Capítulo decimosexto. La hambruna distributiva: sigue habiendo alimentos, pero el registro decide quién puede comer
Irlanda, Bengala y el Gran Salto Adelante no fueron simples desastres de escasez. Mercados, racionamientos y requisas siguieron funcionando mientras derechos, precios o identidades administrativas expulsaban a millones del acceso a los alimentos.
En este ensayo
1. En un mundo donde hay alimentos
En 1945, una comisión oficial de investigación escribió, en sus conclusiones sobre Bengala, esta frase: entre los habitantes de la Gran Calcuta no había muerto nadie de hambre, mientras que en el campo millones de personas habían padecido hambre y sufrimiento.
No lo decía quien presentaba una acusación. Era la conclusión del propio organismo encargado de investigar aquella hambruna.
El mismo informe contenía otra frase aún más fría: en 1943 solo había pasado hambre una clase, la de la población rural de menores recursos; los ricos y los trabajadores industriales de la Gran Calcuta no la habían padecido.
Entre ambas frases no hay retórica: hay una línea. A un lado se come; al otro, no. Y esa línea no la trazan la geografía, el clima ni la capacidad de transporte. La trazan unas disposiciones.
Si ponemos juntas tres catástrofes que suelen contarse por separado es porque en las tres se repite una misma operación.
La Gran Hambruna irlandesa tuvo lugar en el siglo XIX, dentro de un imperio que profesaba el libre comercio. La hambruna de Bengala ocurrió en el siglo XX, en la economía de guerra de una colonia. La del Gran Salto Adelante, dentro de un sistema de economía planificada y comunas populares. Tres regímenes radicalmente distintos, incluso enemigos entre sí.
En ninguna de las tres catástrofes los alimentos habían desaparecido físicamente del mundo.
Seguía funcionando la maquinaria de los precios, seguía funcionando la de las compras obligatorias, seguía funcionando la del racionamiento. Algunas lo hacían con enorme fuerza. Lo ocurrido era esto: a una parte de la población se le había retirado el derecho a entrar en esa maquinaria mediante los precios, los salarios, las raciones legalmente asignadas o la condición política. Y así moría de hambre en un mundo donde había alimentos.
Conviene leer despacio esta frase, porque contradice la imagen habitual de una hambruna. Solemos imaginar un desastre natural: no llueve, llega una plaga, la tierra no da nada y todos pasan hambre. Estas tres catástrofes tienen otra forma. Se parecen más a un reparto: los mismos alimentos están dentro del mismo país; unos siguen comiendo y otros no pueden comer. Entre unos y otros media un conjunto de reglas.
En los quince capítulos anteriores hemos visto ocho procedimientos de la construcción para tratar el resto: recurrir a una construcción mayor que abriera espacio desde fuera; cambiarle el nombre para seguir adelante; medir con precisión sin hacer preguntas; convertirlo en una cantidad repartible entre los costes; replegar un tramo la frontera de la disciplina; darle una órbita alrededor del libro de cuentas; exigirle que presentara sus pruebas; y reclasificarlo como una elección del propio resto.
Aquí aparece el noveno.
No dejarlo entrar en las cuentas. No es que no se haya medido, ni que se haya medido y después se aparte la mirada. Es que esa persona no tiene la condición necesaria para ser incluida.
Por eso el resto adopta aquí su forma más desnuda. En capítulos anteriores era aquello que no se había medido, una columna medida con exactitud que nadie miraba, un problema situado fuera de la disciplina, un saber que crecía en las relaciones y no se podía registrar. Todo eso eran todavía cosas. Aquí el resto son personas: vivas, hambrientas, con nombres que se pueden pronunciar uno por uno. La construcción no las ha reducido ni las ha convertido en otra cosa. Sencillamente, no las ha inscrito en el registro.
Antes de entrar en materia hay algo que debe quedar claro.
Los quince capítulos anteriores han seguido una regla: analizar las estructuras sin dictar sentencias morales; colocar juntas las interpretaciones rivales sin decidir por el lector. En el capítulo octavo se suspendió expresamente esa regla por primera vez. Esta es la segunda.
Pero hay que delimitar el alcance de la excepción. De lo contrario, se convertiría en una salida demasiado fácil.
La regla se suspende en un solo punto: había alimentos, había otras vías, había personas muriendo de hambre a la vista de otros, y la maquinaria seguía funcionando. Para decir esto sin rodeos ni atenuantes no hace falta esperar a que se cierre ninguna disputa académica.
En muchos otros puntos la regla sigue vigente. Si habría bastado con retener las exportaciones, cuánto descendió realmente la oferta, qué cadena causal pesó más, cuántas personas murieron o si hay que señalar a alguien en particular por su nombre. Son cuestiones aún abiertas. Las iremos exponiendo una por una, sin resolverlas aquí.
Ambas cosas son compatibles. La calificación moral de lo ocurrido se sostiene precisamente porque no depende de aquello que sigue en disputa.
Hay otro motivo. Si un juicio solo pudiera pronunciarse una vez cerradas todas las controversias, nunca llegaría a pronunciarse, porque las controversias de esta clase no se cierran nunca. Y durante todos esos años de espera, lo único de lo que otros pueden servirse es del silencio.
2. Con la mínima perturbación del mercado
En el otoño de 1845, el tizón tardío de la patata golpeó por primera vez con fuerza a Irlanda. En 1846 la enfermedad fue aún más grave. Ese mismo año terminó la intervención limitada del Gobierno de Peel, y el nuevo Gobierno whig adoptó una política más resueltamente favorable al mercado.
El origen material de la catástrofe fue, desde luego, la enfermedad del cultivo. Antes de la hambruna, aproximadamente un tercio de la población dependía en gran medida de la patata como alimento básico. Pero en 1846 y 1847 la supervivencia ya no dependía solo de cuántas patatas se pudrieran. Dependía también de cómo seguían saliendo otros alimentos en calidad de mercancías, de cómo se fijaban sus precios, de quién tenía dinero en efectivo y de quién reunía los requisitos para recibir socorro.
El funcionario del Tesoro encargado del socorro se llamaba Trevelyan. Tiempo después escribió un libro sobre la crisis. Al recordar el objetivo de las primeras compras de maíz que el Gobierno hizo en Estados Unidos, empleó estas palabras: cubrir aquel déficit causando la mínima perturbación al comercio privado y a los precios del mercado.
La frase no es un resumen que hicieran después sus críticos. La escribió él mismo, como un principio que merecía quedar registrado.
Para entender cuánto pesa, hay que fijarse en las dos cosas que coloca en una misma balanza: en un platillo, el sustento de varios millones de personas; en el otro, que el comercio privado y los precios del mercado no sufran perturbaciones. Ponerlos en la misma balanza supone que uno puede compensarse con el otro, que ambos admiten concesiones, que se puede negociar cuánto se da a cada cual. Una vez admitida esa equivalencia, lo que viene después deja de resultar extraño.
En diciembre de 1846 llegaron a Londres las noticias de la devastación de Skibbereen. Trevelyan insistió entonces en que el Gobierno no debía encargar alimentos en el extranjero, porque competiría con los comerciantes y trastocaría todos sus cálculos. Dijo también que alimentar desde el exterior a una población tan numerosa como la irlandesa era algo inaudito.
El mecanismo que hay detrás de ambas frases es muy concreto. Para sobrevivir, el pobre no debe recibir primero comida. Primero hay que convertirlo en alguien con poder de compra monetario. Y si el Estado compra por su cuenta, desplazará del mercado a los comerciantes.
El razonamiento es completo dentro de su propia lógica, y no cuesta encontrar argumentos que lo respalden: si el Gobierno se convierte en un gran comprador, los comerciantes privados no se atreverán a abastecerse; si no se abastecen, la oferta del año siguiente será todavía más incierta; salvar vidas a corto plazo hará que mueran más personas a largo plazo. Entonces se creía seriamente en este argumento, y hoy hay quienes siguen creyendo seriamente en algunas de sus versiones. Aquí la cuestión no es si el argumento se sostiene. Es la pregunta para la que se lo utilizaba como respuesta: ¿hay que dar de comer ahora mismo a estas personas?
Así, en la medida de lo posible, el socorro pasó a formularse como un problema salarial.
Entre 1846 y 1847, un enorme programa de obras públicas empujó a cientos de miles de personas a construir caminos, muros de piedra, diques y puentes. En marzo de 1847 cobraban allí un salario más de setecientas mil personas. Contando a sus familias, el sistema sostenía al menos a tres millones.
Sobre el papel, era una movilización considerable.
El problema no era si se pagaban salarios. Era que se pagaban en dinero, sin fijarlos en función del alimento que necesitaba una familia; que su cuantía no estaba vinculada al precio de los alimentos; y que, además, los pagos se retrasaban a menudo.
Trevelyan dejó escrito el resultado en su propio libro. Reconoció que aquel salario, aunque superior a lo que habían cobrado antes los jornaleros agrícolas irlandeses, no bastaba para alimentar a una familia con los precios de entonces. También escribió que, alrededor de las obras públicas, todos los días se producían muertes por hambre mientras proseguían los trabajos de socorro.
Esta frase es el centro de la sección. Su peso no reside en lo que revela. Reside en que no revela nada.
Las personas ya habían quedado incorporadas a la vara común del dinero y del salario. Todas las cifras estaban allí: las obras figuraban en el registro, el número de trabajadores figuraba en el registro, los jornales figuraban en el registro. Y que aquella vara no bastaba para mantenerlos vivos también constaba por escrito. Lo había anotado el propio responsable.
Aparece así un fracaso muy particular. No faltó quien lo viera, no se equivocaron las cuentas, no llegaron tarde las noticias. Se vio, se calculó, se escribió. Y se siguió haciendo lo mismo. La construcción no tropezaba aquí con un problema de información. Tropezaba con su propia negativa a cambiar.
En octubre de 1846, Trevelyan había escrito en una carta privada a un lord que la Providencia omnisciente había aplicado, de un golpe directo, la cura de los males de la sociedad irlandesa.
No hace falta añadir adjetivos a la frase. Basta con mirar qué hace.
Describe de nuevo un proceso de muerte en curso, esta vez como una finalidad que se está cumpliendo. Basta atribuir un propósito a algo que sucede para que pase de ser algo que hay que impedir a ser algo que hay que llevar hasta el final.
3. Cuatro mil barcos
La discusión sobre la salida de alimentos de Irlanda durante la hambruna lleva más de un siglo. Vale la pena fijarse en la forma de esa discusión.
Una historiadora especializada en aquel periodo ha insistido una y otra vez en que el debate quedó reducido durante mucho tiempo a una pregunta demasiado estrecha: si el saldo de cereales era de exportación o de importación. Plantear así la pregunta dejaba fuera de la vista todos los demás alimentos que también salían.
Estas son las cifras que ofrece a partir de los registros portuarios. Solo en 1847, casi cuatro mil barcos transportaron alimentos desde Irlanda hasta los principales puertos británicos, entre ellos Bristol, Glasgow, Liverpool y Londres. Entre 1846 y 1850 se exportaron más de tres millones de cabezas de ganado vivo. Solo en 1847 se enviaron a Gran Bretaña nueve mil novecientos noventa y dos terneros. Durante los primeros nueve meses de ese año siguieron saliendo grandes cantidades de mantequilla, pescado, huevos, whisky y alcohol de cereales.
Su afirmación no es que retenerlo todo hubiera salvado necesariamente a todos. Es que, durante la hambruna, Irlanda nunca dejó de funcionar como territorio de agricultura comercial y exportación de alimentos.
Hay que mantener esta distinción, porque determina en qué plano se discute. Si preguntamos si retener las exportaciones habría salvado a todo el mundo, la respuesta probablemente sea no. Ese «no» cierra de paso otras preguntas. Si preguntamos si aquel territorio siguió cumpliendo su función exportadora durante la hambruna, la respuesta es que la siguió cumpliendo. Ahí están los registros de los puertos.
Sobre si habría bastado con retener aquellos alimentos, la historiografía lleva mucho tiempo dividida. Sigue estándolo.
La propia historiadora sostiene que el volumen exportado entre 1846 y 1847 habría bastado para alimentar a dos millones de personas durante dieciséis meses. Otra corriente considera que ni siquiera retener todos los cereales exportados habría cubierto el enorme hueco que dejó el hundimiento de la patata, y añade que, después de 1847, el flujo neto de cereales ya se había invertido: entraban en Irlanda.
Una revisión historiográfica reciente lo resume con bastante precisión: la posición hoy predominante se acerca más a la segunda interpretación; casi nadie niega, en cambio, que la ideología gobernó la respuesta del Gobierno.
Hay que conservar por separado ambas afirmaciones. Se discute si la cantidad habría bastado. Hay menos desacuerdo en que el credo del laissez-faire se impuso a la prioridad de salvar vidas.
Del lado del socorro hay otra disposición que merece un lugar propio.
Según la llamada cláusula del cuarto de acre, a quien poseía un cuarto de acre de tierra o más le resultaba muy difícil obtener socorro si no renunciaba a ella.
Dicho sin rodeos: para merecer la entrada en el sistema de socorro, primero había que dejar de ser un pequeño agricultor y convertirse en alguien que no tenía nada.
La cláusula cosía dos órdenes distintos. La tierra daba una condición social; el socorro daba dinero y comida. Para recibir lo segundo había que entregar antes lo primero. Sobrevivir aquel invierno exigía renunciar a la posibilidad de cultivar la primavera siguiente. No era un descuido: la cláusula estaba escrita con claridad y su intención tampoco se ocultaba. El socorro no debía convertirse en una subvención que permitiera la supervivencia de las pequeñas tenencias. En el capítulo decimotercero hablamos de los cercamientos: allí se iban apartando las tierras, parcela a parcela; aquí se obligaba a quien las tenía a entregarlas por sí mismo, porque pasaba hambre.
El dinero y los precios anónimos nunca habían sustituido de verdad al orden de posiciones sociales ligado a las personas. Ambos funcionaban superpuestos: primero se te clasificaba por tu condición; después, el dinero decidía cuánto podías comprar.
Sí había otro camino.
En la primavera y el verano de 1847, una vez suspendidas las obras públicas, se estableció un sistema temporal de comedores de socorro. En su momento de mayor actividad daba de comer a unos tres millones de personas al día, y las muertes parecieron disminuir con él.
Pero, desde el primer día de su diseño, aquel sistema fue provisional, excepcional y revocable en cualquier momento. Más tarde fue, en efecto, suprimido.
A menudo eran la beneficencia privada y las redes de relaciones las que conseguían sortear toda aquella lógica del mercado y de la propiedad de la tierra, para llevar la comida directamente a la boca de las personas.
Los cuáqueros instalaron grandes ollas en Cork y otras localidades y prepararon sopa todos los días. La Asociación Británica de Socorro proporcionó durante un largo periodo raciones gratuitas a un gran número de niños. Los estudios muestran que, entre finales de 1846 y 1848, en muchos lugares las redes civiles detectaron la catástrofe antes que el Estado, abrieron antes sus comedores y estuvieron más dispuestas a tratar la comida como un medio urgente de mantener a la gente con vida, en lugar de esperar a que el mercado volviera a la normalidad.
Cuando la maquinaria de los precios fallaba, o se la mantenía deliberadamente libre de interferencias, la cadena que de verdad volvía a incluir a las personas en las cuentas solía ser la otra: la que tenía nombres y firmas, la que dependía de la confianza y de la reputación.
4. Solo una clase pasó hambre
En 1942, Bengala sufrió varios golpes sucesivos que se fueron acumulando.
La caída de Birmania cortó las importaciones de arroz. En octubre, el suroeste de Bengala padeció un ciclón, una marejada, inundaciones y el añublo del arroz. Aumentaban las barreras comerciales entre provincias. Al mismo tiempo, para impedir un desembarco japonés, las autoridades coloniales aplicaron la llamada política de denegación: restringieron el uso de las embarcaciones costeras y fluviales o las destruyeron, y limitaron las existencias de arroz en algunas zonas.
La comisión de investigación dejó constancia después de que, en las zonas sometidas a aquella política, se habían requisado o destruido numerosas embarcaciones grandes. Reconoció también que los controles sobre las embarcaciones habían obstaculizado el movimiento de alimentos hasta el verano de 1943.
El mercado no estaba completamente ausente. Lo que ocurría era que un Estado en guerra desmantelaba la red de transporte existente y, a la vez, exigía que el mercado siguiera ocupándose de la distribución.
Vale la pena detenerse en esa combinación. El Estado intervenía en el transporte, en los barcos, en objetos materiales que podía requisar y destruir. Donde no intervenía era en los precios y en la distribución: eso quedaba en manos del mercado. Una misma autoridad se reconocía poder de decisión en un ámbito y se abstenía en el otro. Y el ámbito donde elegía intervenir era, precisamente, el tramo que llevaba la comida hasta la boca de las personas.
En marzo de 1943, las autoridades optaron por levantar los controles. Tras el restablecimiento del libre comercio en mayo, el mercado de Calcuta volvió a convertirse en el motor de los precios de toda la provincia. A mediados de aquel año, el arroz costaba entre cinco y seis veces lo que había costado a principios de 1942.
La comisión escribió un análisis decisivo de lo sucedido.
Gran parte del arroz que llegaba a Calcuta seguía bajo el control de comerciantes privados, que podían acapararlo a la espera de mejores precios. Sin control gubernamental, el poder adquisitivo de Calcuta marcaba el ritmo de los precios en toda Bengala. Era una ciudad próspera, con una elevada capacidad de compra. Las industrias de guerra, los ferrocarriles, los organismos militares y administrativos y quienes pertenecían a las llamadas clases prioritarias recibían subsidios o suministros preferentes. Por eso Calcuta podía pagar un arroz cuyo precio quedaba totalmente fuera del alcance de los pobres del campo.
La maquinaria de los precios no se había detenido. Al contrario: funcionaba con una fuerza extraordinaria.
Solo que servía a compradores a quienes el Estado y la guerra ya habían reconocido como prioritarios.
Prioritario es aquí un término administrativo, no una figura retórica. Remite a una lista concreta de sectores, instituciones y grupos que pueden recibir alimentos a precios subvencionados o por delante de los demás. Alguien redactó esa lista. Tenía razones para hacerlo, y entonces parecían razones de peso: había que librar la guerra, mantener abiertas las fábricas, hacer circular los trenes, impedir el desorden en la ciudad. Todas eran válidas. Pero, una vez establecida la lista, quienes quedaban fuera adquirían una condición común: no figurar en ella.
No figurar en la lista no es una mera descripción. Es una condición con efectos reales. Determina el precio al que compras, si consigues comprar y detrás de quién debes esperar. Una persona puede ignorar por completo que existe esa lista, mientras la lista ya está decidiendo por ella cómo pasará el próximo invierno.
De ahí las dos frases citadas al principio. Dentro de una misma provincia, la escasez de alimentos no se repartía por igual. El acceso quedaba estratificado de nuevo según la condición, la ocupación, el lugar y el orden de prioridades políticas.
La actuación oficial sobre el mercado no dejó de oscilar: primero se limitaron los precios y después se toleró el mercado negro; durante un tiempo se proyectó controlar las compras, pero en marzo de 1943 se abandonó la idea. El racionamiento no entró realmente en vigor en Calcuta hasta el 31 de enero de 1944. El peor pico de mortalidad ya se había producido en la segunda mitad de 1943.
Pongamos juntas ambas fechas: el racionamiento comienza el 31 de enero de 1944; el pico de mortalidad corresponde a la segunda mitad de 1943. Aproximadamente medio año de distancia. Una medida que después demostró funcionar llegó seis meses tarde. Y esos seis meses no se perdieron porque otro asunto la retrasara. Se consumieron en el vaivén de limitar los precios, liberarlos y volver a limitarlos.
La propia comisión concluyó que, si el Gobierno se hubiera hecho cargo antes del abastecimiento de Calcuta y hubiera implantado el racionamiento, la subida de los precios no habría barrido de aquella manera toda la provincia.
Añadió una frase que todavía hoy duele leer. Había sido muy poco sensato anunciar que había alimentos suficientes. Más sensato habría sido decir a la población: sí, hay escasez.
Con esa frase entra en juego algo que aún no había aparecido.
Las mediciones, las estadísticas y los comunicados no son neutrales. Lo que las autoridades declaran públicamente influye de manera directa en el acaparamiento, el pánico y el curso de los precios. El comunicado de la construcción es un insumo: entra en aquello que describe y lo modifica.
5. A quién se señala por su nombre
Sobre Bengala siguen abiertas dos grandes controversias. Exponerlas resulta más útil que darles aquí un cierre.
La primera se refiere a quién debe atribuirse la responsabilidad.
Los telegramas oficiales muestran que, en abril de 1944, el propio Churchill reconoció en un mensaje a Roosevelt que al menos setecientas mil personas habían muerto el año anterior en la grave hambruna de Bengala, y siguió pidiendo ayuda para el problema alimentario de India.
Los historiadores discrepan sobre su responsabilidad. Una corriente pone más énfasis en las prioridades bélicas de Londres, la asignación del transporte marítimo, las políticas financieras y de precios y la jerarquía racial dentro del imperio. Otra propone situar en una misma trama de sospechosos los desastres naturales, el desorden administrativo, las decisiones de Londres y los fallos del mercado. Señala que las compras obligatorias de guerra y las malas cosechas fueron igualmente importantes y que atribuirlo todo a una sola persona simplifica demasiado.
Si debe señalarse a Churchill individualmente como causa principal es, por tanto, parte de la propia disputa. Aquí no se decide.
No decidir no equivale a eludir. Señalar por su nombre a una persona concreta y establecer que alguien fue responsable son dos cuestiones distintas. La primera sigue abierta; la segunda, no: la comisión escribió que un racionamiento más temprano habría podido impedir la propagación de los precios. Esa frase ya contiene un sujeto responsable.
La segunda controversia es teórica y constituye el trasfondo metodológico de todo lo que viene después.
En 1981, Amartya Sen formuló una idea que desde entonces se ha utilizado muchas veces: las hambrunas ocurren a menudo cuando la disponibilidad de alimentos es moderada o incluso buena; la clave no está en el volumen total, sino en la posibilidad de disponer de ellos por vías reconocidas por la ley y la sociedad. Llamó titularidades a esa capacidad y prestó especial atención a las titularidades de intercambio: cuánto alimento permiten obtener el trabajo, la tierra, el ganado, el dinero y los bienes que uno posee, dados unos precios y unas reglas. Cuando el jornal del trabajador rural queda rezagado frente al precio del arroz, esa titularidad se derrumba.
La oposición fue rápida y contundente.
En 1986, un crítico escribió sin rodeos que aquella teoría llevaba a diagnósticos y remedios equivocados. Sostenía que el análisis de Bengala, en particular, se apoyaba en estadísticas poco fiables e inexactas, y que incluso los datos utilizados por Sen contradecían su tesis. Sen respondió aquel mismo año que el artículo de su adversario estaba lleno de confusiones conceptuales, descripciones empíricas erróneas y tergiversaciones sistemáticas. En aquel intercambio ninguno convenció al otro, y después tampoco hubo una verdadera reconciliación.
Otro investigador sostuvo que se había subestimado gravemente el fracaso de la cosecha de 1942 y que la oferta seguía siendo central. Sen insistió en su respuesta: los datos revisados por la comisión mostraban que la oferta disponible por habitante en 1943 no era inferior a la de 1941; lo que explicaba la hambruna era la demanda bélica, la escalada de precios y la desigualdad del poder adquisitivo. Un tercer investigador adoptó una posición intermedia: había que estudiar conjuntamente las malas cosechas, las compras obligatorias de guerra, el desorden administrativo y los fallos del mercado.
En 1993 se propuso una distinción muy útil. El enfoque de las titularidades admite dos lecturas. Una lo entiende como una negación directa de que descendiera la disponibilidad de alimentos. La otra acepta que una caída de esa disponibilidad puede, desde luego, provocar una hambruna, pero subraya que suele hacerlo a través del deterioro de los precios, el empleo, los salarios y las condiciones de intercambio. Según esta segunda lectura, las titularidades ofrecen un marco para ordenar el análisis, no una declaración de que la cantidad total carezca de importancia.
Las críticas tampoco procedían solo del lado de la oferta. Un estudioso de las hambrunas africanas señaló dos hechos: a veces la gente prefiere comer menos, incluso pasar hambre, antes que vender los bienes de los que depende su subsistencia, y esa restricción voluntaria encaja mal en una función sencilla; además, en muchas hambrunas la principal causa de muerte no es el hambre por sí sola, sino los brotes de enfermedades. Más tarde, estas objeciones se ordenaron en cuatro grupos: pasar hambre voluntariamente, el predominio de la enfermedad como causa de muerte, la indefinición de los límites de los derechos y la abundancia de transferencias informales que quedan fuera de las reglas legales.
Al ponerlo todo junto se puede ofrecer un balance sin tomar partido: el marco explica bien por qué no se consigue comprar comida; quizá no baste para explicar por completo por qué se acaba muriendo.
También merece atención la forma de esta controversia, abierta desde hace cuarenta años.
Unos preguntan por el volumen total; otros, por la distribución. Y precisamente aquello en lo que ambos coinciden queda fuera del centro de la disputa. Ninguno de sus participantes ha sostenido que, mientras haya alimentos en el mundo, sea imposible que alguien quede privado de ellos de manera sistemática. Ambos lados lo admiten. Lo que cambia es la dirección en la que siguen investigando.
Ese plano compartido es justamente donde queremos situarnos aquí. Las controversias académicas tienen una particularidad: avanzan siempre hacia la discrepancia, porque es allí donde hay materia para nuevos trabajos. Después de mucho avanzar, nadie vuelve a mencionar el plano del acuerdo, como si ya no hiciera falta. Pero para quien está fuera del registro, lo importante siempre ha sido ese plano.
6. Donde más se producía, más se moría
En 1958 comenzaron al mismo tiempo el Gran Salto Adelante y la creación de las comunas populares. Los comedores colectivos, las cifras de producción infladas, las compras obligatorias centralizadas y el sesgo distributivo entre el campo y la ciudad se desplegaron a la vez.
Lo más difícil de encajar de esta hambruna es que ocurrió dentro de un sistema que afirmaba haberse librado del mercado en gran medida.
Los precios y el cálculo no desaparecieron por ello. Cambiaron de forma y penetraron todavía más en la sociedad: metas del plan, proporciones de entrega obligatoria, raciones urbanas, cuotas de exportación, objetivos administrativos.
Un grupo de investigadores volvió a estimar la producción, las compras obligatorias y la población. Obtuvo dos resultados.
Primero: en 1959, la disponibilidad media de alimentos en el campo todavía se acercaba al triple del mínimo necesario para evitar una mortalidad elevada.
Segundo: durante los años de hambruna, la tasa de mortalidad presentaba, contra lo que cabría esperar, una correlación positiva con la producción de cereales por habitante.
Hay que leer despacio lo segundo. Significa que las zonas más productivas, lejos de estar más a salvo, a menudo sufrían más muertes.
La razón estaba en el algoritmo de las compras obligatorias. Las cuotas se asignaban según objetivos fijados de antemano y niveles de producción de años anteriores. Donde más se había producido, más alto era el nivel de referencia y mayor la proporción que se retiraba. Los investigadores estimaron, a partir de ello, que aquel mecanismo explicaba entre el 32 y el 43 % del total de muertes de la hambruna.
Es un mecanismo generalizable de la construcción, que ya hemos visto en otros lugares: toda construcción que asigna obligaciones según los resultados pasados castiga a quien lo ha hecho bien. Por lo común, el castigo consiste en trabajar más, pagar más o asumir metas más altas. Aquí tomaba la forma de la muerte.
Hay una consecuencia todavía más dolorosa. Si la referencia para las compras obligatorias era la producción de años anteriores, los lugares que la habían falseado al alza partían de una referencia mayor y entregaban todavía más. Falsear las cifras era entonces habitual, se alentaba y a veces se exigía. Los números inflados entraban primero en el libro de cuentas y salían convertidos en grano real que alguien se llevaba. Las cifras del libro y el grano del campo eran dos cosas distintas. Las compras obligatorias trataban las primeras como prueba de la existencia del segundo.
También aquí aparece de la manera más directa el vínculo entre el régimen institucional y la condición de cada persona.
Un estudio presentó la hambruna china como un caso en el que se combinaban dos explicaciones: el racionamiento urbano otorgaba a los habitantes de las ciudades un derecho legal de acceso a los alimentos, mientras que el campo solo recibía lo que quedaba después de las compras obligatorias del Estado. Investigaciones posteriores sobre la separación entre campo y ciudad lo expresaron aún más claramente: los habitantes urbanos tenían garantizada una ración mínima; los rurales solo tenían derecho al remanente de las entregas obligatorias.
En este caso, pues, la exclusión no procedía del precio. Procedía de la condición jurídica y del orden administrativo de acceso a las raciones.
Las exportaciones son otra línea que no se puede eludir. A partir de datos por condados, un investigador estimó que las exportaciones chinas de cereales habían aumentado de 1,9 millones de toneladas en 1957 a 4,1 millones en 1959; durante el conjunto del Gran Salto Adelante sumaron unos 9,6 millones de toneladas. El autor atribuye al impacto de las exportaciones alrededor del 15 % del exceso de mortalidad. Advierte, además, que los cereales comprados obligatoriamente para exportarlos tenían más difícil regresar a las zonas afectadas que los destinados al consumo de las ciudades del país, porque ya habían cruzado la frontera.
Es un eco sombrío de Irlanda. Sacar alimentos de un país durante una hambruna nunca es solo una cuestión de transporte. Es codificar de forma rígida un orden de prioridades.
Esto no significa que en la investigación solo quede una explicación de aquella hambruna.
Otra corriente conocida atribuye a los comedores colectivos de las comunas un problema de eficiencia del consumo: al suprimirse la delimitación de los derechos de propiedad y ofrecerse comida gratuita, el despilfarro y el consumo excesivo precedieron a la escasez grave y convirtieron una oferta apenas suficiente en una catástrofe. Otros investigadores critican que toda la responsabilidad se atribuya de forma directa y lineal a la cúpula. Insisten en que las diferencias de aplicación local, el clima y las enormes disparidades entre provincias seguían siendo factores muy importantes en lugares como Sichuan.
Las estimaciones del número de muertos oscilan, según el investigador, entre 16,5 y 45 millones. Hay que mostrar el intervalo tal como es, sin elegir una de sus cifras.
Sin embargo, las palabras de entonces muestran que la cúpula no ignoraba por completo lo que ocurría abajo.
Según investigaciones de archivo, a finales del otoño de 1958 Mao Zedong ya había criticado con dureza las prácticas extremas del Gran Salto Adelante que hacían trabajar en exceso a los campesinos, no les daban comida ni alojamiento suficientes y provocaban epidemias y muertes por hambre. En la conferencia de Lushan de julio de 1959, Peng Dehuai presentó en privado una carta en la que criticaba la inflación de las cifras y las prácticas extremas. Después de la conferencia, la presión antiderechista se intensificó. En una intervención durante aquella misma reunión, Mao reconoció también que algunos cuadros habían hecho mal al llevarse cerdos cebados y coles chinas de los equipos de producción, y describió aquella conducta como una violación del principio de intercambio equivalente.
Estos documentos, leídos juntos, establecen algo muy concreto. La dirección sabía que los niveles superiores extraían alimentos de los inferiores, que los comedores de base apenas permitían subsistir y que los cuadros se apropiaban de bienes de los equipos de producción. Las anomalías visibles no se tradujeron a tiempo en medidas institucionales que frenaran el daño.
En 1961, el procedimiento que puso fin a la hambruna fue muy sencillo: el Gobierno central empezó a devolver grano al campo a gran escala, movilizó unos treinta millones de toneladas de sus reservas y convirtió a China de exportadora neta de cereales en importadora neta.
La maquinaria podía detenerse y también podía invertir la marcha. Más tarde, de hecho, la invirtió.
El problema fue que lo hizo demasiado tarde. Durante los tres años anteriores ya había tachado a muchas personas de la lista de quienes tenían derecho a seguir vivos.
7. Los vínculos salvan vidas
Al leer juntos los tres casos aparece un segundo rasgo común del que se habla aún menos que del primero.
Todo mecanismo de distribución que parece puramente anónimo acaba necesitando cauces personales y redes de relaciones para reparar sus fallos. Y esa reparación nunca llega a todos por igual.
En Irlanda, los cuáqueros, la Asociación Británica de Socorro, los comités locales y las redes de testimonios fiables salvaron a muchas personas que no figuraban entre las prioridades del Estado. Su método era sencillo: no preguntar si tenías tierra, no preguntar si podías pagar, poner la olla, hacer la sopa y servir a quien llegara.
Aquellas preguntas que no hacían eran justamente las que más importaban al procedimiento oficial. Tener o no tierra determinaba si se podía recibir socorro; poder o no pagar determinaba si se podía comprar comida. En cuanto se dejaban de lado ambas condiciones, aumentaba la eficacia para salvar vidas. Esto no quiere decir que la beneficencia fuera superior a las instituciones. Su alcance era mucho menor e inestable; una vez repartido lo que había, no quedaba más. Aquí solo se ve con claridad una cosa: si se hacían aquellas dos preguntas, no era para salvar vidas, sino para otra cosa.
En Bengala, pertenecer a una clase prioritaria era una relación politizada, no la condición abstracta de agente de mercado. Las industrias de guerra, los ferrocarriles y los organismos militares y administrativos recibían subsidios y suministros preferentes. La decisión sobre quién era prioritario la tomaban personas, no los precios.
Es decir: incluso donde parece que mandan los precios, detrás de ellos sigue habiendo una lista. El mercado reparte según el poder adquisitivo, pero el poder adquisitivo se reparte mediante los subsidios y el abastecimiento preferente. Basta remontarse un nivel: bajo el mecanismo anónimo siempre hay una decisión que no lo es.
El caso chino es el que más da que pensar. Un estudio encontró que los funcionarios locales nacidos en la propia zona tendían, más que los llegados de fuera, a dejar margen en las compras obligatorias y a dedicar más recursos al socorro. Con ello reducían de forma significativa la mortalidad de sus jurisdicciones.
Las formas son por completo distintas en los tres lugares, pero señalan lo mismo: el dinero, los precios, las compras obligatorias y el plan no habían eliminado las relaciones personales. Estas reaparecían en los momentos más fríos de aquellos sistemas y decidían directamente quién vivía y quién moría.
Pero la frase tiene otra mitad, y hay que escribirla también.
Sobrevivir gracias a los vínculos es sobrevivir de manera desigual.
Hay que conocer a alguien, vivir por casualidad en un lugar administrado por un funcionario nacido allí o encontrarse a una distancia de la olla de sopa que se pueda recorrer a pie. Todas esas condiciones dependen del azar. Ninguna guarda relación con cuánto se necesita la ayuda.
Más importante aún: cuando alguien solo puede sobrevivir por esas vías, lo que decía tratar a todos por igual ya ha dejado de funcionar. Cuando afloran las relaciones personales, no es que la institución esté tapando sus agujeros. Es que la institución ya no está.
Aquí se cierra una línea que recorre los quince capítulos anteriores. La vara anónima y la confianza entre personas nunca se han sustituido una a otra: siempre han estado entrelazadas. En los años más fríos solo quedaba operativa la segunda. Y su alcance era tan pequeño que únicamente podía salvar a quienes tenía al alcance de la mano.
Hay que precisar aún más la frase. El lado personal no era una solución de reserva. Había seguido funcionando todo el tiempo, oculto normalmente por el lado anónimo. Durante los años de catástrofe no se lo puso en marcha: se hundió la capa que lo tapaba y quedó a la vista. Una vez visible, salvaba personas, pero también las seleccionaba. Solo conocía a quienes conocía.
Por eso el mundo más antiguo del que hablamos en el primer capítulo no debe leerse como un mundo mejor. También seleccionaba personas; lo hacía según otras reglas. Aquí solo queremos decir una cosa: en los años más fríos, quienes volvían a incluir a las personas en las cuentas no solían ser las varas que decían medir a todos por igual, sino unas personas concretas que conocían a otras personas concretas.
Hay algo más que debe quedar escrito aquí, porque es la pieza más firme de todo el material.
En los tres casos había otro camino a la vista.
En 1847, la red irlandesa de comedores de socorro llegó a alimentar a tres millones de personas al día. La comisión que investigó Bengala escribió expresamente después que controlar antes el abastecimiento de Calcuta e implantar el racionamiento habría podido impedir que la subida de precios se extendiera por toda la provincia. En China, en 1961, la devolución de las reservas y el paso a las importaciones pusieron fin a la hambruna.
Ninguna de esas alternativas es una invención retrospectiva. Existían entonces. Algunas llegaron incluso a aplicarse durante un tiempo antes de ser retiradas.
Por eso la frase que menos lugar tiene aquí es esta: en las condiciones de la época no había otra opción.
Que la máquina pudiera detenerse es precisamente la premisa técnica que permite calificar moralmente lo sucedido. Si nos arrolla una máquina imposible de detener, estamos ante una catástrofe. Si nos arrolla una máquina que podía detenerse y que nadie detuvo, estamos ante otra cosa.
8. Fuera del registro
Ahora podemos terminar de decirlo.
En las tres hambrunas había alimentos, había otras vías, había personas muriendo de hambre a la vista de otros, y la maquinaria seguía funcionando.
Esas tres condiciones no son deducciones. Constan en los documentos.
El funcionario irlandés escribió que, con los precios de entonces, aquel salario no permitía alimentar a una familia. También escribió que todos los días moría gente de hambre alrededor de las obras. La comisión oficial de Bengala escribió que en la Gran Calcuta no había muerto nadie de hambre, mientras millones de personas sufrían hambre en el campo. Escribió, además, que un racionamiento más temprano habría podido impedir que la subida de precios barriera toda la provincia. La cúpula china habló en sus propias reuniones de lo que estaba ocurriendo abajo y de lo que los cuadros se llevaban de los equipos de producción.
En los tres lugares hubo quien lo vio. En los tres hubo quien lo dejó escrito. En los tres la maquinaria siguió funcionando.
Hay que precisar qué significa que siguiera funcionando. No significa que nadie hiciera nada. Irlanda organizó obras públicas y después comedores de socorro. Bengala acabó implantando el racionamiento. China acabó devolviendo sus reservas. Se actuó continuamente. La expresión se refiere a otra cosa: mientras se hacía todo eso, se seguían retirando alimentos, se seguía exportando y se seguía ordenando el abastecimiento según las mismas prioridades. Y esas tres operaciones eran, precisamente, las que dejaban fuera a las personas. Se hizo mucho sin detener el acto que las mantenía excluidas.
Tratar a una persona como una unidad que se puede incluir en la cuenta o sacar de ella, y, una vez fuera, seguir retirando alimentos, seguir exportando y seguir abasteciendo según las mismas prioridades: esto debe decirse de frente, sin palabras que lo amortigüen y sin esperar a que se cierre ninguna controversia.
Las controversias siguen abiertas, y aquí no vamos a cerrarlas. Ninguna de las discrepancias expuestas en las secciones anteriores se ha resuelto hasta hoy. Colocarlas junto a lo que acabamos de decir, sin dictar un fallo entre ellas, no debilita la calificación moral. Al contrario: un juicio que solo se sostuviera después de la victoria de una corriente no sería un juicio firme. Para que lo sea, debe asentarse en el plano que ninguna de las partes niega.
Queda una última cuestión al volver al marco de análisis.
Las técnicas de exclusión de las tres hambrunas fueron por completo distintas. Una operaba mediante el poder adquisitivo en el mercado; otra, mediante las prioridades políticas; la tercera, mediante la condición jurídica y el orden administrativo de las raciones. Una dentro de un imperio de libre comercio, otra en la economía de guerra de una colonia, otra en una economía planificada.
El efecto fue exactamente el mismo.
Eso muestra que la exclusión no es un defecto privativo de un régimen determinado. Acompaña al propio acto de convertir a las personas en unidades con las que se pueden cerrar cuentas. Allí donde se erige una vara de medir, una de sus casillas marca cero. Y quienes están en esa casilla son personas vivas.
No se trata de rechazar las varas de medir. Lo hemos dicho muchas veces en los quince capítulos anteriores: han hecho posibles muchas cosas, y no hay otros medios que puedan sustituirlas en lo que han conseguido. Solo queremos decir esto: quien erige una vara tiene la obligación de no perder de vista la casilla del cero, porque esa casilla no hablará por sí sola. En las cuentas aparece como un espacio en blanco, y nada llama menos la atención en unas cuentas que un espacio en blanco. En otros capítulos, el resto dejaba al menos una huella: una vieja cuenta imposible de saldar, una vara en la sombra, una prueba que no se podía presentar. Aquí no deja siquiera una huella. Deja un vacío.
El noveno procedimiento es el que menos esfuerzo exige de los nueve. Los ocho anteriores requieren hacer algo: abrir espacio, cambiar el nombre, dejar de preguntar, convertir en cifras, replegar fronteras, dar una órbita, exigir pruebas, reclasificar. El noveno no exige hacer nada. Basta con no inscribir a esa persona cuando se redacta el registro. Todo lo demás ocurrirá por sí solo.
La vía más rápida para cuadrar un libro de cuentas no consiste en calcular bien cada partida, sino en decidir primero qué partidas se van a contar.
Vale para cualquier contabilidad, y especialmente para las cuentas del socorro. Estas se elaboran una sola vez, deben quedar fijadas en unos meses y no hay tiempo para completarlas poco a poco. Una vez redactadas, se ejecutan tal como han quedado. Y los resultados de esa ejecución son irreversibles.
En el registro irlandés de socorro no entraba quien tenía un cuarto de acre de tierra. En la lista de prioridades de Bengala no figuraban los jornaleros del campo. En la tabla china de raciones, el campo recibía solo lo que quedaba después de las compras obligatorias. Tres maneras por completo distintas de redactar un registro. Fuera de los tres quedaban personas.
Estar fuera del registro no les quitaba la necesidad de comer. Sencillamente, morían fuera de él.
Después de cada hambruna se vuelve a redactar el registro y se le añaden unas cuantas columnas. Con ellas, el registro es más completo, la cobertura más amplia y las estadísticas más detalladas.
Fuera del registro siguen quedando personas.
Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.
Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English