudamérica que había ascendido. El resto se acumuló hasta alcanzar el punto crítico y forzó una nueva negación. La Copa del Mundo fue su producto.
No fue algo que alguien hubiera dibujado de antemano para construirlo después conforme a un plano. Fue un acontecimiento que tuvo que romper el cascarón cuando las contradicciones se comprimieron hasta hacerse insostenibles. Los guardianes querían fijar el fútbol en una forma amateur, centrada en Europa y Gran Bretaña. Esa forma no conseguía encerrar su resto y acabó dando a luz, por la fuerza, un torneo abierto, aunque casi nadie lo fundara por creer en la apertura. Aquí la apertura no era un ideal. Era el hueco que había dejado un cierre fallido.
6. Los excluidos: el resto del momento fundacional
La sede se decidió en mayo de 1929, en el decimoctavo congreso de la FIFA, celebrado en Barcelona. Seis países habían expresado interés y veintitrés se reunieron para escoger al organizador. Italia retiró su candidatura cuando comprendió que Uruguay había conseguido más apoyos. Montevideo resultó favorecida porque Uruguay era el vigente campeón olímpico y porque en 1930 se cumplía el centenario de su Constitución. Vincular un Mundial al aniversario nacional era, para un país pequeño, un honor poco frecuente.
La candidatura uruguaya tenía una fuerza material excepcional. Las obras del Estadio Centenario comenzaron el 21 de julio de 1929, con una capacidad prevista de ochenta mil espectadores. El país anfitrión vinculó directamente el estadio y el torneo a los festejos del centenario. Pero el compromiso más tangible de la candidatura era otro: Uruguay se ofrecía a asumir una parte importante de los gastos de organización y a subvencionar los viajes. Esa fue la clave para que un pequeño país sudamericano pudiera imponerse a candidatos europeos de mayor tamaño. El dinero entraba aquí por primera vez, de manera inequívoca, en la historia del fútbol mundial. No sería la última.
¿Por qué, entonces, solo acabaron acudiendo cuatro selecciones europeas?
Hablar de un «boicot europeo» es simplificar demasiado. Se mezclaron varias causas, y las dificultades logísticas pesaban más que la política y los símbolos. Para las selecciones europeas, el viaje de ida y vuelta por mar y la participación en el torneo suponían unos dos meses de ausencia en total. El problema era especialmente grave en los países con ligas profesionales, porque los clubes no querían ceder a sus futbolistas durante tanto tiempo: perderlos dos meses significaba renunciar a ellos durante casi media temporada. Se conserva la carta en la que Frederick Wall, secretario de la FA inglesa, rechazó enviar un equipo a Montevideo. A ello se sumaba que las asociaciones británicas ya habían abandonado la FIFA en 1928 a causa de la disputa amateur. Había resentimiento y había quienes no querían ir. Pero las razones decisivas eran la travesía, el coste, la negativa de los clubes a liberar jugadores y la ruptura entre los británicos y la FIFA sobre la condición de aficionado. Aquella exclusión era, ante todo, estructural. Solo después era simbólica.
Corregir la palabra «boicot» no vuelve irreal la exclusión. Fue muy real. Los cuatro participantes europeos fueron Bélgica, Francia, Rumanía y Yugoslavia. Los británicos no estaban porque sus asociaciones habían abandonado la FIFA en 1928. Italia, Países Bajos, Suecia y Hungría figuran, por su parte, entre los países que habían aspirado a organizar el torneo y no acudieron. A un campeonato llamado «del mundo» le faltaba la mayor parte del mundo. Ese hueco fue el mayor resto del momento fundacional. Nadie lo había absorbido. Seguía abierto, a la espera de que decenas de Mundiales posteriores fueran llenándolo poco a poco.
Ese resto tenía dos caras. No era el boicot deliberado de un villano, ni una casualidad inocente. Contarlo como una historia de arrogancia y aislamiento deja fuera la travesía, tan real, y la ruptura institucional en torno al amateurismo. Reducirlo a un problema logístico borra, en cambio, una actitud británica que también existía: sentirse el centro y desdeñar el viaje. No se lo puede afirmar por completo ni negar por completo. Precisamente por eso es un resto que no se deja contener. Cualquier veredicto tajante, ya hable de arrogancia o de inocencia, borrará de paso aquello que de verdad no se deja contener.
7. El torneo y 1930 como momento intermedio
En el primer Mundial participaron trece selecciones invitadas, sin fase de clasificación. Cuatro procedían de Europa; siete, de Sudamérica; dos, de Norteamérica. El formato consistía en una fase de grupos seguida de semifinales y final.
No hubo eliminatorias previas ni disputa por las plazas. Los trece equipos recibieron una invitación directa. El detalle indica lo pequeño que era aún el territorio de aquel deporte. Los Mundiales posteriores irían seleccionando equipos, ronda tras ronda, entre más de un centenar de aspirantes. Las plazas se convertirían en un bien escaso por el que competirían los continentes. En 1930 bastaba con enviar las invitaciones y ver quién estaba dispuesto a ir. No había más equipos que pudieran acudir: el torneo reunió a quienes aceptaban cruzar el Atlántico y echó a andar. Aquel «mundo» era todavía mucho más pequeño y mucho menos compacto. No había crecido tanto como para necesitar dejar gente fuera mediante una selección. Primero tenía que ensancharse para merecer el nombre de «mundo».
El Estadio Centenario ya era un monumento antes de que comenzara el torneo. Con su Torre de los Homenajes, ocupaba el centro simbólico de las celebraciones del centenario. El plazo de construcción se había apretado tanto que algunos de los primeros encuentros tuvieron que jugarse en otros campos mientras se terminaba de preparar el estadio. Un monumento levantado a toda prisa para el torneo veía cómo este comenzaba antes de estar acabado.
Uruguay y Argentina llegaron a la final después de ganar sus respectivas semifinales por el mismo resultado: seis a uno. Las dos goleadas mostraban la distancia que entonces separaba a las selecciones de ambas orillas del Río de la Plata de todos los demás. Sus rivales habían sido Yugoslavia y Estados Unidos, respectivamente. Es decir, de los cuatro semifinalistas, tres eran americanos y uno europeo. En un campeonato que muchos recuerdan como el de la «ausencia de Europa», la fuerza se encontraba realmente al otro lado del Atlántico. Gran parte de Europa había quedado fuera del momento fundacional, sí. Pero quienes llegaron hasta el final fueron precisamente los representantes de aquel Nuevo Mundo que el viejo orden había subestimado.
La final se disputó el 30 de julio de 1930 y fue, según los registros, el encuentro número noventa y siete entre Uruguay y Argentina. Ya eran viejos enemigos. La final del Mundial se limitó a ofrecer a sus cuentas pendientes el mayor escenario posible. Dorado adelantó a Uruguay en el minuto doce, pero Argentina se marchó al descanso ganando por dos a uno, con goles de Peucelle y Stábile. En la segunda parte, Uruguay dio la vuelta al partido: Cea marcó en el minuto cincuenta y siete; Iriarte, en el sesenta y ocho; Castro cerró el cuatro a dos en el ochenta y nueve.
Los periódicos uruguayos de la época protestaron por el gol de Stábile en la primera parte: sostenían que debía haberse anulado por fuera de juego. Esa queja ha llegado hasta nosotros. Incluso en un «comienzo» relatado tantas veces, el resultado llevaba dentro la contingencia de una decisión arbitral, un gol que quizá no debió subir al marcador y, sin embargo, subió. La victoria y la derrota nunca están decididas por alguna necesidad inexorable. Siempre queda en ellas algo así, algo que no termina de cuadrar. Aquel presunto fuera de juego de 1930 que el árbitro no señaló fue apenas su primera aparición.
Hay otro detalle: ni siquiera sabemos con certeza cuántas personas estaban allí. El registro oficial de la final supera ligeramente los sesenta y ocho mil espectadores. Los relatos populares posteriores hablan a menudo de noventa mil, e incluso de noventa y tres mil. La asistencia total al torneo resulta todavía más difícil de calcular, porque para dos partidos disputados el mismo día en el Centenario solía registrarse un mismo público. Sumar sin más la cifra de cada encuentro hace que se cuente varias veces a las mismas personas. Así, hasta uno de los datos más elementales del campeonato, cuántos presenciaron la fundación con sus propios ojos, deja una cuenta que no termina de cuadrar. Un momento tantas veces celebrado como origen tiene, en el número de sus testigos, un resto que sigue abierto. No es un descuido de los registros, sino la naturaleza de toda fundación. Nunca forma un todo internamente uniforme y de límites nítidos. Cuanto más se intenta contarlo todo, más incertidumbre se escurre entre los dedos.
En términos tácticos, 1930 fue un momento intermedio. El lenguaje dominante seguía siendo la pirámide del 2-3-5, aquella gramática básica de posiciones heredada de finales del siglo XIX: dos defensas, tres medios y cinco delanteros desplegados en una línea adelantada. Todavía se distingue con claridad en las alineaciones iniciales de 1930. Los onces de Uruguay y Argentina se ordenaban según aquella disposición clásica de defensas, medios y cinco atacantes, no conforme a las estructuras modernas, reorganizadas de raíz, que vendrían después. Era una formación de marcado carácter ofensivo. Cinco delanteros significaban acumular hombres arriba. Y, si aquello se sostenía, era porque la vieja regla del fuera de juego le garantizaba el equilibrio.
Pero el suelo reglamentario que pisaba esa formación ya había cambiado. La reforma de 1925, que redujo de tres a dos el número de defensores necesario para evitar el fuera de juego, favoreció de inmediato al ataque y sacudió la geometría defensiva de la vieja pirámide. Las historias tácticas posteriores la consideran el estímulo directo que dio lugar a la WM. Chapman llegó al Arsenal en 1925, justo cuando cambiaba la regla. La reforma contribuyó a reorganizar la delantera y la posición del medio centro, al que se hizo retroceder entre los dos defensas para reforzar la retaguardia. Atribuir toda la WM a Chapman no es adecuado. Los relatos posteriores suelen reducir a la historia de un genio un proceso más amplio, que atravesó clubes y países. Las síntesis modernas de la historia táctica, con Inverting the Pyramid, de Jonathan Wilson, como obra representativa, difundieron la versión hoy habitual: el cambio del fuera de juego de 1925 fue la gran bisagra entre una pirámide extendida por todo el mundo y nuevas estructuras defensivas como la WM. Lo que un reglamento dice expresamente y lo que una interpretación táctica posterior deduce de él siguen siendo dos cosas distintas. La dirección general, sin embargo, está clara: basta mover la regla para obligar a reordenar el juego.
El nombre de la WM procede de la figura que dibuja sobre el campo. El medio centro, antes situado en la zona media, retrocede entre los dos defensas para marcar específicamente al delantero centro rival. Los cinco jugadores de atrás forman una W; los cinco de delante, una M. Lo importante es que la vieja pirámide daba por sentado el ataque, mientras que la WM concedió por primera vez la misma importancia a «cómo frenar al rival» que a «cómo atacar», reservando una posición específica para resolver el primer problema. Fue la primera gran revolución defensiva del fútbol. Se produjo precisamente entonces porque la reforma del fuera de juego de 1925 había dado ventaja a los atacantes: sin reorganizarse, la defensa ya no podía hacerles frente. En cuanto se mueve la cara reglamentaria, la cara táctica se ve obligada a cambiar. Nunca han sido partes independientes. Son músculos de una misma construcción que tiran unos de otros.
Por eso el fútbol de 1930 estaba sobre un puente. La pirámide seguía siendo el sistema operativo por defecto, pero la reforma de 1925 ya había empezado a empujar hacia delante al viejo sistema, incapaz de contener su resto. El propio momento fundacional no era un origen congelado, sino una estación intermedia a la que ya estaban obligando a cambiar. La evolución táctica posterior, de la WM al catenaccio, del fútbol total al tiki-taka y a la presión alta, repite en cada paso el mismo movimiento: un sistema que parece haber dominado el juego produce un resto que no puede contener y obliga a crear el siguiente. En 1930, ese movimiento simplemente se mostró por primera vez ante los ojos del mundo.
La célebre historia de los «dos balones» de aquella final tampoco es una pura leyenda. Cada selección insistía en jugar con el suyo y el árbitro, Langenus, tuvo que conceder una mitad a cada balón. La disputa y el cambio en el descanso ocurrieron de verdad. La versión más teatral, que convierte aquel cambio en la causa decisiva de la remontada uruguaya, es un añadido posterior. Pero en aquella primera final mundialista hubo que pelear incluso por el balón que se iba a usar, y acabar cediendo una mitad cada uno. Desde el principio, fundar no consistió en producir un todo uniforme y cerrado, sino en juntar provisionalmente desacuerdos que nadie había absorbido. Parecía un comienzo ya acabado. En realidad, era un montón de restos que seguían forcejeando y a los que un partido apenas había conseguido reunir.
Las repercusiones fueron intensas en ambas orillas del Río de la Plata. Uruguay declaró festivo el día siguiente a la final y las celebraciones duraron toda la noche. También quedó registrada la carta de felicitación de Jules Rimet, que vinculaba expresamente Montevideo 1930 con los triunfos olímpicos uruguayos de 1924 y 1928. En Buenos Aires, los disturbios populares tras la derrota insertaron profundamente el torneo en la vieja rivalidad entre Argentina y Uruguay. Ni la celebración ni los disturbios podían diseñarse en el reglamento de una competición. Tampoco podía este controlarlos. Los organizadores habían levantado un formato de torneo. Lo que la gente volcaba dentro desbordaba con mucho su capacidad.
8. Una construcción que quiere detenerse y no puede
La fundación del fútbol mundial fue un golpe de cincel. Aquella negación levantó la construcción llamada «fútbol» excluyendo otras formas de fútbol. Era un fósil, no una verdad. Y desde el primer día de su existencia, los guardianes quisieron fijarlo para siempre. Querían preservar la pureza amateur, el orden social que rodeaba al fútbol y la posición central de Gran Bretaña. Hasta la institución internacional que debía encarnar lo nuevo se inclinó ante los antiguos guardianes e inscribió en su propia estructura las concesiones al viejo orden. Desde las reglas hasta las organizaciones, todo el fútbol de aquel momento fundacional mostraba una actitud vuelta hacia atrás, empeñada en entronizar el estado de las cosas.
Pero aquella construcción no podía cerrarse. No conseguía excluir al futbolista profesional, porque el tiempo y el cuerpo de aquella persona le pertenecían. No podía conservar un mundo centrado en Europa, porque Sudamérica ya lo había desmentido en los campos olímpicos. No lograba fijar las reglas de una vez para siempre, porque lo que las reglas anteriores no contenían volvía a obligarla a cambiarlas. Fueron esos restos imposibles de encerrar los que acabaron imponiendo el propio Mundial. Un torneo abierto tuvo que nacer, aunque casi nadie lo fundara por creer en la apertura. Y, nada más nacer, dejó ver el mayor resto del momento fundacional: a un campeonato llamado «del mundo» le faltaba la mayor parte del mundo. Cuanto más querían cerrar la puerta los guardianes, menos conseguían cerrarla. Cada intento fallido de clausura empujaba, por el contrario, a la construcción un paso más allá, hacia un espacio más amplio.
El nombre «primer Mundial» es exacto, pero oculta también un hecho. En 1930 se celebró efectivamente la primera Copa del Mundo organizada por la FIFA como torneo independiente. Sin embargo, en la imaginación administrativa del propio fútbol, los torneos olímpicos de 1924 y 1928 ya eran campeonatos del mundo. Tampoco se sostiene atribuirlo todo a un gran hombre. Jules Rimet fue, sin duda, una figura central. Pero la creación del Mundial dependió también del precedente olímpico, del pulso con el COI sobre el amateurismo, de la fuerza sudamericana, de las gestiones diplomáticas entre las candidaturas y de la disposición de Uruguay a gastar dinero. Decir que «un gran hombre fundó el fútbol mundial» falla por una razón que no tiene que ver con restarle importancia a Rimet: los cimientos institucionales y geopolíticos ya estaban allí. Un origen limpio, concentrado en un solo punto, casi siempre simplifica la historia. Detrás de cada momento entronizado como comienzo se prolonga una cadena de negaciones mucho más larga.
Debajo de todas esas estructuras había también cosas más silenciosas. El jugador que pedía cobrar por el trabajo perdido y por el riesgo asumido solo reclamaba ser tratado como una persona con un sustento que ganarse y un cuerpo propio, no como el accesorio de una afición ajena. Estaban también la ciudad que no durmió en toda la noche, los disturbios en la otra orilla, las multitudes para las que ganar o perder un partido importaba tanto, tantísimo. Permanecían calladamente bajo las reglas, las organizaciones y los formatos de competición. Rara vez figuraban en ellos. Pero siempre estaban allí.
La historia empieza aquí. Una construcción que desde el primer día quiso quedar fijada, y un destino que desde el primer día no le permitió hacerlo. Lo que atraviesa todo esto nunca ha sido un equipo o un gran hombre, ni siquiera solamente el propio fútbol. Es aquella ley: la construcción quiere cerrarse, el resto se niega a desaparecer y el ciclo continúa. El fútbol es un ejemplar especialmente nítido de esa ley. Pocas cosas han conseguido que tantas personas, durante tanto tiempo y con tanta entrega, vuelvan una y otra vez a cincelar y a construir. El año 1930 no fue un punto de partida limpio. Fue un momento sobre un puente. Nadie había decidido por dónde se debía seguir. El ciclo apenas comenzaba a girar.
Reescritura española independiente basada exclusivamente en el ensayo original chino. Consultar la edición bilingüe de origen.