Ensayo octavo: Lincoln (I) — Reescribir para preservar
En este ensayo
- I. La supervivencia se decide en la guerra
- II. Una toma de posesión en plena crisis y el fuerte Sumter
- III. El fin de la ilusión de una guerra breve y los límites que imponían los estados fronterizos
- IV. La expansión del poder presidencial durante la guerra
- V. Del contrabando de guerra a las leyes de confiscación
- VI. La Proclamación de Emancipación: una medida de guerra
- VII. Los liberados se convierten en libertadores
- VIII. A modo de cierre
I. La supervivencia se decide en la guerra
Al terminar el ensayo anterior decíamos que, para aquel invierno de Buchanan, esta construcción había llegado a su callejón constitucional sin salida. El conflicto había escapado de todas sus jaulas y la lógica de la propia construcción ya no encontraba otra respuesta que la guerra. Desde la toma de posesión de Lincoln, en marzo de 1861, hasta la entrada en vigor de la Proclamación de Emancipación, en enero de 1863, la construcción tuvo que responder por primera vez a la pregunta de si podía sobrevivir, y hacerlo ya no dando cabida al conflicto, sino librando una guerra.
Es muy fácil contar este período como la historia de un gran hombre cuya voluntad logra detener el desastre. Pero ese relato deja fuera su verdadera estructura. Lo decisivo no es la voluntad personal de Lincoln, sino dos procesos que avanzan a la vez y se entrelazan. Por un lado, la Unión, enfrentada a una crisis de vida o muerte, amplía con rapidez el poder ejecutivo en tiempo de guerra bajo el impulso del presidente. Por otro, la esclavitud, a la que se había procurado mantener en los márgenes del sistema y tratar como una institución local, va entrando, empujada por la lógica bélica, en el centro de la agenda federal. Durante todo este período, Lincoln sostuvo que la Unión no podía dividirse; sin embargo, los medios a los que recurrió para preservarla terminaron reescribiendo la relación entre la Unión y la esclavitud. Ese es el verdadero asunto de este ensayo: para preservar la construcción, acabó siendo necesario transformarla.
Esa necesidad encierra una paradoja profunda. La construcción se había diseñado precisamente para no buscar el cierre, para no eliminar el conflicto, sino para levantar jaulas en las que este pudiera seguir desarrollándose a la vista de todos. Ahora, sin embargo, su resto más profundo se había escapado de todas ellas. El camino de darle cabida había llegado a su fin. Solo quedaba uno: combatir. Y para combatir, la construcción tenía que convertirse en algo que hasta entonces no había sido: un Estado de guerra que movilizaba, imponía el reclutamiento obligatorio, decretaba bloqueos y suspendía el habeas corpus. Además, tenía que poner las manos en aquel resto que siempre había dejado en los márgenes, sin atreverse nunca a abordarlo de frente. Para esta construcción, la guerra no fue solo una prueba venida de fuera. Fue también una reescritura de sí misma.
Conviene fijar desde el principio una cautela histórica: no contar este período como una secuencia recta de «primero salvar la Unión, después abolir la esclavitud». Sería más exacto decir que Lincoln mantuvo durante mucho tiempo la preservación de la Unión en el primer plano de su discurso público, mientras la propia guerra alteraba sin cesar los límites de lo políticamente posible. Así, las medidas contra la esclavitud fueron pasando de ser un instrumento periférico a formar parte de los objetivos de la guerra.
II. Una toma de posesión en plena crisis y el fuerte Sumter
Cuando Lincoln prestó juramento, el 4 de marzo de 1861, la crisis de la Unión ya no era un peligro latente: la ruptura era un hecho. Antes de que asumiera oficialmente la presidencia, siete estados esclavistas se habían separado de la Unión y habían constituido un gobierno confederado en Montgomery. Su primer discurso de investidura hacía, por tanto, dos cosas a la vez. Por una parte, trataba de tranquilizar expresamente al Sur, declarando que no tenía intención de intervenir en los estados donde ya existía la esclavitud. Por otra, negaba sin rodeos que un estado pudiera separarse legalmente de la Unión por decisión unilateral. Aquel «no somos enemigos, sino amigos» del final no era un vuelo lírico en el vacío. Era el intento de sostener un último equilibrio constitucional entre dos exigencias: no intervenir en la esclavitud allí donde ya existía y no permitir la división de la Unión.
Lincoln no envió de inmediato un gran ejército a reforzar el fuerte Sumter. Organizó una expedición que intentaría primero llevar provisiones al fuerte y notificó al gobernador de Carolina del Sur las condiciones: si no se obstaculizaba el abastecimiento, no enviaría hombres, armas ni municiones sin otro aviso, salvo que el fuerte fuera atacado. Era una maniobra eminentemente política: buscaba cargar, en la medida de lo posible, sobre la Confederación la responsabilidad de abrir las hostilidades. Esta exigió luego la evacuación del fuerte y, ante la negativa, abrió fuego al amanecer del 12 de abril de 1861. Al cabo de unas treinta y cuatro horas, el comandante de la guarnición se rindió. Que el Sur disparara primero tuvo una enorme importancia política. Permitió a Lincoln transformar una disputa sobre la secesión en una movilización mucho más amplia del Norte para sofocar una rebelión.
Tras la caída de Sumter, Lincoln emitió el 15 de abril una orden de llamamiento y pidió a los estados setenta y cinco mil milicianos. Los estados del Alto Sur que hasta entonces no se habían separado reconsideraron la situación. Virginia, Arkansas, Tennessee y Carolina del Norte abandonaron después la Unión. El lenguaje con el que la construcción daba cabida a sus conflictos había cedido ya por completo ante la lógica de la fuerza.
III. El fin de la ilusión de una guerra breve y los límites que imponían los estados fronterizos
La primera batalla de Manassas hizo añicos la ilusión de sofocar la rebelión en poco tiempo. Para cuando llegó Antietam, en el otoño de 1862, la realidad del campo de batalla era todavía más brutal. Las fuentes ofrecen pequeñas diferencias en el número total de bajas: las estadísticas oficiales más citadas hablan de algo más de veintidós mil setecientas, aunque otros recuentos superan las veintitrés mil. Sea cual sea la cifra que se adopte, Antietam se considera de manera general la batalla con más bajas en un solo día de toda la historia de Estados Unidos.
Para Lincoln, no era solo el campo de batalla lo que al principio ataba las manos a su política contra la esclavitud. También lo hacían los estados esclavistas fronterizos. Que Maryland, Kentucky, Misuri y Delaware permanecieran en la Unión constituía una de las condiciones fundamentales de todos sus cálculos políticos iniciales. En su llamamiento a los representantes de esos estados, el 12 de julio de 1862, él mismo afirmó que aquellos representantes tenían en sus manos una capacidad de hacer el bien mayor que la de cualquier otro grupo de representantes del mismo tamaño. Queda claro, pues, que entre 1861 y 1862 su política contra la esclavitud debía subordinarse a una prioridad superior: los estados fronterizos no podían pasarse a la Confederación.
Ese límite era, por sí mismo, una manifestación particularmente aguda de la doble cara del resto más profundo de la construcción en tiempo de guerra. Los estados fronterizos seguían dentro de la Unión, pero eran esclavistas. Para retenerlos, Lincoln tenía que evitar que la guerra pareciera dirigida contra la esclavitud misma; de lo contrario, podían inclinarse hacia el Sur en cualquier momento. Incluso cuando la guerra obligaba por fin a afrontarlo, aquel resto seguía imponiendo, a su manera, límites al modo en que se lo podía afrontar.
Por eso Lincoln insistía públicamente, en los primeros tiempos, en que el objetivo de la guerra era preservar la Unión, no abolir directamente la esclavitud. En su carta del 22 de agosto de 1862 al periodista Horace Greeley escribió que su objetivo primordial en aquella lucha era salvar la Unión, y no salvar ni destruir la esclavitud. El contexto político de la carta es decisivo: se publicó en el espacio de la opinión pública y respondía a la necesidad de mantener el apoyo de los estados fronterizos y de los conservadores del Norte. Aquí importa corregir una lectura histórica demasiado mecánica. La carta no puede tomarse como una confesión íntima de que a Lincoln la abolición le daba igual: apenas un mes antes, el 22 de julio, ya había presentado a su gabinete un primer borrador de la Proclamación de Emancipación.
IV. La expansión del poder presidencial durante la guerra
Desde el punto de vista de la historia institucional, lo más llamativo de 1861 es que Lincoln adoptó primero una serie de medidas de guerra de enorme trascendencia, mientras el Congreso no estaba reunido, y pidió después su ratificación. El 15 de abril llamó a setenta y cinco mil milicianos; el 19 anunció el bloqueo de los puertos de los siete estados que se habían rebelado inicialmente; el 27 autorizó a los militares a suspender, cuando fuera necesario, el habeas corpus en la zona de la línea militar entre Filadelfia y Washington. En su mensaje extraordinario del 4 de julio reconoció públicamente que se había arriesgado a actuar «ante la demanda popular y la necesidad pública», y admitió que aquellas medidas, «fueran o no estrictamente legales, se habían tomado primero, para pedir después la aprobación del Congreso».
La controversia sobre el habeas corpus es el ejemplo más característico de la expansión presidencial en esta etapa. Al principio, el 27 de abril de 1861, Lincoln solo había autorizado la suspensión de esa garantía, en caso necesario, a lo largo de la línea entre Filadelfia y Washington. El caso Merryman, que vino después, no dio lugar a una sentencia formal del Tribunal Supremo en pleno: lo conoció su presidente, el juez Taney, actuando como juez de circuito. La tesis central de Taney era inequívoca. El presidente no podía suspender unilateralmente el habeas corpus; solo el Congreso tenía esa potestad. Además, los militares no estaban facultados para mantener recluidos durante largos períodos, como presos militares, a civiles ordinarios no sujetos a la jurisdicción militar. Taney llegó a escribir que, si el presidente podía suspender esa garantía, tendría en sus manos un poder más arbitrario y absoluto que el de la Corona británica.
Pero lo más importante es que Lincoln no retiró su política a raíz del pronunciamiento de Taney. La defendió públicamente en el mensaje del 4 de julio: la Constitución permitía suspender esa garantía en caso de rebelión o invasión; lo que no decía expresamente era a cuál de los poderes correspondía hacerlo. La construcción no había dispuesto de antemano una atribución nítida para el estado de excepción; quizá ni siquiera podía hacerlo. Lo que sí podía hacer era volver a encauzar, mediante la ratificación posterior del Congreso y la celebración de elecciones según lo previsto, aquella potestad excepcional que el presidente se había adelantado a ejercer, y devolverla al marco de contrapesos.
La discusión histórica sobre el conjunto de esta ampliación de poderes en tiempo de guerra sigue sin cerrarse del todo. Las interpretaciones clásicas más tempranas tendían a incluir a Lincoln en la categoría de la «dictadura constitucional». Estudios posteriores han tratado de revisar esa descripción: subrayan que Lincoln no suprimió las elecciones, no disolvió el Congreso y buscó una y otra vez el respaldo legislativo, de modo que no cabe equipararlo sin más con un régimen propiamente dictatorial. Para este ensayo resulta más útil mantener a la vista las distintas interpretaciones que dictar sentencia a favor de una de ellas: una apuesta constitucional necesaria, un peligroso precedente de extralimitación y una manera de gestionar la crisis que conserva las formas mientras ensancha el poder efectivo.
Aquí hay que retomar el hilo que venimos siguiendo a lo largo de la serie. Washington se apoyaba en el precedente; Jefferson, en la fuerza de atracción de los hechos consumados; Jackson, en el mandato directo de la voluntad popular; Polk ponía en marcha una guerra a partir de un choque fronterizo. Con Lincoln, la expansión del ejecutivo alcanzó una cumbre propia del tiempo de guerra. Pero hay una diferencia que importa especialmente para esta construcción estadounidense: por violenta que fuera la ampliación de sus poderes, Lincoln se mantuvo dentro de las formas institucionales. Las elecciones se celebraban, el Congreso se reunía y ratificaba, los tribunales seguían haciendo oír su oposición. La guerra amplificó el impulso de cierre, pero no se permitió que este se convirtiera en la construcción misma. Esa es la frontera decisiva que la separa de una verdadera dictadura.
V. Del contrabando de guerra a las leyes de confiscación
Si la expansión del poder presidencial constituye uno de los hilos de este período, el otro es el paso de la esclavitud, a través de la guerra, de institución local a asunto central de la política bélica de la Unión. La primera brecha no la abrió una declaración moral abstracta, sino lo que se dio en llamar «contrabando de guerra».
En mayo de 1861, en el fuerte Monroe de Virginia, el general Butler se negó a devolver a sus dueños sureños a las personas esclavizadas que habían huido hasta las líneas de la Unión. Las calificó de «contrabando de guerra» susceptible de confiscación. Con esa decisión obligó a la Unión a afrontar una cuestión espinosa: los esclavos eran bienes de propiedad, pero también fuerza de trabajo y, además, sujetos capaces de actuar por su cuenta. Desde el comienzo de la guerra, las necesidades prácticas del combate forzaban a la construcción a tocar aquello que siempre había dejado en los márgenes.
Vale la pena detenerse en aquella expresión de Butler, «contrabando de guerra». No era un juicio moral, sino una calificación técnica, jurídica y militar. No decía que aquellas personas debieran ser libres; decía que eran bienes que el enemigo empleaba para la guerra y que, por tanto, podían confiscarse. La paradoja es que esa misma lógica, que seguía tratando a seres humanos como propiedades, abrió por primera vez una brecha institucional en el viejo marco. Porque, en cuanto uno se pregunta qué hacer con esos bienes confiscados, tropieza inevitablemente con un hecho: no son solo bienes. Son personas capaces de huir hasta las líneas de la Unión por su propia iniciativa, de trabajar y de elegir de qué lado quieren estar.
Las dos leyes de confiscación que vinieron después fueron dando forma institucional a ese cambio. La primera se convirtió en ley el 6 de agosto de 1861 y anuló los derechos que reclamaban los amos confederados sobre los esclavos fugitivos a los que se había empleado para apoyar la rebelión. La segunda entró en vigor el 17 de julio de 1862 y fue más lejos: dispuso que los esclavos de los rebeldes pudieran obtener la libertad y autorizó al presidente a emplear a tantas personas de ascendencia africana como considerase necesario y conveniente.
Conviene ver con claridad lo que eso significa para la estructura. Al principio, el resto más profundo entró en el centro por la lógica instrumental de la guerra, no por una conversión moral. La Unión empezó a ocuparse de los esclavos, ante todo, porque eran la fuerza de trabajo de la Confederación, una parte de su capacidad bélica; privar al enemigo de ella era debilitarlo. La construcción no puso las manos sobre aquel resto que llevaba tanto tiempo evitando porque de pronto hubiera despertado su conciencia moral. Lo hizo porque la guerra la obligaba. Pero, una vez que empezó a tocarlo, ya no hubo vuelta atrás.
VI. La Proclamación de Emancipación: una medida de guerra
La proclamación preliminar de emancipación se publicó el 22 de septiembre de 1862, exactamente cinco días después de Antietam. Hay tres elementos que deben señalarse juntos. Primero, Lincoln seguía formulando el objetivo oficial de la guerra como el restablecimiento efectivo de las relaciones constitucionales. Segundo, anunciaba que, si el 1 de enero de 1863 los estados que continuaban en rebelión no habían regresado a la Unión, los esclavos de sus territorios serían libres desde ese día y para siempre. Tercero, conservaba a la vez las referencias a la emancipación indemnizada en los estados fronterizos y a la colonización mediante el traslado de la población negra fuera del país.
La versión definitiva de la Proclamación de Emancipación entró en vigor el 1 de enero de 1863. Su naturaleza jurídica estaba expresada con toda claridad: Lincoln la dictaba en virtud de «las facultades que le correspondían como comandante en jefe del Ejército y de la Armada» y «como una medida de guerra adecuada y necesaria para sofocar la rebelión mencionada». Es decir, desde el punto de vista jurídico y constitucional era, ante todo, una medida de guerra, no una ley nacional de abolición perteneciente al derecho civil ordinario.
Más importante aún: su ámbito de aplicación estaba delimitado con precisión. Incluía expresamente territorios rebeldes como Arkansas, Texas y Misisipi, pero excluía varias parroquias de Luisiana y Nueva Orleans, los cuarenta y ocho condados que pasarían a formar parte de Virginia Occidental y determinados condados y ciudades de Virginia que ya se encontraban bajo control de la Unión. Por tanto, la proclamación no liberó a los esclavos de los estados esclavistas fronterizos. Tampoco liberó de inmediato a los de las zonas del Sur que, estando ya bajo control de la Unión, habían quedado expresamente excluidas.
Ahora bien, limitada no significa ineficaz. Aquí vuelve esa doble cara en la que hemos insistido tantas veces, y hay que mantener ambas a la vista. La proclamación cambió de raíz la naturaleza de la guerra. Ese cambio suele explicarse por la suma de tres efectos: debilitó la base de mano de obra de la Confederación; alteró la lógica de combate y reclutamiento del ejército de la Unión; y reforzó en la opinión pública europea, sobre todo en la británica, la idea de que aquella era una guerra cuyo eje era la esclavitud. Con ello redujo todavía más el margen para reconocer oficialmente a la Confederación.
Que la Proclamación de Emancipación fuera jurídicamente, ante todo, una medida de guerra significaba que su eficacia estaba ligada a la guerra. Cuando esta terminara y desapareciera el fundamento de aquella potestad, ¿podría tambalearse también la libertad que había concedido? ¿Podía una solución provisional de guerra seguir en pie una vez llegada la paz? Esa era la pregunta que la construcción tendría que afrontar a continuación. La respuesta habría de esperar a la Decimotercera Enmienda.
VII. Los liberados se convierten en libertadores
Uno de los efectos institucionales más visibles de la entrada del resto más profundo en el centro fue el alistamiento de soldados negros. La Proclamación de Emancipación declaraba expresamente que quienes reunieran los requisitos serían admitidos en las fuerzas armadas de Estados Unidos. Al terminar la guerra, unos ciento setenta y nueve mil afroamericanos habían servido en el ejército de la Unión y otros diecinueve mil, aproximadamente, en la Armada: cerca de ciento noventa y ocho mil en total.
Del contrabando de guerra a las leyes de confiscación, y de estas a la Proclamación de Emancipación y al alistamiento de soldados negros, los esclavos que al principio habían sido tratados bajo la categoría de propiedad empezaron a entrar en el centro del Estado como parte de la capacidad bélica de la Unión e, incluso, como portadores de futuras reivindicaciones de ciudadanía. Los liberados se convirtieron en libertadores. A su vez, la participación de los soldados negros reforzó de manera considerable sus demandas de ciudadanía y derechos políticos. Por primera vez, el hilo más profundo de esta serie cambió de dirección. En todos los ensayos anteriores, aquel resto había sido excluido, reprimido, empujado hacia los márgenes. Ahora, quienes habían quedado fuera de la comunidad política se acercaban paso a paso a su centro, y lo hacían tomando las armas para luchar por la Unión.
Tampoco aquí conviene dibujar una ascensión sin tropiezos. Durante mucho tiempo, los soldados negros recibieron un trato desigual dentro del ejército: cobraban menos que los blancos y, si caían prisioneros, se exponían a peligros específicos. Incluso al entrar en el centro, el resto más profundo seguía arrastrando su desigualdad de siempre. La promesa de que «todos los hombres son iguales» aún no se cumplía plenamente para ellos, ni siquiera cuando arriesgaban la vida combatiendo por ella.
VIII. A modo de cierre
Al situar los años de 1861 a 1863 en el conjunto de esta serie, lo que más importa retener es la idea que recorre todo el ensayo: reescribir para preservar.
Por primera vez, la construcción respondió a la pregunta de si podía sobrevivir mediante la guerra, en vez de hacerlo dando cabida al conflicto. Y lo que hizo para preservarse siguió dos hilos entrelazados. Uno fue la expansión del poder ejecutivo durante la guerra, que llevó hasta una cumbre bélica esa larga trayectoria de crecimiento del ejecutivo que hemos seguido en la serie. Pero la construcción encauzó esa expansión sin dejar que se convirtiera en un régimen de excepción que aboliera todos los contrapesos. Las elecciones se celebraban, el Congreso seguía ratificando y los tribunales seguían oponiéndose. La guerra magnificó los impulsos de cierre que reprimían la disidencia, pero estos permanecieron constreñidos por las formas institucionales.
El otro hilo fue el desplazamiento del resto más profundo desde los márgenes hasta el centro. De la lógica de propiedad del contrabando de guerra a las dos leyes de confiscación; de ahí a la Proclamación de Emancipación como medida de guerra y, por último, al alistamiento de soldados negros: por primera vez, la guerra empujó hasta el corazón de la Unión aquella esclavitud que la construcción había eludido durante generaciones. Importa, sin embargo, recordar que esa reescritura no nació de un despertar moral, sino de la lógica instrumental de la guerra. Fue la guerra la que la obligó a tocar aquello que siempre había evitado.
Tanto al juzgar a Lincoln como al valorar la Proclamación de Emancipación hay que sostener las dos caras a la vez. ¿Fue Lincoln un libertador a regañadientes o un adversario convencido de la esclavitud? Hay al menos tres interpretaciones históricas que no conviene confundir. Una subraya sus vacilaciones y su conservadurismo. Otra sostiene que fue cauteloso, pero no renuente. Una tercera destaca que, desde el principio, él y los republicanos consideraban la contención de la esclavitud una parte de la tarea de salvar la Unión. Es preferible poner las tres a la vista que escoger una y descartar las demás.
Lo que viene ahora es el final de la guerra y el intento de esta construcción de reescribir, de una manera más profunda que mediante una medida bélica, su relación con aquel resto más profundo. En Gettysburg se pronunciarán las palabras «un nuevo nacimiento de la libertad». Una enmienda intentará convertir la emancipación, de solución provisional de guerra, en una disposición constitucional permanente. Y una bala, cuando todo esto apenas haya comenzado, alcanzará al hombre que lo llevó hasta ese punto. Esa es la segunda mitad de la historia de Lincoln.
Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English