Juicio y juego · Cooperar
No puedo bailar esta pieza por los dos
Mi pareja añade medio paso hacia la derecha y no la devuelvo al lugar previsto. Responder bien es valioso, pero queda otra pregunta: ¿he recibido su paso o lo he usado únicamente para conseguir la figura que yo quería?
Llega el compás del giro. Él añade medio paso hacia la derecha. Ella no lo devuelve al lugar ensayado: sigue ese medio paso y encuentra un giro que no habían preparado. Al terminar, los dos se ríen.
Se parece a la cooperación que nos gusta. No hacemos cada uno nuestros movimientos para sumar luego los resultados. Mi paso siguiente responde al tuyo y aparece algo que ninguno de los dos podía haber escrito entero de antemano.
Pero ¿responder bien demuestra que se están respetando de verdad? No tan deprisa. El baile conmueve, pero lo que hemos visto no permite llegar tan lejos. Alguien que solo utiliza a su compañero también puede adaptarse muy bien a sus movimientos.
Veamos primero lo ocurrido. Los pasos, la música y los acuerdos de ambos habían fijado mucho. Ese medio paso añadido ahora no estaba decidido del todo. Ella descubre una manera de continuar el compás: ese es su juicio. Prever que él irá hacia la derecha le aporta material. Girar realmente es la acción posterior. Están muy cerca, pero no son lo mismo.
Su paso todavía tiene que ser suyo
Al competir, tu siguiente paso es aquello que intento superar. Al cooperar, es parte de lo que queremos hacer juntos. La diferencia no está en que las personas cooperativas sean más buenas, sino en cómo podemos conseguir lo que queremos en esta actividad.
No basta con que yo baile muy bien para bailar a dos. En un dúo musical, el otro instrumento no es un fondo invariable. En un puzle compartido podemos hacer más que repartir así el trabajo: yo señalo dónde va cada pieza y tú la colocas. La cooperación abre otra posibilidad. Tú descubres y respondes por ti mismo, y tu parte puede enlazarse con la mía.
Repartir funciones no significa que alguien se pierda a sí mismo. Una coreografía bien aprendida tampoco exige renegociar cada compás. La pregunta aparece cuando la persona real difiere de la que había previsto: ¿solo cambio de método para que siga sirviendo al efecto que busco, o también acepto que corrija mi manera de entenderla?
Las dos adaptaciones pueden parecerse desde fuera. Para distinguirlas no basta con mirar si nos movemos al unísono o nos sonreímos. Tampoco hace falta expedir a dos personas un certificado de personalidad en cuanto muestran compenetración. Coordinarse proporciona condiciones para un encuentro, no lo garantiza.
Tener mi propio objetivo no me obliga a retirarme. Puedo querer bailar bien, desear que el espectáculo salga bien y reconocer que tu juicio es tuyo. No hay que elegir entre tener objetivos y respetar a las personas. Importa si mi objetivo ha absorbido por completo a quien tengo delante.
Tampoco podemos hacer el cambio inverso: descubrir que alguien solo quiere aprovecharse del compañero y declarar por eso que ya no hay cooperación. Puede seguir necesitando el juicio del otro y su respuesta efectiva. La organización cooperativa no desaparece solo por su actitud. Hay que preguntar por separado cómo se constituye la actividad y cómo trata a la otra persona dentro de ella. Cambiarle el nombre no nos ahorra la segunda pregunta.
Un equipo reúne estas relaciones en el mismo terreno: cooperación dentro del equipo y competición entre equipos. Así está organizada la actividad. Admirar al rival y escuchar en serio sus ideas mientras compito describe, en cambio, cómo lo trato yo. Esa actitud no convierte por sí sola la competición en cooperación. El nombre «equipo» tampoco garantiza que cada integrante sea tratado como compañero.
No eres material para que yo practique el respeto
Merece la pena aprender a tratar así a las personas. La dificultad empieza cuando lo convierto en el proyecto que tengo que completar hoy: la dirección puede cambiar en el acto.
La primera dificultad está de tu lado. Si te llamo para que me sirvas de ejercicio de respeto a los demás, sigo pidiendo que estés al servicio de mi crecimiento. Digo que quiero dejarte ser tú, pero me urge comprobar si yo me he vuelto una persona mejor.
La segunda está de mi lado. No puedo ordenarme, apretando los dientes, que ahora mismo te reconozca con sinceridad. Puede ser un propósito muy serio. La firmeza de ese propósito no garantiza que el reconocimiento haya sucedido ya.
No significa que pensar en practicar vuelva impuro el juego. Puedo querer mejorar la coordinación y proponer que juguemos. Una vez dentro, puedo atender a la actividad real. El motivo que me trajo y la manera en que trato al compañero ahora son preguntas distintas. Mi deseo anterior no cancela el juego ni certifica la relación posterior.
Hay bastante que podemos hacer. Darnos tiempo, elegir algo que ambos queramos jugar y permitir rechazar, cambiar y parar. No dictar enseguida una conclusión sobre el otro cuando no logramos enlazar nuestros pasos. Así ofrecemos condiciones para algo bueno, no le ordenamos que ocurra a una hora. Lo que quede finalmente dependerá de quienes juegan.
Lo mismo vale al organizar juegos cooperativos para niños. El adulto puede decir con claridad que tiene una intención educativa. Pero no puede rellenar él solo las tres respuestas: si el niño quiere venir, si ahora le conviene y si puede salir. Lo que el niño descubra de verdad será suyo. Eso no borra la contribución del organizador, pero tampoco le da derecho a decidir por el niño qué ha descubierto y qué reconoce como propio.
Dejar un hueco tampoco consiste en callarse a propósito y esperar que el niño lo complete con la respuesta exacta que quería el adulto. Si se deja de verdad en sus manos, ha de caber que no responda, que lo haga de otro modo o que hoy no quiera jugar. El organizador puede ajustar las condiciones al niño real. No debe convertir la respuesta ideal que no apareció en otro deber que el niño ha incumplido.
Algunas actividades de equipo llegan como una orden del trabajo. Quienes asisten están cumpliendo una exigencia laboral. Puede haber en ellas una parte de juego, pero la obligación no debe esconderse tras «todos estamos aquí por gusto y pasándolo bien». Si alguien no puede negarse, hay que reconocer primero la limitación que afronta. El nombre del evento no responde por él.
¿Y dejar ganar a un niño al ajedrez? Darle una pieza de ventaja o el primer turno, de manera que lo sepa y acepte, es acordar nuevas reglas. Preparar su victoria sin decírselo exige otra pregunta: ¿le he presentado un resultado organizado por mí como si lo hubiera ganado él por sí mismo? No hay que tratar toda concesión oculta como si fuera lo mismo. El artículo deja abiertas preguntas sobre la frontera del juego en estos casos. La posibilidad de sustituir al otro, sin embargo, ya merece atención.
Que algo valga la pena no lo convierte en deberes. No disfrutar los juegos cooperativos no significa tener menos respeto. Coordinarse bien no demuestra haber aprendido a respetar. No hay aquí una escalera hacia una personalidad superior ni un motivo para traer a otros a ayudarnos a subirla.
Al escribir, ¿hay ya alguien al otro lado?
Hay respuestas que llegan a través del papel. Quien escribe una novela está solo, pero a menudo cambia entre dos sillas: la de quien escribe y otra en la que coloca, por un momento, al lector imaginado.
Supongamos que, antes en la novela, el sobrino ha dicho que nunca entró en el despacho. Al escribir la búsqueda del testamento, el autor hace que el personaje lleve primero la mano al segundo compartimento del lado derecho del escritorio y solo después pregunte dónde está el testamento. Parecía un gesto para ayudar. Desde el lugar del lector aparece otra posibilidad: ¿conocía ya ese sitio?
Advertir que el mismo texto admite esa lectura es el juicio del autor en esta ocasión. Prever si el lector adivinará por ello quién es el asesino es una anticipación. Volver y hacer menos llamativa la frase es la acción posterior. El ejemplo no declara que el sobrino haya mentido ni que sea el asesino. Descubre que el texto ha abierto un camino además del sentido que el autor tenía previsto.
Imaginar al lector no añade una persona real junto al escritorio. Sigue siendo el autor quien cambia de posición. Pero sus palabras ya se organizan hacia otra manera de leer. No hace falta que alguien abra el libro para que exista esa orientación. Por eso discutimos la escritura del lado de contar y escuchar, sin clasificarla sencillamente como jugar a solas. El artículo no fija cuándo llega a constituir plenamente una actividad cooperativa. Un diario escrito solo para leerlo uno mismo en el futuro sigue siendo una dificultad abierta.
Cuando llega un lector real, sucede otra cosa. Que se detenga aquí o no y qué posibilidad encuentre son juicios suyos. No dejan de serlo porque no coincidan con la previsión del autor. Quien escribe puede dejar pistas y espacio. No puede usar al lector que imaginó para terminar de leer en lugar de quien está leyendo de verdad.
Las novelas detectivescas suelen convertir el ocultar y el adivinar en un pulso. Entramos juntos en el relato; a la vez, el autor intenta esconder y el lector encontrar. Hay competición dentro de la cooperación. Ver teatro, cine o leer una novela tampoco es recibir pasivamente una emoción que el autor dejó terminada. Una representación en vivo puede responder además a su público. Los espectadores de un partido, en cambio, siguen dentro del marco de esa competición. No toda forma de mirar constituye la misma relación.
Puedo querer que veas lo que escondí. No puedo decir que no has leído de verdad porque no seguiste mi ruta. También puedo volver a descubrir mi propia frase a través de tu lectura. Quien preparó inicialmente los materiales no tiene que estar siempre y únicamente del lado de quien da.
Lo mismo ocurre al sufrir por un personaje. Las lágrimas del autor al escribir no sustituyen lo que siente el lector. Otra cosa puede conmoverlo, o puede que no llore. Los resultados visibles no convierten eso en prueba de una personalidad mejor o peor. Entrar juntos en una obra no significa que la obra haya dejado prescrita la respuesta emocional de cada uno.
Tal vez todo esto nos ayude a recibir mejor el paso de otro. Tal vez no deje un cambio estable. Que lo practicado se mantenga y pase a la vida debe examinarse aparte. Aquí solo podemos decir qué he visto realmente esta vez y qué has aportado tú en aquella respuesta. «Hemos terminado la tarea» no puede apropiarse de todo eso.
La música llegará al próximo compás. No puedo bailar esta pieza por ti ni necesito hacer de ella la prueba de que he aprendido a respetarte. Puedo empezar por dejarte tu medio paso y mirar cómo puede encontrarse con él mi siguiente paso.
Fuente y nota de lectura
Este ensayo se ha escrito a partir del artículo SAE correspondiente; no traduce, párrafo por párrafo, toda su argumentación técnica. La versión inglesa original se escribió de forma independiente para sus lectores, y las dos versiones chinas son completas. Esta versión española se ha elaborado directamente desde el ensayo chino completo. Que el juego abra una posibilidad no garantiza una mejora, no convierte la actividad en una prueba de personalidad ni obliga a nadie a participar. Artículo de origen: cooperar.