Ensayo VI: De Van Buren a Fillmore. El fin de la evasión procedimental
En este ensayo
- I. El fin de la evasión procedimental
- II. Un pánico y un presidente destruido
- III. El precedente Tyler: un presidente sin partido
- IV. El destino manifiesto y la atracción de la expansión
- V. La guerra contra México y el regreso de la esclavitud al centro
- VI. La cláusula Wilmot: el viejo sistema de partidos ya no daba abasto
- VII. El Compromiso de 1850: ganar tiempo mediante la ambigüedad
- VIII. La Ley de Esclavos Fugitivos: la maquinaria coercitiva de la esclavitud se extiende a todo el país
- IX. Conclusión
I. El fin de la evasión procedimental
Al final del ensayo anterior señalábamos que aquella grieta geográfica, trazada por primera vez en Misuri, se iría ahondando palmo a palmo con las anexiones y la expansión. Los dieciséis años que van de la llegada de Van Buren a la presidencia, en 1837, a la salida de Fillmore, en 1853, cuentan precisamente esa transformación: una fisura que todavía podía esquivarse mediante procedimientos acabó convertida en una falla que atravesaba casi todo.
La manera más precisa de captar el significado estructural de este período es la siguiente. Hasta entonces, la esclavitud, el resto más profundo, todavía encontraba a menudo un acomodo provisional en la evasión procedimental. Un paralelo, un compromiso, unas palabras ambiguas bastaban para circunscribirla a un espacio geográfico y dejar que el resto de la política nacional siguiera su curso. Pero durante estos dieciséis años casi todos los grandes asuntos del país empezaron a remitir a una misma pregunta. Los bancos, la composición de los partidos, la expansión territorial, las guerras exteriores, la admisión de nuevos estados, la aplicación de las leyes federales e incluso la sucesión presidencial terminaban llevándonos a ella: ¿podía extenderse la esclavitud y hasta dónde? Esa cadena no es un artificio con el que la posteridad haya enlazado acontecimientos inconexos. Fue la secuencia que vivieron sus contemporáneos, eslabón tras eslabón.
Conviene establecer desde el principio un juicio para evitar una forma de contar esta historia en la que es muy fácil caer. No se trata de una sucesión de presidentes débiles entre los que aparece, de vez en cuando, un expansionista lleno de energía. Las limitaciones que afrontaban no eran meramente personales, sino estructurales: partidos divididos, negociaciones y regateos centrados en el Senado, territorios cuyo porvenir seguía sin resolverse y una disputa sobre la esclavitud que ya no aceptaba quedarse dócilmente dentro de las viejas demarcaciones. Dicho de otro modo, los antiguos recursos con que esta construcción había dado cabida a su resto más profundo estaban fallando uno tras otro.
Hasta entonces, esta construcción había contenido la esclavitud recurriendo sobre todo a una separación espacial: encerrarla en el Sur y trazar una línea geográfica entre esclavitud y libertad. El método tenía una premisa fatal: exigía que el territorio dejara de cambiar. Sin embargo, una fuerza de atracción empujaba a esta construcción a expandirse sin cesar. No había manera de detenerla. Cada nueva extensión de tierra obligaba a formular la misma pregunta: ¿esto cuenta como Sur o como Norte? Y había que volver a trazar la línea. En esos dieciséis años estalló por completo la contradicción que el sistema llevaba dentro.
II. Un pánico y un presidente destruido
Van Buren llegó al poder justo cuando Estados Unidos se precipitaba en el pánico de 1837. La recesión nació de la superposición de presiones internas e internacionales: la destrucción del Segundo Banco de Estados Unidos por Jackson, el recurso a los llamados «bancos favoritos», la expansión de la especulación con tierras, la Circular de la Moneda que exigía pagar las tierras con moneda metálica, la contracción financiera británica y la exigencia de los bancos estadounidenses de que se les devolvieran los préstamos.
La principal respuesta institucional de Van Buren fue el Tesoro Independiente. La ley que lo establecía se aprobó finalmente en 1840 y puso los fondos federales bajo la administración del propio Departamento del Tesoro, en lugar de confiarlos a bancos comerciales. Los whigs la derogaron en 1841; en 1846, durante la presidencia de Polk, el sistema se restableció de una forma más duradera. El Tesoro Independiente fue uno de los legados institucionales más persistentes del constitucionalismo jacksoniano de la moneda metálica. Pero también representaba la decisión de no reconstruir un centro financiero. La estructura de las finanzas seguía sin resolverse.
En el terreno político, en cambio, la depresión acabó por completo con Van Buren. En 1840 quebraban los bancos, los depositantes perdían su dinero y los agricultores se arruinaban; la crisis había destrozado la fuerza de los demócratas en el Congreso. De ahí la fama de las elecciones de aquel año. Los whigs presentaron a Harrison y Tyler y, haciendo campaña con la cabaña de troncos y la sidra como emblemas, convirtieron a Harrison en un héroe del pueblo y a Van Buren en un señorito de aires aristocráticos. Hay aquí una rectificación importante que aporta la mirada actual: aquellos personajes de campaña invertían por completo la realidad. Harrison procedía de una familia adinerada; Van Buren, en cambio, se había criado en una familia de taberneros de origen bastante más humilde.
III. El precedente Tyler: un presidente sin partido
La muerte repentina de Harrison, en abril de 1841, planteó el primer problema constitucional que puso verdaderamente a prueba la sucesión presidencial. El artículo II de la Constitución no dejaba claro a qué se refería la expresión «lo mismo»: si, al morir el presidente, lo que pasaba al vicepresidente era el cargo mismo o solo sus poderes y deberes. Tyler rechazó la interpretación más limitada. Insistió en que se lo llamara presidente y se negó a aceptar el título de «presidente en funciones». El Congreso reforzó después su pretensión al dirigirse a él como presidente.
El llamado «precedente Tyler» no nació de una claridad constitucional que se impusiera por sí sola. Fue una solución institucional producida por la reivindicación de Tyler, la aquiescencia del Congreso y la reiteración posterior del precedente. La Vigesimoquinta Enmienda terminó incorporando esa interpretación al texto de la Constitución. La regla de sucesión, al igual que la limitación de la reelección presidencial mencionada antes, pasó primero por el precedente y solo después por la norma escrita.
Pero el éxito constitucional de Tyler no se tradujo en una situación partidista que le permitiera gobernar. Antiguo demócrata, había sido elegido para acompañar al candidato whig por razones de equilibrio regional y entre facciones. Poco después de asumir la presidencia vetó la legislación bancaria de los whigs, alegando su inconstitucionalidad y los derechos de los estados. El partido lo expulsó formalmente. La situación de Tyler tenía una doble cara: no podía articular un programa de gobierno coherente, pero demostró que un presidente sin apoyo de partido aún podía servirse del veto para frenar a una mayoría del Congreso. Aquel poder de veto que Jackson había ampliado enormemente se había convertido en un arma presidencial que seguía funcionando incluso sin un partido detrás.
IV. El destino manifiesto y la atracción de la expansión
La anexión de Texas ya había reabierto la cuestión del territorio y de la esclavitud antes de que Polk asumiera la presidencia. Tyler retomó las negociaciones de anexión en 1844, pero no logró reunir los dos tercios de los votos del Senado. Poco antes de dejar el cargo recurrió entonces a una resolución conjunta, que solo requería una mayoría simple en cada cámara. Con el apoyo de Polk, ya elegido presidente, Texas ingresó en la Unión como estado esclavista en diciembre de 1845.
Fue entonces cuando empezó a circular la expresión «destino manifiesto». En 1845, al defender la anexión de Texas, el editor John O’Sullivan escribió que Estados Unidos tenía un destino manifiesto que lo llamaba a extenderse por todo el continente. Aquella retórica fundía el lenguaje de la providencia, la confianza en el crecimiento demográfico, el antagonismo hacia Europa y una teoría según la cual la migración y el asentamiento otorgaban derechos políticos. Además, ignoraba sin el menor disimulo la soberanía de México y las entidades políticas indígenas.
Las investigaciones más recientes y la historia dirigida al gran público insisten más en la conquista, las jerarquías raciales, el despojo de los pueblos indígenas y la supresión de mexicanos e indígenas como actores políticos del relato. Los estudios sobre la frontera también han señalado que una narración de las relaciones entre estados limitada a Washington y Ciudad de México deja muy poco espacio conceptual para potencias indígenas como los comanches, apaches y navajos, que controlaban vastas extensiones del norte de México.
Polk estaba dispuesto a lanzar bravatas ante Gran Bretaña, pero reservó la coacción más dura para México. El Tratado de Oregón de 1846 acabó fijando la frontera en el paralelo 49 norte, no en los 54 grados y 40 minutos de la consigna. La atracción de la expansión volvía a hacerse visible: extender el territorio de la libertad y conquistar y despojar a mexicanos e indígenas eran las dos caras de un mismo movimiento expansivo. Y cada avance hacia el exterior volvía a activar ese resto que era la esclavitud.
V. La guerra contra México y el regreso de la esclavitud al centro
Tras la anexión, Polk envió tropas a la franja disputada entre el río Nueces y el río Grande. También mandó una misión para negociar la compra de California y Nuevo México. Cuando la misión fracasó y se produjeron enfrentamientos con derramamiento de sangre, utilizó la noticia de esa sangre derramada para conseguir que el Congreso apoyara la guerra. Es indispensable dejarlo claro: los combates se produjeron en un territorio disputado, no en suelo cuya pertenencia a Estados Unidos estuviera fuera de discusión.
Las «resoluciones sobre el lugar exacto» de Abraham Lincoln formularon con una precisión poco común el argumento constitucional de los whigs. Lincoln exigía a Polk que señalara el punto exacto donde se había derramado sangre de ciudadanos estadounidenses y que aclarara si aquel lugar era territorio español o mexicano. Cuestionaba así la fórmula políticamente más eficaz de Polk: «sangre estadounidense derramada en suelo estadounidense». El Ejecutivo no podía convertir una frontera disputada en territorio nacional indiscutible por el mero hecho de enviar tropas a ella e invocar después el conflicto resultante.
Desde Washington, que se apoyaba en los precedentes, pasando por Jefferson, que aprovechaba la atracción de los hechos consumados, hasta Polk, que puso en marcha una guerra mediante un enfrentamiento fronterizo, la capacidad de iniciativa presidencial en política exterior y asuntos bélicos se había ampliado paso a paso. Esta vez Polk llegó especialmente lejos: prácticamente creó con sus propias manos las condiciones de la guerra al disponer el despliegue de las tropas. La importancia de las resoluciones de Lincoln radica precisamente en que dejaron al descubierto esa maniobra. Este resto, el del poder de guerra del Ejecutivo, no quedó resuelto entonces y tampoco se resolvería después. Volvería a aparecer una y otra vez en guerras posteriores.
La guerra desembocó en el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848. México cedió unas 525.000 millas cuadradas. Si se cuenta también la renuncia a sus reivindicaciones territoriales sobre Texas, perdió aproximadamente el 55 % del territorio que había reclamado antes de la guerra. La cesión incluía tierras que hoy forman parte de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona y Colorado. Y esas tierras devolvieron de inmediato la cuestión de la esclavitud al centro mismo de la política nacional.
VI. La cláusula Wilmot: el viejo sistema de partidos ya no daba abasto
El giro decisivo que convirtió la política de la guerra en política de bloques regionales fue la cláusula Wilmot. En agosto de 1846, David Wilmot propuso añadir a un proyecto de ley de financiación de la guerra una restricción muy sencilla: prohibir la esclavitud en cualquier territorio que se adquiriera de México. La cláusula nunca llegó a convertirse en ley. Pero su importancia reside precisamente en ese fracaso.
Bastó con plantearla para que ya no se pudiera separar la adquisición de territorio de la expansión de la esclavitud. También comenzó a desgarrar a los partidos nacionales siguiendo las divisiones regionales: los demócratas y los whigs del Norte podían unirse en su apoyo frente a la resistencia del Sur. La propuesta actuó como un mecanismo revelador: las alianzas que atravesaban las regiones dentro del viejo sistema de partidos ya no podían absorber de manera fiable la cuestión de la esclavitud.
Este hecho tiene un peso enorme dentro de nuestro marco. Lo que esta construcción podía contener eran conflictos partidistas transversales: diferencias de opinión que agrupaban a las personas de distintas maneras, con divisiones que se cruzaban entre sí sin coincidir con un territorio determinado. Lo que no podía contener era una disputa que partiera el país en dos siguiendo una línea geográfica. La cláusula Wilmot puso de manifiesto que empezaba a fallar la maquinaria con la que esta construcción había dado cabida a los conflictos: los partidos que atravesaban las fronteras regionales. Cuando la expansión de la esclavitud empezó a separar a los miembros norteños y sureños de un mismo partido, cuando los propios partidos comenzaron a resquebrajarse por aquella línea, los cauces que contenían las disputas se fueron alineando con la geografía. Era precisamente la situación más peligrosa, la que nos preocupaba en el ensayo anterior, hecha realidad por primera vez en el plano de los partidos nacionales.
VII. El Compromiso de 1850: ganar tiempo mediante la ambigüedad
California convirtió enseguida el problema territorial en una crisis inmediata. El descubrimiento de oro en enero de 1848 y la afluencia de inmigrantes aceleraron su camino hacia la condición de estado. Los californianos aspiraban a entrar en la Unión con una constitución de estado libre. Eso amenazaba el equilibrio entre estados libres y esclavistas que se había mantenido en el Senado desde Misuri.
El Compromiso de 1850 no fue una sola ley, sino cinco. California entró como estado libre; Utah y Nuevo México recibieron gobiernos territoriales; se fijó la frontera de Texas; se abolió el comercio de esclavos en el Distrito de Columbia, y el Congreso aprobó una ley de esclavos fugitivos más severa. Clay puso en marcha el intento de alcanzar un arreglo, pero, después de que el Senado rechazara el paquete conjunto, Stephen Douglas lo desglosó y consiguió que los proyectos se aprobaran por separado. Zachary Taylor se había opuesto al plan en vida. Al asumir la presidencia, Fillmore cambió de rumbo, lo respaldó y firmó las leyes.
Aquí merece hacerse explícita otra rectificación que aporta la mirada actual. Los textos del arreglo referidos a Nuevo México y Utah eran deliberadamente ambiguos. Al organizar esos territorios no establecían ninguna restricción federal expresa a la esclavitud, sino que aplazaban la cuestión y dejaban su futuro en manos de la política territorial y estatal que vendría después. La fórmula característica de aquel compromiso consistía en ganar tiempo mediante la ambigüedad, en lugar de resolver la cuestión sobre la base de un principio.
El Compromiso de 1850 fue uno de los ejemplos más claros de un cierre fallido sobre un resto imposible de absorber. Misuri había recurrido a una línea geográfica precisa; en 1850 se recurrió a la ambigüedad deliberada. Los métodos parecen opuestos: uno busca la claridad; el otro, la indefinición. Pero su destino es el mismo. Tanto si se intenta mantener a raya ese resto que no se puede ni afirmar ni negar con una línea nítida como si se lo envuelve en una ambigüedad calculada, el resultado es que no se lo consigue contener.
VIII. La Ley de Esclavos Fugitivos: la maquinaria coercitiva de la esclavitud se extiende a todo el país
La parte más explosiva del compromiso fue la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850. Exigía a los agentes detener a los presuntos fugitivos basándose únicamente en la declaración jurada de quien los reclamaba. Pagaba diez dólares a los comisionados si fallaban a favor del reclamante, pero solo cinco si consideraban insuficientes las pruebas. Además, castigaba con multas de hasta mil dólares y penas de hasta seis meses de prisión a cualquiera que obstaculizara una detención u ocultara a un fugitivo. La ley también privaba a los acusados del derecho a un juicio con jurado y les prohibía declarar en su propia defensa.
Esa ley constituye el verdadero punto de inflexión estructural de este ensayo. Reforzó la maquinaria coercitiva de la esclavitud a escala nacional. La Constitución y la ley de 1793 ya permitían reclamar a los fugitivos de un estado en otro; la novedad de 1850 fue intensificar la ejecución federal de esas obligaciones. Hasta entonces, muchos habitantes del Norte todavía podían imaginar la esclavitud como algo que ocurría en el Sur, lejos de ellos. Ahora era algo que el poder federal imponía en sus propias comunidades. La clave del viejo método con que esta construcción daba cabida a ese resto que era la esclavitud consistía en circunscribirlo geográficamente. La Ley de Esclavos Fugitivos hizo mucho más difícil sostener esa ilusión de separación espacial. El resto más profundo desbordaba de manera cada vez más visible el ámbito geográfico al que se pretendía confinarlo, y su imposición por la fuerza adquiría un alcance federal más intenso.
La Ley de Esclavos Fugitivos también obligó a cada persona corriente del Norte a tomar una decisión personal ante ese resto. Mientras aún podía imaginar una separación espacial, alguien del Norte podía creer que bastaba con no hacer nada para mantener una distancia moral. La ley quebró esa posibilidad de sentirse al margen: colaborar, mirar sin intervenir o resistirse eran las opciones, y cualquiera de ellas suponía estar ya implicado. Una vez que el resto más profundo desbordaba los límites geográficos en los que lo habían encerrado, dejaba de ser un problema abstracto que pudiera contemplarse desde lejos. Se convertía en una realidad concreta que se plantaba ante cada persona y le exigía pronunciarse.
La novela de Harriet Beecher Stowe apareció primero por entregas entre 1851 y 1852. Publicada como libro en 1852, vendió alrededor de trescientos mil ejemplares durante su primer año. Su alcance y las reacciones que provocó están fuera de duda: se convirtió en un fenómeno antiesclavista de masas, intensificó el debate público y ahondó la polarización regional. Su escritura estuvo directamente ligada a la Ley de Esclavos Fugitivos. Transformó la conmoción moral que aquella ley había provocado en una experiencia de lectura compartida por millones de personas.
IX. Conclusión
Si situamos de nuevo en el conjunto de esta serie los dieciséis años que van de Van Buren a Fillmore, lo que más importa recordar es el giro estructural que recorre todo el ensayo: la esclavitud, el resto más profundo, había escapado del recipiente de la evasión procedimental.
La atracción de la expansión lo reactivó una y otra vez. Cada nueva adquisición territorial, desde Texas hasta las tierras cedidas por México, volvía a colocarlo de inmediato en el centro. La maquinaria de partidos que contenía las disputas empezó a resquebrajarse siguiendo las líneas geográficas. La cláusula Wilmot reveló que las alianzas interregionales de los viejos partidos ya no podían darle cabida. Y la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850 socavó la posibilidad de imaginarlo aislado en el Sur, reforzando la presencia de su maquinaria coercitiva federal en las comunidades del Norte.
En cuanto a los distintos compromisos de aquellos años, la forma más precisa de entenderlos es ver en ellos sucesivos cierres fallidos sobre un resto imposible de absorber. Misuri recurrió a un paralelo; 1850, a un conjunto de leyes ambiguas. El método era el mismo: mediante arreglos espaciales y procedimentales, mantener provisionalmente a raya una realidad de dos caras inseparables. Todos rebajaron la temperatura a corto plazo, pero a medio plazo elevaron las apuestas morales y constitucionales. Porque aquel resto no podía ser afirmado ni negado, cada intento de aplastarlo solo lo desplazaba hacia el futuro y, al mismo tiempo, aumentaba la fuerza con la que volvería a alzarse.
Lo que viene a continuación es la época en que la capacidad de esta construcción para dar cabida a los conflictos falla por completo. Una nueva ley que intenta resolver la cuestión territorial mediante la decisión de sus habitantes convertirá Kansas en un campo de batalla ensangrentado. Y una sentencia del Tribunal Supremo que pretende zanjar de una vez por todas el problema de la esclavitud llevará esta construcción al borde de la ruptura. Esa es la historia de Pierce y Buchanan. Es también la del último intento, tan vano como los anteriores, de cerrar esta construcción antes de la guerra civil.
Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English