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Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 18 de 26

Ensayo 18: El New Deal de Roosevelt (I). Reescribirse sobre las ruinas

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

I. Reescribirse sobre las ruinas

Al final del ensayo anterior adelantábamos la respuesta de esta construcción institucional al fracaso del regreso a la normalidad: una expansión más radical y de mayor alcance que la de la era progresista. Un presidente en silla de ruedas haría lo que Hoover no había podido hacer: redefinir de verdad, por primera vez, al Gobierno federal como principal garante frente a la catástrofe económica. Los cinco años que van de la llegada de Roosevelt a la presidencia, en 1933, al choque frontal del New Deal con el Tribunal Supremo, en 1937, fueron la mayor transformación de esta construcción desde la Guerra Civil.

Conviene empezar por los hechos que hicieron posible esa transformación. Las elecciones de 1932 fueron, ante todo, un veredicto de todo el país sobre la capacidad de gobernar durante una crisis. Roosevelt obtuvo el 57,4 % del voto popular y 472 votos electorales, frente al 39,6 % y los 59 votos electorales de Hoover. Los demócratas ganaron además numerosos escaños en el Congreso. No era solo una victoria personal: aquel resultado abrió un margen legislativo excepcional para la remodelación institucional que vendría después a escala federal. En 1936, Roosevelt aplastó a Landon por 523 votos electorales a 8. En términos políticos, el New Deal había dejado de ser únicamente una respuesta de emergencia y se había convertido en la base de una coalición mayoritaria.

También hay que precisar la profundidad de la crisis que Roosevelt encontró al asumir el cargo, en vez de usarla como mero decorado retórico. Los estudios modernos permiten medir esa catástrofe. En aquella crisis bancaria acabarían cerrando definitivamente unos cuatro mil bancos. Había unos catorce millones de desempleados, cerca de la cuarta parte de la población activa, y en marzo de 1933 prácticamente todos los bancos estaban cerrados. Su primer discurso de investidura, pronunciado el 4 de marzo de 1933, importa por algo más que su celebridad. Permite ver con exactitud cómo Roosevelt convirtió lo que se entendía como un problema puramente económico en una cuestión institucional y psicológica. Dijo que «lo único que debemos temer es el miedo mismo» y, a continuación, enumeró la parálisis de los medios de intercambio, las empresas industriales que caían como hojas secas, los agricultores que no encontraban mercados y los ahorros que se habían esfumado. El pánico, la congelación del crédito y el bloqueo de la economía aparecían así como partes de un mismo fenómeno. Conviene reparar también en otra advertencia de aquel discurso: si el Congreso no actuaba, pediría poderes ejecutivos más amplios para librar una guerra contra la emergencia. La señal de la expansión presidencial que se avecinaba era inequívoca.

Situado en el marco de esta serie, aquel comienzo guarda un fuerte paralelismo estructural con la reescritura institucional que la crisis había provocado en tiempos de Lincoln. En ambos casos, una crisis de alcance nacional amenazaba con socavar la legitimidad del sistema. En ambos, la respuesta fue transformarse, no clausurarse. En sus dos crisis más hondas, esta construcción eligió el camino contrario al cierre. No suprimió las elecciones, no interrumpió la competencia política ni se convirtió en la dictadura de un poder único. Reescribió sus propias instituciones para dar cabida al resto que casi la había aplastado.

II. Los Cien Días y el rescate bancario

Los llamados Cien Días del New Deal no son una exageración literaria inventada a posteriori. Designan una aceleración verdaderamente excepcional de la vida política estadounidense. Según los estudios modernos, el período extraordinario de sesiones iniciado el 9 de marzo de 1933 desató una actividad legislativa febril. La Cámara de Representantes aprobó la Ley Bancaria de Emergencia tras apenas treinta y ocho minutos de debate; muchos diputados ni siquiera habían visto el texto completo. El 16 de junio de 1933 se considera el centésimo día de aquella oleada legislativa.

La respuesta a la crisis bancaria fue la más decisiva y la más lograda de las primeras medidas del New Deal. El 6 de marzo de 1933, Roosevelt proclamó un cierre bancario nacional. El día 9 se aprobó a toda prisa la Ley Bancaria de Emergencia, que ratificaba el cierre y autorizaba al Tesoro a examinar los activos de los bancos, aportarles capital y decidir cuáles podían volver a abrir. Los estudios modernos destacan que, en su primera «charla junto a la chimenea», el 12 de marzo, Roosevelt explicó con palabras muy sencillas por qué quebraban los bancos, por qué no podían reabrir todos a la vez y por qué el dinero estaría más seguro en los bancos que volvieran a operar que debajo del colchón. Ese fue precisamente su efecto político: convertir unas medidas financieras complejas en un procedimiento que cualquier ahorrador pudiera entender. Al concluir aquella primera charla, aconsejó expresamente a la población que devolviera el dinero a los bancos reabiertos: allí estaría más seguro que bajo el colchón. Cuando los bancos empezaron a abrir de nuevo el 13 de marzo, los depositantes hicieron cola para ingresar su dinero, en lugar de continuar retirándolo en masa. Con ello terminó la crisis bancaria.

La Ley Bancaria de 1933, conocida habitualmente como ley Glass-Steagall, dio una forma institucional más duradera a esa estabilización de emergencia. Firmada el 16 de junio de 1933, separó la banca comercial de la banca de inversión, creó la Corporación Federal de Seguro de Depósitos y restringió ciertas operaciones de alto riesgo. El seguro de depósitos entró en vigor en enero de 1934, con una cobertura inicial máxima de 2.500 dólares por depositante. Ese sistema, junto con las demás reformas bancarias, contribuyó a estabilizar el sector: las quiebras pasaron de más de cuatro mil en 1933 a sesenta y una en 1934.

Aquí aparece una dimensión nueva del poder ejecutivo, decisiva y fácil de pasar por alto. En los ensayos anteriores, la expansión de la presidencia se manifestaba sobre todo en la capacidad de ordenar, en los poderes de emergencia de la guerra, en las competencias regulatorias y en la organización administrativa. Roosevelt dio un protagonismo nuevo a la capacidad de persuadir. Se saltó los periódicos, el Congreso y todos los eslabones intermedios para hacer llegar su voz directamente al salón de millones de hogares. Al ayudar a que quienes corrían a retirar sus ahorros hicieran ahora cola para devolverlos al banco, Roosevelt desplegó a una escala sin precedentes una capacidad de persuasión que sus predecesores ya habían empezado a explorar. Y ese poder tenía su propia doble cara. Podía servir, como en 1933, para contener el pánico y reconstruir la confianza. En otras manos, también podía convertirse en una fuerza capaz de manipular directamente la opinión pública, eludiendo cualquier mediación institucional.

III. La sopa de letras y el Estado administrativo

Los nuevos organismos que recibieron el apodo de «sopa de letras» eran mucho más que una ocurrencia periodística. Eran los órganos concretos con los que el New Deal convertía sus promesas abstractas en capacidad efectiva del Estado. Distinguir para qué servía cada uno y cuándo había nacido resulta mucho más esclarecedor que agruparlos sin más bajo la etiqueta de «más Estado».

La Administración de Ajuste Agrícola (AAA), creada al amparo de la Ley de Ajuste Agrícola de mayo de 1933, pretendía estabilizar y elevar los precios agrarios controlando los excedentes, reduciendo las superficies sembradas y pagando subsidios a los agricultores. El mecanismo aumentó de hecho los ingresos de muchos propietarios, pero produjo también una exclusión que no se puede dejar fuera del relato: en el Sur, reducir los cultivos significó a menudo expulsar de las tierras a arrendatarios y aparceros. Los ingresos de las explotaciones subían; quienes las trabajaban en arriendo o a cambio de una parte de la cosecha perdían su sustento. La Administración de Recuperación Nacional (NRA) nació de la Ley de Recuperación Industrial Nacional de junio de 1933. Supervisaba los códigos de competencia leal de los distintos sectores y reconocía el derecho de los trabajadores a la negociación colectiva. Pero su fórmula de gobierno, muy experimental y basada en la concertación sectorial, con rasgos casi corporativistas, quedó desmantelada cuando el Tribunal Supremo declaró inconstitucional la delegación de facultades para imponer aquellos códigos en el caso Schechter, en 1935. El Cuerpo Civil de Conservación (CCC), creado por el Congreso en marzo de 1933, empleó durante nueve años a unos tres millones de hombres jóvenes en tareas de gestión forestal, control de inundaciones, conservación del suelo y acondicionamiento de tierras públicas. La Autoridad del Valle del Tennessee (TVA) surgió de la ley correspondiente de mayo de 1933. Entre sus fines estaban mejorar la navegación, controlar las inundaciones e impulsar el desarrollo agrícola e industrial de la cuenca del Tennessee. Por eso suele considerarse uno de los ejemplos del New Deal que más se acercan a un Estado que asume directamente el papel de promotor del desarrollo.

La Administración de Obras Públicas (PWA) y la Administración de Progreso de Obras (WPA) estaban ambas vinculadas a las obras públicas y al empleo, pero no eran el mismo organismo. La primera, creada por la Ley de Recuperación Industrial Nacional, se concentraba en grandes infraestructuras que exigían una fuerte inversión de capital. Su objetivo era estimular el empleo privado mediante la construcción de instalaciones pesadas y duraderas. La segunda fue creada por Roosevelt mediante una orden ejecutiva en 1935 y se convirtió en el principal organismo de asistencia mediante el trabajo. Acabó empleando a unos ocho millones y medio de personas: además de construir carreteras y puentes, dio trabajo a docentes, escritores, actores y artistas, es decir, también a profesionales y trabajadores de la cultura. La Comisión de Bolsa y Valores (SEC), nacida de la Ley de Intercambio de Valores de 1934, recibió amplias competencias de supervisión sobre los mercados de valores, las bolsas y los intermediarios bursátiles. Por su parte, la Administración Federal de Ayuda de Emergencia (FERA) había distribuido más de 3.100 millones de dólares al terminar 1935.

Si seguimos el hilo del poder presidencial, la novedad que revelan estos organismos no se reduce a que el presidente mandara más. Mediante nuevos aparatos ejecutivos federales, canales de asignación presupuestaria, una administración en manos de expertos y la comunicación con el público, la presidencia empezaba a organizar de manera efectiva los riesgos de la sociedad, el orden de los mercados y el sustento de los ciudadanos. Los estudios modernos consideran que ese Estado administrativo, forjado durante el New Deal, fue una de las bases esenciales de la presidencia moderna. Hay que señalar a la vez el alcance de ese cambio y el peligro que encerraba. El cuerpo administrativo que fabricó el New Deal era necesario para que esta construcción pudiera hacerse cargo del resto económico. Pero el riesgo que hemos advertido una y otra vez en los ensayos anteriores alcanzaba aquí una nueva magnitud: una vez desarrollado un cuerpo administrativo tan inmenso, capaz de penetrar en cada rincón de la sociedad, resultaba muy difícil replegarlo. El poder que acumulaba desbordaba con creces cuanto habría podido imaginar el diseño original de separación de poderes de esta construcción.

IV. El segundo New Deal y el Estado protector del trabajo

La primera oleada del New Deal, en 1933, se había concentrado sobre todo en estabilizar las finanzas, atender las emergencias agrícolas e industriales y desplegar obras públicas y socorros. El segundo New Deal, en torno a 1935, giró más claramente hacia una seguridad social duradera, los derechos laborales y la distribución de la renta. Los estudios modernos insisten en una precaución: distinguir entre un primer y un segundo New Deal es útil, pero sus fronteras no son rígidas. Fue un desplazamiento del centro de gravedad, no la sustitución repentina de un Estado por otro.

La Ley de Seguridad Social fue el núcleo de ese giro. Firmada el 14 de agosto de 1935, estableció un sistema de ingresos continuados para las personas mayores e incluyó también un seguro de desempleo y ayudas a determinados grupos vulnerables. Su importancia en la historia institucional estadounidense no se entiende bien con una fórmula tan genérica como «aumentó el gasto social». Lo decisivo fue que el Gobierno federal asumiera por primera vez, mediante un seguro social de ámbito nacional y de forma duradera e institucionalizada, una parte de los riesgos de la vejez, el desempleo y la pobreza. Aquello todavía no era un Estado del bienestar completo, pero sí una de las primeras vigas sobre las que se levantaría el estadounidense.

La ley Wagner, o Ley Nacional de Relaciones Laborales, fue la otra gran viga que incorporó a los trabajadores a la protección institucional. Esta ley de 1935 creó un nuevo organismo independiente, la Junta Nacional de Relaciones Laborales, que protegía el derecho de los empleados comprendidos en su ámbito legal a fundar sindicatos y afiliarse a ellos, y exigía a sus empleadores negociar colectivamente con los representantes elegidos por la mayoría de esos trabajadores. Su importancia institucional iba más allá de permitir que hubiera sindicatos en la sociedad: ponía al Estado federal al servicio del reconocimiento y la aplicación efectiva del derecho de organización de los trabajadores. El movimiento obrero entró así en un período de auge. La huelga de ocupación de las plantas de General Motors en Flint, entre 1936 y 1937, se convirtió en uno de sus episodios emblemáticos.

Merece la pena detenerse y contemplar el recorrido entero. En Pullman, como vimos en el ensayo 13, las reivindicaciones obreras se encontraron con tropas federales y órdenes judiciales: represión, sin más. En la huelga del carbón del ensayo 15, Theodore Roosevelt ofreció a los trabajadores una mesa de negociación, pero aquel arbitraje seguía siendo provisional y limitado a un caso. Los sindicatos aún no habían obtenido reconocimiento formal. La ley Wagner convirtió ese reconocimiento en una garantía legal para los trabajadores comprendidos en su ámbito, y la mediación ocasional de un presidente, en una protección institucional a cargo de un organismo permanente. El trayecto de la represión al arbitraje y de este al reconocimiento institucional es un ejemplo característico de cómo esta construcción va incorporando un resto. Las cifras de la recuperación muestran también tanto los resultados como los límites del New Deal: la tasa de desempleo cayó de aproximadamente el 24,9 %, en lo más hondo de la crisis de 1933, a cerca del 14,3 % en 1937. Lo peor de la crisis había quedado atrás, pero la economía distaba mucho de haberse curado.

V. La exclusión dentro de la incorporación

Una de las tesis centrales de este ensayo es que la enorme incorporación llevada a cabo por el New Deal estuvo acompañada desde el comienzo por exclusiones muy definidas. Y esas exclusiones estaban inscritas en sus instituciones. Hay que darles en el relato el mismo peso que a los logros del New Deal; de lo contrario, acabaríamos contando una historia del progreso que solo mira en una dirección.

La Ley de Seguridad Social ofrece el ejemplo más claro. Su texto original excluía expresamente el trabajo agrícola y el servicio doméstico en hogares particulares de la cobertura inicial del seguro contributivo de vejez. Los estudios modernos señalan además que ese seguro de 1935 dejaba fuera aproximadamente a la mitad de los trabajadores estadounidenses. Los empleados agrícolas y domésticos constituían una parte importante de los excluidos, y en esas ocupaciones había una elevada proporción de afroamericanos. Los historiadores no coinciden en las razones de aquella exclusión, de modo que debemos separar dos planos. Uno es el hecho comprobado: los trabajadores agrícolas y domésticos quedaron fuera. Eso no se discute. El otro es su interpretación. Algunos autores ven en el diseño de 1935 un marcado sesgo racial y una concesión al Sur; otros estudios de carácter oficial subrayan que los principales motivos esgrimidos públicamente por los legisladores eran las dificultades para declarar los salarios, recaudar los impuestos y administrar el sistema. Lo más riguroso no es dar por resuelto el debate a favor de una de las partes, sino exponer ambos planos y precisar algo más: aunque entre las justificaciones iniciales de la ley hubiera realmente argumentos administrativos, sus efectos prácticos produjeron una desigualdad racial muy acusada.

Esa exclusión dentro de la incorporación no se limitaba a la seguridad social. Ya hemos visto cómo la reducción de cultivos promovida por la AAA expulsó de las tierras a numerosos arrendatarios y aparceros, entre los que abundaban especialmente los negros del Sur. También hay que hablar con cuidado de los orígenes del redlining, la delimitación de zonas a las que se negaba crédito. Decir simplemente que el New Deal lo inventó es reducir en exceso la historia. Una formulación más sólida es que los programas federales de vivienda y las prácticas crediticias de los años treinta proporcionaron una base institucional al posterior sistema de redlining y a las fronteras raciales del crédito residencial.

Si devolvemos esta sección al marco de la serie, aparece una tesis más profunda. Lo que muestra aquí el New Deal es algo más radical: el propio acto de incorporar produce exclusión. Cuando esta construcción incorporaba a personas mayores, trabajadores y desempleados a su nuevo sistema de protección, cada línea que trazaba para delimitar la cobertura era también una línea de exclusión. Y los afroamericanos estaban sobrerrepresentados, precisamente, en esas ocupaciones agrícolas y domésticas que quedaban al otro lado, por lo que sufrían con especial dureza la exclusión. No hubo, por tanto, una inclusión completa a la que luego se le escaparan algunos casos. El acto mismo de incluir llevaba dentro la producción de nuevos excluidos. Este es otro sentido, más fundamental, de la imposibilidad de clausurar verdaderamente el resto. Cada vez que se intenta dar entrada a unos, la frontera de esa entrada deja necesariamente a otros fuera. Y esos otros suelen ser quienes ya habían sido excluidos en otros ejes.

VI. La coalición, sus adversarios y la política racial

La coalición del New Deal importa precisamente por su enorme heterogeneidad interna, no por su estabilidad. Los estudios modernos llaman así a la alianza que sostendría al Partido Demócrata durante décadas: trabajadores urbanos, sindicatos, inmigrantes y sus descendientes, intelectuales, una parte considerable del electorado católico y judío, demócratas blancos del Sur y votantes afroamericanos del Norte que comenzaron a acercarse masivamente a los demócratas durante los años treinta. Ese desplazamiento del voto afroamericano fue uno de los cambios más notables de la recomposición de la coalición. Pero conviene evitar un relato demasiado redondo en el que todos los negros cambiaran de partido de repente. Lo que ocurrió, con mayor precisión, fue que el electorado negro del Norte inició un giro claro, impulsado por las ayudas, el empleo y la presencia de un Gobierno federal al que podía acudir. Ese giro convivía con otra realidad: en el Sur, los negros seguían privados del derecho al voto.

Al mismo tiempo, el New Deal dejó en gran medida intacto el orden racial del Sur. Los estudios modernos señalan que Roosevelt condenaba de palabra los linchamientos, detestaba el impuesto de capitación y se reunía con dirigentes negros. Sin embargo, se negó a dar prioridad a la legislación contra los linchamientos, y el proyecto Costigan-Wagner, promovido en 1934, encontró una feroz resistencia entre los demócratas sureños. Incluir este hecho no busca despachar a Roosevelt con una condena formulada en el lenguaje moral de hoy. Busca describir con precisión las condiciones políticas que hicieron posible el New Deal. Necesitaba los votos de los demócratas del Sur en el Congreso, y eso significaba que su capacidad de incorporar seguía sometida a aquella jerarquía racial.

Las críticas al New Deal llegaban tanto de la derecha como de la izquierda, y esa doble presión dice mucho sobre su posición. Desde la derecha se lo acusaba de ampliar en exceso el poder federal, vulnerar el derecho de propiedad y avanzar hacia el estatismo. La Liga Estadounidense por la Libertad, fundada en 1934, fue uno de los principales exponentes de esa oposición. Desde la izquierda y el populismo se le reprochaba no ir lo bastante lejos. Huey Long atacaba a Roosevelt con su programa «Compartamos nuestra riqueza» y su consigna «Cada hombre, un rey». El padre Coughlin utilizaba la radio para exigir una política monetaria más radical y una ofensiva contra las élites financieras. Townsend, por su parte, proponía pagar una pensión de doscientos dólares mensuales a los ciudadanos de sesenta años en adelante, financiada mediante un impuesto del 2 % sobre las transacciones. El New Deal no aceptó íntegramente aquellas demandas de pensiones más radicales. Incorporó una parte, una seguridad social mucho más limitada, a sus propias instituciones. Así respondía a la presión y, al mismo tiempo, neutralizaba su radicalidad. Es una estrategia muy eficaz y muy habitual cuando esta construcción absorbe un resto: satisfacer de manera limitada para desactivar demandas sin límite.

VII. La expansión se acerca a los contrapesos

Llegados aquí, debemos dejar planteado el principal hilo del próximo ensayo: la expansión sin precedentes del New Deal no tuvo el camino libre. Entre 1935 y 1937, su legitimidad constitucional e institucional comenzó a encontrar una fuerte resistencia judicial y política. La sentencia del caso Schechter invalidó en 1935 la delegación para imponer los códigos de la NRA; la del caso Butler anuló en 1936 el mecanismo original de impuestos y subvenciones de la AAA. Ambos fallos mostraban que aquel experimento de planificación económica, sustentado en una amplia delegación de facultades, había chocado con el federalismo y la separación de poderes de esta construcción. La historiografía moderna permite poner juntas al menos tres interpretaciones del New Deal, sin elevar ninguna a la categoría de conclusión evidente por sí misma. La primera lo entiende como una empresa de gobierno empírica y experimental, y destaca el pragmatismo de Roosevelt, su disposición a probar. La segunda lo interpreta como un intento del capitalismo de salvarse a sí mismo: desde la estabilización bancaria hasta la posterior regulación financiera, las reformas institucionales buscaban evitar el hundimiento de los mercados, el ascenso de opciones políticas extremas y una redistribución más radical. La tercera pone el acento en la ampliación duradera de la ciudadanía social. Sobre todo después de la Seguridad Social y la ley Wagner, el Estado estadounidense ofreció por primera vez una protección federal estable y de alcance nacional a las personas mayores y a los trabajadores organizados.

Volvamos a nuestro marco. Entre 1935 y 1937, los contrapesos no cedían su lugar a la expansión. Ocurría lo contrario: la expansión se había acercado lo suficiente como para activar una nueva reacción de esos contrapesos. Al hacerse cargo de aquel enorme resto económico, esta construcción había desarrollado un cuerpo administrativo tan grande que otra parte de sí misma, la antigua estructura de separación de poderes y revisión judicial, empezaba a ponerse en guardia. Ahora eran los mecanismos internos de contrapeso de la propia construcción los que se preparaban para responder con fuerza.

VIII. Conclusión

De estos cinco primeros años del New Deal, vistos en el recorrido de la serie, importa recordar sobre todo la tesis que atraviesa el ensayo: sobre las ruinas de un gran derrumbe, esta construcción se reescribió para dar cabida a un resto enorme. Y en el mismo movimiento con el que se hacía cargo de él produjo nuevas exclusiones.

La escala de aquella reescritura no tenía precedentes. El regreso a la normalidad había aplazado durante diez años el resto económico, que ahora volvía bajo la forma de la Gran Depresión. Ante él, esta construcción no quedó atrapada, como Hoover, en los viejos supuestos de la acción voluntaria, la respuesta local y un poder federal limitado. Cruzó aquella frontera y desarrolló un enorme cuerpo nuevo. El rescate bancario estabilizó las finanzas. Los organismos de la sopa de letras llevaron a la vez la mano del Estado federal a las finanzas, la agricultura, la industria, la asistencia y el desarrollo regional. La Seguridad Social y la ley Wagner dieron por primera vez una respuesta institucional a la vejez, el desempleo y el derecho de organización de los trabajadores. En cuanto a su capacidad de hacerse cargo del resto, fue la mayor transformación de esta construcción desde la Guerra Civil. Y el Estado administrativo que forjó se convertiría en el fundamento de la presidencia moderna.

Pero aquella enorme incorporación llevaba inscrita la exclusión desde el principio. Esta es la mitad del ensayo que menos podemos permitirnos omitir. La línea que delimitó la cobertura inicial del seguro contributivo de vejez de la Seguridad Social dejó fuera a los trabajadores agrícolas y domésticos. Los afroamericanos estaban sobrerrepresentados en esas ocupaciones y sufrían por ello con especial intensidad esa exclusión. La reducción de cultivos de la AAA expulsó de la tierra a los arrendatarios del Sur. Los programas federales de vivienda pusieron las bases institucionales de las posteriores fronteras raciales del crédito. Aquí se revela un sentido más hondo de la imposibilidad de clausurar el resto: incorporar es también producir exclusión. Cada vez que esta construcción intenta dar entrada a unos, la frontera de esa inclusión deja necesariamente a otros fuera. Y los que quedan fuera suelen ser quienes ya habían sido excluidos en el eje racial. Por eso la intensa luz del New Deal iluminó el eje de clase y dejó el de raza en la sombra. Más aún: incluso el eje de clase que había logrado iluminar quedó abierto por una grieta que seguía las líneas de la división racial.

Aquella expansión sin precedentes se acercaba también a la línea roja de los contrapesos de la propia construcción. Schechter y Butler eran solo el comienzo. Lo siguiente sería ver cómo su antigua estructura de separación de poderes respondía con una fuerte contraofensiva a aquel crecimiento inédito del Ejecutivo. Un presidente que acababa de ser reelegido por una mayoría aplastante intentaría transformar el Tribunal Supremo que una y otra vez anulaba sus medidas. El intento desencadenaría la crisis constitucional más grave del New Deal y dejaría al descubierto, en su forma más aguda, la tensión permanente entre expansión y contrapesos que atraviesa esta construcción.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English