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Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 21 de 26

Ensayo 21: Truman y Eisenhower. Convertir el tiempo de guerra en normalidad

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

1. Convertir el tiempo de guerra en normalidad

El sucesor que recibió el Estado de guerra en cuestión de horas conduciría esta construcción de la guerra abierta a la Guerra Fría. El Estado de seguridad nacional forjado durante la contienda se convertiría, en sus manos, en la normalidad de medio siglo. Entre la muerte de Roosevelt y la llegada de Truman en 1945, y la salida de Eisenhower en 1961, transcurrieron dieciséis años. Si los leemos a la luz del hilo que recorre esta serie, el de unas instituciones que se expanden y al mismo tiempo se ven obligadas a aceptar contrapesos, el cambio decisivo de ese período no puede reducirse a decir que empezó la Guerra Fría.

Conviene poner primero sobre la mesa la tesis estructural. Lo decisivo entre 1945 y 1961 fue que la Guerra Fría dio una forma semipermanente a la expansión del Ejecutivo durante la guerra, a la movilización armamentística, a la organización de los servicios de inteligencia y al margen de decisión del presidente en política exterior y asuntos militares. La Ley de Seguridad Nacional de 1947 institucionalizó el Consejo de Seguridad Nacional, la Agencia Central de Inteligencia, un mecanismo unificado de coordinación político-militar y una Fuerza Aérea independiente. En 1950, el documento NSC-68 llevó la contención más allá de un planteamiento regional y limitado, y la convirtió en un proyecto de movilización estratégica mundial y de largo alcance. La valoración de esta estructura lleva mucho tiempo dividiendo a los estudiosos. Para unos, fue una respuesta necesaria a la presión soviética y a los riesgos de la era nuclear. Para otros, introdujo en el orden constitucional estadounidense una concentración duradera del poder ejecutivo, una reducción de las libertades civiles y una preparación para la guerra convertida en rutina de la política presupuestaria.

Dentro del recorrido de esta serie, esa tesis adquiere todo su peso. En el ensayo anterior vimos cómo la Segunda Guerra Mundial llevó el Estado administrativo de esta construcción a una escala sin precedentes: le hizo crecer un enorme cuerpo de guerra. Aquí importa, sobre todo, distinguir la desmovilización de la permanencia de una arquitectura de seguridad. Recordemos el ensayo 17. Al acabar la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se apresuró a volver a la normalidad y redujo considerablemente la maquinaria estatal de tiempos de guerra. Después de 1945 también hubo una gran reducción de efectivos y gastos militares. Pero esa reducción no impidió que la Guerra Fría consolidara, en nombre de la seguridad nacional, un entramado permanente de instituciones y preparación estratégica que marcaría los siguientes cincuenta años.

Hasta entonces, cada expansión del poder ejecutivo que hemos seguido en los últimos ensayos necesitaba una crisis concreta que la legitimara: una guerra, una Gran Depresión. La Guerra Fría ofreció ahora una crisis sin final. Así, la expansión de esta nueva arquitectura de seguridad encontró una justificación duradera, sin depender de una emergencia con un final claramente previsible. Este ensayo sigue precisamente esa transformación: cómo la construcción convirtió el tiempo de guerra en normalidad y qué profundo dilema le creó esa normalización. Al final, un presidente que había sido general de cinco estrellas señalaría él mismo el dilema, en su discurso de despedida, y le pondría un nombre: el complejo militar-industrial.

2. Truman, la bomba atómica y el giro hacia la Guerra Fría

La propia llegada de Truman a la presidencia muestra cómo una institución puede arrojar de pronto a alguien al centro de la historia. Cuando Roosevelt murió, el 12 de abril de 1945, Truman llevaba apenas ochenta y dos días como vicepresidente. En aquellas pocas semanas casi no había recibido información sistemática sobre el proyecto de la bomba atómica ni sobre las relaciones con la Unión Soviética. Durante su vicepresidencia nunca le habían informado del desarrollo de la bomba. Solo al asumir la presidencia se encontró de golpe ante esas cuestiones; la exposición formal del conjunto de aquel inmenso proyecto, a cargo del secretario de Guerra, Stimson, no llegó hasta el 25 de abril. Un hombre que apenas sabía nada de los máximos secretos del Estado se vio, en cuestión de semanas, en el puesto desde el que habría de decidir sobre la primera arma nuclear de la humanidad y sobre una Guerra Fría de alcance mundial.

Al tratar la decisión de lanzar las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, lo primero es distinguir la explicación oficial de la controversia historiográfica. En su declaración del 6 de agosto de 1945, Truman presentó la bomba como un medio para acelerar el final de la guerra y la situó dentro del propósito de acabar con la guerra del Pacífico de forma rápida y decisiva. La investigación moderna señala también que, en el verano de 1945, los responsables estadounidenses no mantuvieron un prolongado debate sobre si debían utilizarla: la consideraban una forma de terminar antes la guerra y reducir las bajas de los combates convencionales. A la vez, los funcionarios estadounidenses sí tuvieron en cuenta las ventajas no militares que el monopolio nuclear podía ofrecer en sus relaciones de posguerra con la Unión Soviética. Las distintas lecturas históricas pueden exponerse juntas, sin dictar un veredicto definitivo. La interpretación tradicional subraya que el aparato político y militar japonés seguía resistiendo, y que la bomba era necesaria para evitar una invasión de las islas japonesas y un número enorme de bajas. La revisionista sostiene que Japón estaba ya al borde del derrumbe y que Estados Unidos también utilizó la bomba para exhibir su fuerza ante los soviéticos. Una corriente intermedia, más reciente, considera que ambas exageran en algún punto: Japón aún no estaba dispuesto a rendirse sin condiciones, pero intimidar también a la Unión Soviética muy probablemente figuraba entre los motivos, aunque no fuera el único ni el principal. La forma más prudente de contar ese desenlace es mostrar cómo se entrelazaron la bomba atómica, la entrada soviética en la guerra, la crisis política interna de Japón y la decisión del emperador.

En la historia de la expansión del Ejecutivo que recorre esta serie, la decisión sobre la bomba marca un umbral nunca antes cruzado. Hemos seguido el aumento del poder presidencial, desde las facultades de emergencia de Lincoln hasta la movilización para la guerra total de Roosevelt. La bomba llevó ese poder a un extremo hasta entonces inimaginable: bastaba la orden de una sola persona para borrar una ciudad entera en unos segundos. Ya no se trataba únicamente de aumentar el tamaño del poder ejecutivo. Había cambiado de raíz la naturaleza de las consecuencias que podía producir.

El paso de la bomba atómica a la Guerra Fría no ocurrió en un solo instante. Fue una sucesión de hitos entre 1946 y 1949. El telegrama largo de Kennan y su artículo firmado como X en 1947 dieron a la contención un marco interpretativo que podía convertirse en política de Estado. El discurso de la Doctrina Truman, el 12 de marzo de 1947, hizo público ese marco. Después llegaron sus expresiones más concretas en instituciones y alianzas. En 1948 se aprobó el Plan Marshall mediante la Ley de Cooperación Económica; los fondos autorizados por el Congreso acabarían superando los doce mil millones de dólares. Además de un programa económico para reconstruir Europa occidental, fue un paso importante para convertir la ayuda exterior estadounidense en una herramienta diplomática de largo recorrido. En junio de ese mismo año estalló la crisis de Berlín. Estados Unidos y el Reino Unido pusieron en marcha un puente aéreo que transportó más de dos millones trescientas mil toneladas de suministros. En 1949 se fundó la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la primera alianza militar en tiempos de paz a la que Estados Unidos se incorporaba fuera del hemisferio occidental. Al hablar de la responsabilidad por el origen de la Guerra Fría, conviene hacer explícitas las tres grandes interpretaciones, en lugar de encerrarla en la pregunta de quién la desencadenó por sí solo. La tradicional insiste en la expansión soviética en Europa oriental. La revisionista da más peso a la expansión económica y estratégica estadounidense bajo la lógica de la puerta abierta. La posrevisionista pone el acento en el dilema de seguridad, los errores de cálculo y la interacción por la que ambas partes llevaban al máximo sus propias exigencias de seguridad.

3. Los cimientos institucionales del Estado de seguridad nacional

La Ley de Seguridad Nacional de 1947 es el hito institucional decisivo de este ensayo. Exigió una reorganización de gran alcance de los organismos diplomáticos y militares, y creó todo un conjunto de instituciones de enorme utilidad para formular y ejecutar la política exterior. Estableció el Consejo de Seguridad Nacional y la Agencia Central de Inteligencia, reorganizó el sistema del Ejército y la Marina, trazó el camino hacia un Departamento de Defensa y convirtió la Fuerza Aérea en una rama independiente de las fuerzas armadas.

Desde la historia de las instituciones, lo importante de la ley no son los nombres de los organismos, sino el cambio que operó: la coordinación provisional de tiempos de guerra se convirtió en una maquinaria permanente de decisiones sobre seguridad nacional en torno al presidente. El documento NSC-68 de 1950 dotó a esa estructura de una ideología estratégica más marcada. Planteaba varias vías: volver al aislacionismo, entrar directamente en guerra, mantener la política vigente, con sus instrumentos diplomáticos y estratégicos, o aumentar con rapidez la fuerza política, económica y militar del mundo libre. Esta última se convirtió en el armazón de la estrategia estadounidense de contención mundial durante las décadas siguientes. Dentro de esa lógica se legitimó una movilización militar, industrial y científica duradera, de proporciones enormes y asentada en las instituciones.

Hay aquí un juicio especialmente importante para esta serie. El Estado de seguridad nacional no solo endureció la actitud hacia el exterior: redistribuyó también el centro de gravedad del poder dentro del Gobierno federal. Es la continuación exacta del recorrido que venimos siguiendo. El New Deal y la Segunda Guerra Mundial habían aumentado la capacidad del Estado federal; la Guerra Fría la institucionalizó en nombre de la seguridad nacional. En los ensayos anteriores, las ampliaciones ligadas a una emergencia iban acompañadas de la expectativa de que algún día retrocederían, aunque también dejaran instituciones duraderas. La fundación del Estado de seguridad nacional dio a esa capacidad ampliada una nueva arquitectura permanente que no se pensaba desmontar al terminar una crisis concreta. El poder ejecutivo adquirió así una posición central y semipermanente en la organización de la seguridad nacional.

Merece la pena insistir en esa palabra, semipermanente, porque nombra la nueva forma que adquirió el poder de seguridad nacional en este período. Si recorremos de nuevo el camino de la serie, Jackson amplió sus poderes apoyándose en su respaldo popular personal; Lincoln, en la emergencia de la Guerra de Secesión; Roosevelt, en la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Por grandes que fueran, esas expansiones se justificaban por circunstancias concretas que acabarían pasando, aunque no todos sus efectos fueran reversibles. Al menos cabía esperar que, una vez superadas, parte del poder ampliado volviera a reducirse. La fundación del Estado de seguridad nacional debilitó esa expectativa en el ámbito de la seguridad. La Guerra Fría no se concebía como una guerra que terminaría algún día, sino como un enfrentamiento prolongado que podía durar varias generaciones.

4. La guerra de Corea y la facultad presidencial de hacer la guerra

La guerra de Corea constituye uno de los precedentes de posguerra más importantes en la ampliación de las facultades presidenciales para hacer la guerra. Tras la invasión del Sur por Corea del Norte en 1950, Estados Unidos emprendió, en nombre de las Naciones Unidas, una acción policial: una guerra en todo salvo el nombre. Truman no pidió al Congreso una declaración formal de guerra. Clasificó la intervención como una acción policial bajo la dirección de la ONU.

La guerra tuvo, por ello, dos significados. Hacia fuera, fue el giro decisivo que llevó la Guerra Fría de la contención en Europa a la guerra abierta en Asia. Hacia dentro, sentó el precedente de que el Ejecutivo podía entrar en una guerra de gran escala sin declaración formal, apoyándose en la autoridad del comandante en jefe y en el mandato de una organización internacional. Las controversias posteriores sobre Vietnam, el Líbano, Granada y hasta las autorizaciones bélicas más recientes vuelven casi siempre a Corea como punto de partida de esa práctica. Sus defensores destacan las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y la urgencia impuesta por una invasión repentina; sus críticos siguen viéndola como un hito en la capacidad del presidente para eludir al Congreso. El juez Jackson había advertido que una extralimitación justificada permanece en el derecho como un arma cargada, a la espera de que alguien vuelva a utilizarla. La guerra de Corea fue precisamente una de esas armas cargadas.

Pero la misma guerra dejó también un precedente en sentido contrario. La destitución de MacArthur por Truman es un momento clásico del control civil del Ejército dentro de esta construcción. El 11 de abril de 1951, Truman declaró que MacArthur no podía apoyar sin reservas las políticas del Gobierno estadounidense y de las Naciones Unidas, y que, por tanto, había decidido sustituir al comandante en el Lejano Oriente. Su importancia institucional está en que Truman mantuvo la supremacía del poder civil sobre los militares aun cuando hacerlo era tremendamente impopular y tenía un coste político enorme. Solo viendo juntos los dos hechos se distinguen las dos caras de este presidente de la Guerra Fría. El mismo Truman amplió el precedente de emplear las armas sin declarar la guerra y, al mismo tiempo, reafirmó en plena crisis el principio republicano de que las fuerzas armadas deben obedecer a las autoridades civiles elegidas.

5. El macartismo y la rectificación institucional

La manera más sólida de contar el macartismo no consiste en presentarlo como el alboroto de un solo loco llamado McCarthy, sino en devolverlo al contexto institucional de la segunda oleada del miedo rojo. Mucho antes de su célebre discurso, el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes, creado en 1938, llevaba tiempo investigando la supuesta infiltración comunista. El propio Truman firmó en 1947 la Orden Ejecutiva 9835, que estableció un mecanismo de examen de la lealtad de los empleados federales. El macartismo no salió de la nada. Fue una escalada dentro de un contexto en el que ya habían tomado forma el Estado de seguridad nacional y el miedo de la Guerra Fría.

También aquí el relato exige equilibrio. La desclasificación del proyecto Venona hizo difícil sostener una versión demasiado simple: la amenaza del espionaje soviético no era enteramente imaginaria. Gracias a Venona, el FBI identificó a ciento ocho personas implicadas en actividades de espionaje soviético, de las cuales sesenta y cuatro le eran desconocidas hasta entonces. Los servicios soviéticos habían penetrado, además, en organismos tan importantes como el Proyecto Manhattan, el Departamento de Estado y el Departamento del Tesoro. Pero probar la existencia de redes de espionaje no disculpa los métodos de McCarthy, la calidad de sus acusaciones ni los efectos institucionales de sus actuaciones. En las audiencias Ejército-McCarthy, transmitidas por televisión a todo el país, quedaron al descubierto su hostigamiento a los testigos y su desprecio por los procedimientos y las formas. El 2 de diciembre de 1954, el Senado lo censuró por sesenta y siete votos contra veintidós, por sus abusos hacia las comisiones senatoriales, la obstrucción de las investigaciones y el quebrantamiento de las normas del Senado.

En el marco de esta serie, el macartismo fue otro regreso del impulso de cierre, esta vez bajo la presión de la Guerra Fría. En el ensayo 8, Lincoln suspendió el habeas corpus durante la Guerra de Secesión; en el 16, Wilson utilizó la Ley de Espionaje para procesar a quienes se oponían a la Primera Guerra Mundial; en el 20, el Estado de guerra internó a estadounidenses de origen japonés por su sola ascendencia. Ahora, el miedo de la Guerra Fría despertaba de nuevo la voluntad de aplastar a los sospechosos y a la disidencia en nombre de la seguridad. Las listas negras de Hollywood, el silencio impuesto al mundo intelectual y el efecto intimidatorio sobre la sociedad no pueden achacarse únicamente a McCarthy. Hay que entenderlos como el engranaje que unía a las comisiones del Congreso, los procedimientos federales de lealtad, las redes de empleadores y medios de comunicación y el miedo del público. Pero también debemos contar la otra cara de esta construcción: terminó corrigiendo aquel exceso. La forma más honesta de describir los impulsos de cierre es mostrar tanto la rectificación final de las instituciones como el daño efectivo causado antes de que llegara. Cuando el Senado censuró por fin a McCarthy, incontables carreras habían quedado destruidas e incontables silencios se habían instalado. Ninguna rectificación tardía podía devolver lo perdido.

Se esconde aquí una regularidad de esta construcción que conviene recordar. Su apertura, su política competitiva, una opinión pública libre y una justicia independiente le dan, en efecto, capacidad para corregir sus propios errores: alguien como McCarthy, que traspasa los límites, acaba siendo derribado por ese mecanismo. Ahí reside su mayor resistencia frente a los regímenes cerrados que carecen de medios de rectificación. Pero corregirse tiene costes y requiere tiempo. No hay un fusible automático e instantáneo que salte y corte la corriente en el mismo momento de la extralimitación. Hay un proceso lento que solo se pone en marcha mediante la opinión pública, las audiencias y una votación tras otra.

6. Los primeros pasos para incorporar a los excluidos

Fuera de la sombra de la Guerra Fría y del macartismo, el período muestra otra línea que avanza en dirección opuesta. La población negra, ese resto excluido durante tanto tiempo, empezó a ser incorporada de nuevo, poco a poco, por el poder ejecutivo federal. La presidencia de Truman debe figurar como uno de los primeros momentos de ese proceso. En 1946 nombró el Comité Presidencial de Derechos Civiles. Su informe de 1947, Para garantizar estos derechos, proponía combatir los linchamientos y los impuestos de capitación, crear una Comisión de Prácticas Justas de Empleo permanente y reforzar las competencias del Departamento de Justicia en materia de derechos civiles. En febrero de 1948, Truman pidió al Congreso que aplicara esas recomendaciones. Los senadores del Sur amenazaron de inmediato con bloquearlas mediante el obstruccionismo parlamentario, lo que acabó obligándolo a recurrir aún más a las herramientas del Ejecutivo.

La Orden Ejecutiva 9981 fue fruto de ese recurso. Establecía como política presidencial que todos los integrantes de las fuerzas armadas disfrutaran de igualdad de trato y de oportunidades, independientemente de su raza, color, religión u origen nacional, y exigía que esa política se aplicara cuanto antes. La orden encontró una resistencia considerable entre los militares, pero durante la guerra de Corea la integración avanzó de manera decisiva y continuó completándose después. Hay tres significados institucionales que conviene señalar. Primero, cuando la legislación se había atascado en el Congreso, una orden ejecutiva hizo avanzar directamente la igualdad racial. Segundo, las fuerzas armadas, organización central del Estado de seguridad nacional, se convirtieron en uno de los escenarios tempranos más importantes de la desegregación federal de posguerra. Tercero, y esto es lo más importante para la serie, la incorporación de los excluidos no siguió la secuencia de un consenso social previo al que luego se ajustaran las instituciones. Fueron las instituciones las que primero entreabrieron la puerta.

La Guerra Fría convirtió, en cierto sentido, el reconocimiento de los derechos civiles de la población negra en una necesidad de la estrategia nacional. Nos recuerda que el avance de los derechos civiles y el Estado de seguridad nacional no discurrían por dos vías sin relación: a veces se impulsaban mutuamente y cada uno tomaba fuerzas del otro. El movimiento de la Doble V ya había planteado durante la guerra una pregunta: ¿cómo afronta su propia opresión racial un país que afirma luchar por la libertad? Con la Guerra Fría, esa pregunta se convirtió en un problema estratégico que esta construcción ya no podía esquivar.

7. Brown, Little Rock y la fuerza federal

Durante la presidencia de Eisenhower, los hitos del avance de los derechos civiles llegaron de la justicia y de la ejecución federal de sus decisiones. Lo esencial de Brown contra el Consejo de Educación, en 1954, no fue solamente dejar atrás el precedente de Plessy. El Tribunal Supremo afirmó de manera inequívoca que las escuelas públicas segregadas privaban a las minorías de la igualdad de oportunidades educativas y que la doctrina de separados pero iguales ya no tenía cabida en la educación pública. El núcleo de la sentencia era que los centros educativos segregados son desiguales por su propia naturaleza.

El lugar de Brown en esta serie tiene un significado singular. Recordemos el ensayo 12: Plessy había estampado el sello de constitucionalidad sobre la segregación racial. El voto disidente del juez Harlan, que afirmaba que la Constitución no distingue colores, quedó enterrado en la memoria judicial de esta construcción como una semilla a la espera de germinar. Pasadas varias décadas, esa semilla brotó por fin en Brown. El Tribunal Supremo volvió a recoger la promesa de igualdad que Plessy había traicionado, y volvió a hacerse cargo de aquel resto que llevaba más de medio siglo reprimido tras los altos muros de Jim Crow.

Pero la historia posterior a Brown mostró enseguida que el avance del poder federal no era un progreso que se produjera por sí solo. A menudo, frente a la resistencia de los poderes estatales, la violencia local y la obstrucción de las órdenes judiciales, solo lograba avanzar trabajosamente mediante la ejecución forzosa. En septiembre de 1957, el gobernador de Arkansas, Orval Faubus, movilizó a la Guardia Nacional del estado para impedir el ingreso de nueve alumnos negros. Cuando los disturbios se agravaron, Eisenhower puso esa Guardia Nacional bajo mando federal mediante la Orden Ejecutiva 10730 y envió a Little Rock a la 101.ª División Aerotransportada para hacer cumplir las órdenes del tribunal federal. La imagen tenía una enorme carga simbólica. La fuerza federal que en otro tiempo había utilizado soldados para aplastar huelgas y expulsar al Ejército de la Bonificación se empleaba ahora para escoltar a unos alumnos negros hasta la puerta de su escuela. La misma herramienta, las tropas federales, volvía a utilizarse a gran escala, después de la Reconstrucción, para imponer la igualdad racial.

Al mismo tiempo, el boicot de los autobuses de Montgomery enlazó ese impulso judicial y ejecutivo desde arriba con un movimiento social desde abajo. El 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks fue detenida por negarse a ceder su asiento en un autobús. El boicot que siguió, de unos trece meses, dio a conocer rápidamente a Martin Luther King en todo el país. La incorporación de los excluidos ya no dependía solo del empuje unilateral de la Casa Blanca o de los tribunales. Empezaba a adquirir la energía de un movimiento nacido desde abajo.

8. La vía intermedia de Eisenhower y el poder oculto

Durante mucho tiempo, la imagen popular redujo a Eisenhower a un presidente dedicado al golf o a un presidente pasivo. Una de las grandes revisiones de la historiografía moderna es, precisamente, la llamada presidencia de la mano oculta. En la documentación, los historiadores posteriores encontraron a un presidente que dirigía de manera constante la agenda entre bastidores, administraba las discrepancias internas y elegía deliberadamente la contención en sus apariciones públicas. No era un jefe ceremonial medio dormido. Su manera indirecta de enfrentarse a McCarthy fue un ejemplo característico de esa mano oculta. En política interior tampoco se propuso desmantelar el New Deal: eligió una vía intermedia, la de un conservadurismo moderado.

En la estrategia de la Guerra Fría, Eisenhower introdujo la política de seguridad nacional conocida habitualmente como New Look, o nuevo enfoque. Pero la historia de esos años debe incluir también las operaciones encubiertas de la CIA. La investigación moderna ha reconocido abiertamente que, al referirse al golpe de Estado de 1953 en Irán, Eisenhower anotó en su diario que Estados Unidos había contribuido a la caída del Gobierno de Mosaddeq y al regreso del sah. Para Guatemala, en 1954, las revisiones oficiales también documentan la existencia de una serie de planes de operaciones secretas. Esos materiales permiten ver otra dimensión de la expansión del Estado de seguridad nacional. No solo aumentó las facultades ordinarias del presidente en diplomacia y asuntos militares: ensanchó también la zona gris que se abre entre las operaciones encubiertas, los presupuestos secretos y la rendición democrática de cuentas.

En nombre de la seguridad nacional, el presidente podía ordenar a la CIA que derrocara un gobierno en otro país. Todo ello podía ocurrir sin debate público en el Congreso y sin conocimiento de la ciudadanía, con una supervisión secreta, limitada y concentrada en pocas manos. El Estado de seguridad nacional no se limitaba, pues, a agrandar el poder ejecutivo: volvía invisible una parte de él. Y el poder invisible es precisamente el que los contrapesos de esta construcción tienen más dificultades para sujetar. No se puede contener un poder que ni siquiera se puede ver.

9. El discurso de despedida y la exigencia de no cerrar la construcción

El discurso de despedida de Eisenhower, en 1961, casi podría servir de cierre a este ensayo y a toda la historia del nacimiento del Estado de seguridad nacional. En él señaló que Estados Unidos había creado ya una industria permanente de armamentos de dimensiones enormes. La unión de una vasta organización militar con una gigantesca industria de armas constituía una novedad en la experiencia estadounidense. A continuación formuló su célebre advertencia: en las decisiones del Gobierno había que precaverse contra la influencia indebida del complejo militar-industrial, porque el peligro de un ascenso catastrófico de un poder mal encauzado existía y seguiría existiendo. Lo más importante fue lo que añadió enseguida: solo una ciudadanía alerta y bien informada podía obligar a esa inmensa maquinaria industrial y militar a ajustarse debidamente a los fines pacíficos de una sociedad libre.

Esas palabras casi ofrecen, por sí solas, un resumen del tema estructural de esta serie. Ponen al descubierto que el Estado de seguridad nacional no fue un accidente externo ni algo caído del cielo, sino un nuevo bloque de poder surgido de la evolución de la propia construcción. Que un presidente que había sido general de cinco estrellas y había dirigido personalmente aquella máquina de guerra sintiera la necesidad de advertir sobre ella al dejar el cargo dice mucho de las dimensiones de ese bloque. Había crecido tanto que incluso quien más títulos tenía para gobernarlo empezaba a temer que terminara erosionando el núcleo de libertad de la construcción.

La receta de Eisenhower merece leerse, sobre todo, a la luz de la tesis central de esta serie: una ciudadanía alerta y bien informada. Lo profundo de esa fórmula está en lo que no propone. No habla de una nueva ley ni de una nueva institución capaz de encerrar ese bloque de poder de una vez para siempre. En el lenguaje de esta serie, el único modo de enfrentarse a un bloque de poder engendrado por la evolución de las propias instituciones consiste en mantener la construcción abierta de forma continua, en lugar de cerrarla y confiar su vigilancia a unas reglas definitivas. Un estado de apertura que mantenga siempre los ojos abiertos, que siga preguntando y que nunca delegue su vigilancia.

Si situamos de nuevo los dieciséis años de Truman y Eisenhower en el recorrido de esta serie, lo que más merece recordarse es cómo la construcción convirtió el tiempo de guerra en normalidad. Aunque hubo una gran desmovilización después de 1945, la presión de la Guerra Fría y de la era nuclear consolidó un Estado de seguridad nacional semipermanente, centrado en el presidente. El macartismo fue otra extralimitación del impulso de cierre, en un ambiente donde la seguridad se había vuelto suprema. Aunque acabó rectificándose, ya había causado daños muy reales. A la vez, fue precisamente en esa época de Guerra Fría cuando el resto racial excluido durante tanto tiempo empezó a ser incorporado de nuevo: mediante órdenes ejecutivas, sentencias judiciales, las necesidades estratégicas de la propia Guerra Fría y un movimiento social que comenzaba a levantarse. En la misma época, esta construcción se acercaba al cierre en nombre de la seguridad y volvía a abrirse en el terreno de los derechos civiles. Su sabiduría final quedó condensada en la sencilla advertencia de Eisenhower: frente a un enorme bloque de poder que se genera desde dentro, la única salvaguardia es una vigilancia que jamás se cierre.

Lo que viene a continuación es la historia de cómo aquel movimiento desde abajo llegó a su punto culminante. Un presidente joven será asesinado, y el experimentado legislador que lo suceda se hará cargo, mediante leyes federales, de forma frontal y a gran escala, de ese resto racial reprimido durante un siglo entero. Es la historia de Kennedy y Johnson. La historia de cómo, en la década de 1960, el resto más profundo volvió a irrumpir, con una fuerza sin precedentes, en el centro de esta construcción.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English