Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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La vara de medir que se llevó a la universidad

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Sobre esta edición: Reescritura literaria independiente en español a partir del original chino. El texto principal de referencia es la serie de animación de veintitrés episodios; cuando procede, se recurre también a la novela de Shion Miura. En el original chino se han revisado las formulaciones relativas a la prueba clasificatoria, el club de atletismo de Kansei y las motivaciones de Haiji. Contiene destripes de toda la serie.

En el patio de Chikuseisō, un grupo da vueltas corriendo. Van a trompicones. Uno jadea, otro se ríe, otro cuenta las vueltas que faltan.

Kakeru Kurahara los observa. Hasta que estalla.

Lo que dice viene a ser: ¿a eso lo llamáis correr?

La frase deja en silencio a toda la casa durante un buen rato y lleva su relación con los demás al punto más bajo. Este ensayo trata de averiguar de dónde sale.

Trece minutos y cincuenta segundos

Kakeru estudió en el instituto Sendai Jōsei. En su segundo año de instituto en Japón corría los cinco mil metros en trece minutos y cincuenta y tantos segundos.

La cifra necesita algo de contexto.

Cinco mil metros en trece minutos y cincuenta segundos suponen mantener un ritmo de dos minutos y cuarenta y tantos por kilómetro durante doce vueltas y media. En el atletismo japonés de instituto, eso lo sitúa entre un puñado de los mejores del país. En un equipo universitario lo convertiría de inmediato en uno de los principales corredores. Ni siquiera en un equipo de empresa sería una mala marca.

Conseguirla a los diecisiete años significa que ya hay un camino trazado para el resto de tu vida: una universidad potente, un equipo de empresa y, a partir de ahí, seguir ascendiendo. El centro reorganizará sus recursos para ti, el entrenador preparará tus sesiones y tu calendario entero girará alrededor de esa cifra.

No es, por tanto, «un chico que corre bastante rápido». Es de aquellos a quienes se señala y se aparta del grupo desde el primer momento.

Y en Chikuseisō convive a diario con compañeros que, en su mayoría, apenas saben correr.

Aquel entrenador

Kakeru no llegó al final de ese camino trazado.

En su club había un entrenador para quien ganar estaba por encima de todo. Kakeru no encajaba con él. La tensión acabó en un enfrentamiento y llegaron a las manos.

La consecuencia fue una sanción que le impedía competir y su salida del club.

La obra tarda mucho en contar lo sucedido de principio a fin. Hasta entonces solo sabemos que «tuvo un problema». Ese hueco también forma parte del relato: Kakeru llega a Chikuseisō en primero de carrera con un pasado que nadie conoce, aunque todos adviertan que le ocurre algo.

Hay que detenerse en los métodos de aquel entrenador, porque ahí empieza este ensayo.

Poner la victoria por encima de todo significa ordenar cuanto ocurre en el equipo según un único criterio: si produce resultados. Ese criterio clasifica a las personas, organiza los entrenamientos y decide quién merece recursos y a quién se puede descartar. Dentro de ese sistema, todo lo que obtiene un corredor rápido lo obtiene a cambio de su velocidad.

Kakeru estaba en lo más alto de ese orden.

Es fácil pasar por alto ese detalle, pero importa: no era la víctima de aquella clasificación. Era su mayor beneficiario. Corría más que nadie y por eso recibía más que nadie: el mejor entrenamiento, la mayor atención, las expectativas más altas. Llevaba en ese lugar desde la adolescencia.

Todo el trato que recibía allí se apoyaba en sus marcas.

Después vino el golpe, la sanción, la salida del club. Y con ello desapareció la posición que sus resultados le habían proporcionado.

Qué le quitaron

«Sanción», «abandono del club»: se escriben deprisa esas palabras. Pero hay que ver lo que se llevan consigo.

No le quitan el acto de correr. Kakeru conserva las piernas, las calles siguen ahí y puede salir cuando quiera.

Le quitan el mundo organizado alrededor de ese acto: un equipo, competiciones, registros oficiales, el camino hacia el siguiente nivel. Todo eso componía el mundo en el que vivía desde adolescente.

Alguien puede correr veinte kilómetros todos los días y haber dejado de ser corredor. Institucionalmente, son dos cosas distintas.

Y todo su lugar en aquel mundo lo había conseguido mediante sus marcas. Después de la sanción y la salida del club, esas marcas ya no se canjean por un equipo, por carreras o por un futuro. Es el mismo sistema de conversión que utilizaba el entrenador.

Lo expulsan del mismo modo en que antes lo habían elevado.

Sigue corriendo, pero ya no es lo mismo

Después de dejar el club, Kakeru ingresa en la Universidad de Kansei. Sobre el papel existen un club de atletismo y Chikuseisō, su residencia de entrenamiento. Lo que no hay es un equipo de fondo consolidado que pueda acogerlo sin más.

Al principio no se incorpora a una estructura normal de entrenamiento. Corre solo.

Y, la noche en que Haiji se cruza con él, corre por una razón concreta: ha robado y lo persiguen. Ha convertido sus piernas en una herramienta para hurtar.

Vale la pena detenerse aquí.

Una persona con una capacidad excepcional para correr pierde su lugar en el atletismo y sigue saliendo todos los días. Pero el uso que da a esa capacidad ha cambiado. Antes le permitía avanzar por el camino que tenía delante. Ahora le permite escapar.

Le han quitado el correr, pero sigue corriendo. Cuando corre, huye.

Haiji lo alcanza en bicicleta y le pregunta: oye, ¿te gusta correr?

Aquella noche es una pregunta extraña.

Un desconocido le pregunta eso a un ladrón al que están persiguiendo. Más importante aún: la pregunta no tiene dónde encajar entre las herramientas que Kakeru maneja en ese momento.

En el lenguaje que conoce, las preguntas posibles sobre correr son otras: cuántos segundos, en qué puesto, si puedes entrar en el equipo, si das el nivel. Todas tienen respuesta. Todas las respuestas son números.

«¿Te gusta?» no pertenece a esa familia. Su respuesta no puede medirse.

Kakeru no contesta esa noche.

Lo que se llevó consigo

Volvamos ahora a la frase del patio.

Kakeru mira a los otros nueve y no consigue ver qué están haciendo. No basta con atribuirlo a su arrogancia. O, mejor dicho: llamarlo «arrogancia» deja fuera lo más importante.

Su vara de medir tiene una sola marca: la velocidad.

Con ella no se distingue entre alguien que tarda más de veinte minutos en hacer cinco mil metros y alguien incapaz de correr. La diferencia es demasiado pequeña para leerla. Todo lo que hacen en ese patio los compañeros menos experimentados arroja el mismo valor: cero.

¿Quién le ha dado esa vara?

Aquel entrenador que solo pensaba en ganar. Aquel instituto de élite. Todo el sistema en el que lo introdujeron cuando era un adolescente.

Le pegó a aquel hombre y después se llevó su vara de medir a la universidad.

La frase no elogia ni condena. Describe algo muy habitual: podemos salir de un sistema llevándonos sus criterios de medida, sin saber siquiera que los llevamos encima. Porque, cuando tienes esa vara en la mano, no parece una vara. Parece la realidad misma: los rápidos corren; los lentos hacen otra cosa.

Un instrumento de medida usado durante muchos años deja de presentarse como una opinión. Se presenta como la manera de «ver». Kakeru, de pie en el patio, no cree estar valorando nada. Cree limitarse a describir lo que está ocurriendo ante sus ojos.

Y sus palabras hieren tanto precisamente porque no pretende herir. Dice lo que de verdad ve.

Además, le cuesta hablar. No sabe comunicarse bien y tiende a encerrarse en sí mismo. No dispone de recursos para suavizar la frase ni, una vez dicha, para explicarla.

Lo que hacen cada mañana

Hay algo que aparece en la obra más veces que cualquier escena aislada: los diez salen a correr juntos, a diario.

Al principio resulta penoso para Kakeru. Su ritmo está tan lejos del de los otros que acompañarlos le parece lo mismo que no correr. Se adelanta solo, les saca una vuelta entera y, al mirar atrás, ve aquella hilera de siluetas que avanzan a trompicones.

Eso sucede día tras día durante un año.

La obra no prepara una escena en la que lo «acepte». Simplemente lo repite: por la mañana, la misma ruta, la misma gente. El rápido y los que apenas aguantan corren al mismo tiempo, haciendo lo mismo.

La posición de Haiji en medio de todo esto también es extraña. Habla con ligereza y luce siempre la misma sonrisa, pero cada encuentro con él deja a Kakeru revuelto por dentro. La ficha oficial del personaje lo señala: la despreocupación de Haiji, lo que dice y hace, nunca deja tranquilo a Kakeru.

Esa inquietud merece atención. No es sentirse ofendido ni emocionado. Se parece más a la incomodidad de tener una vara de medir que, en cierto punto, no permite leer ninguna cifra.

Sakaki y Fujioka

Alrededor de Kakeru, la obra sitúa a otros dos corredores procedentes de su mismo mundo.

Kōsuke Sakaki cursa primero en la Universidad Deportiva de Tokio y fue al mismo instituto que él. Es bajo, muy bueno y corre el octavo tramo en Hakone. Tiene una fijación intensa con Kakeru. Hay cuentas pendientes entre ellos.

Kazuma Fujioka está en cuarto de la Universidad de Rikūdō. Es su estrella y una pieza central de sus tres victorias consecutivas en Hakone. Uno de los corredores más rápidos de toda la competición. Corre el noveno tramo, el mismo que Kakeru.

La obra da una forma muy concreta a la fijación de Sakaki. No es una declaración del tipo «voy a derrotarte», sino algo más pegajoso. No deja de vigilar a Kakeru, de preocuparse por lo que Kakeru piensa de él, de exigir que le reconozca algo. Comparten un pasado de instituto que el relato va revelando despacio.

Fujioka ocupa otra posición. Ha llegado a la cima de ese sistema, sin la fijación de Sakaki por una persona concreta. No tiene cuentas pendientes con Kakeru. Sencillamente, corre por el mismo camino más deprisa que la mayoría.

Los tres juntos no forman una escala de menor a mayor.

Son tres formas distintas. Kakeru ha salido despedido del sistema. Sakaki permanece dentro y dirige su obstinación hacia una persona concreta. Fujioka está en lo más alto. La obra los coloca uno al lado del otro, sin ordenarlos.

Se ve con especial claridad en el noveno tramo: Kakeru y Fujioka recorren el mismo trayecto. De ese trayecto sale una marca, y las marcas pueden compararse. La obra, sin embargo, no utiliza esa comparación para medir a los dos hombres.

Tampoco construye un momento de culminación formulado como «Kakeru por fin ha superado a Fujioka» o «Fujioka por fin ha reconocido a Kakeru». Termina el noveno tramo. Cada uno ha recorrido su parte y entrega el tasuki, la banda de relevo, al siguiente corredor.

Lo que hace después

Conforme avanza la historia, Kakeru hace algo difícil de conciliar con aquella frase del principio.

Ayuda a Príncipe a corregir su manera de correr.

La tarea no es complicada de explicar: detecta dónde malgasta energía y va corrigiéndolo poco a poco. Lo de recogerse el pelo es un efecto secundario de ese proceso: Príncipe descubre que el flequillo le tapa los ojos al avanzar.

Importa la posición que ocupa este trabajo: el más rápido del equipo dedica su tiempo a los movimientos del más lento.

Y lo hace de manera sostenida. No se trata de un consejo ocasional. Una y otra vez, junto a la pista, después de entrenar, observa a Príncipe y le indica el ángulo de los brazos, el punto donde debe apoyar el pie, la inclinación del tronco. Corregir una técnica es tedioso para quien corrige y para quien recibe la corrección.

Después de todos los cambios, Príncipe sigue siendo el más lento. Kakeru lo sabe, por supuesto. Nadie tiene más claro que él cuántos segundos pueden aportar esas modificaciones.

Con la vara que trajo al llegar, nada de esto tiene sentido. Corregir un cero para obtener otro cero deja intacta la lectura.

No voy a proclamar aquí que se ha convertido en mejor persona. La propia obra tampoco lo proclama.

Solo sitúa en un mismo relato dos escenas: aquella pregunta del patio, «¿a eso lo llamáis correr?», y a ese hombre que después, al borde de la pista, corrige una y otra vez el ángulo del brazo de un compañero.

Y hay que dejar algo claro: Kakeru no ha renunciado a la velocidad. Sigue queriendo correr más deprisa. Sigue afrontando el tramo más exigente de la competición y empujándose hasta el límite. No se ha convertido en alguien a quien le den igual las marcas.

El cambio está en otra parte. La obra no le pone nombre.

Lo ocurrido entre ambas escenas se despliega muy poco a poco. Ningún episodio funciona como el punto de inflexión.

Entre ellas hay muchos días concretos: mañanas corriendo juntos, comidas compartidas, él junto a otros cuando no pueden más y otros junto a él cuando es él quien no puede seguir corriendo. Hay discusiones, largos silencios, reconciliaciones y también cosas que nunca se arreglan: simplemente pasan.

La obra no le reserva una escena en la que diga «ya lo he entendido». Tampoco pone a otro personaje a resumirlo por él.

Cambiar una vara de medir no se filma aquí como un instante.

Hay algo que no he mencionado todavía porque pertenece al próximo ensayo.

Cuando Haiji pregunta a Kakeru si le gusta correr, él también ha sido expulsado del atletismo. La diferencia es que a Kakeru lo han expulsado mediante una sanción, y a Haiji, su cuerpo.

Cuando se encuentran en aquella calle, ninguno de los dos está en la pista.

El hombre que organiza todo esto, que prepara un entrenamiento para cada uno y ha palpado las piernas de los diez, tiene la rodilla derecha dañada.

Los otros nueve no lo saben.

Seguimos en el próximo ensayo.

Run with the Wind (風が強く吹いている), novela original de Shion Miura (Shinchōsha). Serie de televisión dirigida por Kazuya Nomura, con guion de Kōhei Kiyasu y animación de Production I.G; emitida entre octubre de 2018 y marzo de 2019, veintitrés episodios. Esta serie de ensayos toma como referencia el anime.