La invención de la partida doble: las cuentas cuadran cuando no se pregunta
La contabilidad por partida doble dio a la empresa una imagen cerrada y verificable de sí misma. Su equilibrio fue una conquista técnica, pero dependía de decidir de antemano qué merecía entrar en los libros.
En este ensayo
1. Donde había un apunte, ahora hay dos
Empecemos por entender el procedimiento. Es mucho más sencillo de lo que parece y tiene una belleza propia.
Vendes una pieza de tela y recibes diez monedas de oro. ¿Cómo se anota lo ocurrido?
A la antigua bastaba con un apunte: venta de tela, diez monedas cobradas. Con el nuevo método hacen falta dos. Uno va a la cuenta de caja, donde hay diez monedas más. El otro va a la cuenta de telas, donde queda una pieza menos. Se escribe por un lado y por el otro, a izquierda y derecha, y el importe de ambos apuntes tiene que ser el mismo.
Otro ejemplo: aportas al negocio jengibre por valor de cien unidades monetarias. En la cuenta del jengibre se anotan cien; en la del capital, otros cien. No ha aparecido dinero de la nada. Un valor ha pasado de un sitio a otro, y en el libro ha quedado rastro de los dos lugares.
El principio cabe en una frase: cada operación debe mirarse desde sus dos extremos, de dónde viene el dinero y adónde va. Se anotan ambos y se les asigna la misma cantidad.
Esa mirada desde los dos extremos sostiene todo el sistema. El viejo registro de entradas y salidas solo recogía una cara de lo sucedido: cuánto se había cobrado hoy, cuánto se había pagado. Pero una compraventa tiene siempre otra cara. Si entran diez monedas de oro, también sale una pieza de tela. Si llega un cargamento, habrá salido dinero o habrá nacido una deuda. El registro antiguo anotaba la cara más visible. El nuevo exige dejar escrita también la otra, precisamente en la cuenta que permite reconocer de dónde procede ese dinero o adónde ha ido a parar.
Por eso los nombres debe y haber, que tanto desconciertan al principio, significan aquí algo bastante modesto: izquierda y derecha. No quieren decir, sin más, deber dinero y prestarlo, ni separan lo bueno de lo malo. Son los dos lados donde se colocan los extremos de una operación. Una vez acostumbrado el ojo, un libro deja de parecer una ristra de cantidades sueltas. Se lee en él el recorrido de las cosas: por dónde entró aquel dinero, en qué se convirtió, hacia dónde siguió después. En 1458, un mercader de Ragusa dejó la regla formulada con toda firmeza en su tratado sobre el comercio: lo que se registra una vez en el diario debe registrarse dos veces en el mayor. Más de treinta años después, Pacioli volvió a decirlo en un libro impreso: todo asiento que pase del diario al mayor ha de producir siempre dos anotaciones. También dejó una indicación sobre su lugar que acabaría sabiéndose de memoria: lo que pertenece al debe se pone a mano izquierda; lo que pertenece al haber, a mano derecha.
La belleza aparece en el paso siguiente. Si todas las operaciones se anotan por los dos lados con importes iguales, basta sumar lo escrito a la izquierda y sumar lo escrito a la derecha: los totales tienen que coincidir. Pacioli imaginó un libro con más de diez mil asientos. Sumad todo el debe y todo el haber, decía; las cantidades han de ser iguales. Si no lo son, se ha cometido un error al pasar los asientos.
Esto trae consigo algo extraordinario: el libro puede comprobarse a sí mismo.
En los capítulos anteriores, los intentos de echar las cuentas del mundo siempre necesitaban una garantía exterior. La tablilla recurría a los sellos y los testigos; la moneda, a la reputación del emisor y a las marcas que le iban estampando quienes la comprobaban después; el precio justo, a los tribunales, los gremios y el juicio de la ciudad. Ahora, por primera vez, un libro de cuentas puede demostrar que no se ha equivocado sin pedirle a nadie de fuera que lo avale. Le basta su propia estructura.
Por primera vez, la construcción lleva dentro su propia prueba.
El peso de ese cambio solo se aprecia sobre el fondo de lo que ya hemos recorrido. Para saber si una tablilla decía lo debido hacían falta testigos y sellos. Para saber si una moneda era auténtica y tenía ley suficiente, alguien debía examinar las piezas una por una. Para juzgar si un precio era justo había que acudir a la estimación de la ciudad y a la decisión del tribunal. Todas las garantías estaban fuera de la cuenta y todas descansaban en personas. La partida doble instala por primera vez esa garantía en el esqueleto mismo del libro: si los dos lados no coinciden, hay un error. No hace falta preguntárselo a nadie.
2. Fue creciendo
Ahora bien, si por invención entendemos que un genio concibió un buen día un sistema entero, los testimonios históricos no sostienen ese relato.
El método fue creciendo poco a poco entre los mercaderes y banqueros de la Italia medieval. Primero se aplicó a lo que se debía y a lo que se tenía derecho a cobrar. Después fue extendiéndose a las operaciones comerciales, las sociedades, los cambios, las existencias, los beneficios y el traslado de saldos de un año al siguiente. En cada ciudad y en cada clase de negocio adquirió una forma algo distinta.
Las razones para desarrollarlo eran muy concretas. Quien comerciaba a larga distancia tenía la mercancía en el mar, un empleado en un país extranjero, un socio en otra ciudad y dinero prestado que tardaría meses en regresar. Ni la cabeza ni un simple cuaderno de cobros y pagos daban para sujetar tantos cabos. Además, escaseaba el efectivo, se compraba al fiado por todas partes y cualquier disputa podía acabar ante un juez. Los libros y los justificantes eran, por sí mismos, pruebas. El método empezó sirviendo para no perder bienes, no olvidar compromisos y poder explicar las cuentas en un pleito. Hacer que el comerciante pareciera más racional no era la urgencia que lo había puesto en marcha.
Así, antes de discutir quién lo inventó primero, hay que franquear una dificultad más básica: decidir qué merece llamarse partida doble.
Un historiador de la contabilidad propuso un criterio que se hizo célebre. No bastaba con observar si el libro tenía dos lados enfrentados o si aparecían las palabras debe y haber. Había que preguntar si al final permitía obtener un verdadero balance, capaz de mostrar los activos, los pasivos y el patrimonio del propietario. Lo decisivo, según ese criterio, era poder cuadrar las cuentas y determinar el capital y los saldos. Los investigadores posteriores siguieron empleándolo, pero también lo cuestionaron una y otra vez: se parecía demasiado a la mirada de los estados financieros modernos y dejaba fuera métodos anteriores, más toscos, que ya estaban trabajando con una lógica doble.
La disputa tiene algo revelador. Quienes deciden si una construcción ha llegado a cerrarse son quienes vienen después. Al medir el pasado con una vara de hoy, siempre habrá algo que no dé la talla.
El problema aparece en muchos otros terrenos. Para juzgar si una cosa está terminada, antes hay que explicar qué aspecto tiene cuando lo está. Y ese aspecto suele dibujarse a partir de la forma más madura que alcanzó mucho después. Los ensayos tempranos quedan entonces en una posición incómoda. Ya hacían lo mismo, pero todavía no lo hacían de una manera que sus descendientes supieran reconocer.
Tampoco se trata de una exquisitez reservada a los especialistas. Si estrechamos la definición, la partida doble se convierte en una creación de la Edad Moderna. Si la ensanchamos, encontramos que ya había nacido en las oficinas de los bancos a comienzos del siglo XIII. Aplicar una vara u otra al mismo puñado de viejas hojas contables puede mover el origen doscientos o trescientos años. Los documentos no han cambiado. Ha cambiado lo que aceptamos como una forma acabada. Admitir aquellos libros obliga a aflojar el criterio; excluirlos borra algo que, de hecho, ya estaban haciendo.
En las narraciones más antiguas se situaba a menudo el comienzo en los libros de una casa mercantil que operaba en las ferias de Champaña entre 1296 y 1305, y en el mayor de una sucursal de una compañía en Provenza, correspondiente a 1299 y 1300. Quienes estudiaron este último consideraron que no solo emparejaba cada debe con su haber, sino que ya intentaba seriamente cerrar las cuentas al terminar el año. Por ello lo presentaron como el ejemplo comercial de partida doble más antiguo que se conocía.
Algunas investigaciones recientes han llevado la pista bastante más atrás. A partir de un fragmento de las cuentas de unos banqueros florentinos fechado en 1211, se ha defendido que ya entonces existía una práctica basada en la doble anotación. Si esa lectura es correcta, el comienzo deja de estar en la década de 1290 y retrocede casi noventa años. Es una propuesta reciente y discutida; no ha desplazado la interpretación anterior. Por ahora conviven dos líneas: una busca los primeros ejemplos completos conservados; la otra, los brotes que asoman antes.
Sigamos las fechas. En 1382, un mercader florentino que trabajaba en Perugia llamó a cierto libro mayor de dos lados un libro llevado a la manera veneciana. A finales del siglo XIV, por tanto, esa manera ya se reconocía y tenía nombre. Los libros que dejó un mercader de Venecia entre 1418 y 1449 constituyen uno de los conjuntos más antiguos que conservan, emparejados, un diario y un mayor de estilo veneciano. En 1458, aquel mercader de Ragusa escribió una de las primeras descripciones del procedimiento que han llegado hasta nosotros. En 1475 se terminó un manual veneciano para enseñarlo: es el único manual de su clase conocido y conservado que precede al de Pacioli.
A esas alturas estaba ya casi todo. Faltaba una sola cosa.
Vista en fila, esa sucesión de fechas dibuja una subida de más de doscientos años, antes que el instante de una invención. Primero se anotaron deudas; después, mercancías; después, sociedades y cambios. Se aprendió a cerrar un conjunto de cuentas al final del año. Alguien puso el procedimiento por escrito y otro lo convirtió en material de enseñanza. Ninguno de esos pasos, tomado por separado, parece deslumbrante. Juntos produjeron algo nuevo. Muchas instituciones vienen de ahí: de innumerables personas ocupadas en resolver el problema que tenían delante, hasta que las soluciones, al ir encontrándose, crecen por su cuenta y forman un sistema.
3. Llevarlo a la imprenta
Lo que faltaba era imprimirlo.
En noviembre de 1494 salió de una imprenta veneciana una gran compilación matemática de Pacioli. La sección dedicada a las cuentas y los registros explicaba por primera vez de forma sistemática, en letra impresa, el método de Venecia. Él mismo lo decía sin ambigüedad: exponía el procedimiento utilizado por los venecianos. Nunca afirmó haberlo inventado.
Llamarlo padre de la partida doble exige, por tanto, cierta precisión. Fue el primero en dar al método una forma impresa, normalizada y pública. Su paternidad está ahí, en vez de en haberlo sacado de la nada.
La distinción importa mucho. Hasta entonces, esos conocimientos se transmitían principalmente mediante maestros privados caros y copias manuscritas. Era una cadena frágil. Moría el maestro, se perdía el ejemplar y una práctica local podía desaparecer con ellos. Algún investigador ha llegado a sugerir que, sin aquella impresión de 1494, el lugar de Pacioli en la historia de la contabilidad moderna habría podido ser enteramente distinto.
Dicho de otra forma: llegó a ser el nombre más famoso de esta historia en parte porque explicó bien las cosas y en parte porque la imprenta se estaba extendiendo justo durante aquellas décadas. Hubo contemporáneos que escribieron manuales anteriores y más especializados. Como no se imprimieron, la posteridad apenas llegó a enterarse de su existencia. La pervivencia de un nombre depende muchas veces solo a medias de la calidad de lo que hizo quien lo llevaba. La otra mitad pertenece a aquello con lo que se cruzó.
Hay una contingencia todavía más fría. El libro escrito en 1458 tuvo que esperar más de cien años para aparecer impreso. Después se demostró que aquella edición había sido manipulada: tenía recortes y modificaciones que desdibujaban los detalles técnicos del original. Una de las descripciones más tempranas llegó, pues, con más de un siglo de retraso y llegó incompleta. A quién recuerda el futuro, y qué parte de esa persona consigue recordar, depende a menudo de lo que le ocurrió al texto durante el viaje.
Una vez impreso, además, el método hizo algo que iba más allá de facilitar su enseñanza. Pacioli recomendaba especialmente el sistema veneciano por una razón: permitía que un mercader entendiera los libros de otro.
El libro dejaba de ser solo la memoria particular de su dueño. Empezaba a convertirse en una lengua comercial que unos y otros podían reconocer.
Ese paso cala más hondo de lo que parece. Antes, cada casa mercantil escribía en una especie de clave propia. Cada cual anotaba a su manera; un extraño podía abrir el libro sin entenderlo, y para revisar una cuenta necesitaba las explicaciones de quien la había llevado. Con unas reglas reconocidas en común, otro mercader podía leerla, un socio comprobarla, un tribunal admitirla como prueba y un sucesor continuarla. El antiguo recordatorio privado adquiría una forma legible para otros. Solo entonces podía aspirar a servir para que dos desconocidos, separados por enormes distancias, liquidaran lo que se debían.
La difusión, sin embargo, no fue el triunfo espontáneo de una técnica superior. Quienes la estudian conceden especial importancia a tres cosas: los desplazamientos de los mercaderes, las redes de letras de cambio y compensación, y los recursos con los que se podía aprender. Los comerciantes y banqueros italianos de ámbito internacional llevaron el método a los centros comerciales y financieros que controlaban. En las liquidaciones de las ferias quedó ligado a las letras de cambio y, en algunas de ellas, se volvió casi indispensable. Más tarde se multiplicaron las escuelas de comercio, los manuales y la enseñanza mercantil. Cuando hubo más materiales que estudiar, copiar e imprimir, el procedimiento pudo recorrer de verdad Europa entera.
Así se entiende que Amberes se convirtiera en un punto decisivo de difusión a mediados del siglo XVI. En 1543 aparecieron allí obras en neerlandés y en francés; en 1547 se publicó también una versión inglesa. La razón iba más allá de la pujanza de sus imprentas. Para entonces, Amberes había sustituido en buena medida a Venecia y figuraba entre los centros comerciales más importantes de Europa. La ruta por la que se propagaba la partida doble coincidía casi exactamente con el desplazamiento de los grandes ejes del comercio.
Después aparecieron una obra alemana en Núremberg, en 1549; una traducción española en Barcelona, en 1565; y un libro de autor español en Madrid, en 1590. Inglaterra había sido temprana: ya contaba con una obra en 1543. Pero ese libro se perdió. Hoy solo podemos reconocer su existencia gracias a la reelaboración con la que otro autor lo devolvió a la vida en 1588.
Aquí el azar se ve sin disimulo. Algunos textos casi desaparecieron de tanto usarse durante años en las casas de comercio. Otros sobrevivieron varios siglos porque alguien los había encuadernado, por casualidad, detrás de otro manuscrito. Que una obra acabe elevada a la condición de texto fundador depende a menudo tanto de haber sido conservada, reimpresa o descubierta de nuevo como de haber llegado primero.
Conviene recordarlo para evitar una lectura demasiado cómoda: suponer que lo conservado era lo mejor que había. A menudo sobrevive lo que se usó poco, lo que se guardó como un tesoro o lo que quedó accidentalmente entre otras páginas. El ejemplar que se abría todos los días podía ser el primero en deshacerse, tirarse o acabar como papel de desecho. La muestra que la historia deja a sus lectores nunca se ha elegido al azar.
Tampoco bastó un solo libro para generalizar el método. Después de Pacioli, Venecia siguió produciendo sucesivas oleadas de autores de manuales. En los siglos XVII y XVIII, las tiradas de los manuales se dispararon. Un recuento cifra en setecientas ochenta y una las ediciones de manuales de contabilidad aparecidas en Europa entre 1601 y 1800, con especial abundancia en los Países Bajos, los territorios alemanes y Gran Bretaña. La generalización se construyó durante siglos: una industria de manuales, escuelas mercantiles y negocios que imitaban los procedimientos de otros.
Y extenderse no significaba uniformarse. Probablemente la variante más madura seguía siendo la veneciana; en otros lugares se incorporaban a menudo solo algunas de sus piezas. Al estudiar las instituciones benéficas de la Venecia del siglo XVI, algunos investigadores encontraron que el método cambiaba al entrar en organizaciones sin fines de lucro, adaptándose a lo que estas necesitaban administrar. A veces el debe recogía importes monetarios y el haber, cantidades físicas. Lo que viajaba era una lógica de correspondencia entre debe y haber, capaz de cambiar de forma, antes que una plantilla inalterable.
4. Moneda fantasma
Para reunir cosas muy distintas en un mismo libro hace falta primero una vara común. Y esa vara no viene dada, sin más, por el mercado.
La moneda de cuenta que empleaba Pacioli era una lira de oro utilizada en el comercio mayorista y en los negocios internacionales de Venecia. Una de esas liras equivalía a diez ducados de oro. El mercado minorista utilizaba otra lira de valor muy inferior: hacían falta seis liras y cuatro sueldos para alcanzar un solo ducado de oro.
Lo decisivo es que aquella primera moneda de cuenta no circulaba materialmente. Era dinero de los libros, una moneda fantasma ideada para hacer frente a la escasez de piezas, las diferencias en la ley del metal y la dificultad de comparar operaciones realizadas en ciudades distintas.
El paso lleva muy lejos. En el capítulo anterior, la vara acababa de conseguir un cuerpo: una moneda que podía apretarse en el puño. Ahora, para facilitar las cuentas, se quitaba voluntariamente ese cuerpo. Volvía a ser número puro, algo que nadie podía tocar y que, sin embargo, resultaba más estable que cualquier pieza de metal.
Vale la pena detenerse en la inversión. Antes, la conmensurabilidad había avanzado porque la vara adquiría un cuerpo. Gracias a él podía viajar, contarse y entregarse en manos de un desconocido. Ahora el siguiente avance exigía desprenderse de ese mismo cuerpo. La razón es fácil de entender. El cuerpo permitía circular, pero también traía sus dificultades particulares: el desgaste, la pureza del metal, los lugares que aceptaban una pieza y los que la rechazaban. Para echar las cuentas entre decenas de ciudades y decenas de monedas, lo más cómodo era crear un dinero que jamás apareciese en la mano de nadie. Una moneda podía gastarse por el uso, sufrir recortes en los bordes, tener una ley distinta de otra, ser admitida aquí y rechazada allá. El dinero del libro no padecía nada de eso. No existía como objeto al que pudieran ocurrirle esas cosas.
Llegada a este punto, la conmensurabilidad deja ver con claridad lo que persigue. Nunca ha necesitado el oro por sí mismo. Busca la cantidad pura que permite comparar cualquier cosa con cualquier otra. El metal le presta un cuerpo provisional. Cuando ese cuerpo estorba, puede quitárselo.
Cotrugli había dado una recomendación expresa a quienes negociaban con letras de cambio. En una columna lateral debían consignar dos importes: uno en la moneda del lugar donde se realizaba la operación y otro en la moneda de cuenta habitual de su propio libro. Solo así se vería la ganancia o la pérdida. La medida uniforme no había caído del cielo. Era un puente que mercaderes y banqueros habían ido levantando, con mucho trabajo, para poder liquidar sus operaciones.
Por eso esta técnica fue, ante todo, una puerta de entrada a un comercio mayorista intenso, extendido entre regiones y sostenido por abundante crédito. No nació simplemente como el cuaderno de caja de una tiendecita. Pacioli llegaba a advertir que las mercancías sujetas a impuestos del dos, el tres y el cuatro por ciento debían anotarse por separado. Pedía además que el inventario enumerara, partida por partida, a los deudores y acreedores, los bienes inmuebles, los metales preciosos, las mercancías y los efectos comerciales.
Era todo un conjunto de técnicas para convertir el mundo en algo que pudiera liquidarse.
Su filo se aprecia en los detalles. Dentro de un mismo cargamento había que separar las mercancías según su tipo impositivo. En una misma operación se anotaba el importe en la moneda local y en la moneda del libro. De los deudores y acreedores no bastaba con poner el nombre: había que indicar dónde vivían, a qué distrito fiscal pertenecían y quién respondía por ellos. Inmuebles, metales preciosos, mercancías y efectos debían ir cada uno en su apartado. El mundo se dividía en casillas. Todas podían llenarse de cifras y todas esas cifras podían confluir, al final, en un único total.
Ya se distingue ahí la dirección de los siglos siguientes. Aquello que admite una casilla y un número puede administrarse, compararse, seguirse en el tiempo y someterse a una exigencia de explicaciones. Lo que no admite ese recorte carece de lugar dentro del sistema. En cierto sentido, toda la historia de la administración moderna consiste en ir dividiendo cosas nuevas en casillas: primero mercancías y dinero; después horas de trabajo, producción y existencias; más adelante el rendimiento de las personas, su atención y su crédito. Cambia la manera de trazar las divisiones. El gesto sigue siendo el mismo.
5. Cuadrar
Ahora podemos contemplar ese sueño en su forma más acabada.
El mayor se divide en dos lados: el debe a la izquierda y el haber a la derecha. Cada asiento del diario se convierte en dos al pasar al mayor. A todo haber debe corresponderle un debe, sin excepción. Al final se copian en una hoja aparte los saldos deudores y acreedores de cada cuenta y se suman ambas columnas. Si los dos totales coinciden, los libros están en orden.
Esa hoja recibirá después el nombre de balance de comprobación.
La operación es muy sencilla: sacar del libro el saldo de cada persona, cada mercancía y cada cantidad de dinero, ordenarlos en dos columnas y sumar. El efecto, en cambio, es enorme. Antes de hacerlo, los posibles errores se esconden entre miles y miles de asientos; nadie sabe siquiera si están ahí. Después, los dos totales se colocan uno junto al otro y el descuadre salta a la vista. Un libro tan grueso que nadie querría leerlo de principio a fin dispone, de pronto, de una manera de pasar una revisión cuando haga falta.
En los capítulos anteriores, la construcción siempre necesitaba una fuerza exterior para mantenerse en pie. Aquí incorpora la comprobación a su propia estructura. Si cada operación se ha anotado en ambos extremos, los totales finales tienen que ser iguales. Si no coinciden, tiene que haber un error en alguna parte. Nadie necesita salir como garante: el libro aporta su propia prueba.
Sin nada pendiente, entradas y salidas compensadas, sin una diferencia por pequeña que sea. En el camino de la conmensurabilidad, este es el éxito más perfecto.
Además, esa perfección está diseñada. No se obtiene por casualidad. Si todo se escribe dos veces, una para señalar adónde fue y otra para indicar de dónde vino, los totales han de coincidir por grueso que sea el libro y por enrevesados que sean los negocios. La belleza del procedimiento reside en haber convertido la ausencia de error, antes exigida a las personas, en una propiedad de la estructura. Basta con seguir las reglas al escribir y la cuenta cuadra por sí sola. Si no cuadra, en algún lugar se ha dejado de seguirlas.
Pero esa prueba tiene una frontera muy cercana. Lo que garantiza es la coherencia interna del libro, no la correspondencia entre el libro y el mundo. Se puede tasar un cargamento en el doble de lo que vale: si el debe y el haber recogen por igual esa tasación excesiva, las cuentas cuadrarán de maravilla. Se puede dejar fuera toda una clase de gastos y las cuentas seguirán cuadrando. La comprobación examina cómo se ha anotado, no si es cierto aquello que se anota. La diferencia parece sutil. Está, sin embargo, en la raíz de muchos desastres contables posteriores.
El libro, por tanto, solo puede demostrar que es fiel a sí mismo. No puede demostrar que sea fiel al mundo. Se parece a una habitación con puertas y ventanas bien cerradas, donde cada cosa está ordenada con esmero y todas encajan entre sí. Las reglas que gobiernan esa habitación nada pueden decir sobre lo que hay al otro lado. Y, cuando el orden interior nos convence, es fácil olvidar que existe una pared y acabar confundiendo el orden de la habitación con el del mundo entero.
A partir de ahí empieza a tomar forma una idea: si hemos conseguido calcular algo hasta el final, ya lo hemos entendido. Un libro que cuadra se presenta como la explicación más completa de un negocio.
Más adelante, muchos de quienes hablen del espíritu del capitalismo quedarán fascinados precisamente por ese cierre formal.
6. Lo que cuesta el equilibrio
Sin embargo, en el mismo libro, Pacioli deja ver una y otra vez los límites del método que está enseñando.
¿Qué hacer cuando se desconoce el coste original? Estimarlo, dice, a partir del precio actual de mercado o de algún otro valor.
¿Y ciertos objetos de poca importancia? No hace falta anotarlos.
¿La ropa personal, la ropa de cama? Por tratarse de asuntos privados, ni siquiera deben entrar en el memorial.
¿Y si el azúcar y el jengibre están mezclados y no se puede distinguir qué corresponde a cada uno? Se anota primero el valor del conjunto. Los detalles se añadirán después.
Puestas una al lado de otra, esas indicaciones dejan ver de dónde procede el equilibrio perfecto.
Las cuentas cuadran en parte porque se calcula bien y en parte porque se deja de preguntar. Se estima una cantidad, se pasa por alto un grupo de objetos pequeños, se mantiene lo privado fuera de la puerta, se anota por su valor conjunto lo que todavía no se sabe separar. Entonces los dos lados coinciden. El equilibrio ofrece una integridad formal, no una captura completa de la realidad. Admite estimaciones, reservas, aplazamientos y omisiones.
Aparece aquí una clase de resto que no habíamos encontrado en los capítulos anteriores.
Del primero al tercero, el resto era lo que no se conseguía medir: los vínculos, la reputación, aquello que alguien se negaba a vender. En el cuarto era lo que no debía medirse: la situación desesperada de una persona, perfectamente calculable, pero apartada a propósito del alcance de la vara. Con la partida doble aparece una tercera forma. Ni resulta imposible medirla ni se sostiene que medirla sea inadmisible. Es aquello que el libro deja pasar suavemente con un no hace falta anotarlo, un ya lo añadiremos después o un eso pertenece a la intimidad.
El libro no se ha enfrentado a ese resto. Tampoco ha cedido ante él. Simplemente no ha preguntado por él.
Y, mientras no pregunte, las cuentas podrán seguir cuadrando para siempre.
Conviene quedarse un momento con esa frase. Solemos creer que un libro descuadra porque contiene una cuenta mal hecha. Aquí ocurre lo contrario: cuadra precisamente porque algunas cosas han quedado sin contar. Aquello por lo que no se pregunta no entra en el registro; lo que no entra no puede producir una diferencia entre los lados; y, como no produce ninguna diferencia, jamás hace saltar a la vista un error. La prueba que la construcción ofrece sobre sí misma no abarca aquello que nunca ha interrogado. Sobre el papel, lo que no ha interrogado tiene exactamente el mismo aspecto que lo inexistente.
La máquina de los capítulos anteriores reaparece bajo una forma más fría. Antes, la construcción no alcanzaba el resto y por eso no conseguía cerrar las cuentas. Ahora aprende a rodearlo y el libro se cierra. Cerrarlo no significa haber resuelto lo que sobraba. Significa haberlo retirado del campo de visión. Lo que se aparta de la vista no desaparece por ello: deja de figurar en cualquier documento que pueda revisarse, hasta que algún día regresa bajo otra forma.
El mundo exterior a las cuentas sigue ahí, aunque no ocupe una columna. Cotrugli lo decía con claridad. En el memorial debían recogerse contratos, promesas, letras de cambio y toda clase de operaciones, porque muchos negocios se formalizaban primero mediante un contrato, sin que por ello pasaran inmediatamente al mayor. Esos registros eran indudablemente necesarios: sin ellos, las personas olvidarían. Pacioli, por su parte, insistía en conservar la correspondencia, guardar copias de las respuestas, archivar recibos y pólizas de seguro, anotar dónde estaban los documentos y consignar en las listas los nombres de deudores y acreedores, sus domicilios, sus distritos fiscales y sus fiadores.
El resultado tiene algo contrario a la intuición. Cuanto más se orienta el libro hacia el anonimato y hacia la cifra pura, más se advierte que todo lo que lo sostiene está hecho de relaciones. Quién firmó exactamente, quién salió de fiador, quién entregó la mercancía, en quién se puede confiar, dónde ha ido a parar aquel papel.
Solo una parte del mundo del mercader admite precio en una moneda común y compensación entre izquierda y derecha. La otra sigue suspendida de contratos, promesas, efectos, agentes y recuerdos.
Cada uno de esos dos órdenes hace un trabajo que el otro no puede sustituir. El libro administra cantidades; no administra confianza. Puede calcular cuánto me debes, pero no si vas a devolvérmelo. Para eso hay que saber quién eres, dónde vives, quién está dispuesto a responder por ti y si has dejado de pagar antes. Por eso, cuanto más exactas son las cuentas de una casa mercantil, más necesita cultivar a la vez otra trama: correspondencia, contactos, garantías y reputación. Afinar el sistema de las cantidades obliga a cuidar todavía más el sistema de las personas. De una cifra no nace por sí solo el cumplimiento de una promesa.
Los dos órdenes vienen entrelazados desde el primer capítulo; lo que cambia en cada uno es su proporción. En el mundo de los dones, casi todo descansaba en la reputación y los vínculos, y el hilo de las cantidades era delgado. Con la tablilla, las cifras se endurecieron, pero siguieron necesitando sellos y testigos. Con la moneda aprendieron a caminar por su cuenta, aunque todavía se apoyaban en las marcas de comprobación y en el crédito de la ciudad. Al llegar a este libro que puede acreditarse a sí mismo, las cantidades han adquirido precisión suficiente para revisarse solas. Y aun así siguen necesitando todo un armario de cartas, recibos, pólizas y nombres de fiadores que las sostenga. El lado de los números no ha dejado de crecer. El de las personas no se ha retirado de la escena ni una sola vez.
7. Qué llegó a hacer
Llevamos más de un siglo discutiendo qué hizo realmente este método.
La tesis más llamativa, y también la más extrema, es la del historiador económico alemán Sombart. Identificaba casi por completo la partida doble con el capitalismo. Los consideraba absolutamente inseparables, unidos como la forma y el contenido. Fue todavía más lejos en una formulación célebre: el propio concepto de capital procedería de esa manera de mirar el mundo; podría decirse que, antes de la partida doble, el capital no existía como categoría. En esta lectura, el método contable genera la propia mentalidad capitalista, en vez de limitarse a proporcionar al mercader una herramienta.
La afirmación es rotunda, pero despacharla como una exageración dejaría escapar algo importante. Hoy la palabra capital suena como si designara una cosa que siempre hubiera estado ahí. Sin embargo, para que esa cosa exista como tal hace falta un procedimiento: reducir a una única cantidad casas dispersas, mercancías, derechos de cobro y dinero efectivo, y poder seguir después si esa cantidad ha aumentado o disminuido. Sin un libro de esa clase, la fortuna de alguien es un montón de cosas distintas. Con él se convierte, por primera vez, en un número que puede compararse, acumularse y examinarse cada año para saber cuánto ha crecido. Sombart quería señalar precisamente ese cambio.
La posición del sociólogo Weber era más compleja. También concedía enorme importancia a una contabilidad racional. Sostenía que la forma monetaria llevaba al máximo la calculabilidad formal y describía la partida doble como la forma de contabilidad técnicamente más desarrollada hasta entonces para calcular la rentabilidad. Mediante intercambios ficticios entre las distintas secciones de una empresa, permitía someter la rentabilidad de cada operación al examen técnico más completo.
Pero Weber ponía dos frenos a esa cadena de razonamientos. Y ambos pesaban mucho.
Para entender el primero, fijémonos en una cifra del libro. Parece un hecho objetivo, pero es el resultado de un trato. Detrás del trato están las circunstancias y la fuerza de cada una de las partes. Por una misma cosa no obtiene el mismo precio quien tiene prisa por vender y quien puede esperar. Si muchos vendedores solo encuentran un comprador, vuelve a cambiar lo que pueden negociar. Una vez cerrado el acuerdo, todas esas diferencias desaparecen: entra en el libro una cifra limpia. Se ha anotado el resultado. No queda anotado cómo se llegó a él.
Primer freno: el precio monetario no es una medida neutral y transparente por naturaleza. Nace de la competencia y de las concesiones entre las partes; es el resultado de relaciones de poder.
Segundo freno: la racionalidad formal y la racionalidad sustantiva son cosas distintas. Algo puede ser perfectamente calculable y resultar, pese a ello, irracional si se lo juzga con criterios éticos, políticos o de igualdad.
Weber dejó también una observación más áspera: incluso en el cálculo de capital dotado de mayor racionalidad formal sigue habiendo lucha entre seres humanos. Y la producción solo atiende de manera efectiva a quienes pueden pagar. Las demás necesidades quedan sin satisfacer.
La frase permite oír uno de los silencios más hondos del libro. Una persona tiene hambre, pero su hambre todavía no es una cifra. Solo cuando dispone de dinero se convierte en demanda y puede aparecer en alguna columna de alguna cuenta. Una necesidad sin poder de compra no entra en los libros ni hace descuadrar ninguno. La contabilidad no se pronuncia sobre ella. Ni siquiera llega a verla.
Volveremos muchas veces a este punto en los capítulos siguientes. Para que una cuenta contenga un error, algo tiene que haberse anotado mal. Si la necesidad de una persona nunca llegó a convertirse en un asiento, no puede producir ningún error contable. Por eso la perfección del libro y el número de personas que se quedan sin comer son dos asuntos enteramente independientes. El libro no ha mentido al respecto. Nunca se le reservó una columna a esa pregunta.
En el extremo contrario a Sombart se sitúa la réplica de Yamey. Desde 1949 sostuvo reiteradamente que no se había demostrado un uso generalizado de la partida doble temprana para calcular beneficios de manera continua u optimizar decisiones en el sentido moderno. Afirmar que había causado el capitalismo era proyectar hacia el pasado la mirada de la administración moderna. En 1964 lo dijo sin rodeos: una contabilidad por partida doble, sistemática o científica no era en absoluto indispensable para que floreciera el espíritu capitalista. Señaló además la escasez de pruebas. Para Inglaterra y Escocia, entre 1500 y 1850, se habían examinado con detenimiento menos de veinte conjuntos de libros por partida doble. La limitación importa mucho: con una muestra tan escasa, cuesta extraer una gran ley causal de los pocos libros bien llevados que han sobrevivido.
La duda de Yamey contiene otra observación que merece hacerse explícita. Tener un libro impecable no demuestra que su dueño decidiera conforme a lo que le decía ese libro. Es perfectamente posible que las decisiones y las cuentas siguieran caminos separados. El propietario podía resolver según su experiencia, las noticias que le llegaban y su intuición; después, el contable ordenaba en los registros lo que ya había ocurrido. Si así funcionaban las cosas, la partida doble sería el escribiente del capitalismo, antes que su motor. No podemos descartar esa posibilidad. Los libros conservan lo anotado, pero no la manera en que se pensó antes de anotarlo.
Por eso es tan difícil zanjar controversias de esta clase. Para demostrar que una técnica cambió el pensamiento de alguien necesitaríamos observar cómo pensaba. Lo que ha quedado es lo que escribía. Un libro de cuentas constituye una prueba magnífica, pero solo declara sobre aquello que contiene. Puede demostrar que un mercader hizo cierto cálculo. No demuestra que tomara su decisión siguiendo ese cálculo.
Otras investigaciones cambiaron después la pregunta. Algunas destacaron la función retórica del método: hacía que los participantes, los organizadores, los acreedores e incluso quienes miraban desde fuera reconocieran ciertas prácticas como más racionales, más fiables o más legítimas. A veces su efecto no consistía tanto en modificar las decisiones como en convencer a la gente de que un negocio con libros, balances, referencias cruzadas y liquidaciones tenía que ser un negocio más razonable.
Una investigadora de la historia del conocimiento se preguntó, por su parte, por qué se había concedido a los números un lugar preferente como portadores de hechos. Entre sus conclusiones hay una especialmente pertinente: creer, ya se lo llame crédito, confianza o credulidad, sigue siendo una condición indispensable para producir conocimiento. Cuanto más impersonal, anónimo y uniforme se vuelve un sistema de cifras, menos consigue librarse de ese suelo: que otras personas estén dispuestas a creer en él.
La observación tiene poca delicadeza, pero es difícil rebatirla. Un libro sirve porque alguien lo acepta. Cuantos más lo acepten, mayor será su utilidad. ¿Y por qué lo aceptan? Por lo general, nadie ha comprobado de verdad todos sus asientos. Lo aceptan porque tiene aspecto de estar bien llevado: el formato es el debido, las cantidades están ordenadas, los dos lados cuadran, lo ha preparado una casa de buena reputación o un contable autorizado para ejercer. Los números ofrecen una apariencia de fiabilidad. Y esa apariencia acaba descansando, otra vez, en si se cree o no se cree.
Quizá lo que la partida doble consiguió vender fuera, por tanto, algo más que un algoritmo. Vendió también capacidad de persuadir. Cuando un libro bien dispuesto se abre ante un acreedor, un socio o un juez, lo primero que se impone es su aspecto ordenado. Ese aspecto invita a creer que el negocio de detrás tiene el mismo orden. Que exista realmente una correspondencia entre ambos es una cuestión distinta. A menudo nadie se toma el trabajo de comprobarla.
En los últimos años, la discusión se ha ramificado aún más. Algunos consideran que la definición de Yamey depende demasiado de la perspectiva de los estados financieros modernos y subestima lo que estos métodos hicieron para controlar riesgos, liquidar operaciones de mercado y conservar pruebas ante la justicia. Otros ven en la partida doble una técnica superior de registro que la competencia fue seleccionando. Otros han dejado de preguntar por el capitalismo en conjunto y estudian la formación de mercados concretos. A partir de siete mil doscientas treinta y nueve operaciones de un banco de Lyon, han mostrado cómo sus libros se correspondían con los de doscientos nueve socios comerciales y contribuían así a dar forma a los mercados de divisas y depósitos.
Ninguna de esas interpretaciones ha quedado probada y ninguna ha quedado refutada. Solo podemos dar algo por seguro: este método no creó por sí solo toda una época, como quería Sombart, pero tampoco fue un mero acompañante que llegó detrás de los acontecimientos, como sostenía Yamey.
8. En el libro hay una persona
Aquel manual veneciano de 1475 describía con mucha claridad el campo de actividad de los mercaderes de su tiempo. Había importaciones y exportaciones, fabricación de tejidos de seda, construcción y letras de cambio.
También había comercio de esclavos.
Esas personas figuraban en los libros como mercancía, como capital, como deuda o como ingreso. Su dolor, el hecho de ser vendidas y de quedar en posesión de alguien, no disminuía lo más mínimo porque el debe y el haber coincidieran.
Aquí la frialdad de la contabilidad produce espanto. Puede registrar con orden perfecto el rendimiento de transportar vidas humanas, poseerlas y revenderlas, sin que haya la menor diferencia entre izquierda y derecha. De ese equilibrio no brota por sí solo ningún juicio moral.
Hay que decirlo sin rodeos. Anotar a una persona como mercancía es reducirla por entero a un medio. Y se trataba de una práctica organizada, institucionalizada y enseñada en los manuales. La pulcritud de las cuentas no le resta gravedad. Más adelante dedicaremos un capítulo entero a este asunto. Aquí basta con reconocer un punto: entre las condiciones técnicas que lo hicieron posible estaba precisamente un método capaz de convertir cualquier cosa en cantidades y de hacerlo con absoluta claridad.
Ese es el lugar más profundo del sueño. También es el que más necesita quedar a la vista.
En los capítulos anteriores, la construcción fracasaba allí donde no conseguía llegar: ante lo que no podía medirse o ante lo que no debía medirse. Esta vez llega. Mete a una persona entera en el libro y la anota con exactitud. El debe corresponde al haber, los asientos están bien trasladados y los totales del balance de comprobación son iguales. Lo ha conseguido.
Y precisamente porque lo ha conseguido se ve que conseguirlo no demuestra nada.
Que las cuentas cuadren no significa que lo ocurrido esté bien. La integridad formal y la legitimidad sustantiva pertenecen a órdenes distintos. Ningún puente las une por sí solo. Un libro irreprochable puede registrar un negocio indefendible. Y el libro jamás dará por ello una sola señal de alarma.
Al llegar a la partida doble, por tanto, la construcción ha alcanzado un cierre verdadero, aunque de una clase muy extraña. Las cuentas no cuadran porque hayan recogido todo cuanto existe. Cuadran gracias a lo que no se pregunta, a lo que se estima, a lo que no hace falta anotar y a lo que se añadirá más tarde. E incluso de las cosas que sí incorpora, el libro solo recoge la cara que admite cálculo.
Cerrar es posible. La condición es no preguntar.
Conviene evitar aquí un malentendido. No se está condenando la contabilidad ni sugiriendo que sea mejor dejar las cosas sin aclarar. Echar bien las cuentas es valioso. Un libro claro impide cuentas confusas, apropiaciones indebidas y pleitos imposibles de desenredar; todo eso tiene efectos muy reales. La distinción necesaria es otra: calcular con precisión es una capacidad, no un juicio. Permite saber si los ingresos corresponden a los gastos, pero no si ese negocio debía hacerse. Confundir una cosa con la otra será uno de los errores más frecuentes, y más caros, de los siglos siguientes.
En cuanto a las necesidades sin poder de compra, ni siquiera alcanzan la condición de desequilibrio. No están en el debe ni en el haber. No figuran en ninguna columna. Como no hacen fallar ningún libro, ningún libro tiene por qué ocuparse de ellas. Permanecen fuera de la cuenta, sin hacer ruido.
Y aquella persona que sí figura en el libro ha quedado incluida con una exactitud absoluta. Sin embargo, no se ha contado nada de lo que verdaderamente importa de ella. Está dentro de las cuentas y fuera de ellas al mismo tiempo.
Esa es la pregunta más honda que la partida doble deja a la posteridad: qué demuestra, en realidad, un libro capaz de probar que no contiene errores.
Deja también una sombra más larga. Si el libro puede acreditarse a sí mismo, todo lo que admite anotación empieza a parecer firme, fiable y explicable. Lo que no encuentra asiento parece impreciso, subjetivo y difícil de discutir. Con el tiempo, la importancia de una cosa acaba decidiéndose poco a poco por su posibilidad de entrar en las cuentas. Esa sombra se prolongará durante cientos de años. Lo calculable recibirá cada vez más atención; lo que no se puede calcular se irá pareciendo cada vez más a lo inexistente. Hasta que alguien descubra que todo aquello seguía ahí y nunca había dejado de reclamar lo que se le debía.
Este episodio no nos deja, pues, una mala herramienta. Nos deja una herramienta demasiado eficaz. Tanto, que poco a poco se convierte en una manera de mirar el mundo: solo cuenta lo que cabe en el libro; si las cuentas cuadran, todo está en orden. La construcción ha tenido éxito. Los problemas que vendrán después nacen precisamente de ese éxito. En los capítulos siguientes veremos a las personas tomar ese libro capaz de cuadrar y medir con él cada vez más cosas que antes no figuraban en sus páginas.
Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.
Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English