Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 06 de 23

Capítulo sexto. Los jiaozi de la dinastía Song: cuando el metal se retira, alguien tiene que responder

El peso de las monedas de hierro de Sichuan abrió paso al primer papel moneda emitido por un gobierno. El jiaozi mostró que una divisa no vive en el material que la compone, sino en la red de conversión, impuestos y autoridad que garantiza su aceptación.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Monedas de hierro

Para entender por qué el primer billete del mundo apareció en Sichuan, conviene empezar por sopesar el dinero que sus habitantes llevaban encima.

Después de incorporar las tierras de Shu, los Song del Norte permitieron durante mucho tiempo que allí siguieran utilizándose monedas de hierro. Llegaron a prohibir que entraran monedas de cobre en las dos regiones de Chuan; más tarde aflojaron en parte esa prohibición, pero las monedas de hierro siguieron sin poder salir. El hierro valía poco. Para comprar una misma cosa hacían falta más monedas y, por tanto, había que cargar con más peso. Un mercader que introducía una moneda de cobre en Sichuan podía cambiarla por catorce de hierro. Cuánto dinero había que llevar a cuestas para comprar una pieza de tela y a cuántos porteadores había que contratar para atravesar las montañas eran preguntas de lo más concreto.

La razón de tanto peso era sencilla: la mitad del valor de una moneda descansaba en el material con que estaba hecha. El cobre valía más que el hierro; para alcanzar el mismo precio con hierro hacía falta más cantidad, y más cantidad significaba más carga. Los testimonios históricos conservan pesos que cuesta imaginar: para comprar una pieza de seda había que transportar más de cien jin de monedas de hierro. Comprar una pieza de seda era un asunto corriente en una casa, no una gran operación mercantil. Pero, antes de resolver aquel asunto corriente, había que encontrar la manera de llevar el dinero hasta la tienda.

Los impuestos complicaban todavía más las cosas. Durante un periodo, las autoridades exigieron que, al pagar rentas y los importes correspondientes a los monopolios, se aplicara una equivalencia de diez monedas de hierro por una de cobre. Y las monedas de cobre ya escaseaban en Sichuan. Las crónicas dicen sin rodeos que se habían agotado y que la población lo padecía duramente.

La Historia de los Song conserva unas líneas especialmente hirientes. Durante los años en que se exigían más monedas de cobre para los tributos, funcionarios y alguaciles locales aprovecharon la situación para sacar beneficio: a cada paso se recargaba la proporción del cambio y aumentaba el sufrimiento de la gente. Hubo quienes abrieron tumbas antiguas y destrozaron imágenes de Buda y utensilios para reunir apenas cuatro o cinco monedas de cobre. Muchos acabaron castigados por ello.

Vale la pena leer despacio esas líneas. Lo que llamamos un sistema monetario inadecuado significa, en la vida de una persona, tener que profanar la tumba de otro o romper la imagen de Buda a la que se rinde culto en casa. Todo para conseguir unos cuantos pedazos de cobre que tengan la forma exigida por la autoridad. Y con muchas posibilidades de recibir después una condena.

En aquel lugar, la vara común no había desaparecido. Seguía allí. Solo que pesaba demasiado: había que llevarla a la espalda. Pesaba tanto que, para ajustarse a sus exigencias, una persona podía verse empujada a hacer cosas que de otro modo jamás habría hecho.

Aquí asoma algo que reaparecerá muchas veces. La utilidad de una vara de medir depende de más cosas que su exactitud: cuánto pesa, si se puede transportar, si se la reconoce. En los capítulos anteriores, la dificultad de hacer las cosas conmensurables residía en si conseguíamos aclarar las cuentas. En Sichuan el problema tenía otro cuerpo. La cuenta podía hacerse con toda precisión; lo que no se podía mover, una vez hecha, era el dinero necesario para pagarla. Una cosa que no se puede llevar a ninguna parte no sirve de nada, por exacta que sea.

Y ahí estaba ya escondido un resto. Las monedas de hierro permitían calcular exactamente el precio de una pieza de seda. No calculaban el esfuerzo de cargar con ellas durante media jornada de montaña, el salario de quienes ayudaban a transportarlas ni el riesgo de sufrir un robo por el camino. Esas cosas no entraban en ningún libro y, sin embargo, decidían si la compraventa podía hacerse. Los jiaozi vendrían a ocuparse precisamente de esa parte de la operación que quedaba fuera de las cuentas.

Entonces a alguien se le ocurrió recurrir a una hoja de papel.

2. Dieciséis casas

La Historia de los Song lo cuenta en una sola frase: al principio, como las monedas de hierro pesaban demasiado, los habitantes de Shu confeccionaron por su cuenta unos vales, llamados jiaozi, para facilitar los intercambios; dieciséis casas acaudaladas se hicieron cargo de ellos.

Más tarde, Li You ofreció más detalles en el Songchao shishi, su relación de hechos de la dinastía Song. Una docena larga de casas poderosas de Yizhou emitía jiaozi con garantía conjunta. Utilizaban un mismo tipo de papel, impreso con edificios, árboles y figuras humanas. Cada establecimiento añadía su firma comercial y sus claves secretas, combinando trazos rojos y negros que servían para reconocer el documento. El importe se escribía en el momento, sin límite en el número de guan, las unidades de mil wen. Al cambiar un jiaozi por monedas se descontaban treinta wen por guan en concepto de comisión.

Fijémonos en lo que había sobre aquel papel. Un soporte uniforme, dibujos fijos, firmas de las casas emisoras, claves secretas, señales particulares en rojo y negro. Ninguna de esas cosas explicaba cuánto valía el billete. Todas explicaban quién lo había emitido y hasta qué punto era posible imitarlo.

La mayor parte del ingenio, pues, se dedicaba a la firma y a impedir las falsificaciones. Poner el importe era lo más fácil: se escribía allí mismo y podían anotarse tantos guan como hiciera falta. Lo difícil era conseguir que otro creyera que aquel papel era auténtico, que procedía de aquellas casas. El metal no exigía el mismo desvelo. Una moneda de cobre podía sopesarse en la mano, morderse, examinarse en una sección cortada: siempre había alguna manera de averiguar si era buena. Con el papel no. La autenticidad del papel no estaba en el papel. Estaba en otra parte.

¿Por qué iba a aceptar aquel papel una persona que no conocía de nada a quien se lo entregaba? Por el papel, desde luego, no. Por aquellos dieciséis nombres.

Ahí está el centro de esta historia. Una moneda de hierro servía, a medias, porque la autoridad la reconocía y, a medias, porque ella misma era un pedazo de hierro. La tuviera quien la tuviera, el hierro seguía allí. El papel no poseía nada semejante. Por sí mismo no era nada; lo que valía dependía enteramente de las personas que tenía detrás, de si querían responder por él y de si podían hacerlo.

Quitarle el metal al dinero no lo volvió menos dependiente de la confianza. Cada porción de metal que se retiraba añadía un peso equivalente sobre ella.

En los capítulos anteriores, la vara anónima siempre había descansado en algo con nombre propio. Las tablillas necesitaban sellos y testigos; las monedas, la reputación del emisor y las marcas de quienes las comprobaban después; los libros, todo un armario de cartas y fiadores. Con los jiaozi, esa relación llega al extremo. Fuera de aquellos nombres, el papel no tiene verdaderamente nada. Es una promesa pura, sin metal que salga a responder por ella.

Los problemas no tardaron en llegar. Las monedas de hierro recibidas por los ricos mercaderes no se quedaban quietas en las cajas. Servían para comprar y acaparar bienes, para adquirir tiendas, casas, huertos, campos y objetos preciosos. Aparecieron las falsificaciones, los pleitos y las retiradas masivas, hasta que se formaron multitudes que discutían y reclamaban. Cuando intervenía la autoridad para mediar, a menudo solo se recuperaban setecientos u ochocientos wen por cada guan. Los doscientos o trescientos que faltaban los perdía quien llevaba el vale en la mano.

Durante los siglos siguientes, la lección se repetiría muchas veces y a escalas mayores. Quien emite tiene en su poder la confianza de otros. Y esa confianza se puede gastar por adelantado.

No cuesta entender la tentación. Hay un montón de monedas de hierro guardadas, pero quienes vienen a canjear sus vales llegan de pocos en pocos: unos hoy, otros mañana. Casi nunca se presenta todo el mundo el mismo día. Si es así, ¿por qué no emplear una parte en adquirir propiedades? Las propiedades darán rentas y las rentas permitirán comprar más propiedades. Cada paso de la cuenta parece razonable. Toda la debilidad se concentra en ese casi nunca. Basta con que un día se presente de verdad todo el mundo a la vez para que dejen de valer, al mismo tiempo, todas las razones anteriores.

Sobre la raíz de aquel papel, los investigadores se han dividido en dos grandes líneas. La diferencia entre ambas es considerable.

Una pone el acento en las redes de confianza. He Ping se opone expresamente a presentar los primeros jiaozi como dinero crediticio en el sentido moderno. Para él, lo decisivo no es un crédito abstracto. Es Sichuan, una región relativamente cerrada; son la reputación y la solvencia de los grupos de comerciantes de té, la garantía conjunta de las dieciséis casas y las relaciones entre conocidos de la sociedad local. El papel podía salir de una tienda y acabar en manos de un desconocido porque el nombre de ese círculo de personas le prestaba, por un tiempo, una credibilidad pública. Nadie había dejado de mirar quién respondía por él.

La otra línea concede más importancia al documento y al derecho de cobro. Según esta interpretación tradicional, los jiaozi se parecían a certificados de depósito expedidos por una casa de depósito: el emisor era el deudor; el tenedor, el acreedor. Después de pasar de mano en mano por el mercado, el certificado acababa aproximándose al dinero. En esta versión, el punto de partida es la relación entre depósito y reembolso, antes que una confianza social entendida en términos generales.

Ambas interpretaciones miran el mismo papel y le encuentran raíces diferentes. Para una, crece entre las relaciones. Para la otra, crece en la deuda.

El desacuerdo no es una mera sutileza académica. Si el papel nace de las relaciones, arraiga en un lugar concreto y en un grupo concreto: fuera de Sichuan deja de funcionar. Si nace de la deuda, arraiga en una forma que puede reproducirse en cualquier sitio: donde alguien emita un documento canjeable puede aparecer algo semejante. La primera explicación permite entender por qué los jiaozi surgieron precisamente en Sichuan. La segunda, por qué la autoridad pudo hacerse cargo de ellos y transformarlos después en otra cosa. Cada una sujeta un extremo.

Ni siquiera hay acuerdo, por cierto, sobre quién terminó de dar forma a aquel papel. Muchas historias locales y obras de divulgación posteriores presentan a Zhang Yong como padre de los jiaozi y asignan años concretos a su reorganización de los establecimientos emisores y a su elección de las dieciséis casas que debían garantizarse mutuamente. Algunas investigaciones recientes han discutido ese relato: las semblanzas biográficas y los epitafios que dejó su familia no destacaban que hubiera inventado los jiaozi. Quizá lo más prudente sea decir solo esto: Zhang Yong vivió y actuó justamente durante el periodo en que los jiaozi privados adquirieron su forma.

Que no podamos identificar con seguridad al inventor ya dice mucho. Cosas así rara vez nacen enteras en la cabeza de alguien un día determinado. Muchas personas van resolviendo el problema que tienen delante; las soluciones se encuentran y, poco a poco, algo empieza a crecer por su cuenta.

3. El sello de la autoridad

Los testimonios describen sin rodeos el mal de los jiaozi privados: las fortunas de aquellas casas se iban consumiendo, no podían pagar lo que debían y los pleitos no acababan nunca.

En noviembre del primer año de la era Tiansheng, 1023, la corte ordenó establecer la Oficina de Jiaozi de Yizhou. Al año siguiente comenzó la emisión oficial. Para la primera serie se fijó un límite de 1.256.340 min, o sartas de monedas.

La cifra, precisa hasta la última unidad, dice por sí sola en qué consistía el cambio.

El papel privado se rellenaba al momento, sin límite de guan. La emisión pública quedaba determinada de antemano, hasta el último dígito. En un caso, cada compraventa decidía cuánto hacía falta. En el otro, lo decidía un documento oficial. El mismo papel dejaba de acomodarse al trato del día para convertirse en una cantidad calculada desde arriba y distribuida después hacia abajo. El límite de emisión era la columna vertebral de todo el procedimiento público.

El Songchao shishi describe sus piezas: una oficina dedicada a la tarea, un sello de cobre propio de la Oficina de Jiaozi, libros de registro, monedas que ingresaban en la caja y jiaozi expedidos según las marcas y números de los contratos. Se seguían descontando treinta wen por guan, ahora para sufragar el trabajo y la tinta.

Desde ese momento, detrás de la hoja ya no estaba la reputación de dieciséis mercaderes. Estaba todo un aparato de gobierno.

Podemos enumerar lo que hacía ese aparato. Uniformaba las denominaciones: al principio, de uno a diez guan; después, cinco y diez; más tarde, un guan y quinientos wen. Uniformaba los plazos: impresión periódica y sustitución de cada serie a su vencimiento. Uniformaba la cantidad, con un techo preciso por emisión. Uniformaba los cargos, treinta wen por guan. Había que registrar tanto las entregas como las retiradas. Hasta la falsificación y el deterioro entraban en procedimientos de identificación mediante sellos y recogida dentro de determinados plazos.

El dinero se parecía cada vez menos a un pedazo de metal y cada vez más a una secuencia de operaciones administrativas y contables.

La frase merece otra vuelta. Con las monedas de cobre o con la plata, primero estaba el metal y después llegaban las instituciones para regularlo. Con los jiaozi, primero tenía que existir la institución para que el papel llegara a ser dinero. Retiremos el sello público, los registros, el límite de emisión, los vencimientos y la promesa de canje: quedará una hoja con dibujos. Por primera vez, el dinero se convertía en algo producido enteramente por un orden institucional. Existía como un conjunto de reglas que podían escribirse, cumplirse y también cambiarse.

Había, además, reservas. La Historia de los Song dice que antiguamente, para preparar una emisión, se disponía de un capital de trescientos sesenta mil min, enlazando las series viejas con las nuevas. He Ping cita escritos de Li Gang que ofrecen otra cuenta: se solía reservar un millón de guan para sostener tres millones de guan en jiaozi.

Las dos cuentas no coinciden. La discrepancia recuerda que lo que después llamaríamos coeficiente de reservas no era una constante institucional inamovible. Cambia según el periodo, el documento consultado y la manera de describir la operación. Al menos una cosa queda clara: los propios Song sabían muy bien que el papel moneda no podía funcionar suspendido en el vacío.

Lo dijeron, incluso, con más claridad que muchos autores posteriores. Al comentar la creación de la Oficina de Jiaozi durante Tiansheng, Lü Zhong escribió que allí había comenzado el papel moneda. Pero había monedas para hacer circular el papel y papel para ajustar la circulación de las monedas; madre e hijo circulaban juntos, sin que uno adquiriese un peso excesivo. De ese modo, la gente miraba las monedas como miraba el papel y el papel como miraba las monedas.

Madre e hijo circulando en equilibrio: pocas fórmulas tan tempranas han dicho con tanta precisión lo que estaba ocurriendo.

El papel no levantó el vuelo solo. Necesitaba una madre.

La imagen es buena porque no dice que uno venga a sustituir al otro. La madre no desaparece por haber tenido un hijo; el hijo no deja de contar porque exista la madre. Deben estar los dos, sostenerse mutuamente, no separarse. Un hombre del siglo XI había visto ya lo esencial: importaba menos lo cómodo que resultara el papel que la firmeza del camino de ida y vuelta entre este y las monedas. Las crisis que se repetirían durante los siglos siguientes abrirían sus grietas precisamente en ese camino.

4. Las series y sus plazos

La pieza más ingeniosa de todo el mecanismo era el jie, la serie de emisión.

Cada pocos años se imprimía una tanda nueva. A la vez había que recoger la anterior, anularla y cambiarla por la recién impresa. Cada tanda constituía un jie.

Era un diseño inteligente. El gran peligro del papel moneda era que se siguiera imprimiendo sin parar y que, cuanto más hubiera, menos valiera. El sistema de series obligaba a despejar el terreno cada pocos años: se retiraba y destruía lo viejo, se emitía lo nuevo dentro del límite fijado. La cantidad en circulación quedaba así atada a un ritmo que se podía gobernar. Emitir, circular, recoger, volver a emitir: un circuito capaz de cerrarse sobre sí mismo.

El empeño pertenece a la misma familia que los intentos de cuadrar las cuentas de los capítulos anteriores, aunque aquí cambie de dirección. El libro busca cuadrar en el espacio: reúne todas las partidas hasta igualar ambos lados. La serie busca cuadrar en el tiempo: lo que ha salido debe regresar a su fecha, y solo después se entrega lo nuevo. Uno pregunta si el libro puede cerrarse; la otra, si puede recogerse una vuelta entera de dinero. Los dos persiguen la misma idea: debería ser posible darle a todo esto una forma que permitiera dejarlo completamente saldado.

Cuanto más afinado el diseño, más preciso también el lugar donde se hace visible el resto. Si un libro no cuadra, se ve enseguida cuánto falta. Si no se recupera una emisión, se ve enseguida cuánto queda pendiente. Cuanto más finas las marcas de la vara, menos escondites encuentra lo que se escapa. Por eso resultaba tan hiriente prorrogar una serie: dejaba abierto, a la vista de todos, el círculo que debía haberse cerrado.

Pero el círculo solo podía cerrarse con una condición: que al llegar la fecha se efectuara de verdad el canje.

Y que se efectuara el canje dependía de otra cosa: que en ese momento el Estado no tuviera un uso más urgente para el dinero. Ahí estaba la parte más blanda de aquel ingenioso diseño. El control de la cantidad total descansaba en un acto que solo podía realizar el propio emisor. Cuando a este le faltaba dinero, la salida más fácil consistía precisamente en no realizarlo. Las reglas podían ser minuciosas; si quien debía cumplirlas era también quien más deseaba quebrantarlas, el circuito no era firme.

Antes hubo intentos de extender el sistema. A comienzos de la era Xining, la corte trató de llevar los jiaozi a Hedong y Shaanxi. Pronto encontró la oposición de funcionarios locales. Wen Yanbo y Zhang Jingxian coincidían: el procedimiento podía funcionar en Shu, pero no en Shaanxi. Poco después se abandonó el intento.

La razón era muy material. En Sichuan, el papel y las monedas de hierro se habían emparejado para hacer frente a los caminos de montaña, al peso de los pagos y a las barreras de la circulación regional. Con otra estructura fiscal, otra combinación de mercancías y otras condiciones territoriales, la combinación no tenía por qué sostenerse. Desde el principio, el éxito de los jiaozi distó de ser una plantilla universal que pudiera copiarse sin rozamiento.

Conviene recordarlo frente a esa frase tan fácil según la cual una buena solución acaba extendiéndose por sí sola. Los documentos muestran otra cosa: el mismo procedimiento funcionaba aquí y dejaba de hacerlo al trasladarlo allá. Las objeciones no nacían del apego a lo antiguo, sino de unas condiciones locales distintas. Una institución no es un plano que flota separado del suelo. Crece en una geografía, entre unas monedas y dentro de un sistema tributario determinados. Trasplantarla es posible. Que prenda nunca es automático.

Lo que acabó rompiendo el circuito fue el gasto militar.

En el quinto año de Xining, cuando estaba a punto de renovarse la vigesimosegunda serie, ya se había gastado demasiado de la siguiente. Hubo que imprimir más billetes de la vigesimoquinta para cubrir el agujero de la vigesimotercera. Dos series empezaron así a circular simultáneamente. La Historia de los Song continúa con dureza: se habían emitido muchos jiaozi y faltaban monedas, por lo que su valor cayó demasiado; después llegó a no haber dinero metálico y el procedimiento dejó de ser viable.

Al hacer balance en el primer año de Daguan se decía también que, desde las campañas para tomar Huang, Kuo y Xining, los jiaozi habían servido para completar los gastos de frontera. Su volumen era ya más de veinte veces el de una emisión de Tiansheng y su valor seguía deteriorándose. Cuando tocaba sustituir lo viejo por lo nuevo, se entregaba un jiaozi nuevo a cambio de cuatro antiguos.

¿Qué significa uno por cuatro? Que aquel papel que llevabas a canjear solo conservaba la cuarta parte de su valor anterior.

La cifra esconde una vida muy concreta. Alguien trabaja un año entero y consigue ahorrar unos guan en jiaozi. Piensa que el año próximo los cambiará por los nuevos y podrá seguir gastándolos. Llega la fecha: por cuatro guan antiguos le dan uno nuevo. No ha hecho nada malo. No ha jugado, no ha pedido prestado, no ha especulado. Solo ha aceptado el dinero que emitía la autoridad y ha creído en él. Así termina cayéndole encima la pérdida.

Aquí se ve con claridad lo ocurrido. El papel moneda no había eliminado la necesidad de un respaldo. Cuando la hacienda tenía prisa por gastar, el Estado se mostraba cada vez más dispuesto a dejar para después la cuestión de ese respaldo.

Las investigaciones recientes suelen interpretar este tramo como un avance del Estado fiscal. Algunas señalan que, a finales de los Song del Norte, una parte considerable de los ingresos públicos ya procedía de actividades no agrícolas, mediante impuestos indirectos monetizados. En torno al periodo de los Song del Sur, el volumen de instrumentos de crédito reembolsables llegó incluso a superar en algún momento la recaudación tributaria anual: las finanzas públicas pasaban de apoyarse en la base impositiva a apoyarse en el crédito. Otras investigaciones reúnen el funcionamiento del papel moneda Song en cuatro elementos: patrón de respaldo, reembolso, guerra e inflación. Al principio funcionó bien porque se respetaban estrictamente el patrón y el reembolso. Más tarde, la financiación de la guerra rompió el mecanismo. En su punto máximo, la cantidad efectivamente emitida llegó a ser 35,4 veces la que habría podido emitirse manteniendo un respaldo estricto.

Hay otra interpretación más tajante. Gao Congming no sitúa lo verdaderamente revolucionario en los jiaozi privados, sino en el momento en que los oficiales se transforman en dinero basado en el crédito del Estado. Lo decisivo no es cómo se garantizan mutuamente los mercaderes privados, sino cómo el gasto público empieza a satisfacerse cada vez más con jiaozi: provisiones y forraje para el ejército, el capital del programa de préstamos de Brotes Verdes y los fondos con que los graneros de estabilización compraban grano. Cuando la autoridad paga todo eso con papel sin conservar una reserva equivalente de monedas de hierro, el crédito del billete deja de proceder principalmente de la posibilidad de cambiarlo por hierro. Pasa a depender de la promesa estatal de aceptarlo, reconocerlo y admitirlo para pagar impuestos.

Por eso mismo, Gao considera más modernos los jiaozi públicos que los privados.

5. Sin respaldo, ¿por qué iba a creer la gente?

Los Song del Sur llevaron el experimento más lejos. También dejaron más visibles sus vacilaciones.

En el primer año de Shaoxing, la presencia de tropas acantonadas en Wuzhou planteó un problema: no había una ruta practicable en barco y transportar las pesadas monedas resultaba muy difícil. La autoridad emitió entonces guanzi para atender al gasto militar. Pronto llegaron las quejas. Prefecturas y distritos los utilizaban para pagar compras de grano con un carácter cercano a la requisa obligatoria, y las oficinas encargadas de los monopolios solo reembolsaban cada día un tercio de lo reclamado. Todo el mundo protestaba.

En el sexto año de Shaoxing, la corte creó una Oficina de Jiaozi en su capital provisional. La crítica fue inmediata y dejó la frase más importante de toda esta historia:

La corte había dispuesto guanzi respaldados por monedas; los funcionarios se habían apartado poco a poco de aquel propósito y los habían convertido en jiaozi. Si la autoridad carece de capital que los respalde, ¿por qué iba a creer la gente?

Dicho de manera llana: si vosotros, que gobernáis, no tenéis con qué responder, ¿por qué hemos de fiarnos de este papel?

La Oficina de Jiaozi fue suprimida poco después. Se ordenó, en su lugar, que las oficinas de los monopolios reunieran reservas de monedas para emitir guanzi.

La pregunta alcanza más lejos de lo que parece. Aunque el papel moneda se apoyara cada vez más en la autoridad del Estado, ni las reservas ni la posibilidad de cobrar habían desaparecido de la discusión. Se extendía el medio anónimo de intercambio, pero las preguntas sobre quién respondía y con qué lo hacía no retrocedían un solo paso. Habían surgido una vez ante los emisores privados. Ahora volvían ante el Estado, a una escala mucho mayor.

Cambiar dieciséis casas por una dinastía multiplicaba enormemente el tamaño del emisor. No alteraba una sola palabra de la pregunta fundamental: quién garantiza, con qué garantiza y si se gastará primero aquello que debía servir de garantía. El tamaño añadía incluso un peligro. Si una casa rica quebraba, todavía cabía acudir a los tribunales y reclamar contra sus bienes. Si una dinastía dejaba de responder, quien tenía el billete no disponía siquiera de un lugar donde demandarla.

Los huizi verdaderamente maduros llegaron a partir del trigésimo año de Shaoxing. La corte encargó a Qian Duanli que los emitiera, reuniendo reservas de monedas, para que circularan dentro y fuera de la ciudad. Al año siguiente, la oficina encargada pasó a depender de la administración central del té. En el año trigésimo segundo de Shaoxing se fijaron las disposiciones penales contra la falsificación.

Al comienzo, los huizi circulaban solo en Liangzhe. Después se extendieron por Huainan, Zhejiang, Hubei y Jingxi. En muchos lugares podían abonarse íntegramente con ellos los pagos destinados a la corte; en las prefecturas y circunscripciones militares junto al Yangtsé se exigía mitad en monedas y mitad en huizi. Entre particulares podían utilizarse por el importe completo al vender o dar en garantía tierras y casas, caballos y reses, barcos y carros.

El paso era profundo. Los huizi dejaban de ser una mera herramienta fiscal y entraban también en la negociación de grandes patrimonios: tierras, ganado, medios de transporte. El valor de esos bienes quedaba reducido de manera más completa a una escritura uniforme sobre el papel.

Durante el reinado de Xiaozong, la regulación se afinó todavía más. Se añadieron denominaciones de doscientos, trescientos y quinientos wen. En el cuarto año de Qiandao se estableció que cada serie duraría tres años, con un límite de diez millones de guan, y que se imprimiría lo nuevo para sustituir lo viejo al vencer el plazo. Un huizi deteriorado podía canjearse siempre que siguieran legibles los caracteres que indicaban su valor en guan y centenas de wen y pudiera comprobarse el sello. Se cobraban veinte wen por billete en concepto de gastos. Además, los distintos fondos tributarios que prefecturas y distritos debían remitir pasaron a recaudarse en una proporción de siete décimas partes en monedas y tres en huizi.

Plazos, límites de emisión, comprobación de sellos, comisiones y proporciones de recaudación mixta entraban en una misma escala. Se intentaba convertir una credibilidad imprecisa en algo que pudiera tramitarse dentro de los libros.

La proporción de siete partes en monedas y tres en huizi deja ver especialmente bien el cálculo. La autoridad se obligaba a recibir cierta cantidad de su propio papel cada vez que cobraba un impuesto. Era un movimiento inteligente. El apoyo más fuerte del billete no era cuántas monedas hubiese en la caja, sino que el Estado quisiera aceptarlo. Mientras sirviera para pagar impuestos, la gente tendría que conservarlo y seguiría siendo dinero. Pero esa misma regla dejaba un punto vulnerable: la proporción la fijaba la autoridad. Si quería recibir menos papel, le bastaba con cambiar las tres décimas partes por dos.

Después, la propia escala empezó a deshacer lo que había construido.

En el tercer año de Chunxi se prorrogaron tres años la tercera y la cuarta serie. En el primer año de Shaoxi se prorrogaron otros tres años la séptima y la octava. Los funcionarios críticos plantearon de inmediato la pregunta: si el plazo de los huizi era de tres años y, de prórroga en prórroga, acababa convertido en nueve, ¿cómo podía demostrarse que la palabra dada seguía valiendo?

La pregunta da exactamente en el centro. La confianza en el papel moneda no era aquí una virtud moral abstracta. Consistía en algo muy preciso: si la fecha prometida anteriormente contaba de verdad.

El vencimiento se había diseñado para recoger los billetes antiguos y devolver la cantidad total de dinero al ritmo fijado por la institución. Prorrogarlo una y otra vez por necesidades fiscales equivalía a que aquel orden de medición se deshiciera con sus propias manos.

Las consecuencias quedaron en las cifras. En el primer año de Qingyuan, el límite de cada serie ya había ascendido a treinta millones de guan. En el segundo año de Jiading, aun después de la recogida, quedaban más de 13,6 millones de guan de la undécima serie, más de 47 millones de la duodécima y más de 57 millones de la decimotercera. La corte tuvo que recurrir al oro de su tesoro de reservas selladas y emitir certificados de ordenación monástica. Esos documentos oficiales, expedidos para los monjes, podían comprarse y venderse. Utilizó también los ingresos del monopolio de la sal. Con todo ello intentaba sostener el valor de los huizi.

Vale la pena mirar esa escena. Al principio se había levantado una escala perfectamente ordenada: tres años por serie, diez millones por emisión, canje a su vencimiento. Cuando la escala dejó de sostenerse, el Estado sacó oro, certificados de monjes e ingresos del monopolio de la sal para ponerlos debajo de aquel papel.

Lo que se escapaba de la medida común reaparecía en otro lugar.

Y cada uno de esos apoyos se encontraba un poco más lejos del dinero que el anterior. El oro seguía en su antiguo terreno. Con la renta de la sal se daban en garantía los ingresos futuros de un monopolio. Los certificados monásticos eran todavía más extraños: documentos públicos que acreditaban la condición de monje, ajenos en su origen a la compraventa, acababan sosteniendo el papel moneda por la sencilla razón de que podían venderse. Cuando la construcción pierde pie, echa mano de cuanto alcanza. La variedad de lo que agarra muestra hasta qué punto ha dejado de servir la escala inicial.

Las discusiones sobre los huizi son más complejas que las relativas a los jiaozi. La explicación tradicional atribuye su auge a una escasez monetaria, a la falta de monedas de cobre. Algunas investigaciones lo discuten: la cantidad total de dinero no tenía por qué ser insuficiente. El problema se parecería más a un desequilibrio entre regiones, a un sistema fiscal que exigía pagos mixtos en monedas y huizi y a las necesidades ineludibles de financiar la guerra. Otras investigaciones encuentran la diferencia principal en una convertibilidad más débil que la de los jiaozi, más próxima al papel no convertible. Si los huizi seguían funcionando, sería sobre todo gracias a su aceptación tributaria, a las compras públicas de billetes con dinero y a los canjes al vencimiento de cada serie.

El recorrido de los jiaozi a los huizi no dibuja, por tanto, una marcha en una sola dirección hacia un papel moneda cada vez más moderno. Aumentan el anonimato, la uniformidad y el peso de la hacienda pública. Siguen adheridos a ellos, sin desaparecer, los viejos problemas: reservas, canjes, aceptación para los impuestos, recepción en las oficinas públicas y descuento en el mercado.

El papel moneda no se desprendía de todas las relaciones personales. Se desprendía del nombre de una casa comercial o de un círculo determinado de conocidos. Enseguida volvía a quedar atado a alguien de una escala mucho mayor: el Estado, que podía cumplir o no su palabra.

6. Papel de corteza de morera

La dinastía Yuan llevó el experimento a una posición más radical.

En el primer año de Zhongtong, 1260, Kublai comenzó a emitir jiaochao respaldados por seda. Ese mismo año emitió también los billetes Zhongtong yuanbao, con diez denominaciones, desde diez wen hasta dos guan. Cada guan equivalía a un liang de los jiaochao de seda; dos guan equivalían a un liang, o tael, de plata.

La nueva emisión Yuan tenía así, desde el comienzo, un anclaje explícito en la plata: dos guan de papel por un tael de plata. En 1271, la dinastía fue más lejos y declaró los billetes Zhongtong único dinero de curso legal. Las demás monedas metálicas quedaban nominalmente abolidas.

Era un paso muy distinto del ensayo de los Song. El Estado intentaba dar al billete el lugar central, en vez de limitarse a administrar su convivencia con el metal.

Marco Polo vio la cara más deslumbrante de ese sistema. Contó que Kublai fabricaba dinero con papel de corteza de morera, al que se añadían firmas de funcionarios y sellos rojos. Con aquel papel podía comprarse cuanto se deseaba en cualquier punto del imperio. Le maravillaba también su ligereza: billetes por valor de diez monedas de oro pesaban menos que una sola moneda de oro. Y cuando los mercaderes vendían al emperador oro, plata y joyas, el emperador les pagaba con papel.

Para un veneciano del siglo XIII, aquello tenía que parecer una forma de alquimia. Una hoja bastaba para llevarse el oro que otro tenía en la mano.

Su asombro contenía algo que quizá él mismo no alcanzaba a formular del todo. En su tierra, el dinero era oro y plata, y el oro y la plata valían por sí mismos. Allí, en cambio, el dinero era papel. Valía porque un poder de tamaño casi inimaginable declaraba que valía y podía conseguir que lo aceptaran en cada lugar, de Dadu a Jiangnan. Lo que tenía ante los ojos era, más que una moneda, la magnitud de un poder político. Hacer que una hoja contara a lo largo de miles de li era por sí solo una exhibición de la fuerza del Estado.

Algunas investigaciones recientes advierten, sin embargo, que el asombro de Marco Polo no puede ocupar el lugar de la historia de las instituciones. Hay investigadores que cuestionan expresamente cuánto debe la imagen occidental del papel moneda chino a una narración demasiado favorable. Esa imagen deja fuera los numerosos fracasos, derrumbes y retiradas de los experimentos premodernos con papel no convertible. Marco Polo vio la cara más espectacular y eficaz del centro imperial. En sus frases admirativas no cabían el gasto fiscal sin respaldo, los descuentos entre regiones, el regreso silencioso de la plata ni el hundimiento final de los Yuan.

Y la plata, en efecto, había permanecido allí todo el tiempo.

Aunque los Yuan prohibieron que la plata circulara en transacciones privadas, las operaciones grandes, sobre todo las inmobiliarias, seguían liquidándose en gran medida con ella. El tipo de cambio oficial ofrece una medida aún más visible. En 1260 se obtenía un tael de plata por dos guan; en 1309 hacían falta veinticinco. A partir de esa relación se ha estimado una depreciación media anual de aproximadamente el cinco por ciento solo para ese periodo.

Conviene detenerse un momento aquí.

Sobre el papel, los billetes eran la única moneda legal y todo lo demás había quedado abolido. En la práctica, cuando una operación grande importaba de verdad, la gente tenía otra vara en la cabeza: la plata. El Estado podía proclamar que solo había una medida. No podía hacer desaparecer la otra del pensamiento de las personas.

Fijémonos también en cuándo se acudía a esa segunda vara: al comprar tierras. Para los pequeños pagos cotidianos podían utilizarse billetes; al fin y al cabo, se gastarían de nuevo enseguida. Ante una propiedad importante, destinada a pasar a hijos y nietos, había que mirar más lejos. Había que pensar si conservaría su valor diez o veinte años después. Cuanto más duradero debía ser el valor guardado, menos ganas había de confiárselo al papel. La diferencia dice mucho: el billete podía servir como medio de intercambio y, sin embargo, resultar poco apto para conservar valor. Y era precisamente esa segunda tarea la que más importaba a las personas.

Algunas investigaciones dividen la historia del papel Yuan en tres fases. De 1260 a 1276, los billetes eran plenamente convertibles en plata. De 1277 a 1309, la convertibilidad era nominal. Desde 1310 hasta el final de la dinastía se trataba de papel de curso legal no convertible. En la primera fase podía retirarse el exceso de billetes entregando plata. En las dos siguientes, el anclaje fue debilitándose hasta desembocar en dinero puramente de papel, sostenido por la obligación legal.

El papel moneda no consiguió emanciparse del metal de un solo golpe. Recorrió una serie de retiradas: del patrón plata a un patrón plata debilitado y, finalmente, al papel de curso legal.

7. La tabla de equivalencias impresa en el dinero

La dinastía Ming llevó el papel moneda a otro extremo.

En el octavo año de Hongwu, 1375, se emitió el Da Ming tongxing baochao, el billete del tesoro de circulación general de los Grandes Ming. Los ejemplares conservados permiten apreciar su tamaño: unos treinta y cuatro centímetros de largo y más de veinte de ancho. Estaban impresos en papel de corteza de chu, la morera de papel. En la parte superior aparecía en grandes caracteres el nombre de la emisión. En el centro, el valor, por ejemplo un guan, acompañado por un dibujo de diez grupos de sartas de monedas. Abajo figuraba un largo texto legal. Su contenido esencial era este: emisión autorizada por la corte, para circular junto con las monedas de cobre; pena de muerte por decapitación para los falsificadores; recompensa de doscientos cincuenta taeles de plata para quien los denunciara y confiscación de los bienes del culpable.

Según el Ming huidian, la recopilación normativa de la dinastía, cada guan en billetes equivalía a mil wen en monedas y a un tael de plata. Cuatro guan equivalían a un tael de oro.

Era casi una tabla completa de conversiones impresa sobre el propio dinero.

Imprimir la tabla en el billete era un gesto cargado de sentido. El papel se proclamaba dinero y, además, regla general para convertir todas las cosas unas en otras. Un guan era mil wen, era un tael de plata; cuatro guan eran un tael de oro. Todo estaba escrito. No hacía falta ir a preguntar al mercado. En el camino de la conmensurabilidad, pocas veces se había intentado imprimir tan directamente la respuesta. Pero las proporciones de cambio del mercado nunca obedecen a las del papel. Cuanto más rígida la equivalencia impresa, más visible la distancia respecto a la efectiva.

La ambición de los primeros Ming era más directa que la de los Song y los Yuan. Una vez articulado el sistema de baochao, se prohibieron los intercambios en oro y plata y también el trueque. Se retiraron de la circulación las monedas de cobre, cuyo uso llegó incluso a prohibirse durante un tiempo. Se buscaba reservar al baochao el lugar de moneda legítima.

Era un intento de hacer todo conmensurable más exhaustivo que los anteriores. El Estado quería meter el oro, la plata, las monedas de cobre y cualquier intercambio de mercancías dentro de unos valores impresos y unas disposiciones legales. El papel servía como intermediario en el mercado, pero también como herramienta para comprimir todos los medios de pago en un único marco de valoración.

Y fue precisamente ahí donde estalló el problema de los Ming.

Algunas investigaciones lo resumen en una mala administración fiscal, incapaz sobre todo de recaudar eficazmente en papel y retirarlo de la circulación, como habían hecho los Song. El resultado fue una depreciación severa del baochao. A comienzos del siglo XV, los billetes Ming habían perdido en lo esencial su eficacia. El mercado chino pasó después a un patrón de plata en lingotes, y la contabilidad pública y los impuestos fueron tomando también la plata como base. Otras investigaciones ven en los Ming una prueba especialmente clara de que los ensayos premodernos chinos con papel no convertible no fueron, en último término, más exitosos que los de la Europa de comienzos de la Edad Moderna. Hacia 1430, el Estado ya se había visto obligado a renunciar al papel como centro efectivo de la circulación.

Examinado de cerca, el fracaso de los billetes Ming admite al menos tres explicaciones que conviven.

Una pone el acento en el cambio de constitución fiscal. Los Song y los Yuan habían sostenido el papel moneda mediante unas finanzas muy monetizadas, dependientes de impuestos comerciales e indirectos. La hacienda de los primeros Ming descansaba más en entregas en especie, prestaciones de trabajo y movilización forzosa. El Estado emitía billetes con gran actividad, pero los recogía poco y los absorbía escasamente mediante los impuestos. El papel salía y no volvía.

Otra señala el defecto de diseño. Desde su origen, el baochao estaba al servicio del alivio de las dificultades de la hacienda. La moneda quedaba subordinada a las necesidades fiscales y el exceso de emisión era casi una consecuencia que llevaba dentro el propio sistema.

La tercera explicación es más corriente, aunque no carece de razón. Prohibir por la fuerza la plata, el cobre y el trueque no podía suprimir la preferencia del mercado por medios más fiables de guardar valor. Solo aceleraba la separación entre la moneda que valía legalmente y aquello con lo que se liquidaban de verdad las operaciones.

Las tres explicaciones tienen fundamento. Reunidas permiten ver mejor el conjunto: se emitía demasiado, se retiraba demasiado poco y se prohibía con demasiada rigidez. Emisión, recogida, prohibición: las tres piezas fallaban. Quizá ninguna habría bastado por sí sola para derribar el sistema. Juntas lo volvían insostenible. Resulta difícil señalar un único culpable. Sí puede afirmarse que aquella institución se exigía a sí misma mucho más de lo que podía hacer.

El derrumbe Ming volvió a mostrar lo mismo.

Separar el valor del metal no lo separa de la reputación. Concentra todavía más el peso sobre el nombre del emisor, su capacidad fiscal y la credibilidad de la aplicación de sus leyes. Si el Estado no consigue que ese papel cierre de manera sostenida su recorrido entre los impuestos, los canjes, los cobros y los pagos públicos, el mercado traslada el valor a la plata, a las monedas de cobre o a cualquier otra cosa que inspire más confianza.

El posterior giro Ming hacia la plata tampoco fue la victoria natural de una forma más avanzada. Después del fracaso de un gran experimento con papel moneda, la sociedad retrocedía en la práctica hacia otra manera de contar y guardar valor que le permitiera protegerse mejor.

8. Después de quitar el metal

Si miramos juntos estos mil años, el mejor resumen está en tres frases de quienes los vivieron, antes que en las teorías de la posteridad.

La primera es la de Lü Zhong: hay monedas para hacer circular el papel y papel para regular las monedas; madre e hijo circulan en equilibrio. Entre ambos importa la proporción, no la sustitución.

La segunda es la pregunta del sexto año de Shaoxing: si la autoridad no tiene respaldo, ¿por qué iba a creer la gente? Si falta lo que permite responder, ¿de dónde sale la confianza?

La tercera dice algo contrario e igualmente verdadero: si las oficinas públicas lo reciben sin dificultades, la población no tiene por qué dudar. Para que la gente crea, el Estado debe estar dispuesto a aceptar.

Las tres, juntas, contienen toda la dificultad. Para sostener el papel moneda hace falta, en un extremo, algo que lo respalde; en el otro, alguien dispuesto a recibirlo. Un extremo pertenece a las cosas. El otro, a la confianza.

Lo interesante es que entre las frases queda cierta tensión. La segunda afirma que sin respaldo no hay confianza. La tercera, que bastará con que la autoridad acepte el papel para que la gente crea en él. Una hunde la raíz en la caja del tesoro; la otra, en la disposición de las oficinas públicas a recibirlo, también al recaudar. La primera queda entre ambas: monedas y papel han de guardar una proporción, sin que uno pese demasiado. Los Song discutieron durante doscientos años. Las tres posiciones que dejaron se corresponden, precisamente, con los tres lugares de los que habrían de ocuparse después todas las teorías monetarias.

Lo ocurrido a lo largo del camino puede decirse de una manera bastante sencilla.

Al hablar de la partida doble vimos cómo la vara se quitaba voluntariamente el cuerpo para facilitar las cuentas. Se convertía en una cantidad pura que no circulaba. Con los jiaozi, quien se quitó el metal fue el dinero que sí circulaba.

Y al quitárselo no necesitó menos de las personas. Necesitó más. Una moneda de cobre, esté en la mano de quien esté, es por sí misma un pedazo de cobre: la mitad de su valor descansa en ella. El papel no. El cien por cien de su valor está puesto en otros: si quien lo emite lo reconoce, si la autoridad lo recibe, si el año próximo seguirá canjeándose.

Con el papel moneda avanzaban, pues, dos movimientos a la vez. La circulación se hacía más anónima: cualquiera podía llevar un billete, sin preguntas sobre su procedencia. El fundamento dependía cada vez más de alguien, porque fuera de la promesa el papel no tenía nada.

Cada porción de metal que se retira añade peso sobre la reputación. Lo que se aligera de un lado carga el otro.

Decir que el papel moneda inició la retirada de la dimensión personal de la historia del dinero probablemente invierte lo sucedido. Se parece más al momento en que esa dimensión pasó por primera vez al primer plano. Antes, el metal compartía la mitad del peso de confiar en el emisor. Desde el billete, la confianza tenía que soportarlo entero. Que pudiera hacerlo ya no dependía de cuántos minerales hubiera bajo tierra. Dependía de si un poder político, precisamente en los años en que más le faltara dinero, estaría dispuesto a cumplir lo que había prometido unos años antes.

El resto, por su parte, adquiere aquí otro rostro.

En los capítulos anteriores se salía del libro aquello que no podía medirse, aquello que no debía medirse o aquello que se había medido sin llegar a tocar lo que de verdad importaba. Esta vez se desborda otra cosa. Lo que aparece fuera de la cuenta es otra vara de medir.

Los Yuan declararon que el papel era la única moneda legal y que todo lo demás dejaba de valer. Sin embargo, cuando las personas hacían negocios verdaderamente importantes, como comprar tierras, seguían echando sus cuentas en plata. Los Ming prohibieron oro y plata, monedas de cobre y trueque; imprimieron la tabla de conversiones sobre el billete. En el siglo XV, la plata volvió a ser, pese a todo, el verdadero instrumento de medida de la sociedad.

La construcción puede proclamarse única vara. No puede borrar la que las personas guardan de reserva en la cabeza.

Esa vara de reserva suele permanecer callada. Asoma cuando la propia construcción empieza a dejar de merecer confianza. No llega desde fuera para derribarla. Siempre estuvo allí. Es la palabra incumplida de la construcción la que la invita a volver al primer plano.

También por eso las prohibiciones daban tan poco resultado. Todas intentaban lo mismo: impedir que la gente utilizara otras medidas. Pero las personas no buscaban otra vara por la mera existencia de alternativas. La buscaban porque la que tenían en la mano había empezado a medir mal. Una prohibición puede retirar el sustituto; no puede retirar el motivo que lleva a buscarlo. Mientras el motivo siga vivo, tarde o temprano volverá a aparecer un sustituto bajo otra forma.

Quién pagaba el coste ha quedado escrito en las secciones anteriores. Cuando todos acudían a cobrar los jiaozi privados y por un guan solo se recuperaban setecientos u ochocientos wen, perdía el tenedor del vale. Cuando se daban billetes nuevos a razón de uno por cuatro, perdía quien conservaba los viejos. Cuando se prorrogaban una y otra vez las series de huizi, perdía quien había creído en el plazo de tres años. Cuando se depreciaban los billetes Ming, perdía quien los había aceptado de buena fe.

El emisor puede gastar por adelantado la confianza de otros. Las consecuencias las soporta siempre la última mano que se queda con el papel.

En ese papel nunca hubo una casilla donde anotar esto.

Un jiaozi llevaba el valor, el número de serie, las marcas que lo identificaban, el castigo de los falsificadores y lo que se descontaba por guan para el trabajo y la tinta. Todo estaba escrito. Faltaba una sola casilla: si llegado el vencimiento no se puede canjear, ¿quién carga con la pérdida? La casilla no faltaba por olvido. Faltaba porque no podía escribirse. Escribirla habría sido reconocer que aquel papel podía dejar de valer; y un papel que reconoce esa posibilidad deja de ser dinero ese mismo día. Así, lo único verdaderamente decisivo tenía que quedarse fuera de la hoja, a cargo de la última persona que la conservara en la mano.

Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English