Ensayo 16. Taft y Wilson: el reflector del progreso
En este ensayo
- I. Una época barrida por el reflector
- II. Taft y la fractura del progresismo
- III. Una elección a cuatro bandas y la dimensión constitucional del progresismo
- IV. Wilson: construcción del Estado y retroceso racial
- V. El eje del género: la victoria del sufragio femenino y sus grietas
- VI. La entrada en guerra, la represión durante la guerra y la paradoja del universalismo democrático
- VII. La disputa por el Pacto y el veto constitucional del Senado
- VIII. Las secuelas de la guerra y el miedo rojo
- IX. Conclusión
I. Una época barrida por el reflector
Durante la presidencia de Wilson, un movimiento de enorme empuje llevaría a la primera línea de la lucha constitucional aquel eje del género que tanto tiempo había permanecido en silencio. Los doce años que van de la llegada de Taft a la presidencia, en 1909, a la salida de Wilson, en 1921, constituyen uno de los virajes más violentos en la historia de la construcción estadounidense. Son también el tramo en que cobra más vida la imagen del reflector que propusimos en el ensayo anterior.
Conviene empezar por el armazón de esos doce años. En un período relativamente breve, el Gobierno federal adquirió nuevos y poderosos instrumentos fiscales y administrativos; el Congreso y los estados modificaron la Constitución para transformar la representación política y el sistema tributario; Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial y expresó, con un lenguaje nuevo, unas ambiciones de alcance planetario. A la vez, ese mismo Estado en guerra desató una feroz represión de la disidencia interior. El presidente que invocaba la democracia para promover un nuevo orden internacional dirigía también el restablecimiento de la segregación racial en las instituciones federales y una de las mayores campañas de persecución judicial de la palabra en la historia del país. No estamos ante una contradicción secundaria, sino ante uno de los hechos históricos centrales de la época.
La imagen del reflector permite verlo con especial claridad. La relación entre esta construcción y su resto más profundo nunca ha sido la de un tren que avanza a velocidad constante hacia un ideal. Se parece a un reflector que barre la oscuridad: ilumina un lugar mientras deja que otros vuelvan a quedar a oscuras. Y de 1909 a 1921 ese haz se desplazó con una violencia excepcional. En el eje económico de la clase dio grandes pasos: el impuesto progresivo sobre la renta, la elección directa de los senadores, la Reserva Federal, la Comisión Federal de Comercio y la Ley Clayton fueron convirtiendo en instituciones, una por una, las demandas de quienes llevaban décadas sometidos a presión. En el eje del género también llegó una victoria histórica: con la Decimonovena Enmienda, la incorporación formal de las mujeres al cuerpo electoral quedó amparada por primera vez, en todo el país, por una garantía constitucional contra la exclusión del voto por razón de sexo. Pero, mientras el haz iluminaba la clase y el género, dejaba el eje racial en una sombra todavía más espesa. El Gobierno de Wilson volvió a segregar una función pública federal que llevaba décadas integrada.
II. Taft y la fractura del progresismo
Taft llegó al poder como el sucesor elegido personalmente por Theodore Roosevelt, pero su manera de gobernar no tardó en decepcionar a muchos progresistas. Los historiadores suelen describirlo como un hombre más legalista, más inclinado a confiar en los tribunales y menos dispuesto a apoyarse, como Roosevelt, en una concepción expansiva y carismática del presidente como custodio del interés público. La diferencia tenía una importancia política decisiva. Taft no era menos reformista en todos los terrenos; lo que ocurría era que solía impulsar las reformas mediante la legalidad formal y los litigios, en lugar de recurrir a la política ejecutiva más flexible y resuelta de Roosevelt.
La Ley Arancelaria Payne-Aldrich abrió la primera grieta. Taft había anunciado su intención de revisar los aranceles, pero acabó firmando una ley que solo los reducía de forma moderada y, además, la elogió como la mejor ley arancelaria jamás aprobada. Para los progresistas, los aranceles elevados alimentaban el poder de los monopolios y la corrupción política. Interpretaron lo ocurrido como la prueba de que Taft se había rendido ante el ala conservadora del Partido Republicano. El conflicto Ballinger-Pinchot consumó la ruptura. Ballinger, secretario del Interior de Taft, era partidario de reabrir a la explotación privada parte de las tierras públicas que Roosevelt había sustraído a ella. Pinchot, jefe del Servicio Forestal y aliado de Roosevelt, lo atacó públicamente. Taft destituyó a Pinchot, y el enfrentamiento se convirtió en una guerra librada por intermediarios en torno a la conservación de los recursos, la custodia administrativa de las tierras públicas y la lealtad al legado de Roosevelt.
Sin embargo, una de las principales rectificaciones modernas del relato habitual sobre Taft consiste precisamente en reconocer que no fue pasivo frente a los monopolios. Al contrario: durante su mandato se emprendieron más acciones judiciales antimonopolio que durante el de Roosevelt. La cifra exacta varía según las fuentes y los criterios de cómputo. Algunos recuentos hablan de noventa y nueve procesos contra los trusts; otros, de más de setenta y cinco casos por infracciones de la legislación antimonopolio; otros se limitan a subrayar que Taft abrió más causas en cuatro años que Roosevelt en siete años y medio. La conclusión básica es firme: cuantitativamente, su actividad antimonopolio fue considerable. Políticamente, no le granjeó la lealtad progresista, porque iba unida a una posición arancelaria más conservadora y a una idea menos expansiva de la reforma desde el Ejecutivo.
Debajo de todo esto había una cuestión más honda que la fortuna personal de Taft. Ambos querían hacer frente a un poder económico que nadie había diseñado. Roosevelt proponía que el presidente asumiera por iniciativa propia el papel de árbitro; Taft, que el Gobierno federal litigara caso por caso y dejara la decisión en manos de los tribunales. La pugna entre ambas vías, entre un Estado gestor y un Estado litigante, no era una mera diferencia de estilo. Se discutía qué forma debía adoptar aquella construcción. La gran escisión de 1912 parecía, en la superficie, una querella entre dos hombres, una lucha interna republicana. En el fondo, era la construcción que, al verse dotada de un cuerpo nuevo, estaba eligiendo la forma que ese cuerpo tendría en el futuro.
III. Una elección a cuatro bandas y la dimensión constitucional del progresismo
Las elecciones de 1912 se entienden mejor como una exhibición pública de distintos proyectos rivales de reforma que como una simple competición entre partidos. Los resultados oficiales muestran una contienda a cuatro bandas. Wilson obtuvo unos 6,29 millones de votos populares y 435 votos electorales; Roosevelt, unos 4,12 millones y 88 votos electorales; Taft, unos 3,49 millones y 8 votos electorales. Eugene Debs, del Partido Socialista, consiguió alrededor de 900.000 votos populares y ninguno electoral. Lo que hizo posible la aplastante victoria de Wilson en el Colegio Electoral fue la división republicana, no un único realineamiento ideológico.
El Nuevo Nacionalismo de Roosevelt y la Nueva Libertad de Wilson eran dos propuestas progresistas, pero no eran la misma propuesta. El programa de Wilson de 1912 defendía limitar las aportaciones empresariales a las campañas electorales, rebajar los aranceles, reforzar las leyes antimonopolio, reformar la banca y la moneda, establecer un impuesto federal sobre la renta, elegir directamente a los senadores y limitar la presidencia a un solo mandato. A diferencia de Roosevelt, Wilson no propugnaba inicialmente una supervisión permanente de los grandes conglomerados, sino la disolución de los monopolios. La candidatura de Debs importa aquí por algo más que su número de votos: demuestra que la política progresista no agotaba todo el espectro de la reforma. Al presentarse desde la izquierda socialista, Debs dejó claro que la crítica a la concentración de la riqueza, al militarismo y a las oligarquías de partido podía tomar formas situadas mucho más allá de la divisoria entre republicanos y demócratas. Su posterior encarcelamiento durante la guerra haría todavía más hiriente esa constatación.
La cosecha constitucional de aquellos años fue considerable. La Decimosexta Enmienda facultó al Congreso para gravar las rentas, cualquiera que fuese su procedencia, sin repartir la carga entre los estados según su población. El Congreso la aprobó en 1909 y fue ratificada en 1913. La Decimoséptima Enmienda transfirió la elección de los senadores de las legislaturas estatales al voto directo de la ciudadanía: se aprobó en el Congreso en 1912 y se ratificó en 1913. En términos estructurales, la primera amplió la capacidad fiscal federal; la segunda, al sacar a las legislaturas estatales del procedimiento formal de elección de los senadores, cambió la relación entre los gobiernos de los estados y el poder legislativo nacional. Sin el impuesto sobre la renta, la posterior expansión fiscal y administrativa del Estado federal habría descansado sobre una base constitucional mucho más estrecha. Sin la elección directa de los senadores, la representación en el Gobierno nacional habría seguido pasando, de forma mucho más acusada, por el filtro de las maquinarias legislativas estatales.
IV. Wilson: construcción del Estado y retroceso racial
Los primeros años de la política interior de Wilson ayudan a explicar la benevolencia con que lo trató la historiografía progresista más antigua. La Ley de la Reserva Federal de 1913 creó el Sistema de la Reserva Federal como banco central del país. La Ley de la Comisión Federal de Comercio de 1914 creó ese organismo. La Ley Clayton, aprobada ese mismo año, completó la legislación antimonopolio anterior al actuar contra prácticas concretas, como las ventas vinculadas, las fusiones y la presencia de los mismos directivos en los consejos de distintas empresas. En conjunto, estas medidas reforzaron la capacidad administrativa y reguladora del Gobierno nacional.
Pero un relato que se detenga ahí resulta hoy historiográficamente obsoleto. La revisión moderna más importante de Wilson gira precisamente en torno a la raza. Durante la campaña de 1912, muchos votantes y dirigentes negros habían esperado que su promesa de un trato justo significara, al menos, verse libres de una discriminación federal abierta. Apenas unos meses después, distintos departamentos del Gobierno comenzaron a segregar de nuevo sus lugares de trabajo. Las investigaciones modernas que reúnen las aportaciones de varios especialistas señalan que la cuestión se trató en una reunión del gabinete el 11 de abril de 1913. El director general de Correos, Burleson, defendió con insistencia la segregación, y tanto él como el secretario del Tesoro, McAdoo, la aplicaron después en sus departamentos sin que Wilson se opusiera. Las medidas incluyeron espacios de trabajo divididos por mamparas, comedores y aseos separados, descensos de categoría y el traslado de empleados negros fuera de los puestos de atención al público. Desde 1914, además, se exigió adjuntar una fotografía a las solicitudes de empleo público, lo que facilitó la selección racial de los candidatos.
También hay que corregir la forma de atribuir la responsabilidad. Durante mucho tiempo se defendió a Wilson alegando que subordinados como Burleson y McAdoo habían impuesto la segregación por su cuenta. Los documentos no sostienen esa defensa. Wilson sabía lo que ocurría, lo aprobó y lo justificó en cartas a Villard y a otros interlocutores; llegó incluso a afirmar que la segregación beneficiaba a los empleados negros. Antes de 1913, el Gobierno federal incluía espacios de integración importantes. Bajo Wilson, la propia presidencia legitimó activamente una nueva implantación de Jim Crow en la administración federal.
El episodio de El nacimiento de una nación exige cuidado, porque es famoso y a menudo se cuenta mal. Dos cosas pueden afirmarse con seguridad. La película se proyectó en la Casa Blanca el 18 de febrero de 1915. En cambio, no hay pruebas concluyentes de que la célebre frase atribuida a Wilson, según la cual era como escribir la historia con relámpagos, reproduzca un elogio pronunciado literalmente por el presidente. La conclusión histórica pertinente no consiste en dar por seguro que Wilson dijo esas palabras. Consiste en reconocer que, aun dejando de lado la cita dudosa, la proyección resulta sumamente reveladora cuando se sitúa en el conjunto de su actuación en materia racial.
Dentro del marco de este ensayo, lo anterior tiene un peso especial. El mismo Gobierno de Wilson que, mediante la Reserva Federal y la legislación antimonopolio, seguía dando a la construcción un cuerpo capaz de gobernar la economía en el eje de la clase, retrocedía deliberadamente en el eje racial y volvía a segregar una función pública federal ya integrada. El racismo de Wilson no era una incómoda característica de fondo adherida a un presidente esencialmente progresista. Formaba parte del núcleo de su gobierno.
V. El eje del género: la victoria del sufragio femenino y sus grietas
Si en aquellos años el eje racial retrocedió, el del género conoció un avance histórico. La Decimonovena Enmienda fue aprobada por el Congreso el 4 de junio de 1919, ratificada por Tennessee el 18 de agosto de 1920 y certificada oficialmente por el secretario de Estado el 26 de agosto. Prohibía negar o restringir el derecho de voto por razón de sexo. La incorporación de un grupo antes excluido al cuerpo electoral formal marcaba un hito.
Pero es imprescindible señalar enseguida una grieta decisiva; de lo contrario, convertiríamos la victoria en una historia del progreso demasiado pulcra. El movimiento no era internamente homogéneo, y la raza estaba en el centro de sus tensiones. Las investigaciones actuales insisten en que las mujeres negras sufrían a menudo discriminación dentro del sufragismo organizado y vinculaban el derecho de voto a una lucha más amplia por los derechos civiles de la población negra. Por eso, Ida Wells-Barnett y las demás sufragistas negras no deben ocupar los márgenes de esta historia, sino el centro de sus tensiones. La nítida formulación constitucional de la Decimonovena Enmienda resolvía jurídicamente una forma de exclusión, la basada en el sexo. No eliminaba por sí sola las prácticas de discriminación racial que, sobre todo en el Sur, seguían impidiendo en la práctica que muchas mujeres negras accedieran a las urnas.
Esta grieta es uno de los núcleos de la estructura del presente ensayo. Incluso cuando la construcción incorpora de verdad un resto y lo hace de manera histórica, no alcanza un cierre sin fisuras. En cuanto el eje del género se entrecruza con el de la raza, la victoria obtenida en nombre del género vuelve a abrirse por el lado racial. En el instante en que un resto es incorporado, otro resto, o, mejor dicho, otro eje de ese mismo resto, reaparece en su interior. Una mujer negra se encuentra a la vez en la intersección del género y de la raza: cuando la construcción concede el voto a las mujeres a lo largo del primero, la exclusión que opera en el segundo vuelve a dejarla fuera. Ahí se manifiesta, en su sentido más profundo, que el resto no solo tiene múltiples ejes, sino que esos ejes se entrecruzan.
VI. La entrada en guerra, la represión durante la guerra y la paradoja del universalismo democrático
Wilson ganó la reelección en 1916 con un mensaje de paz ligado al lema «Nos mantuvo fuera de la guerra». Apenas unos meses después pidió al Congreso que el país entrara en ella. Las causas inmediatas eran claras: Alemania había reanudado la guerra submarina sin restricciones y, en el telegrama Zimmermann, Berlín proponía una alianza con México contra Estados Unidos. En su mensaje de guerra del 2 de abril de 1917, Wilson pronunció la fórmula universalista que definiría la época: había que hacer del mundo un lugar seguro para la democracia.
Ese lenguaje de liberación democrática dirigido al exterior coexistía con la represión interna. La Ley de Espionaje de 1917 tipificó como delitos, entre otras conductas, provocar o intentar provocar insubordinación, deslealtad, motín o negativa al cumplimiento del deber en las fuerzas armadas, así como obstaculizar el reclutamiento o el alistamiento. La Ley de Sedición de 1918 amplió enormemente su alcance: convirtió en delito las expresiones desleales, irreverentes, difamatorias o injuriosas contra el Gobierno de Estados Unidos, la Constitución, las fuerzas armadas, la bandera o los uniformes. El Gobierno de Wilson utilizó profusamente estos instrumentos. El balance de la investigación moderna es inequívoco: procesó a miles de activistas contrarios a la guerra al amparo de las leyes de Espionaje y de Sedición. Un estudio específico sitúa la magnitud en unas dos mil causas iniciadas bajo la Ley de Espionaje, la mayoría relacionadas con la obstrucción al reclutamiento.
Eugene Debs se convirtió en la víctima individual más conocida de esta campaña. Tras pronunciar un discurso contra la guerra en Canton, Ohio, el 16 de junio de 1918, fue procesado conforme a la Ley de Espionaje reformada, declarado culpable y condenado a diez años de prisión. El Tribunal Supremo confirmó la condena en Debs contra Estados Unidos. Lo decisivo no es solo que se castigara a un dirigente socialista. Un candidato presidencial de peso, que en 1912 había obtenido casi un millón de votos, podía acabar encarcelado por sus palabras en tiempo de guerra, en virtud de una ley que el Gobierno de Wilson había impulsado con todo su empeño. Schenck contra Estados Unidos aportó la fórmula doctrinal clásica. El criterio del «peligro claro y presente» del juez Holmes se convirtió en el gran precedente bélico al servicio del cierre. Sin embargo, en 1969, Brandenburg contra Ohio se alejó mucho de la tolerancia hacia la represión propia de Schenck en tiempo de guerra: elevó el umbral y estableció que la defensa de una causa solo podía castigarse cuando estuviera dirigida a incitar una acción ilegal inminente y fuera probable que la provocara.
La paradoja de este período es, por tanto, dura y concreta. Wilson justificaba la guerra en nombre del autogobierno democrático en el extranjero mientras, en casa, restringía la expresión, castigaba la disidencia antibélica y mantenía la jerarquía racial federal. El lenguaje de emancipación invocado en nombre de la democracia convivía, en un mismo hombre, con el cierre frente a la disidencia interior y con la opresión racial. Esto rebasa la hipocresía personal de Wilson. Es la grieta que esta construcción no consigue cerrar desde su fundación y que, justo cuando proyecta su lenguaje universalista sobre el planeta, se ensancha hasta hacerse más hiriente que nunca.
VII. La disputa por el Pacto y el veto constitucional del Senado
Los Catorce Puntos de Wilson, presentados ante el Congreso el 8 de enero de 1918, enlazaban los objetivos inmediatos de la guerra con un proyecto de orden para la posguerra. Del último punto surgiría la Sociedad de Naciones. La lucha en torno a ella ofrece uno de los ejemplos más claros de la historia moderna de Estados Unidos de cómo la Constitución podía frenar las ambiciones diplomáticas de un presidente. La propia historia institucional del Senado subraya que Wilson se enemistó con los senadores al excluirlos de la delegación de París, anunciar el resultado antes de mantener consultas serias y negarse a negociar de verdad las reservas al tratado. Tras la victoria republicana en el Senado en 1918, Henry Cabot Lodge aprovechó su posición de liderazgo y la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores para impulsar esas reservas, sobre todo frente a compromisos que parecían poner en peligro el control del Congreso sobre la guerra y la soberanía nacional.
La responsabilidad por el fracaso de la Sociedad de Naciones es una de las grandes controversias historiográficas de este período. Una línea interpretativa atribuye una parte considerable a Wilson: su desprecio personal por Lodge, su negativa a incorporar a senadores clave a la delegación de París, su rechazo de las reservas y el deterioro de su salud. Otra pone el acento en el partidismo republicano, las preocupaciones constitucionales suscitadas por el artículo X y una resistencia estadounidense más amplia a asumir compromisos vinculantes en Europa. Una lectura equilibrada reconoce que influyeron las enemistades personales, el control partidista y las objeciones constitucionales, y que la grave enfermedad que postró a Wilson en octubre de 1919 redujo todavía más el margen para un acuerdo. El Senado rechazó el tratado el 19 de noviembre de 1919 y volvió a rechazarlo en marzo de 1920. Estados Unidos nunca ingresó en la Sociedad de Naciones.
Este episodio, leído dentro de nuestro marco, ofrece un contrapunto exacto al ensayo anterior. Allí, Roosevelt había llevado al extremo en Panamá la iniciativa ejecutiva de actuar primero y dar cuenta después, porque en los asuntos exteriores los contrapesos internos eran especialmente débiles. Aquí, al proyectar también sus ambiciones presidenciales hacia fuera, Wilson tropezó con el eslabón más duro que subsistía en esa débil cadena: la potestad del Senado para prestar su consentimiento a la ratificación de los tratados. La larga expansión del Ejecutivo quedó detenida en seco en la estrecha garganta constitucional de la construcción. Por mucho que el poder ejecutivo hubiera crecido durante aquellas décadas, la separación de poderes no había dejado de funcionar por completo. Conservaba, al menos en algunos puntos decisivos, la capacidad de sujetar al presidente.
VIII. Las secuelas de la guerra y el miedo rojo
El clima interior de la posguerra se endureció hasta convertirse en lo que se conoce como el primer miedo rojo. Las redadas de Palmer surgieron en medio de una sucesión de alarmas por bombas y del pánico a los radicales. Las dirigió el fiscal general Palmer, con la importante ayuda de un joven J. Edgar Hoover. La investigación moderna ofrece una cifra oficial de referencia fiable: las redadas de alcance nacional de enero de 1920 provocaron unas tres mil detenciones. Lo más sólido que puede afirmarse es que las operaciones de aquel enero, por sí solas, fueron masivas y estuvieron plagadas de abusos legales. Marcaron el punto culminante de una pauta más amplia de la posguerra: tratar la disidencia radical como una emergencia de seguridad interior.
El vínculo entre aquel miedo rojo y la represión durante la guerra es directo. No apareció de la nada en 1919; se apoyaba en hábitos, instrumentos jurídicos, premisas de la persecución penal y retóricas políticas desarrollados bajo la emergencia bélica. En ese sentido, más que inaugurar una época enteramente nueva, era una segunda vida del Estado de guerra de Wilson. Los instrumentos represivos y las maneras de pensar forjados durante la contienda sobreviven a su final: siguen funcionando durante un tiempo bajo otros nombres, hasta que poco a poco vuelven a ser contenidos. El impulso de cierre se absorbe, pero siempre arrastra una larga cola.
IX. Conclusión
Al situar los doce años de Taft y Wilson en el conjunto de esta serie, lo que más merece recordarse es la violencia con que se desplazó aquel reflector dentro de una misma época. Tanto lo que iluminó como lo que dejó en la sombra adquirieron una nitidez extraordinaria.
En esos doce años, la construcción experimentó una expansión real de sus capacidades fiscales, reguladoras y constitucionales. El impuesto progresivo sobre la renta, la elección directa de los senadores, la Reserva Federal, la Comisión Federal de Comercio y la Ley Clayton incorporaron en buena medida el resto de clase que había vivido sometido a presión durante las décadas anteriores y dieron cumplimiento a la lista de tareas que había quedado pendiente en 1896. La Decimonovena Enmienda, por su parte, dio por primera vez protección constitucional en todo el país contra la exclusión del voto por razón de sexo. Con ella, la incorporación formal de las mujeres al cuerpo electoral alcanzaba una dimensión nacional, tras más de setenta años de lucha organizada por el sufragio femenino. En estos dos ejes, el reflector avanzó de verdad a grandes pasos.
Pero ese avance llevaba desde el principio una sombra imposible de borrar. El mismo Wilson que incorporaba el resto de clase mediante la Reserva Federal y la lucha antimonopolio volvía a segregar una función pública federal que llevaba décadas integrada y hacía retroceder deliberadamente el eje racial. Incluso la victoria en el eje del género quedó desgarrada por la raza. La Decimonovena Enmienda resolvió jurídicamente la exclusión basada en el sexo, pero no eliminó las discriminaciones raciales que seguían impidiendo votar a muchas mujeres negras. En el instante en que se incorpora un resto, la exclusión reaparece dentro de él, a lo largo de otro eje. Es una prueba más de que ese resto más profundo no puede quedar clausurado de manera integral y uniforme.
La paradoja más aguda de la época llevó hasta el límite la grieta más profunda de la construcción. Wilson condujo a Estados Unidos a una guerra mundial en nombre de la democracia y proyectó el lenguaje de la autodeterminación y del gobierno democrático sobre todo el planeta. Al mismo tiempo, dentro del país, procesaba a miles de personas que se oponían a esa guerra y enviaba a muchas de ellas a prisión, encerraba a un candidato presidencial que había obtenido casi un millón de votos y mantenía la jerarquía racial federal. En un mismo hombre coexistían el lenguaje de la emancipación en nombre de la democracia y el cierre frente a la disidencia interior. Esto rebasa la hipocresía personal de Wilson. Es la grieta que esta construcción no consigue cerrar desde su fundación y que, justo cuando proyecta su lenguaje universalista sobre el planeta, se ensancha hasta hacerse más hiriente que nunca. El fracaso de la Sociedad de Naciones nos recuerda, además, que incluso después de una expansión sin precedentes del Ejecutivo, la separación de poderes de esta construcción conservaba la capacidad de sujetar al presidente en los puntos decisivos.
Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English