Sobre esta edición
Sobre esta edición: Reescritura literaria independiente en español a partir del original chino. El texto principal de referencia es la serie de animación de veintitrés episodios; cuando procede, se recurre también a la novela de Shion Miura. En el original chino se han revisado las formulaciones relativas a la prueba clasificatoria, el club de atletismo de Kansei y las motivaciones de Haiji. Contiene destripes de toda la serie.
Un puesto de relevo. Alguien está de pie, con la mano extendida. Espera.
Lleva mucho tiempo ahí. No sabe cuándo aparecerá su compañero ni en qué estado llegará. Solo puede calentar, consultar el reloj, mirar hacia el cruce y seguir esperando.
A lo lejos aparece un corredor. Se acerca. Lleva veinte kilómetros en las piernas y, en esos últimos cientos de metros, suele haber perdido el control: la postura se deshace, la mirada está vacía y toda su conciencia se reduce a entregar lo que lleva sobre el hombro.
Se quita la banda de tela y la deja en aquella mano extendida.
Quien la recibe se vuelve y sale corriendo enseguida. Quien la entrega se queda quieto.
Desde ese instante, el que acaba de llegar ya no puede aportar nada más al esfuerzo.
Pase lo que pase por delante, le vaya bien o mal al siguiente, conserve él las fuerzas que conserve, solo puede mirar. Su tramo ha terminado. Terminar significa aquí terminar del todo. Muchas veces, segundos después cae al suelo y el personal lo levanta, lo envuelve en una manta y lo lleva a un lado.
En un Hakone Ekiden, cada equipo repite ese gesto ocho veces: cuatro a la ida y cuatro al regreso. Entre el quinto y el sexto corredor hay una noche. El recorrido de vuelta empieza a la mañana siguiente.
Este ensayo se ocupa de esa forma en sí misma.
Diez personas, diez tramos
La estructura del Hakone Ekiden es tan sencilla que se puede explicar en dos frases:
El primer día, cinco corredores se relevan de Tokio a Hakone: es el recorrido de ida. El segundo, otros cinco vuelven de Hakone a Tokio: el de regreso. Diez tramos, diez representantes de cada universidad, uno por tramo; cada uno ronda los veinte kilómetros y el recorrido completo supera los doscientos.
Cada tramo tiene su carácter. Hay llanos, zonas junto al mar, largas subidas. En el quinto se ascienden más de ochocientos metros; tiene nombre propio, yamanobori, la subida a la montaña, y quien lo corre ocupa un lugar especial en el equipo. Unos tramos tienen mucho viento; otros, poca gente; en otros no dejas de estar a la vista de alguien ni un momento.
Cuando Haiji distribuye los relevos, está buscando la correspondencia entre esas características y las de sus diez corredores.
Cada tramo solo puede completarlo la persona a la que se le ha asignado.
En eso, esta prueba difiere de la mayoría de los deportes de equipo.
En fútbol, si uno no está bien, los demás pueden correr más, cubrir sus huecos y repartirse su trabajo. Desde fuera quizá ni siquiera se perciba quién ha sostenido a quién. En baloncesto se puede pasar la responsabilidad del ataque a otro y darle el último tiro al que mejor se encuentra. El voleibol tiene rotaciones, suplentes y tiempos muertos.
Todos esos deportes comparten algo: los compañeros coinciden en un mismo espacio y tiempo y pueden intervenir en lo que hacen los demás.
En un ekiden no es así.
De todo lo que le ocurra a alguien en sus veinte kilómetros, sus compañeros no pueden quitarle ni una parte.
Si le da un calambre, nadie puede padecerlo por él. Si se hunde, ningún compañero puede entrar a sostenerlo y ayudarlo a avanzar: las reglas tampoco permiten sustituir de ese modo su esfuerzo. Fuera de los puntos de avituallamiento, sus compañeros ni siquiera pueden acercarse a prestarle ayuda en el recorrido. Por bien que hayan corrido los nueve primeros, no pueden ahorrarle un metro al décimo ni hacer menos duro ese metro.
Lo que sí pueden hacer sus compañeros es animarlo desde el borde de la carretera. Pero, después del grito, sigue corriendo la misma persona.
Lo que consiguen diez personas está hecho de diez carreras separadas, irreemplazables unas por otras.
Qué es el tasuki
Lo que une los diez tramos es aquella tira de tela: el tasuki, la banda del relevo.
Se lleva cruzada sobre el hombro y pesa muy poco. No proporciona ayuda alguna: no aligera el cuerpo, no aumenta la velocidad, no acorta el trayecto. Al correr incluso estorba un poco.
Su única función es dar testimonio.
Dice que quienes iban antes que tú han completado, cada uno, su parte del recorrido.
Nada más. No transmite fuerza, técnica ni suerte. Quien lo recibe no recibe un recurso efectivo. Recibe una información.
Esa información no produce ningún efecto físico y, sin embargo, toda la estructura de la carrera se sostiene sobre ella.
Muchos equipos cosen cosas en el tasuki: amuletos, palabras, señales dejadas por quienes corrieron antes. Nada de eso tiene tampoco un efecto físico.
Una tira de tela que no hace nada es el único vínculo material entre esos diez trayectos separados.
Una regla que demuestra que el vínculo puede romperse
El Hakone Ekiden tiene una regla llamada kuriage start, o salida anticipada.
Si un corredor se retrasa más allá del límite establecido, el siguiente deja de esperar y sale sin haber recibido el tasuki original: lleva una banda de sustitución. La que venía pasando desde la salida queda interrumpida en ese punto, y los corredores posteriores completan el recorrido con la otra.
La prueba continúa. Los tiempos se contabilizan. Pero eso que se había transmitido desde el principio se ha roto allí.
La regla dice que el vínculo puede cortarse y, aun así, la actividad continuar.
No es una sanción. Es una medida organizativa. Hakone se corre por carreteras de uso público; los cortes de tráfico tienen un límite, detrás vienen otras universidades y el puesto de relevo no puede esperar indefinidamente. La razón de la regla es enteramente práctica.
Para el equipo afectado suele ser el momento más doloroso de toda la prueba. La entrega del tasuki no sucede. Cuando llega el corredor anterior, el puesto ya está vacío.
La regla aclara, al mismo tiempo, la naturaleza de esta forma: la conexión entre los diez no es automática ni está garantizada. Depende de diez acciones que deben completarse por separado y a tiempo. Si una no llega a tiempo, el vínculo se corta en ese punto.
La forma de la carrera
Si extendemos la carrera ante nosotros, aparece esta figura:
La primera mañana, en la salida del primer tramo está el más lento del equipo. Lleva el pelo recogido porque el flequillo le tapa los ojos al correr. Completa su recorrido, entrega el tasuki a quien lo espera en el primer puesto y se detiene.
Después llegan el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto relevo. Al quinto le toca subir la montaña. Al acabar la ida, cinco personas han completado su distancia: las cuatro primeras han entregado la banda, y la quinta, que la recibió de la anterior, ha cerrado la jornada.
A la mañana siguiente comienza el regreso desde Hakone. Sexto tramo, séptimo, octavo, noveno. El noveno lo corre Kakeru, en la misma carretera que Fujioka. El décimo es de Haiji.
Diez tramos. Ocho entregas en el recorrido y una carrera que continúa a la mañana siguiente.
En las ocho entregas se repite el mismo gesto: uno llega corriendo y otro sale. Después de cada una, el que acaba de llegar queda fuera de lo que resta de carrera. El quinto corredor, en cambio, cierra la ida; el sexto no retoma la prueba hasta la mañana siguiente.
Cuando termina el último relevo, los otros nueve ya han salido de ella. Solo una persona cruza la meta.
Y esa línea significa algo porque los nueve tramos anteriores ya se han corrido.
Los diez tenían otras cosas que hacer
Volvamos a mirarlos.
El estudiante de Derecho ya ha aprobado el examen de abogacía, pero los estudios y su futuro siguen reclamando tiempo. El de cuarto busca empleo y tiene la agenda llena de entrevistas. El veterano fumador lleva seis años en la universidad y su matrícula es un problema. El estudiante extranjero cursa Ingeniería a diez mil kilómetros de casa. Los gemelos acaban de empezar primero. El aficionado al manga sigue teniendo la habitación llena de cómics.
Nada de eso desaparece durante el año.
Participar en Hakone no resuelve por sí solo las exigencias de estudiar Derecho. La temporada de contratación no espera a nadie. Correr más deprisa que el año pasado no resuelve un problema de matrícula. Una carrera no hace que la familia, allá en Tanzania, deje de esperar aquel título.
La obra mantiene presentes todos esos asuntos y deja que reaparezcan cada cierto tiempo: uno falta a entrenar porque tiene una entrevista, otro estudia de madrugada, sentado a una mesa, otro recibe una llamada de casa.
No se resuelven ni se embellecen bajo la etiqueta de «una juventud que quiere llegar a todo». Son dos cosas simultáneas y cada una ocupa su tiempo.
Nadie tiene que abandonar su vida anterior. Tampoco se dispone que esa vida mejore gracias al atletismo. Ambas cosas siguen presentes en cada persona, cada una por su lado.
Ni siquiera al final de la carrera los diez se han convertido en la misma clase de persona.
Diez personas han completado una misma cosa. Esa cosa no las ha convertido en una sola.
El tramo de Haiji está sujeto a lo mismo
Conviene señalar algo por separado: la regla también se aplica al organizador.
Haiji ha reunido a los diez, ha preparado sus entrenamientos, ha repartido los relevos y ha calculado los cuerpos y los tiempos de todos. Es el autor del proyecto.
Cuando llega la carrera, la estructura de la prueba lo coloca exactamente en la misma posición que a los otros nueve: décimo tramo, más de veinte kilómetros, su propia rodilla, la última parte del regreso a Tokio.
En ese camino nadie puede sustituirlo. Todos los preparativos anteriores no le ahorran ni un metro.
Puedes diseñar un proyecto entero, decidir quién corre cada parte y conocer todos los datos físicos de todos. Pero, al entrar tú en la carretera, tienes tanto como los demás. Y tan poco como ellos.
La obra no lo presenta como un castigo ni como un acto de justicia. Es el resultado de unas reglas que se aplican por igual a todos.
Dos frases
Pongamos juntas la escena del comienzo de esta serie y la de su final.
Primera frase: cuando metieron a los nueve en el proyecto, no conocían el conjunto. Se habló primero del alquiler y después de las condiciones. El estado de la pierna, la condición más importante, permaneció oculto.
Segunda frase: los nueve terminaron. Cada uno recorrió su tramo con sus propias piernas, por un camino en el que nadie podía sustituirlo.
Las dos frases son ciertas dentro de esta historia.
¿Qué relación guardan? ¿Lo posterior cambia lo anterior? ¿No necesita cambiarlo? ¿Son, sencillamente, dos cosas distintas? Este ensayo no ofrece una respuesta.
Solo puede darla cada persona que haya llegado hasta aquí. Y probablemente no sea la misma para todas.
Qué es eso que se consigue
Volvamos, por última vez, a la forma.
Para completar algo hacen falta diez personas. A la vez, es algo que nadie puede hacer por otro.
Normalmente esas dos frases chocan.
Lo que solemos llamar «conseguir algo juntos» tiene otra figura: repartir tareas, coordinarse, que el fuerte compense al débil y alguien cubra el punto que falla. Al final no está claro de quién es el resultado y tampoco hace falta aclararlo. La ventaja es la flexibilidad: si una parte afloja, las demás pueden tensarse. El precio es que los límites de cada persona se vuelven borrosos. Una vez borrados, cuánto ha hecho uno por otro y a quién ha eclipsado quién pasan a ser una cuenta imposible de cerrar.
El ekiden coloca dos cosas dentro de una sola estructura: necesita a diez personas, sin que pueda faltar ninguna, y a la vez impide que una aporte el esfuerzo físico que corresponde a otra.
No tiene esa elasticidad. Cuando una parte afloja, afloja. Las demás no pueden tensarla por ella.
Lo conseguido no está en ninguna de las personas.
No está en Haiji: él ha corrido el décimo tramo. No está en Kakeru: él ha corrido el noveno. No está en Príncipe. No pertenece a nadie, porque nadie ha hecho más que su propia parte del recorrido.
Solo existe en un lugar: después de que se hayan completado los diez tramos.
Y no puede existir antes. Durante el noveno relevo todavía no existe. Solo queda constituido después del último paso y, hasta entonces, en cualquiera de los minutos anteriores, podría no llegar a existir.
Necesita a cada uno, pero no pertenece a ninguno.
Aquella mañana, en la salida del primer tramo estaba alguien que antes no podía correr ni cien metros. Llevaba el pelo recogido porque el flequillo le tapaba los ojos al correr.
A la tarde siguiente, tras más de diez horas acumuladas de carrera, cruzaba la meta del décimo tramo alguien que llevaba tres años con una rodilla dañada.
Entre ambos, otros ocho habían completado sus veinte kilómetros cada uno. Quienes terminaron en un puesto de relevo se detuvieron y vieron alejarse al siguiente. El quinto llegó a la meta de la primera jornada: no hubo un sucesor que saliera inmediatamente después de él. La prueba continuó a la mañana siguiente.
Esa es la figura completa de lo que ocurrió.
Una tira de tela pasó de mano en mano ocho veces a lo largo del recorrido. La carrera se detuvo por la noche y continuó al día siguiente. Diez personas recorrieron, cada una, su parte del camino.
Y lo sucedido al principio en aquel edificio —el alquiler, las condiciones, la pierna que se ocultaba— no quedó anulado por la carrera ni justificado por ella. Sigue ahí, al comienzo de lo sucedido, y pertenece a la misma historia que su final.
El viento sigue soplando igual.
Run with the Wind (風が強く吹いている), novela original de Shion Miura (Shinchōsha). Serie de televisión dirigida por Kazuya Nomura, con guion de Kōhei Kiyasu y animación de Production I.G; emitida entre octubre de 2018 y marzo de 2019, veintitrés episodios. Esta serie de ensayos toma como referencia el anime. La salida anticipada, kuriage start, forma parte del reglamento real del Hakone Ekiden.