NON DUBITO · Lecturas de cine · 3 / 3
El rostro que la cámara nunca mostró
En este ensayo
Un rostro que la cámara nunca muestra
Chen Zuoqian es el señor de la casa, el hombre por el que compiten las cuatro señoras. La película dura más de dos horas y no hay un solo plano frontal de su cara. El actor figura en los créditos y tiene una presencia nada desdeñable, pero el espectador no llega a distinguir sus rasgos de principio a fin.
Aparece de unas pocas maneras recurrentes: de espaldas, a lo lejos, como una silueta a contraluz, con medio cuerpo asomado a una puerta o atravesando una zona fuera de foco. En varias escenas habla frente a Songlian, pero la cámara se niega a girarse hacia él.
No es una limitación de los medios disponibles. El actor está ahí, interpreta la escena, pronuncia sus frases. Lo único que se nos niega es el rostro. Mantener esa decisión durante más de dos horas exige diseñar la posición de la cámara en cada escena. Un pequeño descuido bastaría para mostrarlo.
Así, este hombre adquiere una forma singular de existir en la pantalla. Tiene cuerpo, voz, voluntad y decisiones que pueden caer en cualquier momento. Solo le falta un rostro que se pueda ver con claridad, recordar, contemplar.
La película se niega a darle una cara a aquello por lo que cuatro personas se pasan la vida compitiendo. Mantiene esa decisión hasta el último fotograma. No cede una sola vez ni hace una excepción en ninguna escena decisiva.
Lo que dice cuando habla
Tiene pocas réplicas y sus frases son breves. No explica, no delibera de verdad con nadie y no necesita convencer a nadie. Sus palabras no siempre suenan feroces, pero cada frase, una vez dicha, es definitiva. Aunque la repita, sigue siendo una orden.
La primera noche le dice a Songlian: «Con los pies bien masajeados se sirve mejor a un hombre». La relación de causa y efecto queda perfectamente expuesta. El masaje no está a su servicio: es una operación que se realiza sobre su cuerpo con una finalidad situada en otra parte.
Cuando descubre el falso embarazo, le dice: «¿No sabes dónde estás? ¿Cómo te atreves a comportarte así en mi casa, en la casa Chen?». Después sale dando un portazo y suelta la orden: «Cubrid los faroles». Entre el descubrimiento y la sentencia no transcurre ni un minuto.
No está presente cuando Yan'er permanece arrodillada en la nieve. Tampoco cuando se llevan a Meishan arriba. El mayordomo se encarga de ejecutar y las señoras de transmitir los recados. A él le basta con pronunciar en algún momento la palabra necesaria. El resto sigue su curso sin que tenga que vigilarlo.
Nadie que habla con él está negociando nada. Ni una sola vez. Sus frases no forman parte de una conversación. Son anuncios previos a la ejecución. Las pronuncia y se marcha, sin esperar respuesta. Tampoco nadie confía en recibirla.
Alguien a quien no se puede convencer
¿Para qué sirve un rostro? Si alguien tiene una cara, podemos mirarlo al hablarle, suplicarle, llevarle la contraria. Podemos descubrir, durante un instante, una vacilación y aferrarnos a ella para hacer retroceder un poco lo que parecía inevitable.
Songlian dispone de muchas cosas con las que podría persuadir a otra persona. Tiene diecinueve años, ha estudiado, sabe expresarse, piensa deprisa, es franca y se atreve a mostrar su disgusto a la cara. En otro lugar, todas esas cualidades serían recursos. Todas podrían conseguirle algo.
En esta casa no le sirven ni una sola vez. No hay una escena en la que exponga sus razones ante alguien capaz de cambiar el desenlace. Solo puede enfrentarse al mayordomo, a los criados y a las otras tres señoras. Ninguno de ellos tiene en sus manos la decisión.
Lo que de verdad dicta sentencia no da la cara. Habla por boca del mayordomo, hace visible su resultado en los faroles y se cumple con un «es la norma». No se puede convencer a lo que no se deja ver. Solo se pueden ganar o perder puntos.
Por eso las cuatro señoras gastan todas sus fuerzas unas en otras. No es que sean tontas. Al contrario: localizan con gran precisión los escasos puntos sobre los que pueden actuar. Fuera de las demás, no alcanzan nada. Las únicas personas sobre las que pueden influir son las otras tres que también compiten.
Meishan canta antes del amanecer
Antes de llegar a la casa, Meishan había sido una célebre intérprete de papeles femeninos en una compañía de ópera. Su habitación parece un escenario: conserva el vestuario, los diseños de maquillaje escénico y los objetos de las representaciones. La primera vez que Songlian va a jugar al mahjong allí, comenta nada más entrar: «Se nota que vienes del teatro, tercera hermana».
Meishan canta a cualquier hora. Antes de que amanezca se pone el traje de escena y canta en el patio, sin preguntar si los demás duermen ni prestar atención a la estación del año. Durante los primeros días de Songlian en la casa, esa es la voz que se oye por la mañana: llega de lejos y se hace más clara frase a frase.
En su habitación, el doctor Gao pone una vez un disco grabado cuando ella actuaba en los escenarios. Es la única aparición de su pasado dentro de esa casa: mucha gente la oyó en un lugar que no llevaba el apellido Chen. Entonces, su valor no lo decidía este patio.
Cantar no sirve para nada en la casa Chen. Todo lo que hacen los demás apunta en una misma dirección: competir, ceder, aguantar, calcular. Solo esa actividad suya no conduce a ningún sitio. Tampoco le procura un farol.
Eso no la ennoblece. Cuando compite, es tan despiadada como las otras: fue ella quien fingió estar enferma para llevarse al señor la noche de bodas de Songlian. La película no la presenta como alguien sin culpa. Simplemente le concede algo que las demás no tienen: una cosa que sabe hacer por sí misma, y que hace muy bien.
El cuarto de la azotea
En la azotea hay un cuartito que se ve con solo levantar la cabeza desde el patio. Songlian pregunta qué es. Le contestan que allí murió gente: dos concubinas de la generación anterior, después de que ocurriera algo, acabaron ahí arriba.
Eso es todo. Nadie da detalles, nadie se indigna, nadie baja la voz para contárselo a ella a solas. En la casa Chen es algo que todos saben, como los masajes de pies o la elección del menú. Forma parte del lugar. Una vez que has preguntado, se da por hecho que ya lo sabes.
El cuarto está siempre a la vista. No lo esconden porque no hace falta. Una norma que todos conocen y nadie menciona es mucho más eficaz que una norma escrita. Las escritas se pueden consultar, discutir, modificar. Esta no tiene texto. No hay por dónde entrarle.
Cuando sale a la luz la relación entre Meishan y el doctor Gao, van a buscarla, la traen de vuelta y la llevan a ese cuarto. La película no muestra lo que ocurre dentro. Muestra a Songlian siguiéndolos hasta la azotea, pegándose a la rendija de la puerta y dándose la vuelta para bajar corriendo.
Meishan no baja. A la mañana siguiente, todo sigue igual en el patio. Comen, juegan al mahjong, los criados barren como siempre. La puerta de la azotea está cerrada. Nadie levanta la mirada hacia ella.
No has visto nada
Songlian grita en el patio: «¡La han matado!». Esa denuncia solo se oye una vez en toda la película, y solo sale de su boca. Ninguna de las otras señoras, el mayordomo ni los criados le responde. Nadie parece sorprendido.
No es miedo. El miedo produciría una reacción: esconderse, intercambiar una mirada. Lo que la película muestra es la ausencia de reacción. Quien iba andando sigue andando; quien llevaba algo sigue llevándolo. En su vida cotidiana, esto no constituye un acontecimiento del que haya que ocuparse.
El señor responde con una sucesión de preguntas: «¿Qué has visto? ¿Qué has visto exactamente? ¡No digas tonterías! ¿Qué has visto? ¡No has visto nada! Estás loca. Te has vuelto loca».
Podemos separar las piezas de esas palabras. Las primeras frases preguntan. La última ya no pregunta: dictamina. No establece que ella se haya equivocado en lo que dice. Establece que, a partir de ahora, ella misma deja de contar. En el momento de hablar, quien ha dicho lo ocurrido queda relegada al lado de aquellos a quienes no hay que escuchar.
Ese dictamen no necesita pruebas ni que nadie lo secunde. Lo dicta aquello que no muestra el rostro, y los demás continúan con su vida. El patio tarda menos de un día en dar el asunto por cerrado. Después nadie vuelve a mencionar a Meishan.
Hay un fantasma en el tercer patio
Poco después de la muerte de Meishan empieza a correr un rumor: el tercer patio está encantado; de noche se oyen voces de ópera. Los criados dan un rodeo para no pasar por allí y, cuando oscurece, nadie quiere acercarse. Es la primera explicación que ofrece la casa. Y la única.
El rumor tiene una causa real. Songlian está reproduciendo una y otra vez, en el gramófono, las grabaciones de las antiguas actuaciones de Meishan. También ha encendido los faroles rojos de la habitación de Meishan y los de la suya. Nadie se lo ha ordenado. Nadie viene a impedírselo.
Nada de lo que hace le procura algo a cambio. Los faroles los ha encendido ella; no se los han concedido. Colgarlos no significa que la hayan elegido para esa noche. La grabación es la voz de una muerta a la que nadie en la casa quiere oír. Si la oyen, solo desean alejarse cuanto antes.
La casa carece de palabras para describir ese acto. Tiene palabras para la disputa por el favor del señor, para la insolencia, para la locura. No tiene ninguna para decir: «Alguien está haciendo algo por la persona que ha muerto».
Por eso habla de fantasmas. Es lo más parecido que consigue formular y, de paso, revela los límites de su vocabulario. Aquí, algo que no se hace para ganar puntos solo puede clasificarse como una presencia impura.
La quinta
Al año siguiente llega a la casa Chen una quinta concubina. Se llama Wenzhu y es muy joven. La reciben con el mismo despliegue con que recibieron a Songlian un año antes. No añaden ni quitan nada.
El patio vuelve a llenarse de actividad. Entran los soportes cargados de faroles, los encienden y los cuelgan bajo los aleros. Suenan otra vez los mismos gongs y tambores; los criados se apresuran con el mismo paso. No falta una sola fase del procedimiento. No ha cambiado un solo gesto.
Al entrar, Wenzhu ve a alguien que camina muy despacio por la galería, vestido con un uniforme de estudiante blanco y negro y con dos trenzas. Pregunta: «¿Quién es?». Un criado que está a su lado responde: «La que antes era la cuarta señora. Ha perdido la cabeza».
La película ofrece entonces un primer plano de Wenzhu. En ese rostro no hay alegría de novia. Solo algo que ni ella sabe todavía nombrar. Es la última cara que la cámara muestra de frente, y pertenece a quien acaba de llegar al punto de partida.
Durante ese último año han muerto dos personas en el patio. La recién llegada no necesita saberlo: este sistema no funciona recordando a nadie. Funciona porque cada tarde hay alguien esperando a la puerta. Y mañana habrá quien lo haga.
Songlian camina por la larga galería. Sale de un vano, entra en el siguiente y después en otro. Los faroles del cuarto patio están apagados. Los del quinto acaban de encenderse. Su rojo brilla con fuerza.
Este ensayo se refiere a la película de 1991, de unos 125 minutos de duración.
Fuente original de este ensayo · Índice original de la serie