Juicio y juego · Competir
Quiero ganar, pero tú no eres solo mi rival
Has hecho una buena jugada que no había previsto. Sigo queriendo ganar. También puedo descubrir, en ese instante, que esa jugada es tuya y no solo un problema que me has puesto delante.
Dos personas pasean por un parque. Una dice de pronto: hasta aquel árbol. Apenas termina la frase, ambas echan a correr. A mitad del camino, quien va delante mira atrás y afloja medio paso. La otra persona descubre que el lado exterior ha quedado libre: también puedo adelantar por aquí.
No se han inscrito ni tienen árbitro, pero hay una carrera. El punto de salida es donde estaban, la meta es el árbol y gana quien llegue primero. Han acordado eso, no cuándo acelerar ni por qué lado adelantará cada uno. Esas cosas quedan en manos de las dos personas que corren.
A solas me encuentro con el camino, el viento y mis piernas. En cuanto entra alguien más, algo cambia. También quiere llegar primero, también está mirando y también cambia según cómo corro yo. Queremos el mismo puesto, y el primero no puede corresponder a ambos.
El otro también mira cómo miro yo
En la carrera hay más que un cuerpo que adelantar. Supongo que piensa que iré por dentro; quizá él esté esperando que haga precisamente eso. Prever su paso siguiente incluye considerar cómo prevé el mío. No es un material que se quede inmóvil en cuanto termino de calcularlo.
Pero adivinar si va a acelerar y descubrir un camino por el que adelantar siguen siendo dos cosas. La primera aporta material para el juicio. La segunda es lo que llamamos juicio en esta serie: he visto una posibilidad que las reglas no habían fijado por completo para esta ocasión. Lanzarme o no y cuándo hacerlo es la acción posterior. Suelen estar muy cerca sin convertirse por ello en lo mismo.
También puedo equivocarme al juzgar. Creía posible adelantar por fuera y el otro acelera, o el camino resulta más estrecho de lo que parecía. No conseguir pasar no borra el juicio que hice. Conseguirlo tampoco permite calificarlo solo por el resultado. Hay que preguntar qué vi exactamente en ese instante y en qué me apoyé.
Querer ganar puede ser un impulso del momento. Llegamos al árbol, nos reímos y seguimos paseando. También puede pertenecer a una trayectoria más larga: llevo años entrenando, quiero ser alguien que corre rápido y esta carrera se relaciona con quien deseo llegar a ser. No estamos ordenando a esas dos personas por su valor. El mismo «quiero ganar» puede tener un peso distinto en cada una.
Por eso reír al ganar o llorar al perder no permite a quien mira explicar por completo a la persona. Una derrota puede tocar años de esfuerzo o provocar solo un disgusto pasajero. Callarse después de ganar tampoco demuestra que no se estuviera jugando. Los actos y las emociones visibles aportan material, no entregan automáticamente todas las razones de alguien.
Esa jugada, ante todo, es suya
Pasemos al tablero. Mi rival hace una jugada que no había calculado. Sacrifica una pieza y abre un camino antes bloqueado. Yo no dejaba de pensar en conservar las piezas y, de pronto, descubro que también se podía jugar así.
Ver ese camino es mi juicio; encontrar aquella jugada fue el suyo. Que pueda darle la vuelta a la partida es otra cuestión. Todo eso puede estar presente a la vez. No tengo que negar que yo también he visto algo porque haya sido él quien movió. Tampoco puedo atribuirme su descubrimiento solo porque haya comprendido la jugada.
Por supuesto, puedo seguir queriendo ganar. Respetar al rival no exige dejar mis piezas quietas ni perder a propósito. La competición tampoco se ha vuelto cooperación: el resultado de esta partida sigue repartiéndose como antes. Decir «buena jugada» no ha cambiado la relación que organiza el encuentro.
Pero mientras compito puedo ver algo más que una estrategia que debo deshacer. Puedo ver a una persona que juzga por sí misma. No existe para poner dificultades a mi victoria. Ha encontrado una jugada que yo no veía; eso tiene un peso propio sin esperar a que yo la use para ganarle la próxima vez.
Suena a darse la mano después de la partida o a decir «qué bien has jugado». Pero el apretón puede ser una formalidad y el elogio una frase para quedar bien. Incluso reconocer la derrota solo nos dice que alguien acepta este resultado. No demuestra directamente cómo ve a la persona de enfrente.
Revisar juntos la partida tampoco revela enseguida la diferencia. Quien solo quiere ganar puede escuchar con atención la explicación del rival y modificar su interpretación. Vale la pena seguir mirando si ha escuchado la idea como idea del otro o si solo la ha almacenado como información para la próxima partida. ¿He cambiado cómo entiendo a esta persona que juega o he actualizado únicamente el mapa de sus jugadas?
Ambas cosas pueden suceder juntas. Que siga queriendo ganar no permite afirmar que sea incapaz de reconocer al otro. Que quiera revisar la partida tampoco me concede un certificado de respeto. Una conversación posterior aporta material nuevo sobre el instante anterior, pero no es una máquina que muestre directamente lo que ocurría por dentro. Cuando falta información, dejar esa falta abierta es más honrado que completar la historia en nombre de alguien.
Tras el encuentro, aclarar juntos una jugada puede convertirse en una partida cooperativa. La actividad sigue llamándose ajedrez, pero la relación ha cambiado. Distinguir esa transición ayuda más que fijar para siempre toda una actividad en el cajón de la competición o en el de la cooperación.
El nombre no lo explica todo
En el ámbito profesional se ve con claridad. El participante juzga qué hacer dentro de la competición; un contrato regula, a la vez, su participación. El resultado se enlaza con premios, ingresos y la elegibilidad para competir. Juego y trabajo pueden coexistir en un mismo encuentro. Cobrar no vuelve falsos los descubrimientos de cada jugada. Estar jugando de verdad no elimina el trabajo ni el contrato.
La clasificación y el marcador pueden pertenecer a las propias reglas. Ganar un trofeo no es lo mismo que apostar tu dinero al resultado. Excluimos de esta discusión la parte de las apuestas por su conexión con lo que se arriesga fuera de la partida, no porque quienes apuestan carezcan de juicio. Si un participante apuesta dinero al resultado del encuentro, dejamos fuera esa parte suya; no borramos el juego normal de los demás. El artículo deja abierta la cuestión de las cuotas de inscripción reunidas en una bolsa de premios. Tampoco garantiza el ejercicio del juicio en una actividad decidida solo por el azar.
Hacer trampas desplaza la pregunta. Dos personas creen competir bajo las mismas reglas, pero una altera a escondidas lo que sucede. La partida en la que la otra aceptó entrar ya no coincide con lo que realmente encuentra. Mirar una carta en secreto puede cambiar las probabilidades de ganar sin volver innecesario todo juicio posterior.
Según la distinción de esta serie, la parte del tramposo ya no cuenta como juego; la del rival que sigue jugando según lo acordado continúa siéndolo. Si todos hacen trampas juntos, no queda una parte así dentro de la partida original. Pero el artículo no ha resuelto por completo cómo justificar esa frontera ni cómo distinguir un acuerdo para hacer trampas de un cambio de reglas pactado abiertamente. Exponer las preguntas no es haber terminado su demostración.
Perder a propósito por una apuesta es distinto de reconocer que la posición está perdida y rendirse. Lo primero enlaza el resultado con una apuesta exterior. Lo segundo puede ser simplemente el acto que termina la partida. Ver solo el resultado «ha perdido» no permite equipararlos. Oír «esto es un juego» tampoco hace desaparecer una alteración encubierta del acuerdo.
Una gran diferencia de nivel no vacía necesariamente la partida. Un experto juega con un principiante y quizá el resultado sea previsible. El principiante todavía puede descubrir un camino por primera vez. Lo que podemos afirmar de la práctica está en ese descubrimiento suyo, no en una nota de progreso que alguien le ponga desde fuera. Que lo conserve y que lo lleve a la vida siguen siendo otras preguntas.
Al final llegamos al árbol del parque. Quién ha llegado antes es el resultado de la carrera. El camino descubierto a mitad de trayecto es el juicio de una persona en esta ocasión. La manera de correr del otro sigue siendo cosa suya. Disputar la carrera en serio y dejar intacto eso nos evita quedar encerrados entre dos posiciones demasiado estrechas: pensar solo en ganar o fingir que ya no queremos hacerlo.
Fuente y nota de lectura
Este ensayo se ha escrito a partir del artículo SAE correspondiente; no traduce, párrafo por párrafo, toda su argumentación técnica. La versión inglesa original se escribió de forma independiente para sus lectores, y las dos versiones chinas son completas. Esta versión española se ha elaborado directamente desde el ensayo chino completo. Que el juego abra una posibilidad no garantiza una mejora, no convierte la actividad en una prueba de personalidad ni obliga a nadie a participar. Artículo de origen: competir.