Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
← Volver a la serie
Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 04 de 26

Cuarto ensayo: Madison y Monroe — La supervivencia a prueba desde fuera y la primera grieta geográfica

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

Los tres ensayos anteriores seguían lo que ocurría dentro de esta construcción institucional: cómo había llegado a reconocer las disputas partidistas como un resto; cómo nacía en su interior el impulso de cerrarse y cómo lograba absorberlo; cómo sus contrapesos volvían a poner coto, una y otra vez, al poder ejecutivo; y cómo su fuerza de gravedad, que no necesita que quienes gobiernan sean coherentes entre lo que dicen y lo que hacen, había arrastrado hacia la expansión a uno de los hombres menos dispuestos a reconocerla. Todas esas presiones venían de dentro. Los dieciséis años de Madison y Monroe enfrentaron por primera vez a esta construcción con una presión exterior capaz de destruirla físicamente. Un ejército extranjero entraría en la capital y dejaría el Capitolio y la residencia presidencial reducidos a cascarones calcinados.

La lectura más sólida de este período distingue tres capas, una dentro de otra. La exterior es la guerra de 1812, la primera prueba de supervivencia que le llegó a esta construcción desde fuera. La pregunta era tan sencilla como brutal: ¿podía un sistema institucional joven sufrir un desastre militar, incluso el incendio de su capital, sin deshacerse de inmediato? La capa intermedia es el giro nacionalista de la posguerra. Tras recibir el golpe exterior, la construcción se procuró rápidamente un caparazón más duro: un banco, aranceles, carreteras, precedentes judiciales. En la capa más profunda, bajo ese caparazón y la aparente unidad, su resto más hondo salió por primera vez a la superficie con una forma geográfica nítida. Fue la crisis de Misuri.

Al reunir las tres capas, se perfila una conclusión estructural firme. En la guerra de 1812, esta construcción demostró que un desastre militar no bastaba para desintegrarla de inmediato. Durante la presidencia de Monroe, empezó a convertir aquella supervivencia en una declaración de principios hacia el exterior. Pero fue precisamente entonces cuando la esclavitud, un resto que la construcción no podía absorber por completo, cobró por primera vez una forma claramente regional. Por eso el incendio de la capital en 1814, la doctrina Monroe de 1823 y el Compromiso de Misuri de 1820 deben contarse como tres secuencias de un mismo ensayo, no como tres asuntos sin relación.

1. Cómo entró la guerra por los cauces institucionales

Para contar bien esta guerra, primero hay que entender cómo entró en la construcción. No estalló porque un hombre fuerte diera un golpe sobre la mesa. Llegó a la vida política por los cauces constitucionales y, desde el primer paso, llevó la marca de una profunda división regional.

El 1 de junio de 1812, Madison envió al Congreso un mensaje en el que exponía con claridad las razones oficiales para ir a la guerra. La Armada británica llevaba tiempo atropellando los derechos del pabellón estadounidense: detenía barcos en alta mar, se llevaba a sus marineros y los obligaba a servir en sus filas. El bloqueo británico y las disposiciones que lo acompañaban dañaban el comercio de Estados Unidos como país neutral. Los buques británicos hostigaban sus costas y sus puertos. Y Madison atribuía expresamente la reanudación de las guerras con los pueblos indígenas en la frontera noroccidental a la influencia de comerciantes, guarniciones y funcionarios británicos. Es decir, los motivos oficiales giraban en torno a la soberanía marítima, los derechos comerciales de un país neutral y la seguridad fronteriza; no proclamaban un proyecto de conquista territorial. A continuación, la Cámara de Representantes aprobó la declaración de guerra contra Gran Bretaña por setenta y nueve votos a cuarenta y nueve, y el Senado, por diecinueve a trece. Esas cifras dicen dos cosas por sí solas: la guerra entró en la vida política mediante un procedimiento institucional y, al mismo tiempo, nació dividida. Los votos en contra eran numerosos y su distribución seguía, a grandes rasgos, las líneas regionales.

Ahora bien, limitarse a los motivos oficiales recortaría la historia. Los partidarios de la guerra en el Congreso, sobre todo la generación de Henry Clay y John Calhoun, sí empujaron hacia una opción bélica más resuelta. Exigían responder a las vulneraciones de los derechos marítimos y veían en Canadá una vía para debilitar la influencia británica en Norteamérica. Aquí conviene precisar: la anexión de Canadá no figuraba entre los objetivos oficiales del mensaje de Madison, pero sí era uno de los beneficios que una parte considerable de los partidarios de la guerra esperaba obtener, y lo decía de forma abierta o apenas velada.

Hay otro detalle revelador. El 16 de junio de 1812, Gran Bretaña anunció que suspendería las disposiciones que perjudicaban el comercio estadounidense; la orden formal de revocación llegó el día 23. La noticia del anuncio no pudo cruzar el Atlántico antes de que Estados Unidos declarara la guerra, el 18 de junio. El conflicto llevaba así la marca del retraso propio de las comunicaciones de la época. La otra parte estaba retirando uno de los principales motivos de disputa, pero eso ya no podía impedir que la guerra siguiera su curso institucional.

2. Ardió la capital, sobrevivieron las instituciones

La primera fase de la guerra confirmó, en líneas generales, la escasa capacidad de movilización de la joven república. Fracasó la ofensiva de 1812 contra el Alto Canadá desde Detroit; el 16 de agosto, Hull entregó Detroit casi sin combatir; y el 13 de octubre de ese mismo año llegó otra derrota, en Queenston Heights. La poca colaboración de las milicias de Nueva Inglaterra dejó aún más al descubierto hasta qué punto la capacidad de movilización federal dependía de la cooperación de los estados.

Hay que separar aquí dos cosas que se confunden con facilidad. La guerra puso a prueba, a la vez, la maquinaria bélica federal, es decir, su capacidad administrativa para movilizar, coordinar y abastecer, y la construcción misma: la capacidad de su orden constitucional para mantenerse en pie bajo los golpes. En lo primero, reveló debilidad. A la hora de ejecutar sus decisiones, el gobierno federal seguía dependiendo mucho de los estados. En lo segundo, en cambio, probó su resistencia: ardió la capital y el orden no se vino abajo. La insuficiencia administrativa y la solidez del orden constitucional podían ser ciertas al mismo tiempo. Este ensayo sigue, sobre todo, la segunda.

El centro simbólico de aquella prueba de supervivencia ante una amenaza exterior llegó el 24 de agosto de 1814, cuando las tropas británicas entraron en Washington e incendiaron el Capitolio, la residencia presidencial y otros edificios del gobierno. Es la escena más sobrecogedora de toda la guerra: la capital ocupada, los edificios públicos en llamas, numerosos archivos nacionales y registros del Congreso evacuados a toda prisa o destruidos. Pero lo decisivo aquí no es que Estados Unidos perdiera una batalla. Es que la destrucción por el fuego del centro físico de la capital no detuvo el funcionamiento de la construcción. El Senado celebró después sus sesiones provisionalmente en un hotel, y el Congreso acabó decidiendo que seguiría en Washington, sin trasladar la capital. La república ya era capaz de separar la autoridad política de un edificio concreto. Las instituciones no se reducían a aquellos edificios de la capital.

Vale la pena detenerse en esto, porque toca un indicio fundamental de la madurez de una construcción. Cuando un orden todavía se identifica con un centro, sea un monarca, una capital o una familia, la destrucción de ese centro suele llevarse por delante el orden entero: allí residía su autoridad. Una construcción madura, en cambio, ya ha dispersado su autoridad fuera de cualquier centro único. La ha distribuido entre procedimientos, instituciones y expectativas compartidas por innumerables personas. Su autoridad no está dentro de un edificio, sino en unas reglas que todos siguen reconociendo. Por eso se pueden quemar sus edificios, pero no esas reglas. El incendio de Washington de 1814 fue la primera demostración extrema de que esta construcción había llegado a ese punto: su centro podía convertirse en cenizas y ella seguir funcionando.

Aquí merece entrar también una corrección que la investigación moderna ha hecho al relato popular. La versión más difundida presenta a Dolley Madison huyendo de la Casa Blanca con el retrato de Washington en brazos. Las fuentes más fiables indican que lo que hizo fue ordenar que se sacara el cuadro a toda costa. El portero, Sioussat, y el jardinero, McGraw, se encargaron de desmontar el retrato, y otras personas se ocuparon de sacarlo. Paul Jennings, entonces esclavizado en la Casa Blanca, dejó en sus memorias un testimonio que permite recuperar la participación del personal en el rescate. La formulación más segura es que Dolley Madison dirigió el rescate del retrato e insistió en que se salvara, pero no fue la heroína de la leyenda que escapó sola con él en brazos. Estas correcciones recuerdan algo importante: la memoria de la primera república se construyó a menudo borrando a los sirvientes, a los esclavos y a quienes habían hecho el trabajo con sus propias manos. Hasta en una leyenda patriótica como esta, el resto más profundo era una presencia borrada.

En el otoño de 1814, Estados Unidos obtuvo otro éxito de enorme valor simbólico al defender Baltimore. Entre el 13 y el 14 de septiembre, los británicos bombardearon una fortaleza durante unas veinticinco horas sin conseguir quebrar las defensas de la ciudad. Un hombre que vio la gran bandera todavía ondeando sobre la fortaleza al amanecer escribió los versos que acabarían siendo la letra del himno nacional estadounidense. Su importancia política está en esa rápida transformación de la supervivencia en un símbolo nacional que podía cantarse. La bandera, la canción y la defensa de la ciudad sirvieron para dar una nueva forma al recuerdo de la guerra.

3. La supervivencia grabada en el caparazón

Después del golpe exterior, lo primero que hizo esta construcción fue procurarse un caparazón más duro. Y lo más revelador es quién se puso a reforzarlo: precisamente la corriente que había llegado al poder oponiéndose a la centralización.

Uno de los cambios políticos más claros tras la guerra de 1812 fue la adopción, por parte de los republicanos, de muchos instrumentos del nacionalismo federalista. El Segundo Banco de Estados Unidos se creó en 1816, entre otras cosas, para poner orden en la emisión desbordada de billetes por los bancos estatales y mejorar el sistema nacional de pagos y la capacidad fiscal. No era un banco central en el sentido moderno, pero su red de sucursales por todo el país le permitía influir, de una manera rudimentaria aunque efectiva, en la oferta de dinero y de crédito. Ya desempeñaba algunas de las funciones de un centro nacional de liquidez.

Junto al banco estaban los aranceles protectores y las mejoras de infraestructura interior. Clay resumiría más adelante estas ideas bajo el nombre de Sistema Americano: aranceles proteccionistas, un banco nacional fuerte y obras de carreteras y canales respaldadas por el gobierno federal. También Monroe, en su discurso de investidura de 1817, presentó las carreteras y los canales como medios para estrechar los lazos de la Unión. Es la continuación de aquella fuerza de gravedad que seguíamos en el ensayo anterior. Jefferson había llegado al poder con un discurso contrario a la centralización y, sin embargo, heredó y amplió la maquinaria estatal. Ahora les tocaba a sus sucesores políticos. Después de que una guerra les enseñara que necesitaban un Estado capaz de actuar, adoptaron por iniciativa propia los instrumentos a los que antes se oponían. La gravedad no escoge a sus hombres: atrae en la misma dirección a generaciones enteras que llegan enarbolando la reducción del gobierno.

En el terreno judicial, los casos McCulloch contra Maryland y Gibbons contra Ogden dieron fundamento jurídico a este giro nacionalista. El primero reconoció la facultad implícita del Congreso para crear un banco y negó a los estados la potestad de gravar al banco federal. El segundo confirmó que los estados no podían legislar de modo que interfirieran en la regulación del comercio interestatal por el Congreso. La importancia de estas dos sentencias no reside en la doctrina jurídica por sí sola, sino en que convirtieron el nacionalismo de la posguerra, hasta entonces una propuesta política, en un orden constitucional que podía hacerse valer.

Pero el caparazón recién reforzado se encontró enseguida con el pánico de 1819, la primera gran depresión económica desde la década de 1780. El Segundo Banco había concedido demasiados préstamos y después contrajo el crédito de golpe, amplificando una crisis que ya estaba ligada al retroceso de los mercados internacionales y a la caída de los precios agrícolas. Los bancos estatales suspendieron la conversión de sus billetes en metálico, y aumentaron las quiebras, el desempleo y las ejecuciones hipotecarias. La explicación moderna más sólida combina el declive mundial de la posguerra con los defectos del sistema financiero estadounidense, y sitúa el brusco cambio de rumbo del Segundo Banco como agravante de la contracción. Al reforzar sus capacidades, una construcción también crea nuevas vulnerabilidades. El propio caparazón se había convertido en un nuevo punto de concentración de tensiones.

4. La proyección exterior: la doctrina Monroe

Una vez incorporada la lección de la supervivencia a un caparazón más duro, esta construcción empezó a hacer algo que hasta entonces no había hecho: proyectar hacia el exterior su perímetro de seguridad.

La doctrina Monroe no nació como una declaración independiente. Eran unos párrafos del séptimo mensaje anual de Monroe al Congreso, fechado el 2 de diciembre de 1823. Dos afirmaciones son esenciales. La primera sostenía que los continentes americanos ya no debían considerarse susceptibles de futuras colonizaciones por ninguna potencia europea. La segunda advertía que Estados Unidos vería como un peligro para su paz y su seguridad cualquier intento de las potencias europeas de extender sus sistemas políticos a alguna parte de este hemisferio. Pero, para no introducir en el texto las interpretaciones posteriores, hay que conservar también sus límites. En el mismo mensaje, Monroe declaraba que Estados Unidos no intervendría en las colonias europeas existentes ni en los asuntos internos de Europa. La doctrina original, por tanto, no daba carta blanca para intervenir en toda América: proponía una delimitación de ámbitos y se imponía sus propias restricciones.

Ese planteamiento tenía al menos tres antecedentes. Primero, tras las guerras de independencia latinoamericanas, existía a ambos lados del Atlántico el temor de que España intentara restaurar su dominio colonial en América con el respaldo de la alianza conservadora europea. Segundo, las actividades rusas en la costa noroccidental de Norteamérica, en el Pacífico, habían puesto en guardia a Estados Unidos. Tercero, en 1823, el ministro británico de Exteriores, Canning, propuso una declaración conjunta de Gran Bretaña y Estados Unidos para impedir que otras potencias europeas intervinieran en la América española. El secretario de Estado, John Quincy Adams, se opuso a firmar junto a los británicos: aquello limitaría la capacidad de Estados Unidos para expandirse en el futuro y, además, sospechaba que Gran Bretaña perseguía sus propios fines imperiales. La iniciativa británica acabó convertida en una declaración unilateral estadounidense.

Sobre el alcance real de la doctrina existe un acuerdo casi unánime entre los historiadores: en 1823, Estados Unidos carecía por completo de la fuerza necesaria para hacer cumplir por sí solo esos principios. Apenas podía respaldarlos con las armas. Si en la práctica pudo beneficiarse de una fuerza ajena, fue porque la Armada británica tampoco quería que se restaurara el sistema colonial español. La descripción más precisa, por tanto, es que la doctrina Monroe era entonces tanto una declaración de principios como una formulación unilateral que dependía del equilibrio de fuerzas marítimo sostenido por Gran Bretaña. Su importancia es indudable, pero consistía ante todo en enunciar unos principios para el futuro, no en haber creado de inmediato una capacidad hegemónica que pudiera ejercerse por cuenta propia.

Las lecturas expansionistas posteriores muestran precisamente la distancia entre el texto original y los usos que se hicieron de él. Solo a partir de mediados del siglo XIX, con el aumento del poder estadounidense durante el resto de la centuria, fue cada vez más posible hacer efectiva aquella declaración. Más adelante, su oposición a nuevas colonizaciones europeas llegó incluso a convertirse en fundamento de la intervención unilateral de Estados Unidos en Latinoamérica. Para este ensayo basta con dejar asentado un hecho: la construcción había empezado a proyectar hacia fuera su perímetro de seguridad. Con una advertencia para el lector: la doctrina Monroe de épocas posteriores no equivale al texto de 1823.

5. La falsa unidad

Entre el refuerzo del caparazón y la proyección exterior, esta construcción ofreció una imagen de unidad. La posteridad le dio un nombre agradable: la Era de los Buenos Sentimientos. Pero pocos nombres se prestan tanto al engaño.

Para comprender de dónde salió aquella unidad aparente, hay que volver a un episodio del final de la guerra: la Convención de Hartford. Nueva Inglaterra había sido desde el principio la región más contraria al conflicto; la guerra y el embargo habían golpeado sus intereses comerciales con especial dureza. Entre finales de 1814 y comienzos de 1815, ese rechazo cristalizó en una convención. Las consignas posteriores permiten reducirla con facilidad a un intento federalista de partir el país, pero sus resoluciones no proclamaron formalmente la separación de la Unión. Plantearon medidas y reformas constitucionales con un marcado acento en los derechos de los estados. Pedían que los estados de Nueva Inglaterra pudieran asumir su propia defensa y retener parte de los impuestos recaudados en su territorio para financiarla. Entre las reformas propuestas estaban la supresión de la ventaja representativa que la cláusula de los tres quintos concedía a los estados esclavistas, la exigencia de una mayoría de dos tercios en ambas cámaras para admitir nuevos estados o declarar la guerra y la prohibición de que un mismo estado aportara al presidente durante dos mandatos consecutivos.

En sus consecuencias políticas, sin embargo, Hartford fue un golpe mortal para el Partido Federalista. Poco después de que terminara la convención, llegaron una tras otra las noticias del Tratado de Gante y de la gran victoria de Nueva Orleans. De pronto, la opinión pública nacional leyó el rechazo de Nueva Inglaterra a la guerra como estrechez de miras, como una forma de aguar la fiesta e incluso como una actitud casi desleal. El Partido Federalista ya se había reducido mucho al quedar confinado a una región; Hartford consumió casi toda la legitimidad que le quedaba como oposición de alcance nacional. En 1817, muchos lo daban ya por muerto a efectos prácticos. Así terminó el primer sistema de partidos. De aquel derrumbe de la oposición nació la unidad que parecía haber dejado atrás los partidos.

El nombre de Era de los Buenos Sentimientos surgió de las celebraciones de sus propios contemporáneos, pero pronto se convirtió en una etiqueta engañosa. Las historias generales modernas suelen introducir aquí una doble corrección. Por un lado, después de la guerra sí hubo un fuerte optimismo nacional, y la caída del Partido Federalista alivió durante un tiempo las luchas partidistas a escala nacional. Por otro, aquella era de buenos sentimientos nunca llegó a existir de verdad. La pugna entre federalistas y republicanos se trasladó a las facciones del Partido Republicano, mientras las fracturas sociales seguían ensanchándose por clase, género, raza y región.

Visto desde el marco de esta serie, el episodio es revelador. El derrumbe federalista parecía indicar que la construcción había alcanzado por fin una voluntad unificada, libre de partidos, como si el resto de la discordia hubiera desaparecido. De haber sido así, habría logrado cerrarse con éxito. Pero los ensayos anteriores ya lo advirtieron: la disputa partidista es un resto que esta construcción no puede eliminar; la desaparición de un partido no acaba con ella. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. La discordia no desapareció, cambió de forma. Pasó de la lucha entre dos partidos al enfrentamiento entre las facciones del partido gobernante. Más peligroso aún: empezó a reagruparse según líneas regionales. La llamada Era de los Buenos Sentimientos fue, en realidad, un falso cierre. Bajo la superficie de la unidad, el resto volvía a condensarse con otra forma.

6. El resto más profundo adquiere por primera vez una geografía

La crisis de Misuri es el mejor ejemplo de esa unidad superficial atravesada por grietas profundas. Ahí está el verdadero filo de este ensayo: fue allí donde el resto más hondo se proyectó por primera vez, de manera casi imposible de malinterpretar, sobre la propia estructura federal.

Cuando Misuri solicitó su ingreso en la Unión en 1819, la cuestión no se reducía a decidir si un nuevo estado permitiría la esclavitud. Lo decisivo era cómo alteraría la expansión territorial el equilibrio entre estados libres y esclavistas en el Senado. Por entonces, alrededor del dieciséis por ciento de la población de Misuri eran personas negras esclavizadas. Una enmienda intentó impedir la entrada de nuevos esclavos y disponer la emancipación gradual de quienes nacieran allí en esclavitud en el futuro. La mayoría norteña de la Cámara de Representantes la apoyó, mientras que los senadores partidarios de la esclavitud lograron que se rechazara en el Senado. Los votos siguieron una división marcadamente geográfica. Este es el punto estructural que el ensayo debe iluminar: por primera vez, la unidad partidista cedía con claridad ante la división regional.

Los términos del Compromiso de Misuri exigen precisión. Misuri entraría como estado esclavista y Maine como estado libre, para mantener el equilibrio en el Senado. Al mismo tiempo, en el resto del territorio adquirido con la compra de Luisiana, al norte del paralelo 36° 30′ N, salvo en Misuri, la esclavitud quedaría prohibida para siempre. Esa línea y ese «para siempre» eran el corazón del compromiso.

Una carta de Jefferson permite ver mejor que nada el sentido profundo de la crisis. El 22 de abril de 1820, al escribir a un amigo, comparó la cuestión con una campana de alarma de incendios que suena en la noche. Añadió que la había tomado de inmediato por el toque de difuntos de la Unión. La frase siguiente importa todavía más: una línea geográfica que coincide con un principio moral y político y que queda encendida por las pasiones, decía, no hará sino grabarse cada vez más hondo. La fuerza de esas palabras no se debe solo a que sean célebres. Captan con extraordinaria precisión la paradoja del compromiso. Se contuvo la crisis, pero el modo de contenerla consistió en inscribir aún más el problema de la esclavitud en la geografía, en las fronteras y en las instituciones. No era una solución; era una prórroga.

Conviene presentar juntas también las distintas valoraciones de los historiadores. La lectura más tradicional subraya que el compromiso mantuvo un marco legal durante al menos treinta y cuatro años, hasta su derogación en 1854, y que, por tanto, sí aplazó el estallido. Una interpretación moderna más atenta a las estructuras señala que equilibrar la esclavitud mediante una línea geográfica era, en sí mismo, insostenible: cada nueva adquisición territorial volvía a politizar la pregunta de qué lado sumaría un estado. En realidad, ambas lecturas son compatibles. El compromiso fue a la vez una gestión eficaz de la crisis y el molde geográfico de crisis futuras. Contuvo la de aquel momento al precio de dejar preparada, para cada una de las siguientes, una grieta ya trazada y cada vez más profunda.

7. Conclusión

Al situar los dieciséis años de Madison y Monroe dentro de esta serie, lo que más merece retenerse no es un contraste de personalidades, con un Madison débil y un Monroe fuerte. Es lo que cuentan, juntas, aquellas tres capas encajadas una dentro de otra.

Durante la guerra de 1812, esta construcción demostró que el enemigo podía atravesar las defensas de su capital y destruir sus edificios sin que ella tuviera que desplomarse con ellos. Había madurado lo suficiente para dejar de alojar su autoridad en un único centro físico. Tras la guerra, se procuró rápidamente un caparazón estatal más duro mediante un banco, aranceles, carreteras, precedentes judiciales y la doctrina Monroe. Quienes lo reforzaron fueron precisamente los antiguos adversarios de la centralización: otra manifestación de aquella fuerza de gravedad que no escoge a sus hombres. Incluso proyectó por primera vez hacia fuera su perímetro de seguridad, aunque esa proyección todavía fuera un principio proclamado al que no alcanzaban las fuerzas. Detrás de todos esos éxitos, sin embargo, se hacía cada vez más visible un hecho: cuanto mejor conseguía expandirse e integrarse, con mayor nitidez geográfica afloraba la esclavitud, su resto más profundo.

Esa es la línea fundamental de la historia institucional entre 1809 y 1825. Deshace una ilusión muy tentadora: creer que, tras la desaparición de los federalistas, la construcción había entrado por fin en una Era de los Buenos Sentimientos unida y estable. Ocurrió justamente lo contrario. La unidad era superficial, un falso cierre. El resto de la discordia no había desaparecido; se había puesto un rostro más peligroso. La lucha partidista, que cruzaba las regiones, se transformaba en una división regional concentrada a lo largo de líneas geográficas. El paralelo del Compromiso de Misuri, al norte del cual la esclavitud quedaba prohibida «para siempre», parecía resolver el problema. En realidad, solo había colocado en el espacio un resto imposible de absorber y había abierto el primer surco para cada uno de sus futuros estallidos.

Eso fue lo que Jefferson oyó en aquella carta. No escuchaba una disputa circunscrita a Misuri. Oía por primera vez el eco de aquello que, en lo más hondo de la construcción, no podía ser absorbido y acabaría por partirla en dos.

Lo que viene a continuación es una época que llevará a su punto culminante tanto esa expansión como esa exclusión. El derecho al voto de los varones blancos se ampliará enormemente, mientras los pueblos indígenas serán expulsados en masa del este. Las mismas personas ensancharán la democracia y endurecerán la exclusión al mismo tiempo. El poder presidencial conocerá también otra de sus grandes expansiones desde la fundación del país. Será la era de Jackson.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English