Nombres que se desprenden
Johan toma su nombre de un cuento; Anna se convierte en Nina Fortner; los niños del 511 son números. El nombre no es una esencia indestructible. Precisamente por eso importa que una institución lo quite: intenta controlar quién puede llamar, recordar y responder a esa persona.
Igualdad sin intercambiabilidad
Tenma recuerda a sus pacientes por su nombre. Para la técnica quirúrgica quizá basten números, pero el nombre indica una vida concreta que continúa fuera del historial. El orden de llegada impide privilegiar al alcalde; recordar al niño impide que la igualdad se convierta en anonimato. Nadie por encima y nadie borrado.
El cacao de Ruhenheim
Roberto recuerda el cacao semanal del orfanato. En otra parte de la ciudad, Grimmer moribundo recuerda a Adolf Reinhart, el niño que amaba ese cacao. No se reencuentran; el lector une ambas memorias. El detalle no repara sus vidas, pero muestra que la institución nunca fue la única autora de lo que quedó.
Una huella llevada por otros
Un nombre sobrevive porque alguien lo pronuncia o lo lleva cuando su dueño ya no puede. Esa dependencia lo vuelve frágil y, a la vez, resistente al control administrativo. No garantiza una identidad intacta; conserva la afirmación de que aquí hubo una persona particular que no se agota en su función, diagnóstico, delito o experimento.