Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 17 de 26

17. El regreso a la normalidad: confundir aplazar con resolver

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

I. La normalidad como cierre

Un país harto de reformas, de guerra y de idealismo acabaría arrojándose a los brazos de la llamada normalidad. Los restos que habían quedado a oscuras seguirían acumulándose bajo la superficie de la prosperidad, hasta que un derrumbe sin precedentes volviera a dejarlos al descubierto. Los doce años que van de la llegada de Harding a la presidencia, en 1921, a la salida de Hoover, en 1933, fueron precisamente ese intervalo de la construcción: una calma aparente bajo la cual todo seguía acumulándose en silencio.

Conviene poner sobre la mesa, desde el principio, el juicio estructural de este periodo. Los tres gobiernos republicanos de Harding, Coolidge y Hoover se presentaron como los encargados de restablecer la vida constitucional ordinaria después de la movilización bélica, el gobierno de emergencia y la expansión de la Era Progresista. Pero, bajo ese lenguaje de restauración, las tensiones pendientes que se fueron acumulando en la agricultura, las finanzas, el trabajo, la inmigración y el orden social durante aquella década quedaron aplazadas, más que resueltas. En su discurso de aceptación de la candidatura de 1920, Harding también vinculó la victoria republicana con la restauración del gobierno popular representativo, el fin de la arbitrariedad de los tiempos de guerra y la necesidad de estabilizar el país y esforzarse por volver a la normalidad.

Para entender con precisión el «regreso a la normalidad» de Harding hay que devolverlo a su contexto. No era una vaga expresión de ánimo, sino una reacción concreta contra la concentración de poder durante la guerra, el crecimiento del Ejecutivo y el internacionalismo de Wilson. En julio de 1920, en Marion, Harding afirmó que la guerra había barrido todas las salvaguardas; que, en nombre de la democracia, se había instaurado un poder arbitrario; y que el primer compromiso debía ser restaurar el gobierno popular representativo. Esa combinación formaba el núcleo de la ideología de la normalidad: restauración constitucional en casa, distanciamiento de los compromisos supranacionales y recelo hacia las reivindicaciones de los grupos organizados en la política.

Visto desde el marco de esta serie, el verdadero asunto del ensayo se vuelve claro. En las dos entregas anteriores vimos cómo la construcción de la Era Progresista, para absorber el resto económico, había desarrollado un cuerpo regulador y llevado el poder presidencial y el Estado administrativo a cotas nuevas. El regreso a la normalidad emprendía, en esencia, el camino inverso: deshacer aquella absorción del resto y devolver la construcción al viejo estado de gobierno limitado y acción voluntaria. El problema es que una retirada así no puede clausurar de verdad el resto. Solo puede aplazarlo. Hay aquí una pieza del marco que debemos señalar sin rodeos. El regreso a la normalidad ofrecía un modo casi enteramente nuevo de tratar con el resto: olvidarlo. Su respuesta inicial no consistía en reconocerlo de frente, reprimirlo abiertamente por la fuerza ni inventar un dispositivo nuevo en el que encerrarlo. Sencillamente, fingía que ya no era un problema y lo retiraba por completo de la agenda pública, del campo de atención del Estado. Pero un resto no desaparece porque dejemos de mirarlo.

II. Harding y la primera fase de la restauración

El gobierno de Harding combinó un gabinete con figuras de gran talla y una vulnerabilidad extraordinaria a la corrupción clientelar. Puso a Hughes al frente del Departamento de Estado, a Mellon en el Tesoro y a Hoover en Comercio, pero al mismo tiempo se dejó rodear por un grupo de allegados que acabaría siendo conocido como la «banda de Ohio». Muchos de ellos fueron acusados después de defraudar al gobierno; algunos terminaron en la cárcel.

El mayor de aquellos escándalos fue Teapot Dome. En abril de 1922, el secretario del Interior, Fall, arrendó en secreto y sin concurso público la reserva petrolífera naval de Teapot Dome, en Wyoming, al empresario del petróleo Harry Sinclair. También arrendó otra reserva, en California, a la compañía de Edward Doheny. Los investigadores del Senado centraron después su atención en un sospechoso préstamo de 100.000 dólares que Doheny había concedido a Fall, quien acabó siendo el primer exmiembro de un gabinete presidencial condenado por un delito grave y encarcelado. El escándalo tuvo además consecuencias institucionales: los procesos relacionados con él ayudaron a establecer la facultad del Congreso para obligar a prestar testimonio, entre ellos el caso McGrain contra Daugherty, de 1927.

La muerte de Harding en el cargo añadió dramatismo y ambigüedad a todo aquello. En 1923 enfermó durante su «gira de comprensión» del país y murió en San Francisco el 2 de agosto. Dentro de nuestro marco, su presidencia encierra la primera ironía del regreso a la normalidad. La construcción se proponía restaurar un gobierno normal, sujeto a reglas; lo que terminó restaurando en manos de Harding se parecía, en parte, a la vieja costumbre de la época de Jackson de premiar a los fieles con cargos públicos. Desmantelar la administración profesionalizada de la Era Progresista no tenía por qué devolver un gobierno más limpio. Podía devolver uno más expuesto al clientelismo y a la corrupción.

III. Coolidge, el gobierno de los negocios y la prosperidad desigual

Al suceder a Harding, Coolidge dio a ese proyecto de restauración su expresión doctrinal más nítida. Su frase más famosa suele citarse mal. La formulación exacta procede de un discurso del 17 de enero de 1925: «La principal ocupación del pueblo estadounidense son los negocios». Bajo la dirección del secretario del Tesoro Mellon, las leyes fiscales de 1921, 1924 y 1926 redujeron el tipo marginal máximo, que en la posguerra había llegado al 73 %, hasta el 25 % correspondiente al ejercicio fiscal de 1925.

La prosperidad de los años veinte fue real. Cualquier relato que convierta aquella década en una mera ilusión se equivoca. La radio, las carreteras, la aviación, la investigación científica, la salud pública, la rápida difusión del automóvil, la electrificación de los hogares, el cine y una economía de consumo cada vez más volcada en los bienes duraderos hicieron de ella una época de crecimiento económico y cultura de masas bien reales. Pero el carácter desigual de esa prosperidad es justamente el centro de este ensayo. La agricultura nunca llegó a entrar de verdad en los llamados «felices años veinte». Los estudios actuales describen a los agricultores estadounidenses de entonces atrapados en una depresión agraria persistente: los precios de los productos básicos se desplomaron después de 1920 y la presión de las quiebras y las ejecuciones hipotecarias ya era muy elevada mucho antes de 1929. Por eso la respuesta de Coolidge a las peticiones de ayuda agraria constituye la principal objeción a cualquier relato sencillo de prosperidad saludable. El Congreso aprobó dos veces el proyecto de ley de ayuda agraria McNary-Haugen; Coolidge lo vetó en 1927 y volvió a hacerlo en 1928. Rechazó así el mecanismo federal concebido para afrontar la sobreproducción crónica y los bajos precios agrícolas.

Lo que sabemos del trabajo y de la distribución de la renta apunta en la misma dirección. Los estudios actuales señalan que los sindicatos retrocedían, mientras las empresas promovían sindicatos propios y el llamado «capitalismo del bienestar»; tras la oleada de la posguerra, las huelgas habían remitido. En la muestra de industrias manufactureras estudiada, si se toma 1923 como base 100, la producción física de 1929 alcanzaba 110, mientras que el poder adquisitivo de los salarios de los trabajadores se quedaba en 94,4. Otros estudios indican que la participación en la renta del 1 % o del 5 % más rico era mayor a finales de los años veinte que en 1939. Todo ello permite un juicio prudente, pero firme: la prosperidad se había extendido lo bastante como para ejercer una enorme fuerza política, pero no se había repartido con el equilibrio necesario para dar solidez a la sociedad o a la economía en su conjunto.

IV. Exclusión, nativismo y orden impuesto

La normalidad a la que volvía esta construcción en los años veinte era también una normalidad más excluyente. La Ley de Inmigración de 1924, conocida como Ley Johnson-Reed, instauró un sistema de cuotas por origen nacional. Los visados asignados a cada nacionalidad equivalían al 2 % de los residentes en Estados Unidos nacidos en el país correspondiente, según el censo de 1890. La fórmula estaba diseñada para favorecer a la inmigración más antigua del norte y el oeste de Europa y reducir las entradas del sur y el este del continente. Los estudios actuales señalan con claridad que, al vincular la admisión con la posibilidad legal de obtener la ciudadanía, la ley excluía a los inmigrantes asiáticos sin derecho legal a naturalizarse, salvo unas pocas excepciones previstas en la propia norma. Su propósito de fondo era preservar la supuesta «homogeneidad» de Estados Unidos. No deberíamos leerla como una restricción migratoria rutinaria, sino como una ley de clasificación racial y étnica, arraigada en el nativismo de la posguerra.

El segundo auge nacional del Ku Klux Klan pertenece al mismo conjunto de pruebas. Los estudios actuales sitúan su apogeo nacional en los años veinte y subrayan que aquel segundo Klan fue un movimiento extendido por todo el país, no solo por el Sur, con entre tres y ocho millones de miembros, aproximadamente. Tampoco perseguía únicamente a los afroamericanos: apuntaba contra los católicos, los judíos, los inmigrantes y cualquiera a quien juzgara ajeno al «americanismo al cien por cien». La Ley Seca forma parte del mismo cuadro. Fue un proyecto del Estado cuyo significado social desbordaba con mucho la política sobre el alcohol. Los materiales de los Archivos Nacionales lo dicen con claridad: la prohibición volvió más violenta la vida cotidiana, alentó el desafío abierto a la ley y fortaleció el crimen organizado. Para un análisis atento a la estructura, lo decisivo es que la combinación de regulación moral y escasa capacidad para hacerla cumplir produjo un inmenso orden ilegal, en lugar de restaurar la cohesión social.

Al volver al marco de la serie, esta sección deja ver una cara especialmente importante del regreso a la normalidad. La construcción retrocedía en el eje económico y, a la vez, avanzaba activamente para endurecer las fronteras y las divisiones raciales. Aquella retirada nunca fue neutral: aflojaba los límites impuestos al poder económico mientras estrechaba la definición de quién podía pertenecer al país. Las dos posturas, una permisiva y otra restrictiva, parecen contradecirse a primera vista. En realidad compartían una misma imagen de la normalidad: unos Estados Unidos donde el mercado funcionara libremente, dominados por los descendientes de la inmigración más antigua del norte de Europa, una sociedad blanca y homogénea.

V. De la prosperidad al derrumbe

Las elecciones de 1928 fueron la culminación del relato republicano de una «nueva era». Hoover llegó a la campaña con el enorme prestigio que había adquirido como ingeniero, responsable del abastecimiento alimentario durante la guerra, organizador de la ayuda a Europa y activo secretario de Comercio. En sus discursos defendía un sistema específicamente estadounidense, basado en la responsabilidad local descentralizada, la igualdad de oportunidades y la libertad económica. Advertía contra el gobierno paternalista y el socialismo de Estado, celebraba los logros de los siete años y medio anteriores y sostenía que Estados Unidos estaba más cerca de acabar con la pobreza que cualquier otra sociedad de la historia.

El crac bursátil de octubre de 1929 fue la ruptura más célebre, pero no constituye por sí solo toda la depresión. Los estudios actuales recuerdan el lunes negro del 28 de octubre de 1929 como el día en que el índice Dow Jones de valores industriales cayó casi un 13 %, y destacan que al desplome le siguió una cadena de crisis financieras. Las síntesis de mayor alcance sitúan, sin embargo, el verdadero punto de inflexión en agosto de 1929 y explican cómo la contracción se agravó con los pánicos bancarios de 1930 a 1933 y los errores de política de la Reserva Federal. Las cifras más sólidas sobre la profundidad del hundimiento son estremecedoras. La serie oficial de referencia ofrece estas tasas medias anuales de desempleo: 3,2 % en 1929, 8,7 % en 1930, 15,9 % en 1931, 23,6 % en 1932 y 24,9 % en 1933. También puede medirse el derrumbe de los bancos. Según los datos históricos oficiales, en los cuatro años anteriores a la entrada en vigor del seguro federal de depósitos cerraron más de nueve mil bancos; las pérdidas de los depositantes en 1931 superaron incluso la suma de las sufridas durante todo el periodo de 1921 a 1929.

En cuanto a las causas, lo más útil es presentar juntas las grandes explicaciones, sin comprimirlas en una sola. La interpretación monetarista atribuye la responsabilidad al endurecimiento de la política de la Reserva Federal en 1928 y 1929 y a su incapacidad para impedir la contracción de la oferta monetaria y el derrumbe bancario. La interpretación keynesiana pone más énfasis en el desplome del gasto, sobre todo después del crac, y en la debilidad de la demanda agregada. Los estudios sobre el canal del crédito añaden que el hundimiento financiero también tuvo efectos no monetarios: cuando tanto los bancos como los prestatarios sufren daños, las fricciones del crédito amplifican la recesión más allá de lo que explica la cantidad de dinero. Los historiadores de las relaciones internacionales sitúan en el centro el patrón oro, las reparaciones, las deudas de guerra y la transmisión internacional de la deflación. Al devolver la Gran Depresión al hilo de esta serie, su significado excede cualquiera de esas explicaciones económicas por separado. Fuera monetario, de demanda o internacional el mecanismo concreto, la Gran Depresión fue, en términos estructurales, el retorno general y catastrófico de aquel resto económico que el regreso a la normalidad había aplazado durante una década entera.

VI. Hoover, revisado

La revisión más importante que los estudios actuales aportan a este capítulo es sencilla: Hoover no fue, en sentido literal, un presidente que no hiciera nada. Cuando llegó el crac, instó a actuar a los dirigentes empresariales y, durante los tres años siguientes, intentó aliviar la crisis sin conseguirlo. El problema no se reducía a la pasividad; radicaba en la insuficiencia del aparato estatal disponible y en los límites de la intervención federal que se consideraba aceptable. Los propios discursos de Hoover dibujaban con nitidez esa frontera ideológica. En febrero de 1931 sostuvo que la cuestión no era si debía dejarse a la gente pasar hambre, sino que la ayuda debía proceder de la caridad, del espíritu de ayuda mutua y del esfuerzo propio, así como de los gobiernos locales, y no de partidas federales destinadas a fines benéficos.

Hoover sí amplió las obras públicas. En su mensaje sobre el estado de la Unión de diciembre de 1930 pidió al Congreso fondos para obras con las que frenar el desempleo. Ante un desempleo estimado en cuatro millones y medio de personas, el Congreso destinó después 116 millones de dólares a obras públicas. Hoover también respaldó la creación, en enero de 1932, de la Corporación Financiera de Reconstrucción, encargada de conceder préstamos de emergencia a los bancos, los ferrocarriles y, más adelante, otras instituciones. La Ley de Ayuda de Emergencia y Construcción de julio de 1932 autorizó a esa corporación a prestar hasta 300 millones de dólares a los estados para socorro y hasta 1.500 millones para obras públicas capaces de amortizarse con sus propios ingresos. Todo ello rompía, sin precedentes, con las prácticas federales anteriores a la Gran Depresión. Por eso ya no se sostiene la vieja caricatura de Hoover como un partidario del puro dejar hacer.

Pero esa revisión tiene sus límites. Las intervenciones de Hoover fueron reales, aunque quedaron contenidas por una convicción firme: la ayuda federal directa a las personas dañaría su carácter, la responsabilidad local y el equilibrio constitucional del gobierno estadounidense. Su verdadero dilema era, por tanto, que para responder de verdad al resto tenía que dejar de ser Hoover. Tenía que dejar morir aquel orden de la normalidad. Y eso era justamente lo que solo el siguiente presidente, con un orden enteramente nuevo, podría llevar a cabo. Su fracaso fue, pues, estructural más que temperamental. Estiró hasta el límite la lógica de la normalidad, hecha de acción voluntaria, responsabilidad local e intervención federal limitada, pero nunca logró redefinir de forma convincente al gobierno federal como garante principal frente al desempleo masivo y el hambre.

VII. El Ejército de la Compensación

Ese fracaso tomó cuerpo, visual y políticamente, en el episodio del Ejército de la Compensación, el Bonus Army. Veteranos de la Primera Guerra Mundial formaron la Fuerza Expedicionaria de la Compensación para exigir el cobro inmediato de sus certificados de compensación por el servicio militar. Llegaron a Washington en 1932 y levantaron campamentos racialmente integrados que acabaron alojando a más de 11.600 veteranos, además de sus familias. Después de que el Congreso rechazara el pago inmediato y suspendiera sus sesiones, Hoover ordenó al general MacArthur que los desalojara. Los estudios actuales señalan que Hoover le había indicado que empleara la menor fuerza posible; MacArthur, sin embargo, avanzó con tropas, tanques y gases lacrimógenos, y quemó los campamentos. Sobre el resultado político, esos mismos estudios son tajantes: muchos estadounidenses responsabilizaron a Hoover y a sus aliados del maltrato a los veteranos, y las consecuencias electorales fueron graves.

Dentro de nuestro marco, la escena es casi una miniatura perfecta del fracaso de aquel orden. Cuando el resto económico aplazado se reunió en el corazón del país bajo la forma de veteranos hambrientos y desesperados, la respuesta de la normalidad fueron tropas, tanques y fuego, en lugar de ayuda. La escena retoma precisamente el hilo de la huelga de Pullman que vimos en el ensayo decimotercero. Cuando el conflicto económico sube de intensidad, la construcción suele intervenir mediante la coerción del lado del orden, en vez de mediar entre las partes. Y que el campamento incendiado fuera racialmente integrado añade una ironía especialmente amarga. En la misma época en que el país utilizaba las leyes migratorias y el Ku Klux Klan para clasificar y separar a las personas según la raza, aquellos veteranos sin salida habían cruzado esa frontera, unidos por la desesperación. Al otro lado los esperaban los tanques de su propio gobierno.

VIII. Conclusión

Si situamos los doce años de Harding, Coolidge y Hoover dentro de esta serie, lo que más importa recordar es el juicio que recorre todo el ensayo: el regreso a la normalidad confundió aplazar con resolver.

La conclusión histórica más firme sobre aquella década no es que los años veinte fueran una ilusión. Fueron años de crecimiento real, de transformación tecnológica real, de contracción administrativa real después de la guerra y de un deseo real de estabilidad. Pero fueron también años en que la depresión agraria, los desequilibrios distributivos, las leyes de exclusión, el renacer de los movimientos nativistas y las finanzas especulativas siguieron acumulándose bajo el lenguaje de la normalidad. Aquel regreso fue, por tanto, un aplazamiento, no un cierre. Retiró de la vista las tensiones pendientes, pero no las resolvió ni podía resolverlas de verdad.

Cuando el resto aplazado volvió bajo la forma de la Gran Depresión, los límites del orden de la normalidad quedaron enteramente al descubierto. Ahí está la tragedia de Hoover. Llevó hasta donde pudo aquella lógica de acción voluntaria, responsabilidad local e intervención federal limitada; con ella improvisó instrumentos de crédito, obras públicas y medidas para frenar las ejecuciones hipotecarias. Pero la crisis exigía algo que esa lógica era incapaz de autorizar desde sus mismos fundamentos: redefinir al gobierno federal como garante principal frente al desempleo masivo y el hambre. Su derrota no fue, por tanto, la de un hombre solo. Fue la derrota del proyecto entero de regreso a la normalidad. Demostró que la construcción no podía mantener para siempre el resto económico fuera de la puerta con solo volver al viejo estado de gobierno limitado.

Aquellos doce años demostraron, de la manera más dolorosa, que el camino del olvido no lleva a ninguna parte. Cuanto más se finge que el resto no existe, más energía acumula; cuando al fin estalla, exige una respuesta tanto más radical. El regreso a la normalidad pretendía conservar el estado de cosas más cómodo al menor coste posible. Pero, de tanto aplazar y dejar que la presión se acumulara, acabó provocando la transformación más drástica en la historia de aquella construcción. Quiso ahorrarse un precio pequeño y terminó pagando uno mucho mayor: ese es el destino del cierre por olvido. El siguiente en entrar en escena sería un presidente en silla de ruedas, acompañado de un lenguaje enteramente nuevo.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English