Séptimo ensayo: Pierce y Buchanan — El efecto bumerán del cierre
En este ensayo
- I. El efecto bumerán del cierre
- II. La Ley de Kansas-Nebraska: derribar la vieja línea
- III. Kansas sangrante: la soberanía popular se derrumba sobre el terreno
- IV. Un bastón en el Congreso: el derrumbe de la deliberación
- V. Dred Scott: imponer el cierre desde arriba
- VI. Lincoln, Douglas y Brown: el espacio constitucional se estrecha
- VII. Las elecciones de 1860: se deshace el entramado nacional de partidos
- VIII. El invierno secesionista de Buchanan: un callejón sin salida constitucional
- IX. Conclusión
I. El efecto bumerán del cierre
Al cerrar el ensayo anterior decíamos que la historia de Pierce y Buchanan era la del último intento, tan vano como los demás, de esta construcción institucional por cerrarse antes de la guerra civil. Entre la toma de posesión de Pierce en 1853 y la de Lincoln el 4 de marzo de 1861, lo que aún era un orden de compromisos en funcionamiento, aunque ya frágil, desembocó en un derrumbe institucional visible a simple vista.
La clave estructural de estos años puede formularse así: los mecanismos empleados para dar cabida a ese resto que era la esclavitud —la mediación de los partidos, los compromisos territoriales, la soberanía popular y, por último, el fallo del Tribunal Supremo— no se limitaron a fracasar uno tras otro. A menudo agravaron el conflicto que pretendían apaciguar. Ahí reside el verdadero significado estructural de los años de Pierce y Buchanan. El compromiso reabrió el problema; la soberanía popular lo militarizó; el caso Dred Scott quiso resolverlo desde arriba y para siempre, y lo que consiguió fue hacerlo estallar en la política.
Conviene vacunarse desde ahora contra una lectura demasiado fácil. Pierce y Buchanan suelen ocupar los últimos puestos en las clasificaciones de presidentes, pero sería mejor no contar estos años únicamente como la historia de dos personajes excepcionalmente desastrosos. Para entonces, la esclavitud estaba tan enredada con la expansión de la Unión, la competencia entre partidos y la teoría constitucional que casi cualquier rumbo de gobierno podía acabar derribando un pilar de la Unión para salvar otro.
Hay que distinguir esta etapa de los anteriores intentos fallidos de cierre. Si el Compromiso de Misuri y el de 1850 pudieron aplazar la explosión fue precisamente porque no ofrecían una respuesta inequívoca a aquel resto. Uno trazaba una línea; el otro dejaba una nube de ambigüedad. En el fondo, ambos eludían la cuestión y la posponían. Eludirla no la resolvía, pero permitía ganar tiempo. Los intentos de estos ocho años cambiaron de naturaleza. La soberanía popular quería que una votación local zanjara expresamente el problema; Dred Scott pretendía darle, desde la cúspide del Tribunal Supremo, una respuesta constitucional de una vez por todas. Ya no se trataba de esquivarlo, sino de acabar con él de verdad. Pero intentar poner un punto final inequívoco a un resto que no puede ser absorbido equivale a obligar a los dos bandos a poner sus cartas sobre la mesa. La evasión compra tiempo; exigir una respuesta definitiva prende la mecha.
II. La Ley de Kansas-Nebraska: derribar la vieja línea
La bisagra legislativa que encaminó esta construcción hacia el derrumbe fue la Ley de Kansas-Nebraska, impulsada por Stephen Douglas y firmada por Pierce el 30 de mayo de 1854. La ley organizaba los territorios de Kansas y Nebraska conforme al principio de soberanía popular: serían sus propios pobladores quienes decidirían sobre la esclavitud. Así sustituía la vieja línea territorial que había fijado el Compromiso de Misuri.
Reabrir la cuestión resultaba políticamente explosivo porque aquella línea nunca había sido una mera regla territorial: también era un dispositivo para mantener encauzados a los partidos. Una vez que el Congreso la abandonó, la expansión de la esclavitud dejó de ser un problema acotado y se convirtió en una prueba: ¿quedaba en esta construcción siquiera una regla federal que todas las partes aceptaran?
Las consecuencias políticas más inmediatas fueron el derrumbe de la coalición whig y la fundación del Partido Republicano en 1854. En sus comienzos, los republicanos no reclamaban la abolición inmediata de la esclavitud; su prioridad era impedir que se extendiera a los territorios. El programa republicano de 1856 declaraba que el partido reunía a quienes se oponían a la derogación del Compromiso de Misuri y a la expansión de la esclavitud hacia territorios libres. En él confluían antiguos whigs, partidarios del Suelo Libre y demócratas contrarios a la Ley de Kansas-Nebraska. La influyente investigación del historiador Gienapp subraya, además, que la formación del partido fue compleja y gradual: la moldeó la oposición a la esclavitud, pero también las presiones cruzadas de las culturas étnicas y del nativismo.
Dentro del marco que venimos siguiendo, el significado estructural está claro. La propia Ley de Kansas-Nebraska era un intento de cierre: mediante la soberanía popular, quería quitarse de encima el problema de la esclavitud en los territorios, sacarlo de la esfera federal y dejárselo a los pobladores de cada lugar. Pero, lejos de cerrar la cuestión, la abrió de par en par. Y de paso hizo añicos el más importante de los mecanismos de contención descritos en el ensayo anterior: los partidos que cruzaban las fronteras regionales.
III. Kansas sangrante: la soberanía popular se derrumba sobre el terreno
Kansas puso a prueba la soberanía popular sobre el terreno, y el resultado fue pésimo. Al territorio llegaron en masa pobladores partidarios y adversarios de la esclavitud; hombres armados de Misuri cruzaron una y otra vez la frontera para influir en las elecciones. La política local pronto dejó de parecerse al autogobierno electoral habitual. En 1856, una comisión de investigación de la Cámara de Representantes concluyó que todas las elecciones del territorio se habían llevado a cabo mediante incursiones organizadas desde Misuri y que su asamblea legislativa era un organismo constituido ilegalmente.
El resultado fue que, dentro de un mismo territorio, surgieron pretensiones de autoridad enfrentadas. Los partidarios de la esclavitud establecieron un gobierno; los pobladores que defendían un estado libre organizaron en Topeka un movimiento constituyente rival. La soberanía popular no produjo un veredicto mayoritario claro, sino soberanías en competencia, cada una de las cuales negaba la legitimidad de la otra. Después vino una violencia que duró años y que recibió los nombres de «guerra de la frontera» y «Kansas sangrante».
La soberanía popular no fracasó por falta de elegancia teórica. Fracasó porque no existían las condiciones que la hacían posible: un cuerpo electoral reconocido por todos, unas instituciones legítimas y una disposición compartida a aceptar la derrota. Kansas no tenía ninguna de las tres. La esclavitud, ese resto, era precisamente una cuestión en la que ninguno de los bandos podía aceptar perder: el derrotado se negaría, sin más, a reconocer la derrota. Si ambas partes consideran la victoria del adversario una pérdida que les resulta insoportable, llevar el asunto a las urnas no dará un veredicto. Dará dos gobiernos que se niegan mutuamente y una guerra civil sobre el terreno.
IV. Un bastón en el Congreso: el derrumbe de la deliberación
Mientras Kansas se desmoronaba sobre el terreno, casi al mismo tiempo se hundía en el Congreso la deliberación. El 22 de mayo de 1856, el representante Preston Brooks golpeó con un bastón al senador Charles Sumner en el salón de sesiones del Senado. En su discurso «El crimen contra Kansas», Sumner había presentado la lucha por aquel territorio como prueba de una ofensiva más amplia del poder esclavista. La represalia de Brooks hizo que la violencia dentro del propio Congreso pasara a formar parte de la crisis nacional.
El alcance estructural del episodio está en lo que puso en escena, de manera dramática: dentro de la institución que durante tanto tiempo había sido el escenario principal del compromiso entre regiones, se estaba deshaciendo la contención que la deliberación exige. Esta construcción daba cabida a los conflictos encerrando la lucha en la jaula de las reglas, y el Senado era uno de los recintos más importantes de esa jaula. Sumner lanzó con su discurso un ataque de la mayor dureza; eso estaba enteramente dentro de las reglas. Brooks respondió a bastonazos y devolvió a la violencia desnuda un conflicto que ya se había convertido en palabras. Con aquel retroceso no se perdió ni se ganó un debate: se deshizo el propio mecanismo que transformaba la violencia en deliberación.
Las elecciones de 1856 registraron ese mismo derrumbe en el mapa de los partidos. Buchanan ganó con 174 votos electorales; el republicano Frémont obtuvo 114; Fillmore, pese a reunir el 21,6 % del voto popular, solo consiguió ocho votos electorales. El recién nacido Partido Republicano se había convertido de inmediato en una fuerza principal del Norte, mientras que el espacio del antiguo Partido Whig había quedado reducido a la insignificancia. Para los demócratas, Buchanan tenía un valor particular: durante su etapa como representante diplomático en Gran Bretaña había estado fuera del país y, por ello, no cargaba con la mancha de la Ley de Kansas-Nebraska.
V. Dred Scott: imponer el cierre desde arriba
Ningún episodio encarna mejor el tema central de este ensayo que Dred Scott contra Sandford, resuelto el 6 de marzo de 1857. El Tribunal Supremo intentó fijar de un solo golpe, en una sola sentencia, la situación constitucional de la esclavitud en los territorios. Lo que hizo fue ensanchar el conflicto. La opinión mayoritaria, expresada por Taney, sostenía que los africanos traídos al país y vendidos como esclavos, así como sus descendientes, no estaban comprendidos entre los «ciudadanos» a los que se refería la Constitución y, por tanto, no podían reclamar los derechos de la ciudadanía federal; que el Congreso carecía de autoridad para prohibir la esclavitud en los territorios federales, por lo que la restricción territorial del Compromiso de Misuri era inválida; y que el derecho de propiedad sobre los esclavos estaba «clara y expresamente reconocido» en la Constitución.
En cuanto a la ciudadanía, Taney escribió que las personas de ese grupo, incluso si eran libres, no estaban incluidas, ni se había pretendido nunca incluirlas, en el término «ciudadanos» de la Constitución. Con ello llevó el hilo más profundo de esta serie a su expresión más hiriente. Desde el comienzo, el resto más hondo de esta construcción había sido la distancia entre el «todos somos iguales» inscrito en sus documentos fundacionales y la exclusión efectiva de las personas negras, las mujeres y los pueblos indígenas. Dred Scott incorporó directamente esa exclusión a la interpretación constitucional: declaró de forma expresa que ese grupo de personas negras no pertenecía al «pueblo» ni a los «ciudadanos» de los que hablaba la Constitución, y que jamás se había tenido la intención de incluirlas.
Al hablar de los límites de la comunidad política, hay que añadir un aspecto que suele pasar inadvertido. En aquella disputa, la política electoral seguía asentada en una premisa ampliamente aceptada por ambos bandos: era un ámbito masculino. Las mujeres podían ser ciudadanas sin que ello les diera acceso al voto ni a una participación política en pie de igualdad. En el eje racial, Dred Scott llevó la exclusión a su forma más hiriente e hizo estallar al país entero. En el eje del sexo, la exclusión de esos derechos políticos estaba tan arraigada que ni siquiera hacía falta una nueva sentencia para sostenerla. Pero ambas eran dos caras de un mismo resto. Ya en 1848, la convención por los derechos de las mujeres de Seneca Falls había puesto el dedo en ese punto: su declaración reescribía directamente la Declaración de Independencia para proclamar que todas las personas nacen iguales, hombres y mujeres.
La conducta de Buchanan en este asunto fue crucial. En su discurso de investidura del 4 de marzo de 1857, dos días antes de que se publicara la sentencia, afirmó que la cuestión de la esclavitud en los territorios estaba pendiente del Tribunal Supremo y pronto recibiría una «solución rápida y definitiva». Antes incluso de que se anunciara el fallo, ya había proclamado públicamente el desenlace judicial. Investigaciones modernas señalan que Buchanan había mantenido contactos con magistrados antes de la sentencia, en parte para favorecer una resolución de mayor alcance.
La ironía más profunda es que tanto Taney como Buchanan pretendían despolitizar la cuestión. Buchanan quería que el Tribunal Supremo la diera por zanjada; Taney también buscaba sacar la esclavitud de la desordenada arena de la política democrática. Sin embargo, el fallo volvió aún más difícil el compromiso. Los republicanos se negaron a reconocerlo como un arreglo final legítimo, y el ascenso de Lincoln después de 1857 resulta sencillamente incomprensible sin la reacción política contra Dred Scott.
También fue un momento decisivo en el hilo judicial de esta historia. En el tercer ensayo, Marbury sentó un precedente decisivo para el control judicial de constitucionalidad y afirmó que también el Ejecutivo estaba sujeto a la ley, sin llegar a dictar una orden que lo obligara a entregar el documento de nombramiento. En el quinto, Worcester mostró los límites de una victoria judicial para proteger a los más vulnerables cuando Jackson, en un primer momento, no obligó a Georgia a acatarla. Dred Scott marcó el tercer paso: el propio Tribunal Supremo quiso servirse de su autoridad para pronunciar la última palabra y enterrar aquel resto más profundo. No solo no logró cerrarlo; en el intento quemó también su autoridad como árbitro. En cuanto tomó partido, el otro bando dejó de ver en él a un árbitro: vio a un adversario.
VI. Lincoln, Douglas y Brown: el espacio constitucional se estrecha
Los debates entre Lincoln y Douglas de 1858 convirtieron la crisis posterior a Dred Scott en una controversia nacional. En su discurso «Una casa dividida», Lincoln sostuvo que una cadena de decisiones institucionales —legislativas, ejecutivas y judiciales— estaba conduciendo al país hacia una consagración constitucional cada vez más completa de la esclavitud. En Freeport preguntó a Douglas si los pobladores de un territorio podían excluir legalmente la esclavitud antes de constituirse en estado. La respuesta de Douglas intentó salvar la soberanía popular después de Dred Scott, pero agravó sus dificultades en el Sur: los demócratas sureños exigían cada vez más una protección federal explícita para la esclavitud en los territorios.
El ataque de John Brown a Harpers Ferry en 1859 trasladó la crisis del lenguaje político al miedo a la insurrección. Brown y veintiún seguidores tomaron el arsenal federal con la esperanza de encender una rebelión de esclavos más amplia. El ataque se desmoronó en unas treinta y seis horas; Brown fue capturado, juzgado y ejecutado. Las reacciones se dividieron tajantemente por regiones. Muchos blancos del Sur vieron en él la confirmación de su peor pesadilla, mientras que muchos abolicionistas del Norte lo veían cada vez más como un mártir.
Esta divergencia es decisiva porque ya no revelaba una mera diferencia de políticas, sino lecturas morales incompatibles de la propia violencia política. Cuando ni siquiera se comparte el juicio sobre si alguien es un mártir o un terrorista, se deshace el marco común dentro del cual se podía discrepar. La discrepancia deja de versar sobre las reglas y se convierte en el enfrentamiento entre dos mundos morales incompatibles. La divergencia institucional se había convertido, a estas alturas, en una divergencia de orden civilizatorio.
VII. Las elecciones de 1860: se deshace el entramado nacional de partidos
Las elecciones de 1860 mostraron la desintegración definitiva del entramado nacional de partidos. Había cuatro candidaturas principales: Lincoln por los republicanos, Douglas por los demócratas, John Breckinridge por los demócratas del Sur y John Bell por el Partido de la Unión Constitucional. Con el 39,8 % del voto popular, Lincoln obtuvo 180 votos electorales.
Lo que más importa ver aquí es la fractura del propio Partido Demócrata. Aquel partido nacional, que había abarcado el Norte y el Sur, terminó también partido en dos siguiendo las fronteras regionales: el Norte nominó a Douglas y el Sur presentó por separado a Breckinridge. Aquí concluye el hilo del sexto ensayo. La cláusula Wilmot había puesto en marcha la descomposición de los partidos que atravesaban las divisiones regionales; en 1860, el proceso estaba consumado. Ya no quedaba ningún partido verdaderamente nacional. Había desaparecido la última barrera que impedía al país rajarse de parte a parte por la línea geográfica: una identidad partidista que cruzaba esa línea. La máquina con la que esta construcción daba cabida a las disputas estaba ya desarmada.
VIII. El invierno secesionista de Buchanan: un callejón sin salida constitucional
Tras la elección de Lincoln, Carolina del Sur anunció su secesión el 20 de diciembre de 1860 y se convirtió en el primer estado en abandonar la Unión. La declaración que publicó cuatro días después no dejaba lugar a dudas sobre la esclavitud: denunciaba la creciente hostilidad de los estados no esclavistas hacia ella, acusaba al Norte de incumplir obligaciones constitucionales como la devolución de los esclavos fugitivos y vinculaba la victoria de Lincoln con una inminente política hostil al Sur. Fueron los propios dirigentes de Carolina del Sur quienes anunciaron al mundo que la esclavitud ocupaba el centro de su secesión. Para febrero de 1861, los representantes de seis estados habían aprobado ya una Constitución provisional de la Confederación.
La posición de Buchanan ante la crisis secesionista encarnó la parálisis de un orden constitucional cuyas categorías ya no encajaban con los hechos. En su cuarto mensaje anual, en diciembre de 1860, negó que una elección presidencial bastara para justificar una revolución; al mismo tiempo, argumentó que el Congreso no tenía poder para obligar a un estado a regresar a la Unión. Se preguntó si el Congreso estaba facultado para someter por la fuerza a un estado y respondió que no, después, según explicó, de haberlo meditado seria y repetidamente. La secesión era ilegal, pero no se podía recurrir a la coerción: esa combinación resume con exactitud la impotencia del Ejecutivo durante el último invierno de Buchanan.
Por eso, la llamada debilidad de Buchanan no debería reducirse sin más a cobardía, aunque sus decisiones agravaron sin duda la crisis. Se encontraba al final de una cadena: las fórmulas de compromiso se habían agotado, la mediación de los partidos se había derrumbado y el Tribunal Supremo había arruinado su propia condición de árbitro. La lógica constitucional de la que disponía no le ofrecía ni un arreglo estable ni una teoría coherente del uso de la fuerza. Ese era el callejón sin salida constitucional al que había llegado esta construcción: su propia lógica ya no le daba ningún medio de mantenerse unida, salvo la guerra.
IX. Conclusión
Al situar estos ocho años de Pierce y Buchanan dentro de la serie, lo que más merece quedar en la memoria es el juicio que recorre todo el ensayo: el efecto bumerán del cierre.
En los ensayos anteriores, el Compromiso de Misuri y el de 1850 habían sido cierres fallidos, pero al menos consiguieron aplazar la explosión. Durante estos ocho años, cada esfuerzo por dar cabida a aquel resto dejó de retrasarla y pasó a adelantarla. La Ley de Kansas-Nebraska reabrió la cuestión mediante la soberanía popular y acabó haciendo añicos los partidos que cruzaban las fronteras regionales. Kansas sangrante mostró cómo, al entrar en contacto con facciones organizadas, la soberanía popular se descomponía en soberanías rivales y en una guerra civil sobre el terreno. Dred Scott quiso imponer desde la instancia más alta un cierre de una vez por todas; terminó radicalizando a la oposición y quemando la autoridad del propio Tribunal Supremo. Las elecciones de 1860, por su parte, dejaron al descubierto un sistema de partidos que ya no podía mediar a escala nacional.
La razón más profunda de esta sucesión de fracasos sigue siendo la misma que vuelve una y otra vez: la esclavitud, ese resto, no puede ser afirmada de manera inequívoca ni negada de manera inequívoca, y por eso esta construcción no puede absorberla de verdad. Cuanto más tajante es la respuesta que se le quiere dar, con más violencia estalla. A la vez, el destino de John Brown reveló un derrumbe aún más hondo: los estadounidenses ya no eran capaces de compartir siquiera un juicio sobre si un hombre que ejercía la violencia contra la esclavitud era un mártir o un terrorista. Se había deshecho el propio marco común que les permitía discrepar. La divergencia institucional se había convertido en una divergencia de orden civilizatorio.
Lo que viene ahora es la época en que, por primera vez, esta construcción tendrá que responder a la pregunta de si puede sobrevivir recurriendo a la guerra, y ya no a la contención de sus conflictos. La ironía más profunda es que, para conservar la Unión y hacer que la promesa de que «todos somos iguales» alcance por fin a más personas, necesitará movilizar una fuerza coercitiva sin precedentes desde la fundación del país. Esa es la historia de Lincoln.
Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English