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Non Dubito
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NON DUBITO · Lecturas de cine · 2 / 3

Quién puso el marcador

Han Qin (秦汉) · Edición en español: 8 de noviembre de 2026

En este ensayo

Reescritura independiente en español del original chino

Una ceremonia que se repite cada día

Así funcionan las normas de la casa Chen. Al caer la tarde, cada señora espera a la entrada de su patio. El mayordomo llega y anuncia dónde dormirá el señor esa noche. En el patio elegido cuelgan de inmediato los grandes faroles rojos. Esa noche, su ocupante recibe un masaje de pies; al día siguiente, decide qué comerá toda la familia.

Los criados llevan al patio los soportes cargados de faroles, los encienden por tandas y los cuelgan bajo los aleros. La secuencia va acompañada del ritmo vertiginoso de percusión llamado jijifeng, propio de la ópera de Pekín. En cuanto suenan los gongs y tambores, los criados aceleran el paso. Se oye en todos los patios a la vez. Nadie necesita preguntar.

La elección del menú tiene especial ingenio. Al día siguiente, toda la familia se sienta a la misma mesa. Las cuatro saben perfectamente quién ha escogido los platos que hay sobre ella. Mientras comen, se les vuelve a comunicar el resultado de la noche anterior, esta vez delante de todos.

Ese sistema no existió en la historia. Encender los faroles, cubrirlos, masajear los pies, decidir el menú: todo lo inventa la película. Se le ha reprochado a menudo. Se dice que son costumbres fabricadas para el público extranjero, que las antiguas familias chinas no tenían un repertorio de ceremonias tan bien ordenado.

El reproche tiene fundamento en los hechos. Pero para que suponga un defecto fatal habría que dar por sentado que una norma necesita una larga historia para que la gente la cumpla en serio. Una regla no tiene que ser antigua para que la obedezcan.

La película muestra precisamente por qué funciona tan bien. Se aplica una vez al día, en público, con todos presentes. Convierte algo invisible, a quién prefiere esta noche el señor, en una cifra que cualquiera sabe leer al instante.

El sonido de los martillos

El masaje sigue un procedimiento preciso. Primero se remojan los pies en vinagre añejo, después se cubren con un velo nupcial rojo y una criada mayor golpea las plantas con dos pequeños martillos provistos de cascabeles. Cada golpe suena nítido. Se oye incluso al otro lado del muro.

Lo decisivo de esta invención es que suena. Los faroles se dirigen a los ojos y no pueden entrar en las habitaciones ajenas. El repiqueteo sí. Las otras tres señoras saben qué patio ha sido elegido sin necesidad de salir, y además tienen que escucharlo durante un buen rato.

La primera vez, Songlian se siente incómoda. Todo le parece una ceremonia absurda, y los golpes le producen un desasosiego que le recorre el cuerpo. Es la reacción de alguien que acaba de dejar la universidad: aún no oye en ese sonido ninguna otra cosa.

Al cabo de un tiempo dice que el masaje resulta agradable, que después tiene energía para hacer cualquier cosa. Más adelante afirma que sin ese sonido no puede dormir. Aquello que al principio la incomodaba acaba siendo lo que, al faltar, la mantiene despierta.

Cuando pierde el favor del señor, el repiqueteo llega de otros patios. Tumbada en su habitación, oye con perfecta claridad los golpes del segundo patio, uno tras otro, hasta que terminan. Ya no necesita que nadie le explique ese sonido. El sonido mismo es su puntuación.

A veces no hay ninguna orden

Algunos atardeceres, las señoras se peinan, se ponen ropa presentable y ocupan, como siempre, su lugar a la entrada del patio. Llega el mayordomo y anuncia que el señor no ha dado instrucciones. Todas regresan a sus habitaciones. A la tarde siguiente vuelven a empezar.

Son escenas filmadas sin énfasis. No hay música ni planos de reacción. Las personas esperan de pie y después se dispersan, sin una sola queja entre medias. Y, sin embargo, son las escenas que mejor explican el sistema: la ceremonia se cumple aunque no haya nada que anunciar.

Songlian sí se ha quejado de eso. Dice que basta con comunicar lo que quiera el señor: ¿para qué tanto aparato? El mayordomo responde lo de siempre: «Es la norma». Lo dice con voz neutra. No la está riñendo. Enuncia un hecho.

Cuando una norma llega a funcionar sin tener ya contenido, quienes la siguen han dejado de hacerlo para obtener un resultado. La acción de esperar de pie ante la puerta es más sólida que cualquier cosa que puedan recibir por esperar.

Conviene fijarse en quién sostiene esa ceremonia. No es el señor: esa noche ni siquiera está presente, y puede que no se encuentre en la casa. La sostienen las cuatro señoras. Salen puntuales, se colocan, esperan y se retiran. Nadie pasa lista.

Nunca luchan contra las reglas

La película teje con enorme minuciosidad los enfrentamientos entre las cuatro señoras. Fingir una enfermedad para llevarse al señor, deslizar insinuaciones a la cara y denunciar a escondidas, encargar a una criada una muñeca a la que clavar agujas para maldecir a la rival, comprar a quienes la sirven. Cada maniobra es más sutil que la anterior. Y más eficaz.

De principio a fin, ninguna pregunta: «¿Por qué tiene que decidir un farol quién escoge mañana la comida?». Esa frase no aparece ni una vez. Ni siquiera como broma.

Se podría explicar diciendo que no tienen fuerzas para rebelarse. Pero la película ofrece pruebas de lo contrario. Les sobran fuerzas. La precisión de Zhuoyun, la dureza de Meishan y la rapidez mental de Songlian son capacidades reales. Lo que falta no es energía. Solo hay una dirección en la que emplearla: unas contra otras.

Así, las normas siguen firmes en su sitio, sin que nadie las toque. Ni siquiera necesitan un defensor, porque las cuatro trabajan para ellas. Cada disputa vuelve a ratificarlas. Cuanto más feroz es la lucha, más sólidas se vuelven.

Después de que le cubran los faroles, Songlian le dice algo terrible a Meishan: «¿Qué es una persona en este patio? Como un perro, como un gato, como una rata. Se parece a cualquier cosa menos a una persona». Es la frase más lúcida de toda la película.

Después de decirla, vuelve a competir. Ver con claridad qué es este sistema y dejar de hacer las cuentas según sus reglas son cosas distintas. La película no adjudica ninguna consecuencia a esa frase. Tampoco permite que cambie el siguiente paso de nadie.

La segunda señora no es la mala

Zhuoyun es uno de los personajes que más insultos recibe. El público la describe con rostro compasivo de bodhisattva y corazón de escorpión: la más afectuosa de frente, la más cruel por detrás. La idea de la muñeca atravesada por agujas es suya. También es ella quien denuncia el falso embarazo.

Al principio trata a Songlian mejor que nadie en la casa. Le hace regalos, le habla en confianza, le da consejos. La recién llegada, una muchacha de diecinueve años, cree que por fin tiene allí a alguien con quien hablar. Cuando descubre que Zhuoyun ordenó lo de la muñeca, el golpe es más frío que el de los faroles cubiertos.

Esa descripción es cómoda, fácil de aplicar. Basta con decidir que ella es mala y las reglas retroceden hasta convertirse en un decorado. Lo ocurrido pasa a ser algo que podría haber acabado bien, si una persona malintencionada no lo hubiese estropeado.

Hay que precisar la posición que ocupa. Llegó antes que Songlian, su rostro ya no es joven y dio a luz una hija, no un hijo. Según las cuentas de ese patio, carece de las dos cosas que valen: juventud e hijos varones. El único capital que le queda son sus maniobras.

Nada de lo que hace infringe las normas. No ha cambiado las reglas ni ha cobrado un solo punto de más. Se ha limitado a llevarlas hasta sus últimas consecuencias, antes y con mayor precisión que las demás. Leerla como una mujer malvada equivale a admitir que esas reglas podían haber producido un buen resultado.

La película le dedica un plano muy breve. Songlian le está cortando el pelo, las tijeras se desvían y le hacen un corte en la oreja. Corre la sangre. Zhuoyun empieza a gritar. Levanta la mirada hacia Songlian. La película no dice qué hay en esa mirada.

Songlian se convierte en la segunda señora

Tras perder el favor del señor, Songlian inventa un embarazo. Se queda en la cama fingiendo debilidad y asegura falsamente que está embarazada. El señor se alegra y ordena que los faroles permanezcan encendidos día y noche. Es la puntuación máxima que ofrece el sistema.

Durante esos días, el cuarto patio está iluminado también de día. Songlian permanece inmóvil en la cama; le llevan la comida a la habitación y los criados entran y salen con sumo cuidado. Ha conseguido más que cualquiera de las otras señoras, y todo descansa sobre algo que no existe.

Yan'er la descubre. Al lavarle la ropa, encuentra la señal que delata el engaño y se lo cuenta a Zhuoyun. Zhuoyun informa al señor. El doctor Gao comprueba después que no está embarazada. El señor sale dando un portazo y deja caer la orden: «Cubrid los faroles». Le pregunta por qué lo ha engañado, pero no le da ninguna oportunidad de cambiar el veredicto.

Es exactamente el método habitual de Zhuoyun: no dar la cara, no actuar directamente, hacer llegar la información al lugar adecuado y dejar que la norma caiga por su propio peso.

Lo que Songlian hace después es la otra mitad del mismo procedimiento. Hace tiempo que sabe que Yan'er esconde faroles en su habitación, pero ha mantenido el secreto. Cuando se entera de que la criada la ha delatado, lo revela.

La película muestra la transformación sin señalarla. No hay música que la anuncie, ningún plano de vacilación ni nadie que diga: «Has cambiado». Songlian procede con una soltura que parece fruto de muchas repeticiones. Es la primera vez.

Todas las partidas que gana y pierde se cuentan en un marcador que han fijado otros. Desde que actúa por primera vez para obtener puntos, solo queda una diferencia entre ella y Zhuoyun: cuál de las dos calcula mejor.

Yan'er quiere el derecho a participar

Yan'er, la criada del cuarto patio, es una adolescente. Quiere llegar a ser concubina. Toda la casa lo sabe y nadie se lo toma en serio. Songlian ha sorprendido al señor coqueteando con ella. En los ojos de Yan'er no hay miedo, solo una obstinada resistencia a aceptar su lugar.

En su pequeño cuarto de servicio guarda a escondidas un montón de faroles viejos y los enciende de noche. La habitación es estrecha y oscura. Son faroles que otros desecharon cuando ya estaban usados, y su luz no ilumina a nadie más que a ella. Nadie los verá. Nadie le concederá puntos por encenderlos.

La primera vez que Songlian descubre la habitación, ve también la muñeca que lleva escrito su nombre. Se calla y no lo denuncia. Yan'er se arrodilla ante ella y le suplica. Es la única vez en toda la película que agacha la cabeza ante Songlian.

Ese montón de faroles es una de las imágenes más incisivas de la película. Yan'er ni siquiera tiene derecho a competir, y eso es precisamente lo que desea. Para ella los faroles no son un premio: uno viejo no le procura ninguna ventaja. Significan que la cuenten entre las personas a las que se les pueden contar puntos.

Cuando todo sale a la luz, queman los faroles en el patio, delante de los demás. A Yan'er la obligan a arrodillarse en la nieve. El mayordomo le lleva un recado: «Dice la señora que, si reconoces tu falta, no pasará nada». Esa salida sigue abierta todo el tiempo. Puede levantarse cuando quiera.

No reconoce su falta. Sigue de rodillas hasta perder el conocimiento. Se la llevan y muere en el hospital. No se niega al castigo; el castigo de arrodillarse se puede soportar. Se niega a decir «hice mal», porque pronunciar esas palabras sería admitir que nunca tuvo derecho siquiera a desear aquello.

Las fundas negras

La escena en que cubren los faroles es larga. Los criados traen escaleras, suben por turnos y enfundan de negro los faroles rojos. Uno, dos. Terminan una hilera de la galería y pasan a la siguiente. Nadie habla. Los movimientos son seguros: está claro que lo han hecho antes.

Una vez cubiertos, los faroles siguen colgados. Por las junturas de la tela asoma un poco de rojo, pero la luz no entra ni sale. El patio se oscurece. Más que cuando todavía no había faroles, porque esta oscuridad es una claridad revocada.

Lo revocado no es el afecto. El señor nunca ha amado a ninguna de ellas; la película no deja dudas al respecto, y las cuatro nunca se han engañado sobre eso. Se revocan los puntos: el derecho a elegir la comida, el ángulo con que los criados inclinan la cabeza, que los demás se aparten o no para dejarla pasar.

Songlian permanece en el patio y observa desde el primer farol hasta el último. No trata de impedirlo. No dice nada. Entiende lo que significan esas fundas porque aprendió a leer el sistema el mismo día que llegó. Cuanto mejor lo lee, más le cuesta permanecer ahí.

Cuando cubren el último farol, ya es noche cerrada. Los criados recogen las escaleras y salen en fila. La puerta se cierra a sus espaldas. En el patio quedan dos hileras de un rojo que no se puede ver.

Este ensayo se refiere a la película de 1991, de unos 125 minutos de duración.

Fuente original de este ensayo · Índice original de la serie

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