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Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 11 de 26

Ensayo 11: Grant y Hayes. La inclusión y el retorno forzado a los márgenes

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

I. Incorporar y volver a relegar

Al final del ensayo anterior señalábamos que aquella promesa, recién asumida, sería desmantelada poco a poco a lo largo de las décadas siguientes. Desde la llegada de Grant a la presidencia en 1869 hasta el final del mandato de Hayes en 1881, este entramado recorrió precisamente ese camino: incorporó por un tiempo a su núcleo aquel resto más profundo y luego vio cómo lo empujaban de nuevo hacia los márgenes.

Para captar la estructura de esta historia, conviene resistirse a elegir entre el éxito y el fracaso y reconocer que ocurrieron ambas cosas. Por una parte, la Decimoquinta Enmienda consagró en la Constitución el derecho de voto de los varones negros. El Sur conoció entonces una participación política negra de una magnitud inédita: electores, legisladores estatales, autoridades locales e incluso miembros del Congreso entraron por primera vez en gran número en la vida política del país. Por otra, aquella inclusión se enfrentó muy pronto a la violencia organizada de los blancos, a la llamada Redención de los estados sureños en nombre de la recuperación del autogobierno y a las restricciones que el Tribunal Supremo impuso al poder federal. Finalmente, en plena crisis de unas elecciones presidenciales, un acuerdo político y una retirada de tropas la dejaron abandonada.

Al situar este episodio en el conjunto de la serie, se entiende qué lugar ocupa. Los tres ensayos anteriores contaban cómo la guerra y la Constitución habían llevado por primera vez al centro, de forma directa, aquel resto más profundo. Este examina el movimiento contrario: cómo, en poco más de una década, distintas fuerzas se sumaron para devolver a los márgenes lo que acababa de entrar en el núcleo.

Si leemos los ensayos del octavo al décimo junto con este, veremos una parábola completa. Desde la guerra y la Constitución de Lincoln hasta la contraofensiva del Congreso durante la presidencia de Johnson, aquel resto fue avanzando paso a paso hacia el centro. La Decimotercera Enmienda, la Decimocuarta y, por fin, la Decimoquinta lo llevaron hasta la cima: se llegó incluso a concederle el voto. Ese fue el tramo ascendente. Después, desde la reacción del Ku Klux Klan durante el mandato de Grant hasta la retirada de tropas en 1877, volvió a ser empujado, paso a paso, hacia la periferia. La violencia, las sentencias y los acuerdos políticos lo devolvieron al punto de partida. Ese fue el tramo descendente.

Pero es necesario establecer de inmediato una distinción decisiva: relegar no equivale a eliminar. La Decimoquinta Enmienda no fue derogada. Siguió inscrita, negro sobre blanco, en la Constitución. Aunque su aplicación quedara vacía de contenido, la promesa de igualdad persistía como una obligación constitucional latente. El verdadero hilo de este ensayo es, por tanto, un dilema profundo del entramado: había reconocido la deuda en el nivel más alto, pero carecía de capacidad para saldarla sobre el terreno. Aquel resto no había recibido lo prometido ni había sido borrado por completo. Había quedado atrapado en una situación sin resolver.

Esta distinción es la clave para comprender el ensayo entero e incluso la naturaleza del propio entramado. Al retroceder la Reconstrucción, no se suprimió de la Constitución la Decimoquinta Enmienda ni se borró de los documentos fundacionales la promesa de igualdad. Lo único que el entramado pudo hacer fue frustrar, en el terreno de la aplicación y mediante la violencia y la indiferencia, lo prometido sobre el papel. Se produjo así una situación extraordinaria: en la Constitución, aquel resto ya estaba incorporado, con todas las letras; en la realidad, había sido devuelto a los márgenes y su inclusión era puramente nominal. Entre el reconocimiento y la vida efectiva se abrió un abismo.

II. Grant, una figura paradójica

Para comprender esta inclusión y este regreso forzado a los márgenes, primero hay que comprender la paradoja que encarna Grant. Su victoria electoral de 1868 se debió, ante todo, al prestigio del héroe de la Guerra de Secesión y, en segundo lugar, al apoyo masivo de casi medio millón de electores negros del Sur. Apenas hizo campaña. Lo llevaron a la Casa Blanca, sobre todo, su condición de héroe de guerra y el descontento con la política de Reconstrucción de Johnson.

La posición de Grant ante la Reconstrucción no se deja reducir al papel de un ejecutor pasivo de la línea del Congreso. Una vez en el poder, quiso preservar lo ganado con la victoria en la guerra, proteger a quienes acababan de obtener la libertad e impedir que los antiguos confederados que no se habían arrepentido regresaran al gobierno. Los estudios actuales señalan con claridad que le preocupaba de verdad que el Ku Klux Klan y la violencia blanca estuvieran revocando el veredicto de la guerra. Consideraba indispensables para la paz la seguridad de las personas y de sus bienes, así como la libertad de sus convicciones religiosas y políticas.

Aquí aparece una auténtica paradoja. Grant apenas tenía la experiencia de maniobra partidista y parlamentaria que exigía la presidencia; él mismo reconocería más tarde que no había recibido preparación política alguna. Sin embargo, los estudios sobre la presidencia y la Reconstrucción subrayan cada vez más su compromiso con la protección de los derechos civiles de la población negra, el impulso a la Decimoquinta Enmienda, el apoyo a las leyes para hacerla cumplir y el empleo de las tropas federales y del Departamento de Justicia contra el Ku Klux Klan. En todos esos frentes actuó con una sinceridad y una iniciativa que el relato tradicional del presidente corrupto no permite ver. Sus debilidades no deberían ocultar el papel que efectivamente desempeñó en la defensa de la Reconstrucción.

La misma distinción debe aplicarse a los escándalos de su gobierno. El perfil presidencial del Miller Center lo afirma expresamente: Grant nunca fue personalmente objeto de investigación, su honradez no quedó en entredicho y no obtuvo beneficios privados de aquellos escándalos. Pero juzgaba mal a las personas y era demasiado leal a sus viejos amigos, de modo que los escándalos lastraron su gobierno una y otra vez. Si volvemos a situar a Grant en nuestro marco de análisis, representa la primera ocasión en que este entramado empleó realmente su fuerza para proteger al resto que acababa de incorporar. En los ensayos anteriores, el poder ejecutivo se expandía sobre todo para hacer la guerra, ampliar los dominios del país o preservarse en una crisis. Con Grant, ese poder se empleó por primera vez a gran escala en una dirección nueva: utilizar la legislación federal, el ejército y los tribunales para proteger a quienes acababan de entrar en la Constitución.

III. La Decimoquinta Enmienda, la inclusión en su cima constitucional

La Decimoquinta Enmienda fue la culminación constitucional de la inclusión en esta etapa. Su texto establecía que no se podía negar ni restringir el derecho de voto de los ciudadanos de Estados Unidos por motivos de raza, color o condición anterior de esclavitud. Su segunda sección facultaba al Congreso para hacer cumplir ese precepto mediante la legislación pertinente. En el contexto de la época, lo que concedía en la práctica era el sufragio a los varones afroamericanos. Grant la consideraba uno de los logros más importantes de la Reconstrucción: en 1870 la describió como una medida de mayor trascendencia que cualquiera de las de su clase adoptadas desde la fundación del país.

La Decimoquinta Enmienda y las leyes de Reconstrucción que la habían precedido produjeron, durante un tiempo, una verdadera transformación institucional de la política sureña. En 1870, los republicanos ya controlaban varios gobiernos estatales del Sur y había legisladores negros en sus asambleas. Para 1877, unos dos mil varones negros habían ocupado cargos públicos locales, estatales y federales en el Sur. También en el Congreso se vio algo sin precedentes: Hiram Revels se convirtió en su primer miembro negro en febrero de 1870, y Joseph Rainey, en diciembre de ese mismo año, en el primer miembro negro de la Cámara de Representantes elegido por sufragio popular. Entre 1870 y 1901, veintidós hombres negros llegaron al Congreso. Entre los logros de los gobiernos estatales de la Reconstrucción, la historiografía actual suele destacar en primer lugar la educación. En Carolina del Sur, por ejemplo, el número de alumnos matriculados pasó de unos treinta mil a ciento veintitrés mil entre 1868 y 1876.

Sin embargo, aquella cima de la inclusión llevaba sus propios límites desde el principio, y es preciso dejarlos claros. En primer lugar, la enmienda no dio en la práctica el voto a las mujeres: el sufragio femenino no recibiría una garantía expresa en el ámbito federal hasta la Decimonovena Enmienda. En segundo lugar, prohibía privar del voto por razones de raza, color o pasado de esclavitud, pero no suprimía cualquier requisito para ejercerlo. Los estados del Sur recurrieron más tarde a pruebas de alfabetización, cláusulas del abuelo e impuestos electorales, procedimientos aparentemente neutrales que se utilizaron para eludir la protección constitucional.

Esa brecha no fue una laguna que alguien descubriera después. Era la doble faz que la inclusión llevaba consigo desde el comienzo. La Decimoquinta Enmienda prohibía despojar a alguien del voto por su raza, pero su aplicación no logró impedir que se impusieran barreras que evitaban nombrarla y aun así se dirigían específicamente contra la población negra. Aquello no convertía la discriminación en legítima: mostraba la distancia entre la prohibición constitucional y su cumplimiento. Las pruebas de alfabetización no mencionaban la raza; tampoco los impuestos electorales ni las cláusulas del abuelo. Y, sin embargo, cada uno de esos mecanismos dejaba a los negros fuera de los colegios electorales con precisión. Es otra manifestación de lo difícil que resulta absorber de verdad aquel resto: puedes incorporarlo en el nivel más alto, pero mientras haya quienes se empeñen en excluirlo de la vida real, encontrarán una manera de sortear el texto y consumar la exclusión.

IV. Los gobiernos de la Reconstrucción y la revisión del relato de la corrupción

El relato, tan difundido, de los gobiernos corruptos de la Reconstrucción exige una revisión. Y esa revisión forma parte de la estructura misma de este ensayo. La historiografía actual no niega que hubiera corrupción; rechaza que se la convierta en la esencia entera de la Reconstrucción. Como señala Foner, Du Bois ya había refutado de forma sistemática las distorsiones sobre aquellos gobiernos y sobre los políticos negros, en particular la exageración de la corrupción durante la Reconstrucción. Allí donde existió, fue sobre todo obra de comerciantes y funcionarios blancos: no cabía atribuirla a la supuesta incapacidad de los votantes negros.

Esto pertenece a la estructura del problema porque el propio relato de la corrupción fue un arma para devolver aquel resto a los márgenes. Las primeras interpretaciones, que presentaban la Reconstrucción como una burda imitación de la democracia, retrataron el período entero mediante el mismo repertorio: «oportunistas venidos del Norte», «blancos renegados» y «negros incapaces». Así, problemas fiscales y administrativos que sí existían adquirieron una explicación racial, se exageraron y quedaron reducidos a una sola dimensión. La finalidad era demostrar que los negros no tenían capacidad para participar en política y justificar, con ello, que se les arrebataran los derechos recién conquistados. Además, toda la Edad Dorada en la que gobernó Grant estaba atravesada por los sobornos empresariales, la especulación ferroviaria, el fraude fiscal y el reparto partidista de cargos y prebendas. Colgar la etiqueta de corrupción únicamente a los gobiernos sureños de la Reconstrucción, sin someter la política del Norte de aquellos mismos años al mismo examen, es un ejemplo clásico de doble rasero.

Es importante verlo con claridad porque, cuando más tarde se derribó la Reconstrucción, una de las banderas fue precisamente acabar con esos gobiernos corruptos e incapaces. Detrás de ella se buscaba expulsar de nuevo a los negros de la política. Para relegar un resto a los márgenes nunca basta la violencia desnuda. Hace falta también una explicación, un relato que presente ese retroceso como algo legítimo, incluso como una rectificación del desorden. Corrupción, incapacidad y degradación componían ese relato: sustituía una cuestión fundamental, quién tiene derecho a participar en política, por un asunto técnico, quién es más honrado y quién gobierna mejor.

V. La reacción violenta de los blancos y la respuesta jurídica federal

Uno de los ejes de este ensayo consiste en describir la reacción de los blancos del Sur como violencia política, en lugar de diluirla en las nociones de disturbio o desorden social. El Ku Klux Klan y las organizaciones semejantes no pretendían únicamente intimidar a personas negras aisladas. Mediante palizas, violaciones, asesinatos, incendios de escuelas e iglesias y la obstrucción del voto y de la participación en los jurados, buscaban acabar a la vez con los derechos civiles de la población negra y con los gobiernos estatales republicanos. Aquello era una campaña de terror organizada y con fines políticos, no una turba que hubiera perdido el control.

Conviene distinguir las fechas, las víctimas y las cifras de muertos de varias matanzas emblemáticas. En Memphis, en mayo de 1866, civiles blancos y agentes del orden atacaron los barrios negros; los estudios actuales estiman que murieron cuarenta y seis afroamericanos. En Nueva Orleans, en julio de 1866, treinta y cuatro partidarios negros de la convención constitucional murieron y ciento diecinueve personas resultaron heridas en unas dos horas. El general Sheridan calificó lo ocurrido de una matanza en toda regla. Durante la presidencia de Grant, uno de los episodios decisivos fue la matanza de Colfax, el 13 de abril de 1873: hubo al menos sesenta y dos muertos, y las estimaciones más altas rondan los ciento cincuenta; la mayoría eran negros.

Ante aquella violencia, Grant y el Congreso respondieron con una serie de leyes para hacer efectivos los derechos electorales, las Leyes de Ejecución, aprobadas entre 1870 y 1871. La primera prohibía que grupos organizados impidieran votar a los negros mediante la violencia, el soborno, las amenazas o la intimidación. La tercera, de abril de 1871, conocida después como Ley del Ku Klux Klan, autorizaba al presidente a emplear las fuerzas armadas y suspender el hábeas corpus cuando fuera necesario. Grant hizo algo más que firmarla. En octubre de 1871 declaró el estado de emergencia en nueve condados de Carolina del Sur, suspendió el hábeas corpus y envió tropas y agentes federales para detener a gran escala a los sospechosos. A finales de aquel año, el ejército había detenido a más de seiscientas personas. La ofensiva judicial asestó un golpe severo a la organización y permitió preservar unas elecciones relativamente limpias en 1872.

Al volver a nuestro marco de análisis, la importancia de este episodio resulta especialmente clara. Por primera vez, el entramado empleó de verdad su poder coercitivo para proteger al resto recién incorporado a su núcleo, y durante un tiempo funcionó. Las Leyes de Ejecución de Grant interrumpieron la actividad del Ku Klux Klan e hicieron posible que las elecciones de 1872 fueran relativamente limpias. Eso demuestra que la promesa no estaba condenada de antemano al incumplimiento. Mientras el entramado estuviera dispuesto a sostener su protección con la fuerza de que disponía, podía defenderla. La Reconstrucción fracasó porque esa protección acabó interrumpiéndose, no porque la inclusión de la población negra fuera inviable en sí misma.

VI. El desgaste de la protección judicial, la crisis económica y el declive de la voluntad

¿Por qué no pudo mantenerse una protección que, durante un tiempo, había funcionado? No hay una respuesta única. El desenlace nació de la convergencia de varias fuerzas, y es necesario examinarlas juntas, sin reducirlas a una sola causa.

La primera cadena causal fue el repliegue del Tribunal Supremo. En el caso Estados Unidos contra Cruikshank, que surgió directamente de la matanza de Colfax, el tribunal sostuvo que las garantías del debido proceso y de igual protección de la Decimocuarta Enmienda solo se aplicaban a las actuaciones de los estados, no a la violencia ejercida por particulares. Así, los asesinatos y la conspiración de Colfax quedaron remitidos a las leyes y los tribunales estatales. Eso equivalía a entregar de nuevo a las víctimas negras a los tribunales sureños y a las autoridades locales encargadas del orden que no estaban dispuestos a protegerlas. La puerta que el entramado había abierto al reescribir la Constitución volvió a entornarse, sin ruido, por obra de sus propios jueces. Desde los casos de los Mataderos hasta el caso Cruikshank, el arma jurídica con la que el poder federal podía haber protegido a los recién incorporados fue perdiendo filo.

La segunda cadena causal fue la crisis económica. El pánico de 1873 estuvo ligado a la especulación ferroviaria, la retirada de capital extranjero, las retiradas masivas de depósitos bancarios y las quiebras empresariales. La crisis duró más de cinco años y sus contemporáneos hablaron de una larga depresión. El pánico y la depresión posterior concentraron la atención de la gente en su propia situación económica. El interés del Norte por la Reconstrucción decayó aún más, y los republicanos empezaron a temer que una intervención enérgica y sostenida en el Sur les costara también los votos del Norte.

La tercera cadena causal fue el debilitamiento de la voluntad política del Norte, junto con el racismo persistente y extendido que había detrás. La sociedad norteña estaba cada vez menos dispuesta a seguir pagando el coste político y militar de la igualdad de los negros. La razón de fondo era que la mayoría de los estadounidenses no aceptaba realmente su igualdad civil y política. Foner señala que no haber respondido a las demandas de tierra de los antiguos esclavos obligó a la mayoría a seguir dependiendo de sus antiguos amos. Sin una independencia económica que los sostuviera, los derechos de ciudadanía en el plano político podían quedar vacíos de contenido con suma facilidad.

La acción conjunta de esas fuerzas permitió avanzar a la llamada Redención. En nombre de la recuperación del autogobierno, los demócratas blancos derrotaron o derribaron, estado por estado, los gobiernos de la Reconstrucción, restablecieron la supremacía blanca y desmontaron los avances en derechos civiles de la población negra. Lo que terminó cediendo bajo la suma de estas presiones fue la capacidad de actuación del Estado en que se apoyaba el entramado. Proteger de forma continuada a los negros de los linchamientos en cada condado del Sur y garantizar que pudieran votar sin peligro exigía tropas permanentes, fiscales dispuestos a procesar a los responsables y tribunales que no se dejaran comprar. Exigía, además, que en el Norte se mantuviera la voluntad política de sufragar todo aquello. Cuando la crisis económica desvió su atención, los tribunales embotaron el arma jurídica federal y los electores se cansaron de la intervención constante, esa capacidad de sostener la protección fue derrumbándose pieza a pieza.

VII. Las elecciones de 1876 y el Compromiso de 1877

Las elecciones de 1876 fueron la última ocasión en que la defensa política de la Reconstrucción se negoció abiertamente en el ámbito nacional. El demócrata Tilden iba por delante en el voto popular y, con los votos electorales que nadie discutía, ya estaba cerca de la victoria. Pero los resultados de Florida, Luisiana y Carolina del Sur no estaban claros, de modo que no había un vencedor inequívoco. En Carolina del Sur y en Luisiana llegaron a coexistir, en cada estado, dos gobiernos rivales.

El Congreso terminó recurriendo a una comisión electoral especial para resolver la crisis. Esta adjudicó a Hayes todos los votos en disputa y lo hizo presidente por ciento ochenta y cinco votos frente a ciento ochenta y cuatro. Sus adversarios se burlaron de él llamándolo «Hayes el farsante». Al hablar hoy del llamado Compromiso de 1877, conviene dejar claro que fue un arreglo informal, no un acuerdo escrito. Su resultado político, también informal, fue que el gobierno de Hayes adoptó la política del llamado autogobierno local, retiró a sus cuarteles las tropas que protegían a los gobiernos de Reconstrucción restantes, apaciguó a los demócratas blancos del Sur y dejó de emplear de forma sostenida la fuerza federal para defender a los gobiernos republicanos sureños en los que participaban ciudadanos negros.

La historiografía no ha dejado de discrepar sobre la naturaleza de aquel arreglo, y conviene presentar juntas las dos interpretaciones. La primera se acerca al realismo político: cuando Hayes asumió la presidencia, solo quedaban dos estados sureños cuyos gobiernos se sostenían gracias a un número muy reducido de soldados federales. La Cámara de Representantes, controlada por los demócratas, se negaba a financiar la continuidad de las guarniciones, y la opinión pública del Norte estaba cansada. En esas condiciones, prolongar la Reconstrucción militar resultaba casi inviable. La segunda interpretación ve, ante todo, una traición a la población negra. Existiera o no un pacto secreto completo, las consecuencias de retirar esa protección militar y renunciar a la aplicación activa de las leyes fueron reales: los electores negros quedaron otra vez expuestos a la violencia en sus estados, a la indiferencia de la justicia local y a la privación sistemática de sus derechos. Así se allanó el camino al posterior orden de Jim Crow.

Hay aquí una ironía más honda que merece señalarse. En los dos ensayos anteriores, la apertura del entramado, aquel mecanismo electoral que nunca había dejado de existir, servía para corregir sus propios errores. Lincoln se apoyó en él para conservar la legitimidad durante la guerra, y el Congreso aprovechó las elecciones legislativas de mitad de mandato de 1866 para arrebatar a Johnson la facultad de definir la comunidad política. En 1877, en cambio, esa misma apertura, otra elección, se convirtió en el vehículo para abandonar la promesa. Un mismo mecanismo puede, en distintos momentos, dar fuerza a la defensa de aquel resto o abrir la vía para dejarlo a su suerte. La apertura del entramado no se pone automáticamente de su lado. Solo ofrece un escenario; lo que acaba representándose en él depende de la importancia que quienes tienen los votos y el poder estén dispuestos a conceder a la promesa.

VIII. Conclusión

Al situar en esta serie los doce años que van de Grant a Hayes, lo que más importa recordar es el juicio que atraviesa todo el ensayo: la inclusión y el retorno forzado a los márgenes.

Ambos movimientos fueron reales. Ninguno es una figura retórica. La inclusión fue real: la Decimoquinta Enmienda inscribió en la Constitución el voto de los varones negros, el Sur conoció una participación política negra masiva y el gobierno de Grant empleó efectivamente, durante un tiempo, la legislación federal, el ejército y los tribunales para defenderla. Y durante un tiempo lo consiguió. También fue real el retroceso: hacia 1877, la violencia de los blancos, las restricciones judiciales, la crisis económica, el declive de la voluntad del Norte y un acuerdo político se sumaron para devolver a aquellas personas a los márgenes de la comunidad política.

El sentido más profundo de todo ello remite, una vez más, a la imposibilidad de que este entramado se cierre por completo. Relegar no equivale a eliminar. La Decimoquinta Enmienda no fue derogada: junto con la promesa de igualdad, siguió alojada en la ley fundamental como una obligación constitucional latente. Mediante la violencia y los acuerdos políticos, el viejo orden vació de contenido práctico la incorporación de aquel resto, pero no tenía capacidad, ni posibilidad, de borrarlo por completo de la Constitución. No fue, por tanto, un cierre logrado, sino otra forma de manifestarse la imposibilidad del cierre. El nuevo orden no había convertido la promesa hecha a aquel resto en una igualdad efectiva; el viejo tampoco había conseguido eliminarlo enteramente. Permanecía en suspenso, relegado a los márgenes y, aun así, nunca borrado. Durante décadas seguiría latente, en silencio, en el texto constitucional, a la espera de un momento lejano en que alguien volviera a reivindicarlo.

El retroceso de la Reconstrucción no estaba escrito de antemano. El breve éxito de las Leyes de Ejecución de Grant demuestra que la inclusión podía sostenerse mientras el entramado estuviera dispuesto a seguir empleando su fuerza para protegerla. Si aquel resto acabó de nuevo en los márgenes, fue porque confluyeron factores que podrían haber tenido otro desenlace: el repliegue judicial, la crisis económica, el declive de la voluntad y aquel abismo, nunca salvado, entre reconocer la deuda y pagarla. Atribuir el retroceso a la traición de una sola persona o a una supuesta necesidad histórica impide ver lo que realmente fue: un desmantelamiento realizado por muchas manos y que no tenía por qué haber ocurrido así.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English