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Comentario Dazhi del Daodejing
Capítulo 16 de 81

Dos caminos

秦汉(Dazhi)· Han Qin

Texto chino del capítulo

Manuscritos en seda · texto chino adoptado por este comentario

至虚极也,守情表也,万物旁作,吾以观其复也。天物云云,各复归于其根。归根曰静,静,是谓复命,复命,常也,知常,明也;不知常,妄,妄作,凶。知常容,容乃公,公乃王,王乃天,天乃道,道乃久,沕身不殆。

Sobre el texto y la puntuación

El texto chino sigue el Dao De Jing comentado por el autor (《道德经注·君子不器》). Se basa en los dos manuscritos en seda, A y B, con correcciones y restituciones editoriales; no es una transcripción carácter por carácter de ninguno de ellos. La numeración de los capítulos sigue el texto recibido, y la puntuación, la del comentario. Los caracteres chinos no cambian al seleccionar otro idioma de lectura.

Leer el artículo en que se basa este capítulo (en inglés o chino)

I. Ver o no ver

Dos personas, en la misma calle, ven caer la misma hoja.

La primera ve esto:

una hoja que cae al suelo.

La segunda ve esto:

esta hoja ha vuelto a su raíz. Todas las hojas acaban volviendo a su raíz. Todo lo que vive tiene su raíz, y al final todo vuelve a ella. Es algo que está pasando en cada momento.

Lo que harán después estas dos personas es completamente distinto.

La primera sigue su camino. Lo que ha visto es solo «una hoja».

La segunda, en ese instante, ha visto un hecho estructural. Después de verlo, lo que haga, lo que diga y lo que piense queda tocado, aunque sea un poco, por ese hecho.

De la diferencia entre estas dos clases de personas habla el capítulo 16 de Laozi:

quienes alcanzan a ver ese hecho estructural y quienes no lo ven.

Aquí se separan dos caminos.

Y Laozi te lo dice sin rodeos:

uno, recorrido hasta el final, acaba en desastre.

El otro acaba en recogerse en lo hondo, sin peligro.

Es uno de los poquísimos capítulos del libro en los que Laozi pronuncia abiertamente un juicio.

Pero para entender estos dos caminos hay que empezar por el punto de partida de la práctica.

II. Guardar lo real, no guardar la quietud

Caracteres para seguir la lectura: 情 (qing) / 静 (jing) · 表 (biao) · 常 (chang) · 沕身.

La primera frase del capítulo 16:

Llega al extremo del vacío; guarda lo real en lo que se muestra.

Esta frase es el punto de partida de la práctica de todo el capítulo. Y es también donde está su mayor diferencia de texto.

Los manuscritos de seda: guardar el qing que se muestra.

La versión transmitida: guardar con firmeza la quietud (jing).

Qing frente a jing: un solo carácter de diferencia, y la práctica apunta en una dirección completamente distinta.

Si lees «guardar la quietud», como en la versión transmitida, el sujeto se recoge en un estado de calma. La práctica apunta a uno mismo.

Si lees «guardar el qing», como en los manuscritos de seda…

El problema es que qing es hoy una palabra incómoda.

Un lector chino de hoy lee qing y entiende «sentimiento», «afecto», «emoción». «Guardar el qing» le sonaría a «guardar los sentimientos», y así la frase no se sostiene por ningún lado. ¿Por qué iba Laozi a pedirle a nadie que guarde sus sentimientos?

Para que la frase se entienda, primero hay que dejar sentado qué quería decir de verdad qing.

III. Qing no es sentimiento

Al ver 情 (qing), no pensemos automáticamente en los «sentimientos» de hoy. En chino antiguo también puede designar las circunstancias reales, las cosas tal como son. Las Analectas piden compasión, no alegría, al conocer los hechos de un caso. La contraposición entre qing y wei, lo verdadero y lo falso, en el Yizhuan también abre esa lectura.

Estos usos no prueban que el antiguo qing excluyera toda emoción. Encontrar una acepción en los manuscritos de Guodian tampoco demuestra que naciera entonces. La composición de un texto, su copia y los cambios de significado tienen cronologías distintas.

Aquí leo «guardar qing» como atender a lo que ocurre de verdad. Un amigo dice que está agotado: escuchemos lo que ha vivido antes de terminar su historia con «Le das demasiadas vueltas». No se trata de proteger un sentimiento propio, sino de no tapar la realidad con una explicación prefabricada.


Súmale ahora el carácter biao.

Biao = lo que se muestra fuera, el lugar donde algo se hace visible, la cara exterior que puede verse.

Guardar el qing que se muestra = guardar la cara que lo verdadero de las cosas te deja ver allí donde se muestra.

Juntas, las dos mitades de la frase:

Llegar al extremo del vacío: el sujeto se vacía hasta el extremo, sin llevar nada presupuesto.

Guardar lo real en lo que se muestra: sostenerse en la cara que lo verdadero te deja ver allí donde se muestra.

Las dos van en pareja: solo cuando el sujeto se vacía hasta el extremo puede ver las cosas tal como son.

Es una práctica de contemplación vuelta hacia fuera.


«Guardar la quietud» también puede ayudarnos a calmarnos para mirar el mundo. La versión transmitida no exige encerrarse en uno mismo. Pero «guardar qing donde se muestra» dirige mi atención de forma más inmediata hacia lo que la cosa revela: dejar a un lado la explicación prefabricada y ver qué ocurre.

Por eso tomo esta vía. No se trata de encerrar a dos Laozis en dos ediciones. La calma no es la meta. Una vez tranquilo, ¿ves mejor a los demás y al mundo?

IV. Ver a los diez mil seres volver a su raíz

El sujeto se ha vaciado hasta el extremo y se sostiene en lo real. ¿Qué alcanza a ver?

La frase siguiente:

Los diez mil seres surgen por todas partes, y yo contemplo su retorno.

Los diez mil seres funcionan a tu alrededor, cada uno a lo suyo, y tú observas su retorno.

¿Qué es el retorno? Volver.

¿Volver adónde?

Las cosas del cielo, innumerables, vuelven cada una a su raíz.

Todas las cosas del mundo, en su infinita variedad, vuelven cada una a su propia raíz.


Esta es la observación central del capítulo.

Cada árbol sale de una semilla, pasa por la frondosidad de sus ramas y sus hojas y, al final, deja caer las hojas, que vuelven a la raíz.

Cada persona pasa de bebé a adulta, atraviesa toda clase de vicisitudes y, al final, también vuelve a un lugar.

Cada relación empieza, se hace honda, se va apagando y, al final, también vuelve a un estado.

Cada producto se diseña, se lanza, se actualiza versión tras versión, se retira del mercado y, al final, también tiene adónde volver.

Cada empresa se funda, crece, decae y, al final, también vuelve a la tierra.

Los diez mil seres vuelven cada uno a su raíz: no es pesimismo, es una estructura que se observa.

Cada cosa concreta funciona siguiendo este recorrido: brota, pasa, vuelve a la raíz.

Esto está pasando en cada momento.

Lo que ocurre es que casi todo el mundo anda ocupado agarrando la parte que está brotando, y no ve el recorrido entero de la vuelta.


Laozi te dice:

llega al extremo del vacío, guarda lo real en lo que se muestra —vacíate hasta el extremo, sin presuponer nada, y sostente en lo real para que las cosas se dejen ver en lo que muestran—,

y podrás ver esto.

Verás cada cosa concreta volver a su raíz dentro de la cadena de su propio funcionamiento.

Verás cada constructo volver, al final, al lugar del que vino.

V. Lo constante no es lo corriente

A continuación, Laozi usa la gradación propia del chino clásico, sacando aparte cada paso:

Volver a la raíz se llama quietud. Volver a la propia raíz: eso es lo que se llama «quietud» (jing).

Fíjate en que esta «quietud» no es «estar callado, no hacer ruido»: es el estado de haber vuelto al propio lugar. Una cosa que vuelve a su raíz vuelve al lugar que es el suyo, y ya no la llevan de acá para allá las fuerzas de fuera.

Quietud: sacada aparte, una sola palabra.

Esto se llama volver al mandato. Esa quietud es volver al mandato (fu ming).

Volver al mandato = recobrar la dirección de funcionamiento que es propia de cada cosa. Una cosa que vuelve a su raíz vuelve a su propia dirección.

Volver al mandato: sacado aparte.

Es lo constante. Ese volver al mandato es lo constante (chang).


Esta palabra, chang, se malentiende hoy con mucha facilidad.

El lector chino ve chang y piensa en el «sentido común», en lo «corriente», en lo que pasa «a menudo», en «lo de siempre»: todas esas palabras, en chino, llevan chang. Y al lector de español, «constante» le suena a regla fija, a algo que se repite igual.

Pero el chang de Laozi no es nada de eso.

El chang de Laozi es la estructura misma que funciona sin cesar.

Los diez mil seres vuelven cada uno a su raíz; volver a la raíz es quietud; la quietud es volver al mandato: esto mismo es lo constante. No es que hoy sea así y mañana de otra manera: es así en cada momento. Cada cosa funciona según esta estructura.

Esa estructura es lo constante.

Es lo mismo que el heng, «perdurable», del «Dao perdurable» del capítulo 1:

heng no es «eterno e inmutable» (una cosa estática que nunca cambia).

Heng es lo que brota nuevo en cada momento y no se extingue nunca (esta estructura de funcionamiento está pasando en cada momento).

Lo constante = el funcionar incesante de esta estructura dinámica.


Conocer lo constante es claridad.

Poder ver esta estructura que funciona sin cesar: eso es claridad (ming).

En Laozi, ming no es «inteligencia», «ser listo»: es ver.

Conocer lo constante = ver lo constante = ver cómo los diez mil seres vuelven cada uno a su raíz.


Aquí hay que dejar clara una manera de leer:

conocer lo constante no es «aprenderse una ley que se llama "lo constante" y sabérsela de memoria».

Conocer lo constante es ver, en este momento, cómo esta estructura se hace presente en algo concreto.

Ahora ves caer las hojas de un árbol: ves que esta hoja vuelve a su raíz y ves, a la vez, que todas las hojas volverán a su raíz. Ese es un instante concreto de conocer lo constante.

Ahora ves cómo la relación con un amigo se va apagando poco a poco: ves que esta relación vuelve a su raíz y ves, a la vez, que todas las relaciones acaban volviendo a un lugar. Otro instante concreto de conocer lo constante.

Ahora ves que un proyecto tuyo ha completado su ciclo de vida: ves que este proyecto vuelve a su raíz y ves, a la vez, que todos los proyectos acaban volviendo a su raíz. Otro instante concreto de conocer lo constante.

Conocer lo constante no es dominar el conocimiento de una ley abstracta: es ver lo que está pasando ahora.

Cualquier momento, cualquier suceso, puede ser ocasión de conocer lo constante: basta con que veas que ese suceso está unido a la estructura por la que los diez mil seres vuelven a su raíz.

VI. Dos caminos

Con todo esto sobre la mesa, Laozi pone delante los dos caminos, lo más decisivo del capítulo.

El camino de quien no conoce lo constante:

No conocer lo constante: desatino; obrar con desatino: desastre.

Cuatro pasos.

No conocer lo constante: no ver la estructura que funciona sin cesar.

Desatino (wang): en cuanto empieza a actuar, su acción es desatino. Desatino = obrar sin atenerse a lo real, sin seguir la estructura, a tontas y a locas.

Obrar con desatino: el desatino que baja a los actos concretos. Actuar a ciegas, intervenir a ciegas, colonizar a ciegas.

Desastre (xiong): el resultado es el desastre.

Laozi traza este camino en cuatro palabras: de un punto de partida ciego, en cuatro pasos, derecho al desastre.

Fíjate: el desastre no es un castigo moral; es una consecuencia estructural.

Una acción que no se ajusta a la estructura choca tarde o temprano con ella, y cuando el choque es lo bastante fuerte, eso es el desastre.


El camino de quien conoce lo constante:

Quien conoce lo constante acoge; acoger lleva a la imparcialidad; la imparcialidad, a la realeza; la realeza, al cielo; el cielo, al Dao; el Dao, a lo duradero: uno se recoge en lo hondo y no corre peligro.

Siete pasos.

Quien conoce lo constante acoge (rong): quien conoce lo constante sabe acoger, sin esfuerzo. Como ve que cada cosa tiene su propia raíz y su propia dirección de funcionamiento, no les impone a los demás sus constructos.

Acoger lleva a la imparcialidad (gong): quien acoge es imparcial, sin esfuerzo. Trata a los diez mil seres por igual y no toma partido por nadie.

La imparcialidad lleva a la realeza (wang): quien es imparcial llega a ser rey, sin esfuerzo. «Rey» no quiere decir aquí el que gobierna: es la posición que dirige, la posición de eje. Quien es imparcial de verdad acaba, sin buscarlo, en la posición de eje, porque todos confían en él.

La realeza lleva al cielo: quien está en esa posición concuerda, sin esfuerzo, con el cielo. Cielo = la manera en que funcionan, por sí mismos, el cielo y la tierra. La posición de rey de verdad funciona igual que el cielo y la tierra.

El cielo lleva al Dao: la manera de funcionar del cielo concuerda, sin esfuerzo, con el Dao.

El Dao lleva a lo duradero: lo que funciona de acuerdo con el Dao dura, sin esfuerzo.

Uno se recoge en lo hondo y no corre peligro (wu shen bu dai): al final, uno mismo entra en una posición honda y recóndita, y no corre peligro.

Juntos, los siete pasos no son una suma de normas morales: son un mismo darse cuenta que se despliega por sí solo en posiciones distintas.


Los dos caminos, uno junto a otro:

no conocer lo constante → desatino → obrar con desatino → desastre (cuatro pasos)

conocer lo constante → acoger → imparcialidad → realeza → cielo → Dao → lo duradero → recogerse en lo hondo, sin peligro (siete pasos)

Laozi los pone a los dos delante, de manera simétrica, clara y directa:

  • los dos caminos arrancan de conocer o no conocer lo constante;
  • el camino torcido es corto y va derecho al desastre;
  • el camino bueno es largo y se despliega, capa a capa, hasta quedar a salvo;
  • los finales contrastan con toda nitidez: desastre frente a recogerse en lo hondo, sin peligro.

Léelo en 2026:

todos los días cambiamos de uno de estos caminos al otro.

En una reunión, escuchas lo que dice otro sin que te entre nada y respondes directamente desde lo que ya dabas por supuesto.

En ese momento estás en la posición del desatino (no ves la estructura con la que funciona el otro y hablas por hablar desde tu propio constructo).

Ante una decisión, frenas y ves «a qué raíz va a volver esto al final».

En ese momento estás en la posición de conocer lo constante.

En una relación, te aferras a ella para que se quede para siempre en su mejor momento.

En ese momento no conoces lo constante (no sabes que las relaciones también vuelven a su raíz).

En otra relación, ves que ya ha llegado a su raíz.

En ese momento conoces lo constante y puedes acoger su cambio natural.


La herramienta que te da este capítulo es muy concreta:

¿En qué camino estás ahora mismo?

No te pregunta si eres buena persona: eso sería volver a leerlo como un juicio moral.

Te pregunta si, en esto concreto, ahora, alcanzas a ver que esto está unido a la estructura por la que los diez mil seres vuelven a su raíz.

Si no lo ves, lo más probable es que lo siguiente que hagas sea obrar con desatino.

Si lo ves, lo siguiente que hagas acogerá y será imparcial por sí solo, e irá en la dirección de quedar a salvo.

Puedes preguntártelo ante cada cosa.

Cada vez que te lo preguntas, te revisas.

VII. Decirlo claro, sin forzar

En este capítulo, Laozi dice claramente lo que juzga:

un camino acaba en desastre;

el otro, a salvo.

No finge neutralidad; no adopta la pose de «los dos caminos están bien, elige el que quieras».

Pero tampoco fuerza:

no dice «tienes que ir por el buen camino»;

no dice «si te tuerces, estás perdido, no tienes salvación en toda tu vida»;

no dice «tienes que hacer lo que yo diga».

Se limita a poner los dos caminos delante, claros y sin rodeos.

El lector que entiende reconocerá en qué camino está en este momento y decidirá él mismo cuál es su siguiente paso.

El lector que no entiende verá aquí una exhortación corriente a hacer el bien y evitar el mal.

Laozi no tiene la obligación de que todos los lectores entiendan: lo ha dicho claro, y lo demás es cosa de cada lector.


Es la misma línea de los capítulos anteriores:

las seis preguntas del capítulo 10, «¿puedes…?»: una enseñanza en forma de pregunta para quien tiene una aspiración;

el «por eso, el gobierno del sabio atiende al vientre y no a los ojos» del capítulo 12: un consejo directo a quien gobierna;

el «si tengo un gran mal, es porque tengo shen» del capítulo 13: Laozi se pone a sí mismo como ejemplo;

el capítulo 16: los dos caminos, vistos con claridad, puestos directamente delante del lector.

Laozi nunca es el que, con tono amable, te dice «elige tú, que todo vale»: en cada capítulo dice claramente lo que ve.

Pero tampoco fuerza nunca: lo dice, y el lector decide qué hace.

Esa es la postura, siempre la misma, de un maestro que cultiva:

decir la verdad, no manipular.

Dejar que el lector sea el sujeto.


Terminado el capítulo, vuelve a las dos personas del principio, las que veían caer la hoja.

Laozi señala a la segunda y dice: «Mira, esta ve algo distinto».

Pero no obliga a la primera a convertirse en la segunda.

Solo dice: mira, lo que estas dos personas tienen por delante es distinto.

Lo demás es cosa de cada lector.