Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 12 de 23

Capítulo duodécimo. El trabajo no remunerado: nunca figurar en las cuentas es su manera de funcionar

Cocinar, limpiar, criar y cuidar mantienen toda economía, pero las cuentas nacionales los excluyen cuando se realizan dentro del hogar. Medirlos corrige el cero oficial y a la vez importa al hogar las desigualdades del mercado.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Una magnitud sin duda enorme

En 1907, un tribunal australiano tenía que fijar un suelo para los salarios. La sentencia estableció que un obrero varón no cualificado debía ganar lo suficiente para mantener a su esposa y a tres hijos.

Aquel mínimo acabaría conociéndose como salario familiar. Reconocía algo: un sueldo debía sostener a más de una persona. Al mismo tiempo, daba otra cosa por hecha: del trabajo que quedaba del lado de la esposa y los tres hijos ya se ocuparía la propia familia. La sentencia no le puso precio a esa parte del trabajo. A ojos del tribunal, no hacía falta. Se haría sola.

El supuesto no tenía entonces nada de excepcional. Desde el siglo XIX hasta la primera mitad del XX, muchas sociedades industriales avanzaron en la misma dirección: los hombres entraban en las fábricas a cobrar un salario; las mujeres quedaban fijadas al trabajo doméstico y a los cuidados. Lo importante es que aquel reparto no brotó por sí solo. Lo fueron reforzando, capa tras capa, las leyes, los estatutos sindicales, los reglamentos de las empresas y las políticas sociales. Aquella sentencia era uno de sus ladrillos. Basta que las instituciones levanten y apuntalen algo una y otra vez para que, dos generaciones después, se hable de ello como de una inclinación natural.

Se había escrito una cifra. Esa cifra podía sostenerse porque, al mismo tiempo, se estaban haciendo otras cosas que nadie había escrito.

La frase puede servir de entrada a todo lo que sigue. Un salario, un umbral de pobreza, una tasa de crecimiento, el total de la renta nacional: cualquier cifra de esa clase se calcula dentro de un perímetro. Fuera de él nunca hay un vacío. Allí pasan cosas. Y precisamente porque pasan, las cifras de dentro consiguen cuadrar.

Veintisiete años después, en 1934, el Senado de Estados Unidos pidió una estimación de la renta nacional. La tarea recayó en Kuznets, a quien más tarde se reconocería como uno de los fundadores de la contabilidad nacional moderna. La pregunta que debía contestar era muy concreta: cuánto producía realmente aquel país en un año.

En ese informe se encontró con lo mismo, y no lo esquivó. Escribió que los servicios prestados por las amas de casa y por otros miembros del hogar tenían, sin duda, una magnitud enorme. Sabía que se trataba de una parte considerable. Hasta eligió una expresión cargada de asombro para dar idea de su tamaño.

Después escribió que era preferible omitirlos.

También dejó escrita la razón: aquellos servicios pertenecían más a la vida familiar que a la vida comercial propiamente dicha de una nación. Definió su estimación como una medida que abarcaba, ante todo, los esfuerzos cuyos resultados llegaban al mercado.

Hasta ahí, habría sido una decisión corriente sobre qué incluir y qué dejar fuera. Lo que distingue aquella página es la tercera observación que añadió. Reconoció que la omisión restaba valor a la renta nacional como indicador de la capacidad productiva, sobre todo cuando se contraía la economía de mercado y aumentaban las actividades realizadas dentro del hogar.

Es decir, además de saber qué estaba dejando fuera, anticipó las circunstancias en que esa exclusión daría problemas. Registró en la misma página las condiciones bajo las cuales su medida dejaría de funcionar bien.

Conviene retener la forma de aquella observación, porque volveremos a ella. Kuznets no dijo que esas actividades no fueran producción. Dijo que no entrarían en ese libro. Tampoco sostuvo que la decisión careciera de coste: explicó cuál era y en qué circunstancias aumentaría. Cuando alguien deja las cosas tan claras, la discusión posterior ya no puede girar en torno a si las vio o no. Tiene que girar en torno a si debe cambiarse el libro de cuentas.

Ese mismo año apareció otro libro. Margaret Reid publicó un estudio económico de la producción doméstica que trataba el hogar como un lugar de producción. Propuso un criterio que después se conocería como el criterio de la tercera persona: si, en principio, una actividad puede encargarse a otra persona a cambio de un pago, o sustituirse por bienes y servicios remunerados disponibles en el mercado, es una actividad productiva. No es simplemente un deber familiar que se cumple porque sí.

Por eso 1934 ofrece una coincidencia tan reveladora. En un mismo año, alguien escribió que era preferible omitir aquello y otra persona formuló la vara que permitía incluirlo. La primera decisión entró en las cuentas del Estado. La segunda, en las bibliotecas.

Los dos caminos siguieron separados. Por uno circularon las cifras que el Estado publica cada año: con presupuesto, organismos propios y fechas de publicación fijadas por ley; cifras que pasan a los documentos oficiales, a las noticias, a los debates electorales. Por el otro circularon libros académicos, criterios y discusiones metodológicas, con pocos lectores y aún menos citas. Noventa años después, buena parte de lo que iba por el segundo camino sigue en él.

Al final del capítulo undécimo quedaba una columna vacía en la parte inferior del libro. Lo que sigue trata de por qué está vacía, de quién decidió dejarla así y en qué año, y de cuanto se ha hecho por ella a lo largo de noventa años.

2. Por dónde pasa la frontera

El Sistema de Cuentas Nacionales de la posguerra convirtió aquella decisión en una norma institucional. Y la dejó escrita con toda claridad.

En las ediciones de 1993 y 2008 se repite, casi palabra por palabra, una afirmación: los servicios domésticos y personales que los miembros de un hogar prestan para el consumo final de ese mismo hogar han quedado tradicionalmente excluidos de la producción medida. A continuación figura una lista: limpieza y mantenimiento de la vivienda; limpieza y reparación de bienes de consumo duraderos; preparación y servicio de comidas; cuidado y educación de los niños; atención a personas enfermas, mayores o con dificultades para valerse por sí mismas; transporte de miembros del hogar y de sus pertenencias.

Vale la pena leer despacio esa lista. Enumera, precisamente, las tareas que se llevan la mayor parte del día.

Desde que alguien abre los ojos por la mañana hasta que los cierra por la noche, buena parte de lo que hace está ahí. Comprar comida, cocinar, lavar los platos, fregar el suelo, arreglar una silla que se tambalea, explicar otra vez una lección a un niño, llevar a una persona mayor al médico y volver a recogerla. Esas tareas llenan días enteros, años enteros, la vida entera de mucha gente. Según aquella frase, desde el principio quedaron al otro lado de lo que se iba a medir.

Pero la exclusión nunca fue absoluta. Los mismos textos incluyen dentro de la frontera de producción tres clases de actividades del hogar. La primera es la producción de bienes para uso propio, como cultivar el cereal que se va a comer en casa. La segunda son los servicios de vivienda que proporcionan las casas ocupadas por sus propietarios. La tercera son los servicios domésticos prestados por personal contratado y remunerado.

Basta poner las dos listas una junto a otra para ver por dónde discurre la frontera.

Cocinar uno mismo no cuenta; contratar a un cocinero, sí. Cuidar a los propios hijos no cuenta; contratar a alguien para que los cuide, sí. La cocina es la misma, el fogón es el mismo, la comida es la misma. Cambia la condición de quien realiza el trabajo y, con ella, cambia la condición estadística de lo que hace.

La frontera no separa actividades. Separa formas de organizarlas.

Hay que detenerse en esa frase. En los capítulos anteriores, el resto adoptaba formas distintas: a veces era lo que no se había medido; otras, lo que se había medido bien sin mirarlo de cerca; otras, aquello que una disciplina declaraba ajeno a su competencia. Aquí el resto no es una clase de actividad, sino una clase de relación. Un mismo trabajo, hecho por una misma persona, entra en las cuentas si ocurre del lado del salario. Si ocurre del lado donde no hay salario, queda fuera. Lo que mide la construcción nunca es la cosa por sí misma. Es la manera en que se la organiza.

La segunda categoría merece una mirada más atenta. Los servicios de las viviendas ocupadas por sus propietarios significan lo siguiente: cuando alguien vive en su propia casa, el organismo estadístico le calcula un alquiler que no ha pagado a nadie y añade ese importe al total. No hay transacción ni precio, pero eso no impide hacer la cuenta. Se busca una vivienda de alquiler de características parecidas y se toma como referencia su renta.

El detalle importa, porque muestra que el argumento de la ausencia de un precio de mercado no se aplica de manera uniforme. Cuando se considera que algo debe contarse, puede construirse un precio aunque no lo tenga. Cuando se considera que no debe contarse, no se construye, aunque pudiera hacerse.

El procedimiento ya existe. Los organismos estadísticos lo utilizan a diario. Buscar una vivienda de alquiler parecida y tomar su renta es recurrir a un sustituto. Aplicado al trabajo doméstico, bastaría con buscar a alguien que hiciera esas mismas tareas en el mercado y tomar su salario. Técnicamente no hay una barrera. La barrera está en otra parte.

¿Cuáles son, entonces, las razones que se ofrecen? Los textos dan, en lo esencial, tres. Ninguna es absurda.

La primera: los servicios que un hogar se presta a sí mismo se consideran una actividad encerrada en su propio circuito, con efectos limitados sobre el resto de la economía. Los bienes son distintos: se pueden producir y decidir después si se consumen en casa, se almacenan o se venden. La segunda: como la mayoría de los servicios domésticos no se producen para el mercado, suelen carecer de un precio de mercado adecuado; introducirlos a la fuerza en unas cuentas basadas en transacciones monetarias volvería ambiguo el significado de esas cuentas. La tercera: las cuentas nacionales nunca han sido un indicador del bienestar. Deben servir para muchos análisis y usos de política pública, y no cabe meter en ellas todo cuanto ayuda a vivir.

Cada una de esas razones tiene su fundamento. Despacharlas como prejuicios sería poco honrado.

La dificultad está en lo que nace de ellas una vez institucionalizadas. Unas cuentas se publican día tras día, se citan, sirven para decidir. Con el tiempo producen una ilusión muy poderosa: parece que solo es producción verdadera el trabajo que se hace visible en el mercado, y que fuera de la frontera no hay nada.

El organismo estadístico estadounidense sigue explicando hoy en su web que tareas domésticas no remuneradas como cocinar, limpiar o cuidar a los niños no están incluidas en el producto interior bruto, aunque contabilizarlas por separado puede aportar información complementaria importante. Hasta quienes confeccionan las cuentas reconocen, por tanto, que el mapa ha sido recortado deliberadamente.

3. Leche de vaca y leche humana

Hay un ejemplo que ilumina esa frontera mejor que ningún otro. No es un procedimiento contable abstracto. Es algo que se puede tocar.

La economista Nancy Folbre ha señalado que las cuentas nacionales vigentes incluyen los cereales, las verduras, la leche de vaca y la leña producidos para uso propio. La leche que se ordeña de la vaca que uno tiene en casa entra en el libro.

La leche materna se omite de manera casi universal.

Omitir es incluso una palabra cortés. En realidad, ni siquiera llegó a la lista de lo que podía contarse. Los cereales, las verduras, la leche de vaca y la leña entraron porque ya tenían equivalentes en el mercado: se puede consultar cuánto vale una medida de grano o un haz de leña. Para la leche materna no existe esa lista de precios. No se le asignó un valor de cero. Ni siquiera llegó al momento en que habría hecho falta asignarle uno.

En cambio, si una familia compra leche de fórmula, ese gasto hace subir el producto interior bruto, aunque aquello a lo que sustituye sea mejor desde el punto de vista nutritivo.

Un mismo líquido, un mismo uso: la parte de la vaca se anota y la humana se queda fuera. Y cuando se reemplaza esta última por el sustituto que se sirve en un biberón, el libro registra además crecimiento económico.

Basta seguir la lógica un paso más. Si todas las madres de un país pasaran a alimentar a sus hijos con leche de fórmula, aumentaría el valor total de la producción: el incremento equivaldría a las ventas de esa leche más los recargos por transporte y venta minorista. Si todas volvieran a amamantar, el total bajaría. En ambos casos, el número de bebés alimentados sería exactamente el mismo. Las subidas y bajadas de las cuentas no guardan relación con aquello que, en realidad, se trataba de conseguir.

Nadie ha cometido un error. El ejemplo muestra con precisión cómo funciona la frontera de producción: para que algo cuente no basta con que sea útil; importa el cauce por el que llega a organizarse como precio y transacción.

Podemos ponerlo al lado de una historia anterior. Cuando los lidios dieron a la vara de medir el cuerpo de una moneda, empezaron a distinguirse diferencias de valor donde antes no se veían. Allí el problema era que la vara dejaba demasiadas cosas al descubierto. Aquí sucede lo contrario: todo lo que ilumina aparece excesivamente ordenado. Dentro de su alcance, cada cosa se ve nítida, tiene unidad, tiene cifra y se puede comparar de un año a otro. Fuera no queda ni una sombra, ni siquiera un contorno borroso.

En 1988, Marilyn Waring publicó un libro que pedía explicaciones sobre todo esto. No se limitó a decir, en términos generales, que el cómputo de la producción tenía problemas. Fue preguntando, una cosa tras otra: por qué no cuentan la maternidad, las tareas domésticas, los cuidados, el medio natural ni la leche materna, y sí cuentan los armamentos, la limpieza de la contaminación y las ventas de leche de fórmula.

Quienes han estudiado después su trabajo suelen describirlo con una palabra: desmitificación. Waring desmontó, una a una, unas premisas que parecían técnicamente neutrales y las puso sobre la mesa. Detrás de cada una se podía ver a alguien que, en un año determinado, había tomado una decisión.

Leer juntas las dos partes de su lista produce un efecto extraño. Dar a luz a un niño, criarlo, atender a una persona mayor que ya no puede caminar: nada de eso cuenta. Un bosque que crece donde está no cuenta; talarlo y vender la madera, sí. Un vertido no cuenta cuando ocurre; cuenta cuando se paga por limpiarlo, y cuanto más cuesta la limpieza, mejor luce la cifra. La lista no separa lo importante de lo que no lo es. Separa lo que se registra de lo que no se registra. En el lenguaje corriente llevamos mucho tiempo tratando ambas distinciones como si fueran la misma.

Algunos investigadores lo han resumido de una forma más directa: Waring mostró hasta qué punto aquellas cuentas, establecidas en la posguerra, estaban impregnadas de los valores que dominaban entonces.

En el capítulo tercero dijimos que la vara no fabrica el resto: lo ilumina. Ahora hay que añadir la otra mitad.

Allí donde no llega su luz, acabamos creyendo que no hay nada.

Ese es el éxito más profundo de la construcción. No necesita aplanar el resto ni demostrar que carece de importancia. Le basta con elaborar unas cuentas lo bastante completas, investidas de suficiente autoridad y publicadas con suficiente frecuencia. El exterior de la frontera acabará pareciendo por sí solo un solar vacío. En ese solar hay, en realidad, una multitud. Lo que no hay es una línea para cada una de esas personas en el libro.

El efecto puede llegar aún más lejos: quienes están en el solar también terminan viéndolo así. Una mujer trabaja más de diez horas al día, pero no tiene nómina, cargo ni columna de cifras. Cuando le preguntan a qué se dedica, bien puede responder: no hago nada. La construcción alcanza su mayor poder de persuasión no cuando convence a los demás, sino cuando consigue convencer al propio resto.

4. Dicen que es amor

En marzo de 1972, durante una conferencia del movimiento de liberación de las mujeres celebrada en Manchester, Selma James planteó por primera vez de forma explícita que el trabajo doméstico debía remunerarse.

Ese mismo año se publicó un breve libro que había escrito con Dalla Costa. Las amas de casa ocupaban el centro del análisis. Una de sus afirmaciones era deliberadamente provocadora: todas las mujeres son amas de casa. No quería decir que ninguna trabajara fuera, sino que incluso quien tenía una profesión al volver a casa debía continuar con aquella otra tarea. Las autoras hablaban también de la fábrica social: la organización y la reproducción de la capacidad de trabajar no ocurren solo dentro de una fábrica, sino en los barrios, la vivienda, el transporte, la sanidad, las escuelas y los hogares.

Dicho sin rodeos, el movimiento que hicieron fue sencillo: reescribieron la condición de la mujer en casa. Lo que se presentaba como un papel moral pasó a entenderse como una posición en la producción.

El cambio iba en la misma dirección que el del capítulo undécimo. Allí se distinguió el trabajo de la fuerza de trabajo para hacer visible la estructura de algo tenido por natural. Aquí las tareas domésticas se redefinían como trabajo reproductivo, con el mismo propósito. En ambos casos se empezaba cambiando el nombre de una cosa. Después del cambio, podían formularse preguntas que antes no encontraban salida: quién lo hace, durante cuánto tiempo, por qué le corresponde a esa persona, qué pasaría si dejara de hacerlo.

En abril de 1975, Silvia Federici hizo imprimir un folleto en Bristol. Costaba veinte peniques en el Reino Unido y setenta centavos si se pedía por correo en Estados Unidos. Conviene conservar ese detalle del precio. Recuerda que aquello no era una discusión entre académicos. Era un texto hecho para pasar de mano en mano.

La frase más difundida del folleto decía: ellos dicen que es amor; nosotras decimos que es trabajo no remunerado.

Pero otra frase explicaba mejor la lógica del movimiento. Federici escribió que exigir dinero por el trabajo doméstico era el primer paso hacia la posibilidad de negarse a hacerlo de esa manera.

La frase corta el paso a un malentendido frecuente. Reclamar un salario no equivalía a fijar para siempre a las mujeres en ese puesto. Primero había que mostrar como trabajo lo que se presentaba como naturaleza y amor. Solo entonces sería posible rechazarlo, repartirlo de otro modo o confiarlo a otras personas y a otras instituciones. Federici lo formuló también con mayor crudeza: el trabajo doméstico ya era dinero para el capital.

El movimiento hacía, pues, dos cosas a la vez, contradictorias y dependientes entre sí. Convertía el trabajo doméstico en algo susceptible de valoración monetaria, para que apareciera en el lenguaje de los salarios, las prestaciones y el reparto de la renta. Y a la vez insistía en que esa operación no buscaba convertirlo por completo en mercancía, sino desmontar la ilusión que lo envolvía.

Antes de negociar un precio hay que dar un nombre. Para discutir cuánto vale algo, primero hay que admitir que existe como algo que merece consideración.

La frase también funciona al revés, y resulta más fría. Mientras se niegue a algo ese reconocimiento, nunca llegará a la negociación. Sin negociación no habrá precio; sin precio, en las cuentas será cero. Y el cero es la cifra más cómoda: no exige presupuesto, no exige negociar, no exige que nadie se haga responsable.

Las críticas llegaron pronto y desde varios frentes.

Unas acusaban al movimiento de pedir dinero sin más, de reducir una situación compleja a un cheque. Otras lo juzgaban unilateral por confiar en una sola palanca, el salario. Otras lo llamaban reformista e incluso reaccionario: si de verdad se pagaba por las tareas domésticas, podía terminar consolidándose el reparto existente. En 1979, algunos investigadores plantearon una objeción teórica más serena: interpretar automáticamente el trabajo doméstico como una subvención gratuita que abarata la fuerza de trabajo no resuelve los numerosos problemas teóricos que esa interpretación abre. A comienzos de los años ochenta, muchos participantes habían decidido salir del debate sobre el trabajo doméstico, por las ambigüedades conceptuales y los razonamientos circulares que había dejado.

Eran críticas de peso. Y quienes las formulaban estaban del mismo lado que el movimiento.

Hace falta presentarlas sin rebajarlas. No fue una discusión entre una parte que tenía razón y otra que no. Dentro de un mismo campo se abrieron caminos distintos ante las mismas preguntas: una vez reconocido el trabajo, ¿hay que ponerle precio? Si se le pone precio, ¿de dónde sale el dinero? Si llega el dinero, ¿puede acabar fijando a las personas en el lugar del que querían salir? Cada pregunta resulta más difícil que la anterior. Ninguna tiene, todavía hoy, una respuesta compartida por todos.

Pero el movimiento dejó algo duradero que enlaza con el capítulo undécimo: cambió la manera de ver el salario. Dejó de parecer un recibo que certificaba que todo estaba pagado. Empezó a verse como un reparto que desplaza al interior de la familia una parte de los costes necesarios para sostener la vida, de modo que los absorban quienes no cobran.

Con ello, la pregunta cambió de forma. Ya no se trataba solo de decidir si las amas de casa debían recibir dinero. Se trataba de saber si todo el conjunto de provisiones necesarias para mantener la vida debía descansar gratuitamente sobre el hogar o repartirse también entre instituciones colectivas, servicios públicos y recursos comunes.

5. Satélites

Entre una consigna política y un asiento contable hay un camino largo. Recorrerlo llevó treinta años.

En 1995, la Plataforma de Acción de Beijing pidió por primera vez, en un documento intergubernamental, que los países midieran de manera completa el trabajo de mujeres y hombres, tanto remunerado como no remunerado. También pidió utilizar, cuando procediera, cuentas satélite u otras cuentas oficiales para registrar el trabajo sin remuneración.

Cuenta satélite es un nombre exacto. Gira alrededor de la cuenta principal, con órbita estable y datos bien ordenados. Siempre cerca. Nunca llega a posarse.

Conviene reparar en la delicadeza del arreglo. Rechazar habría provocado una disputa. Aquí se admite, y se admite con una seriedad considerable: hay explicaciones metodológicas, guías, conferencias internacionales y cálculos experimentales en distintos países. Solo que la admisión se sitúa en una órbita exterior a la cuenta principal. Lo admitido obtiene muchas cosas. La columna, precisamente, no.

La herramienta técnica más desarrollada es hoy la encuesta sobre el uso del tiempo. Registra cómo se reparten las veinticuatro horas del día entre distintos grupos de población: quién hizo qué y durante cuánto tiempo. Las cuentas de tiempo tienen la ventaja de abarcarlo todo y permiten ver sobre quién pesa más la carga. Su límite es que dan horas, no dinero.

Para obtener dinero hay que valorar. Y en cuanto empieza la valoración, los caminos se separan.

Uno es el método de los insumos: calcula a partir del trabajo aportado, el consumo de capital y los consumos intermedios. Depende de encuestas de uso del tiempo de buena calidad. A cambio, recoge de manera bastante completa las distintas clases de servicios domésticos no remunerados y conserva la información sobre quién hace más y quién hace menos dentro del hogar. El otro es el método del producto: parte de las unidades de servicio producidas y consumidas y las multiplica por el precio de un equivalente en el mercado. Sus resultados se pueden comparar mejor con las cuentas centrales, pero por el camino se pierde gran parte de la información sobre el reparto cotidiano. Las orientaciones metodológicas de las Naciones Unidas recomiendan contrastar un método con el otro siempre que las condiciones lo permitan.

En el siguiente nivel hay que decidir qué salario se utiliza para la estimación. Aquí suelen distinguirse tres posibilidades.

La primera es el coste de oportunidad: se toma el salario que habría podido ganar en el mercado quien realiza esas tareas. La segunda es el coste de sustitución: se calcula cuánto costaría contratar a alguien para hacerlas. La tercera distinción se produce dentro del propio coste de sustitución. En un extremo se utiliza un salario generalista, como el de una persona empleada de forma interna en el servicio doméstico, para valorar el conjunto de tareas. En el otro se usan salarios por ocupación: cocinar se valora con el de un cocinero; limpiar, con el de personal de limpieza; llevar y recoger, con el de un conductor; cuidar a los niños, con el de profesionales de atención infantil. Algunas guías recomiendan dar preferencia a los salarios por ocupación, aunque advierten que no deben tomarse los de profesionales con una cualificación excesivamente alta.

Suenan a detalles técnicos. Sin embargo, producen resultados muy distintos.

Las estimaciones de la OCDE para varios países miembros, con datos de 2018, situaban el trabajo doméstico no remunerado en torno al 15 % del producto interior bruto si se aplicaba el coste de sustitución. Con el coste de oportunidad, la cifra rondaba el 27 %.

Las mismas actividades, realizadas en el mismo año por las mismas personas. Basta cambiar de método para que el resultado casi se duplique.

La diferencia no nace de un error. Los métodos hacen preguntas distintas. El coste de oportunidad pregunta a qué ha renunciado esa persona. El de sustitución, cuánto habría costado contratar a alguien para hacerlo. Ambas preguntas son razonables. Ninguna es la actividad misma. Esa actividad no tiene precio propio: se le presta uno tomado de al lado. Según de qué lado se tome, cambia la cifra.

El mismo documento incluye una advertencia: todos esos valores descansan sobre supuestos muy exigentes y podrían sobreestimar el valor económico del trabajo doméstico no remunerado, porque lo que hace el hogar por sí mismo y lo que puede contratar en el mercado no son perfectamente sustituibles.

Hay que leer despacio la advertencia. Un organismo estadístico reconoce en su propio documento que, para someter aquello a la vara común, primero tiene que apostar por su posibilidad de sustitución. Y quien hace la apuesta sabe que no pisa terreno firme.

Los ensayos nacionales son ya numerosos. El organismo estadístico suizo estimó que en 2020 se realizaron en el país 9.800 millones de horas de trabajo no remunerado, con un valor de unos 434.200 millones de francos suizos. Georgia calculó que el valor añadido de los servicios domésticos no remunerados en 2021 equivalía al 23,3 % del producto interior bruto; el 81,7 % correspondía al trabajo de las mujeres. Para 2019, el organismo canadiense ofreció un intervalo: entre 516.900 y 860.200 millones de dólares canadienses, equivalentes a entre el 25,2 % y el 37,2 % de aquel producto. El organismo estadounidense, por su parte, mantiene y actualiza una cuenta complementaria específica de producción doméstica.

El intervalo canadiense tiene ya la forma de una respuesta. Un mismo país, un mismo año, los mismos datos de encuesta: los resultados difieren en más de la mitad y todos los métodos se ajustan a las reglas.

En marzo de 2025, la Comisión de Estadística de las Naciones Unidas aprobó una nueva actualización del Sistema de Cuentas Nacionales. Por un lado, mantuvo los servicios domésticos no remunerados fuera de la frontera central. Por otro, les dio una presencia mucho mayor que antes y pidió desarrollar cuentas ampliadas o temáticas.

La frontera no se movió. Fuera de ella empezaron a crecer construcciones anexas.

6. La vara trae sus propias marcas

Poner precio al trabajo no remunerado plantea otra dificultad, más incómoda aún. La han señalado los propios organismos estadísticos.

El de Canadá dejó una advertencia expresa. Si se utiliza el coste de oportunidad, las diferencias salariales ya existentes en el mercado de trabajo pasan intactas a la valoración. Una mujer puede realizar más trabajo no remunerado y, aun así, si su salario medio en el mercado es inferior, todo ese trabajo puede acabar pareciendo de menor valor una vez convertido en dinero.

No se trata de un accidente estadístico ni de un fallo en alguna operación. La vara monetaria común está haciendo lo que le es propio: al medir algo, incorpora a la medida las jerarquías que ya existían.

Dicho de otra manera, los salarios de mercado son ya el resultado de una clasificación anterior. Registran qué lugar se asignó a cada cual en la ronda precedente y de quién se consideró más valioso el tiempo. Utilizarlos para poner precio al trabajo que estaba fuera de las cuentas equivale a puntuar la ronda nueva con el resultado de la vieja. Si la persona que más hace había quedado atrás en el reparto anterior, volverá a quedar atrás. Solo que esta vez su posición llevará una cifra y tendrá el aspecto de ser fruto de un cálculo.

La misma vara hace algo más, aunque rara vez se incluya entre sus méritos.

En el instante en que somete al resto a su medida, imprime también sobre él las marcas que trae consigo.

Ya ocurrió en otros lugares, aunque de una forma menos desnuda. En el capítulo séptimo, las personas destinadas a las minas se convirtieron en una proporción de reclutamiento y en un número concreto; la conversión utilizaba las jerarquías administrativas de entonces. En las plantaciones, las personas se anotaron en la misma línea que la tierra, según el sistema de precios de la tierra vigente. Cada vez que algo entra en las cuentas se utiliza la tabla de conversión que el libro ya tiene, y esa tabla procede del orden anterior. Lo recién admitido no trae consigo un orden nuevo. Lo primero que recibe es un puesto en el viejo.

Reconocer nunca ha sido una operación neutral de traslado. En cuanto algo es admitido en el libro, recibe un lugar conforme al orden que ese libro establece. Y en ese orden hace tiempo que está escrito cuánto vale cada cual. La construcción admite al resto con una condición: que acepte sus pesos y medidas.

Se forma así un círculo del que cuesta mucho salir. Para reclamar recursos hay que tener cifras. Para tener cifras hay que pasar por la vara. Al pasar por ella, las cifras quedan ordenadas según las posiciones que ya existían. Y luego se usan esas mismas cifras para decidir el reparto de recursos. Quienes reclaman conocen el círculo. Por lo general, tampoco pueden proponer una salida mejor: si no entran en él, la columna seguirá en cero. Y el cero ni siquiera tiene derecho a reclamar.

Hoy sí hay cifras sobre la magnitud del trabajo. Según las estimaciones mundiales de la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres realizan el 76,2 % del trabajo de cuidados no remunerado. Dedican a él, por término medio, cuatro horas y veinticinco minutos al día; los hombres, una hora y veintitrés minutos. En 2023, 748 millones de personas en todo el mundo estaban fuera del mercado laboral por sus responsabilidades de cuidado. De ellas, 708 millones eran mujeres.

Bastan esas pocas cifras para ver que no hablamos de un pequeño sobrante en el margen del libro. Hablamos de los cimientos sobre los que descansan el mercado de trabajo entero, los ingresos salariales y las estadísticas de empleo.

Para que una cifra diga algo suele hacer falta ponerla al lado de otra. Cuatro horas y veinticinco minutos frente a una hora y veintitrés: entre ambas hay más de tres horas diarias. Es la duración de una media jornada de trabajo, un tiempo que podría dedicarse a estudiar, descansar, salir o ganar otro sueldo. Ocurre cada día, más de trescientos días al año, durante décadas de una vida. Convertirlo en dinero es una manera de llevar la cuenta. Convertirlo en los días que no llegaron a vivirse es otra. Para esa segunda cuenta no hay una partida.

Las cifras sirven también para que algo descrito a menudo como una elección personal muestre su tamaño. Quién recoge a los niños en una familia parece el resultado de un acuerdo entre dos personas. Puesto junto a setecientos millones, el acuerdo deja de parecer una explicación suficiente. Cada arreglo particular puede tener mil razones. Pero, cuando mil razones sumadas apuntan todas en la misma dirección, hay que buscar otra explicación.

Por eso, abstenerse de medir tampoco equivale a ser neutral. El juicio de Folbre es claro: no medir el trabajo no remunerado exagera la eficiencia de la economía de mercado y deforma nuestra comprensión del crecimiento y del nivel de vida. El cero también es una cifra. Y es la más fácil de citar.

La ventaja del cero es que no requiere mantenimiento. Una partida con cifras debe actualizarse cada año, explicar sus criterios y responder a las objeciones. Una partida en cero no necesita nada. Se queda quieta, sin que nadie pregunte por qué ha cambiado este año. La construcción se ahorra más esfuerzo cuando en el lugar del resto no hay cifra alguna que cuando tiene que empeñarse en reducirlo.

7. Dos mundos

¿Bastaría entonces con incluirlo todo? Aquí aparece el desacuerdo verdadero. Cada una de las partes tiene razones que ofrecer.

Quienes defienden valorar e incorporar más de ese trabajo hablan en términos muy prácticos. Sin cifras es difícil reclamar presupuesto para la atención infantil, el cuidado de mayores, la sanidad o la protección social. Lo que no entra en la contabilidad sigue tratándose como cero. Lo que no entra en el presupuesto sigue siendo absorbido, como si fuera natural, dentro de los hogares. Lo que no entra en el diseño de ingresos y prestaciones sigue recayendo sobre quienes tienen menos poder para negociar. En esa dirección avanzan la Plataforma de Acción de 1995, las posteriores orientaciones metodológicas de distintos organismos internacionales y la política de reconocer, reducir y redistribuir el cuidado no remunerado, junto con recompensar y dar representación a quienes realizan cuidados remunerados.

La cautela del otro lado tampoco es vacía. Al convertirlo todo en dinero, la dimensión de relación, confianza, implicación afectiva y obligación moral de los cuidados corre el riesgo de quedar aplastada bajo una sola escala monetaria. Lo más difícil viene después: una vez aplanada, puede reorganizarse bajo la forma de salarios bajos, evaluaciones de rendimiento y subcontratación barata. La propia Folbre lo ha escrito sin ambigüedad: los cuidados nunca pueden reducirse a términos puramente económicos. También ha dado una explicación técnica. Cuanto mayor es el componente personal y afectivo de los cuidados dentro de un trabajo no mercantil, más se infravalora ese trabajo al estimarlo con precios de mercado.

En el capítulo quinto había una frase: se puede medir, se puede medir bien y, al terminar, no se ha llegado a tocar aquello. Aquí hay un giro más. Se puede medir, y la cifra obtenida acaba modificando lo que se ha medido.

Una corriente de la sociología propone un tercer camino. Rechaza a la vez dos ideas muy extendidas. Según una, el dinero y la intimidad son mundos enemigos que se contaminan mutuamente: en cuanto entra el dinero, el afecto se ensucia. Según la otra, las relaciones íntimas no son, en el fondo, más que intercambios interesados; la ternura solo sería el envoltorio. Esa corriente sostiene que ninguna de las dos ideas sirve. Lo que hay que examinar es cómo se articulan, en cada arreglo concreto, el dinero y las relaciones: qué combinaciones resultan adecuadas y cuáles no.

Desde ahí, la pregunta deja de ser si pagar destruye el amor. Pasa a ser qué instituciones permiten convivir al dinero, la responsabilidad, la confianza y los cuidados sin descargar todo el riesgo sobre una sola parte.

La última condición es la decisiva. Los ejemplos aparentemente inconexos de capítulos anteriores terminan en el mismo lugar cuando se llega a su fondo. En el quinto, por las grietas que dejaba el libro, el riesgo caía sobre quienes no tenían derecho a preguntar. En el undécimo, el obrero trabajaba antes de cobrar y el riesgo recaía sobre quien no tenía otra garantía que ofrecer. Si el amor y el dinero pueden compartir habitación es una pregunta que cuesta resolver. Sobre quién pesa el riesgo es una pregunta que permite hacer la cuenta cada vez.

Alguien formula aquí con toda claridad lo que ha reaparecido a lo largo de los capítulos anteriores. Los precios anónimos y las relaciones entre personas concretas nunca se han sustituido mutuamente. Actúan a la vez dentro de una misma actividad. Lo que varía es la proporción, y esa proporción la deciden las instituciones, no la naturaleza.

Visto así, trasladar una tarea del hogar al mercado no hace desaparecer su dimensión personal. Se contrata a alguien para cuidar a una persona mayor. En el contrato quedan perfectamente claros las horas y el salario. Pero no queda escrito si por la noche se quedará diez minutos más, si recordará qué comida no le gusta a esa persona o si hará una llamada en cuanto note que algo va mal. Ninguna de esas cosas figura en el contrato. Todas deciden si se cuida bien. El pago compra la presencia. No compra el desvelo.

La economía de los cuidados utiliza una expresión, el diamante del cuidado, para distribuir a quienes cuidan entre cuatro vértices: las familias, el Estado, el mercado y las organizaciones voluntarias. Su ventaja es que permite dejar de preguntar si hay o no hay cuidados y empezar a preguntar qué parte asume cada cual. Mover una tarea del vértice familiar al del mercado no equivale a resolverla. Cambian quien la asume, la manera de ponerle precio y los lugares donde pueden surgir problemas.

Folbre ha criticado la valoración sin dejar por ello de defender su utilidad. Su posición podría resumirse así: valorar en dinero entraña riesgos, pero permite sacar a la luz algo decisivo. Las transacciones de mercado son solo un subconjunto de todo aquello de lo que depende nuestra vida.

Ambas partes tienen razón, en planos distintos. Tal vez por eso la discusión lleva cincuenta años sin cerrarse.

8. La columna vacía

Volvamos a aquella página de 1934.

Cuando Kuznets escribió que era preferible omitir los servicios domésticos, dejó escrito también cuándo daría problemas la omisión: si se contraía la economía de mercado y aumentaban las actividades dentro del hogar, las cuentas perderían valor como indicador de la capacidad productiva.

Noventa años después, las orientaciones metodológicas de las propias Naciones Unidas confirmaron lo mismo, aunque recorriendo el camino inverso: si no se contabilizan los servicios domésticos no remunerados, puede sobreestimarse la tasa de crecimiento económico. Una tarea que antes se hacía en casa pasa al mercado y aparece una cifra nueva en el libro. En realidad, la cantidad total de actividades que sostienen la vida no ha aumentado.

En el año en que empezó a funcionar, una construcción dejó escritas en la misma página las condiciones bajo las que daría resultados erróneos. Después siguió funcionando con normalidad durante noventa años.

Conviene ponerlo junto a lo ocurrido en el capítulo noveno. Allí la construcción conservaba intacto, en sus propios archivos, lo que había eliminado. Quien recortaba y lo recortado quedaban bajo las mismas cubiertas. Aquí se da un paso más: el archivo guarda lo excluido y también un manual que explica en qué circunstancias esa exclusión hará que la máquina entera arroje cifras equivocadas. El manual sigue ahí. La máquina sigue en marcha.

No hay ocultación. Ocultar exigiría algún esfuerzo. Aquí nadie se toma esa molestia: la página continúa impresa y cualquiera puede abrirla. La firmeza de la construcción procede de la inercia. Cada año se publica, cada año se cita, cada año sirve para distribuir recursos. Año tras año, aquella frontera va dejando de parecer una decisión y acaba pareciendo un hecho.

Durante esos noventa años se ha hecho mucho en defensa de la columna vacía. Alguien formuló un criterio. Alguien lo convirtió en una consigna y la imprimió en un folleto de veinte peniques. Alguien desmontó las premisas una por una. Alguien llevó la cuestión a documentos intergubernamentales. Otros levantaron cuentas de tiempo y cuentas satélite. Otros calcularon horas y valores monetarios.

En 2025, la frontera seguía en el mismo sitio.

Noventa años no son pocos. Que tantas personas hayan empujado una frontera desde tantos lados durante tanto tiempo y que, después de todo, no se haya movido exige una explicación. Probablemente habrá que buscarla en otro lugar que el de si esa frontera es correcta o incorrecta. Un libro obligado a producir cifras cada año, cifras con las que se toman decisiones de gran alcance, teme más cambiar que omitir. Una omisión admite un cuadro complementario. Un cambio de criterio vuelve incomparables los datos de las décadas anteriores. Para una construcción de esta clase, la estabilidad es una exigencia más dura que la exactitud.

Fuera de la frontera ya no queda un solar vacío. Está atestado de letra pequeña: cuentas de tiempo, cuentas satélite, cuentas ampliadas, cuentas temáticas. Todas dicen lo mismo: en esa columna debería haber una cifra. Todas se quedan fuera de la columna.

Esta es la sexta manera que encuentra la construcción de tratar al resto. No lo digiere, no lo niega, no le cambia el nombre ni repliega de nuevo la frontera. Le concede una órbita para que gire alrededor del libro, con datos ordenados y fáciles de citar. Siempre cerca. Nunca dentro.

Los documentos oficiales ya habían explicado por qué no puede entrar: lo que se hace en casa y lo que se encarga a alguien mediante un pago no son una misma cosa que pueda intercambiarse sin más.

Poder sustituir es condición para entrar en las cuentas. Solo cuando otra persona puede hacer lo mismo, y se considera que el resultado sigue siendo la misma cosa, cabe ponerle un precio, liquidarlo y anotarlo en aquella columna. Precisamente aquí la sustitución no es completa.

Así que permanece fuera.

Una mujer se levanta en mitad de la noche para cambiarle la toalla a un niño que tiene fiebre. Cualquiera de los métodos permite obtener una cifra. Con el coste de sustitución, será el precio por hora de contratar a alguien para cuidar de noche. Con el coste de oportunidad, será lo que ella deje de ganar al día siguiente por haber dormido mal. Las dos cifras se pueden calcular. Las dos cumplen las reglas. Son distintas. Y, según el segundo método, cuanto menos gane ella, menos valdrá lo que ha hecho.

Pero cuando se levanta a cambiar aquella toalla, no está haciendo ninguna de las dos cifras. Está haciendo eso mismo: cambiar la toalla. El precio lo toma prestado después alguien de otro lugar y se lo pega encima. El precio prestado es el de otra persona. La noche sobre la que se pega es la suya.

Las cuentas seguirán haciéndose, cada año con más detalle. Se ajustarán los criterios, se añadirán cuadros complementarios y las cifras que circulan por aquellas órbitas serán cada vez más exactas. La columna seguirá vacía en su sitio, rodeada de números calculados con una precisión extrema, como si aguardara un permiso que nunca acaba de llegar.

Y esas tareas seguirán haciéndose todos los días. Quienes las hacen no esperan permiso.

Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English