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Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 09 de 26

Ensayo 9: Lincoln (II) — Reescribirse sin cerrarse

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

I. Preservarse sin cerrarse

Al final del ensayo anterior decíamos que Lincoln iba a reescribir la relación entre esta construcción y su resto más profundo de una manera más radical que mediante una medida de guerra. Entre Gettysburg y Vicksburg, en 1863, y Appomattox y el asesinato de Lincoln, en 1865, eso fue precisamente lo que esta construcción hizo, en medio de su mayor crisis de supervivencia. Y la manera en que lo hizo constituye la escena que más merece recordarse de entre todos los argumentos de esta serie.

Para ver con claridad la estructura de esa escena, hay que empezar por señalar lo que no hizo. En aquel trance de vida o muerte, esta construcción no se preservó suprimiendo la competencia política, suspendiendo las elecciones ni clausurando los conflictos bajo un único centro de poder. Al contrario: mientras seguía soportando toda la incertidumbre de la guerra, el reclutamiento, los disturbios, las luchas partidistas y las elecciones, llevó la igualdad y la abolición, hasta entonces insuficientemente institucionalizadas, a una nueva posición central.

En concreto, tres elementos, tomados en conjunto, ofrecen el ejemplo más contundente de cómo esta construcción se reescribió a sí misma. Primero, el discurso de Gettysburg trasladó el punto de partida de la nación: de la Constitución de 1787, que había dado cabida a los compromisos con la esclavitud, a la Declaración de Independencia de 1776, que proclamaba que todos los seres humanos nacen iguales. Segundo, la Decimotercera Enmienda convirtió la emancipación, hasta entonces una medida del poder ejecutivo en tiempo de guerra, en una norma constitucional inscrita en la ley fundamental. Tercero, las elecciones de 1864 demostraron que ni siquiera en la fase más encarnizada de la guerra civil se había suprimido la competencia electoral.

La importancia de esta escena se hace evidente al situarla de nuevo ante la tesis central de la serie. Esta construcción no puede cerrarse; su resto más profundo no puede ser absorbido. Lo que este ensayo quiere mostrar es que, precisamente cuando más cabía esperar que se cerrara, en un trance de vida o muerte en el que sobraban razones para cancelar las elecciones y concentrar el poder, esta construcción no se cerró. No dejó que triunfara el impulso de cierre que la guerra había amplificado. Bajo toda la presión de la guerra, preservó su apertura y, al mismo tiempo, cumplió parcialmente por la fuerza de las armas aquella promesa aplazada durante generaciones.

Pero hay que introducir de inmediato una reserva decisiva; de lo contrario, caeríamos en un relato triunfal. Esta reescritura no fue completa ni iba a estabilizarse por sí sola. Ya habían surgido discrepancias entre el plan de Reconstrucción de Lincoln y los radicales del Congreso. El atentado contra Lincoln, el 14 de abril de 1865, y su muerte el 15 de abril significaron que, apenas la reescritura había alcanzado la Constitución y la comprensión que la nación tenía de sí misma, perdió al presidente que hasta entonces la había dirigido. Su aplicación al orden local del Sur, a la ciudadanía negra y a las relaciones entre la federación y los estados seguía siendo objeto de una disputa abierta y encarnizada. La reescritura fue real, pero era un comienzo, no una obra concluida.

II. El giro de la guerra y su coste interno

Gettysburg y Vicksburg, en julio de 1863, suelen considerarse conjuntamente el punto de inflexión de la guerra. La batalla de Gettysburg dejó más de 51.000 muertos, heridos y desaparecidos, lo que la convierte en una de las batallas con más bajas de la historia militar estadounidense. Casi al mismo tiempo, el 4 de julio, Vicksburg se rindió al ejército de la Unión. Con ello, la Unión pasó a controlar el Misisipi y partió de hecho la Confederación en dos.

Pero el giro de la guerra no alivió la presión social. La ley de reclutamiento de 1863 incorporó a los varones de entre veinte y cuarenta y cinco años al sistema federal de conscripción y permitió que quienes reunieran los requisitos evitaran el servicio pagando una cuota de conmutación de trescientos dólares o contratando a un sustituto. Aquella disposición pronto se convirtió en el foco del resentimiento de clase y racial: en la práctica, los ricos podían pagar para no ir al frente; los pobres, no.

Los disturbios contra el reclutamiento en Nueva York sacaron esa tensión a la luz en forma de una guerra civil abierta en plena ciudad. Comenzaron a mediados de julio de 1863 como una reacción contra la conscripción, pero pronto se transformaron en violencia racial contra la población negra. Un orfanato para niños negros fue incendiado, y la violencia más grave recayó principalmente sobre los hombres negros. La cifra de muertos hecha pública fue de 119, aunque algunas estimaciones tempranas, situadas en el extremo más alto, llegaron a 1.200. La importancia estructural de lo ocurrido no se reduce a la inestabilidad de la retaguardia. Lo que de verdad muestra es que aquellos conflictos salieron a la luz de una manera extremadamente destructiva, sin que la presión de la guerra los hubiera hecho desaparecer. Las autoridades reprimieron los disturbios con fuerzas policiales y militares, pero no los utilizaron para cancelar la competencia política. La construcción no clausuró los conflictos de fondo. Siguió avanzando con ellos a cuestas.

III. El discurso de Gettysburg: reescribir el punto de partida de la nación

Lincoln pronunció el discurso de Gettysburg el 19 de noviembre de 1863, durante la ceremonia de inauguración del cementerio nacional. Se conservan cinco manuscritos, con pequeñas diferencias de redacción y puntuación. El que suele utilizarse como texto de referencia es el único al que Lincoln puso su firma, un título y una fecha.

La consecuencia institucional más importante del discurso reside precisamente en que retrocede de 1787 a 1776 para fijar el punto de partida de la nación. Si a 1863 le restamos los ochenta y siete años de su frase inicial, «Hace ochenta y siete años», llegamos a la Declaración de Independencia de 1776, no a la Convención Constitucional de 1787. El discurso define la nación como «concebida en la libertad y consagrada al principio de que todos los seres humanos nacen iguales», y la guerra como «la prueba de si una nación así puede perdurar». Las expresiones que más importa citar con precisión son «Hace ochenta y siete años», «un nuevo nacimiento de la libertad» y «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo».

Una interpretación de gran fuerza en la historiografía sostiene que en Gettysburg Lincoln desplazó el verdadero texto fundacional de la nación: de la Constitución que había acogido los compromisos con la esclavitud a la Declaración de Independencia, cuyo centro era la igualdad. Pero una lectura más cauta introduce una reserva. El historiador Foner subraya que, ya antes de la guerra, Lincoln había tomado los principios de los derechos naturales de la Declaración como criterio de su oposición a la esclavitud. Por tanto, sería más exacto decir que Gettysburg no creó una nación nueva de la nada, sino que dio su expresión más condensada a una argumentación mucho más larga.

Aquí hay una capa más profunda que es preciso sacar a la luz. En aquella Declaración de Independencia a la que Lincoln volvía a remitir, la afirmación de que «todos los seres humanos nacen iguales» había sido, desde el mismo día en que se escribió, una promesa incumplida. El documento de 1776 proclamaba la igualdad de todos a la vez que excluía a los esclavos, a las mujeres y a los pueblos indígenas. La refundación de Gettysburg no pretendía, por tanto, regresar a una igualdad pura que hubiera existido y luego se hubiera perdido: esa igualdad nunca había existido de verdad. Lincoln habló de un «nuevo nacimiento», no de una «restauración». En Gettysburg, el resto más profundo volvió a ocupar el centro mismo de la comprensión que la nación tenía de sí misma, pero lo hizo de una manera que reconocía precisamente que aquella promesa nunca se había cumplido. No era nostalgia de una edad de oro. Era volver a hacerse cargo de una vieja deuda.

IV. Las elecciones en plena guerra: la expresión extrema de no cerrarse

Si Gettysburg fue el primer gran eje de esta reescritura, las elecciones de 1864 fueron el segundo; y constituyeron, además, la manifestación más extrema de la negativa de esta construcción a cerrarse. A la nación no le faltaban razones para aplazarlas: la guerra la desgarraba y algunos estados ni siquiera participaban. Pero no las aplazó.

El propio Lincoln no creía tener la victoria asegurada. El 23 de agosto de 1864 escribió el célebre «memorando ciego», conocido como «Memorando sobre la probable derrota en la reelección». Su juicio central era que resultaba muy probable que el gobierno no fuera reelegido. Lincoln concebía, por ello, la necesidad de colaborar con el presidente electo durante el intervalo entre las elecciones y la toma de posesión, para salvar la Unión en la medida de lo posible. Esto significa algo extraordinario: aun cuando el presidente presentía que podía perder frente a un adversario que quizá propusiera negociar la paz, no contempló cancelar las elecciones.

Aquí es indispensable distinguir con rigor dos planos. El programa de la Convención Nacional Demócrata exigía el cese inmediato de las hostilidades. Sin embargo, al aceptar la candidatura, McClellan defendió enérgicamente la preservación de la Unión a cualquier precio y rechazó, de hecho, la inclinación del programa hacia una paz negociada. La situación militar tuvo un efecto enorme sobre la contienda electoral. Las numerosas bajas del verano y el estancamiento de las operaciones llevaron por un tiempo a los demócratas a dar por hecha la derrota de Lincoln. Pero los avances favorables a la Unión en la bahía de Mobile, Atlanta y Petersburg reconfiguraron las expectativas de la población.

Tampoco los soldados de la Unión fueron espectadores pasivos. En 1864, por primera vez en la historia de Estados Unidos, se debatieron y se pusieron en práctica a gran escala el voto a distancia y el voto en los campamentos militares. En un recuento parcial que no abarca al conjunto del ejército, 30.503 de los 40.247 votos de soldados fueron para Lincoln: el 75,8 %. El resultado final fue de 212 votos electorales para Lincoln y solo 21 para McClellan. En el conjunto del país, el voto popular se repartió aproximadamente en un 55 % frente a un 45 %.

La significación de estas elecciones se vuelve especialmente clara al devolverlas a nuestro marco. En lo más hondo de la guerra civil, cuando la presión del cierre era máxima, esta construcción tenía más razones y más pretextos que nunca para cerrarse: cancelar las elecciones, concentrar el poder, acallar las voces contrarias acusándolas de colaborar con el enemigo. Pero no lo hizo. En plena guerra, celebró las elecciones competitivas previstas y permitió que un partido de oposición partidario de negociar la paz se presentara abiertamente. Una vez más, esta construcción reabsorbió aquel impulso de cierre que la guerra había llevado al extremo. No lo convirtió en su principio de organización.

V. La Decimotercera Enmienda: de medida de guerra a núcleo constitucional

La Decimotercera Enmienda ocupa un lugar central en este ensayo no solo porque abolió la esclavitud, sino porque dio un salto: del poder ejecutivo en tiempo de guerra a las reglas centrales de la Constitución.

Como señalamos en el ensayo anterior, la Proclamación de Emancipación solo se aplicaba a los territorios confederados en rebelión. Quedaban fuera tanto los estados esclavistas fronterizos como ciertas zonas del Sur bajo control de la Unión. Además, jurídicamente era ante todo una medida de guerra, cuya vigencia estaba ligada a esta. Lincoln comprendía con claridad que, para impedir que la abolición pudiera revertirse mediante argumentos jurídicos después de la guerra, había que reformar la Constitución.

El Senado aprobó la propuesta el 8 de abril de 1864 por 38 votos a favor y 6 en contra. Pero en junio de ese mismo año no se alcanzó en la Cámara de Representantes el umbral de los dos tercios. Lincoln intervino entonces activamente: exigió que la enmienda figurara en el programa republicano de 1864 e impulsó una nueva votación en enero de 1865, durante el período de sesiones del Congreso saliente. Finalmente, la Cámara aprobó la enmienda el 31 de enero de 1865 por 119 votos frente a 56. El 1 de febrero, Lincoln firmó simbólicamente la resolución conjunta que la remitía a los estados. Aquello todavía no la ponía en vigor: el umbral de ratificaciones estatales se alcanzó el 6 de diciembre de 1865, después de su muerte.

Al hablar de las maniobras políticas de Lincoln, hay que separar los hechos bien establecidos de los rumores menos seguros. Lo sólidamente acreditado es que promovió activamente la enmienda, la incorporó al programa electoral y, a comienzos de 1865, ejerció presión personalmente y buscó los votos necesarios. Lo menos seguro es qué cargos concretos se intercambiaron o qué favores se prometieron: las fuentes históricas y los relatos posteriores no coinciden por completo.

Dentro del marco de esta serie, el alcance estructural de este paso es enorme. El ensayo anterior mostraba cómo, mediante una medida de guerra, esta construcción había desgarrado la vieja relación que mantenía con su resto más profundo. Pero aquello había tomado una forma provisional y excepcional. La Decimotercera Enmienda fijó esa ruptura de manera irreversible: convirtió un expediente ligado a la guerra en una regla central de la Constitución que no se tambalearía al terminar la contienda. Por primera vez en esta serie, la construcción, bajo la presión del resto, reescribía directamente su propio núcleo constitucional.

También aquí hace falta una reserva. La Decimotercera Enmienda abordó uno de los ejes de aquel resto más profundo, la esclavitud, e inauguró la reescritura constitucional de esta construcción; no la culminó. Prohibió la esclavitud y la servidumbre involuntaria, con la excepción del castigo por un delito tras una condena en debida forma. Pero seguía muy lejos de resolverse si los negros podrían ser ciudadanos de pleno derecho después de la guerra, si podrían votar o si contarían con protección dentro del orden local del Sur. Entretanto, las diferencias entre el Plan del Diez por Ciento de Lincoln y los republicanos radicales ya habían salido a la luz. La reescritura avanzaba, pero en su interior ya se abrían grietas sobre hasta dónde debía llegar y quién debía dirigirla.

VI. El segundo discurso inaugural: una reconciliación que lleva consigo un juicio

El segundo discurso inaugural es el tercer texto clave de la lógica de reescritura de Lincoln. No hace un balance triunfal de la victoria. Por el contrario, interpreta directamente la guerra como un juicio por el pecado de la esclavitud. Señala expresamente a la esclavitud, «ese interés peculiar y poderoso», como causa de la guerra y dice que, si Dios así lo quiere, la contienda proseguirá «hasta que se consuma toda la riqueza acumulada por los doscientos cincuenta años de trabajo no remunerado del esclavo, hasta que cada gota de sangre arrancada por el látigo sea pagada con la espada».

Solo después de identificar con tanta claridad a la esclavitud como causa de la guerra pronunció Lincoln sus palabras de reconciliación más célebres: «Sin malicia hacia nadie, con caridad hacia todos, vayamos a vendar las heridas de esta nación». Su peso reside precisamente en el lugar que ocupan. No borran las responsabilidades ni presentan la guerra como una tragedia en la que no cabe distinguir entre el bien y el mal. Proponen una reconciliación que lleva consigo un juicio, una vez que la esclavitud ha sido señalada expresamente como el pecado que originó la guerra.

Esta es otra señal de que se estaba reescribiendo la comprensión que la construcción tenía de sí misma. Empezaba a reconocer que la guerra era el precio que debía pagar por haber aplazado durante generaciones el problema de aquel resto. De Washington a Buchanan, casi todos los métodos con los que esta construcción había tratado a su resto más profundo habían sido formas de eludirlo. En el segundo discurso inaugural, por primera vez, su máximo portavoz señaló públicamente aquel resto esquivado durante generaciones como la raíz de la catástrofe.

VII. Appomattox, el precio en vidas y una bala

El 9 de abril de 1865, Lee se rindió ante Grant en la casa de McLean, en el pueblo de Appomattox Court House. Grant ofreció condiciones relativamente indulgentes: los oficiales podrían conservar sus espadas y sus caballos particulares; los soldados regresarían a casa bajo palabra. Aceptó, además, entregar 25.000 raciones a las hambrientas tropas confederadas. La indulgencia de aquella escena se correspondía con la inclinación de Lincoln hacia una Reconstrucción clemente. Pero conviene recordar que lo que allí llegó a su fin fue el principal ejército, no las disputas en torno a la Reconstrucción.

El total de muertos de la guerra civil exige presentar las cifras unas junto a otras, porque sigue siendo una cuestión de estimaciones. Durante mucho tiempo, el cálculo tradicional rondó los 620.000. En 2011, un investigador, mediante un método basado en muestras censales, elevó el total probable a unos 750.000. En 2024, otro estudio, que utilizaba registros censales más completos, propuso una nueva estimación de aproximadamente 698.000. Lo más prudente no es ofrecer una única cifra como verdadera, sino decir que la tradicionalmente citada es de 620.000 y que las estimaciones más recientes se sitúan entre unos 700.000 y 750.000, dejando claro que todas proceden de métodos distintos. Cualquiera que sea el cálculo elegido, fue la guerra más costosa en vidas de la historia de Estados Unidos. Ese fue, en definitiva, el precio que esta construcción pagó por su resto más profundo.

El momento en que Lincoln fue asesinado determina casi por sí solo el peso estructural del hecho en este ensayo. La noche del 14 de abril de 1865, Booth le disparó en la cabeza con una pistola en el Teatro Ford. Lincoln no volvió a recobrar la conciencia y murió al amanecer del 15 de abril en una casa al otro lado de la calle. Esa misma mañana, Andrew Johnson prestó juramento como presidente. Es decir, apenas seis días después de la rendición del ejército de Lee, un asesinato produjo el relevo en la presidencia. No existe consenso entre los historiadores sobre el rumbo que habría seguido la Reconstrucción si Lincoln hubiera vivido. Además, la pregunta es por naturaleza una conjetura contrafactual y debe identificarse rigurosamente como tal. Una bala dejó para siempre sin respuesta esa pregunta decisiva.

VIII. Conclusión

Al situar de nuevo los años de 1863 a 1865 dentro de esta serie, lo que más merece recordarse es la tesis que atraviesa todo el ensayo: esta construcción se reescribió sin recurrir al cierre.

Los ocho ensayos anteriores han insistido en que esta construcción no puede cerrarse y en que su resto más profundo no puede ser absorbido. Este ensayo muestra que, ante su mayor crisis de supervivencia, cuando tenía más razones que nunca para cerrarse, eligió lo contrario. No canceló las elecciones, no concentró de forma permanente todo el poder en un único centro ni dejó que triunfara el impulso de cierre que la guerra había llevado al extremo. Las elecciones de 1864, celebradas según lo previsto, son la prueba más extrema de esa negativa a cerrarse: un presidente que presentía su derrota, en plena guerra civil, devolvió el poder a los votantes para que ellos decidieran. Al mismo tiempo, y soportando todos los costes de mantenerse abierta —el resentimiento contra el reclutamiento, los disturbios urbanos, las terribles bajas—, esta construcción inscribió por primera vez, de manera directa, en su propio núcleo aquella promesa aplazada durante generaciones.

Dicho con precisión en el lenguaje de esta serie, lo que hizo aquí esta construcción no fue clausurar aquel resto. El cierre es imposible, porque la doble faz del resto impide absorberlo. Lo que hizo, partiendo del reconocimiento de que no podía cerrarse, fue reescribir radicalmente todas las condiciones bajo las que daba cabida a ese resto. Hasta entonces lo había confinado a los márgenes, lo había tratado como una institución local y apenas había conseguido contenerlo trazando una línea de compromiso tras otra. Ahora lo llevó de los márgenes al centro y lo inscribió en el punto de partida de la nación y en su ley fundamental. El resto seguía siendo el mismo, no había desaparecido. Pero la relación entre él y esta construcción había quedado enteramente reordenada.

Hay que aferrarse, sin embargo, a este punto: la reescritura fue un comienzo, no una culminación. Solo abordó uno de los ejes de aquel resto más profundo, la condición misma de esclavo. La ciudadanía plena de los negros, la posición política de las mujeres e innumerables otras exclusiones seguían muy lejos de haber sido siquiera abordadas. Más aún: a mitad de camino, esta reescritura perdió al presidente que la dirigía. Y una bala dejó en manos de una persona completamente distinta la cuestión de quién conduciría todo lo que venía después.

Lo que viene a continuación es la historia de cómo esta reescritura, en manos de un sucesor que le era profundamente hostil, se convirtió de inmediato en objeto de disputa. La ciudadanía negra quedaría inscrita en las enmiendas Decimocuarta y Decimoquinta, mientras el viejo orden del Sur volvería a la carga por otros medios. Es la historia de Johnson y la Reconstrucción: la de cómo esta construcción volvió a ser arrastrada hacia atrás cuando apenas acababa de dar un gran paso adelante.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English