Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 17 de 23

Capítulo decimoséptimo. Bretton Woods y 1971: el crédito siempre estuvo ahí

Bretton Woods hizo del dólar convertible en oro el centro de una jerarquía monetaria. Cuando Nixon cerró la ventanilla en 1971, no destruyó una regla puramente metálica: retiró la cubierta que ocultaba decisiones, cooperación y confianza política.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Un denominador común

El Convenio Constitutivo del Fondo Monetario Internacional firmado en 1944 contiene una frase de una claridad poco habitual: la paridad de la moneda de cada miembro debía expresarse en oro, como denominador común, o en el peso y la ley del dólar estadounidense vigentes el 1 de julio de 1944.

Un denominador común.

La expresión dice por sí sola qué se estaba intentando hacer. Cuarenta y cuatro países, con fronteras políticas bien marcadas y condiciones de crédito muy dispares. La guerra aún no había terminado y entre ellos quedaba un sinfín de cuentas pendientes. El propósito del acuerdo era someter sus monedas a una misma vara, de manera que deudas, superávits, cambios de divisas y reservas pudieran convertirse en partidas de un solo libro de cuentas.

Para apreciar la dificultad, conviene pensar qué se pretendía volver conmensurable. La moneda de un país no es una mercancía. Detrás están su capacidad de recaudar impuestos, la disposición de su banco central a contenerse, la posibilidad de que el parlamento cambie al año siguiente, su capacidad para ganar una guerra. Entre esas cosas no existe una equivalencia que permita convertir una en otra. Y eso es precisamente lo que les exige la expresión denominador común: que la tengan.

En el capítulo decimocuarto vimos la misma aspiración. Entonces se definía cada moneda como un peso determinado de oro; bastaba dividir una ley por otra para obtener un tipo de cambio con siete cifras decimales. Aquel sistema se deshizo entre 1931 y 1933.

Once años después se hizo otra vez lo mismo, con un diseño más cuidadoso.

Más cuidadoso porque esta vez no fingía funcionar solo.

El arreglo de posguerra no restableció el patrón oro clásico del siglo XIX, aquel que permitía a cualquiera acercarse a una ventanilla con sus billetes y pedir oro. Una persona corriente no podía obtener oro a cambio de sus billetes.

La diferencia era importante, aunque rara vez aparece en la fórmula con que los manuales resumen el sistema. Lo más convincente del antiguo patrón oro era que su promesa valía para cada persona que tuviera un billete: si no te lo crees, puedes ir a cambiarlo. De ahí procedía toda su fuerza de persuasión, aunque la inmensa mayoría de la gente nunca llegara a hacerlo ni una vez en la vida. En el arreglo de posguerra, aquella frase ya no valía para el individuo. La convertibilidad había pasado de ser un derecho al alcance de cualquiera a convertirse en un acuerdo entre Estados.

El compromiso efectivo de entregar oro lo asumía el Gobierno de Estados Unidos, principalmente frente a los tenedores oficiales extranjeros y los bancos centrales de otros países. Al mismo tiempo, el Convenio autorizaba expresamente a los miembros a controlar los movimientos de capital, siempre que no obstaculizaran los pagos por cuenta corriente.

Es decir, desde el primer día, aquella restricción metálica de apariencia objetiva estuvo rodeada de decisiones soberanas, cooperación entre bancos centrales, negociaciones diplomáticas y discrecionalidad política.

De ello depende qué fue exactamente lo que se cortó en 1971.

No se cortó una cadena de metal que hasta entonces hubiera permanecido intacta, sin mezcla alguna. Se cortó una cuerda en la que el crédito, los acuerdos y la política llevaban mucho tiempo haciendo nudos.

La diferencia decide cómo hay que contar la historia. Si la cadena era de puro metal, 1971 representa una ruptura: el paso de tener una restricción a dejar de tenerla. Si lo que había era una cuerda llena de nudos, 1971 significa otra cosa: los nudos quedaron a la vista.

En los dieciséis capítulos anteriores han aparecido nueve maneras de las que se sirve la construcción para tratar el resto. Lo que sigue no es una décima. Es otra cosa: la propia construcción reconoció lo que siempre se había negado a reconocer.

2. Un mundo que lleva cuentas

La conferencia se celebró del 1 al 22 de julio de 1944 en un hotel de Bretton Woods, en New Hampshire. Asistieron unos setecientos treinta delegados de cuarenta y cuatro países. La presidió el secretario del Tesoro estadounidense. Keynes representaba a Gran Bretaña; del lado estadounidense, el principal artífice era White, del Departamento del Tesoro.

En apariencia era una conferencia multilateral. Sobre la mesa había, en realidad, solo dos proyectos, y competían entre sí.

El de Keynes se llamaba Unión Internacional de Compensación. Su propuesta más conocida era una moneda supranacional de cuenta, a la que había dado un nombre. Pero lo decisivo no estaba en el nombre, sino en la forma que quería dar a los pagos internacionales.

Él lo expresaba así: extender al ámbito internacional el principio fundamental del sistema bancario.

El funcionamiento previsto era este. Cada banco central abriría una cuenta en la Unión. Los países con superávit serían acreedores; los deficitarios, deudores. La Unión operaría mediante anotaciones contables y descubiertos, para que una falta transitoria de oro o de dólares no obligara a un país a reducir de inmediato las importaciones y el empleo. Cada miembro recibiría una cuota equivalente a unas tres cuartas partes del valor total de sus importaciones y exportaciones de los tres años anteriores a la guerra. Podría mantener un descubierto en su cuenta hasta el límite de esa cuota.

Keynes proponía ejercer presión también sobre los países que acumularan grandes superávits durante mucho tiempo.

Ahí estaba el corazón del proyecto. El objetivo que dejó escrito era someter el comercio mundial a una presión expansiva, en lugar de contractiva.

Era una idea nueva. Durante siglos, el libro de cuentas de los pagos internacionales solo había empujado en una dirección: quien debe dinero tiene que apretarse el cinturón. Keynes quería añadir una fuerza en sentido contrario, para que, cuando las cuentas no cuadrasen, no hubiera una única salida que arrastrara a todos hacia abajo.

No era una frase de retórica abstracta. Pesaba sobre ella la memoria de los años de entreguerras: la deflación, el desempleo, el hundimiento de los ingresos y aquella Gran Bretaña del capítulo decimocuarto que solo podía defender su paridad rebajando los salarios de sus habitantes.

Para entender el alcance de lo que proponía Keynes hay que volver a una pregunta muy sencilla: cuando las cuentas de los pagos internacionales no cuadran, ¿a quién le corresponde equilibrarlas?

La respuesta tradicional iba en una sola dirección. Al país deficitario. Debía subir los tipos de interés, restringir la demanda, limitar las importaciones y hacer bajar sus precios y salarios hasta que las cuentas volvieran a cuadrar. El país con superávit no tenía que hacer nada, porque no había hecho nada malo.

Eso era lo que Keynes quería cambiar. Un desequilibrio, decía, es una situación producida por las dos partes, no una falta cometida por una sola. Cargar toda la obligación de ajuste sobre el país deficitario tiene sentido aritmético. Su consecuencia, sin embargo, es descargar todo el coste sobre quienes tienen menos capacidad de negociación dentro de ese país.

El proyecto de White era distinto. Se parecía más a un fondo de recursos limitados que a un banco central mundial.

En su diseño, el Fondo no crearía moneda internacional de la nada. Los países aportarían previamente oro, moneda propia y valores para formar una bolsa común. Su borrador establecía que las suscripciones iniciales debían sumar al menos 5.000 millones de dólares; una cuarta parte de la aportación de cada país se haría en efectivo y otra cuarta parte en títulos de deuda pública que devengaran intereses. Al menos la mitad del efectivo tendría que entregarse en oro.

White quería un mecanismo de estabilización limitado, controlable y basado en las aportaciones de los Estados. Podía proporcionar liquidez a corto plazo. No estaba dispuesto a entregar la facultad de crear reservas mundiales a una unión de compensación supranacional capaz de autorizar grandes descubiertos e incluso de imponer disciplina a los países con superávit.

El resultado final se acercó más al proyecto de White, con algunos restos del de Keynes.

Gran Bretaña renunció a la moneda de cuenta, a la unión de compensación y a los descubiertos más generosos. Aceptó una estructura centrada en el dólar y el oro.

El desenlace no es difícil de entender, ni hace falta recurrir a una conspiración para explicarlo. La guerra aún no había terminado; el oro estaba en manos de Estados Unidos; todos querían dólares, y Gran Bretaña debía mucho dinero. Para que un proyecto saliera adelante tenía que aprobarlo quien pudiera poner los fondos. La propuesta de Keynes tenía sus razones. En aquella mesa, las razones no eran lo único que contaba.

La huella más importante de Keynes que quedó en el acuerdo fue la llamada cláusula de moneda escasa: si la moneda de un país con superávit escaseaba de manera persistente, el Fondo podía racionarla y permitir que otros países impusieran restricciones limitadas a las importaciones.

La cláusula apenas llegó a utilizarse.

Su importancia tampoco estaba en el uso. Estaba en haber dejado constancia de una discrepancia que la conferencia no había conseguido borrar del todo: quién debía soportar la carga de corregir los desequilibrios mundiales.

Una cláusula escrita en un convenio y casi nunca utilizada es algo muy particular. Es un lugar que la construcción ha dejado en su propio texto para señalar que por allí había otro camino.

En el capítulo noveno apareció algo parecido: la construcción puede decidir qué lee una generación, pero no puede decidirlo para siempre, porque lo suprimido y quien lo suprimió permanecen entre las mismas cubiertas. Aquí el caso es aún más claro. No se había suprimido nada: estaba impreso en medio de los artículos oficiales, cualquiera podía encontrarlo, solo que nadie llegaba a ponerlo en práctica. Una cláusula que no se utiliza y una cláusula que no existe producen casi el mismo efecto. Como registro de lo ocurrido, son enteramente distintas.

3. Una jerarquía

La conferencia no produjo un regreso al patrón oro. Construyó una jerarquía.

Arriba estaba el oro. En medio, el dólar, ligado al oro al precio oficial de 35 dólares por onza. Debajo, las monedas de los demás países, con paridades fijas pero ajustables frente al dólar y tipos de cambio que debían mantenerse en el mercado dentro de una estrecha banda de aproximadamente un 1 % por encima o por debajo de la paridad.

Fijas pero ajustables: en esas palabras se esconde toda la dificultad del sistema. Con una paridad enteramente fija no hay salida; cuando un país ya no resiste, solo le queda comprimir su propia economía. Si puede ajustarse sin límite, lo fijo pierde su sentido: nadie sabe cuál será el precio de mañana. Se eligió un punto intermedio. La paridad se mantendría en tiempos normales y volvería a discutirse ante un desequilibrio fundamental. Pero ¿quién decidía si el desequilibrio era fundamental? El Convenio no daba una regla que permitiera calcularlo.

Al incorporarse al Fondo, cada país recibía una cuota que determinaba tanto su obligación de aportar recursos como la cantidad que podía utilizar. Las cuotas aprobadas finalmente sumaban unos 8.800 millones de dólares. La regla general exigía entregar una cuarta parte en oro y las otras tres cuartas partes en moneda nacional.

El esquema resultaba muy elegante. El país deficitario recurriría primero a sus reservas y ajustaría su política interna. Si persistían dificultades transitorias, podría obtener divisas del Fondo. Si el desequilibrio era fundamental, solicitaría una modificación de la paridad.

Y, dentro de aquel empeño por establecer una medida común, se reservó deliberadamente un margen de decisión a los Estados. El artículo VI del Convenio lo decía expresamente: los miembros podían ejercer los controles que consideraran necesarios para regular los movimientos internacionales de capital.

Era una lección aprendida en los años treinta y uno de los puntos más honestos de todo el diseño. Equivalía a reconocer que un país no puede tener a la vez tres cosas: un tipo de cambio fijo, capitales que entren y salgan libremente y una política interna que decida por sí mismo. Hay que renunciar a una de las tres. En los años treinta se había renunciado a la autonomía de la política interna; sus costes quedaron contados en el capítulo decimocuarto. Esta vez se decidió renunciar a la libre circulación de capitales.

Quienes vivieron aquella decisión sabían a qué renunciaban. Poner el capital bajo llave significaba que, para sacar dinero del país, había que justificarlo, solicitar permiso y esperar. Significaba que algunos ganarían menos y que ciertos negocios no podrían hacerse. Eran costes reales. A cambio, un Gobierno podía decidir si aquel año gastaría algo más para sostener el empleo sin encontrarse a la mañana siguiente con un ataque contra su moneda. Se discutió entonces qué valía más, y se siguió discutiendo después.

Nunca fue, por tanto, un orden puramente de mercado. Fue un orden de mercado cuidadosamente administrado por los Estados y los bancos centrales. El cambio debía ser lo bastante estable para facilitar el comercio y hacer comparables los precios; los movimientos de capital podían quedar bajo llave para que los gobiernos buscaran empleo y crecimiento sin desencadenar inmediatamente una crisis monetaria.

El diseño contenía además una asimetría que suele pasar inadvertida.

Los billetes de posguerra no eran, en general, convertibles en oro. El compromiso efectivo de convertibilidad oficial recaía principalmente en el Tesoro estadounidense. La capacidad de las distintas monedas para liquidar pagos anónimamente tenía que pasar, en último término, por el dólar; y el dólar tenía que pasar por un Estado para llegar al oro.

Al terminar la guerra, Estados Unidos poseía la mayor parte de las reservas oficiales de oro del mundo. Europa y Japón necesitaban dólares con urgencia para importar, reconstruir, liquidar pagos y devolver deudas. Durante los primeros años, la medida común y la confianza en Estados Unidos coincidían casi por completo.

Precisamente esa coincidencia hizo que, más adelante, muchos creyeran, por error, que el sistema se asentaba solo sobre el metal.

Siempre había sido una mezcla de metal y crédito. Lo que ocurría era que, durante aquellos primeros años, nadie tenía motivos para distinguir cuánto había de cada uno.

Cuando dos cosas dan la misma respuesta durante un tiempo, se acaba creyendo que son la misma cosa. Para distinguirlas hay que esperar al día en que sus respuestas difieran. Y, cuando llega ese día, suele ser demasiado tarde para reorganizarlo todo.

4. El enigma del oro

La verdadera dificultad empezó a hacerse visible después de que el sistema demostrara que funcionaba.

Europa occidental restableció la convertibilidad por cuenta corriente en 1958; Japón la alcanzó en 1964. Solo entonces puede decirse que Bretton Woods entró en pleno funcionamiento.

Y fue por entonces cuando la advertencia de un economista empezó a resultar incómoda.

Compareció ante el Congreso en 1959 y publicó un libro en 1960. Su razonamiento era sencillo. Si Estados Unidos dejaba de suministrar dólares al exterior, la falta de reservas llevaría al mundo hacia la deflación y la contracción del comercio. Si seguía suministrándolos, llegaría el día en que los derechos de cobro en dólares de los tenedores oficiales extranjeros superarían las reservas estadounidenses de oro. El mercado dudaría de que pudiera sostenerse el precio de 35 dólares, y comenzaría la retirada masiva de oro.

Los dos caminos llevaban a problemas.

Conviene recordar la forma de este dilema, porque no pertenece solo al dinero. Siempre que una misma cosa sirve a la vez para dos usos, queda atrapada en esta estructura: el dólar tenía que ser la liquidez del mundo y, al mismo tiempo, un pasivo de Estados Unidos. Para el primer uso, cuantos más dólares hubiera, mejor; para el segundo, cuantos menos, mejor. Cuando la construcción se asigna dos funciones cuyas exigencias apuntan en sentidos contrarios, cuanto mejor cumple su cometido, más cerca queda del fracaso.

Ya no era una cuestión de gabinete. Tenía fechas precisas.

En agosto de 1960, el total de las obligaciones pendientes en dólares de Estados Unidos frente al exterior ya superaba sus reservas de oro. En diciembre de 1965, bastaban los dólares en manos de instituciones oficiales extranjeras para superar esas reservas. Al llegar 1966, aquello ya era un hecho.

Las existencias estadounidenses de oro monetario pasaron de unos 20.600 millones de dólares en enero de 1947 a unos 11.100 millones en diciembre de 1970.

La vara común no se rompió de inmediato. Simplemente se parecía cada vez más a un banco internacional que operaba con reservas fraccionarias: las promesas de conversión anotadas en las cuentas ya excedían el metal de las cámaras.

Hay que precisar que las reservas fraccionarias no son, por sí mismas, un defecto. Cualquier banco funciona así, y es precisamente eso lo que permite transformar depósitos en préstamos y poner el dinero en movimiento. Solo hay una condición: que no acuda todo el mundo a reclamarlo el mismo día. Esa fue la situación del sistema después de 1960. No llegó un día en que fuera imposible seguir haciendo las cuentas. Desde entonces, cada día dependía de que no acudieran todos a la vez.

Los países no se quedaron esperando a que llegara la retirada masiva. Los remiendos se sucedieron.

En noviembre de 1961, ocho bancos centrales occidentales crearon el Pool del Oro de Londres. Compraban y vendían oro conjuntamente en aquel mercado para impedir que el precio se apartara de los 35 dólares por onza. El límite inicial de ventas era de 270 millones de dólares; después se fue ampliando.

Por la misma época, a partir de 1962, el banco central estadounidense amplió considerablemente sus acuerdos de permuta de divisas. Con permutas temporales y créditos a corto plazo cubría las posiciones de los bancos centrales extranjeros que, de momento, no querían convertir sus dólares en oro. Antes de que se cerrara la ventanilla del oro en 1971, el volumen disponible en esos acuerdos había pasado de los 900 millones de dólares iniciales a 11.200 millones.

Ambas medidas revelan lo mismo. En la superficie parecía que el sistema funcionaba mediante reglas anónimas. En la práctica dependía cada vez más de garantías recíprocas, entendimientos tácitos e intervenciones de urgencia entre bancos centrales.

En medio de todo aquello hay un fenómeno que merece examinarse por separado.

Los investigadores comprobaron después que, en la posguerra, los bancos centrales no habían ido abandonando el oro como esperaban algunos de los diseñadores del sistema. Por el contrario, siguieron reconstruyendo y conservando sus reservas.

Sobre el papel, no salía a cuenta. El oro no daba intereses y mantenerlo tenía un coste de oportunidad, mientras que los dólares depositados en Estados Unidos sí podían rendirlos. Pese a ello, se seguía considerando al oro un activo de reserva más limpio que el crédito de otro país.

Los investigadores lo llamaron el enigma del oro de Bretton Woods.

En teoría, el dólar ya había sustituido al oro como principal medio de reserva internacional. En la práctica, las autoridades nacionales seguían sin querer confiarle por completo su última garantía.

Es la primera aparición del resto en este tramo de la historia, y aparece donde rara vez se lo busca. No está del lado de los excluidos. Está en los balances de quienes pertenecen a la propia construcción.

Aquellos bancos centrales liquidaban en dólares cada día, cotizaban a la paridad cada día y defendían públicamente el sistema cada día. Al mismo tiempo, reservaban algo en sus cámaras por si acaso: por si un día la vara común dejaba de valer.

Reconocer la vara en público y guardar otra baza en la mano. En el capítulo sexto vimos que una de las formas del resto era otra vara: el mercado la mantenía en la sombra, callada en tiempos normales, y solo salía a la luz cuando la construcción perdía crédito. La diferencia, esta vez, es que quienes guardaban la segunda vara eran precisamente los que usaban la primera todos los días.

5. Dos precios

Francia hizo pública aquella desconfianza.

En una rueda de prensa del 4 de febrero de 1965, De Gaulle defendió que el sistema monetario mundial regresara gradualmente a una base de oro. Los países con responsabilidades financieras internacionales, sostuvo, debían saldar los déficits de su balanza de pagos con oro, en lugar de con deuda en papel.

Por entonces, el ministro francés de Finanzas resumió con una expresión la ventaja que la centralidad del dólar concedía a Estados Unidos: un privilegio exorbitante. Quería decir que Estados Unidos podía pagar con obligaciones emitidas por él mismo, mientras que los demás países tenían que entregar bienes reales, servicios o activos de gran calidad para obtener reservas internacionales.

La postura francesa no tenía por qué responder únicamente a principios. También intervenían la geopolítica y la posición del país en el mundo. Pero puso el dedo en el punto más sensible del sistema: aquella moneda internacional supuestamente anónima era, en realidad, un título de crédito de un Estado concreto.

Entre 1967 y 1968, las grietas dejaron de ser algo que se veía y pasaron a ser algo que ya no se podía tapar.

El 18 de noviembre de 1967, Gran Bretaña redujo la paridad de la libra de 2,80 a 2,40 dólares, una devaluación aproximada del 14 %. La presión sobre el dólar y el oro aumentó rápidamente después.

En marzo de 1968 se derrumbó el Pool del Oro de Londres.

Tras su disolución, los bancos centrales de siete países acordaron crear un mercado del oro de dos niveles. Las autoridades seguirían comerciando entre sí al precio oficial fijo; en el mercado privado, el precio flotaría libremente. Los bancos centrales se comprometieron a no seguir vendiendo oro monetario al mercado privado.

El 18 de aquel mismo mes, Estados Unidos suprimió formalmente la exigencia legal de una cobertura en oro del 25 % para los billetes de la Reserva Federal.

Conviene detenerse y mirar bien lo que significa ese paso.

Un sistema concebido para atar a una misma vara el precio del oro, los tipos de cambio, las reservas y los pagos fue dividido por primera vez, y por las propias autoridades, en un mundo de dos precios.

El precio oficial seguía hablando el lenguaje de las reglas: figuraba en el Convenio, se utilizaba en las liquidaciones entre bancos centrales y regía todas las cuentas formales. El precio privado empezaba a expresar otro juicio, bastante más inquieto.

Vale la pena volver al capítulo sexto. Quienes utilizaban los jiaozi guardaban otra vara en secreto porque no se atrevían a confiar del todo en el papel de la autoridad. El mercado de dos niveles, en cambio, no fue una reserva clandestina de los particulares. Lo trazaron las propias autoridades: reconocieron la existencia de un segundo precio y le dieron un espacio legal en el que fluctuar. La construcción no solo sabía que había otra vara. Le había reservado un terreno.

La coexistencia de dos precios no era un mero expediente técnico provisional. Era la primera vez que la construcción reconocía públicamente que la cifra fijada por ella y la que el mercado estaba dispuesto a pagar ya no eran la misma cosa.

En el capítulo décimo dijimos que el procedimiento más cómodo de la construcción consiste en dejar al otro lado de la puerta aquello que no puede responder. Aquí reaparece el mismo movimiento, de manera aún más abierta. Ya no se expulsa una clase de preguntas: se expulsa el segundo precio de una misma cosa, para que fluctúe libremente afuera. Ojos que no ven.

El procedimiento tenía una condición: la cifra de fuera no podía utilizarse dentro. De ahí aquel compromiso. Entre los dos mundos tenía que haber una compuerta; de lo contrario, el arbitraje arrasaría el precio oficial en un solo día.

Fue también en esa etapa cuando el Fondo introdujo un nuevo activo de reserva internacional: los derechos especiales de giro.

La definición oficial es clara. Se crearon en 1969 como activo de reserva internacional complementario, destinado a reforzar las reservas oficiales de los miembros. La primera asignación, de 3.000 millones de unidades, se efectuó el 1 de enero de 1970. Entre 1970 y 1972 se asignaron en total 9.300 millones.

La reforma tenía una gran carga simbólica. Cuando el oro no alcanzaba y los dólares eran demasiados y demasiado frágiles, el sistema intentó crear otra unidad de reserva internacional, más abstracta y más institucionalizada.

Volvía a manifestarse el impulso de convertir el valor en una medida uniforme. También quedaba claro que ni el oro por sí solo ni el dólar por sí solo bastaban ya para sostener la vara.

Conviene reparar en la situación de aquella nueva unidad. No tenía cuerpo metálico ni un único país detrás. Era una cifra nacida de las cuentas que llevaban conjuntamente varios países. Más abstracta, más pura, nunca llegó, sin embargo, a convertirse en una de las principales monedas internacionales. Que algo pueda servir de vara parece depender de algo más que de la claridad con que se lo defina.

Durante la segunda mitad de los años sesenta hubo otra cosa que escapó rápidamente al control.

Mientras el Gobierno estadounidense intentaba limitar la salida de capitales, las multinacionales y los bancos eludían cada vez más las restricciones y hacían trabajar sus dólares en sistemas bancarios situados fuera de Estados Unidos. Hacia 1969, el banco central alemán ya veía en aquel mercado extraterritorial de dólares un factor importante que debilitaba su capacidad para restringir el crédito nacional.

La disposición del Convenio que autorizaba los controles de capital seguía intacta sobre el papel. El capital había encontrado un lugar fuera del papel.

Las reservas y los déficits que podían medirse en la contabilidad oficial estaban cada vez más rodeados de cadenas financieras que quedaban fuera de balance, operaban en el extranjero, cruzaban fronteras y dependían en mayor medida de relaciones.

Era un desbordamiento muy característico. La construcción establece una regla, y la regla gobierna las operaciones que puede definir. El dinero se desplaza hacia donde la definición no llega; no porque alguien se proponga infringir la ley, sino porque allí no hay restricción y, por tanto, resulta más barato. Cuanto más estrecho es el control, mayor es el incentivo para salir. La frontera entre formas de organización que vimos en el capítulo duodécimo vuelve a aparecer en otro escenario: los mismos dólares están sujetos a control si se depositan en Nueva York y quedan libres de él si se depositan en Londres. Y siguen siendo los mismos dólares.

6. He ordenado suspender temporalmente

En 1971, la naturaleza de la crisis había cambiado.

La pregunta ya no era solo si Estados Unidos podía defender el precio de 35 dólares por onza. Era si los demás países aún estaban dispuestos a colaborar con Estados Unidos para seguir representando aquella obra.

A finales de abril de 1971, el banco central alemán y figuras centrales del Gobierno ya discutían con el director gerente del Fondo la posibilidad de dejar flotar el marco. El 6 de mayo, el ministro alemán de Economía ordenó que flotara temporalmente.

Cuando uno de los principales países con superávit se niega a seguir sosteniendo un sistema de paridades fijas, el problema deja de ser exclusivamente estadounidense.

Al mismo tiempo, el volumen de los movimientos de capital creció de golpe. Las salidas netas de capital de Estados Unidos pasaron de 12.900 millones de dólares en 1970 a 29.600 millones en 1971. De estos últimos, 11.000 millones salieron en el tercer trimestre.

Es decir, aun dejando de lado si había suficiente oro en las reservas oficiales, la sacudida de liquidez bastaba por sí sola para volver extremadamente inestable la promesa conjunta de paridades fijas y convertibilidad oficial en oro.

Del 13 al 15 de agosto de 1971, Nixon reunió en Camp David a sus principales asesores económicos. Acudieron el secretario del Tesoro, el presidente del banco central y los responsables de los asuntos monetarios internacionales. Aquel fin de semana debía decidirse todo un nuevo programa de política económica.

No fue un instante de evolución natural del mercado. Fue una decisión de fin de semana profundamente política, en la que pesaban las elecciones, el comercio, la inflación y las negociaciones internacionales.

La noche del 15 de agosto, Nixon anunció en un discurso televisado a todo el país que había ordenado al secretario del Tesoro suspender temporalmente la conversión del dólar en oro o en otros activos de reserva.

Lo de temporalmente nunca llegó a cumplirse.

Pero conviene precisar que la palabra no tenía por qué ser una evasiva en aquel momento. Las medidas internas que acompañaban la decisión sí se habían concebido como provisionales: el plazo de congelación, noventa días, estaba escrito con toda claridad. En el frente exterior, probablemente se pensaba en detenerse primero para negociar después desde una posición más favorable. Que no se regresara no significa que, desde el comienzo, existiera la intención de no regresar. Cuando la construcción cierra una puerta, a menudo cree de verdad que solo la está dejando entornada.

Nixon integró la decisión en un conjunto de medidas internas: congelación de salarios y precios durante noventa días, un recargo del 10 % sobre las importaciones, recortes del gasto y modificaciones tributarias. Presentó la crisis como una defensa frente a los especuladores monetarios internacionales.

Sin embargo, lo más importante del discurso estaba en otras dos frases.

En ellas reside el verdadero peso de aquel día, aunque entonces llamaron poco la atención. A quienes escuchaban les importaba si los precios quedarían congelados, si los productos importados subirían y qué pasaría al día siguiente con sus salarios. Entre esas cuestiones prácticas se había cambiado la definición de la moneda.

La primera frase decía que la fortaleza de la moneda de un país descansa en la fortaleza de su economía.

En la segunda, garantizaba al exterior que Estados Unidos seguiría siendo un socio comercial fiable y orientado hacia el futuro.

Basta leer juntas las dos frases para ver qué ocurrió de verdad aquel día.

Se había cambiado públicamente la explicación del fundamento de la moneda: ya no era la posibilidad de convertirla en oro, sino la fuerza económica y la fiabilidad de un país.

La confianza en un Estado concreto, el juicio sobre la disciplina de sus políticas, la apuesta por su crédito: todo aquello que antes tapaba el metal dejó de esconderse detrás de la moneda. El propio presidente lo presentó como su fundamento expreso.

En el capítulo decimoquinto dijimos que, una vez reescrita la vara, ya no puede borrarse el hecho de que sea posible reescribirla. En 1934 se había cambiado el precio del oro de 20,67 a 35 dólares. Esta vez no se cambiaba una cifra. Se anulaba la promesa que esa cifra representaba y, en público, se ofrecía otra explicación para sostener el mismo papel.

Hay otra parte del discurso que suele omitirse y que no debería omitirse.

Nixon señaló a los jubilados, las amas de casa y los asalariados como víctimas de la inflación. Presentó la congelación salarial y los aranceles como medios para proteger el empleo y el poder adquisitivo.

Se acepte o no aquella explicación, muestra algo que importa: el sistema monetario internacional no es un tablero abstracto.

Cuando ya no se puede sostener un tipo de cambio fijo, el coste recae sobre los salarios, los precios de importación, el empleo y los presupuestos. Y para defender una paridad, el país deficitario suele tener que elevar los tipos de interés, restringir la demanda y limitar las importaciones. Al final se soportan pérdidas muy reales de empleo e ingresos.

Aquí se ve con la mayor claridad por qué Keynes se había empeñado, como vimos en la segunda sección, en que toda la presión del ajuste no cayera sobre los países deficitarios. Veintisiete años después volvía el problema que se había rechazado. Y volvía en el discurso del presidente de uno de los países que lo habían rechazado.

El proyecto abandonado entonces pretendía que los países con superávit asumieran también una parte de la obligación de ajuste. Veintisiete años después, era Estados Unidos quien recibía la exigencia de ajustarse. Su respuesta fue cerrar la ventanilla e imponer un recargo del 10 % a las importaciones, devolviendo la presión a los demás. No adoptó el procedimiento de Keynes. Utilizó el suyo. Pero el problema que intentaba resolver era exactamente el que Keynes había advertido que aparecería.

7. Necesidad o elección

Las explicaciones de 1971 que compiten entre los investigadores pueden agruparse, a grandes rasgos, en tres familias. No discrepan por una cuestión de gustos, sino por la naturaleza misma del problema.

La primera entiende que el desenlace era estructural e inevitable.

Su formulación más temprana e influyente es el dilema de aquel economista: el emisor de la moneda de reserva tiene que abastecer continuamente de liquidez al mundo, pero al hacerlo sus pasivos exteriores terminan por superar el respaldo del oro y desencadenan una crisis de confianza. Una línea de investigación posterior atribuyó el derrumbe, sobre todo, a dos defectos del sistema. Por un lado, el crecimiento de las reservas dependía demasiado del dólar. Por otro, después de 1965, Estados Unidos, como país central, adoptó una combinación de políticas fiscales y monetarias más inflacionaria y dejó de cumplir las reglas necesarias para mantener baja la inflación y creíble el precio del oro.

Desde esa perspectiva, el cierre de la ventanilla tuvo, por supuesto, desencadenantes concretos. Pero la dirección general ya estaba marcada por las contradicciones del sistema y por la indisciplina de la política estadounidense.

La segunda familia sostiene que el final no tenía por qué ser inevitable: el sistema podía haber continuado.

Varios investigadores ya habían planteado esa objeción en 1966. A su juicio, el sistema no estaba condenado al derrumbe. Estados Unidos se parecía más a un intermediario financiero mundial: emitía pasivos en dólares a corto plazo y muy líquidos, mientras mantenía activos exteriores a largo plazo. Si conservaba la estabilidad de precios, ese proceso podía, en principio, continuar; incluso podía desembocar en un patrón dólar sin oro. Los documentos que revisaron después aquella polémica lo expresan con claridad: para esta corriente, si las autoridades estadounidenses hubieran preservado la estabilidad de precios necesaria para el ancla nominal, el sistema habría podido mantenerse indefinidamente.

Esta corriente no niega el riesgo. Niega otra cosa: que unos pasivos en dólares superiores al oro equivalgan, de manera automática, a una insostenibilidad inmediata.

Hay que precisar bien el alcance del argumento. No dice que dé lo mismo deber más dólares de los que respalda el oro. Dice que cumplir una promesa de convertibilidad depende de si se acude en masa a pedir la conversión; que esa afluencia depende de si se cree en la promesa; y que esa confianza depende, principalmente, de si quien promete cumple sus propias reglas. La variable decisiva no está, por tanto, en las cámaras acorazadas. Está en otra parte.

La tercera familia concede más peso a las decisiones políticas y a la contingencia histórica.

Algunos investigadores rechazan que se cuente el desenlace de finales de los sesenta como un final escrito de antemano. Sostienen que el sistema de paridades murió a causa de los reproches mutuos y las discrepancias sobre quién debía soportar la carga del ajuste. Otros textos que presentan esta línea subrayan además que, en 1971, la preocupación dentro de Estados Unidos por el déficit comercial y la competitividad exportadora de Japón y Europa, las presiones del Congreso y el cálculo de las elecciones del año siguiente hicieron del tipo de cambio algo más que una cuestión técnica monetaria. Lo convirtieron también en un arma en materia de acceso a los mercados y de política interna.

La historia diplomática ofrece otra vía de análisis: sitúa el conflicto monetario dentro de las alianzas de la Guerra Fría. Desde ella, los dólares, el oro, las bases, el gasto militar, la ayuda y el reparto de cargas entre aliados no eran cuestiones independientes.

Según esta lectura, 1971 tenía sin duda un trasfondo estructural. Pero el día en que se cerró la ventanilla, la forma de cerrarla y las medidas que acompañaron el cierre no eran, en absoluto, el único desenlace deducible de un razonamiento técnico.

Aquí no se dirime la disputa. Lo importante de estas tres familias de explicaciones es que remiten a dos maneras distintas de entender el propio orden monetario.

Si Bretton Woods era un sistema objetivo cuyo fundamento real era el oro y cuyo dispositivo de transmisión era el dólar, 1971 se parece más a una ruptura física que tenía que llegar tarde o temprano.

Si era una mezcla de política y finanzas que utilizaba el metal como símbolo y se sostenía sobre la cooperación de los bancos centrales y la confianza en el crédito estadounidense, 1971 se parece más a una recomposición del crédito. El oro no se evaporó de una noche para otra; el dólar tampoco perdió de golpe su papel internacional. Cambió el peso relativo de uno y otro, y cambió lo que el mundo admitía públicamente acerca de aquello en que descansaba la liquidación última.

Las dos lecturas pueden explicar de manera coherente los mismos hechos. Corresponden, sin embargo, a dos mundos distintos. En uno, la construcción termina sometida a algo que no puede gobernar. En el otro, siempre la han sostenido personas, y el metal solo era una de las formas de sostenerla.

8. El corte en el velo

El cierre de la ventanilla del oro no hizo que el mundo pasara ordenadamente, al día siguiente, a la libre flotación. Antes, los países intentaron salvar el sistema.

El 17 y el 18 de diciembre de 1971, el Grupo de los Diez alcanzó un acuerdo en Washington. Estados Unidos aceptó elevar el precio oficial del oro de 35 a 38 dólares, una devaluación aproximada del 8,5 %. Los demás países principales revaluaron sus monedas en consonancia y ampliaron las bandas de fluctuación.

El problema era que el ajuste no restablecía la convertibilidad en oro. Tampoco resolvía quién pondría freno a la inflación estadounidense ni quién asumiría el riesgo de seguir manteniendo dólares. La historia oficial resumiría más tarde aquel intento en unas pocas palabras: demasiado poco, demasiado tarde.

Duró muy poco. Hacia marzo de 1973, Europa volvió a sufrir una grave crisis cambiaria, tras la cual el sistema de tipos de cambio fijos quedó abolido de hecho. Entre febrero y marzo de 1973, las principales economías industriales pasaron de manera generalizada a tipos flotantes.

Hay que guardar, por tanto, las dos fechas por separado. El 15 de agosto de 1971 terminó la convertibilidad oficial del dólar en oro. En la primavera de 1973 terminó lo que aún quedaba del marco de tipos de cambio fijos pero ajustables entre los principales países industriales.

La regularización jurídica llegó después. La reforma del Convenio acordada en 1976 reconoció que los miembros podían elegir el régimen cambiario que consideraran adecuado, mientras el Fondo pasaba a supervisar sus políticas de cambio. El artículo IV, sección 2, del Convenio vigente lo dice expresamente: los miembros pueden adoptar otros regímenes cambiarios de su elección que sean compatibles con los fines del Fondo. La reforma entró en vigor el 1 de abril de 1978.

Solo entonces cedió realmente en el terreno jurídico aquella aspiración constitucional de la primera posguerra: fijar los tipos de cambio utilizando el oro como denominador común.

Ya podemos responder a la pregunta del comienzo: ¿qué se cortó exactamente en 1971?

Lo más fácil es decir que el mundo entró entonces en la era del dinero fiduciario, pasando del metal al crédito.

La explicación es inexacta. Y oculta precisamente lo que más importa.

Sería más preciso decir que la moneda se asentó sobre el crédito de manera más profunda y más abierta.

No desapareció el medio de intercambio anónimo. El dólar siguió siendo el instrumento central para fijar precios, mantener reservas y liquidar pagos internacionales. Algunos estudiosos consideran que lo que perduró después del cierre de la ventanilla fue, justamente, un patrón dólar sin oro.

Lo que cambió fue que el fundamento último de ese instrumento dejó de presentarse como una restricción puramente metálica. Se manifestó cada vez más abiertamente en unas cuantas cuestiones concretas: si el Tesoro y el banco central de Estados Unidos podían mantener la estabilidad de precios; si se seguía considerando fiable al Gobierno estadounidense; si la supervisión del Fondo tenía fuerza para imponer límites; si los principales bancos centrales aún estaban dispuestos a cooperar.

La confianza, el buen nombre, el crédito: aquella fuerza dirigida hacia dentro, hecha de personas y relaciones, no sustituyó a la moneda anónima.

Volvió, más al descubierto, a sus cimientos.

Por eso no conviene contar 1971 como una historia de progreso inevitable desde un metal bárbaro hasta un crédito moderno.

El oro no desapareció de inmediato de los balances de los Estados. Al contrario, muchos bancos centrales siguieron utilizándolo como última garantía. Llevaban haciéndolo desde los años cincuenta; no esperaron a 1971. El dólar tampoco dejó de ocupar el centro internacional por haber perdido la convertibilidad. Siguió dominando las finanzas internacionales después de desvincularse del metal.

Lo que cambió de verdad fue la posición del péndulo. Continuaban la unidad común de cuenta, la normalización de los precios y las liquidaciones anónimas. Pero la garantía última que sostenía esos mecanismos dependía, de manera más visible, del crédito de un Estado y de la reputación de unas cuantas instituciones.

La atadura que se cortó nunca había servido para hacer desaparecer los factores personales.

Había servido para velarlos.

Velar no equivale a engañar; hay que distinguirlo. Los diseñadores no habían escondido nada. Aquel velo permitía que nadie tuviera que juzgar cada día si otro país era digno de confianza: bastaba con mirar una cifra. Ahorraba un esfuerzo enorme y, durante mucho tiempo, funcionó de verdad. El precio de ese ahorro se pagó cuando la cifra dejó de ser fiable: todos tuvieron que aprender de nuevo, y a la vez, algo que llevaban más de veinte años sin necesitar hacer.

En 1971 solo se cortó aquel velo.

Al cortarlo, lo que siempre había estado actuando quedó por primera vez en primer plano: qué país cumplía su palabra, quién respondía por quién, qué instituciones aún estaban dispuestas a llamarse por teléfono a medianoche. Nada de eso había dejado de funcionar. Antes se escondía detrás de una cifra, y aquella cifra parecía extraída del subsuelo.

Ahora podemos describir de manera más completa lo que hacían los bancos centrales de la cuarta sección.

No es que desconfiaran del sistema. Lo utilizaban a diario. Sabían, sencillamente, que a una vara levantada por personas siempre le llega el día en que las personas la dejan a un lado; y que, antes de que llegara ese día, tenía que haber otra cosa en las cámaras.

Los hechos les dieron la razón. Y la tenían desde unos diez años antes.

Eso revela también algo sobre la naturaleza del resto. En los capítulos anteriores, el resto solía quedar del lado de quienes soportaban la presión: no tenía voz, no podía presentar comprobantes o ni siquiera figuraba en el registro. Esta vez estaba en manos de quienes poseían más recursos. Podían hacerse oír perfectamente, pero eligieron callar y guardar otra baza en sus cámaras. El resto no tiene por qué pertenecer siempre a los débiles. Es la reserva que cualquiera mantiene fuera de esa vara. Y quienes pueden permitirse esa reserva adicional son precisamente quienes conocen mejor cómo se levantó la vara.

La vara, entretanto, no desapareció. Cambió de cimientos y siguió midiendo. El mundo seguía necesitando una unidad común en la que expresar los precios, alguien que hiciera la liquidación última y un precio para cada cosa todas las mañanas.

Solo que, desde aquella noche de agosto de 1971, ya nadie podía afirmar que el precio nacía del peso de un metal. Nacía de que un grupo de personas estuviera o no dispuesto a seguir reconociendo las cuentas.

Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English